Misericordia de María

 

            Dice la Biblia que “Dios es Amor[1]. Ésta es la verdad más importante de tu vida, que “Dios te ama, y con amor eterno te quiere”[2]. Fíjate lo que hoy, aquí y ahora te dice el Señor por medio del profeta Isaías: “No temas, que Yo te he salvado, te he llamado por tu nombre… Yo estaré siempre contigo… Tú vales mucho para mí, y Yo te amo. Por eso, no tengas miedo, que Yo estoy contigo”[3].

            Ya sabes, por tanto, querido lector, hombre o mujer, que tú eres amado, amada por Dios, tu Padre del cielo. ¡Tú eres siempre amad@!

            Así, Dios te llama al amor, a vivir una vida llena de verdadero amor, amando a Dios y al prójimo. Tu labor principal en este mundo es ésta: “Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”. Éste es el mandamiento más importante[4].

            Y la Virgen María, que guardaba y cumplía siempre la Palabra de Dios, vivió amando de corazón al prójimo, como enseña la Escritura.

            Recuerda también cuál es el mandamiento nuevo de Jesús, dado en la Última Cena, antes de padecer por nosotros en la Cruz: “Como el Padre me ama a Mí, así os amo Yo a vosotros. Permaneced en mi amor… Os doy un mandato nuevo: amaos unos a otros como Yo os he amado”[5].

            Fíjate bien que Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”[6]. Por eso, Cristo te amó dando la vida también por ti. La Cruz de Cristo es la mayor prueba de su amor por ti.  Tú puedes decir, igual que San Pablo, “Cristo me amó y se entregó por mí”[7].

            Más de 300 veces la Biblia habla de la misericordia de Dios. Es decir, que Dios te ama con misericordia, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras faltas. Así, las parábolas de Jesucristo hablan del corazón tan bueno de Dios Padre, que siempre está dispuesto a perdonar. Como hizo con el hijo pródigo, que se marchó de casa y vivió perdidamente[8].

            Cuenta esta parábola que, después de mucho tiempo, el hijo quiso regresar y se puso en camino a donde estaba su padre. “Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr se le echó al cuello y se puso a besarlo”[9].

            Así es el Corazón del Padre, infinitamente bueno y misericordioso. Precisamente María, en su cántico del Magníficat alaba por dos veces esta gran misericordia del Señor[10]. Y la Virgen agradece y bendice a Dios que “enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos”[11]. Se ve en este himno que María conoce muy bien el amor y la misericordia del Padre, y su predilección por los más pobres y necesitados.

            Jesús dijo también que “no tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos. Quiero misericordia y no sacrificio. Pues he venido a llamar a los pecadores a que se conviertan”[12]. Y también “venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados que Yo os aliviaré… Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso”[13].

            Así también, la Virgen María es humilde de corazón. Tiene corazón maternal. Es Madre de misericordia, como rezamos en la Salve. María tiene ojos misericordiosos, compasivos hacia todos nosotros, hacia todos sus hijos y siente en su corazón de Madre las penas y dolores de los hombres y mujeres de la tierra.

            Hay un famoso escritor italiano, el sabio doctor San Alfonso María de Ligorio, gran experto en derecho y moral, que escribió un libro de la Virgen titulado Las Glorias de María. Es un precioso comentario a la Salve.

            En su primer capítulo habla de la confianza que debemos tener en María por ser la Reina de la misericordia. Así, María es la que abre las puertas de los tesoros infinitos de la misericordia de Dios y no hay pecador tan grande que se pueda perder si acude a María, pues la Virgen siempre lo recibirá y protegerá. 

            En el segundo capítulo, San Alfonso nos anima a una mayor confianza en la Virgen por ser nuestra Madre misericordiosa. Así, María en el Monte Calvario ofreció al eterno Padre, con el mayor dolor de su corazón, la vida de su Hijo por nuestra salvación, cooperando con todo su amor a que los fieles nacieran a la vida de la gracia.

            Este genial escritor no hace sino explicar el evangelio y sacar las consecuencias. Por ejemplo del pasaje de la Virgen María al pie de la Cruz[14]: “María es nuestra Madre, la Madre del Amor Hermoso[15]. Por amor se hizo nuestra Madre, y es tan grande su amor, aunque sin merecerlo nosotros, que deseó ardientemente morir por nosotros juntamente con su Hijo en la Cruz”.

            Con muchas razones, este profundo doctor de la Iglesia demuestra que María es la esperanza de los pecadores. Como una buena Madre, Ella no rechaza nunca al hijo por muy malo o pecador que sea. Cuanto más enfermo pueda estar un hijo, más le cuidará su madre. Y aunque estuviera en la cárcel, quizás olvidado por todos, una buena madre jamás le olvidará.

