p
Herejías, la insurrección en nombre de Dios
(parte II)

Herejías de Occidente

Por Karina Donángelo.

 

p pp
p Karina Donángelo presenta algunos de las más influyentes movimientos heréticos dentro de la religión cristiana, principalmente los aparecidos durante la Edad Media y tanto en Oriente como en Occidente, analizándolos en su contexto histórico y estableciendo su relación con la puja por el poder. Esta segunda parte se dedica a las herejías de Occidente. Se recomienda la lectura de la Introducción para la adecuada comprensión del artículo.


Ciudad del Vaticano, sede del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

 

En Occidente, la evangelización de los paganos no fue menos difícil que en Oriente. Las conversiones fueron rápidas y espectaculares. Así como lo fue el bautismo de Clodoveo, no pasaron de ser superficiales y limitadas a una cierta cantidad de personas. Sin embargo, mucho después de Clodoveo, las mesas de la población rural, en la Galia y más en Germania siguieron aferradas a sus antiguas creencias.

De este apego a las supersticiones y al paganismo da testimonio la literatura religiosa del momento, como por ejemplo "Vidas de Santos"; o las prácticas y el mobiliario funerario. Los hombres se adornaban con amuletos. Mantenían encendidos los "fuegos purificadores". Hacían ofrendas a los dioses de las fuentes, los lagos y los bosques, y concurrían a la Iglesia.

Poco antes de la famosa Reforma Gregoriana, una de las causas que fomentó el surgimiento de las herejías y las divisiones dentro de la Iglesia Católica Romana fue la insuficiencia e indignidad del clero.

Por otra parte, las incursiones escandinavas, húngaras y sarracenas provocaron la destrucción de abadías e iglesias, dispersando a los monjes. Muchas abadías cayeron en manos de "protectores"; grandes señores que abandonaron su antiguo papel de justicieros, par la administración y explotación sistemática de los bienes de los monasterios.

El clero, privado de toda independencia, sometido a los príncipes, cuya elección podía recaer en personajes indignos y carentes de riqueza espiritual fue sufriendo progresivamente todo tipo de relajamientos y vicios.

El "Nicolaísmo" estuvo muy en boga; consistía en rechazar el celibato religioso, transgrediendo la pureza de las costumbres eclesiásticas.

La Reforma Gregoriana, no solo se encuadró en el plano religioso; también fue una maniobra política con resultados trascendentes para toda la humanidad. El papa, a través de una alianza contó con el apoyo de los príncipes alemanes, contrarios a la autoridad imperial de los grandes señores, y de los normandos de Sicilia.

Todo esto derivó en el famoso conflicto de las investiduras, a partir de lo cual se restituyeron los bienes eclesiásticos y el clero, paulatinamente se liberó de la tutela de sus antiguos protectores.

Gran influencia tuvieron también, en la reforma de la iglesia, los monjes de Italia meridional, quienes conservaban secretamente sus tradiciones egipcias, griegas y bizantinas, y tenían lazos estrechos con algunas comunidades ermitañas. A esto se sumó la influencia de las escuelas episcopales y abaciales de Francia, Lorena y del Imperio, que fueron verdaderos centro de enseñanza y estudios litúrgicos. Una de las abadías que mejor supo ejemplificar este ideal renovador fue sin duda la de Clunny.

Mencionamos todo esto, porque la gran mayoría de las herejías occidentales se dieron en el marco de la Reforma Gregoriana. Algunas de estas sectas se basaron en una interpretación distinta del Nuevo Testamento. Proclamaban el deseo de pureza, el respeto por las reglas de la vida evangélica, sus exigencias morales fueron muy estrictas (en algunos casos) y rechazaron la Iglesia constituida (la misa, la comunión, la Virgen y al clero romano).

Pero más allá de lo doctrinal, no se puede dejar de reconocer su carácter revolucionario, cuyos alcances llegan, incluso, hasta la actualidad.

 

Constantinopla, capital del  imperio Bizantino, hoy la actual Estambul.

 

 

Por la senda de Bogomil.

