Crónica inédita del Concilio Plenario Latino Americano

(Roma 1899)

 

Pedro Gaudiano*

gaudiano@adinet.com.uy

 

Este artículo fue publicado en:

«Anuario de Historia de la Iglesia en Chile» [Santiago de Chile] 16 (1998) 155-166.

Se reproduce aquí con la autorización de la mencionada revista.

 

 

 

El objeto del presente artículo es dar a conocer una breve Crónica inédita del Concilio Plenario Latino Americano, escrita por un alumno del Colegio Pío Latino Americano de Roma. Dicho colegio fue la sede del Concilio Plenario. Dos son los temas principales que surgen de la Crónica: en primer lugar, se ofrecen algunos detalles acerca de la celebración del Concilio Plenario Latino Americano; y en segundo lugar se hace mención a la enfermedad y “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Ramón Ángel Jara, obispo de San Carlos Ancud. En el artículo se desarrollan brevemente ambos temas y se aportan datos de interés que complementan los de la Crónica.

 

 

El Concilio Plenario Latino Americano

 

Convocado por el Papa León XIII, el Concilio Plenario Latino Americano se celebró en Roma del 28 de mayo al 9 de julio de 1899[1]. Existía entonces la conciencia de que aquél era un acontecimiento trascendental para la Iglesia en América Latina, quizá el más importante después de la época del descubrimiento. Así, el primer arzobispo de Montevideo, Mons. Mariano Soler, llegó a afirmar: “Respecto de la misma América, no se registrará otro acontecimiento religioso más grande y trascendental en los anales de la Iglesia del Nuevo Mundo, a partir de la época del descubrimiento”[2].

Parecería que con la aparición del Código de Derecho Canónico de 1917, el Concilio Plenario Latino Americano no sólo pasó a un segundo plano, sino que prácticamente quedó relegado al olvido. Sin embargo, sobre todo en la última década, dicho Concilio ha ido adquiriendo una relevancia creciente, y diversos autores lo han comenzado a analizar desde distintas perspectivas, ya sea histórica, canónica, eclesiológica, etc.[3]. Siendo presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Mons. Rodríguez Madariaga afirmó que el Concilio Plenario constituyó “la primer gran tentativa de integración de la Iglesia en el Continente” y que “fue, por así decir, el punto de partida de la edad pastoral adulta de la Iglesia latinoamericana”[4].

En efecto, el Concilio Plenario es el antecedente más importante de las conferencias generales del episcopado latinoamericano. La Pontificia Comisión para América Latina ha organizado un Simposio de carácter histórico sobre “Los Últimos Cien Años de la Evangelización en América Latina”, que tendrá lugar del 21 al 25 de junio de 1999 en el Vaticano. Dicho Simposio –que está en continuidad con el realizado en 1992 sobre la Primera Evangelización del Nuevo Mundo– conmemorará el centenario del Concilio Plenario Latino Americano.

 

 

La Crónica inédita de un alumno del Colegio Pío Latinoamericano

 

El Concilio Plenario se celebró en la capilla del Colegio Pío Latinoamericano de Roma. Este Colegio, fundado por el chileno José Ignacio Víctor Eyzaguirre el 21 de noviembre de 1858, a lo largo de su historia ocupó seis edificios. El cuarto edificio –sede del Concilio– se comenzó a construir en 1884 y se inauguró en 1888. Estaba ubicado en los Prados del Castillos San Ángel, junto al río Tíber, y en su época era conocido como “Palacio Americano”. Para su construcción fue fundamental la labor del uruguayo Mariano Soler, quien primero como sacerdote y luego como obispo y primer arzobispo de Montevideo, fue un entusiasta impulsor y promotor de este Colegio, a tal punto que bien merece ser llamado su “segundo fundador”[5].

Luis Medina Ascensio, en su Historia del Colegio Pío Latino Americano (Roma: 1858-1978), escribió un capítulo titulado Tiempos del Concilio Latinoamericano. Allí afirma lo siguiente: “Uno de los alumnos que se hallaban entonces en el Colegio, nos va contando desde los rumores lejanos acerca de ese Concilio , hasta los detalles de su misma celebración en el Colegio”[6]. Es ésta la primera referencia que conocemos acerca de la existencia de una crónica del Concilio Plenario. Más adelante, el mismo autor refiere algunos detalles que brinda el “alumno cronista” -así lo llama- y a pie de página cita como fuente las Memorias del Colegio escritas por Pedro Maina en 1958[7].

