|
MI
SEMANA SANTA
Hola
amigo, de nuevo me pongo en contacto contigo. Ya ves que me gusta
comunicarme, Mira, habrás observado que durante mi vida terrena yo
no escribí nada públicamente. En la escuela a donde fui en mi
pueblo naturalmente que aprendía a leer y escribir. Y llené
bastantes pergaminos sobre textos sagrados. Pero nada de eso se
guardó. Durante mi vida pública preferí hablar, hablar mucho,
porque ya sabes que soy el Verbo, la Palabra del Padre. Y ya se
encargaron mis discípulos de poner por escrito parte de lo que dije
e hice, y ahí lo tienes en las Sagradas Escrituras. Hubo una vez,
cuando querían apedrear a una pobre mujer que había pecado de
adulterio, ante el griterío de las gentes y las preguntas
capciosas, me agaché y escribí unas palabras en la arena. Más
bien fue un signo, un mensaje de amor, pero pronto se borraron con
las pisadas de los que se iban marchando. Al menos parece que se
quedaron grabadas en sus corazones, pues nadie le hizo nada a esa
pobre mujer. Somos muy duros a la hora de juzgar, y nos cuesta
perdonar.
Quisiera hablarte hoy de MI SEMANA SANTA. Sí, esta semana
podemos considerarla como más mía que otras, ya que voy a celebrar
con mis amigos acontecimientos muy importantes de mi vida y de todos
los que me siguen. En estos días en casi todos los pueblos me sacan
a la calle en una inmensa variedad de imágenes. Voy a ocupar, a
pesar mío, el centro de muchas miradas, voy a ser el protagonista.
Exactamente igual que ocurrió en aquella semana de mi Pasión y
Muerte. También fui el centro de muchas miradas. Algunos
compartieron conmigo ciertos acontecimientos, no todos. Otros
callaban y admiraban. Unos cuantos maquinaban la manera de
eliminarme. La masa, desconcertada se dejó llevar por los de
siempre. Realmente fue una semana de gozos y de dolores profundos.
Entré alegre en Jerusalén, la ciudad sagrada, y me acompañaba un
gran gentío con palmas y olivos. Celebré la Última Cena con mis
Apóstoles en un ambiente íntimo, profundo, tenso… Hablé mucho
de amor, de fraternidad, de unidad. Allí hice mi mayor locura de
amor, como fue el milagro de la Eucaristía y di el poder de
Consagrar a los sacerdotes para estar siempre con vosotros. Allí
quise dar una práctica lección de humildad y servicio lavando los
pies a mis amigos. Allí insistí hasta la saciedad que el
mandamiento principal del cristiano, del hijo de Dios es el amor…
Y allí experimenté el profundísimo dolor de la traición de uno
de los míos. Así son
las cosas humanas. Y así es el respeto
que Mi Padre y Yo tenemos a la libertad de los hombres.
Vino aquella dramática oración del Huerto de los Olivos…
Y todo lo que tú ya sabes. Ya te puedes imaginar el dolor moral y físico
para un Corazón que sólo quería amar al hombre y salvarlo del
pecado. Y el hombre, los hombres, no aceptaban los planes de Dios.
En esta Semana Santa vamos a recordar otra vez todos aquellos
acontecimientos, pero me gustaría que los recordaras con gratitud a
la Voluntad del Padre. No se trata de que me exhiban en cruces y
escenas desgarradoras para fomentar el sentimentalismo. Me gustaría
que esta Semana Santa sirviera para que muchos comprendan la
importancia del pecado, el daño que este hace al mismo hombre, y lo
que supone de ofensa al plan de Dios. Fue precisamente el pecado lo
que ocasionó todo lo que estos días vamos a recordar y celebrar.
Pero, yo te diría más, me gustaría que esta semana santa sirviera
para que comprendieras tú, y todos, lo grande que es la
misericordia divina. Lo mucho que queremos al hombre, nuestra
imagen. Sí, grábatelo bien en tu corazón, todo lo que Yo hice,
eso que se va a recordar tantas veces en las calles estos días, fue
por ti, y por todos. Por los que me conocen y me traicionan, y por
los que no tienen las más remota idea de quien soy yo. No me
importa. Los amo a todos. Os quiero a todos. No me gustaría servir
de espectáculo para que estos días se diviertan, o se luzcan, los
que no piensan como yo, los que no se acuerdan nunca de mí.
Yo te escribo a ti para suplicarte una cosa: si quieres de
verdad darme una alegría, ayúdame a llevar la cruz pesadísima de
los muchísimos pecados y aberraciones que hoy se cometen
impunemente, y que están destrozando al ser humano. Me duele, pero
vamos a ganarnos el corazón de los que pasan de largo, de los que
miran indiferentes, de los que se divierten, de los que se ríen, de
los que negocian… Y quiero consolar y agradecer los buenos
sentimientos de aquellos que saben valorar que el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo hacen por servirles y ayudarles a ser mejor. Me
gustaría que esta Semana fuera de verdad Santa. Ven a mi lado y
vamos a recorrer juntos el camino del Calvario. Después nos veremos
en la Resurrección para gozar juntos. Un abrazo. No me abandones.
Tu amigo JESUS
Por la trascripción
Juan García Inza
juangainza@hotmail.com
|