M
A R Í A R E I N A
(continúa)
lll. Profundización teológica actualizada
No es fácil disculpar a la teología mariana del pasado de algunos equívocos en que ha incurrido metodológicamente en el tratado de María reina. El primero de ellos consiste en partir del concepto político de realeza, tal como se ha ejercido históricamente, para después aplicarlo a Cristo y a María. Ahora bien, puesto que afirma Pío Xll —"sin el poder legislativo, judicial y ejecutivo apenas se puede concebir el principado", hay que conceder a Cristo y a María este triple poder, a menos de reducir su realeza a un concepto metafórico. Encontramos así en 1934 al teólogo holandés L. de Gruyter, que expresamente atribuye a María la participación en el triple poder real de Cristo. Después de la viva reacción de Y.-M. Congar, que acusa a De Gruyter de haber hecho de María "un rey de sexo femenino", algunos autores abandonaron esta vía, buscando no ya el concepto de rey, sino el de reina. Visto en su realización histórica, el concepto de reina se reduce a un poder de intercesión. "No se trata ya de gobierno propiamente dicho -observa H. Barré-. El influjo de nuestra reina es mucho más discreto y suave, constituido por su poder sobre el corazón del rey y por su incomparable prestigio ante todos. Esta segunda posición es superada por la encíclica Ad coeli Reginam, en la que se afirma que "la Virgen santísima... tiene una cierta participación en aquel influjo eficaz por el que su Hijo y nuestro Redentor justamente se dice que reina en las mentes y voluntades de los hombres".
Abandonando la vía histórica, los mariólogos P. Franquesa y F. Sebastián siguen la vía metafísica en el intento de determinar el concepto primordial y natural de realeza. Lo descubren, siguiendo la escuela de santo Tomás, en dos elementos: la eminencia, o conjunto de dotes que establecen un primado sobre los otros, y el dominio de dirección, que pone en ejecución al primero. La realeza de María -como la de cualquier reina- es definida, por tanto, como "la participación esponsal en la eminencia y poder del rey" 12. Otros, finalmente, se distancian del término reina atribuido a María, reduciéndolo a un símbolo, no en el sentido de expresión intuitiva cargada de significado, sino como comparación o metáfora vacía de verdad.
El riesgo mayor, no evitado ordinariamente por los mariólogos, ha sido el de hipostasiar en cierto modo a María como reina, colocándola en una zona separada del pueblo de Dios, o al menos no relacionada con la condición real de todos los miembros de la iglesia. El distanciamiento de la realeza evangélica ha llevado a olvidar las dimensiones de pobreza y servicio que le son esenciales. La escritora Marina Warner protesta escandalizada contra toda instrumentalización histórica, tan alejada del evangelio: "Sería difícil imaginar una distorsión peor del sermón de la montaña que la realizada con la soberanía de María", que hace coincidir "riqueza, poder y bondad".
Para no incurrir en tales riesgos, el postulado fundamental es doble: volver a la biblia para comprender la realeza de María en el contexto de la de Cristo y del pueblo de Dios, y prestar atención a la cultura de nuestro tiempo para traducir en términos más comprensibles el contenido y el significado de María reina.
