Presencia de Cristo en el mundo de la emigración
Mensaje
enviado al cardenal Sebastiano Baggio, Presidente de la Pontificia Comisión para la
Pastoral de las Migraciones y del Turismo,
por el Cardenal Agostino Casaroli
Señor cardenal:
Ante la proximidad de las celebraciones de la "Jornada del Migrante" que las Conferencias Episcopales de diferentes países fijan a lo largo del nuevo año litúrgico, el Sumo Pontífice desea, una vez más, hacerse presente con su palabra de ánimo y estímulo. Dirige, por tanto, el presente mensaje, por el autorizado intermedio de Vuestra Eminencia, a los hermanos en el Episcopado y en el presbiterio, a los religiosos y religiosas, a los colaboradores laicos y a todos los que se mueven y trabajan en el vasto campo de la emigración. El trabajo de los emigrantes Consciente de la multiplicidad y, a menudo, de la gravedad de los problemas que acompañan este fenómeno humano, el Santo Padre intenta iluminar algunos aspectos que se refieren a la específica finalidad de la presencia eclesial de las estructuras y organismos de la pastoral de la emigración, subrayando la diferente función que están destinados a desarrollar en el actual contexto emigratorio, contando con el refrendo que ya les da su valiosa experiencia.
Su Santidad desea, ante todo, reafirmar lo que ya decía en la Encíclica Laborem exercens: Se deben hacer toda clase de esfuerzos para que el fenómeno triste, pero desde algunos puntos de vista necesario, de la emigración por razones de trabajo, "no comporte mayores males en sentido moral; es más, para que, dentro de lo posible, comporte incluso un bien en la vida personal, familiar y social del emigrado, en lo que concierne tanto al país donde llega, como a la patria que abandona" (núm. 23 ).
Esta llamada, aunque destinada principalmente a quienes tienen el poder de remediar los males que se originan de la emigración forzada, debe encontrar generoso eco tanto en la Iglesia de la que parte, como a la que llega el emigrante, en lo que se refiere, sea a sus necesidades religiosas y morales, como a las que afectan a la totalidad de su condición humana y social.
Aunque ha habido progresos, que no se pueden pasar por alto en el reconocimiento jurídico de los derechos del hombre migrante, no se ha apagado todavía la tendencia a ver en él prevalentemente un instrumento de producción, con el agravante de la connotación negativa de la concurrencia extranjera.
Se trata de una deformación del concepto de trabajador, debida en gran parte a aquella anomalía de fondo -ya anunciada por Juan XXIII en la Pacem in terris - que obliga al trabajo a ir en busca del capital, mientras que debería ser lo contrario. De este modo se avala radicalmente la inicua presunción de haber dado todo al trabajador migrante por el hecho de haberle ofrecido una ocasión de trabajo, aunque se dejen de atender las condiciones de su trasplante más o menos traumático a una tierra extranjera, sus necesidades y sus problemas familiares, sus imprescindibles exigencias del hombre en el pleno sentido de la palabra.
Hay que afirmar una vez más el principio de base: "La jerarquía de valores, el sentido profundo del trabajo mismo exigen que el capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del capital" (Laborem exercens, 23 ). Dijo también el Santo Padre durante su visita pastoral el 19 de marzo pasado en Livorno: "El mundo confiado al hombre como tarea por el Creador, siempre y en todo lugar de la tierra, y en medio de toda sociedad y nación, es 'mundo del trabajo'. 'Mundo del trabajo' quiere decir a la vez 'mundo humano'" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 28 de marzo de 1982, pág. 18).
Los que emigran, como los demás trabajadores, son protagonistas de este mundo con pleno derecho. Las Iglesias de los países de inmigración no pueden regatear esfuerzos a fin de que se les reconozca efectivamente a los emigrantes esa calificación. Deben, en primer lugar, sentirse solidarias con estos hermanos menos afortunados, y trabajar sin descanso, como ya lo vienen haciendo laudablemente, para que la mentalidad cristiana de la "buena acogida" (cf. Populorum progressio, 69 ) eche raíces en la opinión de todos, y desemboque en actos concretos de justicia y equidad.
