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Los siete dones del Espíritu

Siete dones, 47. -Correspondencia entre virtudes y dones, 47.

1. El don de temor. Sagrada Escritura, 48. -Teología, 48. -Santos, 49. -Disposición receptiva, 51.

2. El don de fortaleza. Sagrada Escritura, 52. -Teología, 53. -Santos, 54. -Disposición receptiva, 57.

3. El don de piedad. -Sagrada Escritura, 57. -Teología, 59. -Santos, 59. -Disposición receptiva, 61.

4. El don de consejo. -Sagrada Escritura, 61. -Teología, 63. -Santos, 65. -Disposición receptiva, 67.

5. El don de ciencia. -Sagrada Escritura, 67. -Teología, 69. -Santos, 70. -Disposición receptiva, 73.

6. El don de entendimiento. -Sagrada Escritura, 74. -Teología, 75. -Santos, 76. -Disposición receptiva, 78.

7. El don de sabiduría. -Sagrada Escritura, 79. -Teología, 80. -Santos, 80. -Disposición receptiva, 83.

 

Siete dones

La tradición espiritual y teológica entiende que son siete los dones del Espíritu Santo, y halla la raíz de su convencimiento en la Sagrada Escritura, especialmente en algunos lugares principales.

En Isaías 11, 2-3, concretamente, se asegura que en el Mesías esperado habrá una plenitud total de los dones del Espíritu divino. No le serán dados estos dones con medida, como a Salomón se le da la sabiduría o a Sansón la fortaleza, sino que sobre él reposará el Espíritu de Yahavé con absoluta plenitud.

No entro aquí acerca de si los dones son seis o son siete, según el texto original y la versión de los Setenta y de la Vulgata, pues habríamos de analizar cuestiones exegéticas demasiado especializadas para nuestro intento.

Los Padres antiguos vieron también aludidos los siete dones del Espíritu Santo en aquellos septenarios del Apocalipsis que hablan de siete espíritus de Dios (1,4; 5,6), siete candeleros de oro (1,12), siete estrellas (1,16), siete antorchas (4,5), siete sellos (5, 1.5), siete ojos y siete cuernos del Cordero (5,6).

Éstos y otros lugares de la Escritura fueron estimulando desde antiguo en la historia de la teología y de la espiritualidad una doctrina sistemática de los siete dones del Espíritu Santo, que alcanza su madurez en la teología de Santo Tomás, que ya hemos estudiado anteriormente, aunque sea en forma muy breve.

Correspondencia

Santo Tomás enseña que todos los dones del Espíritu Santo están vinculados entre sí, de tal modo que se potencian mutuamente: el don de fortaleza, por ejemplo, ayuda al de consejo, y éste abre camino al don de ciencia, etc. Y a su vez todos los dones están vinculados con la caridad teologal (STh I-II,68,5).

A esa doctrina muy firme, añade el Doctor común otras explicaciones más opinables, en las que señala que hay también una especial correspondencia entre cada una de las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que vienen a perfeccionarlas en su ejercicio (STh I-II,68-69; II-II, 8. 9. 19. 45. 52. 121. 139.141 ad3m).

Virtudes teologales Dones del Espíritu

(sobre el fin) Santo

Caridad Sabiduría

Fe Ciencia y Entendimiento

Esperanza Temor

Virtudes morales

(sobre los medios)

Prudencia Consejo

Justicia Piedad

Fortaleza Fortaleza

Templanza Temor

Todos los dones del Espíritu Santo son perfectísimos, evidentemente. Sin embargo, la tradición teológica y espiritual suele ver en ellos una escala ascendente de menor a mayor excelencia: en la base pone el temor de Dios y en la cumbre el don de sabiduría.

Notemos, por último, antes de examinar uno a uno los diferentes dones del Espíritu Santo, que todos ellos, aunque sean hábitos infusos distintos, son participaciones en un mismo y solo Espíritu, que obra así en el hombre al modo divino. El apóstol Pablo expresa esto en palabras muy breves, pero muy exactas: «hay diversidad de dones, pero uno solo es el Espíritu» (1Cor 12,4).

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El don de temor

Sagrada Escritura

La Biblia inculca desde el principio a los hombres el santo temor de Dios: «Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que sirvas al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma, que guardes los mandamientos del Señor y sus leyes, para que seas feliz» (Dt 10,12-13). En este texto, y en otros muchos semejantes, se aprecia cómo el temor de Dios implica en la Escritura veneración, obediencia y sobre todo amor.

También Jesucristo, siendo para nosotros «la manifestación de la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4), nos enseña el temor reverencial que debemos al Señor, cuando nos dice: «temed a Aquél que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna» (Mt 10,28).

Sabe nuestro Maestro que «el amor perfecto echa fuera el temor» (1Jn 4,18). Pero también sabe que, cuando el amor es imperfecto, el amor y el servicio de Dios implican un temor reverencial. Y como en seguida lo veremos en los santos, un amor perfecto a Dios lleva consigo un indecible temor a ofenderle.

Teología

El don de temor es un espíritu, es decir, un hábito sobrenatural por el que el cristiano, por obra del Espíritu Santo, teme sobre todas las cosas ofender a Dios, separarse de Él, aunque sólo sea un poco, y desea sometarse absolutamente a la voluntad divina (+STh II-II,19). Dios es a un tiempo Amor absoluto y Señor total; debe, pues, ser al mismo tiempo amado y reverenciado.

No es, por supuesto, el don de temor de Dios un temor servil, por el que se pretende guardar fidelidad al Señor única o principalmente por temor al castigo. Para que el temor de Dios sea don del Espíritu Santo ha de ser un temor filial, que, principalmente al principio o únicamente al final, se inspira en el amor a Dios, es decir, en el horror a ofenderle.

El don de temor de Dios intensifica y purifica todas las virtudes cristianas, pero algunas de ellas, como veremos ahora, están más directamente relacionadas con él.

El temor de Dios y la esperanza enseñan al hombre a fiarse sólamente de Dios y a no poner la confianza en las criaturas -en sí mismo, en otros, en las ayudas que pueda recibir-. Por eso aquel que verdaderamente teme a Dios es el único que no teme a nada en este mundo, ya que mantiene siempre enhiesta la esperanza. El justo «no temerá las malas noticias, pues su corazón está firme en el Señor; su corazón está seguro, sin temor» (Sal 111,7-8). En realidad, no hay para él ninguna mala noticia, pues habiendo recibido el Evangelio, la Buena Noticia, ya está seguro de que todas las noticias son buenas, ya sabe ciertamente que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).

Por eso, cuando el cristiano está asediado entre tantas adversidades del mundo, se dice: «levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?»; y concluye: «el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,1-2).

El temor de Dios y la templanza libran al cristiano de la fascinación de las tentaciones, pues el temor sobrehumano de ofender al Señor aleja de toda atracción pecaminosa, por grande que sea la atracción y por mínimo que sea el pecado. Para pecar hace falta mantener ante Dios un atrevimiento que el temor de Dios elimina totalmente.

El temor de Dios fomenta la virtud de la religión, lleva a venerar a Dios y a todo lo sagrado, es decir, a tratar con respeto y devoción todas aquellas criaturas especialmente dedicadas a la manifestación y a la comunicación del Santo.

Quien habla de Dios o se comporta en el templo, por ejemplo, sin el debido respeto, no está bajo el influjo del don de temor de Dios. En efecto, hemos de «ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia» (Heb 12,28). El mismo Verbo divino encarnado, Jesucristo, nos da ejemplo de esto, pues «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas, fue escuchado por su reverencial temor» (5,7).

El temor de Dios, en fin, nos guarda en la humildad, que sólo es perfecta, como fácilmente se entiende, en aquellos que saben «humillarse bajo la poderosa mano de Dios» (1Pe 5,6). El que teme a Dios no se engríe, no se atribuye los bienes que hace, ni tampoco se rebela contra Él en los padecimientos; por el contrario, se mantiene humilde y paciente.

El don de temor, como hemos dicho, es el menor de los dones del Espíritu Santo: «el principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 1,7). Es cierto; pero aun siendo el menor, posee en el Espíritu Santo una fuerza maravillosa para purificar e impulsar todas las virtudes cristianas, las ya señaladas, y también muchas otras, como fácilmente se comprende: la castidad y el pudor, la perseverancia, la mansedumbre y la benignidad con los hombres. El espíritu de temor ha de ser, pues, inculcado en la predicación y en la catequesis con todo aprecio.

Santos

El ejemplo de los santos, que consideraremos en cada uno de los dones del Espíritu Santo, nos hará conocer con claridad y certeza cuáles son los efectos que produce cada uno de los dones.

Ante «el Padre de inmensa majestad», como reza el Te Deum, el hombre, por santo que sea, en ocasiones se estremece. «¡Ay de mí, estoy perdido!, pues siendo un hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Yavé Sebaot», exclama Isaías (6,5). Sí, eso sucede en el Antiguo Testamento, ante Yavé, el Altísimo. Pero el mismo San Juan apóstol, el amigo más íntimo de Jesús, cuando le es dado en Patmos contemplar al Resucitado en toda su gloria, confiesa: «así que le vi, caí a sus pies como muerto» (Ap 1,18).

Este peculiar fulgor del don de temor de Dios se manifiesta innumerables veces en la vida de los santos cristianos.

Según Dios da su luz, se da en el alma de los santos una captación muy diversa de sí mismos. Santa Angela de Foligno aunque unas veces declara: «me veo sola con Dios, toda pura, santificada, recta, segura en él y celeste» (Libro de la vida, memorial, cp.IX), otras veces siente un horrible espanto de sí misma: «entonces me veo toda pecado, sujeta a él, torcida e inmunda, toda falsa y errónea» (ib.). Y hay momentos extremos en que ella, así lo confiesa, siente la necesidad de andar por ciudades y plazas, gritando a todos: «aquí está la mujer más despreciable, llena de maldad y de hipocresía, sentina de todos los vicios y males» (ib. instruc. I).

San Pablo de la Cruz, el fundador de los pasionistas, estando retirado unos días a solas en una iglesia solitaria, se siente a veces de tal modo embargado por el temor de Dios, es decir, por la captación simultánea de su propia miseria y de la Santidad divina, que se veía completamente indigno de estar en la iglesia, ante el sagrario, en lugar tan sagrado:

«y decía a los ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la iglesia, pues soy peor que un demonio. Sin embargo, no se me quita la confianza con mi Esposo Sacramentado. Y le decía que recordase lo que me ha dejado en el santo evangelio, esto es, que no ha venido él a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Diario espiritual 5-XII-1720).

En ciertas ocasiones, el Espíritu Santo hace que el santo, después de algún pecado, se estremezca de pena y espanto por el don de temor de Dios. Santa Margarita María de Alacoque, la que tantas y tan sublimes revelaciones había tenido del amor y de la ternura del Corazón de Jesús, refiere que en una ocasión tuvo «algún movimiento de vanidad hablando de sí misma»...

«¡Oh Dios mío! ¡Cuántas lágrimas y gemidos me costó esta falta! Porque, en cuanto nos hallamos a solas Él y yo, con un semblante severo me reprendió, diciéndome: "¿qué tienes tú, polvo y ceniza, para poder gloriarte, pues de ti no tienes sino la nada y la miseria, la cual nunca debes perder de vista, ni salir del abismo de tu nada?"». Y en seguida «me descubrió súbitamente un horrible cuadro, me presentó un esbozo de todo lo que yo soy... Me causó tal horror de mí misma, que a no haberme Él mismo sostenido, hubiera quedado pasmada del dolor. No podía comprender el exceso de su grande bondad y misericordia en no haberme arrojado ya en los abismos del infierno, y en soportarme aún, viendo que no podía yo sufrirme a mí misma. Tal era el suplicio que me imponía por los menores impulsos de vana complacencia; así que a veces me obligaba a decirle: "¡ay de mí, Dios mío!, o haced que muera o quitadme ese cuadro, pues no puedo vivir mirándole"» (Autobiografía 62).

