MARÍA Y EL SACERDOCIO DE CRISTO

Mercedes Navarro

 

1. Planteamiento del tema: actualidad, raigambre bíblica y hermenéutica La profundización en la realidad de María y su situación en la historia de la salvación, hace necesario el evitar pasar por alto cualquier tema que tenga que ver con ella. Las claves de la mariología actual o sea la clave trinitaria, la eclesial y la antropológica, implícitamente piden que se le dedique al menos un comienzo de estudio serio y de profundización en temas poco elaborados, apenas vistos desde la misma mariología, máxime cuando algunos puntos de estos temas rozan aspectos fronterizos. Creo que algo de esto puede ocurrir con el tema del sacerdocio en relación con María. Señalamos algunos puntos que pueden entrañar una cierta dificultad:

* La inevitable alusión al tema de la mediación, que toca puntos de fricción a nivel ecuménico cuando se refiere a María. Ya de entrada afirmamos, con la carta a los Hebreos, que el único sacerdote y mediador definitivo ante el Padre es Cristo. Cualquier otra mediación es participativa. A este respecto, decimos también que María participa como nadie en la mediación de Cristo.

* El segundo punto que puede resultar conflictivo es la relación existente, tras un largo desarrollo histórico, entre clericalismo y sacerdocio. Como veremos, el sacerdocio de Cristo no era clerical en el sentido que le damos en relación con la institución sacerdotal. Jesús fue un laico, lo sacerdotal pertenece a su realidad existencial y se sitúa en el nivel de la teología, como lo muestra la carta a los Hebreos.

* El tercer punto tiene que ver con el anterior por asociación temática; nos referimos a la identidad sacerdotal ministerial hoy, cuando se intenta clarificar cada vez mejor el rol de los laicos en la iglesia. Y del mismo modo, por asociación, está presente el tema del acceso de la mujer a los ministerios ordenados.

No obstante estos puntos de contacto con el tema, aunque sea de modo tangencial, y teniéndolos de fondo de alguna manera, el presente estudio intenta centrarse en la figura de María, deteniéndose de manera especial en el estudio de los datos del NT. Por tanto, el planteamiento irá desde lo que llamo una raigambre bíblica. Entiendo que sólo se puede iluminar en serio la figura de María si cuanto decimos de ella resulta de un estudio y una profundización en los datos que nos ofrecen los textos de la Escritura, y de forma especial los del NT. A propósito de esto deseo resaltar que los evangelios son ricos en datos, no cuantitativamente, sino estructural y cualitativamente. Con frecuencia hemos confundido lo cuantitativo con la mayor o menor relevancia; a menor cuantificación, menor importancia. Como hay pocos datos acerca de María, explícitamente, su figura tiene algo de marginal. Y no es así. Los datos, como algunos autores han puesto de relieve en sus estudios, ofrecen importantes resultados que hoy, con los instrumentos de análisis que poseemos, son auténticas posibilidades para la comprensión más profunda de su significado.

Sin embargo, no basta el análisis; es importante también la hermenéutica. En este punto hay una confluencia de factores que dificulta hablar de ello. La figura de María, como la de Jesús, aunque se sitúe a otro nivel, es un dato de la fe cristiana, así lo recitamos en el credo. Y así, pertenece a hombres y mujeres; no obstante, hay una hermenéutica de veinte siglos que ha sido realizada exclusivamente por varones. Esto tiene su importancia. Lógicamente, por muy bienintencionada que haya sido y sea, es una hermenéutica sesgada, puesto que procede de la mitad de la humanidad, hablando desde un punto de vista representativo. La otra mitad no ha interpretado; sólo ha seguido, sumisamente en la mayoría de los casos, esta hermenéutica androcéntrica. Y de este sesgo no se libra ni siquiera el s. I de nuestra era, en que se comenzó la cristalización de la canonización de los libros sagrados. Cuando los autores varones escribieron, precisamente porque eran verdaderos autores, no se libraron del androcentrismo; y nada le quita al carácter inspirado de los escritos el tener en cuenta estos datos, al igual que es preciso contar con la mediación lingüística, de estilo, de cultura, etc.

Contando con estos presupuestos, llegamos a las claves de interpretación del presente estudio. Aunque necesariamente cuenta con un carácter interdisciplinar, el acento recae sobre los datos que suministran los textos, desde un punto de vista histórico, pero sobre todo de teología bíblica en que, a partir de un cierto análisis de esos datos, se puede intentar un esbozo de sistematización. En un primer momento estudiamos los datos históricos desde tres puntos de vista: el sociológico, el genealógico o dinástico y el evangélico. En una segunda parte abordamos las categorías que la carta a los Hebreos utiliza para mostrar el carácter sacerdotal de la redención de Jesús aplicándole el titulo de Sumo Sacerdote, a fin de que podamos ver si los datos de los evangelios dan pie para aplicar estas mismas categorías a María y ver así su forma de participación en este carácter sacerdotal de Cristo. Y, con ellas de fondo, veremos las categorías del cuarto evangelio por las conexiones esenciales que tiene con algunas de Hebreos. En la propuesta sistemática, a modo de esbozo veremos de qué forma se cumplen en María las Escrituras, a qué niveles se realiza la participación de María en el sacerdocio de Cristo, para terminar con una síntesis conclusiva.

II. Los datos bíblicos

En esta parte comenzaremos por dar un breve repaso a los datos históricos que ofrece el trasfondo de los textos evangélicos acerca de la laicidad de Jesús y de María, para pasar, en un segundo y tercer paso, a estudiar, respectivamente, las categorías de la carta a los Hebreos y del cuarto evangelio.

1. DATOS HISTÓRICOS

LAICIDAD DE MARÍA Conviene no dar nada por supuesto. Estamos tentados a decir sin más que María era una laica; pero aunque esto es verdad, habrá que conocer en qué nos basamos para afirmarlo. A la pregunta acerca de por qué es laica María podemos responder desde tres perspectivas: una apunta al sentido sociológico, otra tiene que ver más con datos de tipo histórico-dinástico y, por último, otra alude al sentido evangélico, entendiendo por evangélico una acepción cuyo contenido pasa por la óptica nueva de la realidad que supone el seguimiento y el mensaje de Jesús.

a) Sentido sociológico. Decir que María era una laica equivale a decir, simple y llanamente, que era una mujer israelita; acentuando ambas realidades: mujer y mujer semita del comienzo del s. I de nuestra era. Por eso conviene que nos detengamos un momento a ver qué quiere decir esto.

MUJER-ISRAELITA: En general, la mujer de oriente en tiempos de Jesús no participaba de la vida pública, que estaba reservada a los varones. Las costumbres en cuanto a vestidos, relaciones, etc. indican que lo importante en una mujer oriental es que no se haga notar, que pase desapercibida en público. Así era en el Israel contemporáneo a Jesús. A la mujer le correspondía el ámbito de lo privado y lo doméstico fundamentalmente, aun cuando en los sitios lejanos a la ciudad, típicamente rurales, la mujer tenía que ayudar al marido en su trabajo por razones de tipo económico, y eso le permitía un margen de apertura un tanto mayor; pero siempre como puro subsidio y conservando la norma general de no aparecer en público. Incluso en lo relativo a los hijos la mujer madre sólo podía educarlos hasta los cinco años, edad en que el padre tomaba las riendas de dicha educación.

Las mujeres israelitas no eran independientes. Vivían como menores y así lo reflejaba la legislación. Primero estaban bajo la custodia del padre, de ella pasaban a la custodia del marido y, en defecto de éste, quedaban a merced del cuidado de otros parientes varones. Iba de varón en varón: padre-hermanos-parientes, esposo-hijos. El distintivo de una mujer virtuosa era, según esto, su grado de obediencia a la legítima autoridad bajo la que se encontrara. Esto es muy importante a la hora de entender a María como una mujer que no aparece especialmente ligada, en los sentidos mencionados, a ningún varón, las relaciones que establece con su hijo son de otro tipo; ella aparece ante todo como una mujer libre que en libertad, se adhiere a su hijo y a su causa.

