SAN BARTOLOMÉ 08-24

SANTORAL

1. CLARETIANOS

¿Pero qué fascinación tenía su palabra? ¿Qué fuerza se asomaba a su mirada? El encuentro con Jesucristo cambia, de arriba abajo, a las personas. Llega Natanael Bartolomé, y se produce el cambio. De una actitud insolente, casi agresiva: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?", a una rendida confesión de fe: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Lo atestigua la historia: Zaqueo, de usurero a amigo de Jesús; la Samaritana, de mujer frívola a pregonera evangélica; el centurión romano, de pagano a confesar: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Y tantos nombres: Agustín, Javier, García Morente...

Todo brotó de un testimonio, de la mediación de Felipe: "Ven, y verás". El apóstol Bartolomé, plasmado en esta perícopa, ilumina nuestro vivir.

Es el apóstol apenas conocido; por no saber, hasta dudamos de su nombre; y, sin embargo, forma parte de la roca y cimiento de la Iglesia. Los protagonismos, los triunfalismos, la espectacularidad -¡que sí, que se dan entre nosotros!- no dicen con el Evangelio. Por otra parte, Jesús mismo hace el elogio de Bartolomé: "Un israelita de verdad en el que no ha engaño". ¿No creéis que, en nuestro camino, nos encontramos con gentes que se creen poseedoras exclusivas de la verdad ? Es más difícil ser buscadores de la verdad, y estar dispuestos a ser fieles a la misma, incluso hasta sentir el desprecio y abandono de muchos. Todo, para ser apóstol, misionero. Los apóstoles lo oyeron de labios de Jesús: Id y predicad, bautizad y perdonad, curad y sanad. La misión primera de la Iglesia es evangelizar (EN).
Los apóstoles acabaron su vida en el martirio. Fueron testigos de verdad. Fieles hasta la muerte. La tradición dice que a San Bartolomé le martirizaron quitándole la piel. En todo caso, aquí sí que se cumple la expresión popular y deportiva: "Hay que dejarse la piel en el campo".

Conrado Bueno, cmf.
(ciudadredonda@ciudadredonda.org)


2. 2001 -  Jn 1, 45-51

COMENTARIO 1

vv. 45-51. Reacción entusiasta de Felipe. Describe a Jesús ante Na­tanael como la mera realización de lo predicho en el AT, sin darse cuenta de la novedad (45). Escepticismo de Natanael; la historia re­ciente le hace desconfiar de los mesianismos procedentes de Galilea. Fe­lipe lo invita a tener contacto personal con Jesús (cf. 1,35) (46).

Jesús describe a Natanael como a modelo de israelita. La mención de la higuera alude a Os 9,10 (LXX): “Como racimo en el desierto en­contré a Israel, como en breva en la higuera me fijé en sus padres”. El profeta describía la elección del pueblo; Natanael representa precisamente al Israel elegido que ha conservado la fidelidad a Dios; Jesús re­nueva la elección (47-48). Reacción entusiasta de Natanael: Rabbí: maestro fiel a la tradición (cf. v. 45: Moisés en la Ley); Hijo de Dios: Mesías, el rey mesiánico (v. 45: los profetas), interpretado como rey de Israel el prometido sucesor de David (Sal 2,2.6s; 2 Sm 7.14; Sal 19,4s.27), que restauraría la grandeza del pueblo, no como en boca de Juan Bautista (1,33-34: el Hijo de Dios = el portador del Espíritu).

La obra del Mesías no se limita a la elección de Israel (higuera). Pri­mera declaración de Jesús sobre sí mismo. Alude a la visión de Jacob en Betel (Gn 28,11-27). Promesa (51: Veréis): la comunicación permanente con Dios en Jesús (el cielo quedar abierto). El Hombre (el portador del Espíritu): el proyecto salvador de Dios no se basa en la realeza davídica (49, de Natanael), sino en la plenitud humana (51). La promesa se reali­zará en la cruz, cuando vean al que traspasaron (19,37), en quien brilla la gloria/amor (cf. 19,34: sangre y agua).


COMENTARIO 2

Este texto que narra la llamada de Felipe y Natanael (probablemente el Bartolomé de los sinópticos), cierra la sección introductoria y anuncia la manifestación del Mesías a Israel.

Se describe en este texto otro grupo de los que integran la comunidad de Jesús. Los dos nuevos discípulos que aparecen, Felipe y Natanael, no pertenecen al círculo del Bautista; Felipe es llamado directamente por Jesús y Natanael es llamado por Felipe. Este último representa la preparación a la llegada del Mesías, propia de aquellos israelitas que se habían conservado fieles a la tradición profética y esperaban el cumplimiento de las promesas. Natanael es la figura masculina que encarna este grupo. Muestra una preparación insuficiente al mensaje de Jesús por no haber salido de la antigua mentalidad. No habiendo sido discípulo de Juan, no ha recibido su bautismo ni conoce su testimonio. Concibe al Mesías como aquel que cumplirá las promesas restaurando lo antiguo en toda su pureza; no ve la novedad de su alternativa; representa para ellos la continuidad con el pasado.

Su mentalidad aparece en la descripción de Jesús que Felipe hace a Natanael: muy apegada a la antigua tradición, creía que el Mesías venía a continuarla: "Al descrito por Moisés en la Ley, y por los profetas, lo hemos encontrado: es Jesús, hijo de José, el de Nazaret". A esa idea opone Jesús la suya: describe su papel de Mesías con una alusión al Antiguo Testamento, para indicar la distancia entre la concepción de ellos y su propia realidad.

A la comunidad judaizante Jesús la llama y le anuncia su integración en la comunidad mesiánica, pero le avisa y le promete que también ellos han de llegar al punto donde los otros han llegado, a vivir en su alternativa, la esfera de la comunicación divina. El Mesías no es el que domina al pueblo, sino el que lleva al hombre a su plenitud.

1. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987 (Adaptado por Jesús Peláez)

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3. 2002

COMENTARIO 1

vv. 45-46. Felipe fue a buscar a Natanael y le dijo: «Al descrito por Moisés en la Ley, y por los Profetas, lo hemos encontrado: es Jesús, hijo de José, el de Nazaret». Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo de calidad?» Felipe le contestó: «Ven a verlo».