En Italia, y especialmente en las regiones centrales y nórdicas se manifestó un espíritu violento en contra de los obispos simoníacos fieles al partido imperial, este espíritu fue el estandarte de una herejía que se conoció con el nombre de Bogomilitas o Bogomiles. Su origen proviene de los antiguos pueblos eslavos; los "bárbaros del norte".

Fruto emergente del corazón de los bosques y pantanos de la Dacia, este pueblo inició su cruzada ocupacionista en el año 527, hacia las márgenes del Danubio, devastando territorios y realizando grandes carnicerías, para luego retornar a sus escondrijos primigenios y ocultar el botín. Armados con arcos y flechas envenenadas atacaban a sus adversarios par la retaguardia.

Sus frecuentes irrupciones causaron una seria preocupación a la diplomacia bizantina, que intentaba ejercer su poder en un escenario incierto fragmentado, que fluctuaba entre la "democracia" y la "anarquía". Con el tiempo, los pueblos eslavos cayeron en manos de nuevos invasores; los ávaros y sirvieron como infantes del ejército de caballería, en la lucha contra Bizancio.

 

 

Si bien los eslavos no obtuvieron triunfo alguno, sí pudieron consolidar su afincamiento en los Balcanes. Precisamente allí fue donde supieron recoger la herencia de los búlgaros turanios, quienes atravesando el Danubio, por Isperich fundaron un gran reino, que en Sirmia chocó con el Estado en "La Montaña de los Francos".

Los antiguos pueblos nórdicos, no sólo atravesaron los Balcanes, sino también los Cárpatos; franquearon el Vístula, invadieron el norte de Alemania y los países alpinos del sudeste.

En los Balcanes, los eslavos también se fusionaron con las poblaciones tracias e ilirias, de las cuales son en parte hoy herederos los albaneses. Tanto los eslavos, como los tracios e ilirios traspasaron su territorio a los búlgaros.

El reino búlgaro, fundado por Simeón I (893-927), pasando a manos del sucesor, Pedro, mantuvo estrechos contactos con la corte griega, gracias a lo cual se conformó un partido nacional, posteriormente reprimido con saña tenaz, en el ano 929. 

El alzamiento de los bogomilitas surgió de las capas inferiores eslavas, que se oponían a las clases altas de influencia griega. Esta revolución adoptó un carácter religioso, gracias a su líder-profeta; un pope llamado Bogomil.

Los presbiteros bogomilitas (Kosma fue uno de ellos) reprochaban a los ricos y al clero guardar y ocultar los libros con avaricia (recordemos que en aquella época, los libros eran objetos costosísimos y hasta se sostenían guerras para alzarse con el botín de libros).

Fue, no solo una lucha religiosa (su mejor disfraz) sino más bien la protesta declarada de los campesinos oprimidos, frente a las clases aristócratas. En cuanto al elemento religioso, no se puede negar la tremenda influencia que tuvo en los bogomilitas, la propaganda de los maniqueístas paulicianos, dentro del imperio bizantino. Estos últimos profesaban el dualismo, cuyo principio se basaba en una interpretación distinta respecto a la procedencia del mal: el mal no procede de Dios, sino del demonio, creador también de este mundo imperfecto. El diablo -según su doctrina- sería vencido por Dios y en la Tierra reinaría un Paraíso.

El mundo diabólico, según los campesinos estaba encarnado en el orden estatal y social. Así fue cómo se dirigió el primer advenimiento de los bogomilitas contra el Estado, mientras aspiraban a una revolución social. Para ellos, los grandes enemigos eran Bizancio y el papado, por lo que a los campesinos eslavos se unieron los checos, unidos a los husitas.

La herejía bogomilita se extendió a través de Macedonia, donde fundó dos iglesias. Esta secta fue muy fuerte también en Bulgaria. Con el correr de los años, gran parte de los bogomilitas ingresó al Islam, durante la conquista y ocupación de los turcos. Sólo los paulicianos conservaron su doctrina, pero de todos modos, muchos de ellos fueron devueltos al catolicismo, de la mano de los franciscanos.

