MARÍA - ANUNCIACIÓN

Cuanto más se testimonia la soberanía de Dios y se impone su reconocimiento por la fe, 
menos, no obstante, obliga El a nadie a aceptar sus decretos eternos. Pues es Dios de 
libertad y amante de ella. Ha creado al hombre a su imagen, a imagen del Dios libre; le 
llama, pero no se le impone jamás a costa de su libertad. Y así tampoco eligió a María como instrumento muerto, sino como ser humano libre, capaz de decisión y destinado a la 
responsabilidad. Debía consentir en el plan eterno de Dios. El saludo del ángel fue para 
María la revelación de un decreto celestial y a la vez la invitación al consentimiento. 

Aquí aparece clara la estructura de la Redención. Es un movimiento que parte de arriba y 
de abajo; primaria y decisivamente de arriba, secundaria y subsiguientemente de abajo. 
Esta conjugación de Dios y el hombre no debe entenderse, desde luego, como una 
comunidad de trabajo en la que Dios pondría una parte, la principal, y otra, la menos 
importante, el hombre. Un tal encuentro entre Dios y el hombre es imposible, y esa idea 
haría injuria tanto al Dios vivo, en cuanto Dios, como al hombre creado, en cuanto tal. El 
hombre, en su ser y en su obrar, depende ya absolutamente de Dios, y esto hemos de 
decirlo también de sus acciones libres. Es un profundo misterio cómo Dios obra todo lo que 
el hombre hace y, sin embargo, éste permanece libre. Es aquí donde radica el misterio del 
poder divino, en que Dios ejecuta precisamente las acciones libres del hombre como autor 
principal y éste como colaborador. En esto se manifiesta la sabiduría de Dios, que es capaz 
de poner al hombre en libertad y realizar, sin embargo, todos los actos humanos, de modo 
que las acciones de los hombres son obras de Dios (San Agustín). Sin esta acción divina el 
hombre no sería capaz de obrar libremente. No se trata, por ejemplo, de que el hombre 
dependa de Dios en lo que hace forzosamente, y sea independiente de El en lo que ejecuta 
libremente. Antes bien, se trata de que cuanto más libre es la acción del hombre, cuanto 
más se asemeja por tanto, a la divina, tanto más interviene y obra Dios en ella. 

El hecho de la total actuación de Dios en la libertad humana y la existencia de tal libertad 
dentro de la eficiencia absoluta de Dios están atestiguados tan frecuentemente como 
intensivamente en los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Pertenece a los elementos 
fundamentales de la revelación. Sin embargo, el cómo de tal acción conjunta permanece 
oculto en profunda oscuridad. Los teólogos de todas las épocas hicieron los mayores 
esfuerzos para aclararlo, pero no pudieron penetrar el misterio. Con el correr del tiempo se 
han elaborado, principalmente, dos interpretaciones, que pretenden arrojar luz en la 
oscuridad del misterio: la escuela tomista y la molinista. La primera parte de la eficiencia total 
de Dios e intenta poner la libertad humana en consonancia con aquélla. La segunda parte 
de la libertad humana y procura armonizar con ésta la eficiencia divina. Ambas direcciones 
están de acuerdo en que en las decisiones libres del hombre todo lo obra Dios y todo el 
hombre. Es distinto el modo como actúan ambos. Dios opera como Dios, es decir, con 
supremacía creadora, y el hombre, como criatura en absoluta dependencia y, no obstante, 
libremente de modo que permanece responsable de su negativa y en especial del pecado. 

También coinciden ambas direcciones en que la eficiencia total de Dios no es eficiencia 
única. Más bien hay un sinergismo, una colaboración entre Dios y el hombre. La libertad del 
hombre no queda borrada por la actividad total de Dios, como tampoco la existencia de la 
criatura por el ser absoluto de Aquél. 

La estructura que domina en todo encuentro gratuito de Dios con el hombre determina 
también el encuentro entre Dios y María en la escena de la Anunciación. Dios decretó con 
libre supremacía confiar a María la maternidad y la invitó a esta función por medio del 
mensaje del ángel. María dio su consentimiento con libre decisión. También esta su 
determinación fue realizada en virtud de la gracia divina pero era una acción libre. Se 
explicaría falsamente su carácter de tal si se pretendiera decir que Dios debía aguardar la 
decisión de María y hacer dependiente de ella la ejecución de su plan eterno de salvación, 
ejecución que hubiese sido incierta hasta la respuesta afirmativa de aquélla. Tal 
explicación en manera alguna correspondería a las relaciones entre Dios y el hombre. 

Hemos de decir más bien que Dios, en su decreto eterno de salvación, determinó aquel 
grado de intensidad de gracia que había de garantizar el libre consentimiento de María. Por 
esta su predestinación sabía Dios, en su visión eterna de María, que Ella se pondría sin 
reservas a disposición de la tarea que se le encomendaba. Por tanto, no necesitaba dejar 
en suspenso la ejecución de sus planes hasta que su mensajero, el ángel, recibiese la 
respuesta de María. La ejecución histórica de su decreto eterno, en que incluyó a María, 
estaba asegurada desde la eternidad. Ahora, si pretendemos comprender a la vez la 
libertad de María por una parte y por otra la seguridad infalible de la predeterminación y 
presciencia divinas, aparece ante nuestra vista el oscuro misterio en que se hunde la 
relación de Dios con el hombre en general. 

