VIRGINIDAD DE MARÍA (2)
II. Testimonio bíblico
En orden a una exposición completa y funcional del testimonio bíblico, reagrupo los distintos aspectos relacionados con el argumento según la triple distinción ya clásica: concepción virginal ("virginitas ante partum"), parto virginal ("In partu") y virginidad después del parto ('post partum"). En cada uno de estos tres momentos trataré el hecho y también el sentido del hecho. Esta segunda dimensión, descuidada muy a menudo en el debate actual, es de importancia capital. Como todos los signos (prodigios) que marcan el ritmo de la historia bíblica de la salvación, tampoco en las maravillas inherentes a la virginidad de María basta con detenerse en la materialidad del hecho (los "bruta facta"). Es indispensable captar el mensaje que encierra. Como dice el Apocalipsis (17,9): "¡Aquí la inteligencia y la sabiduría!" Para completar el tratado sobre la concepción virginal, introduciré un "excursus" sobre el voto de virginidad de María.
1. LA CONCEPCIÓN VIRGINAL: EL HECHO.
Tomados en orden cronológico, los autores del NT que testimonian en favor de la concepción virginal de Cristo son: Pablo (al menos según algunos exegetas), Marcos (dentro de los límites que indicaremos), Mateo, Lucas y Juan.
a) Pablo. Hoy se estima comúnmente que la tradición paulina no contiene referencia alguna a la concepción virginal del Salvador. Pero el silencio no quiere decir negación; simplemente parece que el asunto no ha entrado aún en la óptica del Apóstol. No obstante, a partir de 1978, Antonio Vicent Cernuda y Alberto Vanhoye, por caminos diversos, han avanzado nuevas perspectivas de lectura de algunos textos, tales como Gál 4,4, Rom 8,3 y Flp 2,7. Sobre todo estas perícopas parecen ofrecer alguna sugerencia acerca de la génesis virginal del Hijo de Dios.
1) /Ga/04/04-05. En este versículo, que es ciertamente uno de los testimonios marianos más arcaicos del NT (las dataciones oscilan entre el 49 y el 56/57), Pablo declara: "Mas cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiésemos la adopción de hijos" (vv. 4-5).
A. Vanhoye y A. Vicent Cernuda, independientemente uno de otro, llegan a la conclusión de que el v. 4 queda abierto a la concepción virginal de Jesús. Resumo por separado sus argumentaciones.
- A. Vanhoye aclara ante todo la estructura literaria de Gál 4,4-5 según este esquema: _______________________________________________________________________
(a)
acción divina = envío del Hijo
(b) modalidad = nacido de mujer
(c) modalidad = sujeto a la ley
(d) finalidad = liberación de la ley
(e) finalidad = otorgamiento de la adopción filial.
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Es fácil observar en este cuadro las siguientes relaciones entre cada uno de los miembros de frase. Hay un manifiesto paralelismo entre (b) y (c), introducidos ambos por el participio aoristo genómenon (="nacido"), y lo mismo entre (c) y (d), que comienzan ambos con la preposición final ina (= "a fin de que"). Además, (c) y (d) están en correlación antitética: el Hijo se convierte en sujeto a la ley (la ley mosaica, ypò nómon), para rescatar a los que están bajo la ley (ypò nómon). Pero también entre (b) y (e) es fácil descubrir una relación de oposición: el Hijo se rebaja al nivel de frágil criatura naciendo de mujer como todos (b), y eleva luego a los nacidos de mujer al vértice de la filiación divina (e). Finalmente el primero y el último elemento están unidos por el concepto de filiación: Dios envía a su Hijo (a) para que nosotros recibiésemos la adopción de hijos (e). Pues bien —así razona Vanhoye—, el contraste natural entre (c) y (d), lo mismo que entre (b) y (e) denota claramente una paradoja: ¿cómo puede uno estar sujeto a la ley (c) y librar al mismo tiempo a los que están bajo ella (d)? Y además, ¿es posible que de un estado de humillación como es el "nacer de mujer" (b) se siga una glorificación que es justamente el don de la filiación divina (e)? ¿Cómo puede ocurrir esto? He ahí la naturaleza paradójica de Gál 4,4-5. La paradoja (PARADOJA/QUE-ES) como tal no explica, sino que provoca primero el estupor y luego la reflexión. El estupor está determinado por el hecho de que una afirmación contiene aspectos contradictorios. La paradoja no da explicación sin más. Deja más bien la mente en suspenso para que encuentre el camino para salir de la aparente contradicción.
Poco antes, en la misma carta a los Gálatas, Pablo había recurrido al mismo género de procedimiento. Cristo, escribe (/Ga/03/13), "nos rescató de la maldición de la ley, convirtiéndose él mismo en maldición por nosotros, como está escrito: Maldito el que cuelga del madero (Dt 21,23)". Ante una afirmación como ésta, es obvio preguntarse: ¿cómo puede un maldito (un condenado a la cruz) librar a otros malditos? Muchos bandidos fueron crucificados por ser culpables de crímenes mortales (cf Dt 21,22) y no salvaron a nadie. Pablo no responde aquí. Mas por el conjunto de su doctrina sabemos que todo depende del modo con que Cristo se convirtió en maldición. Él no murió como un malhechor cualquiera. Al contrario, a pesar de no haber conocido pecado (2Cor 5,21) "se entregó a sí mismo por nuestros pecados", como señal de obediencia filial al Padre (Gál 1,4) y de amor a nosotros (2,20).