En general, los bogomilitas adquirieron mayor solidez en Bosnia y Herzegovina. En Servia, muchos fueron exterminados, en el siglo XII por Stéfano Nemania. Todos estos territorios, durante años fluctuaron entre el catolicismo, la ortodoxia y la herejía bogomilita, hasta la llegada de los turcos, que islamizaron el lugar. No obstante, fueron precisamente los bogomilitas quienes facilitaron soterradamente la entrada de Los turcos; por lo que se comprende que para muchos estudiosos, la influencia bogomilta resultara fatal para los Estados balcánicos y eslavos, según lo relata Josef Leo Seifert, en su libro "Los Revolucionarios del Mundo, de Bogomil a Lenin" (Ed. Luis de Caralt, Barcelona, 1953).

Los bogomilitas negaban el nacimiento divino de Cristo, la Trinidad y la validez de los Sacramentos y ceremonias. Fueron duramente perseguidos, muchos, quemados en la hoguera por los tribunales de la Inquisición, pero pese a todo, hubo quienes sobrevivieron, y sus enseñanzas de maneras diversas perduran en muchas sectas de la actualidad.

 


Imagen que representa el acto de sumisión de
Federico I ante el Papa Alejandro III.

Los Patarinos, protegidos del "Mago" Federico II

La secta de los Patarinos fue una de las más activas, entre los años 1.050 y 1.070, sobretodo en Milán. Sólidamente apoyada por Roma, y en especial por Gregorio VII. Su primer jefe fue Anselmo de Baggio, posteriormente nombrado papa, quien adopté el nombre de Alejandro II (1.061- 1.073).

Este movimiento reformador encontró eco entre los obreros de la industria textil; gente miserable poco integrada en la ciudad y excluidos del marco familiar, e incluso del parroquial. En el lenguaje de la época, los patarinos eran llamados también "pordioseros". Pertenecían al grupo de la herejía dualista. Su nombre -"patarinos"- proviene del arrabal Pataria, de Milán.

Esta secta también adoptó posturas políticas, tras el manto de la religión. Con frecuencia, los patarinos recibían emisarios búlgaros. Sus primeras ideas revolucionarias se materializaron en diversas alternativas sangrientas de la lucha civil entre güelfos y gibelinos, en la que los herejes se alinearon junta al partido del emperador (los gibelinos).

Federico II llegó a erigirse en su protector, y en algunas ciudades llegaron a tener tanto poder, que expulsaron a los católicos, entre ellos al obispo Grimerio de Piacenza.

En realidad, la contienda contra el papado tuvo un marcado sesgo político, desde la llegada de los Hohenstaufen, una poderosa dinastía de príncipes electores del Sacro Imperio Romano Germano.

Ya desde el reinado de Federico I, apodado Barbarroja, la lucha con el pontificiado se tornó recalcitrante. Pues, el principal objetivo de su política fue ampliar y confirmar su dominación en el norte de Italia, donde muchas ciudades, prácticamente gozaban de una total independencia; lo que hacia peligrar la unidad del imperio. Federico I reunió a los feudatarios italianos en la Dieta de Roncaglia (1.158) y nombró un delegado en cada ciudad. Pero su política no tardó en ser resistida en las prósperas metrópolis italianas. Se produjeron levantamientos, y el emperador ordenó saquear y quemar la ciudad de Milán.

 


Federico de Barbarroja,
con los los hijos del rey Enrique y el duque Federico. Miniatura de la Crónica d
 los Güelfos. 
Años 1179 - 91

A partir de ese momento, el papa Alejandro III se puso al frente de la rebelión y apoyó a las ciudades, que se unieron a la Liga Lombarda. Frente a la derrota, Federico I no tuvo más remedio que ratificar la paz, reconciliarse con el Papa y reconocer la independencia de los Estados Pontificios.

