MARIA, PALABRA DE LIBERTAD

 

Libertad es palabra de siempre. La experiencia humana lleva a que sea pronunciada como grito de angustia o como grito de gozo. Libertad es palabra de hoy, con frecuencia, palabra equívoca; nadie la entendemos del todo, pero la pronunciamos con aires de verdad y de absoluto. Ahora, al hablar de María como palabra de libertad, intentamos ofrecer aspectos de esta realidad sin grandes pretensiones; mostrar a María en su dimensión de persona libre que incluye la tarea liberadora serán nada más que unos apuntes. Intentaremos no confundir la libertad con las libertades; la libertad la entendemos como un don de Dios y como una ardua tarea humana. Queremos acercarnos al tema en la doble perspectiva en que vemos a María: como criatura única y singular, persona concreta, y como pueblo, Israel colectivo sintetizado en ella, símbolo del Israel caminante en búsqueda.

a) Su libertad personal. El surgimiento de la libertad humana es complejo y con frecuencia desconcertante. Hay quienes nacen en contexto libre y en él crecen y se desarrollan; hay quien surge a la vida en situación dominada, de cualquier forma que se entienda la dominación, y tiene que hacer un duro camino para conquistar la propia libertad de ser y de actuar. Pero hay quien surge a la libertad en situación de frontera, propia de personas lúcidas, de líderes de gran talla humana yo la llamaría una situación privilegiada por más dificultades que encierre; tal vez descubro en ella las connotaciones de riesgo que avivan los mecanismos humanos, a menudo atrofiados, para la creatividad histórica. María surgió a la libertad en una situación de frontera, situación personal, pero de la que no se puede excluir el contexto social; sin olvidar esto último, me centraré sobre todo en lo personal. Por entender a María en esta situación, quiero evocar la figura de Abrahán, con el que tiene determinadas afinidades apenas estudiadas. Abrahán es un hombre de frontera porque vive al borde de dos realidades: la de su clan y la de un pueblo diferente, apenas entrevisto, que le lleva a romper con la primera; ahí, en su ruptura, nace a la libertad y comienza su camino. De igual modo María nace a la libertad en la orilla de una época que acaba, con sus signos concretos, y en la de otra que comienza y en la que alborean otros signos. La persona que amanece a la libertad en situación de frontera es persona creativa desde dentro; las capacidades personales despiertan ante el mismo acicate de la dificultad y se desarrollan en ella.

LBT-PERSONAL: La libertad personal "es el despliegue del hombre que consigue realizarse desde dentro" María es persona libre en la medida en que su despliegue la lleva a esta realización que, desde dentro, la lleva al encuentro interhumano, cada vez más amplio. Y desde aquí se pueden distinguir tres planos de ese despliegue: la libertad original, el camino de liberación y la libertad final.

1) María recibe una libertad con su vida, y la recibe de una forma diferente a como la hemos recibido los demás; sus capacidades iniciales son pura gracia; su libertad original, don de Dios, es lo que le revela en su vocación al llamarla llena-de-gracia; el Señor que está con ella es el Señor de la libertad. Por tanto, María en el comienzo de su existencia humana recibe la libertad misma de Dios. Por eso no está determinada, aun cuando existan a su alrededor factores de condicionamiento; por eso puede realizar su despliegue personal como camino. Estamos ya en el segundo plano.

2) LBC/CAMINO-DURO: El camino de liberación es un camino duro para todos; Jesús lo experimentó en su vida; es preciso luchar, enfrentarse a los obstáculos, ser fiel en el empeño y vencer. María no se ahorró este camino; lo anduvo del todo, con dificultad. Para emprenderlo, se necesitan unos hitos concretos, los primeros obstáculos vencidos, sin los que no es posible continuar so pena de errar en el engaño. Diríamos que es un camino que empieza por la consciencia de la esclavitud, nadie que no se encuentre privado de libertad puede luchar por ella. Pero la esclavitud es una realidad relativa; a mayor libertad original básica, mayor sensibilidad para detectar todo lo que sea obstáculo o amenaza para su desarrollo. La gratuita libertad original de María la lleva a detectar las posibles amenazas; podemos leer su calificación de "esclava del Señor" también en esta clave. El Señor de la libertad se le manifiesta y la pone en situación de libre elección; a su palabra que elige, antecede otra palabra de paradójica libertad: la consciencia de su esclavitud; porque desea desplegar su libertad, por eso la elige. Lo decía el psicólogo W. James, sin duda inspirándose en esta palabra de María, como fruto de su larga experiencia personal y ajena: "El primer acto de libertad es elegirla: que esto sea realidad para mí". Pero entendámonos; no es que María se sienta esclava, en el sentido en que nosotros lo entendemos; no era ésa la mentalidad de Lucas, ni su intención, tan a menudo manipulada y tergiversada; su deseo es realizar la propia libertad. Es como quien, acostumbrado a vivir bajo una luz intensa, dice que ha oscurecido porque ha intuido la amenaza de una menor intensidad luminosa; parece una exageración a quien no vive la experiencia, pero a la percepción nítida del que la vive es así. O como cuando Teresa de Jesús, bajo la luz de la cercanía de Dios, vuelve sus ojos al pasado y se confiesa gran pecadora; si nos asomamos a ese pasado, los demás no tenemos, ni mucho menos, esa impresión de la vida de Teresa. Dios es quien conciencia a María, y no la conciencia de su esclavitud, sino de su condición de criatura; y la conciencia con su Palabra; Dios se le muestra libre, y la exigencia que deriva de esta revelación es que ella debe ampliar el campo de su conciencia, porque nada de lo que es María debe quedar excluido de la acción de su Palabra. La consecuencia de este primer hito del camino es la consciencia de verdad que tiene María. Efectivamente, María será menos libre cuanto menos abierta y consciente de la verdad; en ella se cumple lo que afirma el cuarto evangelio, puesto en boca de Jesús: "Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8,31-32). Verdad que en María es su verdad y la verdad de Dios que ella va a conocer en su hijo Jesús: "Yo soy la Verdad". El tercer hito, que sólo queremos apuntar, es, a su vez, consecuencia del primero y del segundo: la consciencia de finitud y, por ende, de mortalidad; la consciencia de la propia y radical limitación de criatura. Cuando esta triple y encadenada consciencia se comienza a dar, se puede andar en libertad.