Tuve ocasión de consultar directamente esas Memorias de Maina, que se guardan en el Archivo del Colegio Pío Latinoamericano[8]. Se trata de una obra inédita, en dos tomos, que contiene un prólogo del exalumno venezolano Rafael Pulido, veintiún capítulos y cuatro apéndices, con un total de 1.016 páginas mecanografiadas. En cada capítulo se narra la historia del Colegio correspondiente a cada uno de los veintiún rectorados, desde la fundación (1858) hasta el rectorado del P. Luis Mendoza Guizar (1951-1955)[9]. De esta obra, pues, hemos transcripto el texto que titulamos Crónica inédita del Concilio Plenario Latino Americano[10]. Se trata de una “larga carta”, como se afirma en el mismo texto[11], aunque no conocemos los nombres del autor ni del destinatario. Tiene el estilo retórico propio de la época.

En cuanto al contenido de la Crónica, dos son los temas que se destacan: en primer lugar, se ofrecen algunos detalles del Concilio Plenario, y en segundo lugar se hace mención a la enfermedad y “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Ramón Ángel Jara, Obispo de San Carlos de Ancud. A continuación, pues, vamos a desarrollar brevemente ambos temas, complementando así los datos que brinda el “alumno cronista”.

 

 

Algunos detalles acerca de la celebración del Concilio Plenario

 

Los prelados que participaron en el Concilio fueron 53: trece arzobispos y cuarenta obispos[12]. Todos estuvieron en la sesión inaugural. Doce de ellos eran exalumnos del Colegio Pío Latinoamericano[13]. La representación más numerosa fue la de México, con trece prelados; seguía la de Brasil con once, la de Argentina con siete, y la de Colombia con seis prelados. Los cuatro países mencionados, en conjunto, aportaron el 69,8% del total de los padres conciliares.

Chile estuvo representado por cuatro prelados: Mons. Mariano Casanova, arzobispo de Santiago, y los obispos Plácido Labarca, de Concepción; Florencio Fontecilla, de La Serena y Ramón Ángel Jara, de San Carlos de Ancud. Centroamérica estuvo representada sólo por Mons. Bernardo Thiel, obispo de Costa Rica.

Según la Crónica, veintinueve padres conciliares se alojaron en el mismo Colegio "con sus respectivos secretarios, y algunos otros sacerdotes acompañantes, hasta formar un total de setenta hospedados en nuestro espacioso edificio"[14]. Por entonces el número de alumnos ascendía a 106[15], muchos de los cuales ofrecieron sus propias habitaciones para los visitantes. Los otros veinticuatro padres conciliares se alojaron en diversos lugares de Roma[16].

Se celebraron un total de 38 reuniones conciliares: veintinueve congregaciones generales y nueve sesiones solemnes[17]. En las congregaciones generales, se discutió lo que luego serían los Decretos del Concilio, teniendo como base el Schema Decretorum y las Observationes Episcoporum et Notanda Consultoris. En las sesiones solemnes se aprobaba lo actuado hasta entonces, y en algunas de ellas se celebraron actos de particular relieve, como en la apertura, la consagración al Sagrado Corazón de Jesús y a la Purísima Concepción de María[18], y la clausura. Tanto el día de la apertura como el día siguiente a la clausura –fecha en que los padres conciliares fueron recibidos por León XIII– el Colegio Pío Latinoamericano ofreció dos suntuosos banquetes en honor de los prelados de América Latina[19].

El 9, 10 y el mismo día 11 de junio, se celebró en la Iglesia salesiana del Sagrado Corazón de Jesús, en Roma, el triduo solemne ordenado por León XIII para la consagración del mundo entero al Corazón de Jesús. En dichas solemnes ceremonias intervinieron los padres conciliares: Mons. Ramón Angel Jara, obispo de Ancud, predicó en latín; Mons. Mariano Soler en español y en italiano lo hizo Mons. Pedro Brioschi, obispo de Cartagena.

 

 

Datos biográficos de Mons. Ramón Ángel Jara Ruz

 

Mons. Ramón Ángel Jara Ruz fue el quinto obispo de San Carlos de Ancud y también el quinto obispo de La Serena[20]. Se distinguió por su gran elocuencia, que le valió los títulos de “primer orador eclesiástico de Chile”[21], “primer orador católico del siglo”[22], “cisne de la elocuencia sagrada”[23] y “el Crisóstomo chileno”[24]. Sus discursos fueron recopilados y publicados en 1921. Tuvo varias condecoraciones de gobiernos extranjeros y perteneció a numerosas instituciones culturales internacionales. Desempeñó varias comisiones del gobierno de Chile en Perú y Argentina.

Mons. Jara nació en Santiago de Chile el 2 de agosto de 1852. Sus padres fueron Juan Nepomuceno Jara y Carmen Ruz Fernández. Comenzó sus estudios con los padres franceses en el Colegio de los Sagrados Corazones de Valdivia y en 1862 se incorporó al seminario conciliar de Santiago, donde se recibió de bachiller en humanidades. Ingresó en la Universidad de Chile para seguir la carrera de leyes, pero en 1874 abandonó dicha carrera porque decidió ser sacerdote. Retornó, pues, al seminario, donde completó sus estudios teológicos. Recibió la ordenación sacerdotal el 16 de setiembre de 1876.

