ALEGRÍA - FELICIDAD
TEXTOS

 

1. FELICIDAD/MADUREZ MADUREZ/FELICIDAD
¿Dónde se encuentra la dicha? 
«Os extrañará que los hombres que se pasan la vida divirtiéndose y 
cuyo único fin es distraerse sean hombres devorados por el hastío, 
perseguidos por el hastío hasta en su lecho de muerte. ¿Qué es el 
hastío? Es el vacío que el distraído encuentra cuando por desdicha o 
descuido echa una ojeada sobre sí mismo. Todo se ha vaciado en 
sus actividades útiles o fútiles (pues la mayoría de las actividades 
consideradas útiles son distracciones disfrazadas)...
Pero aún más molesto que el alborozo para la vida interior es la 
tristeza. No hay frase más profunda y justa que ésta: «no hay santos 
tristes». Más molesto aún que el alborozo y la tristeza es el hastío, 
pues el hastío es la muerte, la nada de la vida interior. Hemos visto 
además que cada uno de ellos está íntimamente vinculado con el 
otro, ya que cuanto más alborozo buscamos, más tristeza 
encontramos; cuanto más buscamos la diversión, más encontramos el 
hastío; cuanto más placer buscamos, más caemos en el dolor...
¿Cuál es entonces la actitud justa? Ni tristeza ni alborozo: 
serenidad. Buscad la densidad interior. Haced lo contrario a 
distraeros, a divertiros. Convertíos. Convertirse es volverse hacia el 
interior. Arrepentíos, deteneos en la pendiente que conduce a la 
dispersión y a la muerte...
El hombre que se ejercita en llevar sus sentidos hacia el interior, 
que busca su presencia en lugar de huir, ese hombre no se hastía 
nunca; ese hombre nunca está triste; ese hombre nunca es 
desdichado. Aunque lo encierren en un calabozo profundo y lo 
carguen de cadenas, permanece dichoso y libre en la luz. Cuando se 
alcanza esa densidad, nace una tercera cosa que no es alborozo ni 
tristeza; esa tercera cosa se llama gozo. Y el gozo, debéis saberlo, 
nunca se expresa con risas. Ni siquiera los grandes gozos naturales. 
Recuerdo que cuando estaba enamorado, mi único placer era el 
subirme a la rama más alta de un árbol y pasarme allí todo el día, 
completamente solo, soñando en mis amores. Y volvía tan pálido y 
con los ojos hundidos, que mis amigos se acercaban y me decian: 
Querido, ¿qué te pasa?; ¿estás enfermo? -No. Era feliz...
El hombre espiritual se reconoce en eso: en que está 
constantemente relajado, libre y sencillo. Es sereno, y la serenidad es 
siempre sonriente, afable, amante y amable; o bien grave y 
majestuosa, sin nada de arrogante y de soberbia... Puede 
conmoverse, pero no disturbarse... Los chinos dicen: El sabio tiene 
tres aspectos: de lejos parece grave, de cerca parece amable, a 
quien lo escucha le parece inflexible.

LANZA DEL VASTO 
Umbral de la vida interior, 133-34

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2. FELICIDAD/CONSEJOS:
Padre Narciso Irala, S.l., «Misionero de la Felicidad» 
Pero lo admirable de este hombre fue que logró vivir lo que 
enseñaba: vivir el presente con plenitud, paz y alegría. Se llamaba a 
sí mismo "Misionero de la Felicidad". Ofrecemos unos pensamientos 
del padre Narciso Irala, que él llamaba «semillas de felicidad y 
salud».

