MANIFIESTO CONTRA

UN CRISTIANISMO ESPIRITUALISTA

buscar a Dios no en el espiritualismo sino en el Espíritu

 

Un cristianismo que haya perdido su dimensión vertical se habrá perdido a si mismo. pero un cristianismo que utilice las preocupaciones verticales como medio para rehuir responsabilidades ante los hombres, no será ni mas ni menos que una negativa de la encarnaci6n... es hora de comprender que todo miembro de la iglesia que rehuya en la practica tener una responsabilidad ante los pobres, es tan culpable de herejía como el que rechaza una de las verdades de la fe.

(VISSER,THOOFT. Discurso en la Asamblea mundial de las Iglesias. Upsala 1968).

1. ¿LO SAGRADO EN LUGAR DE DIOS PADRE?

a) NUESTRA SITUACIÓN HISTÓRICA

La ola de la secularidad...

a) Por la década de los sesenta, los oteadores del momento religioso creyeron descubrir que el mundo occidental había entrado, al parecer definitivamente, en una nueva fase: la de la secularidad..

Lo habían anunciado desde hacía años los profetas de los tiempos modernos, tales como Feuerbach, Comte o Nietzche. Ahora parecía palparse el cumplimiento de sus profecías. El mundo llegado a su "mayoría de edad" estaba perdiendo su fe infantil en un Dios trascendente, papá bueno y solícito tapa agujeros, que en su amorosa providencia podía resolver los problemas de los hombres, a condición de que éstos le rindieran homenaje de fidelidad con el cumplimiento de sus deberes religiosos. La fe en este género de Dios era un resto de religión infantil, o una reliquia medieval.

Por otra parte, las meditaciones de prisión del mártir D. Bonhoeffer sobre la necesidad de vivir en el mundo ante Dios "como si Dios no existiera", parecían ofrecer hasta una plausible base teológica para una nueva religión de secularidad, que el obispo anglicano J. Robinson pronto popularizaría como la única manera en que el hombre moderno podría sentirse «sincero para con Dios». El hombre, llegado a su «mayoría de edad», no podía creer que Dios se complaciera con sus actos de devoción y de culto, ni podía esperar que Dios acudiera a socorrerle en sus necesidades, con sólo que lo se lo pidiese con oración ferviente y con costosas ofrendas y promesas.

Este hombre mayor de edad se siente autónomo y responsable de su destino. Busca la eficacia por los medios que tiene a su alcance, y ya no espera ayudas trascendentes. Si cree en Dios, sabe que no ha de esperar que Dios intervenga en favor suyo en este mundo, y que no tiene por qué importunarle con sus oraciones o actos de culto. Lo que Dios quiere de él es sólo que cumpla lo mejor que sepa y pueda sus responsabilidades en el mundo. Es un hombre secular: su religión es la del cumplimiento de la tarea mundana....

Pronto se preguntaron algunos por qué llamar a esto todavía religión: más aún, por qué creer todavía en Dios en lugar de creer sólo en el mundo. Y la teología de la secularidad amenazó con llevar, casi inevitablemente, a la teología «de la muerte de Dios»....

b) Con todo, no pasó mucho tiempo sin que los oteadores de la secularidad tuvieran que confesar que tal vez se habían apresurado en sus pronósticos. Harvey Cox, autor del máximo éxito editorial sobre "la ciudad secular", se vio obligado a escribir al poco tiempo (con una honradez que le hace merecedor de respeto), títulos tan significativos como «La fiesta de los locos» o «La seducci6n del espíritu»....

Resulta que los hombres encontraban sumamente aburrida su antes cacareada «mayoría de edad». Su pragmatismo, su sentido de la eficacia inmediata, su positivismo y su descuido de la trascendencia y de todo horizonte más allá de lo ya dado manipulare, aparecían ahora como un muro asfixiaste y deshumanizador. Con su grito de "la imaginación al poder", el mayo parisino del 68 (y sus ecos más o menos retardados en todo el mundo) llamaron a la revolución contra el gris pragmatismo secular.