En lo tocante a la situación religiosa —la que más nos interesa—, hemos de recordar que bajo ningún aspecto era o podía pretender ser igual al hombre ante la torah. La mujer estaba sometida a todas las prohibiciones de la ley y a todo su rigor, pero no estaba sometida a todos sus preceptos; por lo que se advierte que no se la consideraba capaz de adquirir la responsabilidad que requerían los preceptos. Ella no estaba obligada a estudiar la torah, no iba a las escuelas; aunque podía asistir a determinados servicios litúrgicos, no podía ir a las lecciones de los escribas. Tenía las catequesis domésticas, la tradición oral y los comentarios que podía escuchar a los varones de su casa o de su pueblo, es decir, que aunque no podía formarse en sentido estricto, tampoco tenia por qué ser una ignorante; podía aprovechar los escasos medios a su alcance, contando con que Israel vivía, como pueblo, marcado por lo religioso.

Los derechos de las mujeres eran muy restringidos a todos los niveles pero de forma especial en lo que se refiere al ámbito religioso. En el templo, de cara a la concepción de lo sacro que requería niveles de separación con lo profano, las mujeres tenían su propio atrio en el templo y debían someterse a ritos especiales de purificación. Estos ritos tenían mucho que ver con las funciones sexuales y reproductoras, tales como la menstruación, el parto, el posparto... Ellas no podían siquiera acceder al atrio de los gentiles. Su lugar era siempre un lugar separado, más cerca de lo profano que de lo sacro. Con respecto a sus intervenciones eran sujetos pasivos; lo propio de cada mujer era escuchar, no intervenir. Por eso, llamará especialmente la atención los niveles de participación de María que aparecen en los evangelios, de forma especial en el de Lucas y el de Juan. Por todo esto, se entiende que lo sagrado encontraba su vía de ida y vuelta el el varón, no en la mujer. Su sexo, su cuerpo con las funciones consideradas impuras, la hacían indigna, manchada e inferior en esta realidad omnipresente en la vida israelita. Ella pertenecía a lo profano. Los recelos y tabúes, o restos de tabúes, si hablamos en sentido estricto por los peligros de contaminación que representaba la amenaza de los pueblos vecinos con respecto a la idolatría, la hacían aún más lejana a las realidades divinas. No en vano recordaba el pueblo la reacción del rey Josías (640-609 a.C.) contra la prostitución sagrada que se introdujo en Israel.

Teniendo en cuenta estos datos podemos comprender que una mujer israelita, por ser ambas cosas, de ninguna manera podía llegar a desempeñar ningún tipo de función sacerdotal, "donde se mezclaban, al menos teóricamente, las tareas de santificación personal y de liderazgo religiosa del pueblo". Desde este primer aspecto o punto de vista, María no podía ser otra cosa más que laica, y ni siquiera en igualdad de condiciones con el laico varón.

b) Sentido histórico-dinástico. Lo sacerdotal en Israel no era un status ni era un tipo de función que se pudiera adquirir. Venía de linaje. Era hereditario. En la genealogía de Mateo encontramos un nombre que tenía que ver con la dinastía sacerdotal: el de Sadoc, que formaría parte del linaje de María por cuanto la genealogía acaba en ella, y de ella y por ella llega a Jesús. Y en la genealogía de Lucas encontramos nombres levíticos tales como Elí, Matatías y Leví, que asimismo formarían parte de la ascendencia de María y de Jesús.

Según esto, las dos grandes familias sacerdotales de Israel, la de Aarón-Sadoc —que da lugar a la estirpe de los sumos sacerdotes y la aristocracia sacerdotal— y la de Levi —que daría lugar al bajo clero—, llegarían hasta María. Nos hacemos, por tanto, la pregunta: ¿era María de linaje sacerdotal? A pesar de los datos consignados no parece que podamos concluir una respuesta positiva. Parece más probable que las genealogías respondan a criterios teológicos y no tanto a históricas en el sentido en que nosotros entendemos la historia. Resulta más adecuado suponer que la intención se dirija a mostrar que Jesús, al menos en un sentido teológico, pertenecía al linaje de David que no a mostrar que pertenecía al sacerdotal; todo el contexto de ambos evangelios lo pone de relieve y por esa coherencia interna tenemos que afirmarlo.

Según consta en los evangelios, Jesús no suscitó interrogantes acerca de la posibilidad de que pudiera ser el sacerdote esperado en los últimos tiempos. Los evangelios nos narran cómo Jesús suscitó interrogantes acerca de su identidad; se preguntaron por ella tanto la gente sencilla que le escuchaba como los escribas y los fariseos, pero ninguno de estos interrogantes iba dirigido hacia la posibilidad de ser el esperado por la expectativa escatológica sacerdotal. Tampoco encontramos en el ministerio de Jesús nada que hiciera posible este interrogante; más bien parece que la pregunta por su identidad así como la dirección de la respuesta de Jesús, estaba en la linea del mesianismo davídico, a la par que se presentaba como un profeta y más que profeta. Jesús era un laico; por laico se tuvo y por laico lo tuvieron sus contemporáneos. Los datos indican que no había duda acerca de su laicidad y si no la había, es que su linaje tampoco daba opción a la pregunta. Por esto podemos decir que tampoco María pertenecía directamente a la descendencia sacerdotal. A pesar también del texto de Lucas en que se afirma su parentesco con Isabel, "descendiente de Aarón" (Lc 1,5), mujer de un sacerdote llamado Zacarías.

Habría, por tanto, dos condiciones para ser sacerdote: el ser varón y pertenecer directamente a la estirpe sacerdotal. Ninguna de las dos se cumplen en María, por lo que podemos afirmar su carácter de laica también en el sentido histórico-dinástico.

c) Sentido evangélico. Hemos descartado hasta ahora que María tuviera algo que ver con lo sacerdotal desde el punto de vista sociológico y desde el punto de vista dinástico. Pero todavía nos podemos preguntar si en el sentido evangélico esto también es cierto. De nuevo, los datos acerca de Jesús nos pueden iluminar. En Jesús no es pura coincidencia confluente de circunstancias, su laicidad. Ya hemos dicho que se presenta en la linea profética. Pero podemos decir más si miramos al sentido de su muerte: ¿acaso desde ella no es licito afirmar su carácter de sacrificio y, por tanto, su conexión con lo sacerdotal? Respecto a este tema hay varias cosas a tener en cuenta. Hablando en sentido estricto, no podemos decir que la muerte de Jesús tuviera carácter sacrificial, puesto que no poseía lo que esto requería según el sentido que para un israelita tenia lo sacrificial y expiatorio. Lo sacrificial se refería al conjunto de ritos que hacían posible el paso de lo profano a lo sacro y no a la muerte en sí misma ni al sufrimiento de las victimas. Jesús, desde esta forma de entender lo sacrificial no murió con los requisitos necesarios al respecto.

Por otra parte, excepto la carta a los Hebreos, ningún escrito del NT aplica a Jesús la palabra sacerdote. En los evangelios Jesús no siempre aparece de acuerdo con lo que la ley manda en relación con los sacerdotes; así lo muestran diferentes textos. Asimismo, relativiza el valor que su pueblo y la concepción religiosa del mismo daba a lo sagrado: primero es el hombre, por lo que la primacía la tiene una religiosidad más existencial que ritual. Si nos fijamos en los relatos de la pasión, los sacerdotes, el templo y mucho de lo que atañe a lo sagrado adquieren, con frecuencia, carácter negativo. La clase sacerdotal tiene mucho que ver con la condena y la ejecución de Jesús. El sentido evangélico que podemos atribuir a lo sacerdotal dista bastante de lo que los mismos contemporáneos de Jesús pudieran pensar. Desde esta perspectiva, Jesús se distancia y su mensaje también. Es un laico. ¿Qué puede decir esto acerca de María? Quizá al confrontar los datos podamos entender algo más.

En primer lugar, ella da un linaje a Jesús, cosa insólita en una mujer israelita. Es portadora de una descendencia al estilo de Abrahán. Es decir, desde el sentido evangélico María rompe la descendencia patri-lineal y ofrece a Jesús, desde Dios, un linaje de fe que pone en entredicho los criterios más hondos de la religiosidad de Israel. Como seguidora de Jesús, además, María participa de la realidad profética de su misión. En lo que se refiere a la muerte de Jesús, María toma parte de forma singular en el carácter de oblación que esa muerte tiene, pero sin referencia de ningún tipo a lo cruento, lo sacrificial, como veremos, tiene otro sentido.