De manera análoga, la misma argumentación podría aplicarse a Gál 4,4-5. "Nacer de mujer" es sinónimo de rebajamiento, de humillación, de impureza: "¿Quién puede sacar lo puro de lo impuro? ¡Nadie!" (Job 14,4); "¿Cómo puede ante Dios justificarse un hombre y aparecer puro el nacido de mujer?" (Job 25,4). Ahora bien, si el modo de nacer Cristo de mujer es igual en todo al de los demás hombres, ¿podría él librarlos de la maldición, que es el yugo de la ley (cf Gál 3,13 y 4,4)? Parece que hay subyacente alguna cosa en la afirmación de Pablo. No da explicaciones ulteriores. Pero el género paradójico que usa exige que se encuentre solución a la antinomia, si no queremos caer en el absurdo. Debe haber algo singular en el modo de nacer de mujer el Hijo de Dios. Vanhoye concluye: "Podemos e incluso debemos reconocer absolutamente que la frase de Gál 4,4, en virtud del género adoptado, permanece abierta positivamente a las afirmaciones complementarias que aportan los evangelios a propósito de la génesis humana del Hijo de Dios" (art. cit.. 247).
- Vicent Cernada desarrolla algunas observaciones de carácter filológico en torno a la frase genómenon ek gynaikós ("nacido de mujer"). El participio genómenon (aoristo de ginomai), de suyo puede significar simplemente "nacido". Mas como el sujeto de este nacimiento es el Hijo de Dios, que ya preexiste y es enviado por el Padre, el sentido del verbo debería ser el de "devenir", "venire ad esse". Dicho de otra forma: el Hijo, que ya gozaba de una subsistencia eterna junto al Padre, pasa de ese modo suyo de ser divino, anterior al tiempo, al de hombre, de un ser que nace de mujer y entra en la historia humana. No es tanto un inicio cuanto un paso de una condición a otra.
Además, Pablo no escribe "nacido de una virgen" o bien "nacido de una madre". En efecto, ambos términos eran susceptibles de ambigüedad. El sustantivo virgen no excluía de suyo que María fuese fecundada por semen viril, aunque fuera de manera prodigiosa, es decir, sin la normal copulación de los sexos. En este sentido se expresaban diversos mitos paganos de partenogénesis, en virtud de los cuales una virgen podía ser embarazada por el esperma masculino mediante la intervención de un dios. La fe cristiana, por el contrario, era muy distinta: María concibió en su seno al Hijo de Dios sin unirse a un hombre, sin ser fecundada externamente por el líquido seminal, sino exclusivamente por una acción inefable del Espíritu Santo. El vocablo madre, por su parte, evoca el de padre, por obvia correlación; pero en el caso de María no hay paternidad humana.
Con la elección del sustantivo genérico mujer, Pablo podía llegar a una mayor aproximación al misterio, evitando así los posibles equívocos inherentes a los términos virgen y madre. Sólo más tarde, con la evolución del pensamiento cristiano, estas palabras adquirirían contornos semánticos bien definidos, familiares al lenguaje teológico actual.
2) Rom 8,3 y Flp 2,7. Tenemos aquí dos pasajes que contienen una afirmación semejante en el fondo.
En Rom 3,8 leemos: "En efecto, lo que era imposible a la ley, por cuanto estaba debilitada a causa de la carne, Dios lo hizo posible, enviando a su Hijo con una carne semejante (en omoiômati) a la del pecado..." Y en Flp 2,7: "[Cristo Jesús] se despojó a sí mismo tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante (en omoiômati... genómenos) a los hombres, y apareció en forma humana... A propósito de la expresión en omoiômati (="semejante"), común a los dos pasajes citados, y del participio genómenos (="deviniendo") de Flp 2,7, Vicent Cernuda elabora consideraciones del tenor siguiente:
- La voz omóioma significa algo semejante a otra cosa, pero que no corresponde del todo a ella. Ser semejante no es lo mismo que ser idéntico. P. ej., del becerro de oro construido por los hebreos en el Sinaí se dice que es semejante a un becerro vivo y real (Sal 105, 20 en los LXX: en omoiomati mósjou). Una cosa es un buey de carne y hueso que come heno, y otra su representación plástica, su simulacro en oro (cf también Rom 1,23). Entre uno y otro hay una relación de semejanza, no de igualdad.
Haciendo ahora las debidas aplicaciones a Rom 8,3 y Flp 2,7, hay que preguntarse: ¿a qué cosa es semejante el Hijo de Dios? Pablo responde: "a la carne del pecado" (Rm 8,3), "a los hombres" (Flp 2,7). Y puesto que el contexto respectivo de los dos versículos habla de envío por el Padre (Rm 8,3) y de un paso de la condición divina a la de esclavo de hombre (Flp 2, 6-7), la semejanza aquí invocada debe guardar relación con la encarnación: es una semejanza que se refiere al modo en que el Hijo de Dios fue engendrado según la carne. En términos más precisos: la generación natural, que implica la unión de los dos sexos, sería el arquetipo, el modelo original; en cambio, la concepción virginal es algo semejante a ella, pero no del todo idéntica. El omóioma paulino contendría, por tanto, una alusión eficaz a la concepción de Cristo, ocurrida sin el concurso masculino.
- En segundo lugar, la preposición en tiene valor bien local, bien instrumental: significa "en" alguno (o alguna cosa) y "por medio" de alguno 0 alguna cosa. Entre muchos casos, véase Flp 4,13: "Todo lo puedo en aquel [y también por medio de aquel] que me da la fuerza".