Si los dioses antiguos parecían muertos, había que dar entrada a nuevos dioses y nuevas llamadas a la trascendencia.

El retorno a lo sagrado

Así comenzó a surgir la avalancha de nuevas religiones y espiritualidades. Lo oriental irrumpía como novedad cargada de promesas de vida en un Occidente que parecía exhausto y moribundo de positivismo. El yoga, el Zen, la meditación trascendental o el sufismo, más el arcano de las mil pequeñas sectas, parecían abrir ventanas para liberarse de la asfixia y respirar de nuevo algo de sentido trascendente en la vida.

No es que los profetas de la secularidad quedasen del todo desmentidos. Los valores seculares, el positivismo, el pragmatismo, la inmediatez y la eficacia y el disfrute del presente son efectivamente los determinantes principales del comportamiento del hombre occidental. Pero este hombre, que parecía satisfecho con su mayoría de edad, con su tarea de construir la tierra y con su capacidad de ponerlo todo a su servicio, es un hombre que no acaba de sentirse feliz. Su existencia fácil está como corroída interiormente por un malestar y una insatisfacción profundas. Cada día se le ofrecen más cosas de las que puede disfrutar. Pero con ello sólo parecen aumentar su insatisfacción, sus conflictos internos y externos, y sus inseguridades individuales y colectivas.... (a la vez que aumenta también la insatisfacción y la inseguridad de aquellos otros a los que cada día se les ofrecen menos cosas no ya para disfrutar, sino para sobrevivir).

No es extraño pues que a los profetas de la secularidad hayan sucedido nuevos profetas de la «trascendencia». Y, de hecho, algunos de los responsables de las iglesias parece que han vuelto a respirar con alivio, después de la amenaza de una imparable ola de secularidad, al ver aparecer síntomas de «retorno a lo sagrado». Expresión que ya en sí misma hace presentir toda suerte de ambigüedades. De esos síntomas vamos a enumerar solamente unos pocos:

a)   numerosos grupos, aunque puedan ser relativamente minoritarios, parecen despertar a una nueva sensibilidad para la trascendencia y para la fe explícita en Dios, purificada quizás de las corrupciones más burdas y de las actitudes más patentemente alienantes contra las que se había ensañado la ola secularista.

b)  surgen por doquier movimientos que pretenden recuperar el sentido de la oración, incorporando a veces -con más o menos acierto y coherencia- elementos de las tradiciones orientales, o rebuscando simplemente en las riquezas olvidadas de la antigua tradición cristiana. Se intentan nuevas formas de expresión comunitaria de la fe y de experiencia espiritual.

c)   los llamados "movimientos carismáticos" descubren entusiasmados una nueva presencia y actuación del Espíritu.

d)  reaparecen "casas de oración", "desiertos" o "pustinias", y las antiguas instituciones monacales de mujeres y de varones se ven concurridas por los que, por un tiempo más o menos largo, quieren compartir una experiencia espiritual que llega a fascinar al hombre perdido en su secularidad.

e)   incluso los sectores más sanos de una generación juvenil a veces sin ilusiones, drogada, desquiciada o desesperada, se caracterizan por esta demanda de alimento espiritual...

Todo ello se convierte en una confirmación inesperada de que "el hombre no vive de solo pan"; y también en una señal de aviso de que el aire que se respira en la ciudad secular es un aire insano y viciado, y de que el ser humano necesita respirar aire puro para poder vivir medianamente sano.

Ante esta demanda se revaloriza también el sentido de un testimonio cristiano que, decidida y explícitamente, dé la cara en medio del secularismo o permisivismo ambiental, y se organizan nuevos grupos que buscan dar este testimonio con presencia militante y activa, decidida a influir en la sociedad.