Sin embargo, el proyecto geopolítico se mantuvo en pié, sobretodo durante el reinado de Federico II. Excomulgado dos voces, acusado de hereje y blasfemo, este hombre sabio y aguerrido, aficionado a la filosofía y a las letras, luchó hasta el final contra el poder hegemónico y no menos dictatorial del Papado, protegiendo la libertad de pensamiento, de aquellos que abrazaban una fe distinta dentro del imperio.

Un siglo después, la secta de los "HUMILLADOS", surgida también en Milán reunió a ciertas clases industriales, como los obreros de la lana; y gentes de condición muy humilde, que adoptaron los preceptos acuñados por sus antecesores, los Patarinos.

La corriente de los "PUROS"

A partir del año 1.100, el nombre de "CATAROS" (los Puros) pasaría a designar a todos los heréticos occidentales emplazados fuera de la Iglesia Romana; se aplicó con frecuencia a los Patarinos, y posteriormente a todas las sectas de Italia. Los cátaros fueron muy numerosos y activos en Toscana y en Umbría. Dominaban las magistraturas de Siena y Asís, e hicieron de Orvieto una "verdadera plaza fuerte de la herejía" (tanto en Roma como en Verona existían escuelas de cátaros).

 


Lutero

 

 

 

 


Calvino

 

 

 

 

La difusión de las doctrinas cátaras fue recibida con entusiasmo en diferentes medios sociales. No solo tuvo cabida entre los pobres de las ciudades o los burgueses, sino también entre los grandes señores.

Se caracterizaron por una renuncia total a los bienes terrenales y su enconada resistencia hacia el poder de la Iglesia Romana. Las diversas iglesias cátaras de Francia, Italia, Dalmacia y de Oriente se mantuvieron unidas en esta resistencia. Y con el tiempo se abrieron escuelas cátaras en Toscana, Poggibonsi, San Gimignano y Poppi, en el Arno.

Pero para avanzar sobre este tema, es necesario primero vertir ciertas aclaraciones, que nos ayudarán a entender de manera más cabal, la esencia, las ramificaciones y las consecuencias que han tenido estas herejías cátaras, desde la antigüedad.

Dentro de los cátaros, hay muchos autores que señalan una diferenciación entre los heréticos "Monarquianos" (Bogomilitas, por ejemplo) y los "Panteístas" (Patarinos).

Los "monarquianos" veían en la figura de Satanás, una criatura de Dios, que a través de toda la duración de este mundo mantendría el dominio sobre los hombres. Al final de los tiempos el Diablo (también llamado Satanás o el Dragón) sería precipitado hacia las profundidades del infierno y el Tercer Reino despuntaría en el horizonte. En este grupo se formaron también las sectas fraternales del quiliasmo pacifista y el Joaquinismo.

Impugnaban el servicio de las armas; veían en la procreación y el matrimonio un mal que alargaba innecesariamente el reinado de Satanás. Otra de las orientaciones cátaras dualistas fue la de los "Moderados", que veneraban en Satanás al hijo mayor o menor de Dios, el hermano de Cristo que sería aguardado al final de los siglos. En Oriente, según señala Josef Leo Seifert "esta orientación ha sobrevivido hasta hoy en los "luciferinos" o "adoradores del Diablo".

Los moderados creían que las almas de las mujeres habrían de reencarnarse finalmente en el cuerpo de un "superior" masculino, antes de poder unirse con Dios. Para ellos el origen del mal era la mujer (pecado genérico) por eso creían que el hombre tenía que "escapar del matrimonio como del fuego". Estas creencias son interesantes, fundamentalmente porque en ellas está presente la concepción de la transmigración de las almas.

Todas estas consideraciones sobre el papel dado a la mujer deja en evidencia, que el dualismo está enraizado en el culto lunar de los pueblos matriarcales. Sus conceptos fueron investidos por Manes, con elementos cristianos, pero hubo quienes conservaron las antiguas creencias.

Pese a que para muchas herejías la mujer era la encarnación del mal hubo otras, incluso la religión Católica que profesaron una actitud devota hacia la figura femenina. De hecho, la veneración a María, como madre de Dios es el reflejo de una adoración mucho más antigua de diosas paganas progenitoras: Isis y Horus, de Egipto o la Mater Matuta de Roma.