3) Hay, por último, otro plano de libertad: la libertad final que viene a ser el término del camino de realización, es decir, el final del proyecto de libertad que se nos da al comienzo de la vida. María ha realizado su libertad total: su glorificación última, unida a la glorificación pascual de Jesús, es asimismo una palabra de la iglesia; cuando ésta proclama que es asumpta, en el fondo viene a decir que ha culminado su proyecto de mujer libre. Dice que ha conquistado su libertad, que ha vencido.

b) Cualidades de su libertad. Aunque la libertad es susceptible de múltiples descripciones, y las cualidades de la misma se pueden ver desde distintas perspectivas, voy a tomar una de ellas desde la dimensión psicológica, la de Rollo May, que piensa que la libertad se caracteriza por estas cualidades: la planificación, la modelación, la imaginación, la elección de valores y la intencionalidad. Rollo May pone especial énfasis en la última; yo creo que también las otras son igualmente importantes.

1) La libertad no es la irracionalidad, sino la capacidad del yo ampliada al máximo. Lo que en términos de Johari diríamos es la reducción de los cuadrantes 2 (oculto), 3 (ciego) y 4 (desconocido), en favor de la ampliación del cuadrante 1; o la asunción consciente de la realidad inconsciente, en términos psicoanalíticos. Que no es decir pura racionalidad, ni predominio de la misma. La planificación es un dato de la libertad no como cálculo detallado, sino como situación del ser y del hacer en un marco de sentido, en un proyecto.

En María parece claro: no deja que la historia la lleve y la traiga a su antojo; no se confía a un destino ciego; no se deja conducir por su irracionalidad o la de los otros, sino que la ampliación de su conciencia hace posible el que sea ella la que asuma las riendas de su vida, sin delegar su proyecto de persona a otras instancias que no sean ella misma, ni siquiera Dios; las decisiones y el proyecto de su vida se hacen en el diálogo y no en el capricho o la imposición divinas, su fe no es un acto aislado y ciego, sino una opción de su persona total por Dios y por la propuesta suya. María, aun en el riesgo de lo desconocido (en detalles), planifica, el relato de la anunciación lo dice, y el de Caná también. Hay un proyecto en juego, y ese proyecto tiene unas realidades; cuando no las ve claras las pregunta; y cuando decide realizarlo, sabe fundamentalmente de qué se trata, cuál será la dirección de su vida; el resto, la vida misma lo irá diciendo.

2) La modelación se entiende desde las dos vertientes, la activa y la pasiva, modelar y dejarse modelar; hacerse y dejarse hacer, hacer en la historia, intervenir, y dejarse empapar por esa misma historia en cuanto que la hacen a la par muchos otros. Es la consciencia de que esto se está llevando a cabo, como muestra la frase de Lucas: "Guardaba las cosas en su corazón".

3) La imaginación es no permitir que la razón tenga la última palabra, o que se adueñe de todas, sino dejar que emerjan a la consciencia las capacidades inconscientes, de creatividad y de sorpresa. En esta clave se podría leer el relato de la visitación de María a Isabel; la explosión inconsciente que se origina por la emergencia del Espíritu se exterioriza en el canto de un himno que lleva la marca del poema, de la construcción literaria, que pone en juego otras realidades tanto o más potentes que la razón. La libertad tiene mucho que ver con la imaginación, también en Caná María comienza algo aparentemente absurdo que desborda en creatividad y abundancia. Con frecuencia son los obstáculos los que ponen en marcha el dinamismo de la imaginación como forma libre de sortearlos y de recrear la realidad.

4) Y María elige valores; y tiene que seguir eligiendo a lo largo de su vida según el horizonte de su planificación, ella misma crea valores; está invadida por el Espíritu Santo que es como el viento, del que oyes su rumor y no sabes a dónde va, ni de dónde viene, el Espíritu, como el viento; pero Jesús lo afirma del que nace del Espíritu (cf Jn 3). María elige los valores del plan salvador de Dios por la encarnación y la redención.