Todo esto es la reacción del hombre de la ciudad secular contra la asfixia espiritual que ella provoca. En este sentido seria necio minimizar su alto valor sintomático, aunque sean actitudes relativamente minoritarias: se trata de fenómenos cuyo valor y sentido exactos han de ser analizados cuidadosamente, más allá de una apreciación ingenua de su faz aparente

Pues si la secularidad amenaza con perder de vista a Dios, el retorno a lo sagrado amenaza con falsificar al Dios verdadero y sustituir un ateísmo más o menos implícito, por una idolatría bien explicitada.

b) «LA RELIGIÓN PURA E INMACULADA A LOS OJOS DEL QUE ES DIOS Y PADRE" (Sgo. 1,27)

Cuando algunos hablan de un "retorno a lo Sagrado" ¿podemos decir sin más que se trata de un verdadero retorno y recuperación de la genuína religiosidad cristiana?

He aquí una pregunta ineludible en nuestra actual hora histórica.

Después de las anteriores descripciones sería arriesgado responder a esa pregunta de forma generalizada, en sentido positivo o negativo. Muchas de las actitudes descritas pueden brotar de un auténtico y genuino descubrimiento de valores típicos y característicos del cristianismo. Baste con citar dos ejemplos bien palmarios. Por un lado la recuperación del sentido de la gratuidad, frente al asfixiante moralismo legalista que caracteriza a las iglesias, y frente al encajonante pragmatismo chato de las sociedades seculares. Por otro lado, la dura constatación -que parecen haber hecho estos grupos- de que una excesiva "puesta entre paréntesis" de la pregunta por lo Trascendente acaba convirtiendo toda la realidad humana en absolutamente intrascendente, y que el olvido de la "utopía del cielo", típico de la secularidad, conduce al sacrificio de la "utopía de la tierra", típico de la postmodernidad .

Pero estos valores sintomáticos, no aseguran sin más la calidad cristiana o el valor religioso de lo que se pretende recuperar: Podríamos estar ante la misma resignación evasiva con que la "postmodernidad" no creyente cuida la belleza de las cosas, para compensarse de su renuncia a cambiarlas. O peor aún: podríamos hallarnos enfrentados con los peligros que entraña toda situación de reacción (dicho sea así para no aludir a la palabra de moda: "restauración", ligada a tantos fracasos históricos en la memoria de la humanidad).

La reacción suele quedarse en la mera negación o el mero intento de sustitución de aquello contra lo cual se reacciona. En nuestro caso podría suceder que:

a)   frente al secularismo, se afirmara sólo un espiritualismo desencarnado;

b)  frente a la negación o infravaloración de lo trascendente, se afirmara sólo la trascendencia de un Dios ajeno a la historia, que no se haría presente más que en momentos especiales de oración o de culto;

c)   podría ser que frente a un "reino de Dios" demasiado inminente, se afirmase ahora sólo el poder de los que dicen ser sus representantes;

d)  y que, frente al desamparo y vacío interior que el hombre perdido en la ciudad secular siente en lo más hondo de sí, se buscara un sendero dudoso en la simple huída de la tarea secular, hacia los famosos "tiempos fuertes" y "lugares de desierto"; los cuales ya no serían más que sutiles "descansos del guerrero" que siente que la lucha cotidiana se le hace imposible, y que sólo busca ya alguna justificación para renunciar a ella...

Todo lo anterior ha sido formulado deliberadamente de forma condicional. Sería injusto definir -dogmatizando- que todas las formas de renovación religiosa están afectadas por vicios de planteaniento del género insinuado. Nadie está capacitado para juzgar sin más tales o cuales conductas concretas. Y tampoco cabe dudar de la autenticidad de muchas actitudes religiosas y orantes que indudablemente proceden de la acción del Espíritu que jamás deja de hacerse sentir y de movernos.

Pero sí que debemos proclamar con seriedad radical que existe el peligro de que extraviemos nuestros caminos y volvamos a las andadas que nos perdieron. La religiosidad a recuperar es la auténtica religión del único Dios vivo y verdadero, en obediencia de fe y de servicio, y no el tributo pagado a los ídolos de nuestros sentimientos y de nuestros deseos.

Lo que opongamos al secularismo positivista y pragmático no debe ser una huída del mundo, sino una responsable y gozosa acogida de nuestra tarea en el mundo que Dios ha puesto en nuestras manos, para que le demos sentido y vivamos todos en él como hermanos e hijos suyos. Nuestro culto a Dios ha de ser el culto que El quiere, en justicia y en verdad, y no la ofrenda fácil de lo que a nosotros nos complace presentar.