Reacción entusiasta de Felipe; no se conforma con haber conocido a Jesús, tiene que comunicarlo. Va a buscar a Natanael y le describe a Jesús como la realización de lo predicho en todo el AT, tanto por Moisés, como por los profetas. Felipe vive dentro del mundo del AT, y, como no ha escuchado el testimonio de Juan Bautista, no se da cuenta de la novedad que representa Jesús; su idea de Mesías y su perspectiva de salvación se atienen a lo expresado en la antigua Escritura (Al descrito por Moisés en la Ley, y por los profetas, lo hemos encontrado).

Natanael recibe el anuncio con escepticismo: la historia re­ciente le hace desconfiar de los mesianismos procedentes de Galilea. Fe­lipe no intenta convencerlo; simplemente lo invita a tener contacto personal con Jesús (cf. 1,35).

vv. 47-49. Jesús vio a Natanael, que se le acercaba, y comentó: «Mirad un israelita de veras, en quien no hay falsedad». Natanael le preguntó: «¿De qué me conoces?» Jesús le contestó: «Antes que te llamara Felipe, estando tú bajo la hi­guera, me fijé en ti». Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres rey de Israel».

Jesús describe a Natanael como modelo de israelita. La mención de la higuera alude a Os 9,10 (LXX): “Como racimo en el desierto encontré a Israel, como en breva en la higuera me fijé en sus padres”. El profeta describía la elección del pueblo; Natanael representa precisamente al Israel elegido que ha conservado la fidelidad a Dios. Así como en otro tiempo escogió Dios a Israel, ahora Jesús escoge a Natanael, es decir, a los israelitas fieles, para formar parte de la comunidad del Mesías.

También la reacción de Natanael es entusiasta. Llama a Jesús Rabbí, es decir, maestro fiel a la tradición (cf. v. 45: al descrito por Moisés en la Ley); lo reconoce como Hijo de Dios, es decir, como el Mesías (v. 45: y por los profetas), título que él mismo interpreta como rey de Israel, el prometido sucesor de David (Sal 2,2.6s; 2Sm 7,14; Sal 89,4s.27) que restauraría la grandeza del pueblo. No coincide su idea con la expuesta por Juan Bautista (1,33-34: el Hijo de Dios = el portador del Espíritu).

vv. 50-51. Jesús le contestó: «¿Es porque te he dicho que me fijé en ti debajo de la higuera por lo que crees? Pues cosas más grandes verás». Y le dijo: «Sí, os lo aseguro: Veréis el cielo quedar abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por el Hijo del hombre».

Pero la obra del Mesías no se limita a renovar la elección de Israel (bajo la higuera). Jesús anuncia a Natanael una experiencia muy superior a la que acaba de tener (cosas más grandes verás), pero no centrada en el Mesías-rey de Israel, sino en el Mesías-Hijo del hombre.

Sin nombrarse a sí mismo, Jesús hace la primera declaración sobre su persona. Afirma que los suyos tendrán experiencia (veréis) de la plena y permanente posibilidad de comunicación del mundo humano con el divino (el cielo quedar abierto). Alude al sueño de Jacob en Betel, en el que vio una escala o rampa apoyada en la tierra y que llegaba al cielo (Gn 28,11-27). Ahora, la comunicación permanente entre los hombres y Dios va a verificarse a través del Hijo del hombre, del Hombre-Dios (el portador del Espíritu).

Nunca había existido antes una comunicación plena entre Dios y los hombres, porque nunca había existido el Hombre en su plenitud (1,14). Pero ahora el Hombre-Dios une tierra y cielo. De hecho, la presencia y actividad de Dios en el mundo está condicionada por el desarrollo del hombre. El Dios dinámico, fuente inagotable de vida que desea comunicarse, puede hacerlo del todo cuando existe la plenitud humana. Tanto más puede Dios actuar como Dios cuanto más pleno sea el hombre.

Encuentra así solución el ancestral problema de la relación de los hombres con Dios y de Dios con los hombres. La dificultad para esta relación no se debía al querer de Dios, siempre dispuesto a ella, sino a la calidad del hombre. El problema queda resuelto porque existe "el Hijo del hombre", el Hombre-Dios.

Aunque aún no se menciona la cruz, es en ella donde se reali­zará el anuncio de Jesús, pues entonces culminará la condición divina del Hijo del hombre (19,30).

Según esto, el proyecto salvador de Dios no se basa, como pensaba Natanael (v. 49), en la realeza davídica, sino en la plenitud humana, que es la verdadera realeza. El grupo representado por Natanael tendrá que superar la concepción del Mesías-rey de Israel, para ver en Jesús el Mesías-Hijo del hombre, modelo para toda la humanidad: universalidad frente a particularismo. Jesús deja de lado las categorías judías para subrayar lo que afecta a todo ser humano, porque el Mesías inaugura un nuevo modo de ser hombre, una humanidad nueva.

Este cambio de perspectiva hace ver que la salvación de Israel no es exclusiva ni prioritaria, sino que se integra en la de la humanidad. Lo que Dios quiere ante todo es que exista una humanidad en plena unión con él, donde él pueda desplegar su acción sin barreras, con la que él pueda colaborar para que cada uno y el género humano lleguen a su plenitud.


COMENTARIO 2

Del apóstol Bartolomé no sabemos casi nada, noticias legendarias dicen que evangelizó la región de Armenia, entre el Cáucaso y el mar Caspio, y que allí murió mártir luego de haber convertido a la fe cristiana al rey de los armenios. La de Armenia sigue siendo hasta hoy una importante iglesia cristiana del Cercano Oriente. Otras tradiciones nos presentan a san Bartolomé evangelizando en la India. Aparece en las listas apostólicas (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13) en tres casos después del nombre de Felipe. Es la razón por la que se llegó a identificarlo con el Natanael del evangelio de san Juan (1,45; 21,2), presentado a Jesús por Felipe y natural de Caná de Galilea.

La 1ª lectura corresponde a la visión final del libro del Apocalipsis: la visión de la Jerusalén futura, escatológica, ciudad-virgen-esposa, que baja del cielo para celebrar sus bodas divinas con el Cordero. Después de las terribles visiones de las plagas con que la cólera divina juzga la tierra, y de las luchas titánicas de la Bestia y el Dragón contra los ejércitos celestiales, la visión de la Jerusalén celeste es un anticipo de la victoria definitiva de Cristo, resucitado y glorioso, sobre todas las potencias del mal. Esta Jerusalén transfigurada, presentada con las imágenes de una hermosa utopía, es la misma Iglesia de Jesucristo llevada a su plenitud. Las doce puertas en la muralla, los doce nombres sobre ellas, los doce basamentos de la muralla, los doce nombres de los basamentos, nos están hablando del pueblo de Israel, por una parte, y del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia de Cristo, edificada "sobre el cimiento de los apóstoles".