5) Por último, la libertad de María es intencional, es decir, que no sólo incluye las intenciones, sino que la intencionalidad se apodera de toda su persona como cualidad de la libertad.

c) La Palabra, fuente y dinamismo de su libertad ¿De dónde brota la libertad de María? Ciertamente que de su hondura personal; pero en esa hondura lo que existe es palabra. Dios que habla. María que habla. Tiene ella la memoria histórica en la que reconoce a su pueblo como nacido de la palabra, desarrollado por la palabra. Esa palabra, que es libertad para Israel, está en María; por eso no se puede dividir su libertad personal de su libertad en cuanto pueblo. En esta dimensión de su realidad nos vamos a detener brevemente. Israel, en su camino de liberación, ha tenido la palabra de Dios como fuente de libertad y como dinamismo en su desarrollo. Resumiendo, diríamos que las palabras fundamentales son las siguientes: palabra de promesa, palabra de éxodo, palabra de alianza, palabra profética, palabra inquisitiva y sufriente y palabra de esperanza. Y en la plenitud de los tiempos, Dios es libertad en su Palabra encarnada y en su palabra eclesial. Estas mismas palabras son fuente y dinamismo de libertad para María. Intentaremos dejar apuntadas las líneas en que se vuelven libertad para María en su dimensión simbólica de pueblo.

Ella, como Abrahán, ha recibido una palabra que es promesa; se inicia su andadura en el plano de la fe. Abrahán deja su clan y el Dios de sus padres; María deja buena parte del judaísmo de sus padres, para comenzar un camino nuevo, guiada sólo por la palabra de la promesa; camina en la fe; esta fe es la que define su vida. Su confianza básica y original en Dios es principio de libertad, puesto que su libertad es tal desde la fe.

La palabra de libertad que ha vivido el pueblo en el éxodo, en cuanto salida y en cuanto desierto, es paradójica en los relatos que Mateo nos hace de la infancia de Jesús; no es su propósito repetir el esquema, pero algo tiene que ver. María y su hijo no tienen que salir de Egipto, porque ahora Egipto no es lugar de cautividad, ha invertido Mateo la situación de las tierras y su significado; María y su hijo, con José, tienen que dejar su tierra, esa tierra que los israelitas consideraban lugar de cumplimiento de la promesa, lugar de libertad, esa tierra es ahora lugar de opresión para el mesías, para los pobres, para los fieles como María; ellos tienen ahora que ir a la libertad de Egipto, la libertad del extranjero. Es una palabra de llamada; llamada a otro tipo de libertad, llamada a la situación de caminante que vivió Abrahán y que vivieron otros líderes, Ios que nunca pudieron instalarse y disfrutar de la tierra, porque la fe es desarraigo, y la libertad impide tener otro Absoluto que Dios. María invierte el camino de la opresión a la libertad. La palabra que recibe, a través del mandato hecho a José, la sitúa en una nueva versión de salida; la libertad pide camino, se ahoga en la idolatría. Vive ella la libertad y lleva a su hijo a la libertad. Pero ni siquiera ahí puede instalarse, todavía tendrá que salir de nuevo, porque otra palabra origina deshacer el camino que se anduvo; la libertad es provisional; no tiene patria; está en el camino, se hace en el camino.

Solemos contraponer la libertad a la ley, como si de verdad fueran incompatibles; confundimos a menudo la ley con la imposición y quizá la libertad con la anarquía. Libertad y ley son realidades humanas capaces de humanizar. Israel vivió su libertad desde una palabra de ley que situó las relaciones con Dios y las relaciones de los miembros del pueblo entre sí, en contexto de alianza. Es el mismo contexto en que se desarrolló la libertad de María; hizo suya la experiencia pactual que vivió Israel y desde ella creció en su libertad. Si María puede ser humanidad nueva es porque realiza la alianza con Dios y esa alianza lleva consigo una mutua normativa que permite a Dios su desarrollo en su hijo Jesús y a María su desarrollo personal libre. La ley a la que ambos se someten es la ley de la palabra compartida, la ley del diálogo como espacio de expresión libre y comprometida que culmina en una nueva alianza. Por esa alianza, María es profeta que anuncia a su Dios y denuncia la infidelidad. Asimismo, Dios es, para ella, profecía y cumplimiento: anuncio de su Hijo y cumplimiento de la palabra dada a los hombres. Voz que grita para ella sus maravillas y la vuelve lúcida para que se vea a sí misma obra grande de él. La palabra profética es siempre una palabra libre que invita a la libertad.

