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UNA CULTURA DE LA ESPERANZA (2)
EL
GRAN RETO DEL SIGLO XXI ES CONSTRUIR PERSONAS MORALES Comenzamos hablando la semana pasada de la visión de la cultura posmoderna que nos ofrece el Cardenal Poupard. En esa cultura que se va imponiendo paulatinamente, y sin descanso, cabe también la esperanza, siempre que no se olvide, o se recuperen, los valores humanos y espirituales que exige nuestra dignidad, y al mismo tiempo la sostiene.
No hace mucho concedía una entrevista en un periódico de
gran tirada, la catedrática de Ética y Filosofía Política de la
Universidad de Valencia, Adela Cortina. Esta mujer intelectual se
caracteriza por su machacona y feliz insistencia en la necesidad de un
rearme moral de los individuos y de la sociedad. Ella es optimista ante el
futuro, y en esto coincidimos más de uno. Aunque ella no parte de una
visión estrictamente cristiana de la vida, sí tiene muy bien asumida la
visión de una ética, de una moral basada en los principios inamovibles
de la ley natural.
Ella afirma que se está dando un cambio de la concepción política
del universo. Todo se está globalizando, y van perdiendo terreno los
localismos, los nacionalismos. Hay un evidente movimiento progresivo hacia
la cacareada aldea global. Cada vez el mundo se hace más chico, nos
comunicamos al instante los polos opuestos, la humanidad entera cabe en
las reducidas dimensiones de una sala de estar, en las tertulias de mesas
de camilla. Lo sabemos todo de todos, y al instante. Esto no sé si es
bueno, pues a mí en concreto me crea una cierta sensación de agobio. Ya
no puedes dar primicias. Cuando quieres contar algo lo saben ya todos los
vecinos. Las paredes se hacen de cristal. La intimidad vuela por los
cerrojos de los chismorreos de los medios, y por las páginas WWW de
Internet.
Es una realidad que la economía lleva bien cogidas las riendas de
la vida diaria. La profesora dice que no se trata de echarle a la economía
la culpa de todo, pero es un deber de los políticos el controlarla. Los
ciudadanos de a pie se sienten impotentes ante un mundo levantado sobre
fajos de billetes. Adela Cortina afirma que si los políticos se dedicaran
al bien común las cosas serían diferentes, pero parecen más interesados
por el bien particular, por el éxito de su programa, de su partido, de su
gestión. ¿Qué podemos hacer ante el poder que se atrinchera en los
nuevos castillos levantados en la gestión pública, rodeados de fosos
infranqueables de burocracia? El pobre hombre de la calle se siente
impotente a la hora de defender el bien
común, los derechos ciudadanos. Sólo te queda a veces el derecho al
pataleo, o la carta en el periódico que te la quiera publicar. Conozco a
muchos que han enfermado del mal del “no hay derecho”.
La esperanza está en el asociacionismo en defensa de la justicia
social, en el empeño por defender la verdad, la dignidad humana. Hay que
empezar poco a poco, pero empezar y, sin odios y acritudes enfermizas, no
dejar de gritar a favor del ser humano. “Hay que exigir a los políticos
que se entreguen a la cosa pública, y que la economía esté al servicio
de las personas”. ¿Por qué siempre pensamos mal cuando desde el poder
se habla de presupuestos astronómicos, de proyectos fantásticos, de
programas atractivos, de empresas adjudicatarias... Pienso que ya estamos
hartos de ver desfilar por delante de nuestras narices la sombra de la
corrupción.
Pero no todo es negativo, ni mucho menos. “Positivo es el hecho
de que las relaciones globales lleven a una ciudadanía cosmopolita, a esa
sociedad de ciudadanos del mundo con la que se soñaba desde antiguo. Lo
peor son actitudes de la vida cotidiana o privada, como puede ser la pérdida
de la dosis de honradez, la corrupción..., la violencia en los colegios,
que lleva a los profesores más vocacionados a ser los más desanimados,
porque no cuentan con el apoyo de los padres. Los profesores cada vez
cuentan con menos apoyos para conseguir el orden en las escuelas.
Hacen falta orden y autoridad. “Y los valores que en el siglo XXI
deben permanecer intocables son la libertad para todos, la igualdad como
construcción de las desigualdades, la solidaridad que mueve a tantas
personas y gracias a las cuales el mundo funciona. Algo muy importante es
el respeto que debemos tener unos con otros. Se debe respetar al que
piensa diferente, pero también tener en cuenta ese respeto en la vida
cotidiana en el sentido de no gritarnos, no mentirnos,
no instrumentalizar a los demás...El diálogo, la integridad y la
honradez son fundamentales....¡Que tranquilidad respiramos cuando
encontramos a alguien en la calle que respeta todo eso!”
La ética y la moral son imprescindibles. Y hay que fomentarla y
vivirla, pues en ello nos jugamos el futuro. Una sociedad deshumanizada se
hunde y termina por desaparecer. Esto le ocurrió a los grandes imperios
paganos y corruptos. El mundo hay que levantarlo a pulso, y esto sólo lo
pueden hacer los hombres y mujeres que tienen en su alma la fuerza de la
moral, con todo su complejo de virtudes. Hay que empezar poco a poco, pero
empezar porque el tiempo corre y nos jugamos la dignidad, e incluso la
vida misma.
Juan García Inza
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