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LA
RESURRECCIÓN CONTADA POR EL MISMO JESÚS Documento
privado de La
Pasión que según Catalina escuchó del mismo Jesús en Cochabamba,
que cuenta con las debidas licencias de la Jerarquía, como se puede
leer en el documento que incluimos al final. Entra dentro de lo que
podemos llamar REVELACIONES PRIVADAS que tienen el valor espiritual
que la Iglesia concede en estos casos cuando no consta nada en contra
de la Doctrina Oficial de la Iglesia. Ofrecemos
el capítulo de la Resurrección, tal
y como es recogido en la versión oficial de la Pasión completa, de
la que se han hecho múltiples ediciones. Nos ofrece las palabras del
Hijo, del Padre y de la Madre Dolorosa. Pienso que te hará bien leer
estos textos con fe y amor. Escucha a Dios y a María que te hablan a
ti. LA
RESURRECCIÓN DE JESÚS Amada
esposa, quiero lo que tú no quieres, pero puedo lo que tú no podrías
conseguir. Tu misión es hacerme amar por las almas, enseñarles a
vivir Conmigo. Yo no He muerto en la Cruz entre mil tormentos para
poblar de almas el infierno, sino de elegidos el Paraíso. DIOS
PADRE Pobre
Hijo Mío, el Amor te Ha llevado a esto y Tú ahora estás amedrentado
por ello. ¿Quién deberá glorificarte en el Cielo cuando, radiante,
hagas Tu ingreso en él? ¿Podrá alguna criatura darte una alabanza
digna de Ti; un amor digno de Ti? ¿Y qué es la alabanza y el amor de
un hombre, de millones de hombres, en comparación con el Amor con que
Tú Has aceptado la más tremenda de las pruebas que jamás podrá
existir en la tierra? No, Hijo amado, nadie podrá igualarte en amor
sino Tu Padre, sino Yo que, en Mi Espíritu de Amor, puedo alabarte y
amarte por Tu sacrificio de aquella noche. Has
alcanzado, amadísimo Hijo Mío, en quien apoyo toda Mi benevolencia,
el paroxismo de la muerte sobreviviendo en la agonía amarguísima del
Huerto. Tú Has llegado, en la esfera de Tu Humanidad verdadera y
entera, al cúlmen de la gran pasión que pueda tener un corazón
humano: sufrir por las ofensas hechas a Mí; pero sufrir por ellas,
con el amor purísimo e intenso que hay en Ti. Has tocado, si bien con
temblor, el límite por el cual la humanidad debía alcanzar completa
Redención. Tú, Hijo adorado, Has conquistado, con sudor de Sangre,
no sólo las almas de Tus hermanos sino, aún más, la Gloria Tuya,
personal, que debía sobre elevarte a Ti, hombre, al par Conmigo, Dios
como Tú. Tú
Has arrastrado en Mí la más perfecta justicia y el más perfecto
Amor. Entonces representaban la Hez del mundo y lo hacías por Tu
voluntaria y libre aceptación. Ahora eres, entre todos, el honor y la
Gloria y el gozo Mío. No eras Tú Mi ofensor, no Tú; Tú Has sido
siempre Mi Hijo amado en quien He puesto Mi complacencia; no eras Tú
la Hez; porque incluso entonces, Yo Te veía como Has sido siempre: Mi
Luz, Mi Palabra, es decir, justamente Yo mismo. Hijo, que temblaste y
sucumbiste por Mi honor, ¡Tú Has merecido que Tu Padre Te haga
conocer al mundo; a ese ciego mundo que Nos ofende y que, con todo,
Nos es tan querido! Oh, Hijo amadísimo,
Yo Te veo y Te veré siempre en aquella noche de Tu amargura, y Te
tengo siempre presente. Por Tu amor, Estoy reconciliando a las
criaturas con las criaturas. Y pues, Tú no podías alzar a Mí Tu
rostro; tan cubierto estaba de sus culpas. Ahora, para complacerte,
hago que ellos alcen sus rostros a Nosotros para que, vislumbrando Tu
Luz, queden presa de nuestro amor. Ahora,
Hijo Mío, siempre tan amado, haré lo que Te dije cuando estaban en
la sombra de Getsemaní y serán grandes
cosas para alegrarte y darte honor… LA
SANTISIMAMADRE Hijos
Míos, Su Madre ha premiado y premiará los esfuerzos y el amor que
han tenido por Mí. Pero como lo hizo Jesús, quiero hablarles más extensamente
sobre Mis dolores. Luego ustedes los referirán a otros hermanos y
todos por fin Me imitarán ya que, por lo que sufrí, estoy
continuamente alabando a Jesús y no busco nada, sino que El sea
glorificado en Mí. Miren hijitos, es triste hablarles de estas cosas
a mis propios hijos, porque toda madre oculta sus dolores solo para sí.
