DE LO DIVINO Y DE LO HUMANO
Estamos
en una democracia, todavía un poco en rodaje, y es propio de la misma
la libertad de expresión. Es un derecho el que tenemos de poder opinar,
manifestar lo que pensamos, dar nuestro criterio. Y hoy nos rodea, yo
diría que nos acosa, toda una parafernalia de medios, de tribunas, de
altavoces, de encuestas, de foros callejeros, de pantallas, de hojas
volanderas, de corrillos, de patios de vecinos, de salas de espera, de
colas, etc., en donde se habla de lo divino y lo humano. Estamos en
nuestro derecho, es verdad. Pero yo pienso que en muchísimas ocasiones
lo que se echa por la boca, o por la pluma, no se pasa por el tamiz de
la mente, del sentido común, de la información precisa, de la finura y
honradez que hace falta para hablar con justicia y con justeza. Se
emiten muchas bocanadas de opinión que, cuando son irrespetuosas contra
personas e instituciones, sueltan un tufillo de resentimiento, de
autodefensa, de amargura, de justificaciones que nadie le ha pedido. Y
cuando la opinión se convierte en un ladrido, en un exabrupto, pierde
toda categoría humana, que no merece ni siquiera la más simple
alusión.
No hace
mucho alguien me contaba que en la sala de espera de un ambulatorio dos
hombres estaban lamentándose de ciertos problemas sociales de España.
Después de su larga y apasionada conversación, uno de ellos espetó la
siguiente afirmación a pleno pulmón: -Y la culpa de todo esto la
tienen los curas.- Ahí queda eso. Es la herencia de nuestro
ancestral anticlericalismo hispano. Siempre hay alguien que cargue con
el mochuelo, y entre nosotros ya sabemos quienes son. La Iglesia ha de
aguantar lo que le echen, con razón o sin ella. Parece que todo humano
puede hablar de lo divino, pero que no se le ocurra a lo divino hablar
de lo humano, porque entonces se levantan en armas los de siempre,
negando a los demás la libertad que ellos disfrutan. Dicen que todos
somos iguales, pero como afirmaría Oswell en "La rebelión en la
granja", unos son más iguales que otros.
Hay
como una coincidencia en amplios sectores de opinión a la hora de
descalificar a la Iglesia, y muy en particular a la Jerarquía y al Papa
Juan Pablo II. Y a mí me asombra la ligereza con que se emiten
auténticas falsedades y burdas ironías. ¿Qué hay detrás? El mismo
Papa responde en su libro "Cruzando el umbral de la
esperanza": "Cuando, durante mi última visita a Polonia,
elegí como tema de las homilías el Decálogo y el mandamiento del
amor, a todos los polacos seguidores del "programa iluminista"
les pareció mal. El Papa que intenta convencer al mundo del pecado
humano, se convierte, por culpa de esa mentalidad, en una persona
desagradable", (el subrayado es de él). No hace mucho tuve la
oportunidad de estar muy cerca del Papa en el Vaticano. Puedo decir que
Juan Pablo II sigue con la misma fuerza arrolladora y entusiasta
tratando de guiar a la Iglesia y al mundo por el camino del bien. Aunque
cojee un poco, la cabeza la tiene en su sitio, que es con la que
gobierna la Iglesia. Y aunque fuera en un sillón de ruedas seguiría
siendo el Vicario de Cristo. Y no es fanatismo, es sencillamente fe y
respeto al que está dando su vida honradamente en defensa del hombre.
No hay peor ciego que el que no quiere ver.
Llevamos
una temporada que da la impresión que muchos medios de comunicación se
han puesto de acuerdo para no pasarle una a la Iglesia. Buscan
febrilmente algún escándalo clerical, alguna expresión menos
afortunada de algún obispo, la tontería de alguien que denuncia un
malentendido, la imprudencia de algún pastor de almas que se ha
levantado de mal talante y ha molestado a alguien, la oposición
furibunda cuando se recuerda la moral de siempre, el malestar que se
crea cuando en cualquier parroquia, o colegio, se intenta corregir un
defecto, una actitud, o una injusticia... En un suplemento dominical de
gran tirada en España leí el domingo pasado la crítica más
despiadada, agresiva y grosera que hacía tiempo no leía contra la
Iglesia. Es verdad que somos frágiles pero, ¡por favor! Sólo nosotros
tenemos fallos. Cada día desde el altar entonamos el "mea
culpa", ¿y los demás? No somos todos humanos y pobres pecadores.
Menos mal que ya estamos preparado para ello, pero da lastima que haya
tanto hipócrita que piense que sólo los otros, especialmente si son
curas, tienen la culpa de todo. Cada uno que cargue con su
responsabilidad, pero no echemos más cruces sobre hombros ajenos. Por
lo menos que se nos permita gozar de la presunción de inocencia. Y al
que no lo sea que lo juzgue Dios y dejemos la puerta abierta al perdón.
¿Es mucho pedir? Yo pediría desde aquí una oración por la Iglesia,
que es nuestra madre y nos necesita. Y ya sabemos que Iglesia somos
todos los bautizados. Gracias.
Juan
García Inza
juangainza@hotmail.com