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DESDE
LA CASA DE LOS NOMOS
TODAS
LAS RELIGIONES NO SON IGUALES
Flaco servicio nos han hecho los Talibanes a todos los que creemos en
Dios e intentamos practicar una religión. Los ateos de toda la vida han
encontrado una ocasión de dulce para arremeter contra la RELIGION, sea la
que sea. Y algunos, haciéndose eco de Saramago, el apóstol Nóbel del
ateismo, o por cuenta propia, se dedican en los medios a denigrar a todas
las religiones, y a meternos a los que creemos en Dios en el mismo saco de
la estulticia. Y no sólo eso, sino que tienen el atrevimiento de
considerarnos nada menos que un peligro
para la humanidad.
En
el periódico español de gran tirada ABC, leo con estupor un comentario de
Javier Reverte que aprovecha la “hazaña” de Bin Laden para echar un
cubo de basura contra el cristianismo. Estas son algunas de sus
afirmaciones: “La democracia que
hoy disfrutamos algunos países de la Tierra, todos ellos de carácter
cristiano, nació de la lucha civil contra el poder de la Iglesia, en sus orígenes
aliada de los reyes y de los más pudientes. Quizás, desaparecido Bin Laden,
sea esta la ocasión para que el mundo
islámico alumbre su primera democracia en contra de su propia iglesia y de
su propio clero. Debemos ayudarles a conseguirlo para bien de la historia
humana”.
No se puede tildar al clero de cualquier iglesia o credo como enemigo
de la sociedad. Eso es una afirmación tremendamente injusta. No hay que
confundir a la Iglesia con otras creencias religiosas. Ni podemos catalogar
a todo el mundo de fanáticos peligrosos. Cada uno que cargue con su propia
culpa. Tampoco en el Islam son todos iguales. Antes de que existiera la
democracia política había democracia en el Pueblo de Dios. No tenemos que
aprender la democracia los católicos en las escuelas laicas. Desde el Papa,
hasta la última superiora de cualquier comunidad de monjas se han votado
democráticamente para ser elegidos. Y una vez elegidos se le ha reconocido
la autoridad que Dios le da. La Iglesia Católica, aunque es jerárquica,
goza en su seno de una gran libertad para vivir
los carismas que el Espíritu
Santo da a cada uno. Naturalmente que acatando y respetando el primer
carisma que es la Jerarquía,
que salvaguarda la unidad en la Verdad.
Es injusto decir que la Iglesia siempre ha estado junto a los
poderosos. Habrá habido sus fallos históricos debido a nuestra condición
humana, y de los cuales reiteradamente el Papa
ha pedido perdón, y todos los días lo hacemos en Misa entonando el “mea
culpa”. Pero históricamente ¿Quién ha estado siempre junto al pobre, el
enfermo, el abandonado, el despreciado, el indigente…? ¿Quién fue, si no
la Iglesia, la que abrió asilos y hospitales, y orfanatos, y casas cuna, y
Cáritas, y tantas instituciones a favor del pobre. Ordenes enteras, y
congregaciones, nacieron para servir a los necesitados.
Y hoy, un ejército numerosísimo de “voluntarios cristianos” están
por esos pueblos perdidos del tercer mundo dando la vida por los excluidos
del banquete de los poderosos, entre los que incluyo a muchos políticos e
intelectuales que se pasan la vida hablando de democracia.
En contrapunto a este tipo de escritores sin fe, que tratan de servir
al ateísmo “saramagoniano”, es un gozo leer algunas de muchas cosas que
dice en un artículo sin desperdicio del periodista italiano Vittorio
Messori. En esta página de Mercabá se ofrece todo entero, yo aquí recojo
alguno de sus párrafos:
Las
religiones no son iguales.
Palabras fuertes, pero que pueden tener una cierta justificación, reconozcámoslo.
Naturalmente, pero siempre que se precise en seguida que las «religiones»
no son todas iguales, y que hay cierta diferencia entre la liturgia del degüello
en masa de jóvenes sobre los altares-pirámides de los Aztecas y la
liturgia eucarística de un altar católico; entre Ben Laden y el Papa Juan.
Esto admitido, será oportuno un enfrentamiento, más que sobre
disquisiciones teóricas, sobre las lecciones de la historia: ¿qué es lo
que pasó cuando se trató de extirpar la «religión» de la sociedad y del
corazón de los hombres? ¿Se desplegó entonces el reino de la paz, de la
humildad, de la fraternidad, de la convivencia justa y armoniosa? La verdad
es que los hechos muestran que, en las dos principales ocasiones en las que,
por limitarnos a Europa, se ha tratado de imponer la perspectiva atea que
todavía alguno hoy propone como panacea, sucedió exactamente lo contrario.
Pasaron más de 14 siglos desde Constantino antes de que un Estado entero el
más rico y prestigioso entonces de todo Occidente se propusiera como
objetivo la desaparición misma de la fe en Jesús como Cristo, como Mesías.