De igual modo, el en omoiemati de Pablo obtendría simultáneamente un doble efecto: Dios envía a su Hijo "por medio" de una generación semejante a la humana, y también "en" una generación semejante a ella. En resumen, el Apóstol enseñaría que Dios nos da su Hijo a través de un camino (= la concepción virginal) que por una parte se aleja del ordinario y por otra se le asemeja, en cuanto que también Cristo fue llevado en el seno materno (= proceso embrional de la gestación uterina).
- La elección del participio genómenos en Flp 2,7 -observa Vicent Cernuda- se adapta muy bien al misterio de la concepción virginal. Análogamente a lo que harán Mateo y Lucas (en seguida lo diremos), también Pablo evita el uso del verbo gennáo, el cual connota de suyo la acción generativa consiguiente a la fecundación seminal. Ultima observación: como Flp 2,7 se considera de ordinario extracto de un himno litúrgico, Pablo no haría otra cosa que aludir a una doctrina ya conocida y profesada por la iglesia orante y evangelizadora.
b) Marcos.
La predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret suscita estupor en los que le escuchan (Mc 6,2). Se decía de él, entre otras cosas: "¿No es éste el carpintero, el hijo de María?..." (v. 3). Así leen los códices más importantes. En cambio? P45 (que es el manuscrito más antiguo de Marcos), los códices minúsculos 33, 700, 1375 (579, 565 1194), la "Vetus latina" (códices a, b,c,i,r), la versión armenia y la georgiana registran la siguiente variante: "¿No es éste el hijo del carpintero y de María?...". Antes de valorar esta doble variante, echemos una mirada comparativa a los pasajes paralelos de Mateo-Lucas y al evangelio de Juan.
La perícopa correspondiente de Mateo dice: "¿No es él quizá el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre?... " (13,55). Y Lucas refiere que todos, en la sinagoga de Nazaret, se quedaron maravillados al escuchar la primera intervención de Jesús, y decían: "¿No es éste el hijo de José?" (4,22; cf 3,23). Por la tradición joanea sabemos que, para Felipe, Jesús es "hijo de José de Nazaret" (Jn 1,45); además, los judíos que oyeron el discurso del pan bajado del cielo murmuraban diciendo: "¿Acaso no es éste Jesús, el hijo de José? Conocemos a su padre y a su madre" (6,42).
El argumento que estamos elaborando requiere algunas precisiones sobre la fórmula de Marcos "el hijo de María", que se funda en la tradición textual más segura. A muchos comentaristas no se les escapa el carácter insólito de tal formulación. En efecto, en el uso bíblico, un hijo es designado habitualmente con el nombre del padre; el nombre de la madre se cita cuando el padre ha tenido diversos hijos de varias mujeres, ya sean esposas o concubinas (cf Gén 22,24; 24,15; 36,10-14; 2Sam 3,35...). En el mismo NT, Mc 6,3 es el único pasaje por el estilo. ¿A qué se debe una excepción tan llamativa? Las respuestas no siguen una dirección unívoca.
- ¿La desaparición de José? Son muchos los que dicen que para entonces José había muerto; por eso se nombra solamente al genitor superviviente, María, conocida de todos los habitantes de la aldea. Y se invoca el episodio de Lc 7,12: "Llevaban a enterrar a un muerto, hijo único de una madre viuda". No obstante, se objeta, ¿por qué los otros evangelistas conservan la expresión "hijo de José", y en circunstancias que —al igual que en Mc 6,3— pertenecen ya a la vida pública de Jesús? Además, en el caso de Lc 7,12, esa designación es perfectamente comprensible en el contexto funcional del episodio, donde la madre del muchacho muerto es objeto de tiernísima compasión por parte de Jesús (vv. 13.15).
- ¿Signo de una paternidad incierta? ¿Hemos de creer, como hacen algunos, que un hijo identificado sólo en relación con la madre es un hijo ilegitimo, de paternidad desconocida? Así lo entendería una costumbre judía posterior al tiempo de Jesús, además, en el uso samaritano y mandeo, la expresión "Jesús, hijo de María" tiene un sentido peyorativo. Pero resulta que no hay testimonios de esto en el AT (Lev 24,10- 11 y Jue 11,1-2 no pueden servir de ejemplo). Los que proponen esta teoría llegan luego a concluir que Mc 6,3 contendría ya el eco del rumor judío en boga en el s. II y referido por Orígenes, según el cual Jesús habría sido hijo adulterino de María y del soldado legionario Panthera. Es algo sumamente inseguro; p. ej., ¿los otros hermanos y hermanas de Jesús mencionados en Mc 6,3 eran también ilegítimos?
- ¿La fe en la concepción virginal de Jesús? Hay una última explicación. Marcos escribe simplemente "hijo de María" porque él, y su comunidad, están al corriente de la concepción virginal de Cristo. No hay que excluir que la otra versión ("¿No es éste el hijo del carpintero y de María?") represente un estadio más antiguo de la tradición. Pero a la sensibilidad de Marcos —que ya conocía el misterio del origen del Hijo de Dios por la virtud del Espíritu Santo— esa frase podía sonarle ambigua, debido a lo cual fue cambiada por la otra: "¿No es éste el carpintero, el hijo de María?" Es cierto que Mateo y Lucas —en los lugares paralelos de Mc 6,2-3— llaman a Jesús "hijo de José". Su lenguaje, sin embargo, no se prestaba a incomprensiones, porque en los respectivos evangelios de la infancia habían ya excluido la paternidad física de José. En efecto, Lucas advierte: "Jesús, al comenzar su ministerio, tenia unos treinta años y era hijo, según se creía, de José" (3,23). Y el mismo Mateo parece suavizar su aserto. En efecto, no calca la variante de Marcos, que dice: "¿No es éste el hijo del carpintero y de María?" En lugar de ello, aporta la siguiente corrección: "¿No es él el hijo del carpintero?¿No se llama su madre María?" (13,55). En cualquier caso, todo el mundo puede comprender que también la tercera de las soluciones aquí adoptadas, aun no siendo improbable de suyo, deja amplio margen de imponderabilidad. No está bien presionar demasiado.
c) Mateo.