En algunos países occidentales, la derivación de los moderados se desarrolló con el "Monismo", en sus dos figuras: el espiritualismo (Panteísmo) y el materialismo.

En otro orden, la orientación dualista de los "Severos'' admitía dos dioses completamente independientes entre sí y con iguales poderes (doctrina que fue avalada en el siglo XII por Juan de Lugio según la cual ambos dioses creaban almas humanas: las del Dios bueno serian bendecidas y las del Dios malo, condenadas).

Esta teoría guarda relación, no solo con el fatalismo, (que sería adoptado por más de una herejía) sino también con la posterior doctrina de la Predestinación esbozada entre otros, por Martín Lutero y Calvino.

Dentro de las sectas que formaron el grupo de los cátaros existieron doctrinas de inspiración oriental; admitían la vigencia de dos principios el Bien y el Mal. Al primero pertenecía el alma y al segundo el cuerpo. Creían que para defender el alma creada por Dios era preciso destruir al cuerpo, símbolo de impureza. Por eso, aconsejaban el suicidio y condenaban al matrimonio Creían también en la transmigración del alma, la que luego de abandonar el cuerpo solía pasar al de un animal. Es por este motivo, que se privaban de matar animales y consumir carne, leche y huevos.

 


Las Cruzadas organizadas por la Iglesia Católica no ha sido únicamente contra el mundo musulmán. Cruzadas contra albigenses y valdenses fueron organizadas en distintas oportunidades.

La cruzada de los albigenses

Durante el siglo XII en el sur de Francia se desarrolló la herejía de los "Albigenses", a quienes se llamó así' por el pueblo de Albi, lugar de donde provienen sus primeros seguidores.

Los albigenses poseían una clase clerical propia y célibe a la que se le confería una particular reverencia. Rechazaban la doctrina de la Trinidad, el parto virginal, el Infierno y el Purgatorio.

Estos herejes habían consolidado un pacto de unión con los sarracenos, destinado a sojuzgar Occidente. Tamaña empresa suscitó la alarma y preocupación de los emperadores, no solo porque los albigenses ponían en duda y contrariaban las doctrinas de la Iglesia, sino fundamentalmente por semejante proyecto geopolítico, insuflado por las profundas divisiones sociales y alentado por las clases campesinas.

Si bien dicho proyecto nunca llegó a concretarse, no pudo evitarse una virulenta lucha nacional, en el Mediodía de Francia, ni tampoco el enfrentamiento racial entre el Norte y el Sur.

El papa Inocencio III, pese a su ambigua y otras veces enconada oposición contra los albigenses ha sido un personaje que ha logrado seducir la curiosidad de los historiadores, por atacar los escándalos y abusos cometidos por la Iglesia; lo que por otra parte le hizo sostener una encarnizada contienda con el Emperador, por la cuestión de las investiduras, a fin de librar a la Institución eclesiástica de las influencias seculares. Eh su lucha contra los albigenses, en primera instancia se mostró paciente con las actividades de estos herejes y con el conde Raimundo VI de Toulusse; pero el punto detonante estuvo dado cuando los albigenses asesinaron al legado pontificio Pierre de Castelnau. Esto fue la mecha que prendió el fuego.

El papa Inocencio III, con su paciencia dilatada ordenó que se iniciara una Cruzada contra los albigenses. "Si es necesario -dijo- suprímanlos con la espada". Como generalísimo de esta guerra fue nombrado Simón de Montfort. La lucha tuvo variadas alternancias para ambos partidos hasta el año 1.229 cuando fue concertada la Paz de Meaux, con Raimundo VII, hijo de Raimundo VI de Toulousse. El conde fue obligado a una feroz penitencia y sus dominios pasaron, en parte al poder del rey de Francia. Ya en la última fase de la guerra, también tomó parte Inglaterra, que había concertado una alianza con el conde de Toulusse. Los herejes huyeron en bandadas hacia Italia, llegando inclusive a ocupar gran parte de los territorios de Bosnia.