Como ha demostrado Jean Dumont, el gran historiador recientemente
desaparecido, en ese libro implacable que es «Les prodiges du sacrilège»,
la campaña de descristianización conducida con el Terror de la Revolución
Francesa no fue un episodio más entre otros muchos, sino la revelación de
su intención profunda y primaria. Precisamente, la de dar el finiquito
sobre todo al catolicismo, pero también a cualquier religión «revelada»
(junto al culto católico se prohibieron, bajo pena de muerte, también el
protestante y el judío) para pasar a un culto totalmente humano, en nombre
de la Razón… Se desilusionaría quien quisiera justificar ese frenesí
sangriento, atribuyéndolo a una comprensible cólera popular reprimida por
mucho tiempo. Entre aquellas 40.000 víctimas, nada menos que el 84 por
ciento pertenecía al Tercer Estado: pequeños burgueses, obreros, y
campesinos.
Otro historiador, Reynald Sécher ha hecho las trágicas cuentas de la
Vandea, surgida en nombre de la fe de sus padres: sobre un territorio de
nada más que 10.000 kilómetros cuadrados, 120.000 masacrados (el 35 por
ciento de la población), 30.000 casas de 50.000, derruidas sistemáticamente,
las fuentes envenenadas y toda la vegetación arrancada para quitar a los
supervivientes toda posibilidad de recuperación. Y también en este caso,
no nos conformemos apelando a los horrores desgraciadamente habituales en
toda guerra: la orden explícita de los jacobinos de París (ateos, ni
siquiera deístas como algunos pretenden) no era sólo vencer en batalla,
sino proceder, en frío, al genocidio, masacrando en primer lugar a las
mujeres fértiles, para que no engendraran «más malditos creyentes en las
supersticiones religiosas». Con la piel de aquellas mujeres, muy suave, se
confeccionaron guantes para los oficiales, mientras que la de los hombres se
destinó a fabricar botas. Los cadáveres desollados fueron hervidos para
obtener grasa para las armas y jabón para el ejército. Y en ausencia de cámaras
de gas, todas las noches, durante meses, se procedió sistemáticamente a
las noyades: los sacerdotes, con sus parroquianos sobrevivientes, eran
encerrados en grandes cajones y hundidos en medio del Loira.
Pero, en el fondo, un fruto todavía más venenoso de aquel primer intento
(europeo, pero si lo pensamos bien, mundial) de arrancar toda trascendencia,
fue lo que sintetizó el teólogo protestante Karl Barth con su famosa
constatación: «cuando el Cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos».
Uno de aquellos ídolos, el nacionalismo desconocido en la tradición
cristiana devastará todo el diecinueve y terminará explotando con toda su
virulencia en la llamada, por antonomasia, la Gran Guerra, que no fue más
que el prólogo de la otra. Entre los ídolos ideológicos desencadenados en
el vacío religioso, despuntará ese marxismo que, llegado en 1917 al poder,
retoma, amplía, y en la medida de lo posible, radicaliza la obra atea del
jacobinismo a la francesa. Nunca en la historia se ha visto un intento tan
sanguinario y sistemático por transferir las huellas anacrónicas de toda
«religión» a las salas del Museo del Ateismo de Leningrado. Desde 1989,
los resultados están ante los ojos de todos, y se corre el riesgo de lo
banal y de lo ya sabido cuando se recuerda una vez más el desastroso
balance. Como se ha señalado, el intento de proclamar la muerte de Dios
provocó en el Este la muerte del hombre: y no sólo la muerte física del
alucinante montón de 100 millones de víctimas. Sino también la muerte
moral, al quitar a las masas el gusto del trabajo, el sentido de la
dignidad, el respeto por la ética, la tensión hacia el futuro, la práctica
de la solidaridad. Por citar sólo un caso: la Albania «democrática» fue
el primer y único ejemplo en la historia de un Estado que proclamase la
inexistencia de Dios desde la Constitución. A nuestro, quizá retórico,
pero desde luego inocuo «Italia es una república fundada sobre el trabajo»,
correspondía su primer artículo: «Albania es una república popular
fundada sobre el ateismo». Los carromatos oxidados que atraviesan el
estrecho de Otranto nos dicen con elocuencia a lo que han llevado esos «fundamentos».
Lo repetimos, hay religión y religión. No toda concepción de lo divino es
siempre y de cualquier manera aceptable. Hay una religiosidad inquietante,
hay fes oscuras. No nos contamos, desde luego, entre los ecumenistas del
abrazo fácil, aquéllos para los que cualquier escritura sagrada o
cualquier Dios valen lo que otro. Es más, respondemos sólo por la nuestra,
hablamos de «religión». Al menos de ésta, la Historia habla claro: los
intentos de erradicarla iniciados en 1789 en París y en 1917 en San
Petersburgo han llevado a lo contrario de cuanto en este momento cree, o
finge que cree, cierto apóstol del ateismo como solución a los males del
hombre...”
Antes
de hablar a la ligera y soltar bocanadas de odio y mentira contra la dimensión
sobrenatural del hombre, y su intento de vivir la relación con Dios con la
libertad que “democráticamente” le corresponde, hay que leer mejor la
historia y conocer mejor el cristianismo. Seamos serios, ¡por favor!
Juan García Inza
juangainza@hotmail.com
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