M/SUFRIMIENTO-PD Lc/02/35 Lc/02/48: Es contraria a la libertad la inhibición y la postura del avestruz ante las dificultades de la vida. Por eso es palabra libre la que puede preguntar sin temor y la que acepta las consecuencias de su pregunta. Job es la pregunta radical humana. Israel muestra en él sus llagas más íntimas y dolorosas; es la pregunta libre de un Dios libre que se permite responder preguntando de nuevo, situándole en otro plano. Dios no es sólo palabra de respuesta, es también libertad que pregunta. Qohelet, por su parte, es el límite con la realidad; la situación ininteligible, es la palabra del misterio que no se deja manipular y que produce crisis, situaciones existenciales aparentemente sin salida. Y tanto Job como Qohelet son la palabra sufriente del sabio; son el signo de una palabra libre de Dios. María también vive el sufrimiento de no comprender: "Hijo ¿por qué nos has hecho esto...?-, y busca en su interior la respuesta al enigma que es su hijo, María es palabra de libertad sufriente que pregunta, palabra sabia que se interroga ante la perplejidad de lo que no parece tener sentido a primera vista. Ella vive en sí misma ese momento crítico y madurativo de la liberación de su pueblo. Su hijo es palabra libre que pregunta con su actitud y con sus palabras, casi con la exigencia: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar...?" María buscará la respuesta, pero tardará en llegar. Israel vivió el exilio y en él se gestó su esperanza. Se esperó una nueva creación, se gritó la libertad de modo muy diferente a como se gritara en Egipto; era un pueblo que había madurado desde sus propios errores e infidelidad. El exilio fue una experiencia, primero hacia adentro y luego hacia afuera, de lo que significa la cautividad, en el exilio, Israel aprendió a orar de otra manera, a rogar la libertad total; descubrieron que los enemigos estaban dentro del pueblo en cada uno y no solamente en los imperios vecinos. El exilio fue la prueba de la libertad; el resultado fue la esperanza. ¿Podemos decir que María vivió esta experiencia, ella que no conoce el pecado? La vivió en una inocencia —o gracia— madura; vivió la prueba de la fe hasta que Jesús resucitó; por la fe esperó lo que no se veía, y su fe la vivió en el cautiverio que constituía el destino de su pueblo, así parece expresarlo la profecía de Simeón en el templo (cf Lc 2,35): su hijo será una bandera discutida, señal de contradicción para su pueblo; y esto, con la definición de cada cual ("quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones"), será para ella motivo de dolor, sufrimiento enclavado en el horizonte de esperanza que es su hijo mismo y que es la palabra de Dios que ella ha recibido. María, si se puede hablar así, cargará con el exilio de su pueblo; la libertad será ese descubrimiento de las intenciones de muchos corazones, de nuevo, la verdad en su honda conexión con la libertad.

Pero la verdadera y definitiva palabra de libertad que escucha y que sigue María es Jesús, la encarnación de Dios, y esta palabra, que es su hijo, es palabra de libertad en ella, porque ella es asimismo encarnación de la libertad salvadora de Dios

M Navarro

 

II. Nivel cristológico-trinitario

1. MARÍA, PRIMERA PERSONA DE LA HUMANIDAD. Sabemos que María es realidad humana y la queremos definir antes que nada como creatura: no forma parte del misterio de Dios, pertenece a nuestra historia. En segundo lugar, la definimos también como mujer: en ese plano la sitúan las observaciones anteriores de M. Navarro. Pero, en un sentido radical, queremos definirla y presentarla ya como persona abierta por Jesús hacia el misterio trinitario. En esta línea se mantienen las observaciones que ahora siguen.

Ellas quieren partir de un tema que la tradición ha planteado: el principio fundamental de la mariología. ¿Qué es lo que define radicalmente a María? ¿Cuál es la nota que vendría a situarse como base y fundamento de todas las restantes notas de su vida? Esta pregunta ha recibido respuestas diferentes: unos dicen que María es ante todo madre de Dios; otros destacan su profunda relación con Cristo, en plano de cooperación mesiánica o de corredención; otros la presentan como tipo y compendio de la iglesia; hay algunos que se fijan en su fe, el camino de su vida abierta fielmente hacia el misterio... En estos últimos años, L. Boff ha pretendido demostrar que ese principio unificador y fundante de la mariología es el carácter femenino de María: ella es la mujer por excelencia, la persona donde viene a desplegarse y realizarse en plenitud lo femenino, como misterio de Dios (ligado al Espíritu Santo) y realidad que es plenamente humana.

Con todas las precauciones que un tema así requiere, yo me atrevo a presentar este principio fundamental de la mariología: la Virgen es modelo y principio de realización personal en plano humano. Ciertamente María es la mujer creyente, madre de Dios, socia de Cristo y tipo de la iglesia. Pero ella es ante todo y radicalmente creatura plena y como tal persona humana. Por eso quiero definirla como la primera persona de la humanidad. Y diciendo esto reasumo todos los aspectos anteriores: es persona siendo mujer y creyente, como socia de Jesús, madre de Dios, imagen de la iglesia; es persona como creatura, la primera creatura de carácter personal que brota sobre el mundo (y se realiza libremente) en relación con Cristo.

Esto nos conduce al centro del misterio cristiano, allí donde encontramos a Jesús, el Hijo de Dios sobre la tierra. Ciertamente, Jesucristo es hombre en el sentido radical de la palabra o, mejor dicho, es el hombre. No es que hubiera humanidad ya terminada y luego, en un momento posterior, viniera el Cristo a realizarse como humano. Ciertamente había ya seres humanos: creados por Dios en libertad, capaces de buscar y realizarse en un camino abierto hacia el misterio de la propia trascendencia en la que el mismo Dios se va manifestando dentro de la historia. Pero no existía humanidad perfecta, no se había desvelado el hombre verdadero que será Jesús, el Cristo.