            Por eso, te animo también a ti, querido lector o lectora, a confiar plenamente en María, tu Madre, que siempre te ama a pesar de todo… Quien acude a María, siempre será recibido por Ella con amor y cariño maternal. Es el mandato que le dio Jesús desde la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”[16].

            Es interesante también lo que asegura Santa Brígida de Suecia: “Qué alegría saber lo mucho que Dios ama a María. Y con ese mismo amor, te ama María a ti. Así, por mucho que uno haya pecado, María le recibe en seguida; no mira los pecados que trae, sino que desea curar sus llagas, vendar sus heridas, pues es, en verdad, Madre de misericordia”.

            Por eso, María es nuestra fiel abogada y protectora, nuestro auxilio y perpetuo socorro en todos los peligros y necesidades de nuestra vida. El Corazón de María es el refugio seguro de los pecadores. Como decía un buen amigo mío, qué bueno es Dios, qué buena es María. Y qué buenos tenemos que ser también nosotros con los demás.

            Con María, confía tú también en el amor de Dios. “Que nadie tema acercarse a Jesús, aún cuando sus culpas sean las más atroces”, recordaba el Papa Juan Pablo II, hablando de la infinita misericordia del Señor. No olvides que la misericordia de Dios es más grande que todos tus pecados. Y lo repetía Juan Pablo II: “La Divina Misericordia es la mayor esperanza para el mundo de hoy envuelto en tantos peligros”. Ahí tienes su preciosa encíclica Dives in Misericordia. 

            Recuerdo el título y piropo de María que más le gusta a un amigo mío, la Virgen del amor de Dios, la Madre del amor más verdadero. Así, tú conoces la bondad del Corazón de María. Es más, tú comprendes que Dios tiene corazón, que Dios no es una piedra insensible al dolor humano. No, sino todo lo contrario. Jesucristo nos ha manifestado el verdadero rostro de Dios, el corazón bueno del Padre, con sus parábolas, ejemplos y enseñanzas.

            Así le dijo un día Jesús a uno de sus discípulos: “Tanto tiempo llevo con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a Mí ha visto al Padre”[17]. El Corazón de Jesús revela y muestra cómo es el corazón del Padre. Por ejemplo, muchas veces dicen los evangelios que Jesús se conmovía y se compadecía de los enfermos y los curaba. Cristo siente en su alma el dolor humano y las miserias humanas. Se repiten a menudo las expresiones “sintió compasión”, “compadecido”, “se le conmovían las entrañas”… cuando Jesús veía a los pobres, leprosos…[18] como un buen samaritano que ayuda al necesitado[19].

            Igualmente llega al Corazón de María el dolor humano. Dos citas bíblicas lo demuestran, cuando profetizan el futuro del Mesías como signo de contradicción y añade “y a ti, María, una espada te traspasará el alma”[20]. En la hora de la Pasión la Virgen dolorosa está junto a la Cruz, unida a Cristo con todo su dolor de Madre[21]. Por eso, a ti te dedico estas frases, a ti y a todo hombre o mujer que sufre en su cuerpo o en su alma, como unos padres que sufren por su  hijo enfermo:

Cuando tú lloras, María llora contigo;
cuando tú sufres, María tu Madre sufre contigo.
Y cuando tú padeces, la Virgen está a tu lado,
igual que estuvo junto a su Hijo, al pie de la Cruz.

            Y esto sin oír su voz, pues María estaba en silencio y callada mientras sufría en su interior toda la Pasión de su Hijo. Precisamente porque tú también eres hijo e hija de María, le llega a su corazón maternal todo lo que tú sientes en tu alma: lo bueno y lo malo, tus gozos y alegrías, tus penas y tristezas, tus éxitos y fracasos. Pues María es verdadera Madre, como lo dijo claramente para siempre Cristo desde la Cruz: “Ahí tienes a tu Madre”[22].

            De aquí viene el llamar a María la Virgen del consuelo, la Madre de la Consolación, porque verdaderamente te consuela en tus tribulaciones, en los momentos difíciles de tu vida, animándote a seguir siempre adelante. La misma Sagrada Escritura pone la comparación del consuelo de la madre a su pequeño[23]. Escucha, si quieres,  todo este cántico del profeta Isaías, recordando que la nueva Jerusalén es aquí imagen de la Virgen María[24]: “Festejad a Jerusalén, gozad con Ella, todos los que  la amáis, alegraos de su alegría, los que por Ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes… Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré Yo, y en Jerusalén seréis consolados. Al verlo, se alegrará vuestro corazón”[25].