Ciertamente que cuando leemos los dos primeros capítulos de Lucas advertimos que el autor coloca a María en un contexto sacral e incluso lo rodea de matices cultuales bien precisos. Sin embargo, hemos de añadir que todo lo sacral y cultual está no sólo relativizado sino transformado por el sentido nuevo que tiene desde Jesús. Podemos fijarnos en datos concretos. Llama la atención, cuando se lee el relato de la vocación-anunciación, que Dios —el ángel— hable directamente a María, que es una mujer y una laica. Tampoco le habla en un santuario, lugar de la presencia de Dios, sino en la insignificante ciudad de Nazaret, de forma que en ella se rompe de nuevo el esquema judío según el cual el culto sacerdotal tenía la exclusiva de las relaciones humano-divinas. Ésta es la primera ruptura de las divisiones que reflejaba la misma estructura del templo de Jerusalén. María no está en el atrio de las mujeres. Dios viene a ella en su medio, en su realidad.

Cada vez que aparece en el templo se produce una innovación. En el rito de purificación, que era signo de marginalidad, ella es protagonista; un sacerdote le dirige la palabra y es objeto de profecía. En el rito de iniciación de su hijo al cumplir los doce años, María aparece con autoridad ante él, de forma que ambos llegan a confrontar mutuamente cada tipo de autoridad; María se sitúa a un nivel y Jesús a otro. Según la situación socio-histórica de la mujer, esto no resulta lo más normal; parece que tendría que ser José quien detentara la autoridad sobre el hijo, y sin embargo es ella, María, la que le sale al paso y dialoga con él. El culto, por otra parte, viene expresado en dos paralelos de los sinópticos, en la linea de la escucha de la palabra de Dios y su cumplimiento, y esto es lo que da a María su identidad y su puesto.

De cuanto brevemente hemos ido señalando podemos concluir que María es laica no sólo en cuanto que así lo exigía su situación de mujer israelita perteneciente al linaje sacerdotal, sino en el sentido más profundo de la realidad evangélica inaugurada en Jesús y expresada en su mensaje. No obstante, volvemos a subrayar que tanto Lucas como el cuarto evangelio la sitúan, junto a Jesús, de una forma única y singular, de una forma koinónica.

2. LAS CATEGORÍAS DE LA CARTA A LOS HEBREOS. Lo primero que nos preguntamos es por qué razón Hebreos es el único documento que habla de Cristo en categorías sacerdotales. Como aproximación a una respuesta, podemos decir que las categorías que utiliza esta carta no son deducibles de las categorías imperantes en tiempos de Jesús. Y, como hemos visto, aunque sea de forma tan breve, tampoco son deducibles de la realidad del Jesús histórlco.

J/SACERDOTE: Las categorías de Hebreos responden a criterios nuevos con que Jesús plantea y vive las relaciones Dios-hombre. Jesús, en el sentido expuesto, es un laico. Él es la humanidad nueva en quien se cumplen las Escrituras en su totalidad; es decir, aquel en quien culmina el plan-proyecto de Dios, el que lo lleva a plenitud, el que instaura la alianza definitiva. Es el autor de Hebreos, su teología quien le asigna el sacerdocio teológico, el que hace una reflexión teológica sobre el significado del sacerdocio, que abarca lo que es y la misión a que está destinado. Hebreos supone, por tanto, una madurez reflexiva, pero también la respuesta a una cuestión de una comunidad en unos momentos históricos concretos. Esa teología es revelación. Su contenido ya estaba germinalmente en otros escritos del NT. Lo que hace Hebreos es desarrollarla.

Esta teología del sacerdocio de Cristo no tiene nada que ver con las categorías judías acerca del sacerdocio y el culto, en sentido estricto. Hebreos rompe esquemas de la vieja alianza y llena de contenidos nuevos lo que el judaísmo entendía y vivía. Este documento tardío del NT supone continuidad y ruptura con el AT. Por eso era respuesta a una cuestión. Se propone mostrar cómo en Jesús se cumplen todas las Escrituras y de esa forma salir al paso a la pregunta de judíos cristianos acerca de la voluntad de Dios con respecto al sacerdocio del AT. Si era una institución divina, ¿cómo no tenía nada que ver con Jesús, el mesías? Hebreos responde, pero no sólo a esta cuestión, sino también a la expectativa escatológica en dimensión sacerdotal, y responde con la afirmación de que Cristo es el Único Sumo Sacerdote de la nueva alianza, ofreciendo, además, una concepción existencial del sacerdocio y del culto de la nueva alianza. La novedad está en la forma de atribución de unas categorías que ya estaban en otros escritos del NT de forma implícita, no desarrollada y bajo otra óptica. Así encontramos esbozos del sentido del sacrificio, como categorías de víctima y altar en la soteriología paulina, por citar algún ejemplo concreto.

Pasemos a ver brevemente cuáles son las categorías fundamentales de Hebreos en el tema que nos ocupa. La categoría que está al fondo y a lo largo de todo el documento es la de mediación, con términos sacrificiales, litúrgicos, etc., de forma que "para la carta a los Hebreos toda la obra redentora de Cristo es una mediación sacerdotal". Esta mediación comprende las tres fases de la obra redentora: comienza en su existencia terrena5, culmina en la cruz y permanece para siempre en su existencia gloriosa. En cada una de estas fases se realiza la solidaridad de Cristo con los hombres como participación en la humanidad pecadora —encarnación—, en el dolor mismo de esa humanidad por la que da la vida —muerte— y en cuanto que es constituido por Dios cabeza, en su glorificación, de dicha humanidad —resurrección—.

SCD/CONDICIONES-Hb: Hebreos propone dos características, que son condiciones requeridas para poder llegar a ser sacerdote. La primera es la condición de fidelidad y la segunda la compasión, Cristo debía asemejarse en todo a nosotros, excepto en el pecado; para asemejarse a sus hermanos tenía que ser compasivo y fiel. De esta forma, Hebreos rompe la categoría de separación, vigente en el judaísmo, para sustituirla por la categoría de asimilación. Él es, ante todo, solidario. Es constituido sacerdote cuando ha consumado esa asimilación, es decir cuando ha sufrido y ha muerto por sus hermanos. La encarnación, por tanto, es una llamada a ser —guénetai— que debe pasar por estas realidades para realizarse; la encarnación viene a ser, así, una verdadera vocación. Las notas que caracterizan lo humano, el ser hombre, son el dolor, la tentación, el sufrimiento y la muerte. Cristo se asimila a sus hermanos pasando por todo lo que supone la verdadera humanidad.

Podemos detenernos un poco mejor en esas condiciones-cualidades que propone Hebreos para llegar a ser sacerdote:

* Fiel (pistón). Según el significado que adquiere este término en el NT y teniendo en cuenta el contexto en que se sitúa, la cualidad de la fidelidad aplicada a Cristo viene a decir que él es verdaderamente creíble, digno de fe en referencia a Dios. Y por otra parte, significa una adhesión personal y plena a Dios y a sus planes, una entrega incondicionada a su voluntad. En Cristo se realiza la unión entre la trascendencia y la inmanencia, y la síntesis la realiza el amor en cuanto a asimilación de la condición humana. Esto, a su vez lleva consigo la consciencia de la debilidad que caracteriza la humanidad. Cristo adquiere esa consciencia a través de su propia debilidad. De esta forma se hace creíble a Dios y a los hombres sus hermanos; y de esta forma, asimismo, se entrega del todo a Dios y del todo a sus hermanos.

* Compasivo (eleemon). Por la misma fidelidad Cristo es misericordioso y compasivo. Es de notar que Hebreos utiliza una palabra similar a la que utiliza Mateo en las bienaventuranzas (eleemones). Se trata de la compasión fraterna fundada en la experiencia de las mismas dificultades humanas, o sea, de una compasión horizontal y solidaria y no de un paternalismo vertical.

En el c. 5 Hebreos define lo que es el sacerdocio refiriéndose a Cristo y para ello repasa datos de la vida de Jesús ofreciendo una interpretación de los mismos en estas claves. Jesús en su vida, atraviesa una situación de angustia y de agonía, en Getsemaní y en su pasión; entonces ora al Padre, y esa oración se convierte en ofrenda. Es una oración que Dios escucha, y es escuchada por su actividad reverente y sumisa a Dios. En esa oración se actúa una conjunción de voluntades para el cumplimiento perfecto del proyecto divino: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". Cristo deja a Dios la elección del modo concreto que tome ese cumplimiento. Según todo esto, para el autor de Hebreos la ofrenda y la acogida entendida como escucha son los dos componentes del sacrificio. La oración, desde esta óptica, es condición decisiva para el sacerdocio. Jesús ha llegado a la perfección (teleiotheis) a causa de su obediencia: sufriendo aprendió a obedecer. La actitud reverencial y filial al Padre y el amor fraterno son factores de transformación, y a esta transformación alude el término con que se designa el cumplimiento perfecto (teleiotheis); pero no sólo: también significa consagración, por lo que el texto sugiere que Jesús, habiendo sido consagrado, fue proclamado por Dios Sumo Sacerdote haciendo referencia a los ritos sacerdotales judíos de los que se esperaba una transformación. Pero con una diferencia esencial: en el judaísmo esos ritos llevaban a una transformación externa, mientras que la transformación que se opera en Cristo es existencial.

