María, siempre Virgen

 

            Con paz y tranquilidad vamos ahora a considerar esta verdad de la virginidad de la Virgen María. La Iglesia nunca ha dudado la virginidad de la Madre del Señor. Así, desde los primeros símbolos de la fe, los cristianos siempre han profesado que Jesús nació de María Virgen, como leemos en el Credo de los Apóstoles.

            La concepción virginal del Hijo de Dios está muy clara en el Nuevo Testamento. Fíjate que es lo primero que se afirma de Cristo en el primer capítulo del Evangelio de Mateo: “La Madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”[1]. Y recalca otra vez a continuación que “la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”[2]. Y lo comprueba por tercera vez, como lo había prometido el Señor: “Mirad, la Virgen está encinta y da a luz un Hijo… Dios con nosotros”[3].

            Pasemos a la narración de la Anunciación que hace con toda precisión San Lucas. Por dos veces escribe la palabra “virgen” referida a María: “Fue enviado por Dios a una virgen desposada con José… y la virgen se llamaba María”[4].

            Ante el anuncio de la Encarnación del Hijo de Dios, la Virgen responde que “cómo será eso, pues no conozco varón”. Y el ángel le responde que “el Espíritu Santo vendrá sobre ti… pues para Dios nada hay imposible”[5].

            Fíjate bien, que la única condición que la Virgen pone al ángel Gabriel acerca de tener un hijo es no conocer varón (“¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”[6]).

            La Virgen María dice esto “estando desposada con un hombre llamado José”[7], como dice el evangelio antes que sucediera la Anunciación. Y estando desposada con José, la virgen afirma que “no conozco varón”. Y eso ambos que vivían en el mismo pueblo de Nazaret que era muy pequeño, y ya estaban prometidos.

            Pero es que cuando la Virgen dice que no conoce varón, está diciendo que no tiene relaciones, ni mantiene relaciones con varón, que no tiene contacto marital, que no tiene contacto carnal con ningún hombre. Y la Virgen lo dice con toda firmeza.

            Además, el verbo está dicho en el presente del hebreo, que tiene más fuerza que en nuestro idioma. Quiere decir que hay en la Virgen un propósito firme de no tener relaciones con ningún hombre (ni he tenido ni tendré, ni antes ni después). Es una decisión de por vida, una determinada determinación de la Virgen, un voto de virginidad como explicarán sabiamente San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Por eso también Lucas recalca dos veces el término “a una virgen”, “y la virgen se llamaba María”.

            Ya sabes que desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo[8], afirmando también el aspecto corporal de este suceso, sin intervención de varón, sin concurso de varón, sin elemento de varón, por obra del Espíritu Santo[9].

            Es más, ya desde los siglos I y II, los padres apostólicos defienden la virginidad de la Virgen, como por ejemplo San Ignacio de Antioquía, que dice que “el Hijo de Dios nació verdaderamente de una virgen[10]. Lo mismo escriben el filósofo San Justino y el profundo teólogo San Ireneo de Lyon. Recuerda que ambos son del siglo II, y que, por tanto, han bebido de la reciente enseñanza de los apóstoles de Cristo.

            Es la fe que el amplio Credo de San Epifanio expresó con el término “siempre virgen”, ya en el año 374[11].

            San Agustín, en el siglo V, decía con mucha elegancia en su genial oratoria: “María fue virgen al concebir a su Hijo, virgen durante el embarazo, virgen en el parto, virgen después del parto, virgen siempre”[12]. Es lo que el Papa Pablo IV articuló en la fórmula ternaria de “virgen antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto”[13].

 

MARÍA

antes…………….……..…….en el parto……….….….…….y  después

Siempre Virgen

 

            Por eso, la liturgia de la Iglesia celebra a María como la “siempre virgen”, siendo en todos los siglos del Cristianismo un término normal en la fe del Pueblo de Dios, y rezando por ejemplo así: “Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen”[14].

            Esta misma fe ha sido recogida también en tiempos modernos por el Papa Pablo VI, en el Credo del Pueblo de Dios: “Creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado”[15]. Y el Papa Juan Pablo II lo recalcó con toda su fuerza junto al Pilar de Zaragoza: “Esta verdad hay que mantenerla siempre en toda su amplitud”[16].