Los problemas familiares
No es lícito arrancar a Cristo del mundo del trabajo, ni separarlo del mundo de la emigración. La conciencia de este imperativo es como la estrella polar de aquellos que trabajan, con vocación genuina y consciente, en la pastoral de la emigración. Su trabajo traduce constantemente en los hechos la afirmación contenida en la Laborem exercens: "Cristo pertenece al mundo del trabajo, tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: El mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre" (núm. 26 ).
La actividad pastoral entre los trabajadores emigrantes tiende a que éstos inspiren su vida en la luz, ejemplo y amor de Cristo y a que vean en el trabajo no un impedimento o excusa que les exima de la práctica de la religión o de la profesión de fe, sino un medio para robustecer e iluminar la vida cristiana; esto contribuirá a mantener el legítimo orgullo de la identidad cultural que, cuando es debidamente tutelada en sus aspectos de vehículo apropiado de expresión de la fe, se convierte también en estímulo para comprender, respetar y valorar, en una visión auténticamente católico, a la identidad de los demás.
Un clima de mutua aceptación entre los inmigrados y los ciudadanos del lugar, consiente, junto al enriquecimiento mutuo, una más profunda catequesis del trabajo. Favoreciendo la instauración de la fraternidad, amistad y solidaridad, semejante clima hace más posible y fructuosa la presentación de la paternidad de Dios y la visión cristiana del trabajo, entendido como continuación armónica de la actividad creadora de Dios, en unión con Cristo. Desde una perspectiva así, el trabajo de simple fuente de ganancia se convierte en medio de vínculo fraternal de amigos, fuente de alivio en los sufrimientos y desilusiones que, agravadas por la imposibilidad de cuidar de la familia, a menudo lejana, pueden abocar al emigrante a la postración y al des aliento.
De hecho, es en la familia donde el trabajador emigrante encuentra la propia realización.
La familia, afectada de todos modos por la vicisitud migratoria, es objeto privilegiado de la preocupación materna de la Iglesia. A ella dedicó el Sumo Pontífice su mensaje para la Jornada del Migrante de hace dos años; al tiempo que eminentes Pastores de las Iglesias de inmigración, reunidos en el Sínodo de los Obispos, no dejaron de exponer el drama de las familias de los emigrantes y, el que es aún más trágico, el de las familias de los refugiados.
Desde la Constitución Apostólica Exsul familia , promulgada por Pío XII, el 1 de agosto de 1952 (AAS 44, 1952, págs. 649-704), hasta llegar por sucesivas intervenciones pontificias a nuestros días, se ha ofrecido un importante patrimonio de doctrina y directrices concretas, respondiendo a la tarea de todos aquellos que trabajan en este campo de la pastoral a cualquier nivel.
En el contexto del derecho natural a la emigración, la Instrucción De pastorali migratorum cura, publicada por la Sagrada Congregación para los Obispos, el 22 de agosto de 1969, se apropia de la afirmación conciliar según la cual "en el ordenamiento de la emigración debe tutelarse al máximo la convivencia familiar" (Apostolicam actuositatem, 11 ), y resalta cómo se ha de contar con las exigencias familiares "sobre todo en lo referente a la casa, la educación de los hijos, las condiciones de trabajo, la seguridad social y las tasas fiscales" (núm. 7: AAS 61, 1969, pág. 617).
La Exhortación Apostólica Familiaris consortio recoge una llamada especial a este respecto: "Las familias de emigrantes -subraya el Sumo Pontífice- deben tener la posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia su patria. Esta es una tarea connatural a la Iglesia, dado que es signo de unidad en la diversidad" (núm. 77 ). Así, las familias pueden desarrollar con más facilidad sus prerrogativas de ser "Iglesia doméstica", realizar relaciones de solidaridad y de comunión con otras familias, relaciones que son particularmente fecundas cuando están reforzadas por la fe, que comunica la conciencia del amor de Cristo y de su Providencia.
Esta conciencia es la que hace, finalmente, de las familias de emigrantes verdaderas y propias comunidades cristianas, partes vivas y vitales de las Iglesias en las que viven.