Todo esto convierte a Cristo en el único Sacerdote y Mediador que, por su encarnación, se asimila totalmente a sus hermanos, que reúne las cualidades de compasivo y fiel, cuya oración, obediencia dolorosa, es acogida por la voluntad de Dios, auténtica filiación, que hace de su vida y de sí mismo un sacrificio no exterior, sino personal como obra del Espíritu Santo. Y de este modo ha llegado a la perfección por el Padre que le consagra acogiendo su pasión y glorificándole de modo que, por su propia transformación, puede transformar a sus hermanos. Después de esta breve introducción sobre las categorías fundamentales de Hebreos acerca del sacerdocio de Cristo, volvemos a nuestro tema. En relación a María, como aquella que participa como nadie de la obra redentora de Cristo, podemos intentar una aproximación a la participación en la realidad de mediación sacerdotal de Cristo, tomando estas categorías de Hebreos.

Pero todavía antes de meternos de lleno en ello nos podemos preguntar si este intento es nuevo. No es nuevo del todo. Ya en la historia de la iglesia encontramos intentos de relación entre María y el sacerdocio de Cristo. En la patrística encontramos que el Pseudo-Epifanio la llama "sacerdote y también altar", puesto que nos ha dado a Cristo, "pan celeste para la remisión de los pecados". Más tarde, en el s. XVII, la escuela francesa, por influjo del jesuita Quirino de Salazar y de Hipólito Marraci, dice que María es sacerdote no según la ley, sino según el Espíritu. Después, el tema ha derivado a las relaciones entre María y los sacerdotes, en cuanto ejercicio ministerial, evitando implicaciones teológicas que podían llevar a problemas planteados desde la reforma puesto que en ellos es inevitable la alusión a la mediación de María, a la corredención y temas colindantes. Desde María, planteamos el tema tomando como punto de referencia cuanto hemos dicho acerca de las fases en que se desarrolla la obra redentora de Cristo.

a) Encarnación. Tal como Hebreos entiende esta categoría mirando a Cristo, encontramos que lleva implícitos tres parámetros: encarnación es asimilación de la existencia humana, es libertad responsable y es temporalidad histórica.

* En María, su asociación a la obra de Cristo comienza con su existencia misma. Así lo proclama indirectamente el dogma de la Inmaculada. Su solidaridad es existencial; participa, como Jesús, de la condición de criatura excepto en el pecado, del que es redimida de modo eminente. De María puede decirse, como lo hace Hebreos, apropiándose la cita del salmo 40 27: "No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me diste un cuerpo...; entonces dije: aquí estoy que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad", puesto que explícitamente la obra de la encarnación comienza en las palabras que Lucas pone en boca de María: "Aquí está la esclava del Señor; que se haga en mi según tu palabra (tu voluntad)". María pone su cuerpo, como disposición encarnatoria "para hacer, oh Dios, tu voluntad". Es la asimilación de la existencia misma la que hace posible que María pueda prestarse del todo a la encarnación redentora del Hijo de Dios. Y, por otra parte, ya hemos señalado arriba cómo era ella una mujer semita con todas sus consecuencias.

* De igual forma podemos decir que María participa en la encarnación en cuanto se apropia no sólo la existencia misma, sino la libertad que ésta implica, entendiéndola como libertad de decisión. Dios no le impone su participación en este misterio, sino que la invita y deja que ella, con su libertad, decida si quiere. Y así como Jesús fue haciendo su camino en plena libertad responsable, lo fue haciendo ella, conformándose a su decisión inicial pero total, que es lo que Lucas narra como relato vocacional. Otros textos evangélicos ponen de relieve que su fe fue probada, que en este sentido estuvo sometida a la tentación. Su fe es una opción que se realiza en un proceso, como indica Lucas cuando dice que ella "guardaba estas cosas en su corazón meditándolas", entendiendo el texto no sólo en un sentido espiritualista, sino en el más verdadero: apuntando a que ella es verdadera hermeneuta que discierne e interpreta el sentido de cuanto va sucediendo, que pone a prueba su fe llevándola a una solidez progresiva.

* Existencia y libertad que suponen también la apropiación de la historicidad y, por lo mismo, la temporalidad. De nuevo tenemos que acudir a Lucas para encontrar de qué forma María es una mujer en la historia y de la historia, según el concepto teológico que tiene el tercer evangelio de la historicidad. A este respecto sin que me pueda detener quiero al menos dejar apuntado que Lucas sitúa a María como eje de dos tiempos: uno que acaba, AT, y otro que comienza, NT-iglesia. En el evangelio, Lucas la sitúa cerrando la vieja alianza y abriendo la plenitud de los tiempos, el tiempo de Jesús; así aparece en los dos primeros capítulos. Y en los Hechos de los apóstoles la sitúa en el eje que cierra el tiempo del Jesús histórico e inaugura el tiempo eclesial, o mejor el tiempo del Espíritu (con su dimensión escatológica).

Concluimos, por tanto, que visto desde los parámetros que indican la participación en lo que supone la encarnación según la carta a los Hebreos, María se asocia de un modo singular a esta primera fase de la redención de Cristo.

b) Redención. En realidad, no se puede desdoblar lo que supone la encarnación de la realidad de la redención, pero por motivos metodológicos separamos este segundo momento. La redención, como vamos a tratarla aquí, pone el acento en la asimilación del dolor que ya supone la encarnación, es decir, en la solidaridad con las consecuencias del pecado para, desde dentro, llevar a cabo la salvación, es decir, la liberación del pecado mismo y, por tanto, de sus consecuencias. Según Hebreos, hemos visto que la redención tiene tres características fundamentales: la fidelidad, la obediencia dolorosa y la autooblación como modo nuevo de entender el sacrificio. Veamos cómo participa María de la fase redentora de la obra de salvación de Cristo.

1) Por su fidelidad. El griego del NT no distingue entre fe y fidelidad, entre creyente y fiel, puesto que los términos que emplea traducen la palabra hebrea emunah. El sentido que tiene es diverso y rico; expresa una fe en cuanto firmeza, en cuanto estabilidad, pero también en una clara alusión a la verdad (del hebreo emet). Resulta, de este modo, que la fe es entendida como una relación viva establecida entre dos seres, una relación estable que es compromiso confiado con una persona en cuanto verdad buscada. Y traduce también el sentido hebreo de la raíz bth, que significa apoyarse, confiar en, y que responde más al sentido griego de pistos y de pistis. Estos significados reseñados se referían fundamentalmente a las relaciones entre los hombres y Dios, a las relaciones del justo con Dios, etc. Es decir, que se utilizaban en un contexto eminentemente religioso.

M/CREYENTE: Lucas emplea esta palabra en el texto de la visita de María a Isabel: "kai makaria é pisteúsasa óti estai teleiosis" Y tanto en el contexto como en el significado general del NT, el término tiene dos sentidos: el de creer en y creer a. Isabel llama a María "la que ha creído", que es lo mismo que llamarla creyente, fiel en el sentido en que arriba decíamos tiene esta acepción. María es aquella que ha buscado la verdad, la que vive en relación con esa verdad, la que se apoya en Dios, su fundamento, de modo total, confiado y permanente, la que se adhiere absolutamente a su persona. En María, la cualidad de creyente y fiel tiene el doble sentido que adquiere en el NT: el sentido activo y el pasivo, que aparecen asimismo en Hebreos aplicado a Cristo el que es ''fiel'' (pistón). Y así, ella es la creyente activa, la que cree, como lo pone de relieve el texto de la anunciación, y la creyente pasiva, aquella que es digna de fe, aquella a quien Dios confía su Hijo y a quien se le confía en su Hijo. También en María, por cuanto llevamos dicho, se realiza esa síntesis entre inmanencia y trascendencia, si bien debemos precisar que en un nivel diferente a como se realiza en Cristo.