Como podrá observarse superamos una perspectiva esencialista donde el hombre viene a interpretarse desde fuera de la historia, en plano intemporal, como si fuera suficiente ser cuerpo y alma para definirse como un hombre verdadero. Cuerpo y alma, animalidad y pensamiento resultan esenciales, pero son insuficientes para darnos el hombre verdadero, que realiza hasta el final su esencia plena: aquel viviente que proviene de Dios en línea de generación humana, se realiza en libertad ante los otros y culmina su existencia abriéndose en amor y vida hacia Dios Padre. Superamos esa perspectiva esencialista para situarnos dentro de una línea histórico-mesiánica. Partiendo de ella, afirmaremos: 1) Jesús asume el camino de lo humano, encarnándose en la historia de realización de una humanidad que está buscándose a sí misma, buscando su sentido. 2) Culminando ese camino como Hijo de Dios, Jesús realiza la esperanza de lo humano y con eso se desvela como el hombre verdadero.

De esta forma, dentro de la definición de Calcedonia, que sigue siendo plenamente válida, introducimos la experiencia bíblica del camino de la humanidad: a) Jesús es hombre verdadero porque asume todo el camino de lo humano, en la linea de encarnación genealógica que ha destacado el evangelio (cf Mt 1,1-16, Lc 3,23-38). b) Pero Jesús no es sólo un hombre, es el hombre verdadero, de tal forma que todos los restantes sólo realizamos plenamente nuestra esencia humana por obra de su gracia, pues él nos introduce en su mismo camino filial de realización y encuentro con el Padre. Entre los hombres que reciben su plena humanidad desde Jesús y la realizan en linea de apertura al Padre, destacamos la figura de María. Partiendo de la biblia, ella aparece en la conciencia de la iglesia como la primera de todas las personas redimidas, es decir, de aquellas que realizan la esencia de lo humano y de esa forma culminan su camino en el misterio de Dios y de la vida humana. Pero entre María y Cristo descubrimos una clara diferencia que debemos presentar ya desde ahora y que luego explicitamos:

- Jesús es hombre verdadero en cuanto asume nuestra historia y ha venido a realizarse dentro de ella de manera total, comprometida. No es un Dios que planea desde arriba, ni un fantasma que recibe nuestras apariencias: es humano porque nace de los hombres y con ellos realiza la existencia hasta la muerte. Pero Jesucristo no es persona humana en el sentido radical que esa palabra ha recibido en la dogmática cristiana: no realiza entre los hombres un camino nuevo, diferente, sino el mismo camino personal, filial, del Hijo eterno de Dios en el misterio trinitario.

- María es también hombre (ser humano) verdadero por la gracia de Jesús que la introduce en su misterio de realización y plenitud mesiánica. Pero debemos añadir algo que es nuevo: María es ya persona humana, es la primera persona de la historia. Tiene hondura personal siendo creada, por hallarse en honda relación con Cristo. Como puede observarse, hemos llegado al mismo centro de la realidad, allí donde se viene a definir lo que es más propio de Dios y de los hombres. Pues bien, lo propio de Dios es ser persona o, más bien, encuentro de personas dentro de eso que llamamos el misterio trinitario. De manera aproximada podemos definir a la persona como el ser que es dueño de sí mismo dándose a los otros, recibiendo de ellos la existencia o compartiéndola con ellos. En linea trinitaria sólo existen tres maneras de ser (y realizarse) en forma de persona. Veamos brevemente:

- El Padre es persona porque siendo dueño de si mismo se regala, haciendo así que surja el Hijo, que procede de su misma entraña. Es persona al darse de manera que es lo que está dando y da lo que está siendo.

- El Hijo es persona recibiendo todo lo que tiene desde el Padre: lo recibe como propio y de esa forma tiene (o realiza) aquello que le dan y acoge aquello que realiza.

- El Espíritu Santo es persona compartiendo el ser del Padre y del Hijo, como el mismo amor común en que los dos se encuentran mutuamente vinculados. La persona ha de entenderse, según esto, en clave trinitaria, como misterio de realización donde se vinculan el dar y recibir, de tal manera que los nuevos seres puedan asumir la vida compartida, que es el Espíritu Santo. Pues bien, si formulamos el dogma de la iglesia en su totalidad, tenemos que afirmar: Dios no ha querido (¿no ha podido?) crear a las personas desde fuera, sin comprometerse en la historia de los hombres. Dios ha introducido su misterio personal en nuestra historia, a fin de que los hombres participen así de su camino y se realicen también como personas.

Estoy suponiendo de esta forma que, tomado por sí mismo, en su propia realidad vital-pensante, como esencia de este mundo, el hombre todavía no es persona en un sentido estrictamente dicho. El hombre en sí es naturaleza, como ser que se va haciendo en un proceso que le ajusta a los restantes seres de este cosmos. Cristianamente hablando, el hombre sólo puede ser persona en relación con el misterio trinitario, allí donde en un gesto de plena libertad y gracia plena viene a introducirse en el espacio del encuentro intradivino.