1. MARÍA, REINA EN CUANTO PARTICIPA DE LA REALEZA DEL PUEBLO DE DIOS. El reino de Dios, que ya se expresa en Israel constituido como "pueblo de sacerdotes y nación santa" (Ex 19,6), se convierte en la idea central del mensaje de Jesús y representa el fondo más antiguo de su predicación: "Se ha cumplido el tiempo, y el reino de Dios está cerca" (Mc 1,15). Esta soberanía de Dios anunciada por Jesús como inminente y eficaz, ligada a su persona y a su obra, consiste en una fuerza dinámica (Mc 9,1) que libera al mundo del dominio de Satanás (Mt 12,28, Lc 11,20), cura a los enfermos y ofrece salvación. El reino llega a ser realidad cuando los hombres acogen la palabra de Dios y se someten a ella con una conversión sincera (Mt 4,23 7,21). "¿De quién es el reino de Dios?", se pregunta K.L. Schmidt, y responde: "De Dios ante todo, y después de los hombres, pero sólo de los que son pobres (en espíritu: Mt 5,3; Lc 6,20) y de aquellos que sufren persecución por causa de la justicia (Mt 5,10)"'. Mas no se trata sólo de acoger la soberanía de Dios en la propia vida. El NT habla de una participación en ella de los discípulos de Jesús, no sólo en la fase escatológica, cuando "reinarán por toda la eternidad" (Ap. 22,5) y recibirán "la corona de la vida" (Ap 2,10) y "la corona de la gloria" (IPe 5,4), sino también en la fase terrena cuando "trasladados al reino del Hijo amado" (Col 1,13), los redimidos participan de varios modos en la exousia o poder real de Dios y de Cristo en orden al perdón de los pecados (Mc 2,10), en la expulsión de los demonios (Mc 3,15), en la curación de los enfermos (Mc 16,18), en la actividad apostólica (2Cor 10,8), en la libertad concedida al pueblo cristiano (ICor 6,12).
Estos pasajes bíblicos muestran claramente la condición regia del pueblo de Dios, dentro de la cual hay que comprender el título de María reina. La Virgen, en efecto, es parte de la iglesia, y no es lícito separarla de ella sin correr el peligro de caer en contenidos poco conformes o en contraste con la revelación evangélica.
CRISTIANO/REY: El Vat II ha interpretado el servicio real de los fieles como dominio del pecado, inserción del espíritu cristiano en las estructuras del mundo y libertad filial (LG 36), ofreciendo una base ulterior para explicar la realeza de la Virgen. Podemos, pues, afirmar que María es reina porque reúne en si de modo eminente los distintos aspectos de la condición regia del pueblo de Dios.
a) María acoge el reino de Dios. La profunda piedad religiosa de la Virgen, que la hace destacar "entre los humildes y pobres del Señor", los cuales "con confianza esperan y reciben de él la salvación" (LG 55), abre su corazón bajo la acción del Espíritu a la plena acogida de la voluntad salvífica de Dios, en cuya sumisión consiste el reino. La respuesta de María al ángel expresa una total disponibilidad a vivir según la propuesta divina para la venida del mesías, "cuyo reino no tendrá fin" (Lc 1,33). Expresa el más puro monoteísmo bíblico, afirmando no reconocer a nadie como soberano fuera de Dios. María es la esclava del único Señor (Lc 1,38). Como lo demostrará también el Magníficat, "nada en María enmascara o vela el poder único de Dios. Todo resplandece como pura gracia de Dios en ella. María, en el umbral de la nueva era de la redención, es, en su pobreza, la negación formal de toda eficacia del poder del hombre..., el signo del poder, de la gracia y del amor de Dios". La Virgen, por su fe y por su apertura a la soberanía de Dios, forma parte de la comunidad ecuménica -más allá de las estructuras- a la que Jesús declara bienaventurada por escuchar y guardar la palabra (Lc 11,28), y no por la proclamación verbal "Señor, Señor" (Mt 7,21).
b) María domina las fuerzas del mal. En el reino de Dios la agresividad no está dirigida a las personas, sino a las fuerzas del mal que lo amenazan. Tales fuerzas, según Pablo, son el pecado, la ley, la muerte, de todo lo cual Cristo libra a los creyentes (Col 1,13-14; ICor 15,54-56; Rom 7,6). María participa en el dominio de Cristo sobre los enemigos del hombre, porque —como los padres afirman unánimemente en armonía con los datos evangélicos— ella no conoció jamás pecado (desde el comienzo de su existencia, precisará el magisterio); es decir, su yo no fue jamás malo, alejado de Dios, esclavo del egoísmo. María triunfó también sobre la ley, entendida como código exterior históricamente portador de pecado, bien porque ella pasó poco a poco de la observancia de la ley mosaica (Lc 2,21-23.39.41-42) a la aceptación gozosa de la vida de la nueva comunidad cristiana (He 1,14; 2,4.42-47), bien porque el Espíritu que había recibido abrió su corazón para aceptar con disponibilidad de amor la voluntad de Dios (Lc 1,35.38).