1. Si yo tengo, razonablemente, pensamientos alegres y positivos, 
mi vida de hoy será feliz.
2. Si veo el lado bueno de los acontecimientos y de las personas, 
estaré alegre y tranquilo.
3. Si acepto a cada uno como es y excuso sus defectos, dominaré 
la ira y sufriré menos.
4. Si descubro en el antipático a Cristo disfrazado con defectos, le 
sonreiré y trataré con amor.
5. Si le trato «como si» me fuese muy simpático, en un mes 
convertiré la aversión en simpatía.
6. Si el volcán de la ira iba a explotar por tu boca, respira hondo 
dos veces, muerde tu lengua y lo apagarás.
7. Si yo me acepto tal cual soy y procuro corregir mis faltas, ¡cuánto 
mejorarían mi carácter y mi hogar! 
8. Si con los filósofos de Grecia, me convenzo de que el sufrimiento 
da comprensión, fortaleza y paciencia, me enojaré menos.
9. Si yo creo -con San Pablo- que «la tribulación leve y transitoria 
de aquí me produce un peso de gloria eterna», la aceptaré de 
corazón y me producirá felicidad, salud y virtud.
10. Si yo dejo mi pasado a la misericordia de Dios, estaré más 
tranquilo.
11. Si yo confío mi futuro a la providencia divina, se acabará mi 
angustia.
12. La abeja saca miel de las flores; el alma puede sacar miel de las 
espinas. Pero esta fabricación está patentada en el Cristianismo.

NARCISO IRALA
Jesuitas de Extremo Oriente

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3. D/ALEGRIA Dios es un gozo inefable 
El Maestro estaba de un talante comunicativo, y por eso sus 
discípulos trataron de que les hiciera saber las fases por las que 
había pasado en su búsqueda de la divinidad.
«Primero», les dijo, «Dios me condujo de la mano al País de la 
Acción, donde permanecí una serie de años. Luego volvió y me 
condujo al País de la Aflicción, y allí viví hasta que mi corazón quedó 
purificado de toda afección desordenada. Entonces fue cuando me vi 
en el País del Amor, cuyas ardientes llamas consumieron cuanto 
quedaba en mí de egoísmo. Tras de lo cual, accedí al País del 
Silencio, donde se desvelaron ante mis asombrados ojos los misterios 
de la vida y de la muerte».
-"¿Y fue ésta la fase final de tu búsqueda?", le preguntaron.
«No», respondió el Maestro. «Un día dijo Dios: "Hoy voy a llevarte al 
santuario más escondido del Templo, al corazón del propio Dios". Y 
fui conducido al país de la Risa».

ANTHONY DE MELLO

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4. ALEGRÍA/PRESENTE:
Para encontrar la alegría del reino 
Si quieres saber lo que significa ser feliz, observa una flor, un 
pájaro, un niño...: ellos son imágenes perfectas del reino, porque 
viven el eterno ahora, sin pasado ni futuro. Por eso, no conocen la 
culpa y la inquietud que tanto atormentan a los seres humanos; están 
llenos de la pura alegría de vivir y se deleitan, no tanto en las 
personas o cosas, cuanto en la vida misma. Mientras tu felicidad esté 
originada o sostenida por algo o por alguien exterior a ti, seguirás en 
la región de los muertos. El día en que seas feliz sin razón alguna, el 
día en que goces con todo y con nada, ese día sabrás que has 
descubierto ese país de la alegría interminable que llamamos «el 
reino».
Encontrar el reino es lo más fácil del mundo, pero también lo más 
difícil. Es fácil, porque el reino está a tu alrededor y aun dentro mismo 
de ti, y lo único que tienes que hacer es extender tu mano y tomar 
posesión de él. Y es difícil, porque, si deseas poseer el reino, no 
puedes poseer nada más. Es decir, debes acceder a lo más hondo de 
ti mismo sin apoyarte en nada ni en nadie, arrebatando a todos y a 
todo, para siempre, el poder de estremecerte, de emocionarte o de 
darte una sensación de seguridad o de bienestar. Para lo cual, lo 
primero que necesitas es ver con absoluta claridad esta contundente 
verdad: contrariamente a lo que tu cultura y tu religión te han 
enseñado, nada, absolutamente nada, puede hacerte feliz. En el 
momento en que consigas ver esto, dejarás de ir de una ocupación a 
otra, de un amigo a otro, de un lugar a otro, de una técnica espiritual 
a otra, de un guru a otro... Ninguna de esas cosas puede 
proporcionarte ni un minuto de felicidad. Lo más que pueden 
ofrecerte es un estremecimiento pasajero, un placer que al principio 
crece en intensidad pero que se convierte automáticamente en dolor 
en cuanto los pierdes y en hastío si se prolongan indefinidamente. 