Recogemos en dos párrafos la tradición mateana sobre el origen humano de Cristo por obra del Espíritu. En el primero citamos las afirmaciones explícitas del evangelista al respecto; en el segundo indicaremos la cuidadosa alternancia de los verbos gennáo (= engendrar) y tíkto (= alumbrar), cuando el discurso se refiere a la maternidad de María.
- "Encinta por virtud del Espíritu Santo". El primer evangelista tiene palabras claras sobre la concepción virginal de Jesús. Escribe en 1,18: "Estando desposada María, su madre, con José, antes de que convivieran se encontró encinta por virtud del Espíritu Santo" Añade luego, en el mensaje del ángel a José: "... Porque lo que es engendrado en ella viene del Espíritu Santo" (v. 20). Y cierra el relato: "[José] recibió a su mujer, la cual, sin que él la conociera, dio a luz un hijo, al que él llamó Jesús" (vv. 24-25).
- Distinción entre "gennáo" (= engendrar) y "tikto " (= dar a luz). No quisiera dejar de mencionar también una reciente aportación filológica de A. Vicent Cernuda, que (me parece) no deja de proyectar nueva luz sobre la maternidad virginal de María. Tanto Mateo como Lucas -tal es la tesis de Vicent Cernuda- hacen una cuidadosa distinción en el uso de los verbos gennáo (=engendrar) y tikto (=dar a luz) cuando hablan de la Virgen que concibe y da a luz a Jesús. Se advierte como un embarazo en su estilo a este respecto. El Hijo de Dios (¡hecho decididamente único en la historia humana!) se encarna en el seno de una mujer sin aportación masculina; es la virtud del Espíritu la que plasma en sus entrañas la humanidad del Verbo. ¿No impide quizá el desgaste de nuestro lenguaje captar la singularidad excepcional e irrepetible de un prodigio como aquél? Los dos evangelistas parecen conscientes de estos límites. Y he aquí, por tanto, a qué economía someten el empleo de los verbos que describen la colaboración genética de María a la obra del Espíritu. Los dos verbos en cuestión son, decíamos, gennáo (= engendrar) y tikto (= dar a luz).
El primero (gennáo) es el término clásico que connota la procreación, la transmisión de la vida de padre a hijo. Siendo de naturaleza genealógica, su acento semántico recae más en el padre que en la madre. El segundo (tikto) significa dar a luz, y es obvio por tanto que será referido a la mujer en cuanto madre. Pues bien, tanto Mateo como Lucas emplean el verbo tikto para designar la función biológica de María que concibe y da a luz a Jesús, mientras que evitan (salvando las excepciones, que ilustraremos) recurrir a gennáo. La razón de esta elección se debe al hecho de que la maternidad de María es virginal. En cuanto a Mateo, emplea cuatro veces tikto en relación con María. Ella, dice el ángel a José, "dará a luz un hijo" (1,21). Y sin que José hubiera tenido relaciones con ella, "dio a luz un hijo" (v. 25). Se cumplía así el oráculo de Is 7,14 (en la versión de los LXX): "He aquí que la virgen concebirá [lit. 'tendrá en el seno'] y dará a luz un hijo, que será llamado Emmanuel".
Se puede, pues definir a Jesús con las palabras de los magos, cuando preguntan: "¿Dónde está el rey de los judíos que ha sido dado a luz?" (Mt 2,2a: o tejthéis). No se dice "que ha sido engendrado" En todo el NT, sólo aquí y en Lc 2,11 aparece el verbo tikto en el sentido de nacer (cf, en cambio, Mt 19,12 y 26,24). Mas para comprender que Jesús es o tejthéis (= el dado a luz), es decir, que ha nacido de su madre por virtud directa del Espíritu, se requiere una revelación celeste; tal es el caso de José, al cual se le aparece el ángel del Señor (1,20-21), y de los magos que ven la estrella del mesías (2,2b). Como alternativa de tikto está gennáo en Mt 1,16b.20 y 2,1.4. En 1,16b el verbo es exigido por el contexto precedente, donde se trata de demostrar que Jesús se insertó en la cadena de las generaciones humanas que comienzan por David y Abrahán (v. 1). Es curiosa, sin embargo, la variación de la fórmula. De María no se dice que "engendró" (egénnesen), como de todos los demás antepasados desde Abrahán en adelante (vv. 2-16a); el evangelista declara en este punto: "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual fue engendrado (egennêthe) Jesús, llamado Cristo" (v. 16). Esta fórmula pasiva ("fue engendrado") sugiere que Jesús nació efectivamente de la esposa de José sin ser fruto del semen de José. Y es eso lo que Mateo explica inmediatamente después en los vv. 18-25.
Si en el v. 20c aparece el mencionado verbo en pasivo (ta gennethén), es para significar que realmente en el seno de María "se produjo" "germinó" una vida por la virtud dei Espíritu; su parto será real, no ficticio (v. 21). El uso de gennáo en pasiva en 2,1.4 subraya, en cambio, la aparición externa de Cristo en nuestro mundo. Si antes se hablaba del misterio escondido realizado en el seno de María, ahora se quiere decir cuándo y dónde Cristo vino a formar parte de una sociedad, en medio de nosotros. Y esto ocurrió "en Belén de Judá, en tiempo del rey Herodes" (2,1; cf el v. 4).
d) Lucas.