2) Por su obediencia dolorosa, entendida como la propia entrega unida a la entrega de su Hijo, así como la asociación a la redención en cuanto compasión y misericordia. Si a los misericordiosos Jesús los llama bienaventurados, implícitamente está llamando así a María, ya que ella realiza todo el programa del reino que él explicita en el sermón del monte. En este sentido ella es solidaria con toda la debilidad humana (ella es pobre, sufre, etc.) implícita, como ya hemos visto, en el existir. La compasión fraterna de Jesús consiste en la experiencia que él tiene de las dificultades humanas, pues bien así es también compasiva María puesto que es solidaria de nuestra raza como raza débil.

Pero Hebreos afirma que la obediencia de Jesús se muestra en la prueba, y alude a la agonía ante la inminencia de la muerte y a su dificultad ante el dolor; su respuesta era: que se haga tu voluntad. Del mismo modo, María adquiere el culmen de su obediencia en la prueba: la espada que le anuncia Simeón. Hay un cierto paralelismo entre este texto y otro de Hebreos (Cf Lc 2,35 y Heb 4,12) y, a su vez, éstos tienen conexión con otros pasos análogos de Isaías y del libro de la Sabiduría (Cf Is 49,2; Sab 18,15). Se trata de la espada que penetra hasta los tuétanos y discierne, divide, pone de relieve; es la palabra de Dios (el mensaje de Jesús) que discierne en María, tanto en su persona cuanto en su vida. Este discernimiento no se realiza sin dolor; es espada que, cuando atraviesa, no puede sino herir. Jesús no permite neutralidad (Cf Lc 11, 23), y no se le permite tampoco a ella, su madre; María tiene que definirse con respecto a Jesús, y lo hace a favor de su obra, a favor de su persona, a favor del proyecto divino.

La obediencia de María no es un dolor vicario, no es que ella sufra a través del sufrimiento de su Hijo, su dolor es diferenciado, es propio, pertenece a su propia identidad, es ahí donde se sitúa su participación más auténtica. María participa en el dolor de Jesús porque es también un dolor suyo, porque forma parte de su propia misión, porque con él realiza su vocación. Ella vive su propia prueba de la fe; hay una analogía entre el "Padre, que pase de mi.... pero no se haga mi voluntad" y "Dios mío, por qué me has abandonado..." de Jesús, y el "Hijo, por qué nos has hecho esto..." y "ella guardaba estas cosas en su corazón meditándolas" de María, mas la expresión del evangelista "pero ellos no entendieron...". Pasando de Lucas a Juan, también podíamos aludir al grado de comunión que indica el autor cuando sitúa a María en estrecha relación con el crucificado en el c. 19, haciéndola así partícipe de la obediencia dolorosa de Cristo en la cruz (Cf Lc 22,42; Mc 15,34; Lc 2,48).

3) Por su autooblación o sacrificio, que no es más que el desarrollo de lo anterior con este matiz de dolor. Habíamos visto que para Hebreos, los constitutivos del sacrificio eran la acogida y la ofrenda en contexto de oración. Cuando el NT habla de María, no nos cuenta más sacrificios que estos que hemos consignado:

* María tiene un cuerpo para el misterio de la encarnación. No sólo su vientre, sino su corporalidad, expresión de toda su persona, en la que visibiliza su actitud de entrega total.

* María dice: "Aquí está la esclava del Señor, que se haga en mí según tu palabra (tu voluntad)", como el autor de Hebreos pone en boca de Jesús: "He aquí que vengo, oh Dios para hacer tu voluntad".

* María es la esclava, la que se hace digna por su indignidad, al estilo de Jesús, que por su humillación y la humillación de que ha sido objeto es exaltado por el Dios que exalta a los humildes.

* María es la que tiene abierto el oído para escuchar la palabra, la que la acoge y la cumple, como el siervo sufriente del segundo Isaías.

Después de cuanto queda dicho, resulta adecuado afirmar que María participa como nadie en el misterio de redención de Jesús en cuanto prueba del dolor y verdadero sacrificio agradable al Padre.

c) Resurrección. El misterio pascual se realiza por completo sólo cuando Dios acoge a Jesús, es decir cuando lo resucita de entre los muertos, por lo que queda constituido Señor y cabeza de la humanidad redimida. Hebreos expresa esta realidad con la palabra teleiotheis, que se repite en otras formas conservando el sentido de la raíz. Este término viene del verbo teleioo, que significa perfeccionar, acabar, cumplir, consumar. Jesús es aquel que ha realizado, en perfecto cumplimiento, su misión, su tarea redentora, su sacrificio, en su glorificación, que, a su vez, ha supuesto la perfección y el cumplimiento de todo lo encomendado por Dios.

La bienaventuranza que Lucas pone en boca de Isabel refiriéndose a María es una felicitación porque en ella serán cumplidas (estai teleiosis) todas las cosas que le han sido dichas de parte del Señor. La raíz del término que utiliza es la misma que más tarde utilizará el autor de Hebreos para expresar el cumplimiento y la perfección de Cristo. Por esta similitud podemos afirmar, sin olvidar el contexto, que María participa del cumplimiento total de las promesas divinas; en ella también se cumplen. La iglesia posterior, en su reflexión teológica, ha confirmado tal participación de María en esta fase definitiva y última de la obra redentora, proclamándola asunta al cielo, es decir, principio de humanidad nueva redimida junto a Cristo su cabeza. Es la garantía de Dios: Dios la acepta y por eso ya están cumplidas en ella todas las cosas. Esta misma realidad de cumplimiento aparece en el cuarto evangelio. Su presencia junto a la cruz como ha puesto de relieve A. Serra, la hace participar de forma única, koinónica, con el crucificado, y lo mismo que participa de la realidad del Espíritu donado por Jesús con su muerte, participa de su "ha sido consumado" (telelestai), que va estrechamente unido a la entrega del Espíritu.

3. LAS CATEGORÍAS DEL CUARTO EVANGELIO. En el tema del sacerdocio se han encontrado relaciones entre Hebreos y el cuarto evangelio. En lo que nos ocupa destacamos:

- ambos documentos ponen el acento en la encarnación como raíz de la obra redentora;

- asimismo, en ambos aparece como momento decisivo el momento de la cruz;

- y, por último, también en los dos se pone de relieve que la plenitud se alcanza en la glorificación de Cristo en cuanto perpetuación de su mediación salvífica. En los dos escritos la categoría de mediación con respecto a Cristo es muy importante. No obstante, aunque decimos que existe una relación, no afirmamos que el sentido sea idéntico; son muy interesantes las diferencias, tanto como las semejanzas. Nos conviene advertir los matices que Juan da a los temas, en particular al acercarnos a María, a la que el cuarto evangelio nunca llama por su nombre, sino que la nombra como la madre de Jesús, y en boca del mismo Jesús es llamada mujer. Citamos tres claves que nos parecen interesantes en lo que al tema de la relación María-sacerdocio de Jesús se refiere: la carne, la hora y la mediación.

a) La carne. M/ENCARNACIÓN: No pretendemos hacer un estudio del término en Juan; tan sólo nos interesa poner de relieve el sentido tan fuerte de encarnación, de asimilación de lo humano, de la realidad existencialmente débil que supone ser hombre. El Verbo se hizo carne. La fuerza que tiene sarks es enorme. Pues bien, la carne que toma el Verbo es carne nuestra. La concreción de lo humano viene indicada en una mujer. María es la carne del Hijo de Dios. De ella toma lo humano en sentido amplio, en cuanto carne física, psicológica, social. Es decir, de ella toma su existencia.

Por todo esto, es obvio que para que el Verbo se haga carne esta carne tiene que existir. En este sentido sin María no se puede llevar a cabo la encarnación: es su premisa, porque es de ella de quien toma carne el Verbo. Por tanto, la existencia de María, como fundamental para la realización de este misterio, se encuentra implícita en la afirmación del cuarto evangelio: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".

b) La hora. La relación que la hora, como momento teológico en el que la historia es transformada, tiene con María es, entre otras, estructural: María aparece asociada a la hora de Jesús en dos momentos fundamentales, que en la estructura del cuarto evangelio forman inclusión: el c. 2 en el episodio de las bodas de Caná y el c. 19 junto a la cruz. Y a la presencia de María aparece ligado el término mujer puesto en boca de Jesús; a su vez, este término tiene relación con la presencia del Espíritu, bajo diferentes símbolos —el agua en particular—. La presencia del Espíritu en los dos momentos que hemos citado está asociada de forma única a la transformación radical; en el primer caso se trata de la transformación del judaísmo, y en el segundo, de la transformación de toda la realidad al culminar la obra redentora de Cristo.