En una palabra: no caigamos en la trampa de tomar el nombre de Dios en vano y adorar sólo los ídolos de nuestras conveniencias o de nuestros sentimientos, yendo a dar de nuevo en una religiosidad alienante y alienada.

Si el hombre pretende buscar a Dios meramente desde sí mismo, desde sus propias anticipaciones y esquemas de orden religioso, filosófico o social, difícilmente lograr superar la demoledora crítica de Feuerbach a los dioses que no son más que proyecciones al infinito de los deseos y anticipaciones de los hombres. Y menos aún superar la crítica de Pablo contra la impureza de la religiosidad humana: pues también la religión puede degradarse en forma de "concupiscencia de seguridad" y de afán de autoafirmación o justificación propia.

A Dios hay que buscarle desde una postura receptiva y abierta a acogerle tal como El se nos manifiesta, aunque desborde todas nuestras anticipaciones y deseos inmediatos. Porque si Dios es Dios, será más que todo lo que nosotros los hombres podemos concebir o anticipar.

Esto es el meollo mismo de la teología bíblico-cristiana, como palabra sobre un Dios que se autorevela gratuitamente a los hombres, haciéndoles promesas más allá de lo que ellos podrán esperar, interpelándoles a salir constantemente de sí mismos y de su pequeña seguridad, ofreciéndoles superar los propios límites con la perspectiva de llegar a ser hijos de Dios, y de llegar a participar en una inimaginable Comunión con la misma vida divina.

Lejos de ser una proyección chata de las aspiraciones humanas, el Dios cristiano es el Dios que siempre saca al hombre de su cerrazón sobre sí y sobre sus intereses, abriéndole a una perspectiva gratuita e inesperada de comunión con El, a través de la creación de una familia de hermanos. Por eso, frente al "malestar de la cultura" detectado por S. Freud y por los herederos de la modernidad, la religión pura e inmaculada no puede asimilarse de ningún modo a una especie de "bienestar en la incultura"[1].

El Dios de la tradición bíblico-cristiana se presenta como Creador libre del mundo y de los hombres, a los que hace además "imagen Suya": libres y responsables para organizar su vida con sentido en el uso de las cosas y de la convivencia mundanas.

Es un Dios que quiere el bien de todos los hombres, conseguido en el ejercicio de su libertad que El respeta. En este sentido ofrece -no impone- un "pacto" o "Alianza" con los hombres que han de constituir "su pueblo".

Es un Dios que, de esta forma, se hace solidario con los hombres y que por eso se constituye en protector especial de los débiles -"el huérfano, la viuda, el extranjero"-, frente a los abusos de los poderosos.

Aunque inicialmente parece que su protección se restringe a un reducido "pueblo escogido", pronto se reconocerá que el Dios Creador de todos los hombres extiende por lo mismo Su protección a todos los hombres, y que la elección bíblica es siempre elección para una misión servidora: el localismo inicial israelita estaba intrínsecamente llamado a superarse en universalismo, como intuirán muy pronto los más antiguos profetas de Israel.

2. ¿LO "SAGRADO" EN LUGAR DEL HOMBRE Y DEL POBRE?

a) EL SIGNIFICADO DE LA ENCARNACIÓN CRISTIANA

La solidaridad de Dios con todos los hombres tiene su manifestación máxima en Jesús de Nazareth, que es creído como presencia de Dios en esta historia y en una vida humana. En la persona y la vida de Jesús, Dios renueva y consuma Su antiguo Pacto con la humanidad, y realiza una oferta suprema de comunicación a todos los hombres.

Jesús, hombre como nosotros, Hijo propio y unigénito de Dios, nos revela a Dios como Señor de todo y Padre de todos. Y, al enseñarnos a llamar a Dios Padre -no por derecho propio sino por don de Su Espíritu- nos hace clamar también que "que venga Su Reino", que es el Reino de una fraternidad real y efectiva.