            Como lo enseña Francisco María Fernández, gran experto en lenguas clásicas, “la doctrina de la virginidad de Santa María incluye estos cuatro aspectos:

-sobre la virginidad biológica: la integridad física y ausencia de relaciones carnales;
-sobre la virginidad espiritual: la decisión consciente de María de no tener este tipo de relaciones, y la entrega generosa al Señor sin dividir el corazón.

            Y recalca que se trata de una decisión libre y voluntaria de la Virgen.

            En el prólogo del Evangelio de Juan encontramos una referencia al parto virginal “sin sangres” del Verbo, la Palabra hecha carne[17]. Hay una alusión igualmente en la Anunciación: “El que nacerá santo, será llamado Hijo de Dios”[18].

            Hay también indicios y señales de este parto milagroso en Belén: “Y María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada”[19]. Ella misma, inmediatamente después del parto, lo envuelve con paz y sencillez en unos pañales, con inefable amor de Madre, y lo acuesta con todo cariño y entereza en un pobre pesebre, mientras “guardaba todas estas cosas y las iba meditando en su Corazón”[20]. Por tanto, la Virgen, Madre de Dios, estaba totalmente entera en la noche del parto en Belén.

            “¡Es el Hijo de Dios!”. Y según la expresión que recoge y escribe San Marcos en su evangelio, “el Hijo de María[21].

            Si quieres, estudiamos ahora, brevemente, tres palabras con toda claridad, para que no haya ninguna confusión, y siendo muy fieles al significado hebreo y arameo con que se pronunciaron en el contexto de aquel tiempo:

            1º) María “dio a luz a su hijo primogénito”[22]. Ante todo, hay que indicar que la palabra “primogénito”, considerada en su sustrato semítico (hebreo, arameo), no implica otros hermanos posteriores; es simplemente un término de valor jurídico que en hebreo se dice bekor, con sus derechos de primogenitura. Hay pasajes de la Biblia donde se llama primogénito a un hijo único (“mirarán al que atravesaron; harán duelo como por un hijo único y llorarán como se llora a un primogénito”[23]). Es conocido el hecho del hallazgo de una inscripción sepulcral judía, en la que se habla de una madre muerta en el parto de su primogénito (murió al dar a luz a su primogénito; luego no tuvo más hijos). También nosotros decimos hoy en día “acaba de tener a su primer hijo”. Recuerdo que me dijeron de una mujer que yo casé, hace ya mucho tiempo, que “Consuelo, acaba de tener a su primer hijo”. Y después, resultó que ya no tuvo más hijos. 

            2º) “Y, sin haberla conocido, dio a luz a su hijo, al que puso por nombre Jesús”[24]. Ésta es la traducción del griego en cuanto a su sentido, pues literalmente dice así: “Y José no la conocía hasta que dio a luz un hijo”. La partícula griega eos (lit. hasta que) no insinúa que después la haya conocido, sino sólo subraya la virginidad de la Virgen María en el momento del parto del Señor. Esto se comprueba con algunos ejemplos bíblicos evidentes:

            -“Promoverá fielmente el derecho; no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra”[25]. No significa que después sí vacilará.

            -“Mical, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta que murió”[26]. No significa, claro está, que después de morir, sí tuviera hijos.

            -“Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”[27]. Evidentemente, no significa que, cuando se acabe este mundo, Jesús ya no vaya a estar con nosotros en el cielo.

            Otros muchos pasajes de la Escritura reunió, ya en el siglo IV, el gran especialista San Jerónimo para mostrar que la expresión “hasta que” tiene este sentido asertivo, sin indicar un cambio de situación después del término temporal aludido.

            3º) La Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús. Pero ya se sabe que entre los semitas la palabra “hermano” se aplica también a parientes, sobre todo a primos. En el Nuevo Testamento nunca se dice de los hermanos de Jesús que sean hijos de María, la Madre del Señor. Basta hacer un análisis de las listas en que se nos dan sus nombres. En efecto, por ejemplo, Santiago y José[28] son los hijos de una María discípula de Cristo[29] que se designa de manera significativa como “la otra María”[30], distinta de la Virgen María y de María Magdalena. Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión muy conocida del Antiguo Testamento[31].

            Jesús es el hijo único de María, aunque la maternidad espiritual de la Virgen se extiende a todos los hombres.

