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UNA CULTURA DE LA ESPERANZA

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Hace poco estuvo en España el cardenal francés Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, en un curso organizado por un Centro Universitario de Madrid. Siempre me ha llamado la atención la agudeza de este hombre de Iglesia, muy encarnado en el mundo cultural de hoy. Tiene una visión profundamente evangélica y casi científica, diría yo, de la sociedad del posmodernismo.

De una entrevista concedida a la revista "Alfa Y Omega" del episcopado español, quiero destacar en este artículo algunas de sus interesantes ideas. Un amigo asiduo de nuestra página MERCABÁ preguntó una vez sobre lo que habría de tratar el Consistorio extraordinario de Cardenales que había convocado sorpresivamente el papa Juan Pablo II. Yo contesté sobre lo que pensaba que no iba a tratar. Pero en la entrevista mencionada, el Cardenal Poupard comenta algunos de los puntos tratados que pienso es importante resaltar aquí. "Para mí este Consistorio, en el que he participado, ha supuesto una gran alegría; en primer lugar, por los cuarenta y cuatro nuevos hermanos, no digo que los acabo de descubrir porque algunos de ellos son amigos míos, pero a alguno no había tenido antes ocasión de conocerlo... En segundo lugar, diría que en él se ha manifestado una unanimidad impresionante con Cristo en el centro. Y esta unanimidad muestra una continuidad, lo que no es sorprendente, pero sí interesante verificarlo, con el Consitorio precedente... El ley motiv del encuentro ha sido Cristo. Cristo ha ocupado las intervenciones, el Cristo que se descubre en la Palabra de Dios, con una fuerte insistencia, sea en la formación del clero, sea en la superación de la tentación academicista en la enseñanza de la exégesis, que pasa mucho tiempo estudiando cómo se han hecho los textos renunciando a penetrar en ellos. Hay que ayudar a los sacerdotes a resistir a la tentación de no comentar los textos más difíciles, para que ayuden a la gente a entrar en el conocimiento del Cristo que nos revelan las Escrituras"

Ya encontramos una clave de lo que ha de ser la trayectoria de la Iglesia en el siglo que acaba de comenzar: conocer mejor a Cristo, penetrando más en los textos bíblicos pero no en plan crítico o simplemente cultural, sino intentando descubrir la grandeza del Señor para conocerle, amarle y seguirle. Algunos habían confundido la Iglesia con otra cosa. La Iglesia no es una ONG que se dedica a servir al hombre sin más. Para eso no hace falta Religión. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios, de los seguidores de Cristo, el Pueblo que da culto a su Dios, que marcha a la cabeza, y que trata de fomentar el amor entre los hombres. El cristianismo es una RELIGIÓN, una relación ordenada y precisa con Dios, y que tiene -como no puede ser menos- unas consecuencias decisivas en la vida de los hombres, en la sociedad, en la humanidad entera.

"Hay una insistencia sobre la belleza de las celebraciones; no la belleza estética, sino esta belleza que introduce al misterio, que hace visible lo que es invisible a nuestros ojos". Es decir, que la celebración litúrgica es esencial en la vida de la Iglesia. Es el culto a Dios, a ese Dios que el posmodernismo intenta borrar del mapa de la historia. Un culto bello por su vivencia alegre y entusiasta. Hoy se huye de la celebración de la Eucaristía porque se dice que no es necesaria, que es aburrida, etc., y se entregan muchos a liturgias laicas en celebraciones interminables junto a los líderes del momento, o en ceremonias deportivas, o en masivas concentraciones llenas de luz y color. Y a Dios se le deja sólo, abandonado en su templo, porque es muy aburrida su presencia. Es posible que los aburridos seamos nosotros que no sabemos revestir la liturgia con la belleza que ella misma reclama, porque a Dios no se le puede ofrecer la tristeza de unos ritos aburridos y sin corazón.

"Tambien se insiste en el testimonio de Cristo por parte de las comunidades cristianas. Es decir, la superación de la tentación del reduccionismo cultural de Cristo a la cultura dominante, y reconocer al verdadero Cristo, hijo de María Santísima, muerto y resucitado. Me impresionó en nuestro grupo de trabajo la intervención de un cardenal africano, que nos decía: Vuestros antepasados no sabían nada del diálogo interreligioso; ni siquiera sabían nuestra lengua, pero nos han hablado de Cristo, y esto es lo que nos ha fascinado, nos ha convertido... Hay que volver a la valentía de Pablo: anunciar a Cristo, la gloria de Cristo... Y hay también una invitación a la santidad: a salir de esta pastoral minimalista, a presentar a Cristo y las Bienaventuranzas, con la conciencia de que vamos contra corriente de la cultura dominante, que más bien está en las antípodas de las Bienaventuranzas. Se trata de presentar el mensaje con dulzura y con respeto, pero con toda nuestra esperanza: volver a una cultura de la esperanza... No obstante nuestra abundancia de medios, hay un vacío; dicho en términos filosóficos, un horizonte intramundano que es la negación de Dios. Decía mi antiguo maestro Gabriel Marcel: Sin el misterio, la vida se vuelve irrespirable."

Pienso que es importante meditar estas palabras del célebre Cardenal francés, que desde su tribuna del Vaticano observa la marcha cultural de mundo, y trata de gritar a todos que esa cultura está vacía si le falta lo único que es capaz de llenar el corazón del hombre, y que es sin duda Dios. Seguiremos en el próximo artículo comentando esta intervención tan interesante en España del responsable en la Iglesia del diálogo fe-cultura.

 

 

 

                                                       Juan García Inza

juangainza@hotmail.com

 

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