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Adornar
con esta sugerente flor el rostro de María es saber dar gusto con
las cosas pequeñas de cada día. Es sacar chispa y jugo a cada hora y
en cada minuto de cada día con el que Dios nos despierta.
El “pendiente de reina”
simboliza el detalle y el buen hacer. Aquellos que nos decimos
cristianos sabemos que lo extraordinario no reside en la apariencia
ni en el escaparate sino que, por el contrario, intuimos y vemos que
en la sencillez descansa el secreto de lo extraordinario.
María, con su pequeñez y humildad,
supo señalarnos el camino que hemos de seguir los aventureros de
Cristo para ser sus testigos: queriendo y amando las cosas de cada
día como un servicio a los demás. Lo contrario nos llevaría
simplemente a un hacer lo que queremos.
Por cierto, esta
flor, cuando llega la noche se repliega sobre sí misma. Ojalá que el
fruto de este mes de mayo sea precisamente lo contrario en nuestra
vida cristiana: desplegarnos para ser testimonio de lo que llevamos
y sentimos dentro.
Pidamos a María: NO
AVERGONZARNOS DE MANIFESTAR NUESTRA FE
“La fe de los hombres queda sellada en
sus acciones, les modela sus facciones y les resplandece la mirada”
(Santo Tomás de Aquino)
J.Leoz |