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LA BANDERA DE LA UNIÓN  EUROPEA


 
El año 1949 se creó el Consejo de Europa. Los Padres de la futura Unión Europea fueron: Robert Schuman, francés, Konrard Adenauer, alemán, y Alcide De Gasperi, italiano.
En 1950, el Consejo de Europa convocó un concurso de ideas para confeccionar la bandera de la recién nacida Comunidad Europea. El día
8 de diciembre de 1955, festividad de la Inmaculada Concepción, oficialmente se seleccionó una de las ideas presentadas por M. Arséne Heitz, artista de Estrasburgo: un círculo de doce estrellas doradas sobre fondo azul.
Años más tarde, el propio Parlamento Europeo aceptó que la bandera diseñada por
Heitz representara a la Comunidad Europea. El día 7 de junio de 1988 se eligió oficialmente y por unanimidad esta bandera como símbolo por excelencia de la identidad y de la unidad de Europa. La Constitución Europea aprobada en junio de 2004 la adoptó como bandera de Europa.
El propio Arséne
Heitz ha explicado la simbología y el sentido de la bandera de Europa: «Inspirado por Dios, tuve la idea de hacer una bandera azul sobre la que destacaran las doce estrellas de la Inmaculada Concepción de Rue du Bac [Virgen de la Medalla Milagrosa]. De modo que la bandera de Europa es la bandera de la Madre de Jesús, que apareció en el cielo coronada de doce estrellas (Apoc 12,1)».

Apoc 12,1: «Una gran señal apareció en el cielo: una  mujer vestida del sol con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza».

Así nació la Unión Europea y el símbolo de su bandera, bajo el signo cristiano de María. Hoy, nuestros políticos de turno, no han querido hacer mención del cristianismo en el documento de la Constitución Europea. ¿Cuál es la razón? Es fácil de comprender: quieren prescindir de todo lo religioso como foco disgregador, y han impuesto todo un fundamentalismo laicista que quiere unir a una masa, pero sin alma. Y eso será un cuerpo, pero sin vida. Es decir, una cadáver.  Europa está empapada de cristianismo, y querer ignorarlo es negar una evidencia. Terminaremos pagándolo caro si no se rectifica, al menos con el reconocimiento de una realidad viva.

 

Juan García Inza
  juangainza1@hispavista.com