3. TIEMPO ORDINARIO


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


EVANGELIO

Ciclo A: In 11 29-34.

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 2: PG 73, 191-194)

Aquel Cordero, aquella víctima inmaculada, fue llevado al
matadero por todos nosotros

Hemos de explicar quién es ése que está ya presente, y cuáles fueron las motivaciones que indujeron a bajar hasta nosotros al que vino del cielo. Dice en efecto: Este es el Cordero de Dios, Cordero que el profeta Isaías nos había predicho, diciendo: Como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía. Cordero prefigurado ya antes por la ley de Moisés. Sólo que entonces la salvación era parcial y no derramaba sobre todos su misericordia: se trataba de un tipo y una sombra. Ahora, en cambio, aquel cordero, enigmáticamente en otro tiempo prefigurado, aquella víctima inmaculada, es llevada por todos al matadero, para que quite el pecado del mundo, para derribar al exterminador de la tierra, para abolir la muerte muriendo por todos nosotros, para cancelar la maldición que pesaba sobre la humanidad, para anular finalmente la vieja condena: Eres polvo y al polvo volverás, para que sea él el segundo Adán, no de la tierra, sino del cielo, y se convierta en origen de todo el bien de la naturaleza humana, en solución de la muerte introducida en el mundo, en mediador de la vida eterna, en causa del retorno a Dios, en principio de la piedad y de la justicia, en camino, finalmente, para el reino de los cielos.

Y en verdad, un solo cordero murió por todos, preservando así toda la grey de los hombres para Dios Padre: uno por todos, para someternos todos a Dios; uno por todos, para ganarlos a todos; en fin, para que todos no vivan ya para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

Estando efectivamente implicados en multitud de pecados y siendo, en consecuencia, esclavos de la muerte y de la corrupción, el Padre entregó a su Hijo en rescate por nosotros, uno por todos, porque todos subsisten en él y él es mejor que todos. Uno ha muerto por todos, para que todos vivamos en él.

La muerte que absorbió al Cordero degollado por nosotros, también en él y con él se vio precisada a devolvernos a todos la vida. Todos nosotros estábamos en Cristo, que por nosotros y para nosotros murió y resucitó. Abolido, en efecto, el pecado, ¿quién podía impedir que fuera asimismo abolida por él la muerte, consecuencia del pecado? Muerta la raíz, ¿cómo puede salvarse el tallo? Muerto el pecado, ¿qué justificación le queda a la muerte? Por tanto, exultantes de legítima alegría por la muerte del Cordero de Dios, lancemos el reto: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?

Como en cierto lugar cantó el salmista: A la maldad se le tapa la boca, y en adelante no podrá ya seguir acusando a los que pecan por fragilidad, porque Dios es el que justifica. Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito, para que nosotros nos veamos libres de la maldición del pecado.


Ciclo B: Jn
1,35-42

HOMILÍA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 18, 41-43: PL 15, 1542-1544)

El que busca a Cristo, busca también su tribulación y
no rehúye la pasión

Dice la Sabiduría: Me buscarán los malos y no me encontrarán. Y no es que el Señor rehusara ser hallado por los hombres, él que se ofrecía a todos, incluso a los que no le buscaban, sino porque era buscado con acciones tales, que los hacía indignos de encontrarlo. Por lo demás, Simeón, que lo aguardaba, lo encontró.

Lo encontró Andrés y dijo a Simón: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). También Felipe dice a Natanael: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Y con el fin de mostrarle cuál es el camino para encontrar a Jesús, le dice: Ven y verás. Así pues, quien busca a Cristo, acuda no con pasos corporales, sino con la disposición del alma; que lo vea no con los ojos de la cara, sino con los interiores del corazón. Pues al Eterno no se le ve con los ojos de la cara, ya que lo que se ve es temporal; lo que no se ve, es eterno.