Por asociación, María aparece intencionalmente unida a todo esto: la hora, el Espíritu y la transformación redentora. Y esta asociación no es accidental, sino que por ser intencional y estructuralmente central es una unidad esencial. La realidad que representa María está fundamentalmente asociada a la hora de Jesús, y para el cuarto evangelio la hora es la secuencia pasión-muerte-glorificación. Por tanto, María está estrechamente unida a esta secuencia, vive con Jesús cuanto la hora significa. Si recordamos que esta secuencia que también asume la fase de encarnación, es la traducción de la misma realidad de que habla la carta a los Hebreos cuando trata de la consumación de Cristo Sumo Sacerdote, podemos concluir que ambos documentos neotestamentarios, bajo categorías distintas, incluyen la asociación de María en la fase culmen de la redención cristológica, si bien es verdad que lo que en el cuarto evangelio es explícito e intencional en Hebreos es implícito y no intencional, puesto que la orientación de la obra es, como queda dicho arriba, la respuesta a una cuestión que no tiene directamente nada que ver con los aspectos mariológicos. Esto no quiere decir que no los incluya implícitamente. Por eso nos interesa subrayar la relación que existe entre diferentes documentos neotestamentarios.

c) La mediación. No obstante, si hay una categoría del cuarto evangelio, en cuanto a contenido, que tenga semejanza y entrañe relaciones con la función de María, es la mediación. En Hebreos está explícitamente polarizada en Cristo, pero es todo su conjunto el que muestra de qué forma es Cristo mediador. En Juan, la mediación de María se pone de relieve en un texto muy concreto: el de Caná (2,1-12). Con respecto a la estructura, la situación de María está definida; hay una inclusión formada por los elementos madre-de-Jesús, Jesús y discípulos, que cambia de sentido al comienzo y al final. En el verso 1 madre no tiene el mismo significado que en el verso 12. En medio de ambos términos se ha producido una transformación. Y esto mismo ocurre con los otros dos elementos: Jesús y los discípulos. Cuando el episodio de Caná llega al final, Jesús ya ha realizado el primer signo, los discípulos creen y María está ya asociada a la hora de Jesús con una misión y función concretas.

El centro temático de esta inclusión lo constituye la mediación de María con respecto a la fe de los discípulos en Jesús y a la transformación operada por el signo de Jesús. Nos interesa detenernos en el primer punto. Afirmamos que existe una mediación de María con respecto a la fe de los discípulos, y con ello queremos decir que el papel que ella realiza es un papel semejante al de los grandes mediadores de Israel; la estructura en que aparece dicha función es semejante. María actúa a dos niveles: el personal individual concreto y el colectivo simbólico por el que ella representa lo mejor del Israel que pasa a la alianza nueva.

MEDIADOR/FUNCIÓN M/MEDIADORA: Volviendo a la estructura de mediación, encontramos que en dicha función hay tres agentes: Dios, el pueblo y el mediador. La función de este último es doble: 1º., remite el pueblo a Dios (contexto de alianza), y por lo mismo necesita captar bien la situación del pueblo, a fin de remitir a Dios, con fidelidad, aquello que ha percibido. Esto le hace especialmente sensible y supone unas cualidades especiales; 2º., tiene que transmitir al pueblo la voluntad de Dios, para lo que necesita una sensibilidad especial, así como un elevado grado de fidelidad, que supone capacidad para escuchar esa Palabra, para acogerla existencialmente y para transmitirla traducida, a fin de que el pueblo pueda entenderla. El mediador debe iluminar la mente de sus hermanos y procurar las condiciones adecuadas para que entendiendo el mensaje de Dios puedan llevarlo a la práctica haciendo eficaz esa palabra.

En el episodio de Caná es María quien realiza este papel. Ella es auténtica mediadora histórica de la nueva alianza. Lleva a cabo las dos funciones del mediador:

* percibe activamente la situación del pueblo, del judaísmo (simbolizado en los novios que están en apuros), que ya está gastado, que no puede dar más de sí; un judaísmo con una carencia fundamental: no tiene vino. Porque María es del pueblo, puede percibir como pueblo; porque es fiel, es capaz de entender dónde está la carencia;

* ella lleva a Dios (en Jesús) lo percibido. Expresa ante Jesús, de forma clara, directa y concisa, cuál es la necesidad del pueblo, y lo hace de forma negativa; le basta con señalar aquello que falta: "no" tienen vino;

* sufre en sí misma el esfuerzo de personalización-confrontación propio de esta tarea; a los dos niveles: como persona singular y como pueblo; en ella se hace patente la confrontación Dios-pueblo que acaece en toda mediación; por eso ha de sufrir ese: "Mujer, a ti y a mí qué";

* traduce el deseo de Jesús, y esto es posible porque previamente ha tenido una actitud de escucha y de acogida existencial de esa confrontación, de ese deseo profundo aún no expresado. En este sentido María no es receptora pasiva, porque cuando dice a los criados: "Haced lo que él os diga", ella ya ha dicho previamente: "Que se haga en mí...";

* personaliza ese deseo en cuanto mensaje y actúa; el verbo con el que expresa a los criados lo que ha percibido en Jesús es un imperativo, que está conectado a los siguientes imperativos de Jesús, el haced de María inaugura la secuencia; Jesús después dirá llenad, sacad..

De este breve análisis podemos obtener la conclusión en orden a la función mediadora de María con respecto a la tarea salvadora, que se realiza por unos signos de Jesús —su vida, su mensaje, su pasión-muerteresurrección—que llevan a la fe a los discípulos. Esta mediación está, asimismo conectada con la acción del Espíritu simbolizado en el agua. María tiene relación con el Espíritu que transforma la historia, aquel que hace nuevas todas las cosas, aquel que consagra y lleva a plenitud la obra de Dios en Jesús. Por tanto, podemos concluir que en el texto de Juan la mediación se podría leer en un doble nivel:

* teniendo como trasfondo el AT y la función de María al modo de los grandes mediadores israelitas

* desde la óptica del NT, aplicando las categorías de Hebreos.

Desde aquí tendríamos que la oración de mediación sufre una transformación en lo que se refiere a la mediación-súplica de María al presentar la necesidad a Jesús, como sufrió una transformación la oración de Jesús en Getsemaní. Hay una trayectoria que va desde el "no tienen vino" a los efectos de la transformación ("no se haga lo que yo quiero"...), pasando por el "haced lo que él os diga", por lo que la oración de María fue escuchada por su obediencia dolorosa a Dios ("mujer, a ti y a mí qué"). Se puede entrever un cierto paralelismo:

—pase de mí este cáliz — no tienen vino
—agonía dolorosa-prueba — palabras de confrontación: mujer, a ti y a mi qué
— no se haga lo que yo quiero, —a) que se haga en mi sino lo que quieres tú según tu palabra b) haced lo que él os diga

Como conclusión podríamos decir que si en Lucas las categorías y el contexto en donde aparece María son más de tipo cultual,en el cuarto evangelio aparecen más como categorías de tipo mediador-profético; y ambos puntos de vista pueden ser relacionados con las categorías de Hebreos.

