Los laicos católicos y las migraciones
Venerados hermanos, muy queridos hijos e hijas de la Iglesia:
El acontecimiento de mayor relieve que caracteriza la vida de la Iglesia en el presente año es ciertamente el próximo Sínodo de los Obispos: una iniciativa destinada a llamar la atención y despertar el interés de todas las fuerzas vivas de la Iglesia, y a marcar una etapa decisiva en la toma de conciencia por parte de los laicos, de su propia vocación a expandir y consolidar así el reino de Dios entre los hombres. La Iglesia existe para evangelizar. A todos sus miembros se dirige la invitación de Jesús: "Id, pues; enseñad a todas las gentes" (Mt 28, 19).
1. Las migraciones y el anuncio de la Buena Nueva
La participación de los laicos en la misión de la Iglesia y en las distintas situaciones socio-culturales del momento, ha sido desde el principio uno de los medios más fecundos para proponer la salvación integral traída por Cristo. Las migraciones adquieren en este contexto una importancia particular, sobre todo si se tiene en cuenta el papel que éstas han desarrollado en la difusión del cristianismo en los primeros siglos. Por esto nos parece natural tomar para el Mensaje anual de la Jornada mundial del Migrante el tema del próximo Sínodo e invitaros a reflexionar sobre "los laicos católicos y las migraciones".
El empeño por aliviar la carga de aflicciones, de humillaciones y de pobreza que sufre el migrante, interpela a toda la Iglesia, pero en primer lugar a los laicos, por las fuertes tensiones sociales que caracterizan las migraciones. Tareas específicas corresponden a la sociedad de acogida y no sólo a los que son acogidos.
2. Dignidad de la vocación y de la misión de los laicos
Con la fuerza del bautismo Dios llama a cada cristiano, cualquiera que sea su estado, a una relación personal de amistad y de familiaridad con Él. Esta llamada se configura como una invitación a seguir a Cristo, que, al comunicarnos su Espíritu, nos hace hijos de Dios y nos pone en condición de comportarnos como tales.
La dignidad del hombre, ya radicada en la imagen que de sí mismo Dios le ha impreso al crearle, encuentra en esta vocación una nueva y más alta motivación y su plena manifestación. Dios ama a cada hombre. Nadie está excluido de su amor. Es éste el principio de la salvación universal, que está en la base del afán misionero de la Iglesia y en el origen de la sensibilidad moderna, orientada hacia la búsqueda de la unidad de la familia humana; este principio hace desaparecer las discriminaciones, instaura la igualdad entre los pueblos e impone el respeto de la persona humana, sea cual fuere la condición en que se presente. Cada hombre ha de ser amado, respetado, defendido y protegido, por su relación con Cristo y con Dios. Si se ignora o se rechaza esta relación, será siempre fácil encontrar motivos aparentemente válidos para justificar la discriminación, la marginación y la opresión del hombre.
El Evangelio así, en cuanto luz puesta en lo alto, no anuncia una realidad que se agota en lo íntimo de cada uno, sino que se traduce en un compromiso frente al mundo exterior.
3. La misión de los laicos en los países de acogida
El mundo en el que os invito hoy a manifestar vuestro compromiso es el de las migraciones. Este mundo presenta una gran variedad de exigencias que afectan tanto a la comunidad de acogida, como a los migrantes mismos.
Con las migraciones están conectados problemas difíciles, tales como la reagrupación familiar, el trabajo, la vivienda, la escuela y la seguridad social. Personas y asociaciones laicas siguen poniendo a disposición de los emigrantes su tiempo y su propia profesión (médicos, abogados, profesores, etc.).
a) Comprometerse en el proceso de humanización de la sociedad
Jesús ha querido prolongar su presencia entre nosotros en la condición precaria de los necesitados, entre los cuales incluye explícitamente a los migrantes. De esta manera quiere estimular al hombre hacia un continuo proceso de humanización de sí mismo y de sus propios hermanos. Cristo está al mismo tiempos de parte del que es servido, y de parte del que sirve. Alimentar esta fe significa poner el propio corazón a disposición de los demás.
b) Buscar las justas soluciones
Los problemas de los emigrantes son frecuentemente comunes a los de la sociedad en que viven. En todas partes, de hecho, existe el problema de la vivienda, del trabajo, de la seguridad social, etc. Pero la situación de precariedad del emigrante aumenta enormemente esos problemas comunes. Es tarea de las autoridades atender a la entera colectividad, evitando con esmero toda posible discriminación que dañe a los emigrantes. Pero, por encima de todos, éstos sufren problemas específicos; por lo tanto es tarea de los laicos proponer y solicitar unas justas soluciones en nombre de Dios y en nombre del hombre. Los países ricos no pueden desinteresarse del problema migratorio y aún menos cerrar las fronteras y hacer leyes más restrictivas, sobre todo porque aumenta cada vez más la diferencia entre los países pobres y los países ricos, de donde las migraciones traen su origen. Se impone por el contrario una reflexión y una búsqueda de criterios más rigurosos de justicia distributiva que puedan aplicarse a escala mundial, incluso para la tutela del bien universal de la paz.