Los cruzados católicos mataron a 20.000 hombres, mujeres y niños, en Béziers, Francia. Después del gran derramamiento de sangre y acallado el ánimus independentista de los albigenses, esta secta fue desarticulada tras la firma del Concilio de Narbona que, entre otras cosas "prohibió que los legos poseyeran parte alguna de las Sagradas Escrituras".

 


El Papa Alejandro III, quien simpatizó en un principio
 con las doctrinas de los valdenses.

 

 

Los Valdenses

Lejos de ser consideradas como simples movimientos espontáneos, mucha de las corrientes heréticas fueron fuertes sectas que se organizaron en Iglesias extendidas por varias provincias y regiones.

En Lyon, Pedro Valdo, un rico mercader conmovido por la miseria de los humildes durante el Hambre de 1.176 y sintiéndose aludido por los sermones de los monjes errantes que visitaban la ciudad renunció a sus tesoros y repartió sus caudales entre los pobres. Influenciado por la leyenda de San Alejo y tras un largo estudio de las Sagradas Escrituras mandó a traducir la Biblia al provenzal.

Pedro Valdo reunió a numerosos discípulos; llamados los "Pobres de Lyon". Estos, con la ayuda de los italianos propagaron rápidamente las doctrinas de su maestro. Los valdenses (o Pobres de Lyon) captaron adeptos en las capas sociales que fluctuaban entre los campesinos y artesanos; entre otras cosas, los alentaba el ideal de la no violencia. Peregrinaban y predicaban de dos en dos; descalzos y con hábitos penitenciales denunciaban los actos de corrupción de la Iglesia católica tradicional.

Debido a esto, y pese a que Alejandro III en un principio llegó a simpatizar con las doctrines de los valdenses, con sus reglas y sus principios, se les prohibió la predicación sin permiso episcopal. El Concilio de Verona de 1.184 les dictó la excomunión bajo el pontíficado de Lucio III; condena que fue ratificada posteriormente par el cuarto Concilio Lateranense.

Los valdenses tuvieron mucho poder en España y Lombardía y se extendieron a través de Suiza hacia Austria, Bohemia del Sur, Brandenburgo y Polonia hasta llegar a Hungría.

Sin embargo hubo notorias diferencias entre los valdenses franceses y los lombardos, que tras la muerte de Valdo sufrieron la desunión y una ruptura definitiva en el ano 1.218.

Por su parte, los valdenses austríacos, alemanes del Sur y bohemios hicieron cause común con los lombardos, mientras que Los franceses fueron perdiendo fuerza y careciendo de gran incidencia en el exterior.

Los motivos de esta desunión, peleas internas y posteriores ramificaciones, como las también disidencias doctrinales se explican a partir de los orígenes de esta herejía.

De hecho, el nombre de valdenses, al igual que el de los cátaros no quiere significar una corriente unitaria de ideas. Virtualmente, Pedro Valdo no creó ninguna nueva doctrina dogmática; más bien trató de reinstalar el viejo ideal apostólico de la Iglesia primitiva. Por eso, tampoco fundó una "nueva" Iglesia, pese a que él mismo practicó una violencia dictatorial y un régimen jerárquico no muy distinto al de la Iglesia tradicional a la que se opuso fervientemente. Su "cuantun dogmático" lo edificó en base a las libres protesías que circulaban entre los poblados par tradición oral. Emancipó por completo a la mujer, a quien también se le permitía predicar.

Estas peculiaridades marcaron algunas semejanzas entre los valdenses franceses y ciertos sectores de las herejías dualistas entre los que se contaron Pedro Bruys y Enrique de Lausana, considerados por muchos los verdaderos precursores de Valdo.

Los valdenses franceses estaban tan influenciados par la corriente dualista, que terminaron por deshacerse de todo contacto con la orientación panteísta de los "espirituales" y los "fraticelli". Por el contrario los valdenses lombardos nacieron de los "monarquianos", cuyo nexo fueron los "Humillados".