Sin embargo, confiesa al final de su escrito, «por grandes que sean mis faltas, jamás me priva de su presencia [el Señor] este único amor de mi alma, como me lo ha prometido. Pero me la hace tan terrible cuando le disgusto en alguna cosa, que no hay tormento que no me fuera más dulce y al cual no me sacrificara yo mil veces antes que soportar esta divina Presencia y aparecer delante de la Santidad divina teniendo el alma manchada con algún pecado.

«En esas ocasiones, bien hubiera querido esconderme y alejarme de ella, si hubiese podido; mas todos mis esfuerzos eran inútiles, hallando en todas partes esa Santidad, de que huía, con tan espantosos tormentos que me figuraba estar en el Purgatorio, porque todo sufría en mí sin ningún consuelo, ni deseo de buscarle» (ib. 111).

El temor de Dios, en efecto, produce a veces en los santos verdaderos estremecimientos de espanto por los más pequeños pecados cometidos contra la Santidad divina. Sufren así entonces, como bien dice Santa Margarita María, sufrimientos muy semejantes a los propios del Purgaroio. Y muy al contrario, los cristianos todavía carnales son sumamente atrevidos a la hora de ofender a Dios en algo. No está en ellos despierto todavía el don del temor de Dios; y ofendiéndole, aunque sea en cosas pequeñas o no tan chicas, todavía se creen muy buenos.

El espanto que una ofensa mínima contra Dios causa en los santos puede verse en esta anécdota de la vida de Santa Catalina de Siena. Estando en oración, se distrae un momento, volviendo la cabeza para ver a un hermano suyo que pasaba. Al punto, la Virgen María y San Pablo le reprenden por ello con gran dureza, y ella llora y solloza interminablemente con inmensa pena, sin poder hablar palabra con los que le preguntan. Y su director espiritual cuenta:

«Cuando la virgen pudo por fin abrir la boca, dijo entre sollozos: "¡infeliz de mí, miserable de mí! ¿Quién hará justicia a mis iniquidades? ¿Quién castigará un pecado tan grande?"» (Leyenda 203).

La santa virgen Catalina tenía temor de Dios de un modo divino, sobrehumano. Y el beato Raimundo de Capua, su director, refiere que ella encarecía con frecuencia «el odio santo y el desprecio por sí misma» que debe sentir el alma:

«tened siempre en vosotros, hijos míos -decía-, ese odio santo, porque os hará siempre humildes. Tendréis paciencia en las adversidades, seréis moderados en la abundancia, os adornaréis con vestidos honestos, gratos y amables a Dios y a los hombres». Y añadía: «cuidado, mucho cuidado con quien no tenga ese odio santo porque, donde ese odio falta, reina necesariamente el amor propio, que es el pozo negro de todos los pecados, la raíz y la causa de todo pésimo afán» (101).

Cuando el don espiritual del temor divino actúa en el alma con la potencia sobrehumana del Espíritu Santo, el menor de los pecados es sentido como una atrocidad indecible. Santa Teresa de Jesús decía: «no podía haber muerte más recia para mí que pensar si tenía ofendido a Dios» (Vida 34,10). Eso es el temor de Dios.

Disposición receptiva

Para recibir el don de temor lo más eficaz es pedirlo al Espíritu Santo, por supuesto; pero además, con Su gracia, el cristiano puede prepararse a recibirlo ejercitándose especialmente en ciertas virtudes y prácticas:

1. Meditar con frecuencia sobre Dios, sobre su majestad y santidad. Hay que enterarse bien de que Dios es el Señor del universo, el Autor del cielo y de la tierra, el que con su Providencia lo gobierna todo, el Juez final inapelable.

2. Meditar en la malicia indecible del pecado, en la gravedad de sus consecuencias temporales, y en el horror de sus posibles consecuencias después de la muerte: el purgatorio, el infierno.

3. Cultivar la virtud de la religión, y con ella la reverencia hacia Dios y hacia todo aquello que tiene en la Iglesia una especial condición sagrada -el culto litúrgico, la Palabra divina, la Eucaristía, el Magisterio apostólico, los sacerdotes, las iglesias-.

4. Guardarse en la humildad y la benignidad paciente ante los hermanos, así como observar el respeto y la obediencia a los superiores, que son representantes del Señor.

5. Recibir las ley y la enseñanza de la Iglesia, observar las normas litúrgicas y pastorales, así como guardar fidelidad humilde en temas doctrinales y morales. Quien falla seriamente en algo de esto, y más si lo hace en forma habitual, es porque no tiene temor de Dios.

2

El don de fortaleza

Sagrada Escritura

En el Antiguo Testamento, los fieles captan espiritualmente a Dios como una fuerza inmensa e invencible, como una Roca, y al mismo tiempo como Aquél que es capaz de comunicar a sus fieles una fortaleza inexpugnable.

«Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador; Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte» (Sal 17,2-3). «El Señor es mi fuerza y escudo; en Él confía mi corazón. El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido» (27,7-8).

Los que tienen fe en Dios, a lo largo de sus vidas, pasarán por muchas y graves pruebas, pero siempre serán fortalecidos por la infinita fuerza del Espíritu:

Los creyentes, «gracias a la fe, conquistaron reinos, administraron justicia, alcanzaron el cumplimiento de las promesas, cerraron la boca de los leones, extinguieron la violencia del fuego, escaparon al filo de la espada, convalecieron en la enfermedad, se hicieron fuertes en la guerra [...] Unos se dejaron torturar, renunciando a ser liberados, otros sufrieron injurias y golpes, cadenas y cárceles. Fueron apedreados, destrozados, muertos por la espada. Anduvieron errantes, cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, desprovistos de todo, oprimidos, maltratados. El mundo no era digno de ellos, y tuvieron que vagar por desiertos y montañas» (Heb 11,32-38).

Así fue en el Antiguo Testamento, y así va a serlo más aún en el Nuevo. En efecto, los discípulos de Cristo necesitan ser muy fortalecidos por el Espíritu divino, pues al no ser del mundo, van a sufrir necesariamente la persecución del mundo. Es inevitable: «los que quieran ser fieles a Dios en Cristo Jesús tendrán que sufrir persecución» (2Tim 3,12). Está claramente anunciado por el Señor (Mt 5,11; Jn 15,18-21). Por tanto, en medio de los mundanos, que por su adoración a la Bestia mundana están más o menos sujetos al Maligno, los cristianos no pueden ser fieles a Cristo si no son especialmente fortalecidos por su Espíritu.

«Toda la tierra seguía maravillada a la Bestia... La adoraron todos los moradores de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero degollado... Y le fue otorgado [a la Bestia] hacer la guerra a los santos y vencerlos» (Ap 13). En realidad, quienes vencen son «los que guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17), pero su victoria sobre el mundo tiene necesariamente, como la de Cristo, la forma del martirio, cruz y muerte.

Si grande ha de ser en el cristiano la fortaleza espiritual para vencer la debilidad de su propia carne y las persecuciones del mundo, aún más ha de serlo para vencer las tentaciones directas del Demonio. No olvidemos en esto que, como dice San Pablo, «no es nuestra lucha [únicamente] contra la sangre y la carne, sino contra los espíritus malignos» (Ef 6,12)

Por todo esto los cristianos, para sí mismos y para sus hermanos, han de pedir continuamente la fortaleza del Espíritu Santo, como lo hacían los apóstoles:

«No dejamos de rogar por vosotros y de pedir» al Señor, para que estéis «fortalecidos con toda fortaleza conforme a su poder esplendoroso, y así tengáis perfecta constancia y paciencia con alegría» (Col 1,9.11). «Fortalecéos en el Señor y en la fuerza de su poder. Vestíos de toda la armadura de Dios» (+Ef 6,10-18). «Estad, pues, alerta y vigilantes, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar. Resistidle fuertes en la fe, considerando que los mismos padecimientos soportan vuestros hermanos dispersos por el mundo» (1Pe 5,8-9).

Si la fuerza del cristiano no está en sí mismo, sino en el Señor, mayor será su fuerza espiritual cuanto, encontrándose más débil en sí mismo, más se apoye puramente en la fortaleza de Dios. Por eso Jesús le dice al Apóstol: «te basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo el poder». Y el Apóstol confiesa:

«yo me glorío de todo corazón en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Yo me complazco en mis debilidades, en oprobios y privaciones, en persecuciones y en angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (+2Cor 12,7-10). «Yo todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,13).

Teología

El don de fortaleza es un espíritu divino, un hábito sobrenatural que fortalece al cristiano para que, por obra del Espíritu Santo, pueda ejercitar sus virtudes heroicamente y logre así superar con invencible confianza todas las adversidades de este tiempo de prueba y de lucha, que es su vida en la tierra.

Cuando el Espíritu Santo activa en los fieles el don, el espíritu de la fortaleza, se ven éstos asistidos por la fuerza misma del Omnipotente, y superan con facilidad y seguridad toda clase de pruebas, sean internas o externas. Es entonces cuando los cristianos prestan con toda naturalidad servicios que exigen una abnegación heroica, y cuando soportan sin queja alguna la soledad, el desprecio, la marginación y toda clase de adversidades, ordinarias o extraordinarias. Todo lo aguantan con serenidad y paciencia, sin vacilaciones, con buen ánimo, sin alardes, con toda confianza y sencillez, es decir, con una facilidad sobrehumana. Y digo sobrehumana porque ya no es sólo la virtud de la fortaleza quien actúa en ellos, sino el don del Espíritu Santo.

La virtud moral de la fortaleza apoya al cristiano con el auxilio de la gracia divina, que de suyo, ciertamente, es omnipotente. Pero siendo una virtud, se ejercita al modo humano, es decir, según el discurso de la razón -a veces lento, complejo, laborioso-, de tal modo que esta virtud no llega a quitar del alma en forma absoluta toda vacilación, y todo temor o angustia.

Por el contrario, el don espiritual de fortaleza, por obra inmediata del Espíritu Santo, al modo divino, de manera sobrehumana, aleja del alma todo miedo, le infunde un valor divino y una serenidad inviolable, de tal modo que puede pensar, decir o hacer cualquier cosa -todo lo que Dios quiera obrar en él- sin temblor alguno, y sin caer, por supuesto, en actitudes imprudentes, pues unido necesariamente al don de fortaleza está el don de consejo.

El don de fortaleza lleva, pues, a perfección el ejercicio de la virtud de la fortaleza, pero asiste también, evidentemente, a todas las demás virtudes -la paciencia, la humildad, la pobreza, la castidad, la obediencia, etc.-, de modo que, gracias a él, todas ellas puedan practicarse con prontitud, seguridad y perfección, sean las que fueren las circunstancias.

Toda «la vida del hombre sobre la tierra es un combate» (Job 7,1): lucha contra sí mismo -la propia malicia y debilidad del hombre carnal-, lucha contra el mundo, lucha contra el demonio. Es un combate continuo, incesante, agotador, en el que ciertos desfallecimientos inoportunos, en determinados momentos cruciales, pueden causar enormes daños en la persona que los sufren y en los demás.

Pues bien, no podrá el cristiano salir victorioso de una batalla tan continua y terrible si Cristo Salvador -sin el cual nada podemos (+Jn 15,5)- no le comunica su fuerza, primero al modo humano, por la virtud de la fortaleza, y más tarde al modo divino, por el don de fortaleza.

Santos

La fortaleza sobrehumana del Espíritu se manifiesta en toda la vida de Cristo, tanto en su dominio sobre los hombres -por ejemplo, cuando impide en Nazaret que le precipiten de lo alto del monte (Lc 4,28-30)-, como en su señorío sobre la naturaleza -calmando, por ejemplo, la tempestad del lago (8,24-25)-.

