María: Peregrina de la fe,

estrella del Tercer Milenio

Juan Pablo II

 

"Feliz la que ha creído". Esta expresión es "como una clave que nos abre a la realidad íntima de María". Por eso quisiéramos presentar a la Madre del Señor como peregrina de la fe. Como hija de Sión, ella sigue las huellas de Abraham, quien por la fe obedeció y salió hacia la tierra que había de recibir en herencia, pero sin saber a dónde iba.

Este símbolo de la peregrinación en la fe ilumina la historia interior de María, la creyente por excelencia, como ya sugirió el concilio Vaticano II: "la bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su hijo hasta la cruz".

La Anunciación "es el punto de partida de donde inicia todo el camino de María hacia Dios", un camino de fe que conoce el presagio de la espada que atraviesa el alma, pasa por los tortuosos senderos del exilio en Egipto y de la obscuridad interior, cuando María "no entiende" la actitud de Jesús a los doce años en el templo, pero se conserva todas estas cosas en su corazón.

En la penumbra se desarrolla también la vida oculta de Jesús, durante la cual María debe hacer resonar en su interior la bienaventuranza de Isabel a través de una auténtica "fatiga del corazón".

Ciertamente, en la vida de María no faltan las ráfagas de luz, como en las bodas de Caná, donde a pesar de la aparente indiferencia , Cristo acoge la oración de su Madre y realiza el primer signo de revelación, suscitando la fe de los discípulos (cf, Jn 2, 1-12).

En el mismo contrapunto de luz y sombra, de revelación y misterio se sitúan las dos bienaventuranzas que nos refiere San Lucas: la que dirige a la Madre de Cristo una mujer de la multitud y la que destina Jesús a los que oyen la palabra de Dios y la guardan (Lc 11,28).

La cima de esta peregrinación terrena en la fe es el Gólgota, dónde María vive íntimamente el misterio pascual de su Hijo: en cierto sentido, muere como madre al morir su Hijo y se abre a la resurrección con una nueva maternidad respecto de la Iglesia. (cf Jn 19,25- 27). En el Calvario María expe-rimenta la noche de la fe, como la de Abraham en el monte Moria y después de la iluminación de Pentecostés, sigue peregrinando en la fe hasta la Asunción, cuando el Hijo la acoge en la bienaventuranza eterna.

La bienaventurada Virgen María sigue "precediendo" al pueblo de Dios. Su excepcional peregrinación de la fe re-presenta un punto de referencia cons-tante para la iglesia, para los individuos y las comunidades, para los pueblos y las naciones y en cierto modo para toda la humanidad. Ella es la estrella del tercer milenio, como fue en los comienzos de la era cristiana, la aurora que precedió a Jesús en el horizonte de la historia.

En efecto, María nació cronológicamente antes de Cristo y lo egendró e insertó en nuestra historia humana.

A ella nos dirigimos para que siga guiándonos hacia Cristo y hacia el Padre, también en la noche tenebrosa del mal y en los momentos de duda, crisis, silencio y sufrimiento.

La visita a Isabel se concluye con el cántico del Magníficat, un himno que atraviesa, como melodía perenne, todos los siglos cristianos: un himno que une los corazones de los discípulos de Cristo por encima de las divisiones históricas, que estamos comprometidos a superar con vistas a una comunión plena. En este clima ecuménico es hermoso recordar que Martín Lutero, en 1521, dedicó a este santo cántico de la bienaventurada Madre de Dios como él decía, un célebre comentario. En él afirma que el himno debería ser aprendido y guardado en la memoria por todos, puesto que en el Magníficat María nos enseña cómo debemos amar y alabar a Dios Ella quiere ser el ejemplo más grande de la gracia de Dios para impulsar a todos a la con-fianza y a la alabanza de la gracia divina.

María celebra el primado de Dios y de su gracia que elige a los últimos y a los despreciados, a "los pobres del Señor", de los que habla el Antiguo Testamento; cambia su suerte y los introduce como protagonistas en la historia de la salvación