A. de Mello
Una llamada al amor, 
SAL TERRAE, 1991

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5. ALEGRIA/FELICIDAD 
La alegría de vivir 
Para convertir la alegría en hábito.
Sugerencias:
-Elevar el nivel de autoestima del individuo, haciendo que se sienta 
importante y necesario en la familia, en la escuela, en el grupo de 
trabajo, y, en definitiva, que sea apreciado y tenido en cuenta por los 
demás.
-Llevar una vida ordenada y sencilla, disfrutando de las cosas 
pequeñas y cotidianas que están al alcance de cualquiera: el 
descanso, el diálogo familiar, el contacto con la naturaleza, la 
diversión sana, el vivir intensamente el presente..., pero moderando 
las exigencias y deseos, ya que la búsqueda ansiosa y descontrolada 
de mayores satisfacciones conduce a la pérdida del propio equilibrio 
interno y, por tanto, de la verdadera alegría.
-Pensar siempre en positivo, no permitiendo la entrada a nuestra 
mente de derrotismos y actitudes deprimentes o desesperanzadoras. 
Que el pasado negativo o la inquietud y el desasosiego por el futuro 
no nos impidan vivir el presente en paz y armonía con nosotros 
mismos.
-Conseguir que nuestra ocupación o trabajo sea fuente de alegría. 
Comprobar que el trabajo no sólo es la expresión clara de nuestra 
vitalidad, inteligencia y capacidad, sino que con él hacemos nuestra 
aportación a la sociedad, contribuyendo de forma directa al bienestar 
físico, intelectual, moral o espiritual de los demás.
-Fomentar cada día, a cada instante, los sentim¿entos de 
aceptación, de conformidad y hasta de complacencia y alegría de la 
realidad cotidiana, sea cual fuere. Tras cada sombra siempre se 
oculta un destello de luz. La alegría será siempre nuestra fiel 
compañera cuando convirtamos en hábito el descubrir siempre el lado 
bueno de las cosas.
-No te conformes con sentir la alegría dentro de ti, haz que aflore al 
exterior y contágiala a quienes te rodean, con palabras, actitudes y 
gestos que les arrastren a compartir tu propia alegría.
-Aprende a no perder ni un instante en lamentaciones y quejas 
inútiles sobre algo que es irremediable, como el jarrón que se ha roto, 
un día lluvioso, el robo del coche, una enfermedad incurable... Acepta 
lo irremediable, ya que una actitud de protesta y disgusto por algo 
que no tiene solución te privará de la alegría de vivir.
-Convierte la alegría en fiel compañera de tu vida, ya que es, sin 
duda, el ingrediente principal en el compuesto de la salud física, 
mental y psíquica.

Bernabé Tierno
Los valores humanos

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6. H/LUDENS:
La alegría, patrimonio de la experiencia religiosa 

Nuevos intereses 
Desde la revolución francesa y desde los comienzos de la 
industrialización la dimensión festiva y lúdica del hombre se ha 
resentido, ya que otros intereses y tendencias la han ido desplazando 
y sustituyendo. Si en el siglo XVIII se acentúa en la sociedad 
occidental la tendencia de la utilidad y del bienestar burgués, en el 
siglo XIX, con su tecnicismo y mecanicismo, se potenció esa misma 
orientación haciendo del trabajo, de la producción y de la eficacia los 
nuevos puntos referenciales y esenciales para el progreso material de 
la sociedad. Ni el liberalismo ni el socialismo ofrecen alimento a la 
alegría. Si alguna vez un siglo se ha tomado a sí mismo y a toda la 
existencia en serio, éste ha sido el siglo XIX -dice ·Huizinga.Homo 
ludens, pp. 226-27-. 
Estos efectos heredados del siglo pasado no se han corregido en el 
siglo XX y seguimos padeciendo la enfermedad de la seriedad, la 
ausencia de la alegría, la falta de imaginación y una permanente 
insatisfacción.