Ciertamente, la palabra persona se utiliza también en otras claves, con sentidos diferentes, dentro de la misma teología. No rechazo esos sentidos, pero pienso que deben enraizarse en el sentido principal, de tipo trinitario. Es aquí donde ahora quiero situar nuestro lenguaje, utilizando la palabra persona de manera estricta: el hombre sólo llega a ser persona si es que está relacionado con un Dios personal que le permite realizarse de manera plena, definitiva, en un nivel de llamada y de respuesta, de libertad y entrega confiada.

Podemos formularlo en otra clave: sólo si Dios se manifiesta de manera personal, los hombres pueden realizarse y vivir como personas. Estrictamente hablando, la persona pertenece al plano de la manifestación trinitaria de Dios y no a la esencia general o natural del hombre. Por eso, definimos al hombre como el ser que, por gracia de Dios, puede realizarse en plenitud como persona. Y definimos a Dios como aquel que siendo personal en sí puede hacer que surjan en su entorno seres personales, capaces de realizarse en libertad, culminando su existencia.

Todo eso nos obliga a plantear mejor el tema de la revelación de Dios como principio del proceso de personalización en lo creado. Resumiendo un argumento que quizá debiera precisarse, podemos afirmar: para que surjan seres personales no basta con que Dios suscite un mundo hacia lo externo; debe introducirse dentro de ese mundo, abriendo su camino personal para los hombres. En otras palabras: para crear en la historia seres personales Dios tiene que encarnarse o, mejor dicho, tiene que encarnar, actualizar o realizar su camino personal dentro de esa historia. Evidentemente, todo lo que ahora estamos afirmando pertenece al campo del misterio. No lo sabemos por teoría, no lo formulamos en un plano de verdades generales. Lo afirmamos solamente porque recibimos la revelación y hemos querido explicitar su contenido. Pero no nos detengamos más sobre este tema. Aceptemos ya en concreto el hecho de la encarnación, la Trinidad económica, y veamos el sentido personal y personalizante de cada una de las personas trinitarias:

- El Padre no se puede encarnar como tal en nuestra historia. Pienso que no hay hombre que se pueda realizar como expresión total de su misterio, como ser que da la vida desde el fondo de sí mismo. Por eso el Padre permanece siempre en una altura que resulta inalcanzable para nosotros: tenemos que venerarle como fuente originaria y trascendente de la vida. Dicho esto, podemos añadir: María viene a presentarse sobre el mundo como signo (no como encarnación) del Padre cuando engendra sobre el mundo a Jesucristo el Hijo.

- El Hijo se ha encarnado de hecho en Jesucristo. De ese modo manifiesta en forma humana, dentro de la historia, el misterio de la filiación: recibe el ser y vida (ousia) de Dios Padre y lo sigue recibiendo en el camino de su misma vida humana. Antes decíamos que el hombre nunca puede reflejar del todo al Padre. Ahora añadimos: hombre es aquel ser en donde el mismo Hijo de Dios puede encarnarse hasta el final, para realizar dentro del tiempo su camino de filiación eterna. De esa forma, al encarnarse, Jesús es la misma persona del Hijo de Dios en nuestra historia: expresa humanamente, en fidelidad a Dios y amor fraterno-redentor, su misma plenitud eterna, el ser de su persona trinitaria. Todos los demás hombres, empezando por María, sólo nos podemos realizar como personas cuando nos unimos a Jesús, asumiendo su camino de encuentro con el Padre.

- El Espíritu Santo no se puede encarnar en un sentido individual. Más que un individuo, en el sentido que nosotros conocemos sobre el mundo, el Espíritu es unión de amor que liga a las personas, vinculando de esa forma al Padre con el Hijo. Por eso no se encarna, no explicita su ser en un camino individual; pero se expresa y viene a hacerse presente en el conjunto de la historia de los hombres, como luego mostraremos. Volvamos hacia el tema. Hemos definido al hombre como ser que se halla abierto hacia el misterio personal: no puede ser persona por sí mismo, pero puede serlo en ámbito de gracia, como don del Dios que se revela y le introduce (le realiza) en su misterio. Jesús, en cambio, es persona por sí mismo, es decir por su propia realidad de Hijo de Dios, en un nivel eterno. Es persona en cuanto vive abierto al Padre, en comunión de amor, en el Espíritu. Pues bien, la novedad cristiana puede formularse de esta forma: Jesús ha desplegado su misterio personal de Hijo de Dios en nuestra misma realidad, en nuestra historia humana, capacitándonos así para vivir como personas.