Sin embargo, el espíritu sobrehumano de fortaleza se manifiesta en Cristo sobre todo en el momento de la Pasión, cuando mantiene el incondicional de su obediencia al Padre aun sintiendo «pavor, angustia», «tristeza de muerte», y aun llegando a «sudar sangre» del horror sentido (Mt 26,38; Mc 14,33; Lc 22,44). A tanto llegó el abismo del espanto, que «un ángel del cielo se le apareció para fortalecerlo» (Lc 22,43). ¡El Verbo eterno encarnado, el Primogénito de toda criatura, fortalecido por el Espíritu divino mediante una criatura!...

No nos escandalicemos de Jesús, agonizante de terror, sino adorémoslo muy especialmente en estas angustias suyas de muerte, por las que quiso bajar al fondo mismo del sufrimiento humano, manifestándonos al mismo tiempo en su debilidad extrema la infinita fuerza del Espíritu divino.

De todos modos, no permite Dios normalmente que los discípulos de su Hijo, que son tan débiles, se vean hundidos en tales abismos de horror indecible. Y por eso los conforta eficacísimamente con su Espíritu, humanamente, por la virtud infusa de la fortaleza, o sobrehumanamente, por el don de fortaleza.

La fuerza sobrehumana del Espíritu, es decir, el don de fortaleza, se manifiesta también poderoso en los santos de Cristo. Él es el que sostiene durante años y años a los contemplativos en la soledad, el silencio y la vida penitente. Él es el que da fuerza a los confesores para testimoniar la verdad de Cristo, afrontando con toda paz exilios, desprestigios y marginaciones incontables. Él es el que asiste a tantos párrocos, padres de familia, misioneros, religiosos asistenciales, etc., para que en situaciones, a veces habituales, sumamente difíciles o en momentos de prueba extrema, mantengan un testimonio heroico de abnegación, fidelidad y caridad.

Pero, sin duda, los más impresionantes ejemplos del don de fortaleza los hallamos en los innumerables mártires de la historia cristiana. Las Actas de los mártires son un álbum precioso en el que los efectos del don de la fortaleza se nos muestran en miles de imágenes fascinantes. Todos ellos, sostenidos por la fortaleza del Espíritu Santo, como los apóstoles, pasan por la angustia de pruebas extremas «con la alegría de haber sido hallados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5,41).

Contemplemos, por ejemplo, el martirio del diácono San Vicente descrito por San Agustín:

«Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.

«Y es que, en realidad, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: "No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros" [Mt 10,19-20].

«Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y por estas palabras del Espíritu no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad» (Sermón 276, 2).

No es preciso, sin embargo, que se dé el martirio sangriento para que el don de fortaleza resplandezca con toda su grandeza. En Santa Teresa del Niño Jesús, por ejemplo, podemos contemplar ese don del Espíritu en una de sus versiones más conmovedoras. Ella, por su naturaleza, no tenía nada de fuerte; más bien era una persona de poca salud y con una constitución psicosomática más bien débil y vulnerable.

Siendo niña, refería su madre en una carta, «coge unas rabietas terribles cuando las cosas no salen a su gusto, se revuelca por el suelo como una desesperada, creyéndolo todo perdido. Hay momentos en que la contrariedad la vence, y entonces hasta parece que va a ahogarse. Es una niña muy nerviosa» (Manuscritos autobiográficos A8r). Y ella misma dice de sí: «realmente en todo hallaba motivo de sufrimiento» (A4r). «Verdaderamente, mi extremada sensibilidad me hacía insoportable. Si me acontecía disgustar involuntariamente a alguna persona querida, lloraba como una Magdalena... Y cuando empezaba a consolarme de la falta en sí misma, lloraba por haber llorado. Eran inútiles todos los razonamientos; no conseguía corregir tan feo defecto» (A44v).

Tuvo, sin embargo, por gracia de Dios, una buena educación cristiana, concretamente en la virtud de la fortaleza. Su hermana Paulina, por ejemplo, le obligaba a veces, para que venciera el miedo, a quedarse sola de noche a oscuras (A18v).

De todos modos, así como hay casos en que las virtudes sobrenaturales se desarrollan en continuidad con la virtud natural de la persona -la sabiduría en Santo Tomás, por ejemplo-, hay casos en que las virtudes se acrecientan por contraste -por ejemplo, la mansedumbre en San Francisco de Sales-. En el caso de Santa Teresita es indudable que su formidable fortaleza nace sólamente de la gracia: primero ejercitada, por contraste, en actos de virtud muy intensos y frecuentes -ocasionados por su propia debilidad natural-; más tarde, como don de fortaleza, como don sobrehumano del Espíritu Santo. Ella, a causa de su debilidad congénita, de ningún modo podía apoyarse en sí misma, y justamente por eso, apoyándose sólamente en Dios, vino a hacerse sobrehumanamente fuerte. Estamos, como ya vimos,  en plena lógica evangélica: «en la flaqueza llega al colmo la fuerza» (2Cor 12,9). El paso que, por obra del Espíritu Santo, da Santa Teresita de la mayor debilidad a la fortaleza espiritual más formidable es verdaderamente impresionante. Ella misma se admiraba.

Antes, « en todo hallaba motivo de sufrimiento. Exactamente todo lo contrario de lo que me pasa ahora, pues Dios me ha concedido la gracia de no apenarme por ninguna cosa pasajera. Cuando me acuerdo del tiempo pasado, mi gratitud se desborda en mi alma, viendo los favores que he recibido del cielo. Se ha operado en mí tal cambio, que ni yo misma me reconozco» (A43r).

Por obra del Espíritu Santo se ha producido este cambio, al modo humano de las virtudes, primero, y por el don de fortaleza finalmente, ya de modo perfecto. Ella misma lo entiende así, y refiere con detalle cuándo exactamente y cómo el Espíritu divino despertó en ella para siempre el don de la fortaleza:

«Era necesario que Dios obrase un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento. Y el milagro lo realizó el día inolvidable de Navidad ... La noche en que Él se hace débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas. Desde aquella noche bendita nunca más fui vencida en ningún combate. Por el contrario, marché de victoria en victoria ... Se secó entonces la fuente de mis lágrimas... Fue el 25 de diciembre de 1886 [a los trece años de edad] cuando se me concedió la gracia de salir de mi infancia; en otra palabras, la gracia de mi total conversión... Teresa ya no era la misma; Jesús había cambiado su corazón» (A44v-45r).

Por otra parte, es preciso señalar que la fortaleza sobrehumana de Santa Teresita nace fundamentalmente de su amor a Cristo crucificado. Ya en la primera comunión, el Espíritu Santo le inspira un gran amor al sufrimiento, y le lleva a hacer suya aquella petición de la Imitación de Cristo: «¡oh Jesús, dulzura inefable, cámbiame en amargura todos los consuelos de la tierra!». Y esto lo realiza ella más en forma donal que virtuosa:

«Esta oración brotaba de mis labios sin el menor esfuerzo y sin dificultad alguna. Me parecía repetirla no por propia voluntad, sino como una niña que repite las palabras que le inspira un amigo» (A36rv).

Ya en el Carmelo, crece más y más su fortaleza en el Espíritu, aumentado así su deseo y su capacidad de participar en la cruz de Cristo. En el Proceso ordinario para la beatificación de Teresa, su hermana Sor Genoveva, al considerar la virtud de la fortaleza, habla largamente de la fortaleza espiritual de la Sierva de Dios:

«En ninguna ocasión se proporcionó a sí misma alivios o ayudas fuera de los que le ofrecían espontáneamente, sin adelantarse ella a pedirlos... Desde muy pequeña había adquirido la costumbre de no desperdiciar las pequeñas ocasiones de mortificarse... Y en el Carmelo, sus hábitos de mortificación se extendieron a todas las cosas. Noté que nunca preguntaba noticias... En el refectorio, aceptaba sin quejarse jamás que le sirviesen las sobras de la comida. Nunca apoyaba la espalda, no cruzaba los pies, siempre se mantenía derecha... No admitía nada que se pareciese a comodidad y desenvoltura mundanas. A menos que una gran necesidad lo exigiese, no se enjugaba el sudor, porque decía que hacerlo era señal de que se tenía demasiado calor y una manera de hacerlo saber...

«A propósito de los instrumentos de penitencia... me dijo: "juzgo que no vale la pena hacer las cosas a medias. Yo tomo la disciplina para hacerme daño, y deseo hacerme el mayor daño posible"... Durante el invierno, a pesar de los numerosos sabañones que le hinchaban considerablemente las manos, rara vez la vi mantenerlas ocultas» para protegerlas del frío.

El espíritu de fortaleza, sin embargo, se manifestó en ella sobre todo soportando inmensas penas interiores. En el mismo Proceso, el P. Godofredo Madelaine, abad premonstratense que tuvo con la santa relación de conciencia, subraya «el verdadero martirio» que, sobre todo en algunas épocas, pasó Teresa a causa de los escrúpulos, las dudas de fe y las Noches del sentido y del espíritu:

«Sufrió además un martirio de amor, que me siento incapaz de describir, pero en cuyo contexto la sola idea de ofender a Dios le causaba indecible tormento [don de temor]. Y a todas estas pruebas se añadía un estado habitual de aridez y desamparo interior. Pues bien, lo que siempre me pareció extremadamente notable fue su fortaleza de ánimo para soportar todas estas penas [don de fortaleza]. Su alegría, su buen humor, su amabilidad para con todos eran tan constantes que, en la comunidad, nadie sospechaba lo mucho que sufría».

La débil Teresita, por el amor al Crucificado, por su deseo de participar más en la obra de la Redención, ha venido a ser la mujer fuerte: «Jesús me hizo comprender que quería darme las almas por medio de la cruz. Y así mi anhelo de sufrir creció en la medida que aumentaba el sufrimiento» (A69v). Ahora, según lo había pedido en su primera comunión, «mi consuelo es no tenerlo en la tierra» (B1r). La invencible fortaleza de Teresita es la Cruz de Cristo.

Poco antes de morir, escribe en algunas cartas: «El sufrimiento unido al amor es lo único que me parece deseable en este valle de lágrimas» (Cta. 253: 13-II-1897). «Desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra» (254: 14-VII-1897). «He encontrado la felicidad y la alegría aquí en la tierra, pero únicamente en el sufrimiento, pues he sufrido mucho aquí abajo. Habrá que hacerlo saber a las almas... Desde mi primera comunión, cuando pedí a Jesús que me cambiara en amargura todas las alegrías de la tierra, he tenido un deseo continuo de sufrir. Pero no pensaba cifrar en ello mi alegría. Ésta es una gracia que no se me concedió hasta más tarde» (Últimas conversaciones 31-VII-1897,13).

Y el mismo día de su muerte: «Todo lo que he escrito sobre mis deseos de sufrir es una gran verdad... Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor» (ib. 30-IX-1897).

Disposición receptiva

El don de fortaleza ha de ser pedido al Espíritu Santo, y ha de ser también procurado especialmente por virtudes y ejercicios espirituales como éstos:

1. Amar a Jesús crucificado, y querer tomar parte en su Cruz, para completar «lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

2. Aceptar con sumo cuidado todas y cada una de las penas de la vida, tengan origen bueno o malo, digno o indigno:

«Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad, dadme guerra o paz cumplida, flaqueza o fuerza a mi vida, que a todo diré que sí. ¿Qué queréis hacer de mí?» (Sta. Teresa, Poesías).

3. Procurarse penalidades para la mortificación del cuerpo y del espíritu.

4. Nunca quejarse de nada. El santo Cura de Ars lo tenía muy claro: «un buen cristiano no se queja jamás». Es decir, se prohibe terminantemente la queja-protesta, aunque se permita moderadamente la queja-llanto, como también se la permitió el mismo Cristo, (+Jn 11,33-35).

5. Obedecer con toda fidelidad. Muchas cosas, aparentemente imposibles, que no se harían por iniciativa propia, pueden hacerse por obediencia cuando son mandadas. Así se lo dice el Señor a Santa Teresa de Jesús: «hija, la obediencia da fuerzas» (Fundaciones, prólg. 2).