Dimensión festiva del hombre 
Por haber perdido la jovialidad, que es gracia divina, ya que 
deriva de Jovis o Júpiter, no sólo la ciencia y la política, sino también 
gran parte de nuestra cultura, se han vuelto incapaces de festejar y 
de mantener el sentido del buen humor, que es uno de los signos de 
equilibrio humano y de salud mental. En una sociedad en la que priva 
el éxito, la eficacia y el lucro, necesitamos descubrir la dimensión 
festiva y lúcida del hombre para recuperar parte de la alegría perdida 
y del buen humor cotidiano.
En la actividad festiva y en el espíritu alegre el hombre 
desdramatiza más fácilmente, se libera de la opresión del sistema de 
vida imperante, relativizando ese orden vigente y los principios que 
sostienen que la vida tiene que ser asi y nada más que así.
Es en la alegría en donde percibimos el sentimiento llamado 
felicidad, que supone un gran enriquecimiento de nuestra intimidad y 
se manifiesta exteriormente en el gesto del darse, del cantar, del 
abrirse y del abrazar.

-El hombre alegre 
El espíritu alegre está abierto hacia el mundo en el que vive 
inmerso y con gran disposición de acogida, de comprensión y de 
intercambio. El hombre alegre sabe complacerse y se complace en los 
hombres, en las cosas, en los valores y en los acontecimientos. La 
alegría es uno de los medios más eficaces para mantener la salud 
mental, el equilibrio emocional y la buena relación interpersonal...
El saber reirse de uno mismo; el tener fina ironía, sin malicia ni 
rencor, de los otros, de las adversidades, de los fracasos e incluso de 
los éxitos, es una muestra del comportamiento inteligente del 
franciscano en la vida"

Antonio Merino
Humanismo franciscano, 
extractado por "Jesús-Cáritas, 1-1-1983, págs. 42-43

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7. EV/ALEGRIA:
"La Buena Nueva, el Eu-angelion, no es primariamente un objeto de 
fe o de ciencia y, mucho menos, un programa de acción, sino una 
"gran alegría" (/Lc/02/10), una alegría que no cabe en ningún 
corazón humano" 
(Urs von ·Balthasar-V) 

En el N.T. la dicha es el fruto de haber renunciado a tener, mientras 
que la tristeza es el estado de ánimo del que se aferra a las 
posesiones... Ver Mt. 13, 44;19, 22... " 
(E. ·Fromm-E) 

"La alegria cristiana no es una actitud psicológica, no es un 
entusiasmo fácil..., es un tesoro que hay que saber descubrir..., pasa 
siempre por la cruz, es fruto de la cruz vivida con amor. " 

J.A. Pagola

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8. FE/ALEGRÍA:
DIOS DA LA ALEGRiA 
Entre otras muchas cosas de mayor calado, en su breve y tan 
sugerente libro Creer que se cree (Ed. Paidós), en el que el filósofo 
italiano de la postmodernidad Gianni Vattimo explica su reencuentro 
con la fe cristiana, propone este decisivo interrogante: "¿Por qué la 
costumbre de decir que sea lo que Dios quiera sólo cuando algo va 
verdaderamente mal y no, por ejemplo, cuando se gana la loteria?". 
Dicho de otro modo: ¿no seguimos identificando mucho la voluntad de 
Dios con aquello del "valle de lágrimas"? Como si el Padre nos 
tolerara la felicidad, la alegría, pero lo suyo fuera lo otro: sangre, 
dolor y lágrimas. 
Aquel genio cristiano que fue Dostoievski hace decir al stárets 
(monje) Zosima: "los hombres son creados para la felicidad, y quien 
es plenamente feliz tiene en verdad el derecho de decirse: He 
cumplido la voluntad de Dios en esta tierra. Todos los justos, todos 
los santos, todos los santos mártires, todos han sido felices". Y en la 
misma novela Los hermanos Karamázov, cuando el mayor, Dimitri, 
pecador apasionado, es condenado injustamente, entonces 
redescubre la felicidad, "la alegría, sin la cual el ser humano no puede 
vivir, ni puede Dios existir, pues Dios da la alegría, es su gran 
privilegio".
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9. FELICIDAD/AGUSTIN-S
San Agustín desarrolló este tema en el libro 13 de su De Trinitate. 

a) La felicidad—dice—exige poder realizar lo que se quiere, y 
querer lo que conviene: «Posse quod velit; velle quod oportet». Si no 
puedes lo que quieres, tu voluntad no está satisfecha, Si quieres lo 
que no conviene, tu valuntad no está ordenada. Y lo uno y lo otro 
impiden tu felicidad. Cuando la voluntad no está contenta, es pobre. 
Cuando la voluntad no está ordenada, se encuentra enferma. La 
felicidad es incompatible con la enfermedad moral y con la pobreza no 
querida. 