La ciudad era una institución cultural y política en la época del NT. Los habitantes del Imperio Romano vivían de buena gana en las grandes y hermosas ciudades esparcidas a todo lo largo y ancho del territorio. Para el pueblo judío, Jerusalén con su templo era el paradigma de la santidad. En ella estaba asegurada la presencia protectora de Dios sobre su pueblo. Esta es la razón de que una ciudad celestial se convierta en el símbolo más perfecto de la Iglesia, fundada por la predicación de los apóstoles. Si leemos todo el capítulo 21 del Apocalipsis, al que pertenece nuestro texto, encontramos las maravillosas características de esta ciudad divina, parábola de lo que como cristianos esperamos de Dios para el futuro definitivo: en ella no habrá llanto, ni enfermedad alguna, ni muerte, ni dolor. Porque Dios habrá renovado el mundo. Tampoco habrá pecado alguno en la ciudad celestial, porque Dios mismo asegura su santidad excluyendo de ella a los que obran el mal. Un elemento fundamental de las antiguas ciudades grecorromanas, y de la misma Jerusalén, eran los templos levantados en honor de los dioses. Pues bien, en la Jerusalén celestial no habrá templo alguno: "porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su santuario". Es decir, que se supera la distancia abismal entre Dios y los seres humanos, distancia que tratamos de colmar y de salvar rindiendo culto en los santuarios de la tierra, esperando que nuestras alabanzas y peticiones alcancen hasta el Cielo. Ahora no: se realizará plenamente aquello de que "En Dios vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28), sin necesidad de ningún intermediario. Finalmente, la luz que es símbolo de la verdad, la justicia y la paz, no provendrá de otra fuente distinta del mismo Dios y del Cordero.

¿Una hermosa utopía? Sí, porque el Señor nos concede, leyendo el libro del Apocalipsis, soñar con una humanidad reconciliada consigo misma y con Dios, en la que todos los seres humanos podamos ser plenamente felices. Es la utopía del evangelio que predicaron y por el que derramaron su sangre los apóstoles, como san Bartolomé.

Después de la lectura del Apocalipsis, la del pasaje del evangelio de san Juan nos pone con los pies en la tierra: se trata del seguimiento. Dos discípulos de Juan Bautista han seguido a Jesús por propia iniciativa, Jesús los ha aceptado en su compañía (Jn 1,35-39). Andrés, uno de ellos, va en busca de su hermano Simón y lo lleva ante Jesús, quien lo toma también como discípulo, imponiéndole un nombre significativo (Jn 1,40-42). Luego, Jesús, camino de Galilea, llama en su seguimiento a Felipe, paisano de Andrés y Pedro según san Juan, originarios de la pequeña ciudad de Betsaida en el litoral norte del mar de Galilea (los sinópticos dicen que Pedro y Andrés eran de Cafarnaún, no dan más datos de Felipe). Ahora, en nuestra lectura de hoy, Felipe habla de Jesús a Natanael, un apóstol no mencionado en los sinópticos, pero identificado por la tradición con el apóstol Bartolomé cuya fiesta estamos celebrando. El proceso vocacional de este discípulo resulta más complicado, Natanael duda, al escuchar al entusiasmado Felipe hablándole de Jesús, el hijo de José, de que de la oscura y desconocida Nazaret pueda salir algo bueno. Esto manifiesta, tal vez, su carácter franco y exigente. El elogio de Jesús, que lo llama "Israelita de verdad", no lo conmueve, simplemente pregunta por qué razón es conocido. Cuando Jesús le muestra su poder mesiánico, su sabiduría divina, su conocimiento sobrenatural de las cosas y de los seres humanos, Natanael rendidamente reconoce: "Rabbí (maestro en arameo), tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel". Luego Jesús anuncia al nuevo apóstol que verá cosas más grandes que el conocimiento sobrenatural del Mesías, que lo verá glorioso, resucitado de entre los muertos, sentado a la derecha del Padre.

La memoria de los apóstoles nos habla de nuestra propia vocación. También nosotros fuimos llamados por Cristo, alguien nos lo presentó o nos introdujo en su presencia, o simplemente fuimos llamados: "sígueme". Y a nosotros también, como a cada uno de los apóstoles, nos ha sido confiada una misión en la Iglesia. Según nuestras capacidades, según nuestras responsabilidades. No podemos dejar que nuestra vocación se duerma inactiva en cualquier rincón de nuestra vida. Confesemos a Jesús como lo hizo el apóstol Natanael-Bartolomé, y abracémonos a nuestra responsabilidad de testimoniar y anunciar el mensaje cristiano.

1. Juan Mateos, El evangelio de Juan. Texto y comentario. Ediciones El almendro, Córdoba 2002 (en prensa).

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).


4. DOMINICOS 2004

24 de agosto, martes: San Bartolomé, Apóstol

Hoy la liturgia celebra la fiesta de un apóstol, san Bartolomé. En el Evangelio se le llama Natanael: “Encontró Felipe a Natanael y le dijo: hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la Ley, y los profetas, a Jesús de Nazaret... Y dijo Natanael: ¿de Nazaret puede salir algo bueno?”

Natanael era nativo de Caná de Galilea, próximo a Nazaret. Como Nazaret era un lugar poco valorado por los vecinos de la región, Natanael, en lenguaje de vecindad, habla de él con retintín y acento despectivo. Para nosotros, ese acento peculiar y la naturalidad de las expresiones populares son detalles que dan al Evangelio cierto carácter de realismo, de historicidad, de cercanía a la gente, rasgos muy apreciados por Jesús.

San Bartolomé, o Natanael, fue, según la tradición, apóstol y evangelizador en la India, donde se le mantiene especial devoción y aprecio. Alegrémonos de ello, y en nuestra celebración tratemos de asimilar el mensaje que los textos de la fiesta nos ofrecen, al mismo tiempo que oramos por la religión católica en la India.


La luz de Dios y su mensaje en la Biblia
Libro del Apocalipsis 21, 9-14:
“Un día el ángel habló al autor del libro, Apocalipsis, y le dijo: Ven y te mostraré la novia, la esposa del Cordero. Dicho eso, me transportó en espíritu a un monte altísimo y allí me hizo ver la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios.