Como ya hemos hecho para Mateo, también para Lucas procedemos en dos tiempos. Primero recordamos el testimonio fundamental de Lc 1,34-35; luego nos detendremos en el empleo calculado del verbo tikto (= dar a luz), con preferencia a gennáo (= engendrar), respecto a la función generadora de María.
- "El Espíritu Santo descenderá sobre ti... " La afirmación capital es sin duda la de Lc 1,34-35: "Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? No conozco varón. El ángel le respondió: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño que nazca será santo y llamado hijo de Dios". Más abajo, en el excursus sobre el voto (propósito) de virginidad, sintetizaremos las principales explicaciones de estos versículos. Por eso nos dispensamos ahora de ulteriores profundizaciones.
- Alternancia entre "gennáo" (= engendrar) y "tikto" (= dar a luz). También Lucas, al igual que Mateo, tiene en cuenta el uso de gennáo y tikto. Como todos saben, en los dos capítulos de la infancia establece un paralelismo bien trazado entre Juan Bautista y Jesús con el fin de poner de relieve la superioridad de Cristo respecto a su precursor. Si de Isabel se dice que "engendra", de María se dirá en cambio que "da a luz". La diferencia salta a la vista sobre todo en los dos siguientes párrafos paralelos: ______________________________________________________________________
1, 13 1, 30-31 ".,, No temas, Zacarías. v. 30b "... No temas, María, tu oración ha sido escuchada v. 30c porque has encontrado gracia ante Dios. y tu mujer Isabel v. 31 He aquí que te engendrará (gennêsei) concebirás y darás a luz (tékse) un hijo, un hijo al que llamarás Juan". y lo llamará Jesús".
1 ,57 2, 6-7 "Para Isabel "... para ella (María) se cumplió el tiempo se cumplieron los días del parto (toû tekéin) del parto (toû tekéin) y engendró (egénnesen) y dio a luz (éteken) un hijo". a su hijo primogénito". ______________________________________________________________________
El verbo gennáo en relación con María aparece sólo en Lc 1,35 (ta gennómenon). En tal caso, al estar en pasivo impersonal, el verbo se deberá traducir: "lo que se producirá", "lo que tomará vida". Aunque María concibe sin semen viril, no obstante su gestación es verdadera: concibe en el seno (v. 31), un germen de vida florece en sus entrañas.
e) Juan.
En el cuarto evangelio tendríamos una afirmación inequívoca de la concepción virginal del Verbo, si fuese legitimo leer Jn 1,13 en singular más bien que en plural. El argumento requiere un vasto preámbulo de critica textual. En el estado actual de las investigaciones, ¿qué se puede decir sobre el singular o plural de Jn 1,13? Veamos, pues, los puntos capitales de la cuestión, para deducir luego las consecuencias debidas respecto a la maternidad virginal de María.
- El estado del texto de Jn 1,13. Es sabido que este versículo ofrece dos lecciones. Una está en plural " ... los cuales [los que creen en el nombre del Verbo, como se dice en los vv. 11-12] no de la sangre ni del querer de hombre, sino de Dios han sido engendrados (egennéthesan)". La otra está en singular: "... el cual [o sea, el Verbo] no de la sangre ni del querer del hombre, sino de Dios ha sido engendrado (egennéthe)" Desde el punto de vista de la critica textual, la lección en plural está atestiguada por todos los manuscritos griegos, los más antiguos de los cuales, sin embargo, no se remontan más allá del s. IV; luego, por otros testimonios del s. III, como Clemente Alejandrino (+ antes de 215), Orígenes (+ 253/254; pero él está al corriente de ambas variantes), los papiros Bodmer P66 y P75 y las versiones coptas. En cuanto a la difusión geográfica, se observa que esos testimonios se concentran en torno al área de Alejandría de Egipto, en la región del Nilo.
La lectura en singular, aunque goza de una documentación muy inferior por número, es, sin embargo, la más antigua y la más difundida desde el punto de vista geográfico. La más antigua. En efecto, aparece en los escritos patrísticos del s. II y de principios del III. Véase Justino (+ 165); la Carta de los 12 Apóstoles, quizá de origen siríaco (mitad o finales del s. II), Ireneo (+ finales s. II); Hipólito (+ 235), que depende de Ireneo; Orígenes (+ 253/254); pero parece que ya Ignacio de Antioquía (+ h. 110) y Justino (+ h. 165) estuvieron influenciados por la lectura en singular de Jn 1,13. Entre las antiguas versiones hay que recordar: dos manuscritos de la "Vetus latina" (el codex Veronensis [b], del s. v, y el liber comicus, que es el leccionario de la iglesia de Toledo, atribuido a san lldefonso [657-667]), entre las siríacas está la sirocuretoniana y seis manuscritos de la Peshitta (que van del s. v al x).