c) Facilitar la participación de los emigrantes en la vida de la sociedad
Cualquiera que sea la situación vital de cada uno, hoy en día, todos están comprometidos en una vigorosa corriente de participación, como reflejo y exigencia de haber adquirido conciencia de su propia dignidad. Es importante tomar en consideración esta conciencia para que los problemas de los emigrantes puedan ser resueltos de un modo real y duradero. Esta participación habrá de ser más evidente e inmediata en el ámbito de la Iglesia, en donde nadie es extranjero. Ya que Cristo muriendo por todos ha suprimido todas las barreras que dividían al griego del judío, al esclavo del hombre libre (cf. Gál 3, 28). Las migraciones brindan a la Iglesia local la oportunidad de medir su catolicidad, que consiste no sólo en acoger a las distintas razas, sino, y sobre todo, en realizar la comunión de estas razas. El pluralismo étnico y cultural en la Iglesia no constituye una situación que hay que tolerar en cuanto transitoria, sino una propia dimensión estructural. La unidad de la Iglesia no resulta del origen y del idioma comunes, sino del Espíritu de Pentecostés, que, acogiendo en un solo Pueblo a gentes de habla y de naciones distintas, confiere a todos la fe en el mismo Señor y la llamada a la misma esperanza. Y esta unidad es más honda que cualquier otra unidad que se funde sobre motivos distintos.
d) Luchas por el respeto del hombre
La vocación misionera de la Iglesia encuentra hoy un espacio en el interior de la sociedad misma en donde, al lado de las comunidades cristianas, coexisten pueblos de habla y creencias distintas. Gracias a las migraciones la sociedad se ha transformado en un crisol de razas, religiones y culturas, del cual se espera un mundo nuevo a la medida del hombre, que se funde sobre la verdad y sobre la justicia. La lucha que el laico católico ha de llevar a cabo contra las injusticias y en favor de la promoción del hombre, ha de ser más fuerte que la lucha que realizan los demás, ya que Dios mediante la Revelación y la gracia le ha confiado el don de una luz y fuerza mayores.
4. La misión de los emigrantes
Pero en este Mensaje, relativo al papel de los laicos en las vicisitudes de las migraciones, quiero dirigirme en particular a vosotros, los emigrantes. La Iglesia conoce la complejidad de vuestros problemas, la precariedad de vuestra situación y las incertidumbres de vuestras perspectivas futuras. Ella aprovecha toda ocasión oportuna para apelar a la conciencia moral y civil de las autoridades competentes con el fin de que establezcan las medidas adecuadas en orden a resolver vuestra situación. Quisiera por esto subrayar la gran contribución que vosotros, como emigrantes, estáis llamados a dar a la misión de la Iglesia, sobre todo en el campo de la fraternidad, de la unidad y de la paz. Es la tarea que incumbe a todos, prescindiendo de la posición que cada uno tiene en la sociedad.
a) Expresar la preocupación de la Iglesia en el interior de la comunidad de los emigrantes
En un cuadro de diáspora geográfica y ambiental, como es el de las migraciones hoy, vuestra aportación resulta insustituible. Pienso, especialmente, en la dispersión de los emigrantes por las grandes metrópolis del mundo occidental. Aquí, una red bien organizada de iniciativas, de la cual vosotros los emigrantes tenéis que formar el eje central, ha de expresar la auténtica preocupación misionera de la Iglesia en el sector de las migraciones porque donde se anuncia la Palabra de Dios, allí se constituye la Iglesia, según las palabras del Señor: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). En esta situación de diáspora, la fe no puede ser simplemente una herencia que hay que proteger, sino una realidad que ha de ser profundizada, verificada y desarrollada en el contexto de la Iglesia particular. El proceso de interiorización y de personalización de la fe exige que se constituyan comunidades en el verdadero sentido de la palabra que, en cuanto tales, quedan automáticamente insertadas en la Iglesia local. La pastoral específica de los emigrantes, para que no sea una pastoral para marginados, ha de tender a la formación de comunidades que, en plenitud, pertenezcan al tejido eclesial y contribuyan, junto a las demás, a la edificación del reino de Dios.