Con su asunción, la Virgen participa en el dominio de Cristo sobre el último enemigo, la muerte ( I Cor 15,26); por medio de su cuerpo espiritualizado se ve libre incluso de las leyes espacio-temporales (ICor 15, 42-49). Esta participación en la exousía de Dios, es decir, en la libertad sin límites del obrar divino, muestra la realeza escatológica de María, que el pueblo cristiano experimentará en el transcurso de los siglos como comunicación de vida, curación del mal, victoria sobre las potencias adversas. María es reconocida como taumaturga, curadora, fuerza salvífica, triunfadora de las herejías: prerrogativas de una realeza que trasciende las concepciones humanas porque participa del modo de reinar de Dios y de Cristo, según se atestigua en la tradición bíblica. A María reina se le reconoce, pues, una colaboración en destruir el cerco diabólico que continúa oprimiendo a la humanidad: pobreza, poder, racismo, destrucción de la naturaleza, violencia, abandono de Dios... .
c) María, reina coronada de gloria. A los cristianos se les promete la herencia del reino de Dios ( I Cor 6,9; 15,50; Gál 5,21; Ef 5,15), puesto que son invitados al convite escatológico (Lc 22,30, Mt 19,28, 20,23). Esta meta es considerada por la Escritura como "coronación" y "entronización" (Ap 22,5; Ef 2,6). También María, ya para siempre en el reino de Dios, ha conseguido la "corona de gloria" (IPe 5,4), la "corona incorruptible" ( l Cor 9,25), la "corona de la vida" (Sant 1,12; Ap 2,10). La imagen de la corona, que aparece dieciocho veces en el NT, expresa siempre (excepto los cuatro pasajes que relatan la coronación de espinas de Jesús) "el don escatológico de Dios a los creyentes". Es premio o conclusión de la fidelidad a Cristo (2Tim 4,7-8) y del amor de Dios (Sant 1,12), es signo de victoria y de luz "como una aureola luminosa en torno a la cabeza del hombre". Discusiones exegéticas aparte, María está bien figurada en la mujer del Apocalipsis, que tiene sobre su cabeza "una corona" de doce estrellas (Ap 12,1). Es la imagen de las religiones astrales para indicar a la "reina del cielo", que usa el Apocalipsis quitándole el reconocimiento de una dignidad divina. De todos modos, coloca a María, como a todos los creyentes, en una aureola de luz y de realeza. La madre de Jesús, que ha conseguido la corona de la vida glorificada, no puede ser considerada sólo en su existencia terrestre, queda la verdad del título gloriosa (éndoxos), que le atribuye la tradición teológica y litúrgica; pero ese título no debe alejar a María de la historia de los hombres ni ocultar en el olvido su realidad igualmente bíblica de esclava del Señor y peregrina en la fe.
2. MARÍA, REINA EN SENTIDO EVANGÉLICO. Es un falso método acudir a la realeza humana, a sus poderes jurisdiccionales, al modo histórico de su realización, para definir la realeza bíblica. Jesús, en efecto, se distanció del comportamiento de los príncipes de este mundo y propuso la auténtica realeza en términos paradójicos. Ésta no consiste en dominar, ser el primero, ejercer el poder, recurrir a la violencia, sino, al contrario, en servir, ser pequeño, dar testimonio de la verdad (cf Lc 22,2430; Jn 18,33-37). En sintonía con Jesús (Flp 2,5-11), María interpreta su vida en clave de servicio con obediencia cordial a Dios. Es la sierva del Señor (Lc 1,38), y por tanto no se agarra a su maternidad mesiánica como a una presa, exigiendo privilegios humanos de posesión y de prestigio. Estimó fuente de gloria y de grandeza servir al Señor en la humildad de su condición, segura de que Dios puede hacer cambiar la suerte, derribando a los poderosos de sus tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,48.52). María reina es signo eficaz del misterio pascual con su ritmo probado por Cristo: humildad-exaltación, servicio-reino, ausencia de privilegios-participación en el reinado de Dios. Ella indica una meta y al mismo tiempo la vía para la realización del hombre y la consecución de la verdadera grandeza: el éxito sapiencial de la vida o la libertad real es fruto de la gracia, la cual estimula al don de sí mismo por el camino antiadamítico del servicio a Dios y al prójimo en el amor. Incluso en el cielo María reina no cesa de servir, porque sigue siendo la esclava del Señor, cuya vida es pro-existencia: existir para los otros en un horizonte ampliado por el Espíritu, en el cual las fuerzas del mal son neutralizadas y la potencia de la comunicación salvífica se hace una continua regeneración del corazón para una cualidad de vida siempre eminente. Mediante María reina entramos en la lógica; mejor aún, en la espiritualidad de servicio esencialmente comunitaria, comprendemos que la suprema dinámica de la historia es, paradójicamente, la diakonía (Mc 10,45), la vida volcada en el servicio de los otros. Esto, que parece una pérdida, asume en cambio el significado de una misión que será coronada por una vida inmortal en el reino de Dios.
