LA UNIÓN DE CRISTO CON MARÍA SEGÚN EL NT

La reflexión mariológica contemporánea, siguiendo las orientaciones metodológicas conciliares (OT 16) y posconciliares (MC 25-39), se apoya de modo decisivo en el dato bíblico con la firme convicción de poder obtener de la fuente de la primitiva experiencia cristiana la justa perspectiva para una reactualización adecuada de la figura de María. Tenemos así la superación de la mentalidad deductiva, con el abandono de los pasajes bíblicos como dicta probantia, y con una relectura unitaria de los datos bíblicos sobre María en estrecha conexión con los resultados cristológicos relativos. La conexión bíblica lleva además a destacar la condición humana real de María mediante una referencia esencial a su Hijo divino. Por eso hoy se revalorizan también los llamados textos mariológicamente difíciles (Mc 3,2035, Mt 12,46-50; Lc 2,49; 11,28; Jn 2,4; 7,3-5), así como los evangelios tradicionales de la infancia de Mateo y de Lucas, más abiertamente favorables a la exaltación y al desciframiento paradigmático del misterio de María. Los datos escriturísticos representan piezas de un mosaico que la conciencia de fe de la iglesia ha profundizado, coordinado y releído a lo largo de dos milenios en un cuadro global de referencia esencial de María a Cristo. Se puede recoger en síntesis cuanto dice el NT de María en relación con Cristo en torno a tres afirmaciones generales: María, madre del Salvador, discípula del Señor, socia del Redentor.

1. MARÍA, MADRE DEL SALVADOR.

M/MADRE-DE-D: El testimonio más antiguo de la tradición neotestamentaria sobre Cristo en relación con María, su madre, lo tenemos en /Ga/04/04: "Cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley". La realidad de la encarnación del Hijo de Dios es subrayada por su nacimiento de una mujer. El fondo de este pasaje lo constituye el recuerdo (mujer) del personaje Eva, madre del género humano, y el de la madre del mesías, evocado por Miqueas (5,2) e Isaías (7,14). Pablo relaciona así con la historia del mundo y con la historia de la salvación al Hijo de Dios preexistente y a su madre. Además, el Apóstol pone aquí las dos premisas esenciales: preexistencia y divinidad de Cristo, de las cuales se deriva el dogma central de la mariología: la maternidad divina de esta mujer. Por eso el texto paulino es considerado por alguno como el texto mariológicamente más significativo del NT: "Con Pablo comienza el enlace de la mariología con la cristología, justamente mediante el atestado de la maternidad divina de María y la primera intuición de una consideración histórico-salvifica de su significado".

A esa realidad apenas se hace referencia en el evangelista Marcos (cf Mc 3,31: "Llegaron su madre y sus hermanos". y Mc 6,3: "¿No es éste el carpintero, el hijo de María?"); no obstante, se inserta plenamente en la linea paulina. Se trata, en efecto, de la madre de un hombre que es presentado como "Hijo de Dios" (Mc 1,1, 12,6-8, 13,32, 15,39) y que ora a Dios llamándolo "Padre" (Mc 14,36).

El nacimiento de Jesús de María lo afirma expresamente Mateo al final de su genealogía: "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo" (Mt 1,16). E inmediatamente después el evangelista explica las modalidades extraordinarias de ese nacimiento, acontecido por obra del Espíritu Santo (cf Mt 1,18.20) sin concurso de padre humano (Mt 1,18-23). Se indica también la función salvífica de ese hijo llamado Jesús: "Él salvará a su pueblo de sus pecados"(Mt 1,21). La cita que hace de Is 7,14, optando por la lección parthénos, tomada de los Setenta, y con la designación del niño como "Emmanuel" (Dios con nosotros) (Mt 1,23), establece una conexión entre el hijo de Dios y su nacimiento virginal.

