María en los Evangelios

 

            La Palabra de Dios te habla del misterio de la Virgen María.

            Leemos en el primer capítulo del Evangelio de Lucas, el mensaje de Dios para la Virgen a través de un ángel. Ya sabes que un ángel es un  ser enviado por Dios para ayudarnos y protegernos en la vida. Así pues, si quieres, abrimos la Biblia por el evangelio de Lucas:

            “En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David: la Virgen se llamaba María. El ángel, entrando a su presencia, dijo:

            -“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

            Ella se sorprendió ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:

            -“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.

            María dijo al ángel: -“¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”

            El ángel le contestó: -“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”.

            María contestó: -“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y la dejó el ángel”[1].                                                                                     

            Y en este momento y en esta hora de la historia de la Salvación, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, como está escrito en el Evangelio de Juan[2].

            Y así, María recibió la Palabra de Dios y “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. De este modo, el Hijo de Dios se hizo hombre, se encarnó en el seno de la Virgen, “por obra del Espíritu Santo”[3]. Y María se quedó un tiempo recogida en oración, “guardando estas palabras”, recibiendo esta Palabra de Dios, y “meditándola en su Corazón”[4].

            Después, María se dirige a la montaña, a casa de Isabel, para ayudar y servir a su prima en todo lo que necesitase, dedicándole su tiempo y haciéndola feliz con su amable compañía. Así, María sabe comunicar la alegría a los demás.

            Sigamos leyendo el Evangelio de Lucas que narra esta visita de la Virgen a su prima Isabel:

            “En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”[5].

            Fíjate las alabanzas a María que el Espíritu Santo inspiró a Isabel. Pues bien, a todo esto, la Virgen humilde responde alabando a Dios con su cántico del Magníficat. Observa también la predilección de Dios y de María por los más humildes, pobres y necesitados. María da gracias a Dios por su gran Misericordia. Así prosigue el Evangelio de Lucas: “Y María dijo:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador,
porque ha mirado la pequeñez de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es Santo.
Y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes;
a los hambrientos los colma de bienes,
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abrahán y su descendencia para siempre”.

            María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”[6].

            En este cántico del Magníficat, María da gracias a Dios que ha cumplido sus promesas a Abrahán y al pueblo de Israel. Así, en esta Historia de Salvación, recordamos la fe de Abrahán que creyó en las promesas de Dios: “Bendeciré a tu descendencia”[7]. Abrahán es ejemplo de fe y esperanza.

            Posteriormente, el pueblo de Israel, liberado por Moisés de la esclavitud de Egipto, cruzó el largo desierto con la esperanza de llegar a la Tierra prometida[8].

            Por su parte, los profetas alimentaron en el pueblo de Dios, la esperanza de la venida del Mesías. Todo el Antiguo Testamento es una historia de espera y de esperanza. Y, precisamente, en la espera crece la esperanza, el deseo confiado de alcanzar los bienes prometidos por Dios.

            También María, como las madres durante 9 meses, esperó el nacimiento del Hijo con inmenso amor. La Virgen esperó con inefable amor de madre. María es la Virgen de la Esperanza, “la Madre del amor hermoso, de la ciencia y de la santa esperanza”, aplicándole a ella las palabras del libro del Eclesiástico[9].

            Pero leamos ahora lo que está escrito en el Evangelio de Mateo.

            Fíjate que también en el primer capítulo de este evangelio de San Mateo está muy claro que Jesús fue concebido por la Virgen María, sin intervención de varón y por obra del Espíritu Santo. Así encontramos que “de María nació Jesús, llamado Cristo”.

            Y el nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: “La Madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno y no quería revelarlo, decidió alejarse en secreto.

            Pero apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados”.

            Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros”.

            Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor, y se llevó a casa a su mujer. Y sin que él hubiera tenido relación con ella, dio a luz un Hijo; y él le puso por nombre Jesús”[10].