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El don de piedad

 

Sagrada Escritura

Cuando San Pablo describe a los hombres adámicos, carnales y mundanos, emplea más de veinte calificativos muy severos, y entre ellos «rebeldes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados» (Rm 1,30-31). Efectivamente, «la dureza de corazón» hace despiadados a los hombres que no han sido renovados en Cristo por el Espíritu Santo. Éstos son capaces de ver con absoluta frialdad innumerables males -si es que alcanzan a verlos-, tanto en las personas más próximas, como en el mundo en general, abortos y divorcios, guerras e injusticias, olvido de Dios, imperio de la mentira, etc. Y en tanto estos males no les hieran directamente a ellos, se mantienen indiferentes. No tienen piedad.

Por el contrario, el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, nos hace ver a Dios como Padre, a nosotros mismos como hijos suyos, y a los hombres como hermanos:

«Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús... No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,26.28).

Este sentimiento de filiación divina y de hermandad cristiana, que se manifiesta con gran fuerza en los Evangelios y en los escritos apostólicos, se expresó en latín con el término pietas, una virtud, derivada de la virtud cardinal de la justicia, por la que el hombre reverencia a Dios con devoción y filial afecto, y extiende ese reverencial amor no sólo a padres y superiores, sino también a los hermanos e iguales, e incluso a los inferiores, a todas las hermanas criaturas.

Hemos sido predestinados por el Padre «a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que éste sea el Primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29; +Ef 1,5). Y así se crea una familia grandiosa: «un solo Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos» (Ef 4,5-6).

Por la comunicación del Espíritu Santo hemos sido hechos «familiares de Dios» (Ef 2,19), se ha realizado algo que podría parecer increíble. En efecto, por el Espíritu de adopción filial nos atrevemos a decirle a Dios -audemus dicere- «"Abba, Padre". Y el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-16; +1Jn 3,1). Ésa es la verdad: «El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo... nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo... y nos hizo gratos en su Amado» (Ef 1,1-6)

Queda, pues, ahora que vivamos consecuentemente nuestra nueva condición filial, y que seamos «imitadores de Dios, como hijos suyos queridos» (Ef 5,1). Esta piedad filial nos hará vivir abandonados con toda confianza en la providencia de nuestro Padre: Él conoce nuestras necesidades, y cuida de nosotros con especial solicitud paternal. No debemos, pues, inquietarnos por nada, siendo nuestro Padre un Dios bueno, providente y omnipotente (+Mt 6,25-34). La conciencia de nuestra filiación divina, pase lo que pase, debe guardar nuestro corazón en una paz confiada y perfecta.

Y queda también que vivamos de verdad la nueva fraternidad, como la vivía, por ejemplo, San Pablo: «hermanos míos queridísimos, mi alegría y mi corona» (Flp 4,1). Esta nueva piedad fraternal nos llevará a ver a nuestros prójimos como a verdaderos hermanos, y si además son cristianos, los veremos aún más como hermanos en la sangre de Cristo, esto es, en la vida nueva de la gracia. Por eso «hagamos bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe» (Gál 6,10).

Especialmente a «los hermanos en la fe», es decir, a los cristianos que, como nosotros, están viviendo en Cristo. Los Padres antiguos no prodigaban fácilmente el nombre de hermanos -como hoy se hace con frecuencia-, sino que lo reservaban a los hermanos en la fe. Es verdad que todos los hombres somos hermanos, en cuanto que todos hemos sido creados por un mismo Dios Creador. Pero San Agustín, por ejemplo, dice: a los paganos «no les llamamos hermanos, de acuerdo con las Escrituras y con la costumbre eclesiástica», ni tampoco a los judíos: «leed al Apóstol, y os daréis cuenta de que cuando él dice hermanos, sin añadir nada más, se refiere a los cristianos» (CCL 38,272).

Pues bien, la piedad fraternal debe a los hermanos cristianos un especial amor y servicio. La koinonía primitiva de Jerusalén, por ejemplo, nace de la virtud y del don espiritual de esa nueva piedad familiar -bienes en común, un solo corazón y una sola alma (Hch 2,42; 4,32-34), como un solo Dios, un solo Señor, una sola fe-, y se produce entre los cristianos, no entre todos los habitantes de la ciudad.

Teología

El don de piedad es un espíritu, un hábito sobrenatural que, por obra del Espíritu Santo, de un modo divino, enciende en nuestra voluntad el amor al Padre y el afecto a los hombres, especialmente a los cristianos, y a todas las criaturas (+STh II-II,121).

La piedad, el tercero de los dones del Espíritu Santo en la escala ascendente, perfecciona de modo sobrehumano el ejercicio de la virtud de la justicia y de todas las virtudes derivadas de ella, muy especialmente las virtudes de la religión y de la piedad. La religión da culto a Dios como a Señor y Creador, pero el don de piedad se lo ofrece como a Padre, y en éste sentido es aún más precioso que la virtud de la religión (II-II,121, 1 ad2m).

El vicio contrario al don de piedad es la dureza de corazón, que procede de un desordenado amor a sí mismo. El don de piedad, por el contrario, perfecciona el ejercicio de la caridad, y sacando al hombre de la cárcel de su propio egoísmo, lo orienta continuamente hacia Dios y hacia los hermanos con un amor y una solicitud que tienen modo divino y perfección sobrehumana.

Por otra parte, como observa el Padre Lallemant, «la piedad tiene una gran extensión en el ejercicio de la justicia cristiana:

«se prolonga no sólamente hacia Dios, sino a todo lo que se relacione con Él, como la Sagrada Escritura, que contiene su palabra, los bienaventurados, que lo poseen en la gloria, las almas que sufren en el purgatorio y los hombres que viven en la tierra... Da espíritu de hijo para con los superiores, espíritu de padre para con los inferiores, espíritu de hermano para con los iguales, entrañas de compasión para con los que tienen necesidades y penas, y una tierna inclinación para socorrerlos... Es también lo que hace afligirse con los afligidos, llorar con los que lloran, alegrarse con los que están contentos, soportar sin aspereza las debilidades de los enfermos y las faltas de los imperfectos; y lleva, en fin, a hacerse todo para todos» (Doctrina espiritual IV,4,5).

El don de piedad, por obra del Espíritu Santo, perfecciona, pues, en modo sobrehumano el ejercicio de muchas virtudes, especialmente de la justicia y de la caridad: nos lleva a sentirnos verdaderamente hijos de Dios, nos hace celosos para promover su gloria, nos inclina a la benignidad con los hermanos, a la fraternidad, a la paciencia, a la castidad, al perdón de las ofensas, y a una servicialidad gratuita y sin límites.

Santos

Los santos, por el don de piedad, viven con intensidad sobrehumana la Comunión de los Santos. Gozan, pues, de su comunión profunda con la santísima Trinidad y con los bienaventurados, bien conscientes de que son «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19). Y también, por el mismo don del Espíritu Santo, viven su fraternidad con todos los miembros de la Iglesia de la tierra y del purgatorio, así como su solidaridad con todos los hombres. Más aún, todo el mundo visible es para ellos Casa de Dios, y estando, como están, tan unidos al Creador, se sienten profundamente unidos a todas las criaturas, que en Dios tienen su ser y su fuerza, su belleza y su obrar.

Por el don de piedad, por ejemplo, vive San Francisco de Asís profundamente la fraternidad con todas las criaturas: con el hermano Sol, con la hermana luna, con el hermano fuego, con nuestra hermana madre tierra (sora nostra matre terra) (Cántico de las criaturas). También en Santa Catalina de Siena, por el don de piedad, hallamos preciosas expresiones de su vivencia fraternal con toda criatura de Dios. El Señor le dice al corazón:

«Todo está hecho por mi bondad y puesto al servicio del hombre, de manera que a cualquier parte que se vuelva, en cuanto a lo temporal o a lo espiritual, no halla más que el fuego y el abismo de mi caridad con máxima, dulce, verdadera y perfecta providencia» (Diálogo IV,7,151). Ese mismo don espiritual de piedad enciende el corazón de Santa Teresa de Jesús, pue, como ella confiesa, viendo «campo o agua, flores; en estas cosas hallaba yo memoria del Creador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro» (Vida 9,5). Y lo mismo le sucedía a San Juan de la Cruz (2 Subida 5,3).

Esa piadosa fraternidad con las criaturas se hace en los santos aún más profunda, por supuesto, respecto de los seres humanos. San Francisco de Asís, por ejemplo, siente y expresa esa fraternidad cristiana con acentos particularmente conmovedores. Es de notar con qué dulzura la expresa, unos años antes de morir, en su Carta a toda la Orden: «mis benditos hermanos..., señores hijos y hermanos míos..., todos mis hermanos sacerdotes», etc. Y si todos los hombres son para él un don de Dios, sus frailes, sus prójimos, lo son de un modo especial: «después que el Señor me dio hermanos»... (Testamento 14).

De Santa Teresita refiere una de sus hermanas del Carmelo, Sor María de la Trinidad: «llamaba a los pecadores "sus hijos", y se tomaba muy en serio el título de "madre", respecto de ellos» (Proceso ordinario). Ella estaba, como San Pablo, queriendo engendrarlos a la vida en Cristo por el Evangelio, y sufría por ellos, con oración y penitencias, dolores como de parto (+1Cor 4,15).

Por otra parte, esa amorosa fraternidad cristiana, como lo recuerda San Francisco, procede evidentemente del Padre celestial: «todos vosotros sois hermanos, y entre vosotros no llaméis a nadie padre sobre la tierra, pues uno solo es vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 23,9: +I Regla 22,35). Es el mismo sentimiento de San Pablo, cuando escribe: «yo doblo mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra» (Ef 3,14-15).

El don de piedad lleva a perfección el abandono confiado en la providencia amorosa del Padre. Si nuestra más profunda identidad es la de hijos de Dios, porque él ha querido hacerse Padre nuestro, y si nuestro Padre es bueno y omnipotente, y conoce nuestras necesidades, ¿qué lugar puede quedar para la inquietud en el corazón cristiano? A Él se eleva la oración filial de Santa Teresa:

«Padre nuestro que estás en los cielos... ¡Oh Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo dais tanto junto a la primera palabra [del paternóster]?... Le obligáis a que la cumpla, que no es pequeña carga; pues en siendo Padre, nos ha de sufrir, por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a Él, como el hijo pródigo, nos ha de perdonar, nos ha de consolar en nuestros trabajos, nos ha de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo» (Camino Vall. 27,1-2).

La oración cristiana, en efecto, está llena de piedad filial y se dirige principalmente al Padre celeste. Así nos lo enseñó nuestro Maestro: «cuando oréis, decid: Padre» (Lc 11,2). Cristo «nos enseñó a dirigir la oración a la persona del Padre» (Sto. Tomás, In IV Sent. dist.15,q.4, a.5,q.3, ad1m). Ésa es la norma de la tradición, constantemente observada por la liturgia católica, que eleva siempre sus oraciones a Dios Padre, por Jesucristo, su Hijo, que con él vive y reina en la unidad del Espíritu Santo.

Un buen ejemplo del don de piedad filial lo hallamos en las oraciones contemplativas de Santa Catalina de Siena, que normalmente eleva sus oraciones al Padre, uniendo siempre a Él maravillosamente al Hijo y al Espíritu. Éste suele ser el modo de sus oraciones:

«Porque sabes, quieres y puedes, apelo a tu poder, Padre eterno; a la sabiduría de tu Hijo unigénito, por su preciosa sangre, y a la clemencia del Espíritu Santo, fuego y abismo de caridad, que tuvo a tu Hijo cosido y clavado en la cruz, para que hagas misericordia al mundo y le des el calor de la caridad con paz y unión en la santa Iglesia. No quiero que tardes más. Te ruego que tu infinita bondad te obligue a no cerrar los ojos de tu misericordia.... Jesús dulce, Jesús amor» (Orac. 24; Rocca de Tentennano 28-X-1378).