Toda ella brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Estaba rodeada por una muralla grande y alta, con doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel ...

Y el muro tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero”.

Evangelio según san Juan 1, 45-51:
“Cierto día, saliendo Jesús hacia Galilea, encontró a Felipe, y le dijo: sígueme...

Felipe encontró a Natanael y le dijo: Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y los profetas, lo hemos encontrado: me refiero a Jesús, hijo de José, de Nazaret. Natanael le replicó: pero ¿de Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le contestó: ven y verás.

Jesús, cuando vio que se acercaba Natanael, dijo de él: ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Lo oyó Natanael y le contestó: ¿de qué me conoces?

Jesús le respondió: antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Natanael respondió: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Y Jesús le contestó: ¿por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores...”


Reflexión para este día
Doce puertas, doce ángeles, doce tribus, doce apóstoles.
En honor al apóstol Bartolomé, del que tenemos muy pocas noticias, la liturgia eclesial toma un párrafo del capítulo 21 del Apocalipsis dedicado a la declaración solemne de que los apóstoles del Señor son columnas o fundamento de la Iglesia, por derivación del poder de Cristo Jesús.

Para nosotros, como creyentes, cuanto se refiere en la Escritura al grupo de apóstoles es de enorme importancia, pues ellos fueron las personas más cercanas y mejor instruidas por Jesús, y ellos principalmente -haciendo vida misional, evangelizadora- recibieron el encargo de cumplir la voluntad del Maestro: implantar el Reino en el mundo.

Honrémonos, pues, en ellos y con ellos. Son maestros de nuestra fe. Y tengamos muy presente que, como apóstoles, y a imagen de Natanael, en nosotros no debe haber ni engaño ni doblez. Hoy, como ayer, es grato ante los ojos de Dios el corazón humano sencillo, ingenuo, pronto, servicial, disponible....


5. Comentario: Mons. Dr. Christoph Bockamp, Vicario de la Prelatura del Opus Dei en Alemania

«Ven y lo verás»

Hoy celebramos la fiesta del apóstol san Bartolomé. El evangelista san Juan relata su primer encuentro con el Señor con tanta viveza que nos resulta fácil meternos en la escena. Son diálogos de corazones jóvenes, directos, francos... ¡divinos!

Jesús encuentra a Felipe casualmente y le dice «sígueme» (Jn 1,43). Poco después, Felipe, entusiasmado por el encuentro con Jesucristo, busca a su amigo Natanael para comunicarle que —por fin— han encontrado a quien Moisés y los profetas esperaban: «Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1,45). La contestación que recibe no es entusiasta, sino escéptica : «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» (Jn 1,46). En casi todo el mundo ocurre algo parecido. Es corriente que en cada ciudad, en cada pueblo se piense que de la ciudad, del pueblo vecino no puede salir nada que valga la pena... allí son casi todos ineptos... Y viceversa.

Pero Felipe no se desanima. Y, como son amigos, no da más explicaciones, sino dice: «Ven y lo verás» (Jn 1,46). Va, y su primer encuentro con Jesús es el momento de su vocación. Lo que aparentemente es una casualidad, en los planes de Dios estaba largamente preparado. Para Jesús, Natanael no es un desconocido: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¿De qué higuera? Quizá era un lugar preferido de Natanael a donde solía dirigirse cuando quería descansar, pensar, estar sólo... Aunque siempre bajo la amorosa mirada de Dios. Como todos los hombres, en todo momento. Pero para darse cuenta de este amor infinito de Dios a cada uno, para ser consciente de que está a mi puerta y llama necesito una voz externa, un amigo, un “Felipe” que me diga: «Ven y verás». Alguien que me lleve al camino que san Josemaría describe así: Buscar a Cristo; encontrar a Cristo; amar a Cristo.


6.

Reflexión:

Apoc. 21, 9-14. Cuando sea la consumación entonces se llevará a efecto el Matrimonio eterno del Cordero con la Novia, la Ciudad Santa que descenderá del cielo, resplandeciente con la Gloria de Dios. Será algo totalmente nuevo; hacia esa ciudad, de sólidos cimientos, se encamina la Iglesia como peregrina por este mundo. No puede detenerse a contemplar la obra realizada. Constantemente debe vivir en el amor hecho servicio, pues sólo al final del tiempo podremos decir que Dios será en nosotros y nosotros en Dios. Nuestra fidelidad a la doctrina que recibieron los apóstoles será lo que le dé firmeza a nuestra fe. Pero esa fidelidad no puede centrarse sólo en la escucha de sus enseñanzas sino en la puesta en práctica de todo aquello que ellos experimentaron en su vida. Entonces, al igual que ellos, nos encaminaremos hacia las bodas eternas con el Cordero Inmaculado a través del camino, tal vez arduo, que nos lleva tras las huellas de Cristo, cargando nuestra cruz de cada día, sabiendo que jamás podremos decir que somos lo suficientemente perfectos, sino que necesitamos de una continua conversión y del ser conformados, día a día, por el Espíritu Santo, en una imagen cada vez más perfecta del Hijo de Dios.

Sal. 145 (144). Quien ha experimentado el amor de Dios no puede sino convertirse en testigo alegre del mismo para toda la humanidad. La Iglesia de Cristo proclama las maravillas de su Señor porque Él la amó y se entregó por ella para purificarla de todos sus pecados. Aun cuando a veces nos sucedan algunos acontecimientos incomprensibles, tal vez incluso dolorosos, el Señor jamás nos abandonará, sino que estará siempre a nuestro lado como poderoso protector, pues Él es nuestro Padre, lleno de amor y de ternura por nosotros, y no enemigo a la puerta. Él no está lejos de aquellos que lo buscan, y está muy cerca de quien lo invoca. Dejémonos amar por el Señor. Pero no sólo busquemos su protección; busquemos también vivir comprometidos con la Misión salvadora que Él confió a su Iglesia.

