MEDITACION ANTE EL SEÑOR CRUCIFICADO

 

 

 

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera

.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

 

1.Reflexión

 

Han sido varias, y aún todavía hoy lo siguen siendo,  las discusiones en torno a la autoría de este soneto contemplativo de la Pasión de Cristo. San Juan de la Cruz, San Francisco Javier, junto con Santa Teresa, entre otros.

Esta oración, más allá de ser una gran joya de la poesía (que también lo es) supone la contemplación elevada al grado supremo: los ojos se pierden ante la grandeza del amor levantado; el corazón se sobrecoge cuando el amor se derrama; los sentimientos fluyen con la misma velocidad que lo hace la sangre por el surco del madero santo.

El amor de Cristo, en el autor de este soneto, recobra altas cotas de poesía y de finura. Nunca, una oración, pudo ser realizada y expresada con más realismo y sensibilidad, pureza y ternura. Parece como si, autor y escritura, pergamino y cruz, cristo y oración fuesen todo uno: sin fisuras ni velos que oculten la gran verdad del Cristo, una vez más, humillado.

 

El amor y la ternura de Dios se imponen al temor: “Tú me mueves, Señor”

La fidelidad vence, incluso, al aparente absurdo: “aunque no hubiera cielo yo te amara”

La gratuidad a la gracia: “no me tienes que dar porque te quiera”

La felicidad al futuro: “pues aunque lo que yo espero no esperara”

 

Este soneto es el amor elevado a rango de primera división. Desde el principio hasta el fin, el poeta, desarrolla su gran delirio: AMAR A CRISTO QUE SE SACRIFICA CON LA SERENIDAD QUE INFUNDE ESTAR, EN PRIMERA LINEA, CONTEMPLANDO SU PASION.

Esta oración, sin adornos ni grandes escenografías (sólo la cruz), no persigue sino embelesarse amando al Señor y con el único fin de perderse amando a Aquel que se dio a chorros de amor y sangre en una cruz.

El autor, con esta vivencia profunda y serena, nos hace sentir y amar, palpar y acariciar el “Tú” de Dios en Cristo. Y no hay, otro propósito, fuera de ese: AMAR... Y CON ESO ES SUFICIENTE

 

Es la oración, al Cristo crucificado, del hombre que camina.

Es la oración, al Cristo humillado, del hombre que contempla

Es la oración, al Cristo que se da, del hombre que necesita

Es la oración, del Cristo que se deja amar, por el hombre que disfruta amándole

Es la oración, al Cristo que despunta a Dios, del hombre que es feliz buscándole

Es la oración, al Cristo que acoge, con la actitud pura del hombre que regresa

 

Una oración que nos invita, nos enseña y nos empuja a amar y disfrutar, con Aquel y por Aquel crucificado que a lo más hondo de nuestros sentimientos llega: DIOS EN ARREBATO DE AMOR Y DE LOCURA EN LA TIERRA, ES CAPAZ DE ABSTRAER DE TODO, AL HOMBRE QUE LO BUSCA Y LO CONTEMPLA CON FE

 

2. Haciendo oración con el canto y el fondo de esta melodía

 

Con mis manos levantadas

Con mis  manos levantadas hacia cielo, 

me presento ante ti hoy mi Señor. Para recibir de  ti 

la fuerza y el poder

para vivir junto a ti. 


Llenas hoy mi corazón  

con tu presencia. 

Llenas de alegría y paz 

todo mi ser.

En cualquier necesidad 

tu me responderás, 

porque me amas, me amas.

 

 

J.Leoz