Lucas llama a María "madre de Jesús" (He 1,14). Como Mateo, también Lucas —si bien con una redacción diversa y con el empleo de otras fuentes, probablemente las meditaciones interiores de Maria— refiere la concepción virginal de Jesús en el seno de María mediante una intervención especial del Espíritu Santo (Lc 1,35). El pasaje es eminentemente cristológico: Jesús es señalado como "Hijo del Altísimo" (1, 32), "santo" e "Hijo de Dios" (1,35). Pero también hay indicaciones mariológicas decisivas. María, en efecto, es la "llena de gracia" (1,28), la que ha "encontrado gracia ante Dios" (1,30). Por eso el ángel le anuncia: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y te cubrirá con su sombra el poder del Altísimo" (1,35). La concepción virginal se pone en relación inmediata con la llamada de María a la maternidad divina: ella significa la consagración de su cuerpo y de todas sus potencias afectivas a una tarea única en el designio de Dios. Isabel, como portavoz de las intenciones teológicas de Lucas, en el episodio de la visita de María saluda a ésta no sólo como la "bendita entre las mujeres" ( 1,42), sino también como la "madre de mi Señor" ( I ,43). Esta expresión supone la maternidad divina, porque el titulo "Señor" es el título divino de Jesús (cf Flp 2,11, ICor 12,3). Pero la maternidad divina de María no estará exenta del misterio del dolor. El relato de la presentación de Jesús en el templo (Lc 2,22-38) indica en Jesús al "mesías del Señor" (2,26) y al Salvador no sólo de Israel, sino de todas las naciones (Lc 2,30-32). En este contexto, Lucas hace referencia al drama que constituirá el epílogo de la obra de Jesús. Y María es asociada como madre a ese drama del Salvador, desde el momento que una espada traspasará su alma (cf 2,35). La maternidad de María respecto a Jesús comprende, finalmente, una función educadora, que le permitirá al niño crecer "en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres" (2,52).

El evangelio de Juan es también el evangelio de la madre de Jesús. Este título de madre se repite varias veces en las escenas cristológico-mariológicas más destacadas referidas por Juan: en las bodas de Caná encontramos dos veces "madre de Jesús" y una vez "la madre" (2,5), en la escena del Calvario, en tres versículos, el evangelista llama a María hasta cinco veces "madre" (19,25-27). En ambas escenas, el titulo de madre está relacionado con el de mujer, indicando que con la madre de Jesús nueva Eva —aunque con una función inversa a la de la primera mujer (cf Gén 2,23; 3,1s.16.20)—, da comienzo una nueva estirpe. A los pies de Jesús, lo mismo que en las bodas de Caná, la maternidad corporal de María respecto al hijo de Dios se amplía hasta una maternidad espiritual, que se convierte en su consumación. Con ese simbolismo, además, el misterio de María es relacionado indisolublemente con el de la iglesia.

El titulo bíblico de madre del Señor Jesucristo le valió a María su inserción en el símbolo niceno-constantinopolitano de la iglesia universal: "Encarnado por el Espíritu Santo de María Virgen" (DS 150). El término griego Theotókos fue consagrado solemnemente en Éfeso en 431 e introducido en la fórmula de fe de Calcedonia en 451. En la definición calcedoniana, después de haber hablado de la generación eterna del Hijo por el Padre, se afirma también su nacimiento terreno "de María virgen y madre de Dios" (DS 301). El término Theotókos, con sus correspondientes latinos Deipara, Dei Genetrix, contiene una verdad que sólo es concebible en la fe, a saber: la divinidad del que ha nacido de ese modo, y un hecho histórico, o sea, su encarnación en el seno de una mujer. Mas ese título, aparte de una finalidad cristológica (la de proteger el misterio de Cristo) tiene también una finalidad mariológica: la de subrayar la posición de preeminencia de María, madre de Dios, en la conciencia de fe de los cristianos. Con ello se consigue formular felizmente Jesucristo el misterio mariano para los siglos sucesivos, no sólo desde el punto de vista dogmático, sino también desde el terminológico, puesto que se había conseguido tematizar con sumo equilibrio la referencia tanto a la persona como a la obra del Redentor, que permanece siempre en el centro del dogma mariano. Finalmente, ese titulo constituye todavía hoy una de las bases más sólidas y comunes del diálogo ecuménico entre los cristianos. Dice al respecto el Vat ll: "Ofrece gran gozo y consuelo para este sacrosanto sínodo el hecho de que tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido honor a la madre del Señor y Salvador, especialmente entre los orientales, que corren parejos con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el culto de la siempre virgen madre de Dios" (LC 69).

