LA VERDAD
NOS HARÁ
LIBRES

 

 

MAR  ADENTRO

         Cuando el Papa publicó  la ya famosa carta NOVO MILLENIO INEUNTE, para orientar la actividad pastoral en el nuevo milenio que acaba de empezar, pensé inmediatamente que aquel escrito era la gran profecía para los nuevos tiempos. Me la leí de un tirón y la comenté en todos los grupos en que yo tenía que intervenir. Al poco tiempo, casi inmediatamente, empezaron a surgir elogios y entusiasmos llenos de esperanza sobre el contenido de la misma. En las programaciones pastorales esta carta es ya referencia obligada. Realmente no se puede pensar en una  evangelización de los tiempos nuevos si no es teniendo como base y guía lo que Juan Pablo II ofrece como pilares incontestables e imprescindibles para una regeneración seria de la fe cristiana.

         Sin duda ninguna que el Espíritu Santo estaba  muy presente, iluminando la mente y guiando la mano del Papa cuando se puso a escribirnos este precioso documento. He tenido ocasión de escuchar comentarios muy acertados sobre lo que el Espíritu dice a las Iglesias por boca de este personaje providencial, líder espiritual indiscutible para los hombres de buena voluntad, como es Juan Pablo II.

         En estos días pasados tuve la oportunidad de participar en la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática en Madrid. El tema de las enseñanzas, oraciones y celebraciones era esta carta del Papa. No podía ser menos. Dos líderes mundiales de este movimiento eclesial, Mons. Azcona, obispo de Brasil, y Salvatore Martínez, responsable de la Renovación en Italia, expusieron y urgieron, con fuerza y entusiasmo, las ideas “madres” de la Carta que comentamos. No hay verdadero cristianismo sin oración, sin Eucaristía, sin Gracia de Dios, sin arrepentimiento sincero de nuestros pecados, sin hambre de llevar la Palabra a todos los rincones del mundo, sin preocupación sincera por las almas. La acción nada vale sin la oración, porque el cristianismo no es un servicio social, no es una liberación material, no busca exclusivamente el bienestar temporal del hombre. El cristianismo pretende la salvación del hombre íntegro: cuerpo y espíritu. La felicidad y la paz que ofrece el Evangelio no se encuentran en el mercado, en las rebajas, en las ofertas del comercio. Ya dijo Cristo que la paz que él nos daba no es la paz que ofrece el mundo. Las Bienaventuranzas no son equiparables a cualquier felicidad barata y pasajera.

         Mons. Azcona, agustino y obispo en el Amazonas del Brasil contó su conversión cuando ya llevaba años de sacerdote.  Después de un encuentro de oración oyó una voz interior que le decía constantemente: José Luis, tú no me amas.- ¿No te amo Señor?, respondía él. -Llevo años explicando teología, y preocupándome de los pobres. Y seguía oyendo la voz: Pero tú no me amas, José Luis.  Y el entonces religioso agustino recoleto consultó a un padre dominico. Y, efectivamente, todo en él era acción, pero que no brotaba del corazón. Y nos dijo fuertemente emocionado a los 6.000 asambleístas que le escuchábamos en profundo silencio: Yo tenía dos caminos: o el marxismo o la neurosis. Pero encontré el auténtico camino que es Cristo, al que pensaba que servía, pero sin amarle de verdad. Y recordé las palabras de San Agustín en sus Confesiones: “Tarde te amé, tarde te amé...”. Y me encontré con el Señor. Sentí que en segundos Jesús llenaba 41 años de fariseo, de legalista; los llenaba con su amor y aquello era nuevo para mí... Sentí una alegría como nuca la había sentido y las lágrimas salían fáciles de mis ojos. Yo me sentí totalmente desbordado”.

         Y en aquella Asamblea multitudinaria era impresionante el entusiasmo por adorar a Cristo en la Eucaristía, por recibir el perdón de los pecados (más de dos horas estuvimos confesando unos cien sacerdotes), por hacer oración, por vivir la alegría de la fraternidad. Y constantemente se recordaba aquellas palabras de Cristo que el Papa repite en su carta: GUIAR MAR ADENTRO. No nos podemos quedar en la orilla lamentando nuestra falta de pesca. Hay que echar las redes en el nombre del Señor.

         La mies es abundante, los trabajadores pocos. Ciento de personas el domingo pasado en Madrid se ofrecieron para ser evangelizadores allí donde Dios los llame. Y en todos se notaba la alegría de una esperanza renovada. El mundo, los hombres necesitan saber que Dios los ama, y tenemos que decírselo. Muchos no lo saben. Hay que hacer oración, llenarse de Dios, y después compartirlo con los demás. Es urgente la tarea, porque muchos están gastando la vida sin saborear el amor de Dios, y sería una pena que fuese por culpa de los que nos quedamos con Dios para disfrutarlo sólo nosotros, y no lo compartimos.

         El Espíritu Santo está llamando a muchos corazones, al tuyo también. ¿Qué te parece si le abrimos la puerta de par en par? Me gustaría saber tu opinión.       

                                                  Juan García Inza

juangainza@hotmail.com

 

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