Esa fraternidad no puede excluir a nadie, puesto que todos los hombres, por ese don del Espíritu, somos igualmente llamados a ser hijos de Dios. Por eso, la predicación de Jesús proclama una "buena noticia para los pobres" y afligidos, en la que éstos son objeto de "Bienaventuranza" (Cf. Mt 11,5; Lc 6,20.) porque serán los más directamente beneficiarios de la única Ley que Dios quiere hacer prevalecer: la Ley de la fraternidad en la filiación bajo un único Señor y Padre de todos. Jesús rescata así la antigua noción del Reino de Dios, que ya había definido el salmista, y la declara íntimamente ligada a su persona:

"El Señor hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos,
abre los ojos al ciego.
El Señor endereza a los que ya se doblan
El Señor ama a los justos.
El Señor acoge a los peregrinos,
sustenta al huérfano y a la viuda
y transtorna el camino de los malvados:
El Señor reina eternamente..."
(Sal 145,10).

Para Jesús no hay acceso posible a Dios fuera de la dedicación y del compromiso con ese Reino de la fraternidad en la que cada hombre se aproxima al necesitado y se hermana con él, en lugar de pasar de largo ante los caídos en la cuneta de la historia (Cf. Lc l0,25 ss ). Tampoco hay posible manifestación de Dios en esta historia fuera de ese empeño por ser "misericordiosos como el Padre", para que los hombres "vean vuestras obras de bondad y alaben a vuestro Padre del cielo" (Cf. Lc 6,36; Mt 5,16).

Toda búsqueda de Dios al margen de esta ley suprema de Reino, acaba en un dios falso. Y por eso, Jesús fue el primero en cumplir con entrega total este programa del Reino, invitándonos a seguirle e imitarle. El no hizo distinción de personas, ni confirmó en sus privilegios marginadores a los poderosos -de índole social, religiosa o política-. Acogió a los pobres, enfermos y marginados. Proclamó que, en su misma acogida, se acercaba Dios a los hombres. Y por eso no temió enfrentarse con los que ponían el cumplimiento de los preceptos rituales o legales por encima del servicio de la humanidad y de la caridad: "el sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado"; "compasión es lo que quiero y no sacrificio"...( Mt 2,27; Mt 9,13 y 12,17).

Y por esto, y en suprema manifestación de la solidaridad de Dios con los hombres, se vio llevado a afrontar la muerte en cruz, a manos de los que estimaban más el ritualismo o el legalismo, y la idea de un Dios amparador de sus privilegios, que las exigencias de la fraternidad. Pero el Padre le resucitó, como prueba suprema de que Jesús era de Dios y estaba con Dios, y de que Dios no estaba con sus sedicentes representantes religiosos, los cuales no tenían sensibilidad para comprender el corazón del Dios-Padre, cuyo único deseo es "recuperar lo que se había perdido"  (Mt 18,11; Lc 19,10) por los egoísmos pecaminosos del hombre.

Esta es nuestra fe cristiana. Y si todo ello es así, los cristianos habremos de proclamar que el confesar con los labios una "divinidad de Jesús" meramente verbal, no es una patente de salvación para nadie (y mucho menos si se pretende esgrimir esa confesión contra los que tratan de corresponder creyentemente a la dignidad divina de los pobres). En el cristianismo hay algo aún más importante que la misma divinidad de Jesús, a saber: la divinidad de Dios, que es la que hace que sólo puede ser Hijo de Dios, Unigénito y Amado del Padre (Cf. Mt 4,17). Aquel cuya forma de vida le llevó a ser eliminado por los poderes políticos de su tiempo, y "contado entre los malhechores" por las autoridades religiosas de su pueblo (Cf. Lc 22,37).