En 1878 fundó la primera Asociación Católica de Obreros. Fundó el colegio de San Miguel, y en 1879 inició la edificación del Templo de la Gratitud Nacional para conservar las reliquias de los héroes de la guerra del Pacífico. Estuvo entre los fundadores de la Unión Católica de Chile, en 1882. De 1880 á 1892 fue director del Asilo de la Patria “Nuestra Señora del Carmen”, refugio de los huérfanos de la guerra contra el Perú y Bolivia. En 1885 transformó este asilo en pensionado universitario. Por iniciativa de él, la República de Chile erigió un monumento en la cumbre del Monte Carmelo en Palestina. En 1887 viajó por América, Europa y Asia. A su regreso el presidente José Manuel Balmaceda lo nombró capellán de La Moneda. Él aceptó, pero no acompañó la revolución de 1891. En 1894 fue designado Gobernador Eclesiástico de Valparaíso, donde fundó la Sociedad de Orden y Trabajo. En 1895 acompañó al arzobispo Mariano Casanova en su viaje por Argentina: visitó Mendoza, Buenos Aires y el santuario de Luján, y pronunció una serie de discursos para estrechar la confraternidad entre ambas naciones.

Antes de ser obispo de Ancud, Mons. Jara fue asistente en América de la Unión Apostólica para sacerdotes, director de los cooperadores salesianos, capellán y profesor de Religión en la Escuela Naval, miembro de la Junta de Beneficencia, canónigo honorario de la Iglesia Metropolitana de Buenos Aires, etc. El 2 de mayo de 1898 León XIII lo eligió obispo de Ancud; recibió la consagración episcopal el 19 de junio de ese mismo año, de manos del obispo de La Serena, Mons. Florencio Fontecilla, en el templo de los Sagrados Corazones en Valparaíso. Tomó posesión de su diócesis en setiembre de 1898. Fue el sucesor de Mons. Fray Agustín Lucero, fallecido en 1897.

La tarea episcopal de Mons. Jara tuvo grandes alcances, no sólo a nivel espiritual, sino también material. A él se debe la construcción de la imponente catedral de Ancud[25], el palacio episcopal –que más adelante sería destruido por el fuego–, la Casa de las Huérfanas, la estatua de la Virgen en la cima del monte Carmelo, las construcciones que realizó en Valdivia, etc. Además de erigir veintisiete nuevas parroquias, creó las gobernaciones eclesiásticas de Valdivia y de Magallanes. Formó varios círculos y asociaciones piadosas, entre ellas la Unión Apostólica de Sacerdotes. Reformó la enseñanza en el seminario de Ancud, que entregó a la dirección de los jesuitas[26]. Celebró varias asambleas para levantar el espíritu católico de la diócesis, y trajo a la diócesis a los carmelitas. Fundó un club para la distracción del clero y para fomentar la mutua armonía en el mismo. También fundó «El Buen Pastor», revista célebre por sus artículos y la seriedad de su dirección, y «La Cruz de Sur», continuadora de «El Austral»; y en Valdivia fundó «La Familia». En 1907 celebró el tercer Sínodo Diocesano de Ancud. Fundó escuelas industriales en diversas localidades de la diócesis, etc.

San Pío X lo trasladó a la diócesis de La Serena el 31 de agosto de 1909. El 13 de noviembre fue designado Administrador Apostólico de Ancud, y al año siguiente lo sucedió Mons. Fray Pedro Armengol Valenzuela. Hizo la Visita ad limina en 1899 y 1908 como obispo de Ancud, y en 1914 como obispo de La Serena. Falleció en esta última ciudad el 9 de marzo de 1917, y fue sepultado en la catedral diocesana. Lo sucedió Mons. Carlos Silva Cotapos en 1918.

 

 

El “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Jara

 

En 1899 Mons. Jara participó en el Concilio Plenario Latino Americano. El 4 de julio tuvo lugar en la capilla del Colegio Pío Latinoamericano la celebración de los solemnes funerales por las almas de todos los obispos difuntos de América Latina[27]. Además de los padres conciliares estuvieron presentes el cardenal Vives y Tutó, los superiores y alumnos del Colegio, y muchos laicos, entre ellos los representantes diplomáticos acreditados ante la Santa Sede por las repúblicas de América Latina.

Ese mismo día, de manera repentina, Mons. Jara sufrió un agudo ataque de peritonitis. Inmediatamente fue atendido por el médico del Colegio Sr. Tacchi Venturi y el enfermero H. Comai. Pero el dolor fue agravándose de tal manera que parecía que la muerte del obispo era inminente. Al día siguiente por la noche, en medio de una consternación general, le fueron administrados los últimos sacramentos. Aquello fue para los alumnos un “verdadero duelo”, ya que Mons. Jara, “por su exquisita amabilidad y benevolencia […], se había hecho acreedor al cariño universal de cuantos lo conocieron”[28]. Esa misma noche, por orden del rector del Colegio, R. P. Enrique Radaelli, comenzó un solemne triduo a San José por la salud de Mons. Jara, y en los días siguientes las misas y oraciones de todo el Colegio no pedían otra gracia que la mejoría del obispo chileno.