Y esto ya lo hice Yo cumplidamente en el transcurso de la vida mortal;
por tanto Mi deseo de madre ya ha sido respetado por Dios. Ahora
cuando estoy acá, donde la sonrisa es eterna, y habiendo ya ocultado
como todas las madres los dolores que experimenté, debo hablar de
ellos para que, como hijos Míos conozcan
algo de Mi vida. Conozco
los frutos que recabarán de ello y como agradan a Jesús, Mi adorado
Hijo, les hablaré de ellos en cuanto puedan comprenderme. Mi Jesús
dijo: el que es primero hágase último y verdaderamente así lo hizo
El porque es el primero en la Casa de Dios, pero se abajó hasta el último
peldaño. Ahora no le quitaré este último y primer puesto que le
corresponde por razón de amor. Mas bien Me esfuerzo por hacerles
entender esta verdad y Mi gozo mucho mayor será cuando acepten este
convencimiento, no por vía de simple conocimiento sino por medio de
una profunda y arraigada convicción. Sea El el
primero y nosotros todos, los verdaderos últimos. Si El era el
primero, debía haber un segundo en la escala del amor y de la gloria
y por tanto, de la bajeza y humillación. Ustedes lo han comprendido
ya: Ese Ser debía ser Yo. Hijitos, alaben a Dios que, aún habiendo
establecido una distancia inmensa entre Jesús y Yo, quiso colocarme
inmediatamente junto a El. Hijos
Míos, no es lo que aparece al mundo lo que más cuenta delante de
Dios. El haber sido elegida Madre de Dios
implicó para Mi graves sacrificios y renuncias y la primera fue esta:
Conocer por Gabriel la elección hecha en la intimidad de Dios. Yo había
querido permanecer en estado de humilde conocimiento y de ocultamiento
en Dios; deseaba esto más que toda otra cosa porque era mi delicia
saberme la última en todo. Al conocer la elección de Dios, respondí
como ustedes saben, pero Me constó tanto subir a la dignidad a la
cual estaba llamada. Hijitos: ¿comprenden esta Mi primera pena de que
les hablo? Reflexionen sobre ella, den a su Madre el gran deleite de
estimar aquella humildad que Yo estimé mucho por sobre Mi virginidad.