            Podemos resumir de la siguiente manera, la diferencia entre el parto físico en Belén y el parto espiritual junto a la Cruz, éste 33 años más tarde, al unirse plenamente la Virgen al dolor de Cristo en su Pasión:  

La Virgen, Madre de Dios,
sin dolor dio a luz al Hijo de Dios;
pero con mucho dolor María nos engendró
a nosotros, los hijos de Dios.
O bien, un poco más breve:
sin dolor, dio a luz al Hijo de Dios;
mas con dolor, a nosotros, los hijos de Dios.

            Virgen y Madre, éste es el milagro de Dios. Virgen y Madre, sólo Dios lo pudo hacer. Flor y fruto a la vez. Flor que no se marchita y fruto que lleva en su seno. Como le dijo Isabel a María, movida por el Espíritu Santo, “bendito es el fruto de tu vientre”[32]. Y como le aclamó esa otra buena mujer, levantando la voz, de entre el gentío, a Jesús, “dichoso el vientre que te llevó”[33].

            Pongamos ahora una comparación o imagen bíblica de María y del fuego espiritual que ardía en su Corazón:

            La virginidad de la Virgen María es como esa zarza ardiente que vio Moisés en la montaña santa[34]. Así, esa zarza que ardía sin consumirse, sin apagarse nunca, es imagen de la Virgen María que conservaba siempre el amor virginal de su corazón inflamado y enamorado de Dios. Escuchamos el relato del suceso:

            “Entonces, Moisés, después de fijarse bien, se dijo:

            -Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.

            Y el Señor le llamó desde la zarza:

            -Moisés, Moisés.

            Él respondió:

            -Aquí estoy, Señor”[35].

            De algún modo parecido, tú también puedes pensar:

            -Voy a acercarme al Corazón de María, a ver cómo es que no se apaga nunca el fuego de su amor hacia nosotros, pues me admira que nunca se acaba ni se agota el amor de nuestra buena Madre hacia sus hijos, sino que cada día es mayor y mejor.

            Me recuerda lo que dijo un día Jesús: “He venido a prender fuego en el mundo ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”[36].

            También María es como esa pequeña nube que, en tiempos del profeta Elías, anunció la abundancia de los bienes del cielo. Así, esa blanca nubecilla fue una bendición de Dios para el pueblo, pues trajo la ansiada lluvia que acabó con la terrible sequía. Puedes leerlo en el primer libro de los Reyes[37].

            Igualmente,  María es pequeña y humilde, y así se reconoce en su cántico del Magníficat: “Dios ha mirado la pequeñez de su sierva”[38]. Pero siendo la Virgen pequeña y pobre, trajo la salvación al mundo, dándonos a su hijo Jesús en Belén.

            La Virgen, por ser la Madre de Cristo, es fuerte y participa de la fortaleza del Espíritu Santo. María tiene el don de la fortaleza. Recuerda lo que el ángel del Señor le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”[39].

            La palabra griega dinamis, que es la que usa el evangelio, admite varias traducciones muy parecidas: “No temas, pues el vigor-poder-valor-fortaleza-potencia-capacidad-virtud… dinámica del Altísimo te envolverá”.

            Y así, María, siendo virgen y permaneciendo virgen, se hace Madre del Salvador gracias a la fortaleza del Espíritu de Dios. En resumen, la Virgen es Madre y fuente de vida “por obra del Espíritu Santo”[40].

            Seguramente recordarás el ejemplo de Sansón en la Biblia, en el libro de los Jueces[41]. Sansón era muy fuerte, gracias al Espíritu del Señor, como dice la Escritura[42]. Tenía más fuerza que todos los filisteos, y que los animales contra los que luchó, salvando y protegiendo muchas veces al Pueblo de Dios.

            Pues al igual que Sansón, la Virgen María fue, al mismo tiempo, prudente y valiente, y nunca cobarde. María fue fuerte como la Torre de David y como la Ciudad de Jerusalén, fortificada con murallas y baluartes. María es también hermosa como la Torre de Marfil, y reúne en perfecta armonía la belleza y la fortaleza, como mujer bellísima llena del Espíritu de Dios.

            Aquí quiero recordar una frase de San Juan de Ávila, patrón del clero español, y que decía con toda firmeza que “prefiero estar sin pellejo que sin devoción a María”.