            San Lucas en su evangelio narra con más detalles la historia del nacimiento de Cristo:

            “En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa, María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada”.

            Después narra Lucas el anuncio a los pastores y añade que “los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su Corazón”[11].

            San Pablo indica brevemente el lugar preciso que tiene la Madre de Cristo en el plan de la salvación del mundo:

            “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Y como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba, Padre!”[12].

            Con estas breves palabras el apóstol Pablo celebra conjuntamente el amor del Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu Santo, la Mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación divina y todo en el misterio de la plenitud de los tiempos. Así, Pablo de Tarso observa con precisión que el Hijo de Dios “nació de mujer”, no de un hombre y de una mujer como los demás, sino solamente “de una mujer”, la Virgen Madre de Cristo Jesús[13].

            Después del nacimiento, San Lucas, que fue médico de profesión, relata también la circuncisión del Niño Jesús:

            “Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido (en el seno de María)”[14].

            A continuación narra la Presentación de Jesús en el Templo:

            “José y María llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones”.

            Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

            José y María, la Madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del Niño. Simeón los bendijo diciendo a María, su Madre: “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma”[15].

            El evangelista San Mateo narra el episodio de aquellos sabios que vinieron de Oriente:

            “Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntado: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Y por fin, al llegar a Belén, entraron en la casa, vieron al Niño con María su Madre, y cayendo de rodillas lo adoraron… Después, se marcharon a su tierra por otro camino”[16].

            Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor le dijo a José: “Toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo”.

            Y, en seguida, José tomó al Niño y a su Madre y se fue a Egipto.

            Entonces Herodes mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos.

            Cuando murió Herodes, volvieron a Israel, se retiraron a Galilea y se establecieron en Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría nazareno”[17].

            El último relato de la infancia de Jesús lo narra San Lucas con toda la precisión histórica del suceso:

            “Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre, y cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.

            A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas: todos los que lo oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

            Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:

            -“Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.

            Él les contestó:

            -“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”.

            Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su Corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”[18].

            La vida de la Virgen María en Nazaret fue muy sencilla y normal. Así vivió junto a su querido esposo San José, el carpintero honrado y trabajador, y junto a Jesús que “iba creciendo” poco a poco como todos.  

            Fíjate en el rigor científico del médico Lucas, que manifiesta ya desde el prólogo de su evangelio y su plena fidelidad a los datos históricos. Recuerda lo que escribe al comienzo:

            “Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he decidido escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido[19].

            Así indica San Lucas el inicio de su vida pública:

            “Jesús, al comenzar a predicar, tenía unos treinta años, y era hijo según se pensaba de José”[20].

            Fíjate, por tanto, que, según los datos evangélicos, Jesucristo pasó unos 30 años de su vida con la Virgen María. Puedes calcular la proporción, el porcentaje del tiempo dedicado por Jesús a María: 30 años de los 33 años totales de la vida de Cristo en la tierra. Es decir, hasta que salió a predicar la Buena Noticia, ¡cuántos días y noches estuvo Jesús con María, viviendo, hablando, conversando con su Madre! Miles de horas de la vida de Cristo pasadas en diálogo familiar con la Virgen. Por eso, Jesús es la Persona que más amó a María, y que más la quiere ahora, de Corazón, de verdad.

            Y tú, ¿no querrías dedicar, como Jesús, algunos ratos a estar tranquilamente con María? Tienes el ejemplo de Cristo, el Hijo de Dios. ¡Qué paz te daría hablar con la Virgen, rezar a María, hablarla de tus cosas, pedirle lo que necesitas!

            Sigamos ahora con los datos históricos escritos por Juan, testigo de los hechos sucedidos ya en la vida pública de Jesucristo.

            También está presente la Madre de Jesús desde el principio de esta vida pública de Jesús, pidiendo y alcanzando de su Hijo el primero de sus milagros. Oigamos el relato de las Bodas de Caná; contemplemos la escena con Jesús, María, los discípulos, los novios, el mayordomo y los sirvientes y todos los invitados:

            “En aquel tiempo, había una Boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la Boda. Faltó el vino, y la Madre de Jesús le dijo:

            -“No les queda vino”.

