Acoger al emigrante con la actitud gozosa
de quien reconoce en él el rostro de Cristo

Queridos hermanos y hermanas:

1. Ya forman parte de la crónica diaria las noticias de desplazamientos de pueblos pobres hacia países ricos, de dramas de prófugos rechazados en las fronteras y de emigrantes discriminados y explotados. Esos hechos no pueden menos de repercutir en la conciencia de los cristianos, que han hecho de la acogida solidaria de quien se encuentra en dificultad un signo distintivo de su fe. La emigración trae consigo consecuencias preocupantes por las laceraciones familiares, el desarraigo cultural y la incertidumbre del futuro que tienen que afrontar las personas que se ven obligadas a abandonar su tierra. A este propósito la Jornada mundial del emigrante, que todas las Iglesias particulares están invitadas a celebrar en un domingo, establecido por las Conferencias episcopales nacionales, ofrece la oportunidad de reflexionar sobre estos problemas, a fin de tomar conciencia de sus aspectos dramáticos y promover una campaña de sensibilización y solidaridad.

2. Con su solicitud, los cristianos demuestran que la comunidad, a la que llegan los emigrantes, es una comunidad que ama y acoge también al extranjero con la actitud gozosa de quien sabe reconocer en él el rostro de Cristo. En el fenómeno de las emigraciones se distinguen hoy situaciones diversas. Hay emigrantes que viven y trabajan ya desde hace tiempo en la sociedad de adopción. Se trata de personas que, habiendo renunciado en la mayoría de los casos a regresar al país de origen, esperan ser reconocidos como miembros de la sociedad, cuyas vicisitudes y empeño por el desarrollo económico y social comparten. Apresurar su plena inserción es un acto de justicia. Cualquiera que sea su lugar de residencia, el hombre tiene derecho a una patria, en la que pueda sentirse como en su propia casa, para realizarse en una perspectiva de seguridad, confianza, concordia y paz. Para ello es necesario tomar medidas específicas, que favorezcan y hagan más fáciles los trámites necesarios para que los familiares puedan reunirse y para que se adopten normas jurídicas que aseguren una igualdad efectiva de trato con los trabajadores autóctonos. También tendrá gran importancia el saneamiento ambiental y social de los barrios degradados, en los que los emigrantes a menudo se ven obligados a vivir marginados. Desde luego, nadie deja de ver cuán necesario resulta, gracias a la superación de los problemas relacionados con la desocupación, comprometerse a eliminar toda discriminación en la búsqueda del puesto de trabajo, de la casa y del acceso a la asistencia sanitaria.

3. Más dura es, ciertamente, la condición en la que se encuentran los clandestinos, que esperan reemplazar poco a poco a los emigrantes legales, a medida que éstos suben en la escala social. Es innegable que el trabajo, con el que los clandestinos participan en el empeño común de desarrollo económico, constituye una forma de pertenencia de hecho a la sociedad. Se trata de dar legitimidad, finalidad y dignidad a esta pertenencia, a través de medidas oportunas. Pero no todos los clandestinos encuentran un empleo en el rico y variado ámbito de las sociedades industriales. Su adaptación a una condición de vida difícil constituye una confirmación ulterior de la situación humillante a la que los reduce la pobreza en sus países. Antes se emigraba para buscar mejores perspectivas de vida; hoy, en cambio, de muchos países se emigra sencillamente para sobrevivir. Esta situación tiende a atenuar también la distinción entre el concepto de refugiado y el de emigrante, hasta tal punto que confluyen las dos categorías bajo el común denominador de la necesidad. Aunque los países desarrollados no siempre están en condiciones de acoger a todos los que quieren emigrar, hay que notar que el criterio para establecer la cantidad de emigrantes que pueden entrar en un país no debe basarse sólo en la simple defensa del propio bienestar, sin tener en cuenta las necesidades de quien se ve obligado dramáticamente a pedir hospitalidad.

Las emigraciones aumentan hoy en día porque se acentúan las diferencias entre los recursos económicos, sociales y políticos de los países ricos y los de los países pobres, y se reduce el grupo de los primeros, mientras que se agranda el de los segundos. En este escenario, quienes logran a superar las barreras «nacionales» pueden considerarse, en cierto sentido, afortunados, porque son admitidos a gozar de las migajas que caen de las mesas de los actuales «epulones». Pero ¿quién es capaz de contar los innumerables y pobres «lázaros», que ni siquiera de esto pueden sacar provecho? Como he recordado en la encíclica Centesimus annus, los países más ricos están invitados a contemplar de una manera nueva ese problema gravísimo, conscientes de que a su deber moral de contribuir con todas sus fuerzas a solucionarlo, corresponde un derecho preciso al desarrollo, no sólo de los individuos, sino también de pueblos enteros (cf. n. 35 ).

