LOS ICONOS

 

Los iconos no pueden compararse con otras obras de arte en el sentido habitual de esta palabra. Los iconos no son cuadros. Los cuadros, con sus rasgos y colorido, hablan de los hombres y de los acontecimientos de la realidad concreta. A partir del Renacimiento, la vida y la naturaleza se expresan en cuadros con imágenes en tres dimensiones, imágenes que narran el mundo de los hombres, de los animales, de la naturaleza y de las cosas. E, incluso, si el tema se toma de la mitología, se traduce en la lengua de las imágenes terrestres.

La pintura de los expresionistas y el arte abstracto están llamados, en cambio, a expresar las emociones del pintor, emociones que cambian y transforman las proporciones de los acontecimientos y de las cosas y las relaciones del color entre unos y otras, deforman las cosas hasta que no se reconocen o bien prescinden del todo de sus imágenes. Pero también en este caso los distintos experimentos del colorido y el modelado no llevan a los espectadores a otro mundo, a otro espacio y época, a diferentes valores.

Esta misión en la historia de la cultura humana le ha tocado en suerte a los iconos. Estos no representan, sino que constituyen propiamente otro mundo. Y lo hacen con medios de representación especiales, encontrados en el transcurso de muchos siglos.

También el color de los iconos desempeña un papel significativo: el de un lenguaje simbólico que debe expresar, no el color de las cosas, sino su luminosidad y la de los rostros humanos, iluminadas por una luz cuya fuente se encuentra fuera de nuestro mundo físico. Los espacios dorados de los iconos encarnan esta luz no terrestre, y el fondo dorado simboliza el espacio que “no es de este mundo”. En los iconos no hay sombras, porque en el reino de Dios todo está lleno de luz.

Los iconos tampoco pueden examinarse como si fueran cuadros. En ellos no sólo no se encuentra el espacio habitual, sino que tampoco existen acontecimientos vinculados con las relaciones naturales de causa y efecto. El icono es una ventana abierta a un mundo de otra naturaleza, pero esta ventana se abre sólo para quienes poseen una visión espiritual.

Para poder aproximarse a la comprensión de los iconos es preciso verlos con los ojos del creyente, para el cual Dios es una realidad indudable. Una realidad omnipresente que subyace detrás de todo acontecimiento, un invisible espectador y juez de cuya mirada ya no puede esconderse en ninguna parte.

Los cánones y métodos de creación de los iconos se han formado en el transcurso de muchos siglos, incluso antes de que se interesaran por ellos en la antigua Rus (como la conocían sus habitantes). Las tradiciones de la iconografía llegaron a la antigua Rus al mismo tiempo en que se aceptó el cristianismo de Bizancio a finales del siglo X.

El arte bizantino de aquella época tenía carácter religioso y estaba sometido a cánones severos. La regulación de la iconografía era resultado de largas discusiones y luchas, unidas a la iconoclasia. Una de las más importantes causas de la iconoclasia se encontraba en la presión ideológica y militar que ejercían los musulmanes sobre el imperio bizantino. En el Islam, la prohibición de venerar ídolos (entre los que los musulmanes incluían también la cruz y los iconos) llegó a ser absoluta.

En el año 730, el emperador bizantino León III prohibió el culto de los iconos. Antes de ser emperador, había trabajado mucho en las provincias orientales del Imperio y se encontraba bajo la influencia de los obispos de Asia Menor, los cuales, influidos a su vez por el Islam, pretendían purificar la religión cristiana de todo elemento material, sensual y no espiritual. Muchos iconos, mosaicos y frescos fueron destruidos. Pero la veneración de los iconos no se detuvo, más bien continuaba aunque sus seguidores eran cruelmente perseguidos.

El culto de los iconos fue readmitido de forma temporal en el año 787 en el VII Concilio Ecuménico, y definitivamente en 843.

Uno de los defensores autorizados de la veneración de los iconos fue uno de los más grandes teólogos y políticos: Juan Damasceno (675-alrededor de 750), cuyos argumentos ejercieron influencia en las decisiones del VII Concilio Ecuménico. Juan Damasceno enseñaba que la prohibición del Antiguo Testamento acerca de hacer imágenes de Dios tenía un carácter temporal: “En la entigüedad, nadie hacía imágenes de Dios. Pero ahora, después de que Dios se ha manifestado en la carne y ha vivido en medio de los hombres, hacemos imágenes del Dios visible. No hago la imagen de la Divinidad invisible: hago la imagen del cuerpo de Dios que he visto...”. Juan Damasceno escribió que Dios había venido para los hombres en su Hijo Jesúcristo, que entra en el mundo de los hombres y acepta el cuerpo humano: “porque teníamos necesidad de lo que es semejante a nosotros”.

Lo visible no transmite la esencia del Dios inconcebible. Pero, igual que el cuerpo tiene su sombra, también cada original tiene su copia: “el icono es recuerdo”. Y como la Sagrada Escritura es una representación verbal, una imagen de la historia sagrada, también los iconos son representación suya, pero no verbal, sino hecha con los toques del pincel y con los colores.

Por eso el icono –imagen– no es una copia de lo que se representa, sino el símbolo con cuya ayuda podemos alcanzar la comprensión de lo Divino. El icono desempeña el papel de mistico mediador entre el mundo terrestre y el celeste. Así se ha delimitado el sentido de la iconografía.

El VII Concilio Ecuménico exige a los pintores de iconos, durante el proceso de pintura de la imagen, que sigan estrictamente los cánones de la iconografía, los cuales regulan tanto el carácter como el modo de representación de las escenas religiosas y las personas de los santos. Se explica así el hecho de que los iconos son portadores y conservadores de la tradición eclesial. Por ello, la infracción del canon iconográfico y la deformación de la tradición se consideran herejías.

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