Sí, era y Soy la esclava a la cual puede pedirse todo y acepté únicamente
porque Mi entrega era del mismo grado que Mi amor. Te
gustó, oh Dios, elevarme a Ti y a Mí, Me
agradó aceptar porque Te era grata Mi obediencia. Pero Tú sabes qué
pena fue para Mí y que esa misma pena está ahora delante de Ti,
requerida de luz para estos hijos que amas y que amo. ¡Yo Soy la
esclava, como se hizo conmigo, así ahora sin dubitación, dejen oh
hijos Míos, que se haga con ustedes todo lo que Dios quiera! La
aceptación llevó a Dios la respuesta que llevará a los hombres el
acceso a la Redención y en esto se verificó aquella frase admirable:
“He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo que será
llamado Emanuel”. El haber aceptado
hacerme Madre de Emanuel implicaba Mi
donación al Hijo de Dios, de manera que la Madre de El se donase a El
mismo antes que la Humanidad de Jesús se formase en Mí. Por eso Mi
donación fue efecto de la Gracia, pero también causa de la Gracia y,
si bien deba reconocerse la prioridad de la primera causa que es Dios,
sin embargo debe afirmarse que Mi aceptación actuó en el plano de la
Gracia como causa concomitante. Me
llaman Corredentora por los dolores que he sufrido; pero Yo lo fui
antes aún por la donación que había hecho por medio de Gabriel. ¡Oh,
Hijo Mío Divino! ¡Cuanto honor Has querido dar a Tu Madre en
compensación de la pena grande que sufrí al subir a la dignidad de
Madre Tuya! Ustedes
hijitos, están en el mundo ciegos, pero cuando vean, cosas estupendas
serán aliciente de su regocijo para Mí. Verán qué unión de gloria
y de humildad hay aquí donde Mi Jesús Es el sol que jamás se
oculta. Verán qué sabio designio se llevó a cabo a través de Mi
renuncia, a la bajeza del ocultamiento. Pero
ahora, escúchame. Al avanzar Mi maternidad tuve que hablar a algunas
personas queridas y lo dije ocultando lo más que pude, el honor que
había recibido... Lloré la renunciada conquista del secreto en Dios,
porque El Mismo Dios debía ser glorificado en Mí. Sin embargo muy
pronto tuve la alegría de saber que era considerada como una mujer de
tantas. Se alegró Mi alma, porque frente al mundo era pisoteada la
esclava de Dios que anhelaba humillaciones como sólo Yo lo podía.
Cuando José se ocultó, Yo no sufrí, sino gocé verdaderamente, No
digan que sufrí entonces, porque no es verdad. Así fue como Dios
satisfizo Mi deseo de humillaciones, esta fue la contra partida del Señor
de haber llegado a ser la Madre de Dios: ser considerada como una
mujer caída. Hija, aprende la sabiduría del amor, aprende a estimar
la santa humildad y no temas porque es virtud que brilla con luz
centellante. Cuando se realizó el desposorio, no tuve ninguna
contrariedad, sabía como irían las cosas y no temía nada. En
efecto, Dios da a quien se entrega a El enteramente una perfecta paz
en las situaciones más paradójicas, como era la Mía, de tener que
desposarme, forzada por el compromiso humano, con un hombre, aún
sabiendo que sólo a Dios podía pertenecer. ¡Cuantos
dolores He pasado en la tierra! No es fácil hacer de Madre del Altísimo,
se los aseguro. Pero tampoco puede decirse difícil todo lo que se
hace por un fin purisimo y por agradar a
Dios. ¡Recuérdenlo! ¿Han pensado aluna vez qué fue lo que más
dolor Me causó en la noche Santa de Belén? Ustedes distraen la mente
con el establo, con el pesebre, con la pobreza. Yo en cambio les digo
que aquella noche la pasé toda en el éxtasis de Mi Hijo y, aunque
tuve que hacer lo que toda madre hace con su pequeño hijo, no dejé
Mi éxtasis, Mi arrobamiento y así, la única cosa que Me causó
dolor en aquella noche de amor, fue el ver la aflicción de Mi pobre
José al buscarme un refugio, un lugar cualquiera. Consiente
como estaba de cuanto debía suceder y de Quien debía venir al mundo,
Mi amado esposo, al ver que Yo estaba confundida, se angustió y Me
