LA VERDAD
NOS HARÁ
LIBRES

 

DESDE LA CASA DE LOS NOMOS

El valor de las estrellas

 

         Una estrella dice el Evangelio que guió a los magos hasta Belén. Y sobre todo les guió la obediencia y la fidelidad a la llamada. Las estrellas siempre son puntos de luz que hablan de vida. Lucen allá en lo alto, en la noches despejadas y cuando todo es oscuridad a nuestro alrededor. Son como esos agujeros luminosos a través de los cuales se filtra el infinito. Me gusta contemplar tranquilamente las estrellas. En mis madrugadas veo estrellas que todavía da la serenidad de la noche que se marcha. Por la noche, cuando todo el mundo está embelesado en esa luz artificial que brota de la pantallas de la tele, muchos mundos lejanos nos hablan por medio de brillantes puntos que tintinean en el universo. Algunas son más grandes. Otras parecen tupidos caminos que jalonan el negro desierto. Pero las estrellas son siempre locuaces, nos hablan de cosas maravillosas, pero hay que mirarlas de hito en hito y aprender su lenguaje.

  Recojo aquí unas bellas palabras de un monje trapense dedicadas a las estrellas: “A través de la ventana abierta de la cocina, oí a mi madre en voz baja, mientras recogía los platos: “Te quiero. Te quiero”. Mi padre acababa de morir. Yo estaba fuera, de pie, mirando las estrellas. He leído una teoría que dice que venimos de las estrellas. Hace mucho tiempo, la energía liberada en colosales explosiones de estrellas evolucionó hasta dar origen a la vida. Así, la materia de las estrellas pasó a ser la materia prima de nuestro luto y nuestro llanto. Las estrellas estaban muy lejos aquella noche. Pero, oyendo llorar a mi madre, habría deseado que pudieran responderle, susurrándole en ese mismo tono de voz que le era tan querido”.

Yo te he llamado por tu nombre…Tú eres mio. Tú lo mismo.  Sí, las estrellas nos hablan de llamada, de vocación de fidelidad. Cuando pienso en los Reyes de Oriente, en los que adoraron al Niño Dios, me gusta ver la estrella que los guía, y a ellos que obedientemente se dejan guiar.  “Hemos visto una estrella en Oriente y venimos a adorarle. Es nuestra experiencia. También nosotros advertimos que, poco a poco, en el alma se encendía un nuevo resplandor: el deseo de ser plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad  de tomarnos a Dios en serio. Si cada uno de vosotros se pusiera ahora a contar en voz alta el proceso íntimo de su vocación sobrenatural, los demás juzgaríamos que todo aquello era divino. Agradezcamos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a santa María, por la que nos vienen todas las bendiciones del cielo, este don que, junto con el de la fe, es el más grande que el Señor puede conceder a una criatura: el afán bien determinado de llegar a la plenitud de la caridad, con el convencimiento de que también es necesaria –y no sólo posible- la santidad en medio de las tareas profesionales, sociales… Considerad con qué finura nos invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo te he llamado por tu nombre… Tú eres mío… Hace falta una recia vida de fe para no desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni  el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios “ (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 32).

         He querido traer aquí esta cita larga del Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. En primer lugar porque me impresionan la fuerza de sus palabras. En segundo lugar por la profunda realidad teológica que encierran. Y en tercer lugar porque el próximo día 9 de enero celebramos los 100 años de su nacimiento en su querido pueblo de Barbastro.  Pronto será canonizado. Los que le conocimos ya sabíamos que era santo. Falta la última palabra de la Iglesia para confirmar este convencimiento, y sentirnos agradecidos por Dios que da al mundo gente así, dispuesta a darlo todo y abrir caminos nuevos por donde todo el mundo pueda ir seguro al encuentro con Dios. El se dejó guiar siempre, como los Magos, por la estrella de su fe, de su vocación, de su carisma particular. Y en esta fiesta de la Epifanía yo quiero contemplar en él a esos nuevos personajes que vienen de cualquier parte del mundo buscando a Dios sinceramente. Hay una estrella para cada uno, pero hay que levantar la cabeza para descubrirla, escuchar su lenguaje, y seguirla hasta el final. Y al final de cada jornada, cuando parece que todo es una ilusión, una utopía, te tropiezas con Dios hecho hombre que te dice: Yo te he llamado por tu nombre…Tú eres mío… Gracias por haber venido.  Que los Reyes Magos, que Dios en definitiva, os regalen lo mejor. Sobre todo que no falte el regalo de la alegría que nace de la fidelidad a tu propia vocación.

         Yo sólo puedo regalarte desde esta página de Internet un buen deseo: que no pierdas nunca el rastro de tu estrella. Mis queridos nomos, que siempre duermen bajo las estrellas, os saludan a todos y os dicen: SED FELICES.

 

 Juan García Inza

juangainza@hotmail.com

 

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