La más difundida. Lo prueba el hecho de que está extendida por toda el área del Mediterráneo. La encontramos, en efecto, en Siria (Carta de los 12 Apóstoles, Ignacio de Antioquía), en Egipto (Orígenes), en África del Norte (Tertuliano), en Roma (Hipólito, Justino) y en las Galias (Ireneo). Sobre las razones de este cambio del singular al plural introducido en Jn 1,13 hacen alguna referencia Ireneo y, sobre todo, Tertuliano. Tertuliano reprochará a los gnósticos valentinianos haber transformado abusivamente (y por tanto adulterado) el texto juaneo del singular al plural. Gracias a este cambio, intentaban demostrar su doctrina sobre la existencia de los llamados espirituales. Los valentinianos (en el caso, Alejandro) razonaban así, según Tertuliano: "Lo que ha nacido del Espíritu, es espíritu" (Jn 3,6). Partiendo de esta afirmación juanea, concluían que el Verbo, "habiendo nacido de Dios" (Jn 1,13), es decir, del Espíritu, no puede tener una carne verdadera y material. Jesús nació ciertamente de María de manera virginal, pero no tomó nada de la carne de María; simplemente pasó a través de ella, sin tomar nada de su carne ni de su sangre. El cuerpo de Jesús fue plasmado exclusivamente por la virtud del Espíritu, sin el concurso biológico materno de María. Por eso en Jesús se escondía un cuerpo espiritual, pneumático. Tal doctrina fue extendida a los espirituales o elegidos. Éstos, en el lenguaje valentiniano, son los que han alcanzado el grado más elevado del conocimiento religioso. Pues bien esta profunda transformación, esta generación arcana ocurre no en virtud de la carne o de la sangre, sino por la fuerza del semen divino que es la voluntad de Dios.
A tal doctrina [de los gnósticos] aludía también un pasaje de Ireneo, desconocido en el texto original, pero recordado por san Jerónimo en el Indiculus de haeresibus 16 (PL 81,639). Algunos gnósticos, refería Ireneo, enseñan que "los hijos de las promesas no han nacido de la unión carnal del hombre, sino del Verbo de Dios, de suerte que no admiten que el Hijo unigénito sea engendrado por Dios". En la práctica, pues, Ireneo reprocha a estos "hijos de las promesas" (que quizá haya que equiparar con los "elegidos" o "espirituales" de que hablará Tertuliano) que se apliquen a sí mismos lo que Jn 1,13 dice del Hijo unigénito del Padre; al reivindicar también para su propia persona esa arcana generación, negaban que el Verbo encarnado fuese el "Unigénito", es decir, el único en ser engendrado por Dios sin intervención masculina.
De estos informes se pueden deducir algunas hipótesis para explicar cómo el plural de Jn 1, 13 tuvo luego tanta difusión. Un motivo probable podría ser la fórmula "no de la sangre" (lit. "no de las sangres") de Jn 1,13; unida al singular "ha nacido", parecía favorecer el docetismo, herejía según la cual la humanidad asumida por el Verbo era ficticia, no verdadera carne. En una época en la cual la sangre era considerada como la materia de la concepción (cf He 17,26 en las variantes), decir que Cristo no ha nacido "de la sangre" (lit. "de las sangres") habría sido una afirmación por lo menos ambigua y peligrosa. Además (es una segunda hipótesis, sugerida por la teología patristica), la adopción del plural quizá pretendiera modelar la regeneración espiritual del creyente sobre la generación del mismo Hijo de Dios según la carne.
En cualquier caso, hay que mantener una conclusión, a saber: la lectura en singular de Jn 1,13 tiene serios fundamentos en la transmisión textual. Además, presenta una correspondencia sorprendente con I Jn 5,18, donde el evangelista afirma: "Sabemos que el que ha nacido de Dios no peca, pero el Engendrado de Dios (o gennetheis ek toû Theoû) le guarda..." Según esta lección (que tiene el apoyo de los códices más autorizados sin lugar a dudas), Jesús es "el Engendrado de Dios", definición que se armoniza bien con Jn 1,13 en la variante en singular ("... ha sido engendrado por Dios").
- ¿La concepción virginal en Jn 1,13? Si este versículo se lee en singular, una de las consecuencias más obvias en el plano doctrinal es que el Verbo se hizo carne en el seno de María "... no de la sangre [lit. 'de las sangres'], ni por el querer de la carne, ni por el querer del hombre, sino que fue 'engendrado por Dios".
Insistiremos un poco más adelante en la primera de estas tres negaciones ("no de la sangre"). Las otras dos se refieren, por exclusión, al modo en que el Verbo tomó carne en María. En el proceso de la encarnación no tuvo parte ningún deseo-instinto sexual ("ni por deseo de carne") ni por parte del hombre ("ni por querer de hombre"). La única paternidad respecto a Jesús fue la de Dios ("...sino que fue engendrado por Dios"). En el orden de la carne Cristo tiene una madre (cf el v. 14), no un padre terreno. Sólo Dios es su Padre. El es "hijo del Padre" (2 Jn 3); es su "Unigénito" (Jn 1,14.18).
Resumamos, pues, esta reseña de los textos relativos al hecho de la concepción virginal. No parece deba excluirse que Pablo aluda a este misterio o que deje el camino abierto a él (para Mc 6,3, es muy discutible). Lo afirman, en cambio, con toda claridad Mateo (1,18.20), Lucas (1,35) y Juan (1,13 en singular). Mateo y Lucas dicen que Jesús fue concebido por virtud del Espíritu Santo; Juan, en cambio, afirma que fue engendrado por Dios. En el plano de la cualidad, ambas formulaciones profesan la misma cosa; la de Juan prefiere cargar el acento en la filiación divina del Verbo, impresa, diríamos, en su mismo origen según la carne.