María expresa su consentimiento por medio de la respuesta: "He aquí a la sierva del 
Señor; hágase en mí según tu palabra" (/Lc/01/38). La concepción milagrosa, la 
encarnación del Verbo eterno hay que pensarla en este momento del consentimiento, 
aunque Lucas no lo diga expresamente. 

SIERVO/QUÉ-ES: La palabra "sierva" elegida por María, y que en griego se dice dule, 
nos ofrece una valiosa aclaración para entender su respuesta. En griego la palabra se 
emplea para designar al esclavo. Significa falta de libertad y encierra en sí el momento de 
repudio y menosprecio. En principio, dentro del ámbito griego la palabra no tiene ninguna 
relación con lo religioso. Sólo en la época en que en las religiones orientales penetran en 
Occidente llega a significar la palabra en suelo griego la relación del hombre con Dios. En 
el judaísmo helenístico el término sirve para designar al esclavo y su estado o situación. Y 
fue de gran importancia el que se usase la palabra, en virtud de su sentido general, para 
determinar la relación del súbdito con el rey en las monarquías despóticas del Oriente 
próximo. De este significado la evolución condujo a que se emplease para definir la relación 
de dependencia y servicio del hombre frente a Dios. Por este cambio de significación, el 
empleo semántico entró en la más aguda oposición con el sentido corriente griego y 
helenístico. El siervo y la sierva de Dios son aquellos hombres que le pertenecen 
totalmente. Se comprende así que los que de modo peculiar han respondido a la exigencia 
de Dios sobre ellos fuesen designados con el titulo honorífico de siervos de Dios, 
verbigracia Moisés (Jos. 14, 7), Josué (Jos. 24, 29; Jud. 2, 8), Abraham (Ps. 104, 42) David 
(Ps. 88, 4, y en otros lugares), incluso todo el pueblo de Israel (Is. 48, 20, y en otros sitios). 
Su entrega a Dios estuvo siempre al servicio de una misión y actividad particulares, pues no 
era estática, sino dinámica. 

En este mismo sentido paleotestamentario hallamos también la expresión en el Nuevo 
Testamento. Con esa palabra se describe la relación de absoluta dependencia respecto de 
Dios, que reclama totalmente al hombre. El no está ligado en su relación con los hombres a 
condiciones de ninguna clase, antes bien, es el hombre el que debe ponerse a disposición 
de la voluntad divina. Pero falta aquí por completo el momento de menosprecio y 
rebajamiento. En el sentido paleotestamentario hallamos más bien la denominación como 
título de honor. A los cristianos, por general, no se les llama siervos de Dios, sino siervos de 
Cristo. El mismo San Pablo se denomina siervo de Cristo (v. gr., Rom. 1, 1), en virtud de la 
misión que Dios le ha confiado. 

La frase de María de que es esclava de Dios, hay que entenderla dentro de este marco. 
Se mueve con esa denominación en el ámbito ideológico del Antiguo Testamento. Con ella 
expresa que se pone a disposición de Dios total y exclusivamente, estando preparada para 
su misión y dispuesta a servirla sin reservas. Quiere pertenecer por entero a Dios, debiendo 
tener lugar en ella lo que El ha determinado. No debe perderse de vista que la expresión 
"esclava de Dios" fue sentida por María como un título de honor, basada en su uso 
paleotestamentario. Así como expresa más tarde en el Magníficat la conciencia de su 
distinción, así también al llamarse a sí misma esclava de Dios manifiesta la conciencia de 
su elección para un servicio único y peculiar. Está claro que María no causa la encarnación 
precisamente en virtud de una palabra creadora, sino que posibilita con su disposición de 
obediencia perfecta lo que Dios ha decidido y El mismo ejecuta. 

Del estado de cosas que nos ofrece el Evangelio se desprende, pues, que María fue 
realmente elegida por Dios, pero que no quedó incluida en el proceso de la Redención sin 
su consentimiento. Por eso, si se puede decir de la iniciativa divina que sólo pertenece a 
Dios y puede aplicársele la fórmula "solo por gracia", sin embargo, no podemos decir lo 
mismo de la ejecución del plan divino de la salvación, sino que hemos de atender a la 
colaboración humana. Esta es en todo su sentido una palabra evangélica. 

De hecho estaba ya prometido que el Salvador debía salir del mismo género humano; 
que debía surgir de la serie de las generaciones humanas dentro de la historia. Pues según 
el Génesis (3, 15), había de ser un descendiente de aquella mujer que dio acceso a la 
desgracia en la historia humana. Sin embargo, permanecía firme que sólo el mismo Dios 
podía salvar a los hombres de la perdición. Existían, al parecer, una tensión entre las 
promesas divinas, pues mientras una manifestaba que la del libertador de la esclavitud del 
demonio y del pecado, del dolor y de la muerte, debía salir de la tierra, otras prometían que 
Dios mismo traería del cielo la salvación. La tensión queda resuelta cuando Dios decide 
descender del cielo a la tierra para, perteneciendo a ésta, aparecer y obrar en ella como 
salvador. Por este proceder divino la acción salvífica celestial adquirió historicidad, 
corporalidad, concreción e inmanencia. La Redención no aparece así como un regalo 
ofrecido e impuesto a los hombres desde fuera, sino como un movimiento que procede de 
dentro.

TEOLOGIA DOGMATICA VIII
LA VIRGEN MARIA
RIALP. MADRID 1961.Págs. 163-167