SEGUIMOS
HABLANDO DE
LA
HOMOSEXUALIDAD
(2)
Dedicamos nuestro
anterior artículo al vidrioso y actualísimo tema de la homosexualidad,
a raíz de una pregunta formulada por una visitante de nuestra página.
No pretendíamos agotar el tema con las ideas que apuntamos la semana
pasada, como tampoco lo pretendemos ahora, pero cumplimos nuestra
palabra avanzando un poco más en el comentario, y tratando de dar
respuesta a las cuestiones más candentes
Decíamos en el
capítulo anterior que nuestro experto consultado, Gerar J.M. van den
Aardweg, holandés, Doctor en Psicología por la Universidad de
Ámsterdam, afirma rotundamente que la imagen de la pareja de
homosexuales felices, como espejo del matrimonio, es una mentira con
fines propagandísticos. Entre ellos no son excepción la infidelidad,
los celos, la soledad y las depresiones. Y niega rotundamente que la
homosexualidad sea una condición, un modo de vivir la vida, como nos
quieren hacer ver. La homosexualidad es una anormalidad de la naturaleza
humana, con la que se nace o se adquiere por las circunstancias que
rodean al individuo. Aquí no se trata de acusar o condenar a nadie, y
menos al que ha tenido la desgracia de nacer con una tendencia contraria
a su sexo. Respetamos profundamente a las personas, pero no podemos
desde la ética y la moral dar por buena cualquier aberración sexual
que se cometa desde la homosexualidad o desde la heterosexualidad. El
hombre tiene una dignidad de acuerdo con la cual ha de vivir, sea como
sea su naturaleza o su estado de vida. La castidad no es una virtud para
gente rara, poco motivada, o amorfa. No se trata de calificar de
trasnochado espiritualista al que quiere vivir la decencia y la limpieza
moral de su dimensión sexual en relación consigo mismo y con los
demás. Lo mismo que hay que usar rectamente cualquier resorte humano
para no degradar nuestro nivel de dignidad, en el terreno afectivo y en
el ejercicio de la sexualidad hay que obrar con los mismos principio que
exige nuestra categoría dentro de maravillosa gama de seres que pueblan
la tierra.
La semana anterior
dejamos planteadas estas cuestiones: ¿Puede un homosexual vivir la
castidad? ¿Es moralmente aceptable la legalización de las parejas de
homosexuales con posibilidad, incluso, de adoptar niños? Trataremos de
dar una respuesta lo más fiel posible a los principios generales y
específicos de una ética y una moral basada en los valores humanos y
en los principios evangélicos.
Sí, es posible vivir
la castidad desde esta situación anómala, como lo es posible en
cualquier otra situación. El homosexual necesita ayuda. En América
existen grupos de homosexuales cristianos que se ayudan mutuamente a no
practicar su homosexualidad. En este sentido hay buenas experiencias que
fomentan la esperanza. El Padre John Harvey, como nos dice la revista
PALABRA en su número 442-443, fundó la asociación Courage, buscando
vivir conforme a la doctrina de la Iglesia. Ya lleva veinte años
trabajando en este campo con muy buenos resultados. Como la
homosexualidad es un problema a la vez psíquico y moral, cualquier
ayuda espiritual supone un apoyo magnífico al esfuerzo que hay que
hacer para superar las tentaciones.
El homosexual tiene que
empezar por desear la castidad, viéndola como un ideal posible y
ventajoso. Hoy no se habla de castidad generalmente en los proyectos
educativos. Lo que se ofrece son remedios para evitar las consecuencias
no deseadas de una vida impura. Entre ellas el sida y el aborto.
Desean vivir la
castidad sobre todo los homosexuales y lesbianas con inquietudes
religiosas. Para ello lo que hacen es evitar los contactos y los lugares
que ofrecen peligro en las relaciones. Luchando contra la masturbación,
dominando la imaginación, evitando la curiosidad erótica y
pornográfica. Procurando buscar ayuda, ocupaciones sanas, y buenas
compañías.
Desde la orientación
espiritual, un sacerdote puede hacer mucho bien ayudando y estimulando a
vivir las virtudes que hacen al hombre honesto, limpio, claro, alegre,
sano... Hay que evitar la dependencia de ciertas costumbres sexuales que
se llegan a convertir como una droga para el que las practica. Hay que
acudir a Dios seriamente, y pedirle ayuda en la oración, y comprender
que hay ideales maravillosos que exigen toda una vida de esfuerzo y
entrega. Esto supone elevar la mirada y contemplar la grandeza de la
lucha por alcanzar a veces metas heroicas. Hay que oír atentamente la
conciencia, a través de la cual nos habla Dios. Acudir a la confesión
y dirección espiritual con toda naturalidad solicitando perdón,
consejo y ayuda. Hay que abrirse, y salir de la soledad interior y del
aislamiento social.
Los homosexuales lo que
realmente necesitan es aprender a amar. Hay que defenderse del egoísmo,
buscando el bien auténtico y radical del otro. Es necesaria la
sinceridad, la fortaleza, la audacia para plantearse el por qué de mi
vida, y el para qué vivo. ¡Cuantas cosas podemos hacer, superando los
complejos y las limitaciones que nos aíslan! El homosexual, hombre o
mujer, no es un ser condenado a nada, sino llamado a vivir la vida
aceptándose como es, y tratando de ser útil y feliz haciendo el bien.
En cuanto a la
conveniencia o no de la adopción de niños por parte de parejas
homosexuales, la verdadera psicología y el sentido común nos dicen que
es una verdadera aberración. Un niño necesita para su normal
formación y educación el equilibrio y la complementariedad de ambos
sexos. Un niño criado entre homosexuales terminará normalmente siendo
homosexual. No es natural esta práctica que hoy se está exigiendo a
los legisladores. La misma naturaleza nos los dice con sus leyes: un
niño nace de un padre y una madre, y debe educarse en un ambiente
heterosexual para su perfecta formación psicológica. Los homosexuales
pueden ser buenísimas personas, incluso vivir la castidad entre ellos,
pero adoptar un niño como hijo no está de acuerdo con la naturaleza.
Ese niño algún día tiene que darse cuenta que aquellos, o aquellas,
no han podido ser sus padres, y los hábitos de vida que se vive en ese
tipo de parejas no son los más adecuados para hacer de un niño o una
niña un hombre o una mujer normal. Hay que pensar con la cabeza, y
dejar que el hombre siga siendo lo que es: un ser racional que sabe, o
debe saber, lo que ha de hacer para no perder la dignidad y la
identidad.
Juan
García Inza
juangainza@hotmail.com