2. MARÍA, DISCÍPULA DEL SEÑOR.

M/DISCIPULA M/ESCUCHA: También este titulo, como el anterior, tiene un eco ecuménico positivo, sobre todo en el campo protestante. El fundamento es bíblico. En Mt 12, 46-50 (par. Mc 3,31-35 y Lc 8,19-21) se presenta a Jesús, el cual, mientras enseña, es visitado por su madre y por sus parientes. Jesús precisa entonces: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Luego, extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (/Mt/12/48-50). Para Jesús, la relación de discipulado está más cercana a su corazón que los mismos lazos familiares. Esa relación tiene su origen en "hacer la voluntad del Padre"; de donde se sigue que hacer la voluntad de Dios es más grande que ser madre de Jesús.

El evangelista Lucas es sobre todo el que traza la figura de María como discípula, después de haberla retratado felizmente como madre del Hijo de Dios encarnado. En efecto, el episodio que acabamos de mencionar viene inmediatamente después de la parábola del sembrador y de la semilla que cae en diferentes tipos de terreno (cf Lc 8,4-15). La redacción de Lucas intenta hacer comprender que el episodio debe estar iluminado por la parábola que le precede. La conclusión es la afirmación perentoria de Jesús, que en la redacción lucana se expresa en modo positivo: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en,práctica" (Lc 8,21). Todo esto se adapta perfectamente también a María, la cual escuchó la palabra de Dios siendo la primera creyente de la iglesia. Lucas, en efecto, en He 1,14, cuenta a María entre los miembros de la primera comunidad de los creyentes después de la resurrección de Jesús. También el relato de la infancia presenta a María como la creyente: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra" (Lc 1,38); es decir, María encarna en primera persona la definición del discípulo del Señor. También en el episodio de la visitación asocia Lucas a María la idea del seguimiento y del discipulado. En efecto, el motivo del saludo de Isabel —"bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1,42)— se da en la exclamación: "Dichosa la que ha creído que se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor" (Lc 1,45). También en Lc 11,27s se subraya el hecho de que ser discípulo constituye para Jesús una relación más alta que los vínculos familiares: "Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11,28). En estas dos últimas citas, tanto Isabel como la mujer de la turba alaban la maternidad física de María. A esto se añade una ulterior perspectiva. Tanto en la alabanza de Isabel como en la de Jesús se subraya también la perseverancia en la escucha y en la práctica de la palabra de Dios. Lc 11,28 tiene paralelismos marianos en Lc 2,19: "María, por su parte, guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón", y en Lc 2,51: "Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón". Es decir, Lucas considera a la madre del Señor como la verdadera discípula, ya que ha realizado las dos condiciones de ser discípulo: la escucha de la palabra y su realización práctica en la vida.

También en las escenas de Caná y del Calvario, descritas por Juan, María trasciende con el nombre de mujer su función de madre, asumiendo la de discípula. En el Calvario, p. ej., se convierte en la madre del discípulo ideal, presentándose al mismo tiempo como el modelo de la madre y del discípulo.

Se puede preguntar cómo es posible armonizar la conclusión de que María parece tener mayor valor como discípula que como madre, con el hecho indiscutible de que la mariología tiene su soporte y su base en la maternidad divina. La armonización puede realizarse en el ámbito de una cierta pedagogía de María como discípula y como madre. Además de en la Escritura, en la tradición patrística María es descrita frecuentemente como la verdadera creyente. Más aún, san Agustín afirma: Illa fide plena et Christum prius mente quam ventre concipiens", y continúa: "María credendo concepit sine viro"; e inmediatamente después subraya que fue justamente por la fe como María concibió a Cristo en su seno: `'Credidit María, et in ea quad credidit factum est". Y en otra parte: "Virgo ergo María non concupuit et concepit, sed credidit et concepit". María concibió impulsada por un acto de fe amorosa en Dios, y no por un acto de unión amorosa con un hombre. María concibió impulsada por la ferviente caridad de la fe. En la concepción de Jesús fue decisivo el acto de fe de la virgen. Por eso en el orden temporal la fe de María precedió a su maternidad. En cambio, en el orden del plan divino de la salvación, la predestinación de María a ser madre del Hijo de Dios tiene la precedencia, ya que tal predestinación tuvo influjo causal en todo lo que acaeció en María, y por tanto también en su fe, que precedió a su divina maternidad.