Disposición receptiva

Pidamos siempre al Padre el espíritu filial y fraternal, y pidámosle que nos lo infunda por el don de piedad, propio del Espíritu de Jesús. Pero al mismo tiempo dispongámonos a recibir ese don con estas virtudes y prácticas:

1. Venerar al Creador, contemplar su grandeza en el mundo visible, considerando a éste como Casa de Dios. Tratar con respeto todas las criaturas que el Padre ha puesto en el mundo a nuestro servicio. Ya nos dijo el Apóstol: «todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1Cor 3,23).

2. Dirigir muchas veces nuestra oración al Padre celestial, por Jesucristo, bajo el influjo del Espíritu Santo, que orando en nosotros, dice: Abba, Padre.

3. Meditar en nuestra condición de hijos de Dios y hermanos en Cristo.

4. Confiar en la providencia de nuestro Padre en todas las vicisitudes de nuestra vida, combatiendo toda preocupación por un abandono confiado en su amor misericordioso (+Mt 6,25-34)

5. Tratar al prójimo como hermano, ejercitando siempre con él la benignidad, la paciencia, la compasión, el perdón, la servicialidad, la comunicación de bienes.

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El don de consejo

Los lugares de la Biblia, que ahora referiremos al don de consejo, son aplicables en buena medida también a los dones de ciencia, entendimiento y sabiduría. Todos ellos son dones intelectuales, por los que el Espíritu Santo comunica al entendimiento de los fieles una lucidez sobrenatural de modalidad divina. Cuando la sagrada Escritura habla en hebreo o en griego de la sabiduría de los hombres espirituales no usa, por supuesto, términos claramente identificables con cada uno de estos cuatro dones.

Sagrada Escritura

Dice el Señor por Isaías: «no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (55,8). En efecto, la lógica del Logos divino supera de tal modo la lógica prudencial del hombre que a éste le parece aquélla «escándalo y locura», y sólamente para el hombre iluminado por el Espíritu es «fuerza y sabiduría de Dios» (1Cor 1,23-24).

¿Quién, por muy limpio de corazón que fuese, podría estimar la Cruz como un medio prudente para realizar la revelación plena del amor de Dios y para causar la total redención del hombre?... ¿Quién alcanzaría a considerar actos prudentes ciertas conductas de Jesús en su ministerio público?... Hasta sus mismos parientes pensaban a veces: «está trastornado» (Mc 3,21).

Es cierto: como la tierra dista del cielo, así se ve excedida la prudencia del hombre por la sublimidad de los consejos de Dios, «cuya inteligencia es inescrutable» (Is 40,28). En Cristo, lógicamente, se manifiesta esta distancia en toda su verdad. Todo el misterio de redención que Él va desplegando por su palabra, por sus actos, y especialmente por su Cruz, son para judíos y gentiles un verdadero absurdo; y únicamente son fuerza y sabiduría de Dios para «los llamados» (1Cor 1,23-24). Sí, realmente «eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios» (1,27).

«¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!... Porque ¿quién conoció el pensamiento del Señor? O ¿quién fue su consejero?» (Rm 11,31-32); «¿quién conoció la mente del Señor para instruirle?» (1Cor 2,16)... Y por tanto, «¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios?» (Rm 9,20).

Siendo, pues, tan inmensa la distancia entre el pensamiento de Dios y el de los hombres, se comprende bien que en las páginas antiguas de la Biblia, especialmente en los libros sapienciales y en los salmos, se hallen innumerables elogios del don de consejo, que hace captar con prontitud y certeza los misteriosos designios divinos, en sus aspectos más concretos. Por eso en la Escritura la fisonomía del hombre santo, grato a Dios, es la del hombre lleno de discernimiento y de prudencia, mientras que la figura del pecador es la del hombre necio e insensato:

«El buen juicio es fuente de vida para el que lo posee, pero la necedad es el castigo de los necios» (Prov 16,22; +8,12; 19,8). «El que se extravía del camino de la prudencia habitará en la Asamblea de las Sombras» (21,16).

Por tanto, el buen juicio, que permite orientar la propia vida por el misterioso camino de Dios, sin desvío ni engaño alguno, ha de ser buscado como un bien supremo. Y así el padre aconseja al hijo: «sigue el consejo de los prudentes y no desprecies ningún buen consejo» (Tob 4,18). «Escucha el consejo y acepta la corrección, y llegarás finalmente a ser sabio» (Prov 19,20).

El buen consejo ha de ser pedido a Dios humildemente. Si, como hemos visto, es tal la distancia entre los pensamientos y caminos de Dios y los pensamientos y caminos de los hombres, sólo como don de Dios será posible al hombre el buen consejo; es decir, sólo por la oración de súplica y por la docilidad incondicional al Espíritu divino conseguirá el hombre el buen juicio siempre y en todas las cosas:

«No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo [humanos que valgan] delante del Señor» (Prov 21,30). «Suyo es el consejo, suya la prudencia» (Job 12,13). Por tanto, supliquemos incesantemente: Señor, «envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada» (Sal 43,3). Señor, «yo siempre estaré contigo, tú has tomado mi mano derecha, me guías según tus planes, y me llevas a un destino glorioso» (73,23-24). Me guías muchas veces, eso sí, por caminos que ignoro, pues, como dice San Juan de la Cruz, «para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes».

El buen consejo ha de ser buscado en la Palabra divina: «lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 118,105); y también en el discernimiento de los varones prudentes. El Señor, por ejemplo, quiso mostrar su designio a Pablo por medio de Ananías (Hch 9,1-6); y lo mismo en tantos otros casos.

El buen consejo es imposible si los ojos del corazón están sucios por el pecado: «si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras» (Mt 6,22-23). Será, pues, el fuego del Espíritu Santo el que purifique y queme toda escoria en nuestros corazones, y el que los ilumine plenamente con la luz del consejo divino. Sólo así, por el don espiritual de consejo, podremos ser «prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16).

El don de consejo, el discernimiento de espíritus, que tanto importa para la conducción de uno mismo, es particularmente importante para el gobierno pastoral y para la dirección espiritual de otros. Y así aparece aludido ya en los primeros escritos apostólicos.

«Pido [a Dios] que vuestra caridad crezca más y más en conocimiento y en toda discreción (aísthesis), para que sepáis discernir lo mejor y seáis puros e irreprensibles en el Día de Cristo» (Flp 1,9-10). «Amadísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus, para saber si proceden de Dios» (1Jn 4,1). Muy pronto el tema adquiere desarrollo en la doctrina espiritual, y así en el siglo II el Pastor de Hermas dedica una considerable atención al discernimiento de los espíritus (Mandamiento VI; XI,7).

Teología

El don de consejo es un hábito sobrenatural por el que la persona, por obra del Espíritu Santo, intuye en las diversas circunstancias de la vida, con prontitud y seguridad sobrehumanas, lo que es voluntad de Dios, es decir, lo que conviene hacer en orden al fin sobrenatural.

Entre los vicios opuestos al don de consejo se dan, por defecto, la precipitación, la prisa, la impulsividad, que llevan a hacer algo sin pensarlo suficientemente, es decir, sin consultarlo con Dios y sin aconsejarse del prójimo; y la temeridad, nacida de la autosuficiencia y de la presunción. Por exceso se le opone la excesiva lentitud, perezosa o cavilosa en un temor indebido, pues hay acciones que si se demoran en exceso, dejan pasar ocasiones favorables, y llegan a hacerse en su tardanza imprudentes o simplemente imposibles.

Ya sabemos que sólamente en los dones hallan la perfección las virtudes. Pero esta verdad parece manifestarse con especial evidencia por lo que se refiere a la necesidad del don de consejo para que la virtud de la prudencia pueda llegar a su perfección.

Sin el don de consejo ¿cómo podrá el hombre, con la rapidez tantas veces exigida por las circunstancias, a veces muy complejas, conocer con seguridad la voluntad divina, sabiendo distinguirla de sus propias inclinaciones intelectuales o temperamentales?

El hombre fuertemente inclinado al estudio y escasamente dotado para las relaciones sociales ¿podrá dedicar a las personas concretas la atención debida, si el Espíritu Santo no le asiste con el don de consejo para hacerle ver y para hacerle realizar en eso la exacta voluntad de Dios? Y al contrario; el hombre fuertemente inclinado al trato social y escasamente afecto al estudio ¿podrá dedicar al estudio lo que realmente es debido, según el plan de Dios, según la verdad de sus posibilidades personales, si no cuenta habitualmente con el don de consejo? No parece posible.

Sin la asistencia asidua del don de consejo, no podrá ser perfecta la prudencia del cristiano, por buena que sea su intención. La virtud de la prudencia juzga laboriosamente a la luz de la fe lo que en cada momento conviene hacer, teniendo en cuenta cien datos y complejas circunstancias. Pero tantas veces, aunque sea de forma inculpable, su discernimiento prudencial se ve condicionado por el temperamento propio, por informaciones lentas o inexactas acerca de las circunstancias, y es en todo caso discursivo y lento.

Por el contrario, la persona, por el don de consejo, iluminada y movida inmediatamente por el Espíritu Santo, intuye en cada caso lo que conviene, con rápido y seguro discernimiento, con toda facilidad. Y entonces, la substancia de su acto procede de la virtud operativa de la prudencia, es cierto; pero la manera de su ejercicio es ya al modo divino por el don de consejo.

Pensemos en tantas decisiones concretas que, con frecuencia, han de ser tomadas en el mismo curso de los acontecimientos, y que pueden tener consecuencias graves. Discute un padre con su hija a qué hora debe regresar ella de la fiesta, y no se ponen de acuerdo. Sin el don de consejo, ¿cómo podrá discernir el padre si conviene aplicar entonces a su hija una severidad exigente, que le conforte en el bien, o si es más prudente una benignidad comprensiva, que más tarde le permita, en cambio, exigirle más en otras cuestiones más importantes?

Pensemos en la confesión o en la dirección espiritual. Muchas veces el sacerdote se ve en la necesidad de ejercitar discernimientos, sobre cuestiones de no poca gravedad, con toda rapidez. Dejar la acción en suspenso puede ser a veces prudente, pero en otras ocasiones puede ser imprudente callar o no actuar. Y en esos discernimientos y consejos improvisados, ¿cómo será posible neutralizar completamente las inclinaciones personales del carácter o del estado de ánimo circunstancial?...

Necesitamos absolutamente el don precioso del consejo para la perfección espiritual. Sólamente así podrá el cristiano, en su propia vocación y ministerio, ser perfectamente prudente siempre y en todo lugar.

Conviene señalar aquí que, con frecuencia, en los cristianos que tienen autoridad -padres, profesores, obispos, párrocos, priores- se da una falsa conciencia de infalibilidad. Tienen éstos muchas veces una falsa fe en «la gracia de estado». No tienen temor de sí mismos, ni imploran continuamente al Espíritu, pidiéndole por pura gracia el don de consejo para hacer el bien a los otros o, al menos, para hacerles el menor daño posible. Parecen ignorar, al menos de hecho, que no pocos padres, párrocos, abades, obispos o profesores han causado verdaderos desastres en las comunidades cristianas que el Señor les había confiado. Basta abrir los ojos y mirar la historia o el presente.

Santa Catalina de Siena, por ejemplo, afirma con seguridad y apasionamiento: «de todos estos males y de otros muchos son culpables [principales] los prelados, porque no tuvieron los ojos sobre sus súbditos, sino que les daban amplia libertad o ellos mismos los empujaban, haciendo como quien no ve sus miserias» (Diálogo III,2,125). Es cierto, sí, que las autoridades tienen gracia de estado para servir prudentemente al bien común; pero es gracia quiere moverles ante todo a verse a sí mismos con toda humildad, a saberse capaces de grandes atrocidades por acción o por omisión, a dejarse aconsejar por los buenos, y a pedir a Dios siempre el don de consejo para hacer el bien y no causar daños.

