LA VERDAD
NOS HARÁ
LIBRES

 

DESDE LA CASA DE LOS NOMOS

LOS HÉROES ANÓNIMOS

 

         En las páginas de los periódicos, en la pantalla de la televisión, en el altavoz del transistor, siempre están los mismos. Siempre las mismas caras. Casi siempre los mismos hechos y acontecimientos. Los políticos, los famosos, los violentos, los comentaristas y tertulianos... Los sucesos, si son espectaculares o escandalosos tienen el honor de ocupar la primera plana a todo color... Parece que la vida del mundo es de unos pocos, que no siempre son los más honestos por lo que se ve.

         Llevamos un mes ya con el tema gravísimo del terrorismo  sufrido por los Estados Unidos, y hablando de los talibanes, y de la guerra que ya está en marcha, y de los escándalos financieros, y de los fraudes... Y los políticos, que se llevan la mayor parte de la tarta de los medios, luchando unos contra otros. Los articulistas de la prensa, o los locutores radiofónicos y entrevistados, tienen el inmenso privilegio de decir lo que quieren, meterse con quien les parece bien, hasta con Dios y todo los sagrado, y encima cobran una buena pasta. Los demás no tienen más derecho que leer, escuchar, opinar privadamente, o escribir una carta al director que a veces te la publican haciéndote un favor. Con todo esto lo que quiero afirmar y denunciar es que la vida de cada día en el mundo esté en las manos de unos pocos, como ocurre con la economía, y con la cultura, y con tantas cosas.

         Por eso me ha gustado leer en un suplemento dominical de un periódico un artículo firmado por Manuel Díez Prieto, y titulado: HÉROES, MÁS ALLÁ DEL DEBER, y lo dedica a los bomberos, que fueron víctimas casi anónimas del atentado contra las Torres Gemelas porque fueron a socorrer a los que allí estaban atrapados por el fuego y la catástrofe. Suelo decir que de los bomberos sólo nos acordamos cuando hay fuego, pero que allí están todos los días en pié de servicio instantáneo. Paso todos los días por la puerta de uno de los parques de bomberos de la ciudad donde vivo. De vez en cuando oigo el sonar de las sirenas de sus coches rojos en busca de alguien a quien socorrer. Y pienso en ellos, y en los cientos que murieron al caerles encima las torres famosas. Y en tantos servidores de la humanidad que en el silencio de un hospital, o patrullando por las calles  en horas difíciles, o recogiendo las basuras que dejamos a montones en los contenedores de cualquier calle, o tratando de que nos funcione la vida de día y de noche... En fin, pienso en todos los héroes del cumplimiento del deber que arriesgan su vida, o simplemente la invierten en servicios no siempre bien comprendidos, o pagados, y en muchos casos despreciados si no tienen que ver directamente con nuestra seguridad física, o nuestros intereses materiales. 

¿Quién se acuerda de un monje o monja de clausura que, desde el silencio de un monasterio, está ofreciendo su vida para orar por todos? ¿Qué me dicen de los sacerdotes que tienen que atender muchas parroquias diseminadas por montes o campos desérticos, pero con almas que necesitan ayuda? ¿Y esos miles de misioneros y catequistas, voluntarios de la evangelización, que sacrifican una vida o una tarde, o más, por ayudar a unos niños a conocer mejor a Dios? ¡Cuanta gente haciéndonos la vida más amable y no nos enteramos!

         Se lo comento a uno de mis amigos nomos que me acompañan. Se llama Fati. Y esto me dice con calma:

-         Amigo Juan, no le des más vueltas. La gente va a lo suyo. Piensan que como pagan impuestos tienen derecho a todo. Tienen derecho hasta que alguien muera por ti, y no por eso debo agradecerle nada. Está ya pagado el servicio. Que el barrendero recoja los papeles que me dan la gana tirar al suelo, que para eso cobra. Que compren nuevo mobiliario urbano que tengo el capricho de quemar, que para eso pago. Que limpie la escalera marraneada la limpiadora, que para eso se le paga. No importa que muera un policía, que para eso cobra. Y lo mismo un soldado, y un minero, y un albañil, y un pocero... Sí, Juan, parece que nos importamos poco los unos a los otros...

-         ¿Y, por qué?

-         Pues por lo de siempre: no terminamos de aceptar que el hombre, aunque sea como yo de bajito, tiene una dignidad, unos derechos, unas necesidades, un corazón, una familia, un alma, una vida que es el don más grande que Dios nos ha dado.

-         Lo entiendo. Pero ¿qué me dices de una pintada que hay frente a mi casa, y que pregunta descarnadamente si es que la vida es un derecho?

-         ¿Qué quieres que te diga? Te lo diré a lo bruto: es un rebuzno de cualquiera que no se siente feliz, ni le importa que nadie lo sea. Si a él no le hubieran respetado su derecho a vivir no habría tenido oportunidad de escribir esa barbaridad.

-         Tienes toda la razón. Hoy, si te parece, brindamos por los héroes que muchas veces van más allá del deber, aunque nadie se lo agradezca.

-         Me parece. Y brindamos hoy todos los nomos que, aunque pequeños de estatura, no queremos ser enanos en gratitud. 

 Juan García Inza

juangainza@hotmail.com

 

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