3. MARÍA, SOCIA DEL REDENTOR.

M/MEDIADORA: Este título en la tradición católica tiene una acogida muy positiva, mientras que en la teología protestante suscita perplejidad y rechazo, dada la concepción bastante pasiva de esta última sobre el hombre y su cooperación a la salvación en virtud de los conocidos principios solus Christus, sola gratia. Sin embargo, también este titulo mariano, como los dos precedentes, tiene de hecho profundas raíces bíblicas. María, en efecto, aparece concretamente asociada a Cristo desde el primer momento de su acontecimiento salvífico hasta el Calvario y el acontecimiento pascual. Con el primer fiat dijo sí a la encarnación del Hijo de Dios, con el fiat del Calvario consintió en el sacrificio redentor de su Hijo. María, pues, fue asociada a la redención traída por Cristo fundamentalmente mediante su consentimiento: "Junto a la cruz, como en la anunciación, la actividad de María es esencialmente un consentimiento en el que están comprometidas su fe y su amor. En la encarnación, consentimiento a la vida, a aquella vida humana que ella da a su Hijo; en la redención, consentimiento a la muerte, aquella muerte humana que Cristo debía sufrir (Lc 24,46) para rescatar al mundo. Pero estos dos consentimientos no son en realidad más que un mismo y solo consentimiento: el fiat de la anunciación (Lc 1,38), que contemplaba incondicional e irrevocablemente todo lo que habría de realizarse". El c. VIII de la Lumen gentium, recogiendo los datos escriturísticos y patrísticos del caso, presenta la función de María en la economía de la salvación (nn. 55-59) y precisa las relaciones de María con Cristo, único mediador (nn. 60-62). Algún autor ha visto en la asociación de María a la obra de la salvación de Cristo el principio fundamental de la mariología conciliar, y lo enuncia de este modo: "María santísima es activamente asociada a Cristo salvador en la obra de la salvación del género humano de modo universal, integral y totalmente dependiente".

a) Asociación universal de María. La asociación de María a Cristo es universal en el tiempo, extendiéndose a toda la historia de la salvación, desde el protoevangelio a la parusía. Ella está esencialmente unida a su Hijo en virtud de su maternidad física para el gran fin de la redención del hombre: "Redimida de un modo eminente en atención a los méritos futuros de su Hijo y a él unida con estrecho a indisoluble vinculo, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la madre de Dios Hijo" (LG 53). La afirmación conciliar, al mismo tiempo que insiste en la dignidad de María, subraya el estatuto de su colaboración a la obra redentora del Hijo: ella es ante todo una redimida. ¿Qué cometido tiene María en concreto? De acuerdo con Laurentin, "ella representa, al lado de Cristo, con total subordinación, aspectos accesorios de la humanidad que él no asumió: es una persona humana, mientras que Cristo es una persona divina preexistente; vivía la condición de la fe oscura y peregrinante, mientras que Cristo tenía la evidencia de Dios en el plano de su divinidad (...); es una redimida, mientras que Cristo no tuvo necesidad de redención finalmente, es una mujer, mientras que Cristo es un hombre. Este último rasgo resume simbólicamente los otros".