            Y lo que enseña el Concilio Vaticano II: “La verdadera devoción a la Virgen no consiste en un sentimiento pasajero y sin frutos, ni en una credulidad vacía. Al contrario, procede de la verdadera fe, que nos lleva a reconocer la grandeza de la Madre de Dios, y nos anima a amar como hijos a nuestra Madre, imitando sus virtudes”[43]. Así, María será de verdad “señal de esperanza cierta y de consuelo”, prosigue explicando el mismo Concilio[44].

            Por eso, herman@, el amor a María, tu Madre, no es ningún sentimentalismo, sino que debe proceder de una fe fuerte y debe llevarte a un compromiso real y concreto de amor a los demás y de ayuda a los pobres y necesitados, tus herman@s, que son también hij@s de Dios y de María, como tú.

            Ya sabes por la Historia de la Iglesia que el mejor defensor de la virginidad de María fue San Ildefonso de Toledo. A él dedicamos un merecido recuerdo, vivo y presente.

            Antes de terminar este capítulo, recordemos el sentido profundo de la virginidad de la Madre de Cristo. Como explica muy bien el Catecismo de la Iglesia Católica, “la Virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios”[45]. Así lo dijo Jesús claramente, ya desde los 12 años, en el Templo de Jerusalén: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”[46].

            Y continúa el Catecismo de la Iglesia enseñando que “María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe no adulterada por duda alguna y señal de su entrega total a la voluntad de Dios”[47]. Además, “el sentido esponsal  de la vocación humana con relación a Dios se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María”[48].

            Es decir, la Virgen está totalmente centrada en Dios, al que ha entregado todo su corazón sin dividirlo, al que ama con todo su corazón indiviso. María está totalmente dedicada a Dios en cuerpo y alma. Su descanso es el amor del Señor.

            Por eso, la santísima Virgen es modelo también de las vírgenes cristianas, que han dado al Señor lo más íntimo y profundo de su ser, sin dividir su corazón.  Ponen el descanso del corazón solamente en Dios. El Corazón de Jesús es su descanso, como así lo era para el apóstol San Juan, el discípulo tan amado, reclinado sobre el pecho del Señor[49]. Así, la virginidad cristiana, más que una renuncia, es una entrega total al amor de Dios, al haber encontrado en la vida el tesoro del Corazón de Cristo, esposo del alma. Y, llena de este amor divino, ama al prójimo y a todo el mundo, especialmente a los más pobres y necesitados, como hacía Santa Clara de Asís.

            Valorar la bondad y la belleza de la virginidad, por el Reino de los cielos, no significa de ninguna manera menospreciar el amor matrimonial. Todo lo contrario. La Iglesia siempre ha bendecido el matrimonio como un santo sacramento. Así, Dios bendice el amor de los esposos y su vida conyugal, de donde nacen sus hijos, los niños tan queridos y amados por Jesucristo, nuestro Dios y Señor, fuente del amor y de la vida.

            María es modelo también de los seglares y de la vida familiar, llena de amor y cariño. Así la Sagrada Familia de Nazaret es ejemplo de convivencia y diálogo sincero para todas las familias. Qué bien lo explicó el Papa Pablo VI allí mismo en Nazaret en su visita a Tierra Santa: “Nazaret es la escuela donde se aprende la verdadera ciencia de la vida, la oración y el trabajo, el silencio y el amor”[50].

            María es la mujer siempre joven; es la Virgen de eterna juventud, es la Esposa llena de juventud y de limpia hermosura. Cuántas veces el Papa Juan Pablo II repetía: “Jóvenes, sí, queridísimos jóvenes, vosotros sois el futuro y la esperanza de la Iglesia y de la humanidad”.

            La joven María tuvo un especial cariño a su prima Isabel, atendiéndola en su vejez[51] y dedicándole su tiempo y compañía[52]. Así, la Virgen es también modelo de la Iglesia en su amor a los mayores, especialmente a los enfermos y ancianos desamparados.

            Pero vayamos terminando este capítulo, invitándote al descanso. Como la esposa descansa con su esposo, así descansará la consagrada con Dios, su Amado. Y como descansa un pequeño en el regazo de su madre, así también tú puedes descansar en los brazos de María, sin temer nada.

            Recuerda que Dios, después de haber creado todo, descansó al séptimo día, como narra metafóricamente el primer libro de la Biblia[53].