            Jesús le contestó:

            -“Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí?, pues todavía no ha llegado mi Hora”.

            Su Madre dijo a los sirvientes:

            -“Haced lo que Jesús os diga”.

            Y Jesús les dijo:

            -“Llenad las tinajas de agua”.

            Y las llenaron hasta arriba. El mayordomo probó el agua convertida en vino… y entonces llamó al novio y le dijo:

            -“Todo el mundo pone primero el vino bueno y después el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”.

             Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él”[21].

            Permíteme aquí un breve comentario:

            Mira cómo la Virgen está pendiente de todos los detalles. María está ayudando en la boda para que todo salga bien. Pero se acabó el vino y María, llena de fe, acude a su Hijo intercediendo en favor de los novios. María confía en el Corazón de Jesús, aunque todavía no había llegado su hora.

            La respuesta literal de Jesús, que hablaba en arameo y que el evangelista Juan tradujo al griego, es la siguiente:

            -“Mujer, ¿qué a ti y a mí?, todavía no ha llegado mi hora”.

            También se puede traducir como “¿qué nos concierne, en qué nos atañe esto a ti y a mí?, pues todavía no ha llegado mi hora”. Se trata de la hora de la Redención, pues en este evangelio el término “mi hora” significa la hora de la Pasión, en que vendrá la Salvación[22].

            Es decir, Jesús le viene a decir a la Virgen:

            -“Mujer, ¿qué tiene que ver esto contigo y conmigo, el que le falte al mundo el vino?, pues todavía no ha llegado mi hora”. En la Biblia el vino es signo de los bienes mesiánicos; el vino simboliza la alegría de la Salvación que traerá el Mesías prometido cuando llegue el momento.

            Pues bien, María confía totalmente en el Corazón de Jesús y, por eso, no se echa atrás, sino que les dice a los sirvientes, totalmente segura, sin dudar del poder de Dios:

            -“Haced todo lo que Jesús os diga”. Es el buen consejo que siempre nos da María a todos: “haced lo que diga Jesús”[23].

            En otra ocasión, Jesús dijo a un joven que le preguntó por el camino para llegar a la vida eterna: “cumple los mandamientos… Honra a tu padre y a tu madre[24].

            Ésta es la voluntad de Dios plasmada en los diez mandamientos. Por tanto, es lógico y normal que también Jesús cumpliese ese 4º mandamiento  de la ley de Dios: “honrarás a tu padre y a tu madre”[25]. Así también, de un modo sencillo y discreto, Jesús supo honrar a María, su Madre, que le cuidó desde pequeño. El Corazón de Jesús, que amaba a todos, amó también a su Madre.

            Fíjate ahora en este breve episodio que narra San Lucas[26]:

            “En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre la multitud levantó la voz diciendo: dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”.

            Y Él dijo: “mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

            Con esta frase, Jesús declara felices a todos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, como María que en la Anunciación recibió la Palabra hecha carne en su seno, creyó al ángel de Dios, fue obediente a Dios, le dijo que sí al Señor, guardó la Palabra divina, meditándola en su Corazón, como dice dos veces el mismo Evangelio de Lucas[27]. Por tanto, es verdad que María también está incluida en esta bienaventuranza de Jesús; de ningún modo excluida.

            Así, desde los primeros siglos del cristianismo, siempre se ha comentado esta alabanza de Jesús, como referida también a María.  

            En su respuesta, “Jesús quiere quitar la atención de la maternidad entendida sólo como un vínculo de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la observancia de la Palabra de Dios”[28].

            Igual que cuando Jesús, avisado de que su Madre y sus parientes le buscaban, responde indicando la nueva dimensión espiritual de la maternidad y de la fraternidad: 

            -“Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen”[29].