lll. Apuntes de propuesta sistemática:

participación de María en el sacerdocio de Cristo

Todo cuanto hemos ido viendo nos da base para el intento de una propuesta sistemática. Se trata sólo de ofrecer algunas pistas a partir de los datos que puede ofrecer el NT con respecto a la participación de María en el sacerdocio de Cristo. Volvemos un momento al comienzo. Hebreos fue una reflexión teológica posterior hecha a partir de unos interrogantes de la comunidad, probablemente una comunidad judeohelenista. Pues bien, basados en lo que esto supone, queremos decir que la reflexión teológica acerca de María no ha acabado. Los datos de la Escritura nos ofrecen pautas hermenéuticas que tendrían que responder a interrogantes, más o menos explícitos, que nos hacemos hoy muchos cristianos en relación con María. Interrogantes que afectan a temas como la relación entre ella y Cristo en claves evangélicas y teológicas. Entre ellos, hemos tomado el del sacerdocio, y algunas de las razones quedan dichas al comienzo del trabajo. Pero este tema, precisamente porque no ha sido desarrollado, necesita de una mayor profundidad que requiere más estudio y una óptica más variada. Del mismo modo que la mariología ha ido ofreciendo respuesta a otros interrogantes, a otras intuiciones que el pueblo cristiano se ha ido haciendo sobre María y sobre su puesto en la historia de la salvación, creemos que puede responder, progresivamente, a los nuevos cuestionamientos que surgen. Entre éstos situamos el presente tema y el intento de sugerir pistas que deberán ser objeto de mejores estudios posteriores. Nos hacemos, de entrada, dos preguntas al hilo de la problemática planteada en Hebreos y que desplazamos al campo de la mariología. Primero: ¿en María se cumplen las Escrituras? (viene a ser la pregunta acerca de su puesto en la historia de la salvación, desde las promesas de Dios). Y segundo: ¿cuál es la participación de María en el sacerdocio de Cristo? (pregunta acerca de si en ella encontramos las condiciones que Hebreos propone como aquellas sin las cuales no es posible un sacerdocio cristiano, de la nueva alianza, y sin las que no es posible la superación de la alianza antigua por la forma nueva y definitiva de culto al Padre). El paradigma, la norma, es Cristo. Y desde él tendremos que plantear las respuestas.

1. EN MARÍA, ¿SE CUMPLEN LAS ESCRITURAS? SU SITUACIÓN EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN. La misma pregunta nos remite a otra previa: ¿por qué han de cumplirse en María las Escrituras?, ¿es que ella es objeto de promesa?, ¿no iba todo el interrogante humano a la persona de Jesús, a su misión redentora? Precisamente, en las mismas preguntas van implícitas las respuestas. Las promesas de Dios se cumplen en Jesús; por eso han de cumplirse en María. Hebreos nos dice que todo el AT, como promesa de salvación, incluido el aspecto sacerdotal, se cumple en Jesús. Pero Dios no hace una promesa-imposición. Su característica es el diálogo en libertad; ofrece, propone, invita y espera. Él cumple porque es fiel, pero ¿y el pueblo?... El pueblo-humanidad responde en María. Ella es objeto de promesas por su carácter de humanidad, y de humanidad fiel, expectante, comienzo de la alianza nueva. María es principio de humanidad nueva; criatura nueva, rescatada, en su condición definitiva. Si la iglesia, nuevo pueblo de Dios, si la humanidad nueva, de la que Cristo es cabeza, es pueblo real profético y sacerdotal tiene que encontrar en María plenamente conseguidas estas características, puesto que ella es la garantía de la plenitud de la redención, de su efectividad, como humanidad rescatada en Cristo. María, por tanto debe aparecer como aquella que ha conseguido su realeza, su profetismo y su sacerdocio de forma total. Vernos nosotros como humanidad cumplida y redimida es mirar a María y reconocernos en ella como garantía de aquello que seremos.

Para que haya cumplimiento, decíamos, tiene que haber continuidad y ruptura. El progreso necesario para que el cumplimiento sea verdad se tiene que dar en la diferencia y en la ruptura. Si esto se da asimismo con el elemento de continuidad entonces podremos decir que se realiza dicho cumplimiento. María ha procurado a Jesús otro orden en la linea de Melquisedec, en lo que respecta a su sacerdocio. En ella se ha roto un tipo de genealogía, de sucesión de generaciones, para dar lugar a otro orden de cosas. Como muestra Mateo, hay una ruptura en la historia; se quiebra en María que engendra a Jesús desde Dios y no por obra de hombre. Y, sin embargo, es en ella donde se realiza la continuidad, porque es ella la que permanece ligada a lo más radical humano; ella es de nuestra raza. Es llena de gracia, pero es criatura.

Las promesas de Dios, que se anuncian siempre en contexto de alianza, alcanzan en ella su cumplimiento; María es signo del diálogo Dios-hombre, y signo de su eficacia. La estructura dialogal de la alianza permanece en María para en ella ser perfeccionada. Es su fe y su obediencia la que conecta hacia atrás con Abrahán y hacia adelante con la historia nueva cumplida. Y aquí se ensambla con otro punto del cumplimiento de las Escrituras: lo relativo al cumplimiento escatológico. La expectativa escatológica de Israel sobre el carácter sacerdotal del mesías tiene una respuesta en Hebreos: Cristo es el sacerdote eterno, el Sumo Sacerdote escatológico. María, porque ha participado de cuanto ha hecho de Jesús sacerdote eterno, participa de ese cumplimiento escatológico como nadie, puesto que, como le anunció Isabel, en ella ha tenido cumplimiento todo lo que ha dicho el Señor; es decir, en ella está acabada, perfeccionada, la palabra de Dios entendida en el doble sentido: Jesús Verbo de Dios y la palabra que ella ha escuchado y ha cumplido.

2. PARTICIPACIÓN DE MARÍA EN EE SACERDOCIO DE CRISTO. De entrada podemos decir que la vinculación entre Jesús y María, entre la obra de Jesús y la asociación de María a esa obra, no se puede romper en este punto. El NT no da pie para establecer dicotomías; su participación, porque Dios lo ha querido, es total por cuanto abarca su obra redentora plena y por cuanto en María no hay espacio vital que no haya estado ocupado por la realidad del reino como proyecto de Jesús.

No obstante, para recoger de forma más ordenada, que intente ser sugerente y primicia de estudios posteriores, distinguimos unos niveles de participación: el nivel existencial, el cultual sacrificial y el de mediación universal.

a) Nivel existencial. Se trata de la donación total y exclusiva que María ha hecho de su persona y de su vida a los planes de Dios. Del mismo modo que Jesús ha vivido, ha ofrecido su mensaje y su vida, total y exclusivamente, a la causa del reino de Dios, María adquiere su sentido y se la puede entender sólo si descubrimos en ella una existencia totalmente dedicada a la realización de los planes divinos. Fuera de esto, la vida y la misión de María no encuentran sentido, su persona y su vida, su significación, tienen ahí su identidad. Pero este nivel tiene tres características que deseo destacar. Se trata de la libertad, el diálogo y la solidaridad.

1º. Una donación en libertad. En este sentido es necesario acentuar la profundidad de la dimensión humana de María; sin la libertad no hubiera podido dedicarse existencialmente al cumplimiento de los planes de Dios, puesto que la libertad es requisito indispensable de la identidad humana. María es una mujer plena porque, entre otras características, es libre, su dedicación a los planes de Dios realiza y plenifica esa libertad. Se entrega voluntariamente, porque quiere.

2º. Una donación en diálogo. No hace falta insistir demasiado en esto; ya sabemos que la entrega libre de María está caracterizada por una relación dialogal con Dios y con Jesús. Ella tiene una palabra que Dios respeta, escucha y acoge. Dios tiene una Palabra —en el doble sentido que veíamos— que María escucha, respeta y acoge. El diálogo hace efectivo el plan de Dios. El Verbo hecho carne es su signo definitivo.

3º. Una donación en solidaridad con los hombres. Por esta razón la primitiva comunidad cristiana que hay tras los evangelios que incluyen textos mariológicos, la sitúa en el plano simbólico de la colectividad del pueblo; de Israel, en un principio; de la naciente iglesia, en otro principio. Como puede advertirse, la categoría teológica que está detrás de este nivel existencial, dando consistencia a la libertad, al diálogo y a la solidaridad, es la ALIANZA. Es en ella donde se realiza y culmina la existencia y la donación existencial de María.

b) Nivel cultual-sacrificial. Si la alianza identifica un aspecto fundamental de la participación de María en el sacerdocio de Cristo, este otro nivel viene a incidir de forma más directa en lo que le es más típico. Desde aquí accedemos a tres calificaciones: podemos ver a María como sacerdote, como victima y como altar.

1) María sacerdote. La afirmación de que lo sacerdotal califica a María la hacemos desde una triple vertiente clarificadora: desde el acercamiento mediador a lo sagrado, desde la forma de ese acercamiento (es decir, "en espíritu y en verdad") y desde la misma perfección.