Tanto los superiores como los alumnos del Colegio hicieron innumerables promesas, votos y sacrificios implorando el auxilio de la Santísima Virgen y los Santos patronos. Cabe señalar que el rector Radaelli “formuló la solemne promesa de acudir en piadosa peregrinación, acompañado de los alumnos chilenos del establecimiento por él dirigido, a postrarse ante la imagen veneranda del Santuario de Pompeya, si le alcanzaba la gracia de devolver la salud al ilustre moribundo”[29]. La protección de la Santísima Virgen no se dejó esperar, a tal punto que “a las pocas horas de formulado el voto de peregrinación, los médicos observaron con asombro una reacción favorable en el curso de la enfermedad, reacción que fue el punto de partida de una lenta pero no interrumpida mejoría por todos considerada como una gracia de lo alto; y que, pasado un corto espacio de tiempo, restituyó por completo la salud al distinguido Prelado”[30].

Y así, después de un largo período de coma, tuvo lugar lo que el alumno cronista denomina el “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Jara. El obispo en diversas ocasiones manifestó su gran alegría por haber recuperado la salud, y se mostró verdaderamente conmovido ante las múltiples pruebas de afecto que recibió en el curso de su enfermedad. El día antes de que los alumnos partieran a sus vacaciones, y sobreponiéndose a la debilidad de su estado, Mons. Jara celebró una misa de comunidad. Al terminarla, reuniendo todas sus fuerzas, dirigió a los alumnos “una tierna alocución en desahogo, como él dijo, del reconocimiento que rebosaba su alma por las señaladas muestras de amor que había recibido del Colegio en toda su gran dolencia”[31].

Debido a las tareas escolares, el P. Radaelli pudo cumplir su promesa recién el 13 de setiembre de 1900[32]. Ese día partió en peregrinación al santuario de la Virgen de Pompeya, junto con los alumnos chilenos que por entonces residían en el Colegio, o sea: Clodoveo Montero, José Aníbal Carvajal Aspée, Rafael Edwards y Salas, Osvaldo Martínez, Arturo Silva, Luis Felipe Contardo, Arturo Dabowich y José León Duarte[33]. Los peregrinos llegaron a Pompeya el 14 de setiembre, y al día siguiente participaron en la celebración de una eucaristía a los pies de la imagen de la Santísima Virgen, agradecidos por el “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Jara.


 

 

Crónica inédita del Concilio Plenario Latino Americano

(Roma 1899)*

 

 

 

No bien los diarios romanos dieron a la luz pública la Encíclica de S. S. León XIII a los Obispos de la América Latina en que se les convocaba a Concilio en Roma, comenzó a ser en nuestras conversaciones asunto imprescindible cuanto con la venida de SS. SS. y su estancia en Roma se relacionaba, pues no nos cabía duda de que por lo menos los Illmos. mitrados exalumnos de este Colegio gustarían vivir en nuestra compañía.

Mas cuando poco después se supo con entera seguridad que la celebración del Concilio se llevaría a cabo en la capilla misma del Colegio, ya no sólo llamaba la atención de los alumnos el próximo acontecimiento, sino que los mismos superiores empezaron a deliberar sobre los mismos eficaces medios para preparar una digna hospitalidad a los muchos prelados que prudentemente se creyó solicitarían habitaciones por la grande comodidad que les ofrecía especialmente el lugar de las sesiones.

Nuestra esperanza se fue robusteciendo cada día más con la llegada de muchas cartas de distintos prelados de la América que se adelantaban a solicitar un hospedaje que la delicadeza de nuestros superiores pensaba ya ofrecerles. Tan crecido fue el número de cartas con este objeto que a fines de abril ya estaban destinadas las veinte habitaciones que con el concurso del Vaticano había alistado el Colegio para hospedar a los Rvdos. Padres del Concilio; y sin embargo seguían llegando nuevos pedidos, y los superiores que fundaban toda su dicha en poder servir a nuestros Obispos, mayormente animados por todos nosotros que cada cual más ansiábamos tener en el Colegio a nuestros respectivos prelados, no tenían ánimo para negar demanda alguna.

Y así nada más natural que el que muchos alumnos ofrecieran sus propias estancias para poder dar albergue a los señores secretarios, logrando de este modo que las habitaciones a éstos destinadas, pudiesen ser convenientemente arregladas para nuevos Obispos. Consiguióse de este modo que en los últimos días de mayo, después de innumerables trajines y combinaciones, cuando ya todos los Obispos concurrentes al Concilio se encontraban en Roma, se contasen, con gran pasmo de nosotros mismos, veintinueve Obispos huéspedes del Colegio con sus respectivos secretarios, y algunos otros sacerdotes acompañantes, hasta formar un total de setenta hospedados en nuestro espacioso edificio.