Los lombardos vivían en comunidades proletarias (telares) y obligaban a sus adeptos a desenvolverse en el trabajo manual. Formaron sus propias comunidades eclesiásticas, mientras que los valdenses franceses creían en la "Iglesia Invisible" de Cristo; por este motivo muchas veces permitían a sus feligreses la libre concurrencia a la Iglesia católica y la aceptación parcial de algunos de sus sacramentos, los santos y la veneración a María, aunque rechazaban el Purgatorio, las imágenes y el signo de la cruz.

El lugar donde se reunían para elevar sus rezos, generalmente era un establo. Las "católicas casas de Dios" eran despectivamente denominadas por los lombardos como "madrigueras".

Los ayunos y la ley matrimonial no fueron hábitos estrictos para los valdenses. Pugnaban por suprimir terminantemente el Estado, el servicio de armas y la prestación del juramento. Mantenían una cierta jerarquía: los "majores" cumplían la función de jefes y dirigían un clero de "juniores" (se autodenominaban los "verdaderos fieles"); los pobres, que hacían votos de castidad y los simples "amigos", tal la denominación.

 

 

Los místicos católicos y la corriente panteísta

Algunas de las creencias derivadas de la corriente panteísta fueron adoptadas no solo por las herejías del momento sino también por miembros de la Iglesia católica.

Uno de los hombres que lideró esta tendencia, después adoptada por un sector de la Iglesia romana fue Amalarico de Bena, quien entendía el panteísmo como una idea popular según la cual el alma humana era parte de Dios, "despertada" por una inspiración del Espíritu Santo para nacer y expandirse en Dios y en el Universo. Esta corriente herética tuvo después gran influencia en los místicos católicos; muchos de ellos fusionaron antiguas concepciones cristianas con elementos heréticos. Esto se evidenció sobretodo, durante el siglo XII en la región del Rin.

Algunos de los místicos católicos que se vieron imbuidos por la atmósfera doctrinaria de Amalarico fueron el catalán Ramón Llull y en Alemania Suso, Tomás de Kempis, Tauler y Eckhart, un especulativo con sesgo casi profético que "hacía oídos" a cuanta nueva o vieja creencia o concepción circulara por enderredor.

Por otra parte hay que distinguir el misticismo panteísta del ortodoxo. Según la Enciclopedia Salvat "el primero es el de la filosofía india, el de los neoplatónicos y Los panteístas que continuaron durante el Renacimiento; mientras que el segundo es meramente de carácter teológico católico".

Y esto es así', ya que los lejanos puntos de contacto entre el panteísmo y la mística de la Edad Media, incluso renacentista surgen del neoplatonismo de Plotino por media del seudoareopagita. No obstante, rastreando en la literatura de la época se pueden encontrar raíces mucho más antiguas; creencias transportadas a través de tierras y mares por escritores errantes de origen hispanoárabe o hispanohebreo (Ben Gabirol, par ejemplo o Mohidin).

Sin embargo, con la presencia del místico flamenco Jan van Ruysbroeck, llamado "Doctor Extaticus", los panteístas se volcaron al quietismo más absoluto, renunciando a toda voluntad de pensamiento, palabra o deseo y sumiéndose en un estado inmóvil, casi vegetativo, pues creían que sólo de esta manera encontrarían el estado de gracia. No faltaron tampoco fanáticos y extremistas, que a partir de esta postura predicaran el propio exterminio a fin de procurar una rápida unión con Dios.

 

 

Los herejes "Anarco-Sexuales".

En el año 1.250, en Flandes y Renania se constituyó la secta de "Los Hermanos del Libre Espíritu", también llamados "Picardos" en Bohemia, adonde llegaron con los tejedores flamencos.

Rechazaban la Iglesia, los Sacramentos y las Sagradas Escrituras. En suma, se oponían a todo orden establecido. Anarquistas por complete, a través de su prédica y peregrinación se constituyeron en verdaderos portavoces de la rebelión social.

