El dramático problema de los refugiados y clandestinos

Mensaje enviado al cardenal Bernardin Gantin, Presidente de la Pontificia Comisión para la Pastoral de las Migraciones y del Turismo,
por el Cardenal Agostino Casaroli

Señor Cardenal: El Santo Padre ha sabido con mucho interés que este año, con ocasión de la Jornada del Emigrante, se presenta a la consideración de las Iglesias particulares del mundo, el dramático problema de los refugiados y clandestinos. El asunto señalado ofrece a la atención de la humanidad una situación que a nadie puede dejar indiferente a causa de sus proporciones y su carácter dramático.

1. El Concilio Vaticano II se preocupó de que hubiera una actividad pastoral especializada para con las personas que se han visto arrancadas de su patria, país y ambiente social, cultural y eclesial, por circunstancias no sólo económicas, sino también sociales, políticas y religiosas (cf. Christus Dominus, 18; Gaudium et spes, 84 ). Las directrices del Concilio han sido asumidas después y difundidas por toda la Iglesia a través de documentos pontificios sobre la pastoral de la movilidad humana. El nuevo Código de Derecho Canónico ha plasmado en leyes de la Iglesia las directrices más importantes de la pastoral de la emigración (cf. can. 568). En el Mensaje para la Jornada del Emigrante, que las Iglesias particulares celebraron en 1979, el Santo Padre subrayó que en nuestros días "el concepto de emigrante coincide trágicamente con el de prófugo" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 16 de septiembre de 1979, pág. 12). Son prófugos quienes se ven obligados a refugiarse en un país extranjero y abandonar su tierra y todo lo que les es más querido.

Entre los muchos hermanos que sufren viviendo con nosotros la existencia terrena, los refugiados se presentan con características muy penosas: para sobrevivir dependen completamente de otras personas extrañas y desconocidas, incluso para las necesidades más elementales de la vida, como son la casa, el vestido, la acogida.

Cristo exiliado, perseguido, excluido, discriminado, sin una piedra donde reclinar la cabeza, mendigo, parece vivir hoy en millones de refugiados, seres sin familia, sin casa.

2. Con este Mensaje el Santo Padre quisiera atraer la atención de modo especial sobre la tragedia de millones de seres humanos que constituyen como una subcategoría entre los mismos refugiados -casi una sociedad aplastada y doliente- y, por lo mismo, no pueden menos de estar muy cerca de su corazón de representante en la tierra de quien dijo: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11, 28). Son los que se consideran emigrantes irregulares o clandestinos y, por su misma situación, carecen de la más elemental seguridad y con frecuencia son explotados del modo más ignominioso.

Recordar el deber de comprensión y ayuda a los emigrantes clandestinos a la luz de los principios cristianos de justicia y caridad, no significa en modo alguno contestar o atacar el derecho de toda la comunidad civil y ordenada de proteger su territorio, tomar las medidas oportunas para tutelar los intereses nacionales legítimos y combatir el posible encubrimiento de criminales, perturbadores del orden público y traficantes de armas y de droga. Pero sí quiere decir atender a seres humanos jóvenes, menores de edad y niños, sobre todo, incapaces de defenderse por estar privados de tutela legal, y desconocedores muchas veces de la lengua del país donde se han visto obligados a refugiarse a causa de calamidades naturales, guerras, invasiones o matanzas: causas que la solicitud maternal de la Iglesia no puede ignorar.

No es de olvidar que en los países azotados por una pobreza grande, surgen a veces pseudo-agencias de colocación que le acercan a jóvenes, hombres y mujeres deseosos de trabajar y tener un futuro, y les prometen colocación asegurándoles que conseguirán hacerles llegar -si bien privados de los permisos legales necesarios- a los países donde desean establecerse en busca de una posibilidad de vida que su propio país no les ofrece. Pero una vez en el país a donde se aventuraron, estos clandestinos tienen que afrontar dificultades y obstáculos que no conocían o les habían sido presentados como fáciles de superar. Esto conlleva un paro o infraocupación permanente o prolongada, que les hace víctimas de aprovechados sin conciencia y se ven obligados por las circunstancias a firmar contratos según los cuales se les descontará una parte del salario en favor de los administradores de la clandestinidad. Con plena razón se puede hablar casi de una nueva trata de esclavos que, además, fácilmente se hallan expuestos al peligro continuo de caer en la espiral de la inmoralidad y criminalidad al querer salir de una situación desesperada.