Aunque no estrictamente necesaria para la salvación, de hecho María tuvo un cometido real en la realización del sacrificio redentor. La extensión de esa asociación la ve el Vat II desde el preanuncio del protoevangelio (LG 55) a la encarnación: "EI Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyera a la vida. Lo cual vale en forma eminente de la madre de Jesús, quien dio a luz la vida misma que renueva todas las cosas, y fue enriquecida por Dios con dones dignos de tan gran dignidad" (LG 56). María se consagró totalmente a la persona y a la obra del Hijo, sirviendo al misterio de la redención debajo de él y con él. No fue, pues, un instrumento meramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación del hombre con fe libre y obediencia (ib). Lo que Eva, la madre de los vivientes, ató con el nudo de su desobediencia, María, la madre de los redimidos, lo desata con su fe y con su obediencia. Esta disponibilidad al plan de la salvación se realiza concretamente para María en su asociación a los misterios de la infancia: concepción virginal, visita a Isabel, nacimiento, presentación en el templo, encuentro de Jesús perdido (LG 57), y a los misterios de la vida pública: bodas de Caná, predicación del Señor, Calvario. María permaneció junto a la cruz "sufriendo profundamente con su unigénito y asociándose con ánimo materno a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la victima engendrada por ella misma" (LG 58). Tal asociación, según el concilio, continúa en pentecostés, donde estaba también "María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con su sombra en la anunciación" (LG 59). Y prosigue con la asunción gloriosa y con la vida celeste de María, que, "una vez recibida en los cielos no dejó esta misión salvadora, sino que continúa alcanzándonos, por su múltiple intercesión, los dones de la eterna salvación" (LG 62).

b) Asociación integral de María. María participa en la salvación en orden a todos los redimidos y en la salvación completa. Ella, en efecto nos obtiene "las gracias de la salvación" (LG 62) y "coopera con amor de madre a la regeneración y formación de los fieles" (LG 63). Aun teniendo en cuenta el carácter metafórico de la expresión usada por Benedicto XV en 1919 —en el Calvario María abdicó de sus "derechos maternos"—, no se puede dejar de tener en cuenta los lazos de afecto y de comunión que prolongan entre madre e hijo aquella unión inicial de la carne y de la sangre: "Al llamar a María sobre el Calvario, Jesucristo extiende esta comunión a los sufrimientos y a los méritos de la redención. A los pies de la cruz, María puede seguir diciendo lo que toda madre puede decir a su hijo: Éste es mi carne y mi sangre, y padece cruelmente ante esa carne lacerada y esa sangre derramada. Ella puede añadir lo que puede añadir toda madre en comunión profunda con su hijo: Lo que es tuyo es mío y lo que es mío es tuyo"' Aunque no sustituye a Cristo, a los sacramentos o a las obras buenas de todo redimido, María añade su contribución de fe, de obediencia, de oración, de sufrimiento durante su vida terrena, y ahora en su vida celeste su intercesión materna, que se une a la de Cristo, los ángeles y los santos. Y esto en orden a todos los fieles: "Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias, hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso la bienaventurada Virgen es invocada en la iglesia con los títulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único mediador" (LG 62).

c) Asociación totalmente subordinada y dependiente. La participación plena de la Virgen en la obra de la redención no altera la afirmación de la única mediación de Cristo: Cristo solo es el redentor de todos los hombres, y antes de nada de su misma madre. Solo él, en efecto, es el Hijo de Dios encarnado; solo él ha muerto y resucitado por nuestros pecados. El Vat II resume bien el valor de la mediación de María respecto a la redención única de Cristo: "La misión materna de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la bienaventurada Virgen en favor de los hombres no deriva de una necesidad objetiva sino que nace del divino beneplácito y fluye de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud, y, lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo" (LG 60). La mediación de María como la de los santos, no es más que una participación de la mediación de Cristo y manifiesta su eficacia. "María participa de la redención por un título limitado, por su compasión y por el valor que Dios le atribuye; es lo que Pío X llama mérito de congruo. En otras palabras, María merece, a titulo de una amistad singular con Dios, lo que Cristo ha merecido por estricta justicia en pie de igualdad personal con Dios". Resumiendo, María es toda ella relación a Cristo. Y no sólo eso, sino que es también toda ella relación total al Espíritu Santo. En efecto, si María ha podido cooperar a la redención con su fiat, se lo debe a la acción del Espíritu Santo, que suscitaba en ella la cooperación de la fe y de la caridad hasta el Calvario. El Espíritu es el que la empuja al Calvario y la convoca a pentecostés para que se convierta en la raíz de la iglesia de Cristo.

A. AMATO
DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 961-968