3. MARÍA, "GUEBIRÂH" DEL RElNO MESIÁNICO DE CRISTO. Para los cristianos no hay duda: "Jesucristo es el Señor" (Rm 10,9; ICor 12,3; Flp 2,11). Con esta antigua profesión de fe se reconoce la exaltación de Cristo como soberano universal, dotado de poder sobre todas la potencias del cosmos. Todos: vivos y muertos, potencias angélicas y terrenales, la iglesia entera..., deben someterse a Cristo, reconociéndole Señor (Rm 14,9; Col 2,ó-16; Ef 1,20). Toda la vida de los que están salvados se desarrolla "en el Señor", es decir, en la presencia activa y salvífica y bajo la autoridad de Cristo. Incluso después de estar sentado a la derecha del Padre, no existe un asueto cristológico, ningún período vacío de la presencia de Cristo. Jesús no ha dejado la tierra para convertirse en un mesías honorario, porque sigue siendo el único mediador fuera del cual no hay salvación. Precisamente este reino mesiánico que no tendrá fin le es anunciado a María cuando el ángel le presenta la misión del Hijo como mesías davídico, según la profecía de Natán (2Sam 7,12-16; Lc 1,32-33). María hace posible la realización de este reino con un consentimiento que asume un carácter salvífico —como reconoció ya Ireneo— porque abre el camino a la soberanía de Cristo entre los hombres.
La Virgen es presentada en términos propios de la realeza al ser llamada por el ángel kejoritoméne (Lc 1,28). La gracia, en efecto, expresa en el AT el favor real (ISam 16,22; 2Sam 14,22; IRe 11,19) y el amor (Cant 8,10), o incluso ambas cosas como en Ester (2,17; 5,8; 7,3; 8,5). En el saludo de Gabriel se trata del "favor singular de Dios para con María, de su amor real... María es la elegido del Señor, la predilecta del rey".
María no sólo coopera a la existencia del reino del Hijo; a ella se le pide una participación más íntima bajo la figura de guebirâh, de reina-madre. El papel de tal reina está lleno de prestigio y eficacia en el AT; así aparece en los libros de los Reyes, donde se observa el gran cambio que se opera en la esposa del rey cuando llega a ser madre del rey. "Betsabé se postra delante de David, su esposo (cf IRe 1,16); pero ante Betsabé se postra Salomón, su hijo (cf IRe 2,19)". La guebirâh no sólo goza de máximo prestigio frente al rey, sino que puede intervenir en favor de los súbditos (IRe 2,19) y desarrolla un papel de primer plano en las bodas reales coronando a su hijo: "Salid, hijas de Sión, a contemplar al rey Salomón con la diadema con que le coronó su madre el día de sus bodas..." (Cant 3,11). Estos oficios reales se los ofrece el ángel a la Virgen al invitarla a ser madre del rey mesiánico. María es, pues, la guebirâh del NT, la reina-madre, que hace posible las bodas del Verbo con la humanidad, que goza de la mayor atención regia cuando intercede por los hombres (Jn 2,5), que se sienta a la derecha de Cristo con una presencia real activa. Si bajo muchos aspectos María tiene la realeza en común con el pueblo de Dios, como reina-madre se eleva por encima de todos los demás, porque Jesús ha querido hacerla partícipe de su gobierno real en favor de los hombres.