b) Por eso concluye profundamente e] santo Doctor:
"Beatus igitur non est, nisi qui et habet omnia quae vult et nihil vult 
male". Sólo es feliz el que posee cuanto desea y no desea cosa mala 
(cI. BAC, «Obras de San Agustín» t.5 p.716). 

c) Esta definición la pone San Agustín en labios de Mónica, su 
madre, en el diálogo De beata vita: Si bona -dice- velit et habeat, 
beatus est; si autem mala velit, quamvis habeat, miser est.

BAC, Obras de San Agustín:. t. I p.600

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10. 

Carta del Arzobispo
La felicidad del cristiano 

No, no es tan sencillo despachar en pocas líneas el argumento de 
la felicidad humana que, con sobrada razón, constituye el anhelo más 
común de todos los miembros de la especie. Si les preguntamos, en 
cambio, qué significa para cada cual esa felicidad, o cuáles son, a su 
entender, los caminos que conducen a ella, entonces, se acabó la 
unanimidad y cada cual aporta su receta, ya sea expresándola con 
palabras, ya dándola a entender con su propio género de vida.
Vuelven a estar de acuerdo en que ser feliz exige, cuando menos, 
el no ser o sentirse desgraciado. Estoy de acuerdo también. ¿Cómo 
se les va a pedir a los heridos por la extrema pobreza, la soledad, la 
enfermedad o el desengaño, que lleven puesta la camisa del hombre 
feliz? Qué duda cabe de que, acumulando desdicha tras desdicha, no 
se construye, en principio, la felicidad de nadie. Y digo en principio, 
porque en este extraño reino puede ocurrir de todo, como veremos 
después.

Un sí a los bienes terrenos
Parece ser que un cierto grado de bienestar proporciona al común 
de los mortales una dosis paralela de felicidad personal. Por lo tanto, 
es perfectamente legítimo aspirar al disfrute de esos bienes para uno 
mismo y para otros. Por algo los políticos de todo el arco 
parlamentario suelen presentar como objetivo global de sus 
programas electorales conseguir, o, cuando menos avanzar hacia él, 
el llamado Estado de bienestar.
Definirlo ya es otro cantar, pero, en ese paquete de ofertas figuran 
siempre, hacia arriba o hacia abajo, estos componentes: trabajo bien 
retribuido, vivienda adecuada, educación hasta grados superiores, 
cobertura sanitaria y amplia seguridad social, pensión satisfactoria 
para la jubilación. La verdad es que los diez últimos años han 
demostrado con crudeza que alcanzar un estado semejante no está 
tan al alcance ni siquiera de los países más avanzados de la Unión 
europea.
¡Vaya, que si resulta complicado enriquecer a tantos de una vez, 
sin la resaca de las bolsas de pobreza, las franjas de marginación, el 
cuarto mundo! Fíjense en que los bienes mencionados, aunque de 
primera o segunda necesidad, son todos ellos, salvo la educación, de 
carácter material. Nada que objetar, como he dicho, a su esforzada 
consecución, a su legítimo disfrute. Ya lo advirtió el propio Jesús: 
"Bien sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de todo esto" (Mt. 
6,32). Mas, como, los bienes materiales, no llenan del todo el corazón 
del hombre, ¿qué hacemos los humanos? Pues, en lugar de levantar 
vuelo hacia otros bienes superiores, buscamos más de lo mismo, 
manejando obsesivamente la ecuación: Dinero = a bienes materiales; 
y estos = a felicidad.
Nos parecemos como dos gotas de agua a aquel rico nuevo del 
Evangelio, que atiborró sus graneros de cosechas abundantes y se 
animaba eufórico a sí mismo: "Alma, tienes muchos bienes 
almacenados para años; descansa, come, bebe, regálate" (Lc. 12, 
19). Ya sabemos el final de la historia. Aquella misma noche llegó el 
infarto o el derrame cerebral, y se acabó todo.

