Ayudar a los emigrantes
a defenderse del proselitismo de las sectas

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Quisiera reflexionar juntamente con vosotros con ocasión de la Jornada mundial del Emigrante sobre un problema que está resultando cada vez más preocupante: el peligro, al que están expuestos muchos emigrantes, de perder su propia fe cristiana por causa de sectas y de nuevos movimientos religiosos que proliferan sin cesar. Algunos de estos grupos se definen cristianos; otros se inspiran en religiones orientales; y otros hacen referencia a ideologías, por lo común revolucionarias, de nuestro tiempo.

2. Aunque resulte difícil descubrir una línea de contenidos comunes en todos ellos, sí es posible trazar su tendencia general. En esos movimientos la salvación suele ser considerada, por lo general, como algo exclusivo de un grupo minoritario, guiado por personalidades superiores, que creen tener una relación privilegiada con un Dios cuyos secretos pretenden conocer sólo ellos. También la búsqueda de lo sagrado presenta contornos ambiguos. Para algunos se trata de un valor superior, hacia el que el hombre tiende sin poder jamás alcanzarlo; para otros, en cambio, está situado en el mundo de la magia, y buscan atraerlo a su propia esfera para manipularlo y reducirlo a su propio servicio.

3. Las sectas y los nuevos movimientos religiosos plantean hoy a la Iglesia un gran desafío pastoral tanto por el malestar espiritual y social en que hunden sus raíces, como por las instancias religiosas de las que son instrumentos. Esas instancias, sacadas del contexto de la doctrina y de la tradición católica, con frecuencia son llevadas a conclusiones muy lejanas de las originarias. El difundido milenarismo, por ejemplo, evoca las temáticas de la escatología cristiana y los problemas relativos al destino del hombre; querer dar respuesta de carácter religioso a cuestiones políticas o económicas revela la tendencia a manipular el verdadero sentido de Dios, llegando de hecho a excluir a Dios de la vida de los hombres; el celo casi agresivo con que algunos buscan nuevos adeptos yendo de casa en casa o deteniendo a los transeúntes en las esquinas de las calles es una falsificación sectaria del celo apostólico y misionero; la atención que se presta al individuo y la importancia que se atribuye a su aportación a la causa y al desarrollo del grupo religioso, además de responder al deseo de valorar la propia vida sintiéndose útiles a la comunidad a la que pertenecen, constituye una expresión desviada del papel activo, propio de los creyentes, miembros vivos del cuerpo de Cristo, llamados a trabajar por la difusión del reino de Dios.

4. De hecho, la expansión de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos concentra sus esfuerzos en algunos sectores estratégicos: entre éstos están las migraciones. Por la situación de desarraigo social y cultural, y por la inestabilidad en que se hallan, los emigrantes suelen ser presas fáciles de métodos insistentes y agresivos. Excluidos de la vida social del país de origen, extraños a la sociedad en que se insertan, obligados a menudo a moverse fuera de un ordenamiento objetivo que defienda sus derechos, los emigrantes pagan la necesidad de ayuda y el deseo de salir de la marginación, en la que están confinados de hecho, con el abandono de su fe. Es un precio que ningún hombre respetuoso de los derechos humanos debería pedir o aceptar. Al emigrante no sólo se le hiere en su dignidad humana, sino también en su positiva y respetuosa colocación en el ambiente social que lo acoge. Y, desde luego, no dan muestras de honradez y sensibilidad aquellos que, aun teniendo el deber de aliviar en el emigrante el trauma y la desorientación causados por el impacto con un mundo extraño a la propia cultura, se acercan a él en un momento de profundo malestar para engañarlo e instrumentalizarlo.

5. Los puntos débiles en que se apoyan los nuevos movimientos religiosos son la inestabilidad y la incertidumbre. En ellos basan su estrategia de acercamiento. Se trata de un conjunto de atenciones y de servicios prestados para hacer que el emigrante abandone la fe que profesa y se adhiera a una nueva propuesta religiosa. Presentándose como los únicos poseedores de la verdad, afirman la falsedad de la religión que el emigrante profesa y le piden que dé un cambio de ruta brusco e inmediato. Se trata, evidentemente, de una verdadera agresión moral, de la que no es fácil escapar con buenas maneras, pues su ardor e insistencia son agobiantes.