            Así, en el Reino de Dios todas las relaciones humanas tienen un sentido nuevo y una dimensión nueva, no reducida a los vínculos de la carne. Como dice San Agustín, “la Virgen María concibió a Cristo antes en su mente que en su seno, recibió la Palabra de Dios primero en su mente y en su Corazón, y después, en su seno virginal. Así también, llamamos a María, discípula de su Hijo, la primera discípula de Cristo, escuchando siempre su Palabra”[30].

            Ahora, tomamos el Evangelio de Marcos, donde se nombra a Jesucristo como “el Hijo de María”[31].

            “La gente de Nazaret que escuchaba a Jesús se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esta que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí?”[32].

            Recordamos que la palabra hermanos, entre los semitas, en lengua hebrea y aramea, significa “parientes” o “familiares”, sobre todo, primos hermanos. Así, en la Biblia, el término hermano[33] significa pariente próximo. Puedes encontrar varios ejemplos en la Sagrada Escritura que lo confirman.

            Así, en el Antiguo Testamento, en el libro del Génesis llaman hermanos a Abrahán y a su sobrino Lot (“evitemos discordias entre nosotros, porque somos hermanos”[34]).

            Jacob, por ejemplo, al llegar al pozo dice a los pastores “hermanos, ¿de dónde venís?”[35].

            Fíjate también en este texto del primer Libro de las Crónicas: “El rey David convocó en Jerusalén para trasladar el Arca del Señor: al jefe Uriel con sus ciento veinte hermanos, al jefe Joel con sus ciento treinta hermanos, y al jefe Aminadab con sus ciento doce hermanos. Y les dijo David: “Vosotros y vuestros hermanos llevaréis el Arca del Señor”[36].

            Es evidente que la palabra hebrea hermanos se refiere a los parientes y familiares, pues nadie tiene 130 hermanos. Por eso, algunas biblias traducen directamente hermanos por familiares.

            En resumen, Jesús es el Hijo único de María y no tuvo hermanos carnales. En todo el Nuevo Testamento no se encuentra ningún otro hombre del que se diga que también sea “hijo de la Virgen María”, solamente Jesús.

            Y al final llegó la hora de la Pasión de Cristo y su muerte en la Cruz. Es la hora cumbre de la glorificación de Cristo[37]. Y en esa hora culmen de la Salvación del mundo estaba presente, muy cerca de Jesús, María, la Madre del Redentor, como está escrito en el evangelio:

            “Estaban de pie junto a la Cruz de Jesús su Madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, mirando a su Madre y cerca al discípulo que tanto quería, dice a su Madre:

            -“Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

            Luego dice al discípulo:

            -“Ahí tienes a tu Madre”.

            Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”[38].

            Fíjate bien, querid@ herman@ en Cristo, que estás leyendo estas palabras del evangelio, que están escritas para ti, que Jesús te habla ahora a ti, porque “la Palabra de Dios es viva y eficaz”[39]. Por tanto, también a ti te dice Cristo Crucificado mirando a María y mirándote a ti: “ahí tienes a tu Madre”[40].

            Además, tú eres este discípulo de Cristo, tú eres el discípulo amado de Jesús. Juan te representaba también a ti junto a la Cruz. Por eso Dios, que te ama, te dice: mira a María, mira a tu Madre, toda tuya, que es para ti.

            Comentando el texto de San Juan, es verdad que también se puede pensar que Jesús cuidó de su Madre para que no se quedara sola, pues la Virgen no tenía más hijos que Jesús, su Hijo Único. Pero este verdadero testamento de la Cruz dice algo más, y hace referencia a la unión que debe haber entre María y el discípulo de Cristo.