Volar más alto
Un poco de filosofía, con unas gotas de teología. Hasta aquí 
hemos conjugado la felicidad con el verbo tener. Tanto tienes, tanto 
disfrutas. A tanto, los cien gramos de felicidad. Ocurre, sin embargo, 
que esa realidad tan personal y profunda sólo se conjuga 
acertadamente mediante el verbo ser. "Soy feliz". Ella forma parte de 
mi ser (curioso, aquí este monosílabo no es verbo, sino nombre 
sustantivo), pertenece a mi persona, no a mi bolsillo, ni a mi cuenta 
corriente. Sin oficiar de aguafiestas, porque los bienes materiales 
vienen de Dios y nos son necesarios, ojo al aviso del Señor: No 
pongáis en ellos el corazón.
Ahora, la gota de Teología, en el lenguaje de la fe. No quiero 
acumular citas, pero fíjense en lo hermosas que son. Dice Jesús: "No 
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca 
de Dios" (Mt. 4,4; Dt, 83). Dice san Agustín: "Nos hiciste para ti, 
Señor, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descansa en ti". 
Dice el salmo 111: "Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón 
sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia 
del justo será bendita".
De tanto usar la palabra Bienaventuranzas, no caemos ya en la 
cuenta de que ese término equivale en nuestro idioma a dicha, a 
felicidad precisamente. Por eso José María Cabodevilla tituló así su 
afortunado comentario a las Bienaventuranzas: "Las formas de 
felicidad son ocho". De ahí que los pobres, los mansos, los sufridos, 
los pacificadores, los misericordiosos, no son adjetivados por nuestro 
Señor como buenos, o como santos, sino como felices.Felices de otra 
manera Estamos en el cogollo de nuestro asunto. Cuando antes, en 
lugar de dichosos, decíamos bienaventurados, la palabra era justa 
también, y muy hermosa en castellano. Es como decir que han sido 
venturosos y afortunados. Pero nos remite también a la vida eterna, a 
los moradores del cielo, designados tradicionalmente así. Pero 
llamándolos dichosos se entiende que lo son aquí, en este nuestro, 
llamado por otra parte, valle de lágrimas. O sea, que Cristo el Señor, 
que, sin asomo de dudas, nos quiere felices a ustedes y a mí en este 
mundo y en el otro, nos enseña que, para serlo, hemos de buscar el 
gozo en la pobreza de espíritu, en la mansedumbre, en la limpieza de 
corazón, en la construcción de la paz, en la misericordia, en la 
búsqueda insaciable de la justicia. ¿Hay quien dé más? Hablamos ya, 
en directo, de la felicidad del cristiano. Somos hombres y mujeres 
como los demás; nada humano nos es ajeno y, menos aún, la 
felicidad. Nuestros son la tierra, el sol y las estrellas; nuestros los 
paisajes, las sinfonías, los aromas exquisitos, la buena mesa, el goce 
artístico, la inspiración poética, la lucidez intelectual, el amor humano. 
Nuestros, el trabajo creativo, las amistades profundas, el coraje 
juvenil, la serenidad de los años maduros. Nuestra, la vida. "Todas las 
cosas son vuestras, proclama san Pablo, y vosotros de Cristo y Cristo 
de Dios". ¿A qué todo esto? Simplemente para recordar que los 
discípulos de Cristo, en tanto que seres humanos, están llamados a 
sacarle a la vida como tal un jugo exquisito de felicidad, sin someterse 
a los ídolos, haciendo uso de la creación con verdadero señorío.
¿Y cómo casa todo eso con lo otro de negarse a sí mismo, llevar a 
cuestas nuestra cruz, vivir como pobres, soportar persecuciones y 
poner la otra mejilla? Pues, muy claro de entender y difícil de 
practicar. Apelo a la experiencia de cualquier creyente para que me 
diga si el saberse amado por Dios y abrirle su corazón, si el asumir la 
vida propia como un servicio a los demás, son caminos de amargura o 
de alborozo. Pues, entonces.... No conozco a ningún santo 
desgraciado. Palabra. 