dio mucha lástima. Luego, la alegría Nos colmó a los dos y
olvidamos toda otra congoja. Huimos
a Egipto y a esto, ya se han referido cuanto era posible, si bien
algunos centran su imaginación más en la fatiga del viaje que en el
temor de una Madre que sabía que poseía el tesoro del Cielo y de la
tierra. Después
ya viviendo en Nazaret el pequeño Jesús
crecía vivaz y en aquel tiempo, no nos causó sino poquísimas y mínimas
congojas. Toda madre sabe lo que es desear la salud de su hijo y cómo
cada simpleza parece una gran nube negra. Mi Niño pasó todas las
epidemias y enfermedades infantiles propias de aquella época. Como
todas las madres, Yo no podía estar preservada de ninguna de las
ansiedades propias del corazón materno. Pero
llegó un día la verdadera nube negra que oscureció la luz festiva
de la Madre de Dios. Aquella nube se llama Jesús perdido... Ningún
poeta ni maestro del espíritu podría imaginar a María al saber que
ha perdido a Su Bien adorado y que no tiene noticias Suyas hasta tres
días después... Hijitos, no se asombren de Mis palabras, Yo
experimenté la turbación más grande de Mi vida. No han reflexionado
lo bastante en aquellas palabras Mías: “ Hijo,
Yo y Tu Padre Te Hemos buscado por tres días ¿Porqué Nos Has hecho
esto? Dios Mío, ahora que hablo a estos amados hijos, no puedo dejar
de alabarte a Ti que te ocultaste para hacernos sentir la delicia de
encontrarte. ¡Oh! ¿Cómo de otro modo
podría conocerse la dulzura que pone en el alma un vaso lleno de miel
cuando abraza a Su Todo? Ya lo ven, también les hablo de Mis alegrías;
pero no sin motivo, asocio y junto dolores y alegrías. Ustedes saquen
provecho de todo lo que pasó en la mejor forma posible. Dios se
oculta para hacerse encontrar, algunos conocen esta verdad; otros,
pensando en aquel dolor atroz de haber perdido a Jesús, hagan todo
por encontrarlo. No deben permanecer inertes y abatidos. Su
Madre quisiera ahorrarles el tratar de cuanto queda todavía por
decir. Primero son cosas nunca dictas y por lo mismo aún no
apreciadas. Segundo, porque al conocerlas tendrán que unirse a Mí en
sufrimiento y en penosas consideraciones. Mas se ha dicho todo lo que
Mi Jesús quiere sin oposición alguna. ¿Creen
que pasé tranquila la vida de familia de Nazaret?
Fue tranquila en virtud de la uniformidad con el querer de Dios. Pero
de parte de las criaturas, ¡cuanta guerra hubo!… Fue notado el
singular modo de vivir que teníamos y como efecto obtuvimos publica
burla. Me consideraban una exagerada por el solo hecho de que todas
las veces que Jesús se alejaba de casa, no podía contener las lágrimas
y Jesús lo hacía con frecuencia. José era acosado como si hubiese
sido un esclavo Mío y de Jesús. ¿Qué podía comprender el mundo?
Dejábamos todo el cuidado al que entre Nosotros vivía, adorado en
todas sus manifestaciones. Qué
amor de Hijo aquél jovencito más bello que el mar, más sabio que
Salomón, más fuerte que Sanson. Me lo
habrían arrebatado todas las madres, tal era el encanto que lo
circundaba. Sin embargo, los mezquinos abrigaban juicios solaces sobre
Mí, no ahorraban criticas al infatigable padre que lo creían un
sometido de su esposa fiel, pero celosa. Todos conocían Mi
integridad, pero la creían una pasión egoísta, vulgar. Esto
es hijitos Míos, lo que no se sabe. Esto pasó entre el mundo que no
veía y no podía comprender y Su Purísima Madre. Jesús callaba sin
alentarme, porque la Madre de Dios, debía pasar por el crisol, es
decir, como una mujer del montón a la cual no debían ahorrarse las
opiniones. Admiren la sabiduría de Dios en estas cosas y encuentren
aquel sentido divino que acopla la mayor sublimidad a las pruebas que
son más dolorosas en relación con tal sublimidad, porque todo abismo
llama a otro abismo y toda profundidad llama a su profundidad... Llegó
la hora de la separación, la hora de la
acción de Jesús. Con ello, llegó el día temido de la partida de Nazaret.