Jn. 1, 45-51. Ser verdaderos hombres de fe, en quienes no haya doblez. Eso es lo que espera Dios de nosotros, que decimos haber depositado en Él nuestra fe y nuestra confianza. Jesús conoce hasta lo más profundo de nuestro ser. Ante sus ojos nada hay oculto. Pero el que Él nos conozca y nos ame no tendrá para nosotros ningún significado si no aceptamos ese amor que nos tiene, y si no nos dejamos conducir por Él. Confesar a Cristo como el Hijo de Dios y Rey de Israel no debe llevarnos a verlo como alguien lejano a nosotros. En Cristo, Dios se acercó a nosotros para liberarnos de nuestra esclavitud al pecado y hacernos hijos de Dios. Jesús es no sólo el Hijo de Dios; Él mismo le recuerda a Natanael que es el Hijo del hombre, que se convierte en nuestro camino para llegar hasta Dios. Mayores cosas habrá de ver Natanael: La glorificación de Jesús, que, pasando por la muerte, se sentará en su trono de Gloria eternamente y nos abrirá el cielo para que, llegado el momento, también nosotros participemos de su Gloria. Sea Él bendito por siempre.

Mientras somos Iglesia peregrina en este mundo el Señor continua presente en medio de su Pueblo, de un modo especial cuando nos reúne para la celebración de su Misterio Pascual. Pareciera que de un poco de pan y de vino nada, o por lo menos sólo algo bueno podría comunicársenos. Pero nuestra fe nos hace saber que es el Señor, con todo su poder el que se nos entrega como alimento, como Pan de Vida eterna. El Señor, así, día a día nos va preparando para las bodas eternas. Nos purifica de nuestros pecados, y su Espíritu Santo va realizando su obra de salvación en nosotros. Ojalá y nuestros nombres queden escritos para siempre en la Ciudad de sólidos cimientos, para que seamos dignos de participar de la Gloria que el Señor nos ofrece.

Somos tan frágiles que no podemos negar que muchas veces el pecado nos ha dominado, y hemos vivido infieles a la Alianza que Dios ha sellado con nosotros mediante la Sangre del Cordero Inmaculado. Pero Dios no nos ha abandonado, sino que espera nuestro retorno, para revestirnos nuevamente de su propio Hijo, con todos los derechos que a Él le corresponden. ¿Acaso podrá salir algo bueno de nosotros? No tengamos miedo ni nos desanimemos. Basta que tengamos fe, pues el Señor hará grandes cosas por nosotros. Si confiamos en el Señor veremos maravillas, pues Dios hará que nuestra vida de pecado quede atrás y que en adelante vivamos como hijos suyos. Confiemos en Él. Veamos a los Apóstoles. Veamos sus fragilidades, defectos y traiciones. Pero contemplemos también la obra que la gracia realizó en ellos. Dios puede hacerlo también con nosotros, si no lo abandonamos ni desconfiamos de su amor ni de su misericordia.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber vivir a plenitud nuestro compromiso de fe en Cristo Jesús, no sólo para disfrutar sus dones, sino también para trabajar intensamente por su Reino. Amén.

Homiliacatolica.com


7.

San Pedro Damián (1007-1072) ermitaño, obispo, doctor de la Iglesia
Sermón 42, para la fiesta de S. Bartolomé; PL 144, 726-728

“Como la lluvia y la nieve caen del cielo...así será la palabra que sale de mi boca...” (Is 55,10)

Los apóstoles son las perlas preciosas que San Juan dice haber visto en el Apocalipsis y que constituyen las puertas de la Jerusalén celestial. (Ap 21,21)... En efecto, cuando los apóstoles, por sus signos y prodigios hacen brillar la luz divina, abren las puertas de la gloria de la Jerusalén celestial a todos los pueblos convertidos a la fe cristiana. Y todos los que se salvan, gracias a ellos, entran en la vida, como un viajero entra por una puerta... De ellos dice el profeta: “¿Quiénes son ésos que vuelan como nubes...?” (Is 60,8) Estas nubes se condensan en agua cuando riegan la tierra de nuestro corazón con la lluvia de su doctrina para hacerla fértil y portadora de gérmenes de buenas obras...

Bartolomé, cuya fiesta celebramos hoy, quiere decir en arameo: “hijo del portador de agua”. Es hijo de este Dios que levanta el espíritu de sus predicadores a la contemplación de las verdades de arriba, de manera que puedan regar con eficacia y en abundancia, con la lluvia de la palabra de Dios, el campo de nuestros corazones. Ellos beben el agua de la fuente con el fin de podernos saciar a nosotros de esta misma agua.


8. FLUVIUM 2004

Coherentes con nosotros y con Dios

Celebramos la fiesta de San Bartolomé. Uno de los apóstoles de Jesús, que ha pasado a la historia del cristianismo como prototipo y ejemplo de franqueza sincera y de fe. Bartolomé –Natanael, en su lenguaje de origen– era amigo del apóstol Felipe, que, según narra san Juan, le habló del Señor muy poco tiempo después de recibir él mismo la llamada a seguirle. Felipe, en efecto, parece sentir la necesidad de comunicar su gran hallazgo, el Mesías, aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Desde los primeros compases de la vida cristiana la "Buena Noticia" se extiende del modo más natural, porque unos quieren hacer partícipes a los otros de lo, por fin, ha llenado sus vidas.

Natanael no parecía precisamente un ingenuo. Felipe lo conocía bien y no intenta complicarse la vida con especiales razonamientos o demostraciones teóricas acerca de la categoría de Jesús. Ven y verás, le dice. Sin duda, el apóstol recién llamado rebosaba entusiasmo, a pesar del poco tiempo que llevaría siguiendo al Maestro. No le valía, sin embargo, a Natanael –cargado de prejuicios, por otra parte– lo que consideraba tal vez una reacción de euforia pasajera de su amigo. De entrada, no parecen muy dispuesto, a pesar de la amistad, a reconocer sin más una gran categoría en alguien de Nazaret. Menos aún, como pretendía Felipe que hiciera, admitir sin reparos que ese Jesús era el Mesías, la esperanza de todo israelita.

Pero a Bartolomé no le puede el orgullo. Seguro de sí mismo, es a la vez sencillo y no desprecia, como si fuera del todo irrelevante, lo que Felipe le propone. No se trataba, evidentemente, de una trivialidad lo que acababa de oír. Aquel no era, desde luego, uno de tantos comentarios intrascendentes. Por improbable que le resultara, no podía negarse, siendo persona de una pieza, cuando su amigo Felipe estaba comprometiendo su honradez, animándole a comprobar por sí mismo la verdad de cuanto decía. Haberse negado, por indolencia, por comodidad, por orgullo..., hubiera supuesto un cierto e injustificado desprecio a Felipe, impropio de él.