- Acercamiento mediador a lo sagrado. Lo sacrificial, etimológicamente, viene a significar aquello que hace pasar lo profano a lo santo. Podría mirarse esta función desde muchos puntos de vista en el plano mariológico, pero basta citar que en ella, como pone de relieve lo que veíamos en Lucas, se cambia la categoría de separación por la de acercamiento. En primer lugar acercamiento de lo sacro, puesto que es Dios quien toma la iniciativa, quien irrumpe en su vida y quien la llena de gracia gratuitamente. Pero no sólo de lo sacro: el acercamiento es de ida y vuelta: ella se acerca también a lo sacro, es decir, ella dialoga con Dios y acepta en su vida la realidad misteriosa del mesías. Ya no hay separación entre lo sacro y lo profano, con Jesús todo lo humano pertenece al plano de Dios, y la encarnación comienza en María. Su realidad sociológica, su identidad de mujer, hace que su mediación transformadora aparezca más clara. Desde María, ninguno de esos aspectos pueden ser marginados de la realidad sacra y cultual. Los cristianos, desde los primeros siglos, la han llamado templo de Dios pero no es sólo el aspecto pasivo de receptáculo el que se pone de manifiesto, sino su realidad plena de persona que realiza, por gracia de Dios, ese paso a lo sacro desde su misma humanidad.

- En espíritu y en verdad. El nuevo sacerdocio incluye e implica una forma nueva de culto y de mediación. No son los ritos, es la existencia. Esta frase de Jesús a la samaritana en el cuarto evangelio (/Jn/04/23) se puede aplicar totalmente a María: la relación con Dios tiene como ámbito la realidad existencial; por eso su culto es grato a Dios y su oración escuchada. En María se realiza el culto al modo nuevo y definitivo de Jesús, esa oración que aúna voluntades en un único proyecto. En espíritu y en verdad porque hay auténtica asimilación: la de la ofrenda, la acogida de Dios y la solidaridad. Eso que en Hebreos se llama compasión y fidelidad cuando el autor intenta decir de qué forma es Cristo sacerdote según el nuevo orden.

- En perfección, como ya habíamos señalado al aludir al cumplimiento de las Escrituras en María. El dogma de la asunción nos dice claramente que todo se ha cumplido en María y que en ella la humanidad ha llegado a la perfección. Pero todavía hay una realidad que caracteriza al sacerdote y que podemos muy bien aplicar a María, se trata de la unción. El sacerdote ha de ser consagrado. Dios ha consagrado a Jesús y lo ha constituido Sumo Sacerdote. Pero ¿y María? También ella es ungida, según la forma de entenderlo desde categorías evangélicas. El que unge, hablando propiamente, es el Espíritu. María está ungida por el Espíritu. Ella es la llena de gracia, el Señor está con ella; el Espíritu la invade y la santifica. María está totalmente consagrada por Dios. Pero también lo pone de relieve su presencia en los momentos en que la iglesia recibe el Espíritu que la envía a evangelizar; también desde ahí aparece como la mujer consagrada, ungida por el Espíritu y por ello dedicada a la causa del reino.

2) María victima. Como hemos podido ver al tratar de la asociación de María a la fase redentora de la pasión y muerte de Jesús, ella está ligada a la prueba del dolor. El carácter de víctima tiene otro sentido desde Jesús. María es víctima por cuanto se ofrece a sí misma, por cuanto su entrega no tiene reservas; ella realiza la forma nueva de sacrificio propuesta por Jesús. Es víctima asimismo en cuanto testigo: ella testifica junto a la cruz la verdad de la pascua, su momento culminante, que Juan presenta en su evangelio estrechamente unido a la glorificación. El carácter de víctima de Jesús no se puede separar de la respuesta del Padre; tampoco en María, dada la fuerza de su unión al crucificado En el momento de la hora, en su cumplimiento, María es co-víctima con Jesús.

3) María altar. La unión entre María y lo que significa altar tiene cierta tradición en la iglesia, desde los padres. Ella ofrece a Cristo al Padre, lo presenta ante él, y a la par lo dona a los hombres para que lo adoren, como hace ya en el relato de Lucas en que a Jesús lo visitan los magos. Por el misterio de la encarnación, María en su función sacerdotal ofrece a Cristo como comunión entre la realidad humana y la divina. En María toma carne el Hijo de Dios. Dios baja a ella como a un altar y en ella y desde ella se ofrece a los hombres, sus hermanos.

c) Nivel de mediación universal. María, en la cruz, tal como la presenta Juan, tiene una misión concreta, como ha visto detenidamente A. Serra: la de reunir a los hijos dispersos. En este sentido, su función se extiende más allá de la concreción y pasa al plano de lo simbólico: María dice relación con toda la humanidad; su mediación no tiene fronteras, como no las tiene la de Jesús, a la que está unida, y toda la simbólica del crucificado. Desde este punto de partida, creemos que esta misión mariana es triple en su caracterización: por su vertiente koinónica, por su dimensión diacónica y por su realidad mnémica.

1) Vertiente koinónica. La misión de María, en cuanto que convoca y reúne, tomando como textos de referencia el de Jn 19,27 y el de He 1,14, es una misión de koinonia. No sólo vive la comunión con el crucificado y con su obra, sino que refleja y realiza la comunión mediadora con el resto de los hijos, con el resto de los hombres. En cuanto que, llena de Espíritu, acompaña y reúne a la primera iglesia que espera la manifestación del Espíritu, María está realizando la comunión. Hacia dentro de la iglesia, porque se sitúa en una comunidad concreta; hacia afuera, porque el Espíritu los envía a evangelizar y la comunión es fundamento y consecuencia del evangelio.

2) Realidad mnémica. En medio de los apóstoles y discípulos de Jesús, María es garantía de su realidad encarnada. Más aún, ella misma es recuerdo de Jesús y, por lo mismo, realiza la función de recuerdo que el cuarto evangelio atribuye al Espíritu. María, con su presencia central, es memoria viva de Jesús y de su mensaje. Su presencia, por tanto, ligada estrechamente a la eucaristía, se realiza "en memoria de él", actualizando de modo único su presencia permanente entre los hombres.

3) Dimensión diacónica. Como pone de relieve Jn 2, una de las funciones centrales de María es la de servir a los hermanos conduciéndolos a la fe. María lleva a la fe:

- en cuanto ella misma participa de la realidad apostólica. Apóstol es aquel que es enviado; es decir, aquella persona que es elegido, y por tanto llamada, vocacionada; aquella a la que se le confía una misión concreta, puesto que es llamada para algo y, en la nueva alianza, la que es elegido para anunciar el evangelio con su vida y con su palabra. Es característico, asimismo, del apóstol cristiano verdadero su cualidad de testigo de la resurrección. Pues bien, según todo esto es muy difícil negar a María su realidad apostólica. Ella ha recibido una llamada, ha respondido a ella sin reservas, se ha dedicado a la causa de Jesús, ha sido su discípula, la que escucha la Palabra y la cumple. A ella se le confía una misión y la lleva a término y participa, en calidad de testigo, de la pascua de Jesús de forma koinónica, como decíamos arriba;

- María lleva a la fe como madre de los apóstoles. Así la llama la iglesia, porque ella, de alguna manera, engendra en la fe y en la vocación apostólica el modo nuevo de ser madre que propone Jesús: escuchando la Palabra y llevándola a cumplimiento. Es madre de los apóstoles en cuanto es modelo y en cuanto enseña a ser apóstol. Y, asimismo, es madre de los apóstoles conduciéndoles, siendo guía y señalando la dirección de todo apostolado;

- y, por último, decimos que María lleva diacónicamente a la fe puesto que está a su servicio; es la servidora de la fe. Una fe en camino, vivida en la oscuridad del camino; una fe que requiere un proceso y que implica un desarrollo. Sirve a la fe desde la fe misma, es decir, en cuanto ejerce y realiza su servicio al reino. Y es servidora de la fe porque realizó su ministerio siguiendo a Jesús, introduciendo a los discípulos en la fe y acompañando de modo central la naciente fe de una iglesia que en oración espera la llegada confirmatoria del Espíritu.

IV. Conclusión

Al final de este breve estudio, que pretende sugerir más que otra cosa, creo que podemos afirmar que la relación entre María y el sacerdocio de Cristo, según algunas categorías del NT, es muy importante y muy singular. En ella, desde su nivel, se dan las características propias del sacerdocio del NT. En ella, se dan esas características de forma paralela a como se dan en Jesús, insisto que en distinto nivel. Con ello quizá comiencen a obtener respuesta algunos de los interrogantes que muchas/os cristianas/os nos hacemos con respecto a este tema.

MERCEDES NAVARRO
DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 1770-1790