LA VERDAD
NOS HARÁ
LIBRES

 

DESDE LA CASA DE LOS NOMOS

 

La Navidad ya está en la calle

 

         Sí, ya hace muchos días que la navidad está en la calle. En mi ciudad hay luces de colores por todas partes. Los escaparates son una auténtica concesión a la ilusión y un recreo para la vista. Proliferan los abetos, los adornos de colores, los buenos deseos. Es como una explosión de fantasía que parece llevarnos a un mundo mágico, a las páginas de cualquier cuento de hadas. Con tanta luz y tanto deseo de paz da la impresión de que la tierra se ha parado de momento y todo ha cambiado. La gente se reúne a comer antes de que lleguen las vacaciones, se anticipan ya las compras, se hacen planes, se espera el gordo de la lotería reviviendo en muchísimas ocasiones el famoso cuento de la lechera.  El Niño Jesús se pone en más de un lugar como adorno tierno, y como excusa para hacer presente la fiesta que celebramos. Y gastamos sin parar creyendo que no hay Navidad si no hay cosas que llenen y nos llenen.

         Pero desde esta mi casa de los gnomos observo a mis amigos enanitos y les veo un poco tristones. Es verdad que todo ese mundo de fantasía es algo suyo también, porque de ahí proceden. Pero la Navidad no podemos convertirla en una pura ilusión, en una esperanza ficticia; es pura fiesta pagana que sigue ofreciendo ocio y diversión con mas luces de colores, con mas consumo incontrolado, con hambre de placer a veces hasta grosero.

         La Navidad no es un árbol, una pastilla de turrón, una comida suculenta, una simple fiesta familiar, y menos una charanga callejera. A la Navidad le hemos robado el alma. Ya no es Cristo el centro del acontecimiento. Su nacimiento pasa para muchos desapercibido. Si acaso el Belén se convierte en una llamada a la ternura y al recuerdo de algo que fue, pero que no es ya. Y lo cristianos no podemos permitir que nos roben la fiesta, que le cierren la puerta al Señor que quiere nacer en el hombre, en cada hombre. Hoy es posible que se repita en muchísimos casos la misma escena de la posada de Belén. Estaba repleta de gente, y no había lugar para Jesús. La Navidad, nuestra casa, nuestro corazón esta a tope de cachivaches y ya no cabe el Niño. ¿Dónde lo vamos a poner? Y hablo del niño de barro cocido y pintado por manos de artesano que tan guapo lo hacen en esta tierra murciana. Del Jesucristo de verdad, no digamos. El Señor, el autentico, el que viene salvando y ofertando la autentica paz, lo dejamos en la puerta cubierto con unos cartones, junto a unas tablas ardiendo, y tiritando del helor que le produce nuestra frialdad. Navidad puede que ya no sea Navidad para muchos. Y eso no lo podemos consentir. No celebramos la fiesta pagana del sol, de la noche en que empieza a crecer el día, del paso a un invierno que pronto será primavera. Lo que celebramos es el Nacimiento de Cristo, el autentico nacimiento que ocurre cada vez que se celebra la Eucaristía, cada vez que nace un niño, cada vez que se ayuda a un necesitado, o se acoge a un marginado, o se abren la puertas del alma a un incrédulo que ha descubierto un poco de luz en su vida. Vamos a intentar que no sea la Navidad una fiesta gastronomica y que recupere su carácter cristiano. Para eso hace falta cuidar las cosas sencillas, las cosas pequeñas, porque el Hijo de Dios se hizo niño, y nació en una escandalosa sencillez y pobreza. Bien venido sean las luces, y los abetos, y los turrones, y lo que sea, pero que sepamos lo que estamos celebrando. ¿No te parece? 

He leído en nuestra pagina hermana ENCUENTRA.COM un comentario al valor de las cosas sencillas. Me ha gustado. Y con el permiso del autor te lo ofrezco para que lo disfrutes:

 

EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS.

Aprende a escuchar el valor de las pequeñas cosas, de los acontecimientos.

Verás que todo habla, todo se comunica contigo.

Con cada falta de delicadeza, hiero un poco a aquellos que me aman.

Con cada desatención, no soy ni educado ni cristiano.

Con cada mirada de desprecio, alguien resulta golpeado.

Con cada gesto de impaciencia, doy una bofetada invisible a los que viven a mi lado.

Con cada perdón que niego, va un pedazo de mi egoísmo.

Con cada resentimiento que esbozo, revelo algo de mi amor propio herido.

Con cada palabra áspera que digo, pierdo algunos puntos para el cielo.

Con cada omisión que practico, rasgo una hoja del evangelio.

Con cada limosna que niego, alejo más triste a un pobre.

Con cada juicio malicioso, aflora mi lado mezquino.

Con cada oración que no hago, pierdo un mundo de gracia.

Con cada burla que hago, peco contra el silencio.

Con cada llanto que enjuago, hago más feliz a mi hermano.

Con cada acto de fe, canto un himno a la vida.

Con cada sonrisa que desparramo, planto una esperanza.

Con cada espina que clavo, lastimo el corazón de un semejante.

Con cada espina que arranco, alguien besará mi mano.

¡Con cada rosa que ofrezco, los Ángeles dicen AMEN!

Silvina Donoso                        

 Y yo añadiría que con cada acto de amor sencillo y cada puerta que abrimos hacemos posible que la Navidad sea realmente Navidad. Sigue preparándola con ilusión.

 Juan García Inza

juangainza@hotmail.com

 

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