Valemos...
en tanto que 
amamos

 

Auschwitz 1941, fresco de J. Alberto Leon
           
           
VIERNES QUINTA SEMANA CUARESMA

¿Por qué obra buena me queréis apedrear? (Jn10,31-42)

 

veces caemos en la tentación de creer que el amor es fácil. Mejor dicho,  preferimos elegir ciertos atajos en los que se puede confundir “amor” con  “capricho” y  “gratuidad” con el “antojo”.

           

Amar suele exigir pequeños riesgos y, a veces, grandes renuncias. Más por teoría, aunque no es utopía, que por práctica sabemos que existe un amor clasificado en primera división y que conlleva –desde una óptica cristiana- darlo si es preciso todo.

           

“No hay amor más grande que éste: dar la vida por los amigos” (Jn 15,13)

           
n Auschwitz, el régimen nazi buscaba despojar a los prisioneros de toda huella de personalidad tratándolos de manera inhumana e impersonal: como un número; Maximiliano Kolbe (canonizado en 1982) le asignaron el 16670.
A pesar de todo, durante su estancia en el campo de concentración nunca hizo quiebra su generosidad y su preocupación por los demás, así como su deseo de mantener la dignidad de sus compañeros.
           

La noche del 3 de agosto de 1941, un prisionero de la misma sección en la que estaba asignado Kolbe escapa; en represalia, el comandante del campo ordena escoger a 10 prisioneros al azar para ser ejecutados. Entre los hombres escogidos estaba el sargento Franciszek Gajowniczek, polaco como Kolbe, pero casado y con hijos.

Maximiliano, que no se encontraba dentro de los 10 prisioneros escogidos, se ofrece a morir en su lugar. El comandante del campo acepta el cambio, y Kolbe es condenado a morir de hambre junto con los otros nueve prisioneros

Diez días después de su condena y al encontrarlo todavía vivo, los nazis le administran una inyección letal el 14 de agosto de 1941
 

e querido pinchar este testimonio para que ilumine todas y cada una de las pequeñas o grandes acciones que podamos realizar, durante estas próximas horas, soldadas en un objetivo: el prójimo.

           

Ponernos en el lugar del otro, ciertamente, puede costar y no siempre es fácil. Pero las más de las veces supone, a la corta o la larga, una gran satisfacción. “El amor, entre otras cosas, es el único deporte que no necesita luz ni horas para hacernos sentir una plenitud” (Noel Clarasó)

 

¿Estamos dispuestos a sacrificar algo de nosotros mismos por los demás?

 

Buen día...y ¡cambiemos de número siempre que haga falta!

Javier Leoz