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DALES
TÚ DE COMER
Hola,
amigo. De nuevo me
dirijo a ti para compartir mis inquietudes, que pienso que deben
ser las tuyas si te consideras cristiano. Hay un problema que me
preocupa mucho. Siempre me ha preocupado. Se trata del tremendo
contraste que existe entre un mundo opulento, que no le falta de
nada, que incluso se puede permitir el lujo de derrochar y tirar
lo que otros no tienen, y esa inmensa masa de hermanos míos, y
tuyos, que no tienen qué comer. Cada día han de vivir la
terrible aventura de encontrar el modo de llevarse algo sano y
nutritivo a la boca. Y no siempre es posible. Esto que te digo está
a la vista.
Y lo curioso es que de esta injusticia cometida contra gran
parte de la humanidad por unos pocos pueblos ricos, le echan la
culpa a Dios. Parece que Nosotros lo tenemos que arreglar todo con
milagros para que no sufran los que tenéis el trozo más grande
de la tarta, la mayor parte del pan. Sobra de todo en el mundo, la
Creación sigue prodigándose con increíble generosidad, pero las
manos de unos pocos egoístas lo acaparan todo y se llenan los
bolsillos para que nos les falte. No importa que a su lado alguien
se esté muriendo de hambre. Y Dios da la tierra, y la semilla, y
el agua, y el sol, y todos los recursos para alimentar a la gran
familia humana. Pero no hay manera de que los pobres “Lázaros”
se puedan sentar dignamente en la mesa del “Epulón” de turno.
Ni siquiera las migajas que sobran, lo que queda en los platos, lo
que increíblemente se le echa a los perros o se tira a la basura.
A nada de eso tienen acceso los pobres. Y te quedas tan tranquilo,
y te indignas cuando ves a los niños esqueléticos en las imágenes
de la televisión. Y miras a otra parte, echando la culpa a los
demás. Y preguntas: -¡¿Cómo Dios puede consentir eso?! .-
Algunos hasta dudan de la existencia de un Dios que permite
tales calamidades.
Y YO
¿qué quieres que te diga? Lo mismo que le dije a los apóstoles
cuando querían que la multitud se fuera a buscar comida por los
campos y los pueblos: “¡DADLES VOSOTROS DE COMER!”. Y te lo
vuelvo a repetir a ti: DALE TÚ DE COMER A ESE POBRE QUE SE CRUZA
EN TU CAMINO. A ESE QUE REBUSCA ENTRE LA BASURA UN POCO DE MISERIA
QUE LLEVARSE A LA BOCA. SÍ, TU QUE GASTAS LO QUE QUIERES EN
CAPRICHOS, QUE NO TE FALTA EL PLATO SABROSO EN TU MESA LIMPIA. Tú
que te permites el lujo de comer manjares prohibitivos para muchísima
gente. Que disfrutas de la bebida fresca, el pan blando, el
capricho para picar, la buena carne y el buen pescado. Sí, a ti
te lo digo, que tal vez te sobra peso en tu cuerpo y grasa en tu
sangre. Dale de comer a tu hermano. No te va a faltar a ti de
nada. Te sentirás feliz., porque compartir es reconfortante, es
humano, es cristiano.
Se acabaría el hambre en el mundo si todos tuvieran
trabajo y supieran, y pudieran, explotar sus riquezas naturales.
Si no existieran tantos pillos y ladrones que se llevan lo que no
es suyo. Si hubiera más honradez. Si en el reparto del mundo
entraran todos, porque el mundo es de los que en él vivís. ¡Por
favor, no echar la culpa a Dios del mal que cometéis los hombres!
Desde siempre lo hemos dicho claro, y YO
lo he repetido hasta la saciedad: AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS…
DAD DE COMER AL HAMBRIENTO, DAD DE BEBER AL SEDIENTO, VESTIR AL
DESNUDO… Ya sé
que tú solo puedes poco, pero puedes lo que a ti te corresponde.
Busca a un pobre de verdad y dale de comer. Intenta, si te es
posible, que el se pueda ganar el pan de cada día. Si cada
empresa contratara a un pobre, aunque fuese para un trabajo
humilde, el mundo andaría mejor. Ya sé
que las leyes, y los seguros, y tantas cosas lo ponen difícil,
pero abunda el dinero, sobra el dinero, se gasta mucho en lujos,
mientras que otros se vuelven locos porque no saben qué
hacer para sacar adelante a su familia, para poder subsistir. Y
claro, tienen que venir de fuera buscando el pan. Y sabes ya de
sobra lo que ocurre. Se les trata, muchas veces, como si no
tuvieran alma y corazón como los demás.
En estos momentos en que te escribo esta carta, viendo a
tantísima gente que se marcha a disfrutar merecidamente unos días
de vacaciones, a veces con lujos excesivos, yo te invito a pensar
en todos aquellos que tienen que seguir pensando bajo el sol
veraniego cómo
llevarse un poco de pan ese día, cada día, a
la boca. No alimentéis vagancias y abusos, pero no dejar a los
pobres de verdad sin un plato de comida que le dé
fuerza para seguir pidiendo mientras no encuentre un lugar donde
ganarse el pan con el sudor de su frente.
Perdona si te he amargado un poco las vacaciones. Pero no
puedo dejar de pensar en mis hermanos los pobres, y tú tampoco.
Abre
la mano y comparte al menos un poco de lo que tengas. Es posible
que hayas logrado que alguien sonría, al menos por un día. Y tú
también sonreirás, y YO
contigo.
Jesús
Por
la trascripción
Juan García Inza
juangainza@hotmail.com