Pensamos que la inevitable brevedad de este resumen de nuestra fe no traiciona el sentido fundamental de la autorevelación de Dios en Jesucristo, que no sería otro que este: que Dios es Padre de los hombres, y por eso es todo solidaridad, todo compasión, todo fidelidad, todo corazón solícito para con los hombres. Que Su Voluntad sobre nosotros es que nos amemos como El mismo nos ha amado, con amor efectivo, total, gratuito e incondicional, siendo así hijos buenos del Padre "que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos" (Mt.5,45). La gloria de Dios, por consiguiente, no reside en que el hombre le mencione y le dé culto. Sino que la gloria de Dios es la vida de los hombres, y la vida de los hombres es el reconocimiento de Dios en su paternidad solícita, hasta que llegue a la visión y a la plena comunión con El. Así podríamos decir, parafraseando una conocida fórmula, cuyo autor es del s.II de nuestra era.

Y esa Gloria de Dios ha de ser buscada incoativamente ya "en esta tierra como en el cielo". De tal modo que, si Dios ha querido acercarse plenamente a los hombres en la carne humana de su Hijo, Recapitulador universal, resuenan ahora sobre todos los empeños espiritualistas las mismas palabras que un día escucharon los discípulos de Jesús: "O qué hacéis ahí parados mirando al cielo?" (Cf. Hchs 1,11). Es en esta tierra, que todavía no es su Reino y donde su Voluntad no se cumple, donde Dios quiere ser encontrado por nosotros

b) LA VOLUNTAD DE DIOS, ÚNICA VERTICALIDAD POSIBLE

Todo lo dicho nos marca un camino inequívoco de respuesta a la pregunta que ha ido dirigiendo las reflexiones de este Manifiesto. ¿Cómo buscar a Dios?. No en el espiritualismo sino en el Espíritu Santo. A Dios se le encuentra "humanizado" en Jesucristo, hecho en El solidario con nosotros y hermano nuestro, e interpelándonos a la solidaridad y fraternidad. Las Fuentes cristianas (pese a los frecuentes tropezones e infidelidades del cristianismo histórico) dejan claro que no puede haber otro lugar donde hallar a Dios, ni otro criterio para reconocerlo y para distinguirlo de los ídolos que podríamos construirnos: "lo que hicisteis con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis". "Quien no ama al hermano al que ve, no puede amar a Dios al que no ve". "La religión pura e inmaculada es ésta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en su desgracia, conservándose a sí mismo incontaminado de este orden presente" (Mt 25,37 ss.; lJn 4,20; Sgo 1,27).

¿Cómo buscar a Dios? Cuando el Dios bíblico revela Su amor al hombre, no pide a cambio inmediatamente que el hombre le ame a El (en realidad ¿qué amor podría darle el hombre a Dios, que fuese digno de El), sino que el hombre ame a su hermano. En el cristianismo el amor al prójimo, y la justicia que trabaja por realizarlo, no son simple mandamiento moral, sino una realidad teologal: "Amaos los unos a los otros como Yo os he amado". "Si Dios nos amó así a nosotros, también nosotros debemos amarnos unos a otros" Cf. Jn 15,12; lJn 4,11). Cuando Yahve canta un "canto de amor a su viña", cuando le planta cepas y la cuida para que dé frutos, las uvas que espera de ella no son oraciones y ritos, sino "justicia y derecho"; y los agrazones que la viña produce son "asesinatos y gritos de dolor" (Cf. Is 5, 1-7)..

¿Cómo buscar a Dios? Rezando efectivamente Padre nuestro, de todos los hombres, sin pretender hallar exclusivamente un Dios sólo "mío", y sabiendo que esta oración traduce una actitud fraterna por la que tampoco el pan es sólo "mío", sino pan nuestro. ¿Cómo encontrar a Dios? Creyendo que ese "nuestro" de la fraternidad vincula al Padre del cielo con el "pan" de la tierra. Y cuando le llamamos "mío" ni Dios es Padre, ni su Reino llega, ni se cumple Su voluntad en la tierra como en el cielo.

¿Cómo buscar a Dios? Buscando efectivamente "trascendencia" y verticalidad, pero en el clamor de los sufrientes y oprimidos, y no en dioses a imagen y semejanza del anhelo humano. "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida... porque amamos a los hermanos"( lJn 3,14) mientras que los espiritualismos siempre acaban buscando a Dios donde ellos quieren y no donde El espera ser encontrado. Por esta razón (y al margen de cuales sean sus intenciones verdaderas), han hecho siempre un gran daño a la Iglesia, privándola de su fidelidad ante Dios y de su credibilidad ante los hombres.