Notemos, por otra parte, que basta con que la prudencia no sea perfecta para que la persona, por acción o por omisión, cause en sí misma o en otros -aunque sea involuntariamente- no pequeños males. Los ejemplos ilustrativos podrían multiplicarse indefinidamente.

La imperfección de la prudencia, por ejemplo, aunque ésta sea auténtica y genuina, puede demorar indefinidamente la decisión de un hombre profundamente tímido, llevándole así, contra su voluntad, a situaciones objetivamente imprudentes, gravemente perjudiciales para él y para los otros. Pero ¿cómo podrá esa persona superar la imperfección de su prudencia sin el don de consejo?

Normalmente, las circunstancias de la vida y de las personas son con frecuencia muy complejas, y la necesidad del don de consejo resulta muy patente. Pero esto es así más aún cuando se dan situaciones en que el orden de la naturaleza y de la gracia se ve profundamente trastocado, incluso dentro de una Iglesia local: está de moda en ese lugar tal error, y abundan los prejuicios, humanamente insuperables, contra la verdad contraria; se trata allí con severidad a los buenos y con suma suavidad a los malos; se respira una cultura de rebeldía, alérgica a la obediencia de las autoridades legítimas, etc.. Ahí, en esa situación concreta tan lamentable, se ve claramente que sin el auxilio habitual y sobrehumano del Espíritu Santo, es decir, sin el don de consejo, es imposible al cristiano discernir siempre y en todo lugar lo que Dios quiere, lo que conviene, si sólamente cuenta con la virtud de la prudencia, ejercitada discursiva y laboriosamente al modo humano.

Santos

San José. El Evangelio asegura que José es un varón «justo», lo que significa que abunda en él la sabiduría y la prudencia. Y sin embargo, después de mucho pensar y orar, viendo a María encinta, «toma la decisión de repudiarla en secreto». He aquí un hombre de altísima santidad que, tras muchas reflexiones y oraciones, está a punto de cometer un gran horror: «repudiar a su esposa María» (!), es decir, alejar de sí a Jesús y a su santa Madre Virgen. Pues bien, es sólamente la acción del Espíritu Santo la que, por mediación de un ángel mensajero, endereza la conducta de José por el camino luminoso de la verdad de Dios (Mt 1,18-25).

Jesús. ¿Cómo pudo el alma de Cristo considerar prudente la aceptación de la cruz -esa síntesis siniestra de injusticia, absurdo e ignominia- sin la acción del Espíritu por el don de consejo? ¿Cómo sin el don de consejo hubiera podido discernir en la horrible cruz el designio del Padre amado? Es por la docilidad al Espíritu divino, ya lo vimos, como Cristo conoce y avanza a la extrema obediencia sacrificial de la cruz.

Desde muy antiguo en la historia de la Iglesia, concretamente ya en el monacato primitivo, se codifica por primera la doctrina del discernimiento de espíritus en orden a la perfección evangélica. Como reacción, quizá, a ciertos excesos procedentes del entusiasmo y de la ignorancia, la discreción de espíritus (diákrisis) viene a ser considerada con suma veneración, y se entiende que es propia del monje espiritual y perfecto. Por eso las reglas para el discernimiento de espíritus son formuladas ya con gran exactitud por los primeros maestros monásticos.

Orígenes (+253) trata largamente del tema en su obra De principiis. En la Vida de San Antonio, escrita por San Atanasio (+273), el Padre de los monjes considera que «son necesarias la oración continua y la ascesis para recibir, por obra del Espíritu, el don del discernimiento de espíritus» (22,3). «Si Dios lo concede [por don del Espíritu], es fácil y posible distinguir la presencia de los malos espíritus y de los buenos» (35,3). Ya Antonio da claramente las señales positivas del discernimiento espiritual -paz, gozo, alegría, etc.- y las negativas -ruido, inquietud, perturbación, etc.- (35-36). Son las mismas señales que, en el siglo V, enseñarán los grandes maestros espirituales, como Diadoco de Fótice o Juan Casiano (Collationes, ocho últimos cap. de I parte y toda la II), las mismas que mucho después da San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios (169-189, 313-336, 346-370).

Conviene señalar, por último, que el Espíritu Santo actúa el don de consejo muchas veces con la mediación de varones prudentes, padres, superiores, confesores, directores espirituales, familiares, amigos buenos; pero algunas veces lo hace sin apenas mediación alguna.

Lo primero nos muestra que no ha de verse contrariedad alguna entre el impulso exterior de los superiores y la íntima moción del Espíritu Santo, que obra al modo divino por ciertas gracias actuales y por el don habitual de consejo.

Suele recordarse en esto el ejemplo de Santa Teresa de Jesús, que, habiendo recibido tantas y tan altísimas luces del Señor, sometía sus asuntos más íntimos y personales a los confesores, y en caso de conflicto, se atenía más a ellos que a sus luces interiores: «Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración, si el confesor me decía otra, me tornaba el mismo Señor a decir que le obedeciese. Después su Majestad le volvía para que me lo tornase a mandar» (Vida 26,5). Y si algún confesor le mandaba a Teresa hacer burla injuriosa de las pretendidas apariciones del Señor, Él mismo le mandaba que obedeciera sin dudarlo: «me decía que no se me diese nada, que bien hacía en obedecer, mas que Él haría que entendiese la verdad» (29,6). Por eso en adelante, cuando el Señor le mandaba algo, primero lo consultaba al confesor, sin decirle que el Señor se lo había mandado, y sólo actuaba si el confesor lo aprobaba. Era ésta su norma en todo, también en los negocios exteriores, pues, como confiesa, «no hacía cosa que no fuese con parecer de letrados» (36,5).

Pero veamos, por el otro lado, un ejemplo de cómo algunas veces el Espíritu Santo actúa sus más preciosos dones sin mediación humana. Santa Teresita del Niño Jesús, por ejemplo, no recibe apenas dirección espiritual, y sin embargo, sabe conducirse a sí misma y, como buena maestra de novicias, sabe conducir a otras. Lo uno y lo otro, desde luego, «por obra del Espíritu Santo».

Ella es muy joven, y no tiene ni experiencia, ni muchos estudios. Y es que, como ella misma declara, «Jesús no quiere darme nunca provisiones. Me alimenta instante por instante con un manjar recién hecho. Lo encuentro en mí sin saber cómo ni de dónde viene. Creo, sencillamente, que es Jesús mismo, escondido en el fondo de mi pobrecito corazón, quien obra en mí, dándome a entender en cada momento lo que quiere que yo haga» (A76r). Está claro: obra en ella el Espíritu Santo, por el don de consejo: «Nunca le oigo hablar, pero sé que está dentro de mí. Me guía y me inspira en cada instante lo que debo decir o hacer. Justamente en el momento que las necesito [no antes: no hay provisiones], me hallo en posesión de luces de cuya existencia ni siquiera habría sospechado. Y no es precisamente en la oración donde se me comunican abundantemente tales ilustraciones; las más de las veces es en medio de las ocupaciones del día» (A83v).

Cuando le confían el cuidado de las novicias, inmediatamente comprende y declara: «la tarea era superior a mis fuerzas» (A20r; ). Pero le pide al Señor qué él le vaya dando lo que ella debe dar a estas hermanas suyas pequeñas (A22r-v)..

Desde entonces, dice, «nada escapa a mis ojos. Muchas veces yo misma me sorprendo de ver tan claro» (23r). En una ocasión, una hermana que sonreía, aunque estaba angustiada, se ve descubierta por su santa Maestra, y queda asombrada de ello tanto la novicia como la Maestra: «Estaba yo segura de no poseer el don de leer en las almas, y por eso me sorprendía más haber dado tanto en el clavo. Sentí que Dios estaba allí muy cerca y que, sin darme cuenta, había dicho yo, como un niño, palabras que no provenían de mí sino de él» (26r).

El don de consejo, como es obvio, sirve para orientar con sobrehumana prudencia sea la conducta propia o la de aquellos otros que están confiados a nuestra dirección. La virtud de la prudencia halla así en el don de consejo una atmósfera, un modo divino, que permite al cristiano discernir la verdad y el bien, por obra del Espíritu Santo, siempre y en todo lugar, con toda seguridad y rapidez, con una certeza de modalidad divina.

Disposición receptiva

El don de consejo se pide al Espíritu Santo, que es el único que puede darlo; pero también se procura, especialmente por estas prácticas y virtudes:

1. La oración continua. El que vive en la presencia de Dios es el único que puede pensar, discernir, hablar y obrar siempre desde Él, sean cuales fueren las circunstancias.

2. La abnegación absoluta de apegos desordenados en juicio, conductas, relaciones, actitudes. Los apegos consentidos, aunque sean mínimos, oscurecen necesariamente los ojos del alma.

3. La humildad. Ella nos libra de imprudencias, prisas, miedos, temeridades, y nos lleva a pedir consejo a Dios y a los hombres prudentes.

4. Leer vidas de santos. Leyéndolas, llegamos a conocer, al menos de oídas y en otros, cómo se ejercita la virtud de la prudencia cuando, por obra del Espíritu Santo, se ve sobrehumanamente perfeccionada por el don de consejo. Eso nos facilita acoger sin dudas y temores la moción del Espíritu, aun cuando ella parezca a los mundanos «escándalo y locura».

5. La obediencia. Sin ella no puede actuar el don de consejo, pues la desobediencia frena necesariamente la obra interior del Espíritu Santo.

Es impensable, pues, que el Espíritu actúe normalmente el don de consejo en aquél que habitualmente no guarda las reglas a que está obligado, desoye el Magisterio apostólico, menosprecia la disciplina eclesial en la liturgia o en otras cuestiones, o actúa a escondidas de sus superiores o en contra de ellos.

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El don de ciencia

Sagrada Escritura

Si el Espíritu Santo por el don de ciencia produce una lucidez sobrehumana para ver las cosas del mundo según Dios, es indudable que en Jesucristo se da en forma perfecta.

Jesús conoce a los hombres, a todos, a cada uno, en lo más secreto de sus almas (Jn 1,47; Lc 5,21-22; 7,39s): «los conocía a todos, y no necesitaba informes de nadie, pues él conocía al hombre por dentro» (Jn 2,24-25). Incluso, inmerso en el curso de los acontecimientos temporales, entiende y prevé cómo se irán desarrollando; y en concreto, conoce los sucesos futuros, al menos aquellos que el Espíritu quiere mostrarle en orden a su misión salvadora. Así predice su muerte, su resurrección, su ascensión, la devastación del Templo, y varios otros sucesos contingentes, a veces hasta en sus detalles más nimios (Mc 11,2-6; 14,12-21. 27-30). Muestra, pues, por un poderosísimo don de ciencia, su señorío sobre el mundo presente y sus acontecimientos sucesivos: «yo os he dicho estas cosas para que, cuando llegue la hora, os acordéis de ellas y de que yo os las he dicho» (Jn 16,4).

También el hombre nuevo, iluminado por el Espíritu Santo con el don de ciencia, conoce profundamente las realidades temporales, y las ve con lucidez sobrenatural, pues las mira por los ojos de Cristo: «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16).

Por el don de ciencia, en efecto, descubre el cristiano la hermosura del mundo visible, su dignidad majestuosa, que es reflejo de Dios y anticipo de las realidades definitivas, y al mismo tiempo, descubre su vanidad, es decir, su condición creatural, transitoria, efímera y también pecadora. Este segundo aspecto, la apresurada transitoriedad de todo el mundo visible, tiene muchos testimonios en las páginas de la Biblia.

«Os digo, pues, hermanos, que el tiempo es corto... Pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7,29.31). «Nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas» (2Cor 4,18).

En esta visión del don de ciencia no hay ningún desprecio por las criaturas del mundo visible. Digamos, más bien, que hay un menosprecio: ante la plenitud del Ser divino, lleno de bondad, hermosura y amor, las criaturas aparecen en toda su precaridad congénita. Al salir el sol, al manifestarse en su plenitud, desaparecen las estrellas.