Natanael se aproxima y Jesús retrata a la perfección su personalidad atractiva en muy pocas palabras ante todos: Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Y, a continuación, en respuesta a la natural extrañeza del futuro apóstol, dice Jesús de modo implícito el motivo de su infinita sabiduría. Manifiesta abiertamente que sus capacidades son sobrenaturales: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

A partir de ese momento, y para el resto de su vida, no hubo ya para Bartolomé otro interés que servir a la causa de Jesús. La condición divina, de quien había podido conocerle por dentro y también su quehacer de unos momentos antes, debía ser, en justicia, confesada. Su hombría de bien le impulsa a no callar: Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Lo demás, en la vida de san Bartolomé, fue una consecuencia lógica de quien, en efecto, no tiene doblez. Este apóstol procuró ser coherente en lo sucesivo con lo que tuvo ocasión de comprobar, con la asistencia eficaz de Felipe: que Jesús de Nazaret era el Cristo prometido por Dios como Salvador del mundo. Y ese mismo Hijo Dios lo admitía entre los suyos. Dios encarnado contaba con su colaboración y le prometía contemplar y participar en su gloria sobrenatural.

Ante la figura sencilla, franca y recia, de Natanael, consecuente con sus convicciones por mucho que se deba rectificar: humilde, ¿qué conclusiones, que propósitos nos brotan en el silencio sincero de nuestra meditación? Posiblemente debemos aprender también de este apóstol su fe. Una fe en la divinidad de Jesucristo que se desborda en confesión pública y en conducta de vida leal a Quien se le ha manifestado de modo tan gratuito y le ha enriquecido para siempre. La promesa de Jesús: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo de el Hombre, es, desde luego, un animante estímulo para siempre, capaz de hacer reemprender el trabajo apostólico en momentos de aridez, o cuando una pesada soledad parece agostar las joviales energías de otro tiempo.

Dios no sabe abandonar a sus hijos. A cada uno nos basta ser como somos, coherentes con las capacidades que hemos recibido por familia, por cultura, por medios materiales, por salud... Dios nos conoce y quiere difundir en nuestros ambientes su Gracia y el tesoro de una Vida Eterna usando nuestras manos, nuestra boca, nuestro trabajo, nuestra sonrisa.

La Madre Dios, Reina de los Apóstoles, nos protege maternalmente, como protegió a los doce discípulos de su Hijo, hasta que se vieron llenos del Espíritu Santo.


9.

Al comenzar la misa hacíamos la siguiente oración:

Afianza Señor en nosotros aquella fe con la que Bartolomé, tu apóstol se entregó sinceramente a Cristo.

Pues eso es lo que debemos de pedir hoy en esta misa en honor de San Bartolomé, que se acreciente y se fortalezca en nosotros la fe en JC. ya que Bartolomé fue por encima de todo un hombre de fe,

Desde el primer momento en que se encontró con Jesús, nada más verlo exclamó lleno de admiración: Tu, Señor, eres el Hijo de Dios, tu eres el rey de Israel. Por el simple hecho de haberlo reconocido debajo de la higuera, Bartolomé (que en el evangelio aparece como Natanael) exclamó admirado que Jesús era el Hijo de Dios, tal vez no supiera demasiado bien lo que decía, pero desde aquella exclamación quedó marcado el rumbo de su vida:

Cuando Jesús lo llamo para ser su discípulo, el lo dejó todo para seguirlo.

Durante tres años estuvo atento a las enseñanzas de Jesús, lo siguió, estuvo cerca de él, profundizando y madurando aquella fe inicial.

Tras la resurrección de Jesús fue al mando entero a proclamar La Buena Noticia. De hecho la tradición nos cuenta que anunció el evangelio en la India

Así, Bartolomé es para nosotros un ejemplo de fe:

Todos nosotros, nos hemos encontrado con Jesús desde pequeños, en casa desde niños nuestros mayores nos enseñaron a rezar.

En la catequesis y en el colegio hemos aprendido cosas de Jesús.

En la misa del domingo escuchamos la Palabra de Dios que nos habla de Jesús.

En muchas ocasiones tenemos la posibilidad de conocer y de saber cosas de su vida

Pero de alguna manera nos pasa que no acabamos de entusiasmarnos con él. A diferencia de San Bartolomé la fe en Jesús no marca el rumbo de nuestra vida.

Para nosotros la fe en Jesús no siempre es un descubrimiento, sino que más bien nos parece algo normal, y por parecernos algo normal podemos acabar por restarle importancia.

Nos puede pasar que estemos acostumbrados a tener fe igual que podemos estar acostumbrado a tener agua potable (cuando solo una de cada tres personas la tiene en el mundo), o igual que podemos estar acostumbrados a vivir rodeados de un paisaje privilegiado y no valorarlo. La costumbre, en ocasiones, nos hace no valorar las cosas que tenemos a nuestro alrededor.

Pues bien por eso al comenzar la misa decíamos.- Afianza Señor en nosotros aquella fe con la que Bartolomé, tu apóstol se entregó sinceramente a Cristo.

Pedíamos al Señor que nos afiance la fe, y también debemos de pedir que nos la fortalezca, y que nos la aumente.

Y debemos de pedir al Señor que nos ayude a valorar el tesoro que nos ha concedido.

Por que tenemos la obligación de valorar el don de la fe, el regalo que a través de los apóstoles y de nuestros padres hemos recibido de Dios.

La Fe no es cualquier cosa porque da sentido a nuestra vida y da sentido a nuestra muerte

Nos ayuda a caminar por la vida con una escala de valores humana, que nos dice que los hombres no solamente somos iguales, sino hermanos

Debemos valorarla porque no es lo mismo tener fe que no tenerla, tener fe es una suerte inmensa.

Pero esta fe que hoy pedimos no podemos guardárnosla para nosotros, sino que tenemos también que compartirla, empezando por los más cercanos, por aquellos que viven con nosotros.

Eso era lo que hacían los primeros discípulos de los que nos hablaba el evangelio. Se decían unos a otros hemos encontrado al Mesías. A ejemplo de ellos nosotros también debernos de profundizar en nuestra fe, de valorarla, y de dársela a conocer a los demás.

Pidamos en esta celebración, por encima de todo lo que pedíamos al comenzar la misa: Afianza, Señor en nosotros aquella fe con la que Bartolomé, tu apóstol se entregó sinceramente a Cristo.

Que esa fe sea el centro de nuestra vida

Que S. Bartolomé nos ayude a afianzar nuestra fe, y a compartirla con todos los que nos rodean para que crezca, y se fortalezca.