b) Hacerse cargo del desarrollo de la comunidad de los emigrantes
Para crear comunidades en el contexto de las migraciones es importante emprender algunas iniciativas: la formación de grupos de emigrantes con una fuerte impronta espiritual y conciencia del compromiso cristiano; la creación de pequeñas comunidades de fe que se mantengan en conexión las unas con las otras, comunicándose sus experiencias; la institución de consejos parroquiales formados por personas que viven el mensaje cristiano y gozan de la confianza de la comunidad. Los primeros apóstoles inmediatos de los emigrados han de ser los emigrados mismos.
c) Vivir y transmitir la fe en el interior de la familia
Del interior de la comunidad vuestras tareas de laicos han de encontrar su prosecución en el interior de la familia, un sector que, entre todos los otros, quiero subrayar como lugar de vuestro especial compromiso en la migración. Precisamente en una situación de diáspora y de creciente arreligiosidad, hay que restituir a la familia ese papel de lugar primario de catequesis y de Iglesia doméstica, donde los padres sean educadores de los hijos en la fe y donde los hijos aprendan la fe de la concreta experiencia de la vida. Entre los emigrantes desdichadamente muchos son los desarraigados de su propio núcleo familiar. Son hombres que aman, sufren y buscan, en una situación difícil. El Señor no puede estar lejos de estas personas. Por esto existe el deber, por parte de todos los laicos, de hacerse "prójimo" a ellos, y anunciar la Buena Nueva con el ejemplo del Señor: en la iglesia, en casa, por las calles, entre los amigos.
5. Tareas de los sacerdotes en la formación de los adultos
Pero, refiriéndome al papel de los laicos, me dirijo a los Pastores, que desarrollan su actividad en el campo de las migraciones, y quiero reiterar que los grupos de compromiso laico no nacen sin la obra del sacerdote. En esta materia se da pues una responsabilidad propia y directa. Quiero añadir que desde un punto de vista funcional, es siempre oportuno establecer unas prioridades. En esta línea quisiera subrayar la importancia de dirigirme sobre todo a los laicos adultos. Ello no significa desatender a los más jóvenes, a los adolescentes o a otras categorías. Se trata sólo de llegar a ellas por un camino distinto, coger a los adultos ante todo, porque hacer catequesis no es solamente enseñar, sino que es vivir juntos, por medio de un in tercambio de mentalidades, todas las implicaciones de la fe con las realidades existenciales; porque los adultos, al demostrar cómo se vive concretamente la relación fe-vida, tan esencial para el cristiano, se hacen también catequesis en el interior de la familia. Así ésta se convierte realmente en "iglesia doméstica" que enseña, que testimonia, que genera, no sólo la vida física, sino también la fe.
6. Conclusión
Las migraciones son hoy un medio para que los hombres se encuentren. Las migraciones pueden ayudar a derribar perjuicios y a aumentar la comprensión y la fraternidad con vistas a la unidad de la familia humana. Teniendo esto en cuenta, las migraciones han de considerarse como la avanzadilla de los pueblos en camino hacia la fraternidad universal. La Iglesia que en su estructura de comunión, acoge todas las culturas sin identificarse con ninguna de ellas, se eleva como signo eficaz del esfuerzo unitario realizado en el mundo. La Iglesia, como Pueblo de Dios que camina, "constituye para todos los hombres un germen validísimo de unidad, de esperanza, de salvación" (Lumen gentium, 9).
El Año Mariano, en el curso del cual se desarrolla el Sínodo, confiere a éste último un significado especial. La Virgen Santa, por haber creído en las promesas del Señor, es la imagen más perfecta de la Iglesia, que genera nuevos hijos a la fe. "Que habite Cristo por la fe en nuestros corazones" (Ef 3, 17). "Los que a través de los siglos, de entre los diversos pueblos y naciones de la tierra, acogen con fe el misterio de Cristo... buscan en la fe de María el sostén para la propia fe" (Enc. Redemptoris Mater, 27). Ella, por su íntima participación en el misterio de la salvación, "atrae a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio, y hacia el amor del Padre. Por lo tanto, en cierto modo, la fe de María... se convierte sin cesar en la fe d el Pueblo de Dios en camino: de las personas y comunidades, de los ambientes y asambleas, y finalmente de los diversos grupos existentes en la Iglesia" (Enc. Redemptoris Mater, 28).
Con el deseo de que este Mensaje sea acogido con generosa correspondencia, os doy a todos de corazón la bendición apostólica, en particular a los más pobres, a los enfermos y a los niños, en la difícil condición de la migración.
Vaticano, 5 de agosto de 1987, IX año de mi pontificado.
Joannes Paulus pp. II