Como tú puedes imaginar –continuaba el alumno– nuestro gozo era completo: teníamos las sesiones del Concilio en casa y a la mayor parte nos era dado poder personalmente asistir y atender al menos a un Prelado de nuestras respectivas naciones. No es por esto de admirar que hayamos visto pasar en un soplo los cincuenta y tantos días que permanecieron a nuestro lado.

Pero si los alumnos cifrábamos nuestra dicha en rodear a los Prelados de las más cariñosas atenciones, no se quedaban atrás nuestros amadísimos superiores que desde el primer momento de su llegada se esforzaron por procurarles todas las comodidades que, como a sostén del Colegio, les corresponden, y el cariño y el amor filial de los alumnos lo demandan.

En la última semana de mayo no había casi un día en que el R. P. Rector, Enrique Radaelli, no se encontrase personalmente en la estación de los ferrocarriles a esperar algún Obispo de los que debían alojarse en casa, acompañado de uno o más alumnos compatriotas o diocesanos de S. S. I. Una vez en el Colegio, fueron atendidos los Sres. Obispos con suma solicitud y cariño hasta el punto de que los superiores tuvieron el gran contento de que al alejarse de nuestro Colegio tan distinguidos cuanto numerosos huéspedes, no tuvieran palabras más que de reconocimiento por la cariñosa solicitud con que habían sido atendidos.

Mas no para aquí la atención del Colegio para con nuestros Prelados: en dos ocasiones especialmente quiso probar cómo a él más que a todos correspondía festejarlos, y cómo sabía no dejar pasar, para hacerlo dignamente, ocasión alguna que tendiera a dar mayor brillo y solemnidad a su manifestación. Fueron éstas el 28 de mayo, día en que se inauguró el Concilio y el 10 de julio, día en que fueron recibidos todos los Padres del Concilio por S. S. León XIII, es decir, el siguiente de la clausura solemne de las sesiones. Dos suntuosos banquetes dio el Colegio, en estos días, como saludo de bienvenida, al par que de augurio de próspero resultado en las tareas conciliares, el primero; y como felicitación por el feliz éxito en los trabajos al mismo tiempo que afectuosa despedida, el segundo. Ambos como expresión que eran del amor filial de los alumnos, a sus venerables padres; debían probar una vez más a los celosísimos pastores el entusiasmo y gozo que les causaba el advenimiento de sus Prelados y la celebración del Primer Concilio Plenario de la América Latina.

En el último banquete, sobre todo, fue donde puede decirse que se coronó la serie no interrumpida de manifestaciones de mutuo amor entre los Sres. Obispos y el Colegio, con una manifestación de aprecio tan cariñosa como magnífica, que a no dudar ha dejado gratísima memoria en el ánimo de cuantos la presenciaron.

El espléndido refectorio de los alumnos, que, como tú sabes, descuella entre los mejores de su género, fue el escogido para el fraternal y amistoso ágape. Asistían todos los Ilmos. Sres. Obispos, exceptuado Mons. Jara, que por su enfermedad no pudo dejar el lecho, seis Cardenales, en su mayoría los que, como Delegados de Su Santidad, habían presidido en las sesiones solemnes, los consultores y teólogos del Concilio, los ceremonieros pontificios, los secretarios de S. S. I. e innumerables Monseñores y alto clero de Roma. En una palabra, el espacioso local se hacía estrecho para contener la más ilustre y selecta concurrencia. El P. Rector en un afectuoso discurso latino ofreció el banquete, como último obsequio de gratitud con que era dado al Colegio P. L. Americano festejar al venerando Concilio de sus amantísimos padres que con tanta solicitud se habían interesado por él en el curso de las sesiones conciliares.

Siguieron al P. Rector en el uso de la palabra varios cardenales y obispos, en medio. de las más entusiastas manifestaciones de contento y mutua cordialidad; resultando en conjunto que la satisfacción más acabada y la alegría más franca fuese en el festín la nota dominante.

Con lo hasta aquí dicho ya puedes comprender muy bien cuánto se han estrechado con ocasión del Concilio, las ya óptimas relaciones entre los Prelados de la América Latina y nuestro Colegio; y si a eso añades el cariño e interés con que S. S. León XIII aprovechó todas las ocasiones en las audiencias a los Obispos, para encarecerles la importancia del Colegio y recomendarles su más decidido apoyo y protección, no dudo que la impresión que recibirás será gratísima, como amante exalumno que eres de este establecimiento, para ti tan lleno de dulces y halagüeños recuerdos.