Jesús
me había hablado muy extensamente de Su misión y, me la había hecho
amar por anticipado, los frutos que debía darle a El y a todos. Fue
necesario por tanto, separarnos, si bien por breve tiempo... Se
despidió, nos besó y se encaminó a Su misión de Maestro de la
Humanidad. Pero el hecho no pasó inadvertido al pequeño pueblo donde
Jesús era tan amado. Fueron
demostraciones de afecto, de bendiciones y por más que no sabían
bien lo que Jesús iba a hacer, sin embargo se presentía una pérdida
para aquella gente de mentalidad pequeña, pero en el fondo, de corazón
generoso. Y
Yo, entre tantas manifestaciones, ¿Como Me sentía? Se Me agolpaban
mil afectos; pero no retardó un minuto Su partida. Mi Jesús conocía
lo que le esperaba después de la predicación, Me lo había dicho
tantas veces, Me había hablado tan profusamente de la perfidia de los
fariseos y de los demás. Y ya lo ven partir así; solo sin Mí, para
cumplir Su mandato. ¡Sin Mí que lo había
hecho crecer con el calor de Mi corazón. Sin Mí que lo adoraba como
nadie nunca lo adoraría! Después lo seguí,
lo encontré cuando estaba rodeado de tanta gente que no me era
posible verlo. Y El, verdadero Hijo de Dios, dio a Su Madre una
respuesta sublime como Su sabiduría, pero que traspasó este corazón
materno de parte a parte. Sí, Yo lo comprendía plenamente, pero no
por eso me ahorraban las penas. Al parentesco humano, El opuso el
divino en el cual estaba comprendida Yo, es verdad, pero sin embargo
los comentarios de los demás no dejaron de lastimarme. Al golpe
inicial siguió la alegría de ver Su grandeza, de verlo honrado,
venerado y amado por la gente, así pronto cicatrizó también esta
herida. Recorría
con El los caminos, extasiada con Su saber, confortada con Sus enseñanzas
y nunca Me saciaba de admirarlo y amarlo. Luego
vinieron las primeras fricciones con el Sanedrín, ocurrió el milagro
que suscitó tanto ruido en las mentes de los Judíos,
de los Sacerdotes soberbios. Fue odiado, perseguido, acechado,
tentado. ¿Y Yo? Yo sabía todo y con las manos tendidas ofrecía en
las manos del Padre, desde entonces, el holocausto de Mi Hijo, Su
entrega, Su espantosa e ignominiosa muerte. ¡Ya
sabía de Judas, ya conocía el árbol del cual se tomarían los
maderos para la cruz de Mi Hijo. No pueden imaginar la intima tragedia
que viví junto con Mi Jesús, para que la Redención tuviese su
cumplimiento. Antes He dicho: Corredentora; para que lo fuese no
bastaban las penas usuales. Hacia falta una unión intima con el gran
sufrimiento de El para que todos los hombres fueran redimidos de
manera que, mientras iba de un pueblo a otro con El, estaba cada vez más
al corriente del llanto desconsolado que Mi Hijo derramaba en tantas
noches insomnes que pasaba El en oración y meditación. Se Me
revelaba y ponía delante cada estado de animo
Suyo y ciertamente; comenzó entonces Mi calvario y Mi cruz. ¡Cuantas
consideraciones agravaban cada día más Mis dolores de Madre Suya y
de ustedes!! Tantos pecados, todos los pecados .
Tanta congoja, todas las congojas. Tantas espinas, todas las espinas;
no estaba solo Jesús, El lo sabia, lo sentía,
veía que Su Madre estaba en unión continua con El. Y se afligía por
ello, todavía más, porque Mi sufrimiento era para El mayor
sufrimiento. ¡Hijo Mío, Hijo Mío adorado, si supieran estos hijos
que pasó entonces entre Tu y Yo!... Y llego la hora del holocausto,
llego después de la dulzura de la Cena de Pascua. Y desde entonces,
debía Yo reintegrarme a la muchedumbre; Yo que lo amaba y adoraba de
manera única, debía estar alejada de El. ¿Comprenden oh,
hijos Míos?… Sabia que Judas estaba dando sus pasos de traidor y no
podía moverme; sabia que Jesús había derramado Sangre en el
Huerto y nada podía hacer por El ¡Y luego lo apresaron, lo
maltrataron, lo insultaron, lo condenaron inicuamente! No puedo
decirles todo. Les diré tan solo que Mi Corazón era un tumulto de
continuas ansiedades, un asiento de continuas amarguras,
incertidumbres, un lugar de desolación, de abatimiento y desconsuelo.