4. Los mismos ciudadanos de los países en vías de desarrollo están llamados, naturalmente, a desempeñar un papel de primer orden en esta obra. «Cada uno de ellos ha de actuar según sus propias responsabilidades, sin esperarlo todo de los países más favorecidos y actuando en colaboración con los que se encuentran en la misma situación. Cada uno debe descubrir y aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia libertad... y todo lo que favorezca la alfabetización y la educación de base» (Sollicitudo rei socialis, 44 ; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de febrero de 1988, p. 21). El subdesarrollo no es una fatalidad. Para superarlo es indispensable apoyarse en los recursos naturales y humanos de los que dispone todo pueblo. Desde luego, a los jóvenes que completan su formación científica en los países industrializados corresponde desempeñar un papel de gran importancia. Por su capacidad de armonizar tradición y transformación, representan la clave para un mejor futuro económico y social de esos países. Las emigraciones, relacionadas con el subdesarrollo, son un desafío que hay que afrontar con valentía y determinación, pues se trata de la defensa de la persona humana. Como afirmé en mi discurso a los participantes en el tercer congreso mundial de la pastoral para los emigrantes y refugiados, que se celebró en el Vaticano en octubre del año pasado, «la experiencia demuestra que cuando una nación tiene la valentía de abrirse a las migraciones, es premiada con un incremento de bienestar, una sólida renovación social y un impulso vigoroso hacia metas económicas y humanas inéditas» (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de octubre de 1991, p. 7).

5. Esa constatación encuentra su realización más cualificada en la experiencia relacionada con el gran acontecimiento del V Centenario del comienzo de la evangelización en América. No cabe duda de que los países de América deben el papel prestigioso, que hoy desempeñan en el concierto de las naciones, a su apertura a las emigraciones. La celebración de la empresa de Colón dirige nuestra atención hacia la aportación que dieron, en el campo del trabajo y la cultura, los emigrantes, que a lo largo de quinientos años han encontrado acogida en aquellas tierras, cuya historia se entrelaza estrechamente con la de las emigraciones. Si hoy el mundo occidental y el americano, en cierta medida, forman parte de una misma realidad, se debe a la afinidad espiritual conseguida como resultado de las emigraciones. En nombre de esa fraternidad, después de mi último Mensaje con ocasión de la Cuaresma -«Llamados a compartir la mesa de la creación»-, quise crear la «Fundación Populorum progressio al servicio de los pueblos indígenas y campesinos de América Latina», como «signo y testimonio del deseo cristiano de fraternidad y de solidaridad» (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de abril de 1992, p. 1). Albergo la esperanza de que encuentre una aceptación generosa y una correspondencia activa entre las personas y las instituciones, sobre todo del mundo católico, dada la gran importancia que tiene el catolicismo en los países de esa inmensa área geográfica.

6. Las emigraciones han permitido a menudo a las Iglesias particulares confirmar y reforzar su sentido católico, acogiendo a las diversas etnias y, sobre todo, uniéndolas entre sí. La unidad de la Iglesia no se funda en el mismo origen de sus miembros, sino en la acción del Espíritu de Pentecostés que hace de todas las naciones un pueblo nuevo, que tiene como fin el reino, como condición la libertad de hijos, y como ley el mandamiento del amor (cf. Lumen gentium, 9). El esfuerzo que realiza la Iglesia para hacerse «prójimo» de todos los pueblos responde a la voluntad del Padre celestial, que abraza a todos con su amor. Tiende, como única meta, a llamar a todos los hombres a la solidaridad más plena de la nueva fraternidad en Cristo, en la familia de Dios. La Virgen Madre, que se muestra siempre solícita con quienes tienen necesidad y que, por esa razón, vela por todos los que experimentan personalmente las molestias de la emigración, conforte y ayude a todos los que viven lejos de sus casas e inspire en todos sentimientos de comprensión y de acogida.

Con estos deseos imparto de corazón a cuantos promueven la causa noble y urgente de los emigrantes la bendición apostólica, como prenda de abundantes favores celestiales.

Vaticano, 31 de julio de 1992, décimo cuarto año de mi pontificado.

Joannes Paulus pp. II