 

 

Enfermedad de Mons. Jara

 

Y aquí podría ya terminar esta larga carta; pero aún quiero descender a referirte como una particularidad de la estancia de los Sres. Obispos, la desgracia, única puedo decirte, que afligió a cuantos se enteraron de ella, y casi sumió en mortal congoja al Concilio y a nuestro Colegio.

El día 5 de Julio, fijado por el Concilio para la celebración de los solemnes funerales por todos los Prelados difuntos de nuestra América, repentinamente, sin que nadie lo previera, el Illmo. Sr. Obispo de San Carlos de Ancud, D. Ramón Ángel Jara, que desde el día anterior sufría un poco del estómago, fue aquejado tan violentamente por un ataque de peritonitis que se llegó a temer seriamente por su salud.

A pesar de la asistencia asidua que desde el primer momento le prestaron el dignísimo médico del Colegio Sr. Tacchi Venturi y el incansable enfermero H. Comai, fue de tal modo agravándose la dolencia que al día siguiente por la noche, en medio de la consternación general, le fueron administrados los últimos sacramentos, que recibió el piadoso prelado, como la bendición papal, con las mayores muestras de fervor y conformidad con la voluntad de Dios.

Pintarte la desolación de los superiores y alumnos por esta desgracia, me es de todo punto imposible. Sólo te diré que para los superiores era una verdadera tribulación, ya que nada podía serles más sensible que ver enfermar y tan gravemente a uno de los dignísimos huéspedes a quienes ansiaban servir con el mayor esmero y atender con todo género de comodidades; y para los alumnos era un verdadero duelo, pues que por su exquisita amabilidad y benevolencia el Illmo. Sr. Jara se había hecho acreedor al cariño universal de cuantos lo conocieron.

En la misma noche, por orden del R. P. Rector, fue comenzado un solemne triduo a San José por la salud de Mons. Jara, y en los días siguientes las misas y oraciones de todo el Colegio no pedían otra gracia ni solicitaban otro favor que la mejoría del Ilmo. paciente.

Innumerables fueron las promesas y votos con que tanto los superiores como los alumnos se ligaron a porfía para interesar en su favor la protección y auxilio de la Sma. Virgen y Santos patronos, y no pocos los sacrificios, algunos hasta heroicos, que se ofrecieron por el mismo fin; resultando de toda esta serie de generosas acciones un conjunto tan noble y honroso para el Colegio que bastaría él solo a probar con creces el entrañable cariño que así los superiores como los alumnos tienen a sus prelados, y el desinteresado afán con que se esmeraban por rodear a sus padres de las más exquisitas atenciones y cuidados.

El restablecimiento casi milagroso de Mons. Jara, después de una larga y penosísima temporada de coma que el virtuoso prelado soportó con la más edificante resignación, fue la mejor recompensa que podía el Colegio esperar por su constante solicitud, en bien del piadoso enfermo. La satisfacción purísima que gozó después de la angustia sufrida por la amenazada vida de Monseñor, bien claro lo manifestó en diversas ocasiones; pero sobre todo con funciones religiosas en acción de gracias por la merced obtenida; y el magnánimo Obispo chileno, cuyo corazón de oro tan indiferente a los propios dolores y sufrimientos como sensible a las menores muestras de afecto y a los mínimos favores en su obsequio, verdaderamente conmovido por las múltiples pruebas de afecto recibidas del Colegio en el curso de su enfermedad, no pudo acallar los sentimientos de gratitud que, para su generosidad le habíamos merecido; y el día anterior a nuestra partida a vacaciones, sobreponiéndose a la debilidad de su estado, nos dijo la misa de comunidad, y a pesar de la postración en que se encontraba al terminarla, reuniendo todas sus fuerzas, nos dirigió una tierna alocución en desahogo, como él dijo, del reconocimiento que rebosaba su alma por las señaladas muestras de amor que había recibido del Colegio en toda su gran dolencia. Y concluyó manifestándonos lo grato que sería volverse a encontrar en el camino de la vida con alguno de nosotros, para poder pagarle, como era su deseo, la inmensa deuda de gratitud que dejaba para siempre obligados a nosotros su corazón y su existencia.

Con sobrada razón pues creo cerrar esta carta, asegurándote que uno de los primeros frutos del Concilio Plenario ha sido aficionar aún más a los Illmos. Prelados a este colegio e interesarlos con mayor empeño por su vida y sostenimiento.

 

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* Doctor en Teología en la Universidad de Navarra (Pamplona, España). Profesor de Historia de la Iglesia en el Instituto Teológico del Uruguay “Mons. Mariano Soler” (Montevideo) agregado a la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma). Profesor de Antropología Filosófica en la Universidad Católica del Uruguay “Dámaso A. Larrañaga”.