¿Cómo buscar a Dios? Hace ya muchos siglos que un célebre Padre de la Iglesia respondía a esta pregunta:

"¿Quieres de veras honrar al cuerpo de Cristo? No consientas que esté desnudo. No le honréis con sedas en la iglesia dejándole perecer fuera de frío y desnudez... En la última cena ni era de plata la mesa, ni tampoco el cáliz en que el Señor se dio a sus discípulos... El sacramento no necesita manteles preciosos sino corazones puros; los pobres, en cambio, sí que requieren muchos cuidados. Aprendamos pues a sentir sensatamente y a honrar a Cristo como El quiere ser honrado: porque para quien es servido el servicio más grato es el que él mismo quiere, y no el que nosotros nos imaginamos. Y así, Pedro se imaginaba honrar al Señor: no consintiendo que le lavara los pies, y eso no era honra sino todo lo contrario.

Tribútale pues el honor que él mismo reclama, empleando tu riqueza en servicio de los pobres. Porque Dios no tiene necesidad de vasos de oro sino de corazones de oro" (S. JUAN CRISOSTOMO, Homilia 50 sobre S. Mateo, n.3).

Y esa misma respuesta antigua la encontramos actualizada en estas palabras de uno de los grandes teólogos de nuestro siglo:

Si yo falto al amor o falto a la justicia, me aparto infaliblemente de Ti, Dios mío, y mi culto no es más que idolatría. Para creer en Ti tengo que creer en el amor y en la justicia. Vale mil veces más creer en estas cosas que pronunciar tu nombre. Fuera de ellas es imposible que te encuentre. Y quienes las toman por guía están en el camino que lleva hasta Ti. (H.DE LUBAC).

Ciertamente la fraternidad, la justicia, la comunión y la simple convivencia humana no son empresa fácil. Y, a ratos, parece que trascienden las posibilidades de los hombres tanto como el cielo dista de la tierra. Pretender alcanzarlas por uno mismo sería, por eso, una empresa tan quimérica como la de querer llegar hasta el cielo. Sin embargo, la espantosa situación antifraterna que caracteriza nuestro mundo actual -la infrahumanidad de los muchos desheredados y la inhumanidad de los pocos privilegiados- es demasiado atroz para que podamos creer que obedece sólo a la dificultad de la empresa, y no al egoísmo culpable de los hombres. En una situación así, y por utópica que parezca la plenitud final, siempre son ya posibles infinidad de pasos concretos en dirección hacia esta meta: hacia mayor fraternidad y mayor justicia. Pero, para esta empresa, ha de pedir el cristiano incesantemente que "el Amor de Dios se derrame en nuestros corazones por el don de Su Espíritu Santo" (Cf. Rom 5,5), para que podamos amar a los hombres con el mismo amor con que somos amados por Dios. Este es el verdadero sentido de toda oración cristiana.

3. CONCLUSIÓN. Nl SECULARISMO REDUCTOR Nl FALSIFICACIÓN ESPIRITUALISTA

La identidad cristiana se ve seriamente amenazada si, ante el desafío de la secularidad moderna, se reacciona sólo con intentos de "retorno a lo sagrado". Lo primero que deberíamos preguntarnos es qué es lo realmente sagrado en una óptica cristiana.

Y la respuesta no ofrece demasiadas dudas: para el Dios que nos ha manifestado Su Solidaridad con los hombres -singularmente con los débiles y marginados- hasta dar su Vida por ellos, son más sagrados esos hombres que todos los actos religiosos, y que todos los tiempos de oración o los lugares, ceremonias y utensilios de culto.