¿Y las almas que después se habrían perdido? ¿Y todas las simonías
y trueques sacrílegos? ¡Oh, hijos de Mis
dolores! Si hoy se les concede la gracia de sufrir por Mi, bendigan al
que se las dio, con fervor, y sacrifíquense sin dubitación. Ustedes
piensan en Mi grandeza, Mis amados hijos. Les ayuda a pensarlo; pero
escúchenme, no piensen en Mi, cuanto en El. ¡Yo quisiera ser
olvidada si fuera posible! Toda su compasión denla a El, a Mi Jesús,
a su Jesús, a Jesús amor suyo y Mío. Así
hijitos, la pena de Mi Corazón fue una continua espada que traspasó
de parte a parte Mi alma, Mi vida. Yo la sentí mientras Jesús no; Me
consoló con Su resurrección, cuando Mi inmenso gozo cicatrizó de
golpe todas la heridas que sangraban dentro de Mi.
“Hijo Mío“ Iba Yo repitiendo. ¿Por qué
tanta desolación? Tu Madre está junto a Ti. ¿No Te basta ni
siquiera Mi amor? ¿Cuantas veces Te consolé en Tus aflicciones? Y
ahora ¿Porque ni siquiera, Tu Madre puede darte algún alivio?... Oh,
Padre de Mi Jesús, no quiero otra cosa que lo que Tu quieres, Tu
lo sabes; pero mira si tanta aflicción puede tener alivio; Te lo pide
la Madre de Tu Hijo. Y
ya en el calvario clamé: ¡Dios Mío, has volver a aquellos ojos que
adoro la luz que en ellos imprimiste desde el día en que Me Le Diste!
¡Padre Divino, mira que horror aquel rostro santo! ¿No puedes
enjugar, al menos tan copiosa Sangre? ¡Oh
Padre de Mi Hijo; Oh Esposo Amor Mío, Oh
Tu Mismo, Verbo que Has querido tener la Humanidad de Mi! ¡Sean
plegaria aquellos brazos abiertos al Cielo y a la tierra, sean la súplica
de la aceptación Suya y Mía! ¡Mira Oh
Dios, a qué se Ha reducido Aquel A Quien amas! Es Su Madre la que Te
pide un alivio a tanta tristeza. Después de poco, Yo Me quedare sin
El, así se cumplirá enteramente Mi voto cuando lo ofrecí de corazón
en el Templo; sí, Me quedaré sola, pero aligera Su dolor sin atender
al Mío.
Tu
amigo Jesús IMPRIMATUR Hemos
leído los libros de Catalina y estamos seguros de que su único
objetivo es conducimos a todos, por el camino de una auténtica
espiritualidad, cuya fuente es el Evangelio de Cristo. Subrayan también
el especial lugar que corresponde a la Santísima Virgen María,
modelo de amor y seguimiento a Jesucristo, a quien debemos depositar
como hijos suyos, nuestra plena confianza y amor. Al
renovar el amor y entrega a la Santa Iglesia Católica, nos iluminan
en las acciones que deberían distinguir al cristiano verdaderamente
comprometido. Por
todo ello, autorizo su impresión y difusión, recomendándolos como
textos de meditación y orientación espiritual con el fin de alcanzar
muchos frutos para el Señor que nos llama a salvar almas, mostrándoles
que es un Dios vivo lleno de amor y misericordia. +
Mons. René Fernández Apaza
Un saludo de corazón de tu amigo
Jesús
Por
la trascripción |
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