En términos estrictos, esto significa que Jesús es creador: nos capacita para ser personas. No es creador en un nivel de ley, de realidad cósmica o externa, sino en plano más profundo, de persona. Esto es posible porque, como ya hemos señalado, la persona no es lo separado, en ámbito de esencia: ella es más bien la relación, un modo más profundo de ser, en referencia a Dios y hacia los otros, de manera que por ella culminamos ya nuestro camino y somos lo que Dios había querido de nosotros al principio. Pues bien, en este aspecto, conforme a todo lo que estamos indicando, debemos precisar que la primera persona estrictamente humana de la historia es la madre de Jesús, María. Ciertamente, ella es humana; es cuerpo y alma, animalidad y pensamiento, conforme a la manera ya tradicional de entender esa palabra. Pero hay más: ella se viene a realizar por gracia de Dios como persona en el sentido radical de la palabra: se hace dueña de sí misma y planifica su existencia en un camino de apertura a lo divino. Recordemos que Jesús es vida humana, un individuo de la historia, pero no es persona humana, sino el mismo Hijo de Dios que se realiza como historia introduciendo su misterio filial, misterio eterno, en el camino temporal de nuestra tierra. María, en cambio, es persona en plano humano, como creatura que se vuelve responsable de sí misma y puede desplegar su realidad y culminar de esa manera su camino temporal dentro del camino eterno, trinitario. La persona pertenece, según esto, al plano de realización escatológica del hombre. Dios ha hecho a los hombres para ser personas, es decir, para encontrar su plenitud y realizarse, como creaturas, en ámbito divino. En este aspecto se podrían distinguir dos tipos de caminos. Condenados serían aquellos que se pierden, no llegando a culminar en Dios la realidad de su persona. Salvados en cambio, son aquellos que despliegan hasta el fin su realidad y se mantienen para siempre en relación con lo divino, llegando a ser personas en sentido pleno y verdadero.

La grandeza de María consiste precisamente en esto: por gracia de Dios ella consigue ser persona, desplegando sus posibilidades humanas más profundas, en nivel de libertad en apertura hacia el misterio trinitario, en nuevo encuentro con los hombres, sus hermanos. El misterio se formula, por tanto, como sigue: no es que exista un Dios que es Trinidad o Cuaternidad sin más, como pueden suponer C.G. Jung o ciertos mitos; es que ese Dios, sin dejar su trascendencia, se realiza (expresa todo su amor personal) dentro de la historia en Jesucristo, el misterio está en que Dios ha introducido en su camino a los hombres de la historia, haciéndoles capaces de decir una palabra que resulta ya definitiva y realizarse para siempre, como humanos, seres personales, dentro del espacio de encuentro trinitario. Pues bien, al interior de ese misterio, como primera persona de la historia, por su relación con Cristo Hijo de Dios, encontramos a María.

2. JESÚS, EL VARÓN. MARÍA, LA MUJER. Planteamos de otra forma el tema. Jesús, Hijo de Dios, es un varón. María, la primera persona de los hombres se realiza, sin embargo, en forma de mujer. ¿Por qué? No podemos definirlo estrictamente, ni podemos llegar hasta el final en las razones y argumentos, pues estamos ante un dato original y creador, de aquellos que desbordan todos los antiguos supuestos racionales. Sin embargo, de una forma indicativa, podemos exponer nuestro argumento.

Cristo es varón y así debía serlo en el contexto en que se mueve. Difícilmente hubiera realizado su tarea mesiánica de liberación y de promesa si es que fuera una mujer en aquel tiempo. Sin embargo, en su verdad más honda, Cristo no ha venido a definirse ya como varón, sino como aquel hombre que ha entregado su vida por los hombres, en gesto de total generosidad y donación perfecta. Por eso, en la línea de Gál 3,28 debemos afirmar que el mesías verdadero ya no se define por ser varón o mujer, sino porque ha ofrecido a todos los humanos la verdad fundante de su misma filiación divina. Estrictamente hablando, ese Cristo, Hijo de Dios, podía haberse realizado sobre el mundo en forma femenina. María es mujer y así debía serlo como madre del Cristo, Hijo de Dios. En ese aspecto, ella debe ser mujer, puesto que engendra sobre el mundo al mismo Hijo divino. Sin embargo, en la línea de nuestra exposición anterior, y a la luz del Cristo que supera todas las antiguas diferencias, debemos afirmar que en lo más hondo de su vida María no ha venido a definirse ya como mujer frente a varones, sino como persona en el camino de su propia realización, en apertura de palabra-amor ante el misterio.

Ciertamente, María es mujer y debe serlo como Madre del Cristo de los hombres, o mejor, del Hombre mesiánico, pero su feminidad resulta muy especial y la debemos precisar con gran cuidado. Resaltamos para ello tres matices que son, a nuestro juicio, significativos.

a) En primer lugar, María es mujer pero se define como Virgen. No es la esposa de un varón, no es el complemento femenino de un marido, al menos en el plano más profundo de su vida. Ella es Virgen porque la palabra de Dios y la presencia de su Espíritu le han capacitado para mantenerse en pie, como persona autónoma, distinta, creadora. En este nivel de virginidad, siendo mujer, María se define radicalmente como persona: acepta la palabra de Dios y le responde con la propia palabra de su vida (cf Lc 1,26-38).

b) En segundo lugar, María es madre-paternal, como se supone en todo lo indicado: es madre desde un Dios que es trascendente y de esa forma asume dentro de su vida los dos rasgos del padre y de la madre. En ese plano de profundidad radical, como primera persona de la historia que dialoga desde el mundo con Dios Padre, María ya no necesita del varón para engendrar. Lleva dentro de sí misma el gran misterio de la Vida, que es palabra de Dios, y así la ha explicitado al convertirse en madre del mesías.