A esta luz del don de ciencia qué ridículo resulta decir que hay que «partir de la realidad», cuando esta expresión se emplea como si Dios, las Escrituras, la fe, los sacramentos, fueran entidades abstractas; mientras que la verdadera realidad, la realidad real, sería el mundo visible (!). Quienes así piensan -o al menos sienten- son vanos, no tienen ciencia ni de Dios ni del mundo: no entienden nada: «son vanos por naturaleza todos los hombres que carecen del conocimiento de Dios, y por los bienes que gozan no alcanzan a conocer al que es la fuente de ellos, y por la considerción de las obras no llegan a conocer a su Artífice» (Sab 13,1).

Por el contrario, el don de ciencia hace que el mundo visible transparente a aquel mundo invisible, al que es plenamente real, y a él quede continuamente referido. El don de ciencia, por tanto, da a sentir nuestra condición de «peregrinos y forasteros» en el mundo presente (1Pe 2,11). De este modo, toda la vida humana temporal se capta como «un tiempo de peregrinación» (1,17).

Adviértase, en todo caso, que en modo alguno el don de ciencia implica una visión maniquea de las criaturas, como si éstas, por serlo, fueran entidades degradadas e intrínsecamente malas. Por el contrario, el mundo creado es revelación de la bondad y de la hermosura de Dios, pues «lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las criaturas» (Rm 1,20; +Sab 13,4-5).

El mismo Pablo, por ejemplo, que todo lo sacrifica, con tal de gozar de Cristo, y que, como buen enamorado, todo lo estima y considera «basura» en comparación de su Señor (Flp 3,7-8), es precisamente quien asegura que «todo es puro para los puros» (Tit 1,15); y que «toda criatura de Dios es buena y nada hay reprobable, tomado con acción de gracias» (1Tim 4,4), es decir, si es recibido como don del Creador.

El don de ciencia, por otra parte, descubre al cristiano la verdad del mundo, librándole así de la mentira del mundo, que no sólamente envuelve y ciega a los hombres carnales, sino que incluso engaña en no pocas cuestiones hasta a los hombres virtuosos. Éstos, aunque sea en grados mínimos, aún están con frecuencia condicionados por la época y circunstancia en que viven. Pues bien, el don de ciencia, por obra del Espíritu Santo, da al cristiano una facilidad simple y segura para conocer de verdad el mundo presente y todas sus mentiras. Sólamente así puede el cristiano participar plenamente del señorío de Cristo sobre el mundo, sólamente así puede «vivir en el mundo sin ser del mundo». Ahora bien, sin esta libertad del mundo no puede darse en el cristiano la perfección de la santidad.

Por eso dice el Apóstol que hemos de aspirar «a la perfección consumada de los santos... como hombres perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo, para que ya no seamos niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina, por el engaño de los hombres, que para engañar emplean astutamente los artificios del error» (Ef 4,12-14).

El don de ciencia, por otra parte, es un don, un don que el Espíritu Santo da, y que da especialmente a los humildes, no a los soberbios que se fían de sus propios juicios y saberes. Nuestro Señor Jesucristo, en primer lugar, no era un hombre de cultura académica, y sin embargo estaba pleno de ciencia espiritual. Y la gente se preguntaba: «¿de dónde le viene esto, y qué sabiduría es ésta que se le ha comunicado?... ¿No es éste el carpintero?» (Mc 6,2-3). La ciencia del Espíritu, en efecto, es concedida por el Padre con preferencia a los humildes y pequeños, a aquellos que no se apoyan en sus propios saberes y erudiciones. Así lo enseña Jesús gozosamente:

«En aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultados estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque ése ha sido tu beneplácito» (Lc 10,31).

Teología

El don de ciencia es un hábito sobrenatural, infundido por Dios con la gracia santificante en el entendimiento del hombre, para que por obra del Espíritu Santo, juzgue rectamente, con lucidez sobrehumana, acerca de todas las cosas creadas, refiriéndolas siempre a su fin sobrenatural. Por tanto, en la consideración del mundo visible, el don de ciencia perfecciona la virtud de la fe, dando a ésta una luminosidad de conocimiento al modo divino (STh II-II,9).

Según esto, el hábito intelectual del don de ciencia es muy distinto de la ciencia natural, que a la luz de la razón conoce las cosas por sus causas naturales, próximas o remotas. Es también diverso de la ciencia teológica, en la que la razón discurre, iluminada por la fe, acerca de Dios y del mundo. El don de ciencia conoce profundamente las cosas creadas sin trabajo discursivo de la razón y de la fe, sino más bien por una cierta connaturalidad con Dios, es decir, por obra del Espíritu Santo, con rapidez y seguridad, al modo divino. Ve y entiende con facilidad la vida presente en referencia continua a su fin definitivo, la vida eterna.

El don de ciencia, pues, trae consigo a un tiempo dos efectos que no son opuestos, sino complementarios. De un lado, produce una dignificación suprema de la vida presente, pues las criaturas se hacen ventanas abiertas a la contemplación de Dios, y todos los acontecimientos y acciones de este mundo, con frecuencia tan contingentes, tan precarios y triviales, se revelan, por así decirlo, como causas productoras de efectos eternos. Y de otro lado, al mismo tiempo, el don de ciencia muestra la vanidad del ser de todas las criaturas y de todas sus vicisitudes temporales, comparadas con la plenitud del ser de Dios y de la vida eterna.

No es fácil encarecer suficientemente hastá qué punto es necesario para la perfección el don de ciencia. Y hoy más que nunca. Todos los cristianos, los niños y los jóvenes, los novios y los matrimonios, los profesores, los políticos, los hombres de negocios, los párrocos y los religiosos, los obispos y los teólogos, necesitan absolutamente del don de ciencia para que sus mentes, dóciles a Dios, queden absolutamente libres de los condicionamientos envolventes del mundo en que viven.

Si pensamos que un cirujano que padece ofuscaciones frecuentes en la vista o que un conductor de autobús que sufre de vez en cuando mareos y desvanecimientos, no están en condiciones de ejercer su oficio, de modo semejante habremos de estimar que aquéllos que reciben importantes responsabilidades de gobierno, si no poseen suficientemente el don de ciencia, causarán sin duda grandes males en la sociedad y en la Iglesia.

Santos

Al don de ciencia se le suele decir la ciencia de los santos. Así la llamó Juan de Santo Tomás, en alusión a aquel texto de la Escritura: el Señor «les dió la ciencia de los santos» (Sab 10,10; In I-II, d.18, 43,10).

En todos los santos, es cierto, tanto en los cultos como en los incultos, ha brillado siempre el don de ciencia, por el cual el mundo visible viene a ser revelación de Dios. Ya no es el mundo para ellos un lastre, una distracción o una tentación, sino que se torna para ellos en escala maravillosa hacia la perfecta unión con Dios.

San Francisco de Asís, por ejemplo, «abrazaba todas las cosas con indecible devoción afectuosa, les hablaba del Señor y les exhortaba a alabarlo. Dejaba sin apagar las luces, lámparas, velas, no queriendo extinguir con su mano la claridad que le era símbolo de la luz eterna. Caminaba con reverencia sobre las piedras, en atención a Aquel que a sí mismo se llamó Roca... Pero ¿cómo decirlo todo? Aquel que es la Fuente de toda bondad, el que será todo en todas las cosas, se comunicaba a nuestro Santo también en todas las cosas» (Tomás de Celano, II Vida cp.124).

Por el precioso don de ciencia todos los santos, como el Poverello, han encontrado a Dios en las criaturas, y se han conmovido profundamente ante la belleza del mundo visible. San Juan de la Cruz, por ejemplo, a un tiempo místico y poeta, halla palabras para expresar estas maravillas que da a conocer el don de ciencia:

El alma «comienza a caminar [espiritualmente] por la consideración y conocimiento de las criaturas al conocimiento de su Amado, Creador de ellas; porque, después del ejercicio del conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera en este camino espiritual» (Cántico 5,1). Y es que, «aunque muchas cosas hace Dios por mano ajena, como de los ángeles o de los hombres, ésta que es crear nunca la hizo ni hace por otra que por la suya propia. Y así el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano fueron hechas» (Cántico 5,3). Ve el alma que es Él quien las mantiene en su perenne belleza: «siempre están con verdura inmarcesible, que ni fenece ni se marchitan con el tiempo» (5,4).

Por eso, en la contemplación del mundo, el alma creyente, iluminada por el don de ciencia, «halla verdadero sosiego y luz divina y gusta altamente de la sabiduría de Dios, que en la armonía de las criaturas y hechos de Dios reluce; y siéntese llena de bienes y ajena y vacía de males, y, sobre todo, entiende y goza de inestimable refección de amor, que la confirma en amor» (14,4).

El don de ciencia da a conocer muy especialmente la belleza fascinante del alma humana que está en la gracia divina:

Sobre esto, santa Catalina de Siena le decía al Beato Raimundo, su director: «Padre mío, si viera usted el encanto de un alma racional, no dudo en absoluto que daría cien veces la vida por la salud de esa alma, pues en este mundo no hay nada que pueda igualar tanta belleza» (Leyenda 151). Y lo mismo decía Santa Teresa: «el alma del justo es un paraíso donde dice Él que tiene sus deleites... No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma» (I Moradas 1,1). Y San Juan de la Cruz: «¡oh alma, hermosísima entre todas las criaturas!» (Cántico 1,7).

Pero, al mismo tiempo que esta grandeza y belleza de las criaturas, el don de ciencia muestra la vanidad profunda del mundo presente. Los santos, por eso, siempre han entendido con evidencia que «todas las cosas de la tierra y del cielo, comparadas con Dios, nada son, como dice Jeremías [4,3]» (1 Subida 4,3).

En efecto, «todo el ser de las criaturas, comparado con el infinito ser de Dios, nada es; y, por tanto, el alma que en ellas pone su afición [desordenada], delante de Dios también es nada y menos que nada» (ib.4,4).

El don de ciencia, de este modo, perfeccionando la fe, desengaña al hombre espiritual de todas las fascinaciones y mentiras con que el mundo engaña a los hombres mundanos. Son indecibles las fascinaciones que el mundo ejerce sobre los hombres, también sobre tantos cristianos: «toda la tierra seguía maravillada a la Bestia» (Ap 13,3). El resultado es un espanto: «mi pueblo está loco, me ha desconocido; son necios, no ven: sabios para el mal, ignorantes para el bien» (Jer 4,22).

Santa Teresa de Jesús, por el don de ciencia, captó con especial lucidez este engaño general en que viven los hombres.

Ella lo ve todo «al revés» de como lo ven los mundanos o de cómo lo veía ella antes. Y por eso se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella» (Vida 20,26); «ríese de sí, del tiempo en que tenía en algo los dineros y la codicia de ellos» (20,27), y «no hay ya quien viva, viendo por vista de ojos el gran engaño en que andamos y la ceguedad que traemos» (21,4). «¡Oh, qué es un alma que se ve aquí haber de tornar a tratar con todos, a mirar y ver esta farsa de esta vida tan mal concertada!» (21,6).

Asistido por el don de ciencia, el cristiano perfecto -santa Teresa, concretamente- ve la mentira de las cosas más estimadas por el mundo, y también muchas veces por los mismos cristianos piadosos.

En cierta ocasión, doña Luisa de la Cerca enseña en su casa una colección de joyas a su amiga Teresa de Jesús: «Ella pensó que me alegraran. Yo estaba riéndome entre mí y habiendo lástima de ver lo que estiman los hombres, acordándome de lo que nos tiene guardado el Señor, y pensaba cuán imposible me sería, aunque yo conmigo misma lo quisiese procurar, tener en algo aquellas cosas, si el Señor no me quitaba la memoria de otras.

«Esto es un gran señorío para el alma, tan grande que no sé si lo entenderá sino quien lo posee; porque es el propio y natural desasimiento, porque es sin trabajo nuestro: todo lo hace Dios [es, pues, don de ciencia], que muestra Su Majestad estas verdades de manera que quedan tan imprimidas, que se ve claro que no lo pudiéramos por nosotros de aquella manera en tan breve tiempo adquirir» (Vida 38,4).