            Esto lo han visto así los cristianos desde los orígenes. Precisamente fue el sabio Orígenes, nacido el año 185, quien destacó ya muy pronto que “Cristo te da a su Madre en la Cruz, y así, María es nuestra Madre espiritual[41]. Puedes observar lo que ya entonces decía el más destacado de los teólogos griegos, acerca de la presencia de María y Juan en el Calvario:

            “Los evangelios son las primicias de toda la Escritura, tienen la prioridad dentro de la Biblia, y el Evangelio de Juan es el más profundo de los evangelios… Para entender su significado, has de recibir de Jesús a María como Madre tuya”[42].  

            Recuerda también lo que el Papa Juan Pablo II predicaba:

            “María, la Madre de Cristo es entregada al hombre, a cada uno y a todos, como verdadera Madre”[43]. Por eso, este gran papa se declaraba ante el mundo entero totus tuus, todo tuyo, todo de María.

            Por último, San Lucas destaca la presencia de la Virgen María al comienzo de los Hechos de los Apóstoles. Es el comienzo de la misión de los apóstoles enviados por Cristo al mundo entero. Todos los discípulos se preparan con la oración, invocando la fuerza del Espíritu Santo. Y allí estaba con ellos la Madre del Señor. Leamos el relato exacto de los Hechos:

            “Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos… Llegados a casa, subieron a la sala, donde se alojaban Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Celotes y Judas el de Santiago. Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús y con sus parientes”[44].

            “Después Pedro y los apóstoles eligieron a Matías para que ocupara el puesto vacío… y quedó asociado al grupo de los once”[45].

            “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”[46].

            Y así vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y discípulos de Cristo reunidos con María.

Gustavo Johansson
sacerdote diocesano
Director espiritual de Mercabá

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[1] cf. Lucas 1, 26-38.

[2] cf. Juan 1, 14.

[3] cf. Mateo 1, 18 y 20.

[4] cf. Lucas 2, 19 y 51.

[5] cf. Lucas 1, 39-45.

[6] cf. Lucas 1, 39-56.

[7] cf. Génesis 15, 1-7.

[8] Narrado en el libro del Éxodo.

[9] cf. Eclesiástico 24, 18. 24.

[10] cf. Mateo 1, 16-25, citando Isaías 7, 14.

[11] cf. Lucas 2, 1-19.

[12] cf. Gálatas 4, 4-6.

[13] cf. Gálatas 4, 4.

[14] cf. Lucas 2, 21.

[15] cf. Lucas 2, 22-35.

[16] cf. Mateo 2, 1-12.

[17] cf. Mateo 2, 13-23.

[18] cf. Lucas 2, 41-52.

[19] cf. Lucas 1, 1-4.

[20] cf. Lucas 3, 23.

[21] cf. Juan 2, 1-11.

[22] cf. Juan 13, 1.

[23] cf. Juan 2, 5.

[24] cf. Marcos 10, 17-30.

[25] cf. Mateo 19, 19; Lucas 18, 20; Éxodo 20, 12.

[26] cf. Lucas 11, 27-28.

[27] cf. Lucas 2, 19 y 51.

[28] cf. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 20.

[29] cf. Lucas 8, 21; Mateo 12, 50; Marcos 3, 35.

[30] cf. San Agustín, Homilías, n. 25 y 215.

[31] cf. Marcos 6, 3.

[32] cf. Marcos 6, 2-3.

[33] En hebreo aji y en griego adelfos.

[34] cf. Génesis 13, 8.

[35] cf. Génesis 29, 3-4.

[36] cf. 1 Crónicas 15, 3-12.

[37] cf. Juan 13, 1.

[38] cf. Juan 19, 25-27.

[39] cf. Hebreos 4, 12.

[40] cf. Juan 19, 27.

[41] cf. Orígenes, Comentario a Juan, n. 14, 31 y 32.

[42] cf. Orígenes, op.cit, n. 1 y 6.

[43] cf. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 23.

[44] cf. Hechos de los Apóstoles 1, 12-14.

[45] cf. Hechos de los Apóstoles 1, 26.

[46] cf. Hechos de los Apóstoles 2, 1-4.