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GRACIAS
POR ACOGERME
He
recorrido muchos caminos entre amigos y enemigos. De un tronco de
olivo abatido por descreídos sacaron mi cruz y mi imagen. Iba
gente a rezar con gozo y fe, pero no siempre son bien vistos los
que se acercan a mí. También entre los que se consideran amigos
míos los hay incrédulos y envidiosos. Algunos dan la impresión
de tener el monopolio de Mi Verdad, la exclusiva de Mi Camino. No
les gusta que otros vengan a “distraerlos” en sus rezos, o a
que les distraigan a Su Dios que parece haber comprado para su
disfrute personal y egoísta. Me da pena hablar así, pero esto
ocurre.
Un
día alguno de estas pobres personas quebraron un olivo en donde
algunos hermanos míos iban a rezar a Mi Madre y a Mí. Me dolió
aquella cobarde actitud. Aquel grupo de orantes inocentes se
quedaron desconsolados. Y yo sufrí con ellos. Pero no los dejé
solos, quise regalarles ese olivo convertido en la Imagen de Mi
presencia. Y una mano de artista plasmó en aquel madero quebrado
la Imagen de mi cuerpo roto por la pasión y el dolor de la cruz.
Les volvió a todos la alegría perdida, y me llamaron EL CRISTO
DEL OLIVO. No había lugar sagrado para Mí, y me fueron llevando
de casa en casa. Esas eran mis iglesias domésticas.
Un
día pensaron en hacer una nueva Parroquia en un lugar concurrido
donde Yo no tenía lugar para vivir todavía. Me sentí contento
porque mi ilusión es estar entre los hombres mis hermanos, entre
las familias, entre los niños, los ancianos, y todos los que
quieran hacerme un lado junto a ellos. Comenzaron por hacer una
pequeña capilla, pobre, pero bonita. No había todavía Cruz
pensada para aquel lugar, pero sí alguien plantó un viejo olivo
en la puerta. Y Yo pensé en aquel rincón para Mí. El Cristo del
Olivo, junto a un olivo, entre amigos y personas necesitadas de
Dios. Moví los corazones de los que lo podían hacer y así se
hizo. Sabía que aquel sacerdote me recibiría bien porque algo
sabía de mi historia. Y me llevaron a su casa. Estuve a gusto con
él varios días hasta que se acabara la pequeña iglesia. Por fin
me vi colocado en el centro de un pequeño presbiterio presidiendo
una sencilla comunidad de amigos. Tenía mi cuerpo sucio de tantas
manos que me han tocado con fe, y del polvo del camino. Y tras el
recorrido en procesión del primer año de fiestas parroquiales,
alguien de buen corazón y buenas manos pensó en restaurar mi
carne sucia. Tenía que ser una buena madre aquella artista para
tratar con tanto cariño un cuerpo dolorido. Me recordaba a mi
Madre María. Me llevaron a la casa de su hija, que me acogió con
todo el cariño que es capaz el corazón de
una mujer amiga. No sabía qué
hacer Conmigo.
Es verdad que le imponía respeto mi presencia. Pero Yo iba
grabando en su alma las virtudes evangélicas y velando su sueño
entrecortado.
La
madre artista me cogió entre sus delicadas manos y empezó a
limpiar mi suciedad, la que recae siempre sobre mí cuando el
hombre peca. Me fue quitando capas de mala pintura, la fea
presencia. Y poco a poco mi cuerpo fue cobrando vida. Mi carne no
parecía tanto la de un muerto, sino la del que Yo quiero ser: Un
Crucificado que vive con todos los crucificados del mundo. Dios no
es Dios de muertos, sino de vivos. Y aquella imagen recuperó la
belleza que siempre mi Padre quiso para Su Hijo. Y cuando ya
estaba perfectamente adornado mi cuerpo con la maestría de la
buena madre artista, le quise dar las gracias delicadamente,
cuando estaba sola, y tocándola suavemente en el hombro le dije:
“¡ADELANTE con tu arte y con tu
amor!, porque tienes que seguir haciendo el bien”. Y vinieron
mis amigos a celebrar mi nueva presencia. Y los veía
pasar un rato agradable cerca de Mí. Y al día siguiente,
delicadamente, con mucha ternura, me envolvieron en un paño
blanco y me llevaron a Mi casa. Y allí me colocaron para seguir
conviviendo con todos los que llegan a decirme algo.
Quiero
darte las gracias a ti, joven amiga, que me tuviste como huésped
por varios días en tu casa y me trataste como un amigo vivo que
soy. Y quiero agradecer a tu madre el amor que derrochó para
darle vida a mi cuerpo muerto. Y a todos los que de verdad me queréis.
Soy el CRISTO DEL
OLIVO, que de un tronco tronchado salí, y aquí estoy para seguir
sirviendo a todos los que me necesitan. Venid a Mí todos los que
estáis cansados, que yo os aliviaré. Dile a los demás de Mi
parte: GRACIAS POR VUESTRO AMOR DE HERMANO, SIEMPRE ESTARE CON
VOSOTROS, Y SIEMPRE CUENTO CON TODOS, PORQUE OS QUIERO DE VERDAD.
Un
abrazo de tu Amigo
Jesús
Por
la trascripción
Juan García Inza
juangainza@hotmail.com