6. La enseñanza de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos, queridos emigrantes, se opone a la doctrina de la Iglesia católica; por eso, la adhesión a ellos significaría renegar de la fe en que habéis sido bautizados y educados. El evangelio, al mismo tiempo que nos exhorta a ser sencillos como palomas, nos invita también a ser prudentes y astutos como serpientes. La misma vigilancia que ponéis cuando están en juego vuestros asuntos materiales, con el fin de no ser víctimas de los engaños de quienes quieren aprovecharse de vosotros, debe guiaros para no caer en la red de las asechanzas de quien atenta contra vuestra fe. " Mirad que no os engañe nadie -nos advierte el Señor-. Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: 'yo soy', y engañarán a muchos... Si alguno os dice: 'Mirad, el Cristo aquí'. 'Miradlo allí', no le creáis. Pues surgirán falsos cristos y falsos profetas" (Mc 13, 6. 21-22). Y también nos dice: "Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis" (Mt 7, 15-16).

7. Otros motivos que pueden llevar a acoger las proposiciones de esos nuevos movimientos religiosos son la poca coherencia con que algunos bautizados viven su compromiso cristiano, y también el deseo de una vida religiosa más fervorosa, que se espera experimentar en una determinada secta, cuando la comunidad que se frecuenta está poco comprometida. Pero se trata de un engaño. Del malestar interior antes mencionado se sale, de hecho, mediante una verdadera conversión, según el evangelio, y no afiliándose irreflexivamente a esa clase de grupos, adoptando ritos religiosos que ocultan con el ruido de las palabras la apatía del corazón. Por eso, hace falta una seria renovación espiritual y una coherente adhesión a la voluntad de Dios, al seguimiento de Cristo; es una desviación el limitarse a cumplir algún mandamiento aislado y extravagante, del que se hace depender el propio destino de vida o de muerte.

8. La Iglesia está llamada a desempeñar un papel de acogida y de servicio hacia los emigrantes. La condición de desarraigo en que llegan a encontrarse y la resistencia con que el ambiente reacciona hacia ellos tienden a relegarlos de hecho a los márgenes de la sociedad. Precisamente por esto la Iglesia debe intensificar más su acción, aumentar su vigilancia, llevar a cabo con inteligencia e intuición todas las iniciativas que sean oportunas para contrarrestar esa tendencia y afrontar los peligros que de ella derivan. Su tarea permanente consiste en derribar todos los muros que el egoísmo levanta contra los más débiles.

9. El emigrante católico, adondequiera que vaya, forma parte integrante de la Iglesia local. Es miembro efectivo de ella, con todos los deberes y los derechos que dicha pertenencia comporta. La acogida que la Iglesia local le preste es un testimonio y una prueba de su catolicidad. No hay extranjeros en la Iglesia, pues en virtud de su bautismo el cristiano pertenece, con pleno título, a la comunidad cristiana del territorio en que reside. Y dicha comunidad debe reivindicar esa pertenencia, no tanto para hacer valer derechos, sino más bien para prestar servicios a los humildes. La difícil situación del emigrante dilata el corazón para la acogida e impulsa a responder con mayor atención a sus exigencias. Los aspectos de inestabilidad, en los que se apoyan las sectas y los movimientos religiosos para tender asechanzas a la fe del emigrante, deben constituir para la Iglesia motivos para dar prioridad a la atención y a la asistencia al emigrante. Los servicios, que a menudo suele pagar con la renuncia a su fe, se los debe prestar la Iglesia con solicitud gratuita, alegre de poder prestar un servicio a Cristo mismo. Así como Jesús es la imagen transparente del amor del Padre, de igual modo la Iglesia debe ser imagen de la ternura del Redentor; por eso, debería ser evidente que la comunidad, a la que llega el emigrante, es una comunidad capaz de acoger y de amar. La comunidad de los que creen en Cristo no ha de mostrar nunca el rostro triste de quien se siente estorbado en sus compromisos y proyectos diarios, sino que ha de manifestar el rostro alegre de quien ha descubierto a Cristo, esperado y reconocido en el extranjero.

