VIERNES TERCERA SEMANA CUARESMA

           
“No estás tú lejos del reino de Dios” (Mc 12,34)
           

Un entrenador de fútbol conversaba amigablemente con toda su plantilla en los vestuarios. Les hablaba de que llegaba la hora de la verdad y, que por lo tanto, era necesario centrarse en aquellos aspectos que lograran el objetivo de la competición: la victoria.

En un momento dado preguntó a sus jugadores: “qué tendríamos que hacer para intentar conseguir ganar?”.

Uno de ellos, sin pensarlo demasiado, le contestó:

-trabajar en equipo

-jugar limpio

-tener en cuenta al otro

-seguir las mínimas reglas de juego

-mirar hacia delante

-ver el juego....como cosa de todos.

El entrenador, además de quedarse con la boca abierta, le propinó un fuerte abrazo y apostilló: “si lo hacemos así....el triunfo vendrá por sí mismo”.
 

La Cuaresma, en cierta forma, es un entrenamiento de todos los cristianos que nos disponemos a celebrar la PASCUA.

Y, la PASCUA, es el gran partido que nos queda por “jugar” y “celebrar”. Ello nos debe llevar a  entender que  esta carrera en la que participamos, la vida según Dios, no es para alzar un trofeo de oro o plata que se malogra en la tierra sino para ir pensando en aquella otra corona que Dios desea ceñir en nuestras sienes  el día de nuestro encuentro con El.
 

Jugar en limpio y limpiamente, como cristianos no  implica solamente el tener los ideales de nuestra vida cristiana, más o menos claros, sino además ponerlos en práctica en el gran estadio donde tienen lugar las grandes competiciones y decisiones de nuestra sociedad (políticas, económicas, sociales, religiosas, educativas,etc) y que marcan el contenido y el futuro inmediato de sus ciudadanos.
 

Jesús de Nazaret también cuenta con un “equipo” muy singular y extraordinario. Somos todos aquellos que fuimos convocados en el día de nuestro Bautismo.  Lo de menos, es ejercer de delantero o de defensa, ser directivo o guardameta. Lo decisivo es volcar  lo mejor de nosotros mismos allá donde estamos sabiendo que, al final, hay un DIOS que nos va clasificando en 1ª, 2ª y 3ª división, preferente o regional, no tanto por los méritos de nuestras jugadas cuanto por aquel espíritu y la fe supimos imprimir en ellas.
 

Digo yo si, traspasar todas nuestras acciones por el AMOR que DIOS nos tiene y reorientarlas además hacia el prójimo, no será computable para subir puntos en esa divina tabla de clasificación

           

Lo último y más cómodo que podríamos hacer, como creyentes ( y sigo con la parábola deportiva) es conformarnos con ser meros espectadores que gritan y comen, insultan o destrozan, apoyan o critican, aplauden o lanzan objetos desde el cómodo espacio del graderío.

Javier Leoz

Navarra