ANTONIO MONTERO
Semanario "Iglesia en camino"
Archidiócesis de Mérida-Badajoz
No. 195 - Año V - 2 de febrero de 1997

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11. SFT-GOZO/MONTERO

Carta del Arzobispo

Dolores y gozos

Me atrevo a volver hoy sobre un tema muy manido, tan viejo como 
el sol y la luna, tan antiguo como el hombre mismo. Trabajarás con 
sudor, parirás con dolor. Y, sin embargo, eres el rey de la creación, 
llevas dentro un manantial de alegría, te sientes candidato a la 
felicidad, experimentas cada día la sorpresa y el gozo de vivir. Y, 
como no eres filósofo de profesión, te abstienes de dar más vueltas al 
asunto y buscas, en la sabiduría humana y en la fe cristiana, una 
lámpara que guíe tus pasos, en este mundo ambivalente, agridulce, 
tragicómico, contradictorio.
Tan malo es en esto rechazar sistemáticamente la condición 
humana, andar hecho un lío y proclamar que la vida carece de 
sentido, como hacerse el distraído, vivir al minuto y pasar por las 
cosas sin que las cosas pasen por ti. Nada de atrincherarse tras el 
sentimiento trágico de la vida; pero, menos aún, en el aburrimiento 
elegante de los posmodernos, sin otra receta que la consabida: ¡A 
vivir que son dos días! Lo nuestro, lo cristiano, va por otros 
derroteros. Asumir, ante todo, la propia vida y el mundo que nos 
rodea, con los ojos abiertos y la conciencia en pie, con plena 
presencia de ánimo y el rostro hacia adelante. Sin sacar pecho, sin 
gestos arrogantes, más bien al revés: humildemente confiados en el 
Padre, con la fuerza del Espíritu, copiando, lápiz en mano, el ejemplo 
de Jesús.
Todo eso cuenta, ante todo, para los tragos amargos de la 
existencia, porque, para los buenos ratos, apenas si se requiere 
entrenamiento. Lo atinado es saber conducirse, sin perder la 
compostura de fuera ni la serenidad interior, en los trances duros y en 
los lances afortunados, siempre con los apoyos que acabo de 
enumerar, combinando sabiamente la ascética con la estética 
cristiana. A lo mejor tampoco se nos exige tanto, bastando, en los 
tragos amargos, con apretar los dientes mirando el crucifijo, y saltar 
como un chiquillo cuando las cosas salen bien.

Nuestro destino es vivir
No es mi intento, empero, ofrecerles aquí un recetario de urgencia, 
entre sicológico y espiritual, para salir airosos de los claroscuros de la 
propia existencia. No es que eso carezca de interés, ni que yo lo 
descarte como beneficioso; pero, lo que intento, hasta donde yo sepa 
y en lo que aquí quepa, es ahondar un poco en la teología cristiana 
del dolor y del gozo, hacer una lectura creyente del misterio del dolor, 
de nuestra vocación a la dicha, y de la ambigŸedad de nuestra 
condición temporal.
Dicen las comadronas que todos lloramos al nacer y que ese llanto 
es una clara señal de que el bebé ha superado sano y salvo el trance 
del alumbramiento. Abundan en la Sagrada Escritura, sobre todo en 
el profeta Jeremías y en el libro de Job, los trazos oscuros sobre el 
componente trágico de la condición humana. ¿A qué recordar el 
lamento universal que proferimos en la Salve? "A ti suspiramos 
gimiendo y llorando en este valle de lágrimas".
Nos acosan en esta vida dos dragones siniestros, a los que 
designamos con el nombre latino de misterios: mysterium doloris y 
mysterium iniquitatis; el misterio del dolor y el de la iniquidad. ¿Por 
qué sufrimos tanto? ¿Por qué somos tan malos? Libros, bibliotecas 
enteras han consumido esas dos interrogantes claves de nuestro 
destino. La teología cristiana cifra en el pecado libre de los hombres, 
activado por la tentación del maligno, la raíz postrera de esos males; 
aunque no llega a respondernos con evidencia del porqué los permite 
Dios. Ahora bien; a quienes, por revelación y gracia suya, creemos en 
su santidad soberana, nos consuela creer que no puede querernos 
mal quien nos dio a su Hijo único, el cual, por su parte, nos redimió 
con su sangre, compartió nuestro dolor hasta las heces y nos ha 
destinado a disfrutar con Él una eternidad gloriosa. Nuestro destino 
es vivir.
Todos llevamos en el corazón un anhelo total de felicidad. Y a lo 
largo de la historia humana los hombres han ido conquistándola paso 
a paso, en sus elementos materiales y culturales, desde las cavernas 
hasta el Estado de bienestar. Victorias del hombre sobre el hambre, la 
incultura, la enfermedad, el salvajismo, el retraso en todos los 
órdenes. Vivimos en un mundo parcialmente horrible todavía. Pero, 
¡qué maravillas de la técnica, de la investigación, de la cultura, de la 
conquista de las libertades, de la humanización de la convivencia! Se 
han ahorrado a los niños y a los mayores infinitos sufrimientos. 
Avanzamos en esto todavía.
La presencia de las grandes religiones y, sobre todo, del 
cristianismo en el planeta ha suavizado, con el amor y la misericordia, 
infinitas penas y humillaciones de nuestros semejantes. Todos los 
hombres y mujeres de la tierra saben que existe el amor, lo practican 
mucho ellos mismos y disfrutan de la alegría de vivirlo. La vida, 
incluso de los más pobres, abre misteriosas ventanas a la felicidad. 
¿Quién, salvo en los casos de depresión profunda, dolores 
desesperados, o ancianidad extrema y desvalida, no quiere seguir 
viviendo? Sí, con todos los peros que se quieran, la vida es hermosa, 
merece la pena luchar por hermosearla. ¿Y quién de nosotros no 
barrunta, en nostalgia o en lontananza, una existencia dichosa, 
liberada de las trabas continuas, de los pesados lastres de la 
presente?