Fueron famosos par sus escandalosas propagandas en pro de la desnudez, y por las orgías que celebraban en recintos subterráneos; se trataba -según ellos- de los "servicios divinos". Cometían robos en nombre de la comunidad de bienes y predicaban la total sublimidad de los "apetitos" humanos. Incluso llegaron a predicar y practicar el incesto.

Pero más allá de este tipo de excentricidades, algunas de ellas siniestras, llama la atención una de sus creencias: la vida de ultratumba, pues según estos "Hermanos" después de la muerte perduraba la actividad sexual de las almas...

Otra secta, similar a la anterior por lo licenciosa fue la que hizo irrupción en Bruselas, a fines del siglo XIV. Se llamaba "Homines Inteligentiae", y estaba dirigida par Gilles le Chantre. En ella dominaba por sobre todo la "gran comunidad de las mujeres" y la creencia y espera de la llegada del Tercer Reino (doctrina fundada por el monje y ermitaño Joaquim De Fiore (1.130-1.202), quien calculaba el advenimiento del apocalíptico del Tercer Reino para el ano 1.260).

Pese a que esta herejía fue suprimida en el año 1.411, siguió difundiéndose clandestinamente en los telares flamencos, para reencarnarse muchos años después en la secta de los "Libertinos".

 


George Orwel.

Una mirada desde el presente.

Algunas más, otras menos, lo cierto es que las herejías han sido el prototipo de la insurrección frente al poder dominante no solo en el plano religioso o consuetudinario sino también en el político.

Desde el principio de los tiempos el hombre ha luchado par mantener sus creencias y compartirlas con los demás. Pero todo aquello que atentaba contra el orden establecido debía ser acallado, en la hoguera, en la prisión con la indiferencia, la burla o el descrédito. Todavía el peso de los prejuicios y tabúes es demasiado denso y continúa enquistado en los diferentes estratos de la sociedad. No importan las latitudes, ni el eufemísticamente mentado "pensamiento democrático", porque todavía cunde el miedo por lo distinto, por aquello que provoque un vuelco en el libre pensar de la humanidad, es decir el "Pensamiento Lateral". Y en realidad, el temor no se cifra en "lo distinto", que termina siendo con suerte "marginal", sino en la posibilidad de corroer el "Mundo de los Poderes".

Por eso para el sistema actual es más fácil repetir siempre el mismo cuento, darlo vuelta del derecho y del revés, '"es menos peligroso, menos contencioso". Es "mejor" destruir el lenguaje o reducirlo hasta el automatismo porque las palabras crean mundos (se puede recordar la obra de George Orwel, 1.984 y el siniestro régimen idiomático de la "Neolengua"...)

Es que una sociedad carente de ideaciones, carece de objetivos propios, es manipulada y está "muerta en vida"; carece de utopías, carece de esperanzas, carece de fe. Y es precisamente éste el motivo por el cual, desde la antigüedad surgen sectas, herejías o como quiera llamárselas. Todas ellas en su conjunto son el intento de rescatar la Conciencia de la Humanidad. Erradas o no, lo que plantean es, fundamentalmente la libertad de pensamiento; la lucha contra la dominación, no ya política sino humana, en todos sus órdenes. ¿Cuánto queda en este mundo de Amor y de Piedad?...

Decía Cordwainer Smith (Paul Linebarger) en su libro "El juego de la rata y el dragón", que "hace tiempo que el gobierno del mundo está en manos de los Idiotas, ya que los hombres verdaderos no tenían interés por cosas como la política o la administración". 

Es por este motivo, que muchos comparten la opinión del famoso escrito: Elias Castelnuovo, cuando dijo: "Tango la sensación de que el mundo ha caído en un océano de sombras y que todos los hombres, andan a gatas, tambaleándose y rascando con sus uñas las tinieblas"...

"A veces, las tinieblas, 
el ala de los cuervos 
interfiriendo la luz, 
opacan el sentido de una manzana 
que desploma su madurez 
como principio de agonía..."

Magdelena Harriague.