No insinuamos con esto que la oración y adoración, el culto y la celebración no hayan de tener su lugar, necesario e imprescindible, en la vida de fe individual y comunitaria: los hombres hemos de vivir nuestra fe con formas exteriores, alimentarla, expresarla, comunicarla y celebrarla con gozo y devoción ante Dios y en comunión con los hermanos. Pero ha de ser una fe en el único Dios auténtico, que le reconozca como lo que es y le honre como El quiere ser honrado: como Señor de todo y Padre de todos, en la vivencia práctica de la filiación en la fraternidad.

Los cristianos, por tanto, sólo creemos efectivamente en el único Dios, Padre de Jesucristo y Padre nuestro, en la medida en que nos comportemos como hermanos. Este es el criterio único para discernir si nuestros actos de adoración y culto nos "religan" realmente al Dios verdadero, o no son más que evasión alienante, opio religioso de dioses ilusorios con el que nos drogamos autosatisfechos.. Creer es asumir la responsabilidad que Dios nos ha confiado, de hacer de este mundo nuestro concreto un mundo en el que Dios sea efectivamente reconocido como Padre de todos, en nuestro comportamiento de hermanos.

Aquí se puede percibir la parte de verdad que hay en la afirmación de la secularidad, y que es cristianamente irrenunciable: que nuestra relación de hombres libres y responsables para con Dios, se juega en el terreno de este mundo, en la tarea de dar a nuestra existencia mundana el sentido que Dios-Padre quiere que tenga, en el esfuerzo para que venga su Reino y se cumpla Su Voluntad en la tierra como en el cielo. De otra suerte, olvidaríamos la decisiva afirmación paulina de que la fe se hace efectiva en la caridad (Cf. Gal 5,6), y podría sucedernos que oyéramos de Dios lo mismo que reprochaba por el profeta: "No sigáis trayéndome oblaciones vanas, que el humo de vuestro incienso me resulta detestable... Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, dad sus derechos al oprimido" (Is 1,13.17).

Pero, aunque la autenticidad de nuestra fe se juega en el terreno mundano, temporal y secular de la construcción de una convivencia fraterna, ello tampoco implica la reducción del Reino de Dios a las meras dimensiones mundanas y sociotemporales. Aquí se puede percibir la parte de verdad que hay en las reacciones contra un secularismo extremo: el cristianismo no es una estrategia sociopolítica. Nos descubre que el hombre -todo hombre, toda vida humana- tiene un valor absoluto porque es objeto de amor incondicional de Dios Padre. Por eso, lo que se obra en la temporalidad y en la humanidad, está "cargado de un peso inmenso de gloria eterna" (2 Cor 4,16). Y por eso también dejó escrito S. Agustín: "que nadie venga diciendo que si no ama a su hermano ofende sólo a un hombre... pero que contra Dios no quiere pecar. Pues ¿cómo no vas a pecar contra Dios cuando pecas contra el amor" (lu Jo 7,5).

Esa densidad trascendente del amor es el mismo "peso inmenso de gloria eterna" al que aludía S. Pablo.

En conclusión pues debemos afirmar que, si el cristianismo no s compatible con el reduccionismo temporalista de un secularismo a ultranza, tampoco lo es -y menos aún- con la evasión espiritualista que busca refugio en un "sagrado" trascendente. Menos que nadie puede un cristiano ignorar aquellas palabras de un antiguo profeta de Israel: "Lo que debes hacer, oh hombre, y lo que el Señor reclama de tí, es tan sólo que practiques la justicia, que ames de verdad y con ternura, y que camines humilde con tu Dios" (Miq 6,8).

No se puede caminar debidamente con Dios si no es practicando la justicia y amando de verdad y con ternura. Mientras que si alguien, por la Gracia de Dios, logra practicar la justicia y amar de verdad, con misericordia, ése tal ya está caminando con Dios, incluso aunque quizás no lo sepa: Porque "todo el que ama conoce a Dios y es de Dios" (lJn 4,7).

 

 

 

 

 


 

[1] La palabra "cultura" tiene aquí el significado típico de las lenguas anglogermanas, que difiere de sus connotaciones castellanas más inmediatas, para significar: civilidad, civilización, convivencia, construcción y cultivo de la comunidad humana, etc