10. El esfuerzo de promoción es sólo uno de los aspectos de la acción pastoral. No menos importante es la formación cristiana mediante la proclamación de las verdades de la fe y el anuncio de aquellas realidades últimas a las que mira la esperanza cristiana. El emigrante tiene derecho a ello, y la Iglesia tiene el deber de ayudarle también en eso. No se trata de una pastoral ordinaria, común a la mayoría de los fieles, sino de una pastoral específica, adaptada a la situación de desarraigo, típica del emigrante que se halla forzado a vivir lejos de su comunidad de origen; una pastoral que ha de tener en cuenta su lengua, y sobre todo su cultura, en la que se expresa su fe; una pastoral que, como exige la constitución apostólica Exsul familia , "debe ser adecuada a sus necesidades (de los emigrantes) y tan eficaz como aquella de la que gozan los fieles de la diócesis" (Titulus primus, pars 1).

11. La fe es única, pero el modo de vivirla puede variar según las diversas tradiciones culturales. La fe no puede ser comunicada y desarrollada si no es a través de los canales de la cultura humana. Ignorar esa exigencia y obligar al emigrante a vivir su propia fe con formas que no siente como propias significa forzarlo a la auto-marginación, con las consecuencias y peligros que de allí derivan también para la fe. Eso vale no sólo para los individuos, sino también para los grupos, pues la dimensión comunitaria es indispensable para la experiencia de la fe. Y es útil la presencia de comunidades étnicas que arrastren, dentro de las cuales cada individuo vive y se expresa.

12. Son diversos los instrumentos operativos de los que dispone la Iglesia para responder a esa exigencia pastoral. Entre éstos el más importante y recomendado es, ciertamente, la parroquia personal, de la que la misma constitución apostólica Exsul familia da un juicio positivo: "Todos conocen los beneficios que tales parroquias, frecuentadas asiduamente por los emigrantes, han aportado a las almas y a las diócesis, y todos las tienen en grande y merecida estima" (Títulus primus, pars 3). El análisis comparado de la experiencia en los países de larga tradición de inmigración demuestra que las parroquias personales han ayudado, más que cualquier otra iniciativa, a salvaguardar la fe de los emigrantes de tantos peligros en que se han encontrado. Las comunidades étnicas que se han desarrollado con el tiempo han contribuido notablemente a la renovación y a la consolidación de la Iglesia de acogida, de forma que se podría afirmar que un sabio planteamiento de la pastoral de los emigrantes sirve para mostrar la capacidad objetiva que tiene la Iglesia local de vivir en su integridad la enseñanza de Cristo.

13. Queridos emigrantes: "Manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes" (1 Co 16, 13). La exhortación del Apóstol Pablo es un eco de las palabras del Señor que nos invita a construir nuestra propia existencia sobre la roca sólida que es él mismo. Jesús, Hijo de Dios, nos asegura la salvación. Sólo quien está firmemente enraizado en él puede dar frutos que resistan al desgaste de todas las modas, incluidas las de las sectas religiosas. La gratitud hacia el don de Dios, manifestada mediante la respuesta de una vida cristiana coherente, atrae sobre vosotros otros dones de comunión con él y de perseverancia en vuestro fiel compromiso cristiano. "El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él" (Jn 14, 21) y "a todo el que tiene, se le dará y le sobrará" (Mt 25, 29). Cuanto más os adentréis en el camino de la vida cristiana, tanto más os pondréis al abrigo de las asechanzas que atentan contra vuestra fe.

La Virgen María, que habéis aprendido a conocer y amar desde niños en vuestras familias y a la que sin duda habéis acudido muchas veces en los momentos de dificultad, vele sobre vosotros y os ayude a recorrer con valentía, fidelidad y constancia el camino de la perfección cristiana emprendido con el bautismo.

Os bendigo a todos de corazón en el nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Vaticano, 25 de julio de 1990, duodécimo año de mi pontificado.

Joannes Paulus pp. II