 

Presentemos nuestras necesidades a Dios Padre por medio de su apóstol San Bartolomé.

Por la Iglesia para que siempre sea testimonio vivo del amor de Dios a todos los hombres. RGS

Por todas las personas que anónimamente sufren el martirio en sus vidas. RGS.

Por los gobernantes de las naciones, para que se esfuercen en luchar por la Justicia. RGS.

Por todos los que entregan su vida para dar testimonio de su fe en el trabajo, la familia y en todos los ámbitos de su vida. RGS

Por todos los que celebraron durante años esta fiesta con nosotros, y ya descansan en los brazos del Padre, por todos los difuntos de la parroquia. RGS

Por nuestra parroquia de Piñera, por todos los que la formamos, para que con ayuda d eDiso y el esfuerzo de todos seamos una comunidad viva y evangelizadora. RGS

Dios Padre todopoderoso escucha estas oraciones que te presentamos por intercesión de S. Bartolomé, escucha también la que cada uno de nosotros te presenta desde su corazón. Concédenos todo lo que tu sabes que necesitamos y te pedimos PJNS.

Paco Artime
Parroquia de Tapia de Casariego


10. Bartolomé, el hombre que se entusiasmó por Cristo

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Juan P. Ferrer

Vamos a contemplar en la figura del Apóstol Bartolomé el entusiasmo por Cristo de un hombre que poco antes, ante las palabras de Felipe, había dicho: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?.

1. Los hombres de todos los tiempos se han preguntado una y otra vez por la felicidad, aunque tal vez nunca comprendieran qué es realmente eso de la felicidad. Y se han dedicado siempre a buscarla por todos los conductos y todos los medios. Han elaborado teorías tan variopintas que entre unas y otras se dan profundas contradicciones. Y, siempre al final, se tiene la impresión de que no se acaba de acertar: ni la vida fácil, ni el estudio de la filosofía, ni el dinero, ni la fama, ni el progreso, ni muchas otras cosas son capaces de llenar el corazón infinito del hombre. Por ello, es que muchos seres humanos al vuelto los ojos hacia la figura de Cristo y le han preguntado si él puede de veras llenar el corazón humano de paz y de gozo. Hoy se lo queremos preguntar nosotros.

¿Eres tú, Cristo, lo que el hombre de hoy y de siempre espera? Todos sabemos por la historia que Jesús era un hombre excepcional, pero eso no basta para llenar el corazón humano. Juan Bautista envió a Cristo una legación para preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Mt 11,3). Éste es el interrogante que siempre se plantea el ser humano. Cristo responde afirmativamente a la pregunta de Juan Bautista, explayándose sobre sus propias obras que constituyen la prueba ineludible de los tiempos mesiánicos. Él, por tanto, afirma que es lo que el hombre de antaño, de hoy, y de mañana ha esperado, espera y esperará.

¿Tú, Cristo, puedes llenar siempre el corazón humano, infinito por su propia capacidad? Jesús no sólo fue un hombre perfecto, sino que era por antonomasia Dios Perfecto. En su condición de Dios, Jesús puede garantizarnos a los seres humanos su capacidad infinita en el tiempo y en la eternidad de llenar el corazón humano. ¿Quién en esta vida nos puede asegurar que nos querrá siempre? ¿Qué en esta vida nos podrá certificar que nos agradará siempre? ¿Qué en esta vida nos podrá vender la mentira de que siempre nos llenará de satisfacción? Todo, y todo lo que no sea Dios, es caduco, no podrá nunca asegurarnos un estado de felicidad infinita. Basta ver cómo se derrumban las esperanzas que tantos seres humanos han construido esperándolo todo de ellas. Sólo Cristo permanece.

Finalmente, ¿Tú, Cristo, eres capaz de llenar de alegría mi vida, de gozo mi corazón, de ilusión mi caminar con ese Evangelio en donde sólo los pobres, los mansos, los misericordiosos, los perseguidos van a ser felices? Y Cristo nos asegura que sí, que Él es capaz de llenar nuestras vidas con todo esto que el mundo desprecia y rechaza, porque los bienaventurados del mundo moderno son los poderosos, los dominadores, los ricos, los vengativos, los iracundos, los reconocidos, los que ríen. Es tremendo ver cómo se puede concebir de forma tan distinta la felicidad, pero ya la historia va dando de sobra la razón al Evangelio. Porque del Evangelio han salido los hombres felices, en paz, llenos de ilusión y esperanza. De las teorías del mundo moderno han salido las depresiones, las ansiedades, las angustias, la tristeza.

En conclusión, aceptemos a Cristo con ilusión, como la esperanza que se coloca por encima de cualquier otra esperanza, como la promesa que hace realidad lo más apetecido por el ser humano, como la certeza de un futuro lleno de sentido y de gozo. Cristo, Hijo de Dios, Perfecto Dios y Perfecto Hombre es la medida del corazón humano.

2. San Juan nos trasmite una historia bellísima en el relato de la vocación de los primeros discípulos (Jn 1, 45-51). Felipe, a quien poco antes el Señor había llamado a su seguimiento, se encuentra con Natanael y le dice lleno de gozo: AAquel de quien, escribió Moisés en la ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret. El bueno de Natanael le responde con un cierto aire de desconfianza: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?. Poco después tras el encuentro de Jesús y Natanael, éste último exclama con ilusión y fuera de sí: "Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel", y todo porque el Maestro le había dicho que lo había visto debajo de la higuera. Parece una escena surrealista, pero encierra una gran verdad, que vamos a comentar.

¿De Nazaret puede haber cosa buena? (Jn 1,46). Natanael, tal vez acostumbrado ya a tantos falsos mesías que habían salido como estrellas fugaces en la historia del pueblo de Israel, se extraña de aquellas palabras tan encendidas de Felipe en las que le comunica que un tal Jesús, de Nazaret, hijo de José, es el anunciado por Moisés y los profetas. No es rara esta experiencia para el hombre de hoy y de siempre, que lo ha esperado todo de todo y de todos y casi siempre se ha visto a sí mismo sorprendido por la inconsistencia de las cosas. Por eso, Natanael se sorprende y responde con esa pregunta: ¿De Nazaret puede haber cosa buena?. Este tipo de repuestas se encuentran en los labios de muchos hombres de hoy a propósito de cualquier nueva proposición de dicha ofrecida por la sociedad o por un amigo. La desilusión y la desconfianza se han instalado en ese corazón ya un poco seco y pasota del hombre moderno.