            En la víspera de su Pasión, y antes de darnos a su Madre, Jesús prometió “no os dejaré huérfanos”. Lo puedes leer en Juan, prometiéndonos también la compañía del Espíritu Santo, “el Espíritu de la verdad”[26].

            Fíjate que todos hemos nacido de un padre y de una madre. Aunque quizás hayan fallecido, todos venimos de un padre y una madre. Por eso comprendes, como lo más normal y lógico, que Cristo te haya dado a su Padre Dios y después, también, a su Madre María desde la Cruz[27].

            Así lo explicaba claramente el Papa Juan Pablo II ante millares de personas: “Por gracia somos hijos de Dios y podemos llamarle Abba Padre. Porque Jesús ha hecho que su Padre sea nuestro Padre. Y para que nuestra fraternidad con Cristo fuera completa, quiso ulteriormente que su Madre Santísima fuera nuestra Madre espiritual”[28].

            En relación con este amor de la Madre, te ofrezco ahora una anécdota: el encuentro y diálogo del joven San Juan Diego con la Virgen María en Guadalupe de México el año 1531.

            Iba caminando un día San Juan Diego por la ladera de un cerro, cuando le llamó la Virgen:

            -“Juan Diego, hijo mío, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive, vuestra Madre compasiva. Yo quiero escuchar y curar las penas y miserias de todos los que me busquen y en mí confíen”.

            El joven Juan Diego le manifestó su pena por la grave enfermedad de un tío suyo a quien iba a visitar. Entonces, la Virgen le consoló con estas sencillas y cariñosas palabras:

            -“Escucha, hijo mío, el más pequeño, que no es nada lo que te aflige: no se turbe tu corazón, ni te inquiete cosa alguna, no temas esta enfermedad. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás tú bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo acaso la fuente de tu alegría? ¿No estás acaso bajo mi manto y en mis brazos? Que ninguna otra cosa te aflija, que no te apriete con pena la enfermedad de tu amado tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está sano”.

            Y, así fue, en aquel mismo momento sanó su tío Bernardino, por la gracia de Dios, y como después se supo.

            Estas palabras nos recuerdan la gran confianza que debemos tener en María, Madre de misericordia.

            Precisamente, la oración con la que vamos a terminar este capítulo, para que puedas descansar, es la Salve. Mientras la lees y la rezas, mira a tu Madre a sus ojos, que son ojos misericordiosos, llenos de amor y de cariño hacia ti:

 Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos;
y después de este destierro
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María!
Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, para que seamos dignos
de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

            Ya verás cómo el amor de la Virgen María te lleva a ti también a ser misericordios@ y comprensiv@ con los demás. Al conocer la misericordia de María, tendrás tú también misericordia del pobre y necesitad@, sin condenar a tu herman@ ni criticarle.

            Por eso, el fruto más importante de este capítulo para tu vida, es practicar la caridad y la misericordia con los demás. Y así, mirarás a tu prójimo con ojos misericordiosos al estilo de María, la Madre de la misericordia y la piedad.

Gustavo Johansson
sacerdote diocesano
Director espiritual de Mercabá

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[1] cf. 1 Juan 4,8.

[2] cf. Jeremías 31, 3.

[3] cf. Isaías 43, 1-5.

[4] cf. Marcos 12, 28-34.

[5] cf. Juan 15, 9.12.

[6] cf. Juan 13, 1; 15, 13.

[7] cf. Gálatas 2, 20.

[8] cf. Lucas 15, 11-32.

[9] cf. Lucas 15, 11-32.

[10] cf. Lucas 1, 50 y 54.

[11] cf. Lucas 1, 46-55.

[12] cf. Mateo 9, 12-13.

[13] cf. Mateo 11, 28-29.

[14] cf. Juan 19, 25-2.

[15] cf. Eclesiástico 24, 18-24.

[16] cf. Juan 19, 26.

[17] cf. Juan 14, 9.

[18] cf. Marcos 1, 41.

[19] cf. Lucas 10, 33.

[20] cf. Lucas 2, 35.

[21] cf. Juan 19, 25.

[22] cf. Juan 19, 27.

[23] cf. Isaías 66, 13.

[24] cf. Gálatas 4, 26.

[25] cf. Isaías 66, 10-14.

[26] cf. Juan 14, 15-17.

[27] cf. Juan 19,27.

[28] cf. Juan Pablo II, Alocución en Zaragoza, 6 noviembre 1982.