El don de ciencia muestra también el pecado, por muy escondido que esté en la práctica común y general. El santo distingue con toda seguridad y facilidad lo que ofende a Dios y le desagrada, lo que es contrario al Evangelio, por muy aceptado que esté en el mundo y entre los mismos cristianos: costumbres, modas, criterios, espectáculos, etc. Y alcanza a ver, ve con una ciencia espiritual luminosa, la absoluta vanidad de todo aquello que en el mundo no está ordenado a Dios. Ve cómo las criaturas no finalizadas en su Creador, por mucho que se hinchen y aparenten -en la televisión y en la prensa, sea en la sociedad, sea en el mismo mundo de la Iglesia-, son nada, menos que nada, por grande que sea su brillo y esplendor. Lo ve, lo ve con toda claridad, porque el Señor mismo se lo muestra, como se lo hizo ver a Teresa:

«¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que todos es mentira lo que no es agradable a mí. Con claridad verás esto que ahora no entiendes en lo que aprovecha a tu alma.

«Y así lo he visto, sea el Señor alabado, que después acá tanta vanidad y mentira me parece lo que yo no veo va guiado al servicio de Dios, que no lo sabría yo decir como lo entiendo, y lástima me hacen los que veo con la oscuridad que están en esta verdad» (Vida 40,1-2).

El santo, por el don de ciencia viene a ser desengañado del engaño colectivo; es decir, despierta del sueño que le mantenía espiritualmente dormido, como a tantos otros.

El Señor, sigue Teresa de Jesús, «me ha dado una manera de sueño en la vida, que casi siempre me parece estoy soñando lo que veo: ni contento ni pena que sea mucha no la veo en mí... Y esto es entera verdad, que aunque después yo quiera holgarme de aquel contento o pesarme de aquella pena, no es en mi mano, sino como lo sería a una persona discreta tener pena o gloria de un sueño que soñó. Porque ya mi alma la despertó el Señor de aquello que, por no estar yo mortificada ni muerta a las cosas del mundo, me había hecho sentimiento, y no quiere Su Majestad que se torne a cegar» (Vida 40,22).

Experiencias espirituales semejantes del don de ciencia, igualmente impresionantes, las hallamos en Santa Catalina de Siena. Cuenta el Beato Raimundo de Capua, dominico, director suyo:

Una vez el Señor Jesucristo se aparece a Santa Catalina y le dice: «¿Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Si llegas a saber estas dos cosas, serás bienaventurada. Tú eres la que no es; yo, en cambio, soy el que soy» (Leyenda 92). De esta premisa parte toda la doctrina espiritual de esta Doctora. «Si el alma -decía- conoce que por sí misma no es nada y que todo se lo debe al Señor, resulta que no confía ya en sus operaciones, sino sólo en las de Dios. Por esto el alma dirige toda su solicitud a Él. Sin embargo, el alma no deja para más tarde hacer lo que puede, pues al derivarse tal confianza del amor y al causar necesariamente el amor al amante el deseo de la cosa amada -deseo que no puede existir si el alma no hace las obras que le son posibles- resulta que ella actúa por razón del amor. Pero no por ello confía en su operación como cosa suya, sino como operación del Creador. Todo esto se lo enseña perfectamente [por el don de ciencia] el conocimiento de la nada que es y la perfección del mismo Creador» (99).

Hasta tal punto llega la lucidez espiritual sobrehumana de Catalina, y la referencia continua que ella hacía de la criatura a su Creador, que veía ella en los hombres con más claridad sus almas que sus cuerpos. Así se lo había pedido ella al Señor, y el Señor se lo concedió. «Y la gracia de este don, atestigua el Beato Raimundo, fue tan eficaz y perseverante que, a partir de entonces, Catalina conoció mejor que los cuerpos, las operaciones y la índole de todas las almas a las que se acercaba».

Una vez, «cuando le dije a solas que algunos murmuraban porque habían visto a hombres y a mujeres arrodillados ante ella, sin que ella lo impidiera, me respondió: "Sabe el Señor que yo poco o nada veo de los movimientos de quien tengo cerca. Estoy tan ocupada leyendo sus almas, que no me fijo para nada en sus cuerpos". Entonces le pregunté: "¿Ves, acaso, sus almas?". Y ella me respondió: "Padre, le revelo ahora en confesión que desde que mi Salvador me concedió la gracia de liberar a una cierta alma... no aparece casi nunca ante mí nadie de quien no intuya el estado de su alma"» (151).

«Daré una confirmación de esto que he dicho. Recuerdo que hice de intérprete entre el Sumo Pontífice Gregorio XI, de feliz memoria, y nuestra santa virgen, porque ella no conocía el latín y el Pontífice no sabía italiano. Mientras hablábamos, la santa virgen se lamentó de que en la Curia Romana, donde debería haber un paraíso de celestiales virtudes, se olía el hedor de los vicios del infierno. El Pontífice, al oirlo, me preguntó cuánto tiempo hacía que había llegado ella a la Curia. Cuando supo que lo había hecho pocos días antes, respondió: "¿Cómo en tan poco tiempo has podido conocer las costumbres de la Curia Romana?". Entonces ella, cambiando súbitamente su disposición sumisa por una actitud mayestática, tal como lo vi con mis propios ojos, erguida, prorrumpió en estas palabras: "Por el honor de Dios Omnipotente, me atrevo a decir que he sentido yo más el gran mal olor de los pecados que se cometen en la Curia Romana sin moverme de Siena, mi ciudad natal, del que sienten quienes los cometieron y los cometen todos los días". El Papa permaneció callado, y yo, consternado, razonaba en mi interior y me preguntaba con qué autoridad habían sido dichas unas palabras como aquéllas a la cara de un Pontífice» (152).

Ésta es la lucidez espiritual propia del don de ciencia. Esta santa sin estudios, más aún, analfabeta, viviendo siempre en Siena, sirviendo en la casa de su padre, el tintorero Benincasa, penúltima de veinticinco hermanos, siendo joven -muere a los treinta y tres años-, por el don espiritual de ciencia, por obra del Espíritu Santo, conoce mil veces mejor el mundo -el mundo de su época, el corazón de los hombres, el mundillo romano eclesiástico-, que tantos otros que, a pesar de sus muchos estudios y experiencias, no entienden nada, y ni sospechan siquiera cuáles son los problemas reales del siglo y de la Iglesia en que viven.

El don de ciencia da al pensamiento y a la acción del santo una suprema libertad respecto del mundo de su tiempo. Esa independencia total del mundo, se dice fácilmente, pero si no es por obra del Espíritu Santo, concretamente por el don de ciencia y por otros dones suyos, es imposible de vivir, al menos en forma plena. Conviene saberlo.

«Esta tan perfecta osadía y determinación en las obras -advierte San Juan de la Cruz- pocos espirituales la alcanzan, porque, aunque algunos tratan y usan este trato, nunca se acaban de perder en algunos puntos o de mundo o de naturaleza, para hacer las obras perfectas y desnudas por Cristo, no mirando a lo que dirán o qué parecerá... No están perdidos [del todo] a sí mismos en el obrar; todavía tienen vergüenza de confesar a Cristo por la obra delante de los hombres, teniendo respeto a cosas. No viven en Cristo de veras» (Cántico 30,8). Alude aquí a su verso «diréis que me he perdido», y aún más a la enseñanza de Jesús: «el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará» (Mt 16,25).

Aún hay, sin embargo, quien estima que los santos, especialmente los de vida mística más alta, apenas entienden nada de la vida presente, alienados como están de ella por su misma vida contemplativa. Pero no, ellos son los únicos que de verdad entienden lo que sucede en el mundo y en la Iglesia de su tiempo. Eso está claro.

Disposición receptiva

Con la gracia de Dios, dispongámonos a recibir el precioso don de ciencia con estas prácticas y virtudes:

1. La oración, la meditación, la súplica. Siempre la oración es premisa primera para la recepción de todos los dones del Espíritu Santo, pero en éstos, como el don de ciencia, que son intelectuales, parece que es aún más imprescindible.

2. Procurar siempre ver a Dios en la criatura. Ignorar u olvidar que el Creador «no sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término» (Catecismo 300), es dejar el alma engañada, necesariamente envuelta en tinieblas y mentiras, en medio de la realidad presente.

3. Pensar, hablar y obrar con perfecta libertad respecto del mundo. Es decir, no tener ningún miedo a estimar que la mayoría -también la mayoría del pueblo cristiano-, en sus criterios y costumbres, está en la oscuridad y en la tristeza del error, al menos en buena parte. Aquí se nos muestra otra vez la mutua conexión necesaria de los dones del Espíritu Santo: el don de ciencia, concretamente, no puede darse sin el don de fortaleza.

4. Ver en todo la mano de Dios providente. Aprender a leer en el libro de la vida -en los periódicos, en lo que sucede, en lo que le ocurre a uno mismo-, pero aprender a leer ese libro con los ojos de Cristo. Él es nuestro único Maestro, el único que conoce el mundo celestial, y el único que entiende el mundo temporal, el único que comprende lo que sucede, lo que pasa, es decir, lo que es pasando.

5. Guardarse en fidelidad y humildad. El don de ciencia, efectivamente, es don de Dios, pero es un don que Dios concede a los humildes, a los que, recibiendo la gracia de la humildad, le buscan, le aman y guardan fielmente sus mandatos:

«Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña. Soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos. Soy más sagaz que los ancianos, porque cumplo tus leyes» (Sal 118,98-100).

6

El don de entendimiento

Sagrada Escritura

Si el don de entendimiento tiene como principal objeto las verdades reveladas, es indudable que Jesús, ya desde niño, lo poseía perfectísimamente. A los doce años, en el Templo, producía la mayor admiración entre los doctores de la ley: «cuantos le oían quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas» (Lc 2,47).

Y como Jesús «crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (2,52), aún se acrecentó en él con los años este don de entendimiento. Cuando en la sinagoga de Nazaret, por ejemplo, explica las Escrituras en referencia a él, «todos le aprobaban y se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (4,22; +24,32).

El don de entendimiento obra también en altísimo grado sobre los hagiógrafos del Nuevo Testamento, iluminando la mente de los evangelistas, de Pablo, de Juan, y en uno u otro grado, alumbra a todos los discípulos de Cristo, a todos los creyentes.

En Cristo Jesús, dice San Pablo, «habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento» (1Cor 1,5). Y así los fieles han de estar «henchidos de todo conocimiento y capacitados para aconsejarse mutuamente» (Rm 15,14). En efecto, «el mismo Dios que dijo "hágase la luz de las tinieblas", Él ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar la ciencia de la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo» (2Cor 4,6).

El entendimiento de las verdades divinas reveladas requiere, sin duda, meditación y estudio, y hacer como María, que «guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19; +51); pero se consigue sobre todo en la oración de súplica. Son innumerables las oraciones bíblicas en las que se pide al Señor luz para entender sus pensamientos, sus mandatos y caminos, tan extraños al hombre adámico. Baste recordar el Salmo 118.

San Pablo pide con frecuencia este don del Espíritu Santo para los fieles que él, también con el auxilio del mismo Espíritu, ha evangelizado y convertido: «no dejamos nosotros de rogar por vosotros y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de Su voluntad, con toda sabiduría y entendimiento espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo» (Col 1,9-10).

Teología

El don de entendimiento es un espíritu, un hábito sobrenatural infundido por Dios con la gracia santificante, mediante el cual el entendimiento del creyente, por obra del Espíritu Santo, penetra las verdades reveladas con una lucidez sobrehumana, de modo divino, más allá del modo humano y discursivo.

El don de entendimiento reside, pues, en la mente del creyente, en el entendimiento especulativo, concretamente, y perfecciona el ejercicio de la fe, que ya no se ve sujeta al modo humano del dis