2. LA CONCEPCIÓN VIRGINAL: EL SENTIDO DEL HECHO.
Si nos atenemos al mensaje del NT, la concepción virginal por parte de María es un signo (cf Is 7,14, releído por Mt 1,22-23) que contiene en sí una doble orientación: significa, es decir, revela la divinidad de Cristo como Hijo de Dios (del Padre) y la regeneración de los creyentes como hijos de Dios.
a) La divinidad de Cristo como Hijo de Dios (del Padre). ¡Es una convergencia impresionante! En cada uno de los tres evangelistas que relatan la génesis humana del Salvador, el testimonio de la concepción virginal de María está estrechamente ligado a la confesión de la divinidad del ser que nacerá de ella. Lo hemos visto al tratar el tema madre de Dios: el que toma carne en el seno de María por la virtud del Espíritu, al margen de toda potencialidad masculina, es para Mateo el "Dios con nosotros" (1,23; cf 28,20), el que "salvará a su pueblo de sus pecados" (1,21); para Lucas es el "Santo, hijo de Dios" (1,35.39-44.56), "Señor" (1,43); para Juan es el Verbo divino (Jn 1,I), "el Hijo del Padre"(2Jn 3).
Entre la concepción virginal de María y la divinidad de Cristo la relación es estrechísima. Ese modo de hacerse hijo del hombre es el signo sensible, inscrito en la carne, de que esta vez no es una simple criatura la que viene a la existencia, sino que Dios mismo adquiere aspecto humano. De ahí derivan su legitimidad las especulaciones teológicas subsiguientes: Jesús no tiene padre humano, porque tiene un Padre celestial; siendo preexistente al mundo como Verbo eterno, es un don de Dios al mundo, es un don salvífico. En efecto, "tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo unigénito, para que quien cree en él no muera, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16-17).
Observación perennemente saludable es la de Jesús a la samaritana: "¡Si conocieses el don de Dios...!" (/Jn/04/10a). En términos actualizados, esas palabras significan (entre otras muchas cosas) que la redención del hombre, la liberación de toda la persona (en el cuerpo y en el espíritu), antes de ser conquista nuestra es don del Padre que se nos ofrece en Cristo. A nosotros corresponde darnos cuenta de ello y reconocerlo.
EP/PODER-DE-D: La fe en Cristo salvador como don -dimensión subrayada también por su concepción virginal- debería madurar en una fuerte capacidad de oración y de esperanza. De oración, ya que no somos autores primarios, sino colaboradores, en la obra de la salvación. La autosuficiencia, más que construir, envilece. Sería ilusoria toda forma de ciencia y de técnica si no obedeciese a los impulsos del Espíritu de Cristo, el cual ha dicho: "Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. El que permanece en mi y yo en él, da mucho fruto, porque sin mi no podéis hacer nada" (Jn 15,5). Y de esperanza..., ¡virtud difícil! En el seno de una muchacha humilde y pobre, el Espíritu hace germinar al autor de la vida: "Porque nada es imposible para Dios" (Lc 1,37). El poder divino que produjo la humanidad del Verbo en María es el mismo poder que resucitará a Jesús de entre los muertos y que hará victoriosa a la iglesia contra las "puertas del infierno", es decir, los instrumentos de la muerte (cf Mt 16,18).
Dios -que nos ama siempre el primero y no por nuestros méritos (cf IJn 4,10 y Jn 15,16: "No me escogisteis vosotros, sino que yo os escogí a vosotros...")- es mucho más fuerte que nuestras limitaciones. Cuando obstáculos insuperables parecen interponerse en su alianza con el hombre, interviene él para hacer nuevas todas las cosas con sus maravillas (cf Is 43,19 y Ap 21,5). Él desbloquea situaciones humanamente sin salida. Dios puede hacer fecundas a mujeres estériles, como lo eran Sara, Rebeca, Raquel, la madre de Sansón, Ana, Isabel... Tiene poder sobre todo para vivificar la multiforme esterilidad de nuestros egoísmos, a menudo tan sanguinarios y aterradores. La iglesia, el mundo -como antaño Israel- se asemejan en ciertas épocas a una inmensa extensión de huesos áridos (cf Ez 37,111). Pero es en esta imagen de muerte donde se despliega la acción recreadora del Espíritu de Dios (cf Ez 37,12-14).
La concepción virginal del Hijo de Dios, aunque situada en una linea de continuidad respecto a las "grandes cosas" realizadas ya en el AT, fue un prodigio que sobrepasó toda expectativa humana. ¿,Acaso podemos dudar de que el Espíritu está siempre dispuesto a rehacer un mundo pervertido por el mal? "Hasta que sobre nosotros se derrame el espíritu venido de lo alto; entonces el desierto se hará como un vergel y el vergel se cambiará en selva. En el desierto morará el derecho, y la justicia habitará en el vergel. De la justicia brotará la paz..." (Is 32,15-17).
b) La regeneración de los creyentes como hijos de Dios. Sobre esta segunda faceta del misterio, Juan es el autor que más luz proyecta. Partiendo de él (aunque es el escritor más tardío), quizá podamos darnos cuenta mejor de que Mateo y Lucas habían llegado, al menos en germen, a las mismas intuiciones.
1) Juan. La mención de la génesis virginal del hombre Jesús en Jn 1,13 (en singular) no es algo aislado; al contrario, está unida tanto con el origen del Verbo antes de la creación (Jn 1,1-2), es decir, con la divinidad de Cristo (según ya hemos dicho), como con el renacimiento espiritual de los cristianos como hijos de Dios. Esta segunda conexión está inherente en la concatenación inmediata de los vv. 12-13: "A todos los que lo reciben les da el ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre [v. 13], el cual no de sangre ni de voluntad de hombre, sino de Dios ha sido engendrado" Los dos versículos así ensamblados sugieren que la generación de los creyentes en la filiación divina (v. 12) está modelada por la generación virginal del Verbo según la carne (v. 13). La primera es casi una prolongación de la segunda; la filiación de Cristo es el fundamento, la fuente y la causa ejemplar de la de los cristianos.
