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EL BARCO QUE NUNCA ZARPÓ
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BAUTISMO DEL SEÑOR
“Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3,15ss)
En cierta ocasión toda una población portuaria se encontraba reunida al borde de un astillero. No era para menos: un gran barco iba a ser bautizado para comenzar su andadura por las aguas del mar.
Todo estaba preparado; autoridades y banderas, mesas y luces, invitados y fotógrafos, música, flores…
Y llegó el momento culminante. Después de las palabras de bienvenida, con gran emoción, la autoridad correspondiente, soltó en simbólico acto el cava que fue a estrellarse en el lugar señalado y con total precisión.
Los aplausos y los cohetes no se hicieron esperar. No era para menos: ¡un nuevo barco en nuestro puerto! (gritaba orgulloso el vecindario). La sorpresa y la incertidumbre llegó cuando (después de la fiesta y de la pólvora, de los himnos y los consabidos abrazos efusivos, de las fotos y de la colosal comida popular) el barco por distintas circunstancias se resistió a adentrarse en el mar y quedó totalmente encasquillado sobre unas vías preparadas para la ocasión. La decepción se hizo, todavía más mayúscula, cuando en un desesperado intento por empujar el buque hacia el océano se inclinó de tal manera que se agrietó todo su casco quedando sentenciado su futuro para siempre.
2. Al pensar y redactar esta parábola me acuerdo del bautismo que muchos de nosotros hemos recibido y, otros tantos hoy, lo siguen recibiendo. Lo hacemos, al igual que la botadura de esa embarcación, rodeados de flores y de focos, de luces y de fiesta. Mi pregunta es: ¿Y luego?...¿nos adentramos en la misión de todo cristiano o nos quedamos en la orilla de ese bautismo?. Malo será que pongamos tanto énfasis en el momento del “chapuzón sacramental” que nos olvidemos del horizonte que nos exige y al que nos llama.
Porque, en realidad, el bautismo no se queda en el agua que cae sobre nuestras cabezas. Continúa y se consolida en el día siguiente cuando, sintiéndonos hijos de Dios, trabajamos para que su Reino sea una pronta realidad en nuestra tierra. Es como aquel puente que no se sabe si es bueno o malo, si está bien o si tiene carencias hasta que no se pone a prueba su resistencia.
Porque, en realidad, el bautismo que recibimos no acaba cuando somos inscritos en el libro de los elegidos y, en cambio, si empieza cuando nos comprometemos llevando con nuestras manos la luz de la fe a todos los que nos rodean y, por supuesto, creciendo interiormente en la de cada uno.
3.Esta es la gran decepción a la que asistimos, con cierta impotencia, sacerdotes y evangelizadores: un bautismo que se queda en el puerto de los que nunca quisieron emprender ni interesarse por la fe que en él y con él recibieron. Se quedaron encasquillados y contentos en un rito sin más consistencia que la excusa para un encuentro familiar, con unos padrinos sin más garantía que el cumplir con un papel testimonial y puntual.
Que este tiempo ordinario que iniciamos después de la Navidad sea una llamada a recuperar el brío y la autenticidad de nuestro bautismo: hemos sido bautizados no por exigencia de un guión social donde nos debatimos (sería muy poco, incoherente y pobre) y sí como una llamada a ser hijos de Dios, a formar parte de su iglesia y a dar razón de El allá donde haga falta.
Nunca como hoy la iglesia, y Dios mismo, necesita de bautizados entusiastas que sepan lo que se llevan entre manos; de que sean conscientes, que el Bautismo, implica un andar por los caminos de la vida con la mentalidad de Cristo.
Quien se sumerge en un río sale a la fuerza empapado por sus aguas. Quien se integra en la vida de Cristo sale por los caminos de la vida sabedor que hay un carné de identidad, ser cristiano, que no se puede guardar como se guarda un simple título.
El Señor, con su Bautismo, nos invita a seguirle en su vida pública para –junto con El- cumplir la voluntad del Padre.
Javier Leoz
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