 

[1] Entre los trabajos más recientes acerca de la etapa preparatoria del Concilio Plenario, vid. Misael CAMUS IBACACHE, La préparation et la convocation du Concile Plénier de l’Amérique Latine célébré à Rome en 1899, en: «Revue d’Histoire Ecclésiastique» [Louvain-la-Neuve] 93 (1998,1-2) 66-82; Antón PAZOS, El iter del Concilio Plenario Latino Americano de 1899, o la articulación de la Iglesia latinoamericana, en: «Anuario de Historia de la Iglesia» [Pamplona] 7 (1998) 185-206; Pedro GAUDIANO, El Concilio Plenario de la América Latina (Roma 1899): preparación, celebración y significación, en: «Revista Eclesiástica Platense» [La Plata] 10-12 (1998); ID., Los antecedentes del Concilio Plenario Latino Americano según la documentación vaticana, en vías de publicación en «Teología» [Buenos Aires]; vid. infra, nota 3.

[2] Mariano SOLER, Carta Pastoral [2.4.1899] del Excmo. Señor Arzobispo con motivo de la celebración del Concilio Plenario de la América Latina, en: «La Semana Religiosa» [Montevideo] 14 (1899) 9619-9623, 9619.

[3] Vid. una bibliografía actualizada sobre el tema en: Pedro GAUDIANO, Mons. Mariano Soler, primer arzobispo de Montevideo, y el Concilio Plenario Latino Americano, Tesis doctoral, pro manuscripto, Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona 1997). Un extracto de la tesis está en vías de publicación en: «Excerpta e Dissertationibus in Sacra Theologia» [Pamplona]; vid. el texto de la disertación doctoral, en: «Anuario de Historia de la Iglesia» [Pamplona] 7 (1998) 375-382.

[4] “Quel Concilio fu, in effetti, il primo grande tentativo di integrazione della Chiesa nel Continente. Fu, per così dire, il punto di partenza dell’età pastorale adulta della Chiesa latinoamericana”, Oscar A. RODRÍGUEZ MADARIAGA, Presentazione, en: Enchiridion. Documenti della Chiesa Latinoamericana [a cura di P. Piersandro VANZAN, S.I.] (Bologna 1995). Esta publicación contiene una selección de documentos de la Iglesia latinoamericana: del Concilio Plenario Latino Americano (1899) y de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992).

[5] Sobre este tema, vid. supra nota 3.

[6] Luis MEDINA ASCENSIO, Historia del Colegio Pío Latino Americano (Roma: 1858-1978) (México 1979), pág. 88.

[7] Vid. Pedro MAINA, Memorias del Pontificio Colegio Pío Latino Americano de Roma desde su fundación hasta nuestros días. 1858-1958, pro manuscripto, Pontificio Colegio Pío Latino Americano, 2 tomos (Roma 1958). Medina Ascensio reconoce que su obra es un “resumen” de estas Memorias escritas por Maina: “No perdemos la esperanza de que algún día se considere necesaria la publicación de esa obra del P. Maina. Por medio de ella, se conocerán muchos datos de esa historia que a nosotros no nos fue posible publicar en este, que puede llamarse, resumen de ese largo historial”, Luis MEDINA ASCENSIO, o.c., pág. 355.

[8] Agradezco al director de mi tesis doctoral, Dr. Josep-Ignasi Saranyana, por haberme enviado a investigar en los archivos vaticanos y romanos. También agradezco al rector del Colegio Pío Latinoamericano, R. P. Luis Palomera S.J., por la hospitalidad que me brindó durante mi estadía en Roma y por acercarme las Memorias de Maina y otros valiosos documentos del archivo del Colegio.

[9] El P. Maina falleció el 24 de abril de 1958, sin poder completar los cien años del Colegio.

[10] Vid. Pedro MAINA, o.c., t. 1, págs. 261-267.

[11] Así la denomina el mismo autor cuando comienza a referirse a la Enfermedad de Mons. Jara, vid. infra el texto de la Crónica.

[12] Vid. la lista de los 53 padres conciliares en  Actas y Decretos del Concilio Plenario de la América Latina celebrado en Roma el Año del Señor de MDCCCXCIX. Traducción oficial (Roma 1906) [en adelante: Actas], págs. XLVIII-XLIX. Al final de dicho texto, se lee lo siguiente: “N.B. – A la lista anterior debe hasta cierto punto añadirse el nombre del Illmo. y Rmo. Señor D. FERNANDO ARTURO DE MERINO, Arzobispo de Santo Domingo, quien viniendo al Concilio, cayó gravemente enfermo en París, de donde envió a su secretario a Roma, a manifestar su fraternal unión a los Padres del Concilio, y su plena adhesión a los Decretos sinodales que promulgaran”.

