Globalización de la emigración

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Las emigraciones van definiéndose cada vez más como un gran movimiento que afecta a los cinco continentes y a casi todos los países. Se inscriben y se entrelazan en una tendencia muy amplia que atraviesa toda la sociedad mundial. Junto con las emigraciones económicas, consideradas como desplazamiento de mano de obra, va desarrollándose un intenso y vasto intercambio de personas que emprenden el camino de la emigración como un itinerario de promoción humana, realizando así una forma de ósmosis entre los valores culturales, sociales y políticos. En el Mensaje para la Jornada mundial del emigrante de este año, quisiera analizar, en particular, el significado y las implicaciones éticas y religiosas de este hecho nuevo, que se anuncia como un acontecimiento de crecimiento social y de unidad para la familia humana.

2. Los motivos que originan esta transformación son casi todos de signo positivo. Entre éstos quisiera recordar la ampliación de las relaciones sociales tanto en el ámbito individual como en el de los grupos; la protección más amplia que ofrecen a los extranjeros los ordenamientos civiles; una mayor disponibilidad de tiempo libre; el bienestar difundido; la eficiencia y rapidez de los instrumentos de información; y el progreso y perfeccionamiento de los medios de transporte. No puedo menos de mencionar, luego, un grado más elevado de secularización; un interés más vivo por la cultura de los demás pueblos; un creciente sentimiento de solidaridad hacia la familia humana y un impulso más acentuado hacia su unidad, sin dejar de aludir a la mayor sensibilidad hacia la dignidad de la persona y sus derechos inalienables, y a un sentido de la responsabilidad más agudo frente a los problemas internacionales. La difusión del bienestar ha puesto en movimiento, con su típica fuerza de atracción, a numerosas corrientes migratorias desde los países en vía de desarrollo, pero al mismo tiempo ha estimulado a grupos cada vez más consistentes de las áreas más desarrolladas a buscar fuera de las fronteras de su propia nación formas nuevas de empleo y modelos de vida más adecuados. Va creándose así una gran red de cooperación internacional, en la que se entrelaza la actividad de funcionarios, científicos, comerciantes, técnicos, agentes económicos y culturales y promotores de la información. Al mismo tiempo, se van desarrollando las organizaciones de carácter internacional y los institutos de cultura que ofrecen, especialmente a los jóvenes, la posibilidad de múltiples itinerarios formativos en las universidades de los diferentes países. La Iglesia mira con simpatía y favor este desplazamiento creciente de personas no sólo porque descubre en él la imagen de sí misma, como pueblo que peregrina, sino ante todo porque percibe en él un impulso significativo a la unificación de las múltiples culturas y un hecho de fraternidad universal.

3. Las emigraciones presentan siempre dos aspectos: la diversidad y la universalidad. El primero deriva de la confrontación entre hombres y grupos de pueblos diversos, y comporta tensiones inevitables, rechazos latentes y polémicas abiertas. El segundo está constituido por el encuentro armónico de sujetos sociales diferentes, que coinciden en el patrimonio común de todo ser humano, formado por los valores de la humanidad y de la fraternidad. Se produce así un enriquecimiento recíproco a través de la puesta en común de culturas distintas. En la primera perspectiva, las emigraciones ponen de relieve las divisiones y las dificultades de la sociedad que las acoge; en la segunda, en cambio, contribuyen de manera notable a la unidad de la familia humana y al bienestar universal. El sueño de la unificación de la familia humana ha acompañado siempre la historia del hombre, cuyo camino está jalonado por numerosos esfuerzos orientados a este objetivo. De cualquier forma, se trata de intentos realizados sin respetar plenamente las peculiaridades culturales de las personas y de los pueblos. No puede pasarse por alto que la diversidad cultural, étnica y lingüística es un elemento constitutivo de la creación y que, como tal, no puede ser eliminada. De esta manera, el camino hacia la unidad de la familia humana tiene como criterio de autenticidad el respeto y el desarrollo de la función de las múltiples diferencias.

4. Esta estructura pluriétnica y pluricultural fue contaminada en los albores de la historia de la humanidad por el pecado de Babel. En el trasfondo de esta culpa, las diferencias culturales y lingüísticas dejan de ser don de Dios, se convierten en motivo de incomprensión y de conflictos, y asumen la rigidez de la división, en lugar de la variedad y el enriquecimiento en la unidad. Pero, dado que la diversidad étnica y lingüística forma parte del orden de la creación, Dios pone en movimiento un itinerario de restauración en el ámbito de su plan de salvación. En este proyecto divino entra, como elemento de indudable significado, la emigración, que lleva con sigo el esfuerzo del encuentro con el Señor y con los hombres. Éste camino que recorrió Abraham, llamado a emigrar inmediatamente después de la dispersión de Babel, y cuyo punto terminal está en Jesús; ese camino encuentra en Cristo su realización plena gracias al misterio de la redención: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16, 28). Luego, el día de Pentecostés, se restauró la legitimidad del pluralismo étnico y cultural. Los apóstoles, ante los representantes «de todas las naciones que hay bajo el cielo, convocados a Jerusalén, se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse, y cada uno los comprendía en su propia lengua» (Hch 2, 4-6). La diversidad lingüística, manifestación de la diversidad étnico-cultural, ya no es motivo de confusión y de oposición, sino que, gracias a la llamada de todos los hombres a formar el único pueblo de Dios en el único Espíritu Santo, se convierte en instrumento de unidad y comunión en la pluralidad.