            Se trata ahora de calmarse, delante de Alguien que de veras te ama.   Sin miedo, con paz y confianza. Como le dijo el ángel a José: “No temas recibir a María… que viene del Espíritu Santo”[54]. Igual te digo yo a ti, hermano y hermana: no temas recibir a la Virgen por Madre tuya, que María es muy buena, y de verdad te hará mucho bien.     

            Puedes mirar algún buen cuadro de María, alguna Inmaculada del pintor Murillo o de tantos otros verdaderos artistas. Mira a la Virgen encinta[55], ahí tienes a tu Madre[56]. Puedes permanecer en paz y silencio o, si prefieres, escuchando un Ave María de Schubert. Hay miles de bellas canciones en honor de María Santísima. Y de poesías preciosas, como la de tantos que se acuestan y duermen recitando esta breve y sencilla oración:

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con vosotros descanse en paz el alma mía.

Gustavo Johansson
sacerdote diocesano
Director espiritual de Mercabá

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[1] cf. Mateo 1, 18.

[2] cf. Mateo 1, 20.

[3] cf. Mateo 1, 23.

Mateo pone la palabra griega parthenos, que significa virgen, igual que Lucas en su evangelio dice que “la Virgen se llamaba María” (Lucas 1, 27).

Isaías, al escribir la profecía sobre María (Isaías 7, 14), utiliza la palabra hebrea almah, que significa joven, término que no excluye una posible maternidad (como sí la excluía el término hebreo betulah, no usado por Isaías).

[4] cf. Lucas 1, 27.

[5] cf. Lucas 1, 34-35 y 37.

[6] cf. Lucas 1, 34.

[7] cf. Lucas 1, 27.

[8] cf. Lucas 1, 35.

[9] cf. Denzinger, Enchiridion Symbolorum, n. 10-64 y 503.

[10] cf. San Ignacio de Antioquía, Carta a Esmirna, n. 1-2.

[11] cf. Denzinger, op.cit, n. 44.

Es el término griego aei-parthenos, formado por las palabras griegas aei (lit. constante) y parthenos (lit. virgen).

[12] cf. San Agustín, Homilías, n. 186, 1.

[13] cf. Ibid, n. 1880.

[14] cf. Misal Romano, fórmula I del Acto penitencial.

[15] cf. Pablo VI, Ángelus, 30 junio 1968.

[16] cf. Juan Pablo II, Alocución en Zaragoza, 6 noviembre 1982.

[17] cf. Juan 1, 13.

Según los manuscritos más antiguos, aunque también se admite la lectura en plural con el nacimiento espiritual de los creyentes.

[18] cf. Lucas 1, 35.

[19] cf. Lucas 2, 7.

[20] cf. Lucas 2, 19.

[21]  cf. Marcos 6, 1-3.

[22] cf. Lucas 2, 7.

[23] cf. Zacarías 12, 10.

[24] cf. Mateo 1, 2.

[25] cf. Isaías 42, 1-4.

[26] cf. 2 Samuel 6, 23.

[27] cf. Mateo 28, 20.

[28] cf. Mateo 13, 55.

[29] cf. Mateo 27, 56.

[30] cf. Mateo 28, 1.

[31] cf. Génesis 13, 8; 14, 16; 29, 15.

[32] cf. Lucas 1, 42.

[33] cf. Lucas 11, 27.

[34] cf. Éxodo 3, 1-4.

[35] cf. Éxodo 3, 3-4.

[36] cf. Lucas 12, 49.

[37] cf. 1 Reyes 18, 41-46.

[38] cf. Lucas 1, 48.

[39] cf. Lucas 1, 35.

[40] cf. Mateo 1, 18 y 20.

[41] cf. Jueces 13-16.

[42] cf. Jueces 13, 25.

[43] cf. Vaticano II, Lumen Gentium, n. 67.

[44] cf. Vaticano II, op.cit, n. 68.

[45] cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 503.

[46] cf. Lucas 2, 48-49.

[47] cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 506.

[48] cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 504.

[49] cf. Juan 13, 23.

[50] Pablo VI, Alocución en Nazaret, 5 enero 1964.

[51] cf. Lucas 1, 36.

[52] cf. Lucas 1, 39-56.

[53] cf. Génesis 2, 2.

[54] cf. Mateo 1, 20.

[55] cf. Mateo 1, 23.

[56] cf. Juan 25, 27.