c) En tercer lugar, María es madre para hacerse hermana, como muestra de una forma privilegiada todo el NT. Ella comienza siendo madre: es signo de Israel, del pueblo que camina, abierto hacia el futuro nacimiento de la vida, es signo de la antigua humanidad que está esperando a su mesías. Por eso debe realizarse en forma de mujer y madre: sólo así ha podido compendiar todo el camino de los hombres, siendo la mujer-humanidad, el culmen y compendio de la historia. Quiero precisar bien esto: sólo en figura de mujer y madre María se presenta (puede presentarse) como expresión universal del ser humano. Pero éste es sólo un primer plano del misterio: una vez que ha realizado su función de AT, una vez que ha engendrado a Jesús, María puede presentarse ya como creyente, entre el grupo de creyentes de la iglesia. Ahora es simplemente hermana de la nueva comunión de los salvados por el Cristo, como muestran de manera muy precisa aquellos textos que a veces se han llamado antimarianos del NT: Mc 3,31-35; Lc 11,27-28; He 1,14-15. María viene a desvelarse como la primera persona de la historia allí donde se cumple ya la etapa vieja, allí donde san Pablo nos hablaba de la "plenitud del tiempo" (Gál 4,4). Ella pertenece, por un lado, al mundo antiguo: es la doncella de Sión que sigue caminando en la esperanza y que concibe a través de la palabra. En ese aspecto debe actuar como mujer, es la mujer definitiva de la historia. Por otro lado pertenece, sin embargo, al mundo nuevo que ha surgido del mensaje y la presencia de Jesús resucitado. En esa perspectiva ya no puede definirse más como mujer (aunque evidentemente sigue siendo mujer sobre la tierra): se define en su sentido radical como persona a través de la palabra de su encuentro con Dios (cf Lc 1,26-38), y de su misma inserción dentro de la iglesia (cf He 1,14-15).

PERSONA/TRES-NOTAS: Por todo lo anterior ya queda claro que nosotros definimos a María en su clave más profunda como persona: es creatura que se eleva respetuosa frente a Dios y que le escucha y le responde a través de su palabra, realizándose a sí misma para siempre. Es creatura que se abre en solidaridad y amor a sus hermanos, ofreciéndoles el don de su existencia, que es la vida de Jesús, el Cristo. Tres son, a mi entender, las notas que definen sobre el mundo a la persona. Las tres se cumplen de manera primordial, perfecta, en la figura de María:

- María es persona como dueña de sí misma, es decir, como responsable de su propia realización y su existencia. Así lo muestra de manera radical el texto de la anunciación de Lucas (I,26-38). Dios mismo le pide permiso, Dios mismo dialoga con ella. María responde diciendo guenoito, en palabra que expresa su vida. Con eso se eleva ante Dios y le dice "que se haga" (fiat, hágase). Sólo como dueña de su propia palabra y de su vida María es persona y puede presentarse luego como modelo de interioridad, de fe o vida creyente.

- María es persona dialogante, en relación con Dios. Ya hemos dicho que persona es el que sabe dialogar con el misterio: acoge la palabra de Dios Padre y le responde, en un encuentro de amor definitivo, que nunca se termina (porque Dios Padre es eterno). Pues bien, María es la persona radical de nuestra historia: en ella ha culminado y se ha cumplido el diálogo que había comenzado por Abrahán y los profetas. Ahora un hombre, una persona humana, ha dicho a Dios que sí de forma plena, y de esa forma restablece el diálogo mesiánico por siempre: engendra al Hijo Jesucristo. Sólo en esta línea de diálogo personal, María viene a presentarse como expresión de la paternidad de Dios sobre la tierra y se convierte en madre del mismo Hijo de Dios, de Jesucristo. De esta forma se resumen, en nuestra perspectiva, las visiones ya indicadas del principio mariológico fundamental (maternidad divina, asociación redentora con Jesús).

- María es persona en cuanto vive en relación abierta hacia los hombres, como ya hemos indicado previamente. Ella es por un lado la mujer, hija de Sión, que ha compendiado en su persona los caminos de esperanza de la historia; por eso, al dialogar con Dios y responderle, ella responde en nombre y para bien de todos los humanos. Pero hay más: haciendo todo el camino de Jesús, María misma ha culminado en el misterio de la iglesia, como hermana entre los hermanos (cf He 1,14-15), como madre que ahora forma parte de la casa del discípulo que Jesús amaba (Jn 19,25-27). Ella se viene a definir, de esa manera, como hermana entre todos los hermanos, como amiga radical en el gran círculo de amigos que forman la comunidad fundante de Jesús. Por todo eso es persona, la primera persona de la nueva humanidad de los salvados. En esta perspectiva ha de entenderse, a mi sentir, la tesis de aquellos que presentan como principio mariológico fundamental la visión de María como imagen o icono de la iglesia. Podemos concluir. Por todo lo anterior pensamos que María se define antes que nada como la primera persona realizada en un nivel humano: es hermana entre los hermanos, amiga entre los nuevos amigos de Jesús. Ella ha recorrido, por la gracia de Dios, ese gran camino que nos lleva desde el viejo tiempo de la espera (la maternidad de Israel) al nuevo tiempo de la plenitud mesiánica en que Cristo ha vinculado en su gran cuerpo a todos los humanos (Gál 3,28). En ese cuerpo de liberación y plenitud está María.

XAVIER PIKAZA
DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 1590-1602