[13] Cuatro eran  arzobispos: Jerónimo Thomé da Silva, de San Salvador, primado de Brasil; Pedro Rafael González, de Quito; Mariano Soler, de Montevideo; Joaquín Arcoverde de Albuquerque Cavalcanti, de San Sebastián de Río de Janeiro. Ocho eran  obispos: Ignacio Montes de Oca, de San Luis de Potosí; Eduardo Duarte Silva, de Goyaz; Manuel de Caycedo, de Popayán; Juan Agustín Boneo, de Santa Fe, uno de los primeros diecisiete fundadores del Colegio Pío Latinoamericano en 1858; Mariano Antonio Espinosa, de La Plata; Francisco do Rego Maia, de Petrópolis; Esteban Rojas, de Tolima; y Francisco Plancarte y Navarrete, de Cuernavaca.

[14] Vid. infra el texto de la Crónica.

[15] Cfr. Eugenio POLIDORI, Apertura del Concilio Plenario dell’ America Latina al Collegio P. L. Americano, en: «La Civiltà Cattolica» [Nápoles] 6 (1899) 725-728, 725.

[16] Vid. Excelentísimos Sres. Arzobispos y Obispos, que integraban el Concilio Plenario Americano el día 28 de Mayo de 1899, por orden de su promoción, y su domicilio en Roma, en: Pedro MAINA, o.c., págs. 268-270. En el nº 51 de la lista, Mons. Matías Linares figura por error como obispo de "Salto", y no se agrega el país correspondiente, como en todos los otros casos; según Actas, pág. XLIX, Mons. Linares era obispo de la diócesis argentina de "Salta". La lista de Maina, sin numeración y con el error mencionado, se reproduce en: Luis MEDINA ASCENSIO, o.c., págs. 315-317.

[17] Vid. Extracto de las Actas de las Sesiones y Congregaciones, en: Actas, págs. LVII-CXXXXIX.

[18] Dicha consagración tuvo lugar el 11.6.1899, vid. Cuarta Sesión Solemne, en: Actas, págs. LXXXVII-LXXXVIII; vid. también «La Semana Religiosa» [Montevideo] 13 (1899) 9884; la fórmula de la consagración, y las palabras que añadió el presidente del Concilio, en: l.c., 10043-10044.

[19] Vid. infra el texto de la Crónica.

[20] Sobre Mons. Jara, vid. Pedro P. FIGUEROA, Diccionario biográfico de Chile, t. II (Santiago de Chile 1897), págs. 128-129; Luis F. PRIETO DEL RÍO, Diccionario biográfico del clero secular de Chile, 1513-1918 (Santiago de Chile 1922); Carlos SILVA COTAPOS, Historia Eclesiástica de Chile (Santiago de Chile 1925); Francisco J. CAVADA, Historia centenaria de la diócesis de San Carlos de Ancud ( ? 1940); Carlos OVIEDO CAVADA, Los obispos de Chile (Santiago de Chile 1996).

[21] Pedro P. FIGUEROA, Diccionario biográfico cit., pág. 129.

[22] Francisco J. CAVADA, Historia centenaria cit., pág. 273.

[23] Ibid.

[24] Pedro MAINA, o.c., pág. 281.

[25] Vid. el Acta levantada en la bendición y colocación de la primera piedra de la nueva catedral de Ancud [1º.1.1901], en: Francisco J. CAVADA, Historia centenaria cit., págs. 286-288.

[26] El seminario de Ancud pasó a ser dirigido por los jesuitas por decreto de Mons. Jara del 28.2.1900; vid. el texto de dicho decreto en: ibid., págs. 281-282.

[27] Por error del “alumno cronista” o del P. Maina, en la Crónica figura que esta celebración tuvo lugar el día 5 de julio. En aquella ocasión Mons. Mariano Soler, arzobispo de Montevideo, celebró la misa de pontifical, y Mons. Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis de Potosí, pronunció la oración fúnebre; vid. el texto de la misma, en: Actas, págs. CII-CXXX; vid. también «La Semana Religiosa» [Montevideo] 13 (1899) 9915.

[28] Vid. infra el texto de la Crónica.

[29] Vid. Peregrinación al Santuario de la Virgen de Pompeya, en: «Boletín de los Alumnos del Colegio Pío Latino Americano» 4 (1900) 25-27, 26; en la pág. 24 se publica una foto de Mons. Jara.

[30] Ibid.

[31] Vid. infra el texto de la Crónica.

[32] Cfr. Peregrinación cit., 26-27.

[33] Obtuvimos los nombres de los alumnos que en setiembre de 1900 residían en el Colegio, en Catalogus Pontificii Collegii Pii Latini Americani, Anno 1917 (Romae 1917), págs. 32-40.

* El texto que sigue fue transcripto de Pedro MAINA, Memorias del Pontificio Colegio Pío Latino Americano de Roma desde su fundación hasta nuestros días. 1858-1958, pro manuscripto, Pontificio Colegio Pío Latino Americano, t. 1 (Roma 1958), págs. 261-267.