"Rabbí, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel" (Jn 1,49). Después de que Felipe le invite a acercarse a Cristo y de que Cristo hable de su honradez y rectitud, son esas palabras de Cristo: "Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi", (Jn 1,48), las que mueven de una forma terrible el interior de Natanael y en un grito de admiración y de reconocimiento llama a Jesús "Hijo de Dios". Para Natanael, tal vez un inquieto rabino o estudioso de las Escrituras, de repente la vida se ha iluminado con la presencia de aquel hombre que le ha presentado su amigo Felipe. En él ha encontrado de repente y de golpe a quien buscaba y lo que buscaba en una armoniosa síntesis. Es como si una vida ya al borde del desencanto se encontrara de repente con esa verdad que lo explica todo y llena de paz y felicidad el corazón. Todavía no sabe cómo, pero Natanael intuye que aquel hombre va a colmar todas sus expectativas.

"Has de ver cosas mayores" (Jn 1,50). Jesús le anuncia que aquella primera experiencia se va a multiplicar. Es como si le dijese: si dejas a Dios de veras entrar en tu corazón, todo lo que anhelabas, esperabas, deseabas, se convertirá en realidad. Y es que Dios es mucho más de lo que el hombre puede imaginarse. En realidad la felicidad que el hombre busca no es nada al lado de lo que Dios le ofrece. Dios siempre supera toda expectativa, todo deseo, toda esperanza. Natanael, el desconfiado, de repente ha quedado cogido por Cristo y un sentimiento de entusiasmo se apodera de él. En adelante será un don, una gracia, un privilegio servir a aquel Maestro que ya le había visto cuando estaba debajo de la higuera. Si nosotros dejáramos a Dios entrar en nuestro corazón a fondo, si nosotros hiciéramos una experiencia auténtica de Dios, si nosotros nos liberáramos del miedo a abrir las puertas del corazón a Dios, también diríamos, llenos de entusiasmo y gozo, "Rabbí, Tú eres el Hijo de Dios".

3. Este Apóstol, con su admiración por Cristo, nos puede enseñar a nosotros, hombres de hoy, una serie de actitudes muy necesarias frente a las cosas de Dios, pues a lo mejor es posible que nuestra vida espiritual y religiosa esté impregnada de modos fríos, racionalistas, calculadores, lejanos todos ellos de ese talante alegre, cordial y humano que debe caracterizarnos como hijos de Dios. Hay que decir que a veces el debilitamiento en la fe de muchos hermanos nuestros ha sido culpa de no ver en la religión a una persona, sino sólo un conjunto de principios y normas. Si nuestra religión no es Cristo, si el porqué de nuestra fidelidad no es su Persona, si en cada mandamiento no vemos el rostro de Jesús, la religión terminará agobiándonos, porque se convertirá en un montón de deberes, sin relación a Aquél a quien nosotros queremos servir. Vamos, pues, a exponer algunas de las características que deben brillar en la vivencia de nuestra fe y de nuestros deberes religiosos.

Si Cristo, don de Dios al mundo, es lo mejor para el hombre, entonces es imposible no vivir con gozo y alegría profunda la fe, es decir, la relación personal del hombre con Dios. Muchas veces los cristianos con nuestro estilo de vivir la fe, marcado por la tristeza, la indiferencia, el cansancio, estamos demostrando a quienes buscan en nosotros un signo de vida una profunda contradicción. El cristianismo es la religión de la alegría y no puede producir hombres insatisfechos. Al revés, la religión vivida de veras, como fe en Jesucristo, confiere al hombre plenitud, gozo, ilusión. Frente a todas las propuestas de felicidad, que terminan con el hombre en la desesperación, Cristo es la respuesta verdadera que no sólo no engaña sino que colma mucho más de lo esperado. Esta certeza debe reflejarse en nuestro rostro, rostro de resucitados, rostro de hombres salvados.

Si Cristo está vivo y es Hijo de Dios, mi relación con él tiene que ser mucho más personal, cercana e íntima. Tal vez ha faltado en muchas educaciones religiosas ese acercamiento humano a la figura de Cristo, un acercamiento que nos permite establecer con él una relación más cordial y sincera, como la que se tiene con un amigo. Es fácil comprender por qué con frecuencia la vida de oración de muchos creyentes es árida, seca, distraída. No se entra en contacto con la Persona, sino sólo tal vez con una idea de Dios, aun dentro del respeto y de la veneración. De ahí el peligro para muchos hombres de racionalizar la misma oración, convirtiéndola en reflexión religiosa, pero no en experiencia de Dios. Lógicamente la fe se empobrece mucho así. Y no debe ser así. La fe ha de ser vivida como experiencia personal de Cristo, y por tanto en un clima de cordialidad y de cercanía.

Si Cristo es, en fin, la esperanza del mundo, de la que hablaron Moisés y los profetas, entonces hay que vivir en la práctica la fe con seguridad y convencimiento. Podemos dar la impresión los cristianos de que creemos en Cristo, pero no lo suficiente como para abandonar otros caminos de felicidad al margen de él, de su Evangelio, de su Persona. Y esto en la vida se convierte en una contradicción práctica. Aparentamos tener lo mejor, pero nos cuidamos las espaldas teniendo reemplazos. Es como si afirmáramos que tal vez la fe en Cristo no es del todo segura y cierta, que tal vez él nos puede fallar. El mundo necesita de nosotros hoy la certeza de nuestra fe, una certeza que nos lleve a quemar los barcos, porque ya no los necesitamos, seguros como estamos de que hemos elegido la mejor parte.

Conclusión. Cómo se necesita en estos momentos en nuestra vida de cristianos y creyentes estas características en nuestra relación con Dios: un estilo de fe lleno de gozo y de entusiasmo, una relación con Dios cercana y cordial, una certeza absoluta de Dios como lo mejor para el hombre de hoy. En esta sociedad en que por desgracia la fe se ha convertido en una carga, hacen falta testigos vivos de un Evangelio moderno y verdadero. En este mundo en que falta alegría en muchos cristianos que viven un poco a la fuerza su fe, hacen falta rostros alegres porque saben vivir su religión en la libertad. Y en este peregrinar hacia la eternidad en el que muchos creyentes miran hacia atrás acordándose de lo que dejan, hacen falta hombres que caminen con seguridad y certeza, sin volver los ojos atrás, hacia el futuro que Dios nos promete.