Acción pastoral de la Iglesia
Las Iglesias locales realizan en concreto la imagen de Iglesia mediante la articulación de las parroquias, las cuales "representan de alguna manera la Iglesia visible establecida por toda la tierra" (Sacrosanctum Concilium, 42); son la "familia de Dios" (Presbyterorum ordinis, 6), un "conjunto de hermanos animados por el mismo Espíritu" (Lumen gentium, 28). Más allá del ordenamiento territorial, y en armonía con él, la Santa Sede ha salido al encuentro de las exigencias específicas de los emigrantes -como lo ha hecho con otros grupos de fieles que no están en situación de poder gozar, ni siquiera solo parcialmente, de los instrumentos de la pastoral ordinaria- con instituciones de radio de acción y carácter personal. Tales son, desde la publicación de la Exsul familia , las parroquias personales y las misiones con cura de almas, encaminadas a ofrecer a los fieles no originarios del lugar, "sean emigrantes o de paso, un cuidado pastoral correspondiente a sus necesidades y no inferior al de los otros fieles de la diócesis" (AAS 44, 1952, pág. 692). En sintonía con las directrices del Concilio Vaticano II (cf. Christus Dominus, 16. 18. 23), la mencionada Instrucción De pastorali migratorum cura vuelve a proponer los mismos organismos como estructuras fundamentales, y añade la "simple misión" y el cargo de "vicario misionero" (núms. 39-41: AAS 61, 1969, págs. 633-635).
La armonización entre las exigencias territoriales y las personales ofrece sin duda dificultades notables. Precisamente por esto, el programa previsto para el cuidado pastoral de los emigrantes, en la variedad de sus fórmulas alternativas, está confiado a la generosa colaboración de las Iglesias de llegada -directamente responsables-, con las de partida. Esta colaboración está destinada a dar abundantes frutos.
Parroquias personales y misiones con cura de almas son comunidades eclesiales de más fácil articulación y vinculación para las personas, las familias y los grupos. En las parroquias pueden polarizarse, además, Asociaciones y Movimientos específicos, de diversa índole, animados por sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares de los países de origen de los emigrantes, o, por lo menos, conocedores de su lengua y mentalidad, en conexión con la pastoral local. En cada parroquia, de hecho, está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo (cf. Lumen gentium, 26), que ayuda a la necesidad de vida comunitaria ofreciéndole la posibilidad de expresarse en organizaciones modeladas según las de la patria lejana y disponibles a una adaptación al ambiente.
Solidaridad
La experiencia ya secular en el campo de las migraciones enseña que el fenómeno típico de reunirse en asociaciones nace, de alguna manera, del núcleo comunitario que se afirma como realidad primera y en él tiende a apoyarse. En el momento histórico presente de la realidad de las migraciones, las Asociaciones pueden ser de notable y, quizás, decisiva importancia en orden a la eficacia de la acción pastoral.
El Sumo Pontífice estima vivamente las Asociaciones y Movimientos que persiguen fines apostólicos o cooperan, de diferentes formas, a la obra de salvación, como también aquellas que se caracterizan por la promoción y defensa de los derechos de los trabajadores.
La visión cristiana del hombre, de la vida y de la historia, debe ejercer su influjo benéfico en los esfuerzos de solidaridad de los trabajadores más allá de todas las fronteras, y contribuir a aquella "civilización del amor" que Pablo VI, de querida y venerada memoria, asignó como programa obligado para la humanidad que se encamina, entre formidables problemas, hacia el final del segundo milenio cristiano.
Al terminar estas reflexiones, me es muy grato expresar la confianza del Sumo Pontífice de que todos los que se dedican al apostolado en el campo de la emigración puedan encontrar en ellas alimento para fortalecer cada vez más el espíritu misionero e intensificar su diligente actividad.
Su Santidad expresa del mismo modo su esperanza de que en cada país en el que se da el fenómeno de la inmigración, los Pastores favorecerán sin cesar, con todos los medios posibles y ejemplar preocupación, la presencia adecuada de misioneros de la misma lengua y mentalidad de los emigrantes, según las formas propuestas y calurosamente recomendadas por la Sede Apostólica.
Con esta confianza y esperanza, el Santo Padre, que está afectuosamente cercano a las ansiedades, a las justas aspiraciones y a los sufrimientos de los queridos hijos que llenan los caminos de la emigración, especialmente de todos aquellos que les ha tocado soportar las cargas más pesadas, imparte a todos de corazón la bendición apostólica, como deseo de los favores del cielo.
Aprovecho esta ocasión para reafirmarme con sentimientos de profunda veneración, de Vuestra Eminencia Reverendísima devotísimo en el Señor.
14 de septiembre, 1982.
Cardenal Agostino CASAROLI