Los gozos del Espíritu
Rechazo como una monstruosidad y una avería patológica pensar 
que he sido creado para sufrir. Y vienen a demostrarme que no estoy 
soñando los continuos relámpagos de eternidad feliz que iluminan mi 
existencia: contemplo el cariño exultante de los novios, la plenitud 
amorosa, espiritual y física, de los esposos fieles, la ternura de los 
padres y de los niños, la dicha inefable de las familias sanas. Observo 
también las romerías populares, las fiestas alegres de las gentes 
sencillas, abiertas a sus prójimos de toda condición, por ejemplo, en 
la romería del Rocío.
Y no hablemos de los goces del espíritu. Disfrutan como chinos los 
hombres de ciencia en sus hallazgos asombrosos y gozamos también 
todos los que aprendemos algo, con la experiencia continua de saber 
y conocer. Exultan los poetas, los compositores musicales, así como 
también quienes leemos sus versos o escuchamos sus partituras. ¡Oh 
la música, los libros hermosos, las obras de arte, los asombrosos 
paisajes de la naturaleza! ¿Y el sentimiento inefable de la conciencia 
limpia, de la amistad sincera, del perdón dado y recibido, de hacer 
secretamente el bien, de convertirse a Dios? Subiendo un escalón 
más, los seres humanos y, dentro de ellos, los que por la gracia 
bautismal nos sabemos hijos de Dios, a más de experimentar las 
satisfacciones descritas de nuestro espíritu, estamos llamados a los 
deleites superiores del Espíritu. Santo, se entiende. Entre los frutos o 
efectos de su presencia en nuestro ser incluye san Pablo el del gozo, 
y san Juan Evangelista les escribe a sus discípulos "para que su gozo 
sea pleno". De las experiencias supremas de ese gozo inefable saben 
mucho los místicos, así como de los desiertos desolados de la noche 
oscura. Dolores y gozos de san José, dolores y gozos nuestros. San 
Pablo, otra vez san Pablo, asegura, no obstante, que sobreabunda la 
gracia y afirmó de sí mismo, sin titubeos, "sobreabundo de gozo".

ANTONIO MONTERO
Semanario "Iglesia en camino"
Archidiócesis de Mérida-Badajoz
No. 213 - Año V - 15 de junio de 1997

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12. FELICIDAD/FLAUBERT
"Tres condiciones -escribió Flaubert-, se requieren para llegar a ser 
feliz. Ser imbécil, ser egoísta y gozar de buena salud. Pero bien 
entendido que si falta la primera condición, todo está perdido".