3. El fervor, generosidad y empuje de caridad de las comunidades cristianas, las impulsarán sin duda a hacer objeto de su consideración, cuidado y solicitud a estos prófugos, a fin de que se les garanticen al menos los derechos humanos elementales.

Desatender las necesidades de estos hermanos podría constituir un ultraje a la civilización alcanzada por el mundo gracias también a la actuación evangelizadora constante de la Iglesia.

4. En el Mensaje del año pasado para la Jornada del Emigrante, el Santo Padre deploraba la realidad y hasta el mismo nombre de xenofobia, "extraño al lenguaje bíblico y cristiano, en el cual, por el contrario, se exalta repetidamente lo totalmente contrapuesto: la filoxenia" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 23 de octubre de 1983, pág. 17).

A veces las Iglesias particulares ven obstaculizados y hasta rechazados sus esfuerzos en favor de quienes buscan asilo para sobrevivir, pues estos inmigrados llegan en una coyuntura de crisis plena que pone en dificultad al mundo del trabajo; de esta crisis son ellos las primeras víctimas casi inevitablemente y esto, cuando no se añaden prejuicios nacionalistas o raciales.

Fiel al Evangelio y a la enseñanza social que nace de éste, la Iglesia no puede admitir que prevalezcan motivos económicos, políticos, ideológicos o de otro orden, sobre la consideración de la dignidad de los hombres y de su condición de hijos de un mismo Padre (cf. Mt 5, 45).

En su obra generosa de promoción humana y cristiana, que ha proporcionado enorme consuelo a los prófugos y ejemplo a todos, las Iglesias particulares han de facilitar toda acción que consiga eliminar la soledad de los refugiados y obtener la reunión de las familias. Foméntese toda la coordinación que sea posible entre los varios organismos, a fin de llegar a ayudarles tempestivamente. Anímese a los refugiados a esperar y tener confianza en sí mismos. "Nuestro mundo... os necesita a vosotros y vuestras aportaciones -dijo el Papa a los prófugos de Phanat Nikhom en su viaje apostólico a Tailandia-. Aprovechad cualquier oportunidad que se os ofrezca para aprender un idioma y perfeccionar un oficio, con el fin de que estéis en disposición de a daptaros socialmente al país que os abra sus puertas y se enriquezca con vuestra presencia" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de mayo de 1984, pág. 20).

Estos son los problemas que están llamados a afrontar las comunidades cristianas por su parte y según su sensibilidad específica. El Sumo Pontífice tiene un gran interés en que sigan urgiendo a los fieles, a todos los hombres de buena voluntad, y sobre todo a los responsables de los distintos sectores de la vida social y civil, a esforzarse directamente también en este campo para que se dé aquí una distribución justa de los bienes de la naturaleza, de la técnica y del progreso. Sigan siendo "voz de los que no tienen voz" para que el mensaje de Cristo actúe de fermento y levadura en la grave situación actual de la movilidad humana, a fin de establecer un orden social más justo y fraterno.

Compartiendo vivamente la acción humana y cristiana de cada Iglesia en favor de los refugiados clandestinos, y con esta confianza y deseos. Su Santidad pide consuelo y recompensa a Dios, y en prenda de ello imparte de corazón la bendición apostólica.

Aprovecho gustoso la ocasión para reiterarme afectísimo en Cristo de Vuestra Eminencia.

Ciudad del Vaticano, 3 de agosto, 1984.

Cardenal Agostino CASAROLI
Secretario de Estado