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LA
VERDAD NOS HARÁ LIBRES |
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LA
ESPERANZA NO ES UNA PALABRA Acabamos
de estrenar año, siglo y milenio. Todo un acontecimiento social celebrado
en su momento por todo lo alto. Muchos miles de millones ha costado
arrancar la última hoja del calendario acompañado del mágico sonido de
las celebres doce campanadas. Y todo el mundo se deseó paz, felicidad,
salud, dinero, prosperidad, y tantas cosas que nuestro insaciable apetito
de bienestar no se cansa de disfrutar. Son muchos los que viven de
ilusiones. Se clausuró también el AÑO JUBILAR DE LA ENCARNACIÓN. Espléndidas celebraciones en Roma y en todo el mundo han puesto punto y final a un histórico acontecimiento que tanto bien a hecho a millones de personas. Hemos gozado de religiosidad a todos los niveles, y de generosas indulgencias que falta nos hacían. Y muchos se preguntaban: ¿Y qué haremos ahora? Y Juan Pablo II, el Papa del olímpico más allá, más alto, más lejos..., antes de cerrar definitivamente la puerta santa firma una carta para todos, en el mismo altar de la celebración, bajo el título NOVO MILLENNIO INEUNTE: "Al comienzo del nuevo milenio". Y en ella nos dice: "¡Duc in altum!", "¡Rema mar adentro!", como dijo Jesús a sus discípulos que estaban cansados a la orilla del Mar de Galilea. Ahora mismo, cuando tenemos las barcas varadas y las fuerzas mermadas, tenemos que sacar ánimos de nuestra fe y adentrarnos ilusionados en el Mar de la ESPERANZA. Dice
Juan Pablo II: "En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para
dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera..." (n.
15). Pero, como nos sigue diciendo el Papa, "hay que buscar el ser antes que hacer". Y seguir trabajando
desde nuestro SER CRISTIANO.
Todo ello no es fácil si nos dejamos influir por la frialdad del
ambiente. Pero, como nos dice también Juan Pablo II, la certeza de que
Cristo está siempre con nosotros nos da fuerza para seguir en el camino.
Esta misma certeza ha acompañado a la Iglesia desde hace dos mil años
por senderos siempre difíciles, y a veces sangrientos. Pero ahí están
los santos y los mártires dándonos testimonio de fidelidad a una vocación
de amor divino.
No hay formulas mágicas para solucionar los problemas. Los desafíos
son serios. Pero sí hay una Persona que nos infunde certeza y esperanza,
y nos dice continuamente: "Hombres
de poca fe, ¿por qué dudáis? ¿No estoy yo con vosotros?". La esperanza no es una palabra, es una virtud, una gracia que Dios infunde en el alma. Y con esperanza caminamos. Los hombres de hoy, todos los que sufren cualquier dolor, necesitan esperanza. Y nosotros estamos obligados a ofrecérsela a manos llenas. Son muchos los que se debaten en la incertidumbre y la miseria, en la enfermedad y el abandono, en la ancianidad y el desprecio, en la búsqueda del pan de cada día. Pienso
en estos momentos en tantos miles de hermanos del continente africano e
hispano- americano que emigran a lejanos lugares buscando sencillamente la
vida para ellos y los suyos. Lo invierten todo en esperanza. Y la
esperanza debe tener respuesta en un mundo que está sobrado de
aburrimiento, porque no sabe qué hacer con lo que tiene. Esta nueva etapa histórica que estamos comenzando no debe ser más de lo mismo. Nuestra conciencia debe abrirse a la justicia, a la caridad, a la fraternidad, porque debemos convencernos de una vez por todas que el mundo no es de unos pocos, sino de todos. La vida es sagrada, y hay que defender su dignidad. Si guiamos mar adentro, echaremos las redes y habrá pesca para todos. La esperanza se habrá hecho realidad. Juan García Inza
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