4. MARÍA, "LÍDER" HACIA LA PLENITUD SALVÍFICA. En nuestro tiempo, en que las monarquías están desacreditadas o pasadas de moda, el título de reina resulta anacrónico o infantil: signo de un prestigio superado y de un privilegio individualista, cuando no se toma como la sacralización institucional de una relación de subordinación, vasallaje y servilismo. La cultura de hoy día, radicalmente democrática y celosa de la libertad personal, debe reconsiderar la realeza de María y exponerla en términos más en consonancia con la antropología que la preside.
El hecho de que la investigación bíblica aleje de María todo poder burocrático y opresivo, toda visión privativa y separatista, toda tentación de recalcar la realeza histórica, pone a la Virgen reina en sintonía con las exigencias de nuestro tiempo antiautoritario y sensible a la apertura social. "El hombre, deseoso de ser rey de sí mismo en el sentido de ser el artífice responsable de su propio destino, está necesitado de tener alguna persona o algún valor en que inspirarse. Por eso hoy es aceptado y vivido el liderazgo ejercido por personalidades extraordinarias, que encarnan valores e influyen eficazmente sobre el recto ordenamiento personal y social. En esta linea se puede recordar que la generación protocristiana, al calificar a Jesús como rey, recurría a la analogía histórico-cultural de la antigüedad, según la cual el rey era un punto de referencia indiscutido y absoluto, garantizado por Dios mismo. Al proclamar a Jesús rey universal, se quería afirmar que todo hombre encuentra sólo en él la respuesta de su identidad: amado por Dios, enviado por él y orientado hacia él. Análogamente, María es reina en cuanto ejerce un liderazgo respecto al pueblo de Dios. Con su prestigio y con la grandeza de su existencia de primera cristiana y tipo de la iglesia representa un punto de referencia necesario para los fieles que intentan encontrar la propia identidad real de hijos de Dios y abrir al Señor un espacio cada vez mayor en su vida".
El concepto de líder no se aplica a María de un modo unívoco y total. Ella, p. ej., no satisface la necesidad de coordinación, de directrices o de representación oficial... En su contenido esencial de persona influyente sobre otros miembros del organismo social al que pertenece, María es un líder. Como miembro primordial y excelente de la comunidad de creyentes en Jesús, María posee un influjo cualitativamente relevante: es un persuasor oculto de santidad y de seguimiento de Cristo. Sobre todo en sus fases inicial (inmaculada), central (madre de Dios) y final (asunción), María desarrolla en la iglesia una función dinámica y propulsora: eleva el impulso comunitario, separa de las diversas formas de pecado simboliza el destino supremo dei hombre redimido. En ella el poder es carisma, maternidad, intercesión, ejemplo. Su mismo existir interpela, estimula, conduce a metas más altas. Como líder, María es protagonista al servicio del plan salvífico de Dios. Para que ella imprima un signo en la historia, se precisa una interacción personal, que por parte de los cristianos supone un triple gesto: reconocimiento de los valores humanos, religiosos y espirituales de María; adhesión afectiva interior como por una persona amada; reorientación radical de la propia vida en base a la ley interior que ella instaura y presenta. Ni la relación afectiva ni la invocación deben ser aminorados, porque justamente en ellas se inserta la fuerza inspiradora del ejemplo de María y la acogida filial de su influjo saludable. En fin, si la realeza de María es dominio sobre el mal, construcción del reino de Dios en el servicio y en el don de si, ¿por qué ponerle silenciador? En cambio, expresándola como líder hacia un ideal de liberación y de paz, hacia Cristo, Señor y meta de la historia, la realeza de María aparecerá como imagen conductora de plenitud y de esperanza para los hombres, necesitados de elevarse sobre la mediocridad. Entonces se volverá a escribir, estupefactos ante las inéditas variaciones del tema, la Salve Regina: "Dios te salve, Reina...".
S. DE FIORES