Y Cristo no es temporal, sino nacido del Padre antes de los tiempos, como Dios que es y verdadero Hijo de Dios; y como poder sempiterno y supratemporal, al que ningún límite temporal es capaz de circunscribir; como vida metatemporal, a quien jamás podrá sorprenderle el día de la muerte. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

¿Oyes lo que dice el Apóstol? Al pecado —dice— murió de una vez para siempre. Una vez murió Cristo por ti, pecador: no vuelvas a pecar después del bautismo. Murió una vez por toda la colectividad, y una vez —y no frecuentemente— muere por cada individuo en particular. Eres pecado, oh hombre: por eso el Padre todopoderoso hizo a su Cristo pecado. Lo hizo hombre para que cargara con nuestros pecados. Por mí, pues, murió el Señor Jesús al pecado: para que nosotros, por su medio, obtuviéramos la justificación de Dios. Por mí murió, para resucitar por mí. Murió una vez y una vez resucitó. Y tú has muerto con él, con él has sido sepultado, y con él, en el bautismo, has resucitado: cuida de que, pues has muerto una vez, no vuelvas a morir más. En adelante, ya no morirás al pecado, sino al perdón: no sea que habiendo resucitado, mueras por segunda vez. Pues Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. ¿Es que la muerte le había dominado? Sí, puesto que al decir: la muerte ya no tiene dominio sobre él, muestra el dominio de la muerte. ¡No eches a perder este beneficio, oh hombre! Por ti Cristo se sometió al dominio de la muerte, a fin de liberarte del yugo de su dominación. El acató la servidumbre de la muerte, para otorgarte la libertad de la vida eterna.

Por tanto, el que busca a Cristo, busca también su tribulación y no rehúye la pasión. En el peligro grité al Señor, y me escuchó poniéndome a salvo. Buena es, pues, la tribulación que nos hace dignos de que el Señor nos escuche poniéndonos a salvo. Ser escuchado por el Señor es ya una gracia. Por eso, quien busca a Cristo, no rehúye la tribulación; quien no la rehúye, es hallado por el Señor. Y no la rehúye quien medita los mandatos del Señor con la adhesión cordial y con las obras.


Ciclo C: Jn 2,1-12

HOMILÍA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 2: PG 73, 223-226)

Cristo santifica, con su presencia, la fuente misma de la
generación humana

Oportunamente comienza Cristo a realizar milagros, aun cuando la ocasión de iniciar su obra de taumaturgo parezca ofrecida por circunstancias casuales. Pues como se celebraban unas bodas —castas y honestas bodas, es verdad—, a las que está presente la madre del Salvador, vino también él con sus discípulos aceptando una invitación, no tanto para participar en el banquete, cuanto por hacer el milagro, y de esta forma santificar la fuente misma de la generación humana, en lo que concierne sobre todo a la carne.

Era efectivamente muy conveniente que quien venía a renovar la misma naturaleza humana y a reconducirla en su totalidad a un nivel más elevado, no se limitara a impartir su bendición a los que ya habían nacido, sino que preparase la gracia también para aquellos que habían de nacer, santificando su nacimiento. Con su presencia cohonestó las nupcias, él que es el gozo y la alegría de todos, para alejar del alumbramiento la inveterada tristeza. El que es de Cristo es una criatura nueva. Y Pablo insiste: Lo antiguo ha cesado, lo nuevo ha comenzado. Vino, pues, con sus discípulos a las bodas. Convenía, en efecto, que acompañasen al taumaturgo los que tan aficionados a lo maravilloso eran, para que recogieran como alimento de su fe la experiencia del portento.

En eso, comienza a faltar el vino de los convidados, y su madre le ruega quiera poner en juego su acostumbrada bondad y benignidad. Le dice: No les queda vino. Le exhorta a realizar el milagro, dando por supuesto que tiene el poder de hacer cuanto quisiera.

Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora. Respuesta del Salvador perfectamente calculada. Pues no era oportuno que Jesús se apresurara a realizar milagros ni que espontáneamente se ofreciera a hacerlos, sino que el milagro debería ser fruto de la condescendencia a una petición, teniendo en cuenta, al conceder la gracia, más la utilidad real, que la admiración de los espectadores. Además, las cosas deseadas resultan más gratas, si no se conceden inmediatamente. De esta suerte, al ser diferida un tanto la concesión, la esperanza sublima la petición. Por otra parte, Cristo nos demostró con su ejemplo el gran respeto que se debe a los padres, al acceder, en atención a su madre, a hacer lo que hacer no quería.