5. El acontecimiento de Pentecostés determina una verdadera ética del encuentro, que debe dirigir la construcción de la humanidad nueva inaugurada por la realidad misma de Pentecostés. Toda persona ha de ser reconocida en su dignidad y respetada en su identidad cultural. Este principio encuentra una aplicación singular y específica en el campo de las emigraciones. Al emigrante se le ha de considerar, no como un mero instrumento de producción, sino como sujeto dotado de plena dignidad humana. Su condición de emigrante no puede hacer que su derecho a realizarse como hombre se convierta en algo incierto y precario; la sociedad de acogida tiene el deber de ayudarlo en tal sentido. «El trabajo humano está destinado por su naturaleza a unir a los pueblos y no a dividirlos» (Centesimus annus, 27 ). Incluso cuando se presenta como individuo, el emigrante no puede ser disociado del pueblo al que pertenece, sino que debe ser situado en la esfera de su propia identidad cultural. En él hay que respetar a la nación en que hunde sus raíces, porque se trata de una comunidad de hombres unida por lazos diversos, por una lengua y, sobre todo, por una cultura, que constituye el horizonte de la vida y del progreso integral. Con respecto a él, es preciso formular un verdadero estatuto que, a través del reconocimiento de todo derecho natural, le garantice espacios legítimos para el crecimiento social y cultural, indispensable para su misma realización humana y profesional. En este ámbito hay que subrayar la atención a los pobres y los marginados como son a menudo los emigrantes. La sociedad, en su esfuerzo por crecer, no puede descuidar a quienes, a causa de su posición social más débil, tienden a permanecer marginados; más bien, debe implicarlos y absorberlos. «Será necesario abandonar una mentalidad que considera los pobres -personas y pueblos- como un fardo o como molestos e importunos, ávidos de consumir lo que otros han producido (...). La promoción de los pobres es una gran ocasión para el crecimiento moral, cultural e incluso económico de la humanidad entera» (Centesimus annus, 28 ).

6. Con todo, además de restaurar la legitimidad de la pluralidad en la diversidad, Pentecostés introduce un elemento específicamente cristiano: la unidad de los pueblos alrededor de la fe en el único Cristo, que vino «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52). En la perspectiva de la salvación, Cristo no es un camino entre los demás, sino un paso obligatorio: «Yo soy el camino (...). Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (Gaudium et spes, 22 ). Dios ama a todos los hombres y los salva potencialmente en Cristo; por ello, todos merecen igualmente ser considerados, amados, servidos y protegidos, puesto que no existen discriminaciones frente al criterio supremo con el que los hombres son valorados, a saber, frente a su relación con Dios y con sus hermanos: si se olvida o se niega esta relación, las diferentes formas de discriminación pueden recurrir a títulos aparentemente válidos para justificarse o para poner en peligro la base fundamental de la fraternidad humana. «La negación de Dios priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona» (Centesimus annus, 13 ). El derrumbamiento de los muros materiales debe ser un signo del derrumbamiento de los muros espirituales. Las emigraciones, al favorece el conocimiento mutuo y la colaboración universal, atestiguan y perfeccionan la unidad de la familia humana, y confirman la relación de fraternidad entre los pueblos. Los cielos nuevos y la tierra nueva, que nacerán con los acontecimientos últimos, serán ante todo los corazones de los hombres unificados en el Padre. La solución del problema del hombre con respecto a la movilidad humana se logrará precisamente cuando los espíritus posean la firme convicción de que los hombres son hermanos y que el amor es la fuerza más poderosa para transformarse a sí mismos y a la sociedad.

7. «Ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1, 37). El cristiano sabe que, en la obra de renovación de la humanidad, actúa con la fuerza del Señor. Se fía de él, como la Madre del Redentor, llamada feliz porque creyó en el cumplimiento de las promesas divinas. Contemplando el modelo de vida de la Virgen María, la Iglesia se comprende a sí misma y puede recorrer su camino apostólico. Mira a María como un ejemplo resplandeciente y un auxilio poderoso en la prueba, consciente de su propia misión en el mundo como «instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1). Que la Virgen guíe al pueblo cristiano hacia una renovada fidelidad a Cristo y lo sostenga en su labor misionera, para que proclame por doquier a Jesús como única y verdadera «salvación», y para que «por él unos y otros tengamos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2, 18).

Con estos deseos, imparto mi bendición apostólica a cuantos están comprometidos en el vasto campo de las emigraciones: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Vaticano, 21 de agosto de 1991, décimo tercer año de mi pontificado.

Joannes Paulus pp. II