Efectivamente, uno de los temas de fondo de la doctrina juanea es justamente la regeneración de los creyentes en Cristo; cuando el evangelista describe las modalidades, se entrevé el nexo que tiene esta enseñanza con el nacimiento del Verbo como hijo del hombre. Por comodidad didáctica, podemos condensar la materia en cuatro puntos: los creyentes como hijos de Dios, Ia acogida de la palabra de Dios y el influjo del Espíritu como agentes de ese renacimiento; la novedad de vida consiguiente a la filiación divina en el hombre; la iglesia madre, puesto que anuncia la palabra.
- Los creyentes son "hijos" de Dios. CR/HIJO-DE-D: La tradición juanea abunda en el término hijos aplicado a los que creen en Cristo. Son denominados "hijos de Dios" (Jn 1,12; IJn 3,1.2.10, 5,2), o bien "engendrados [nacidos] de Dios" (IJn 2,29; 3,9; 4,7; 5,1.4.18), porque su regeneración viene "de lo alto" (Jn 3,3.7).
Encontramos aquí una de las constantes de la catequesis juanea, según la cual las prerrogativas de Cristo son participadas a sus discípulos. "De su plenitud todos hemos recibido" (Jn I,16). En el caso presente, si Jesús es "el Hijo del Padre" (2Jn 3) y el "engendrado por Dios" (IJn 5,18; cf Jn 1,13 en singular), que "viene de arriba" (Jn 3,31), los cristianos se convertirán en "hijos de Dios", "engendrados por Dios", "renacidos de lo alto" (Jn 3,3.7). Obsérvese, sin embargo, la precisión terminológica del vocabulario juaneo. Sólo a Jesús se reserva el término yiós (= Hijo), mientras que a los cristianos se les denomina tékna (= hijos, engendrados).
Todo ello se puede compendiar en las palabras de Jesús a María de Magdala: "Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios" (Jn 20,17). La nueva condición de los creyentes es la de ser hermanos de Jesús e hijos del Padre.
- La acogida de la palabra de Dios y la energía del Espíritu en orden a la filiación divina. La condición para convertirse en "hijo de Dios" es la fe en Cristo; para nacer de Dios, en efecto, hay que aceptar al Verbo y creer en su nombre (Jn 1,12), es decir, creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (IJn 5,1.4-5; cf Jn 20,31). Con la obediencia a la palabra de Dios, revelada plenamente en la persona de Jesús, se hace uno participe de la filiación divina; nos convertimos en "hijos en el Hijo".
Sin embargo, es la fuerza del Espíritu la que le permite al hombre abrirse a la fe y perseverar en ella. El Espíritu es el agente de la nueva vida que arraiga en el creyente. El momento inicial de este renacimiento de lo alto es el bautismo en el agua y el Espíritu (Jn 3,5). Éste es el punto de partida, que Juan designa con el aoristo gennethê (Jn 3,3.5) y gennethênai (Jn 3,7). Allí es donde se les ofrece a los cristianos el poder de hacerse "hijos de Dios" (Jn 1 ,12), de nacer del Espíritu (Jn 3,ó.8).
Mas no basta"haber nacido"; hay que crecer luego en la nueva condición de hijos hasta llegar a la madurez. Para esto es necesario que la palabra de Jesús more en nosotros a manera de semilla (IJn 3,9; cf Lc 8,11) y de una mística unción (IJn 2,20.27). Pues bien, en todas las fases de esta progresiva asimilación de la palabra revelada está obrando la energía del Espíritu que el Señor mismo nos ha dado (Jn 14,26; 16,1315; IJn 3,24; 4,13; 5,ó). Es el Espíritu el que poco a poco introduce al hombre en la verdad de Cristo toda entera (Jn 16,13; IJn 5,6). Si Cristo es la verdad (Jn 14,6), también el Espíritu es la verdad (IJn 5,6). El culto de la nueva alianza está todo aquí: en adorar al Padre, acogiendo la verdad de Cristo, bajo el impulso del Espíritu (Jn 4,23-24).
- La renovación ética, fruto de la regeneración espiritual. La filiación divina originada por la fe en Cristo determina un modo nuevo de vivir y de pensar, en virtud del cual la existencia entera queda transformada. Es una regeneración que afecta a la persona entera. Escribe J. Galot: "Juan considera el hecho de ser engendrados por Dios o de ser hijos de Dios como un estado que debe manifestarse mediante una conducta moral apropiada... La expresión ser de Dios indica la acción de Dios, su impacto actual en el modo de vivir". En virtud de este dinamismo impreso por la fe, el creyente (que "ha nacido de Dios") conforma su comportamiento con el amor (IJn 4,7) con la caridad hacia el hermano (cf 3,10); practica la justicia (IJn 2,29; cf 3,7.10); con la fuerza que le viene de creer en Cristo, Hijo de Dios, está en condiciones de vencer al mal (IJn 5,1.4); se hace así cada vez menos capaz de pecar, porque acoge en sí la semilla de la palabra de Dios (IJn 3,9) y Cristo le preserva del maligno (IJn 5,18). He ahí, pues los frutos maravillosos producidos por el renacimiento del hombre en Cristo. La fe que obra, engendra una nueva justicia que se compendia en el amor.
- La iglesia, "madre"en virtud de la evangelización. Pero la palabra de Dios es proclamada por la iglesia y en la iglesia. El tema es uno de los que más se repiten en las cartas de Juan. Escribe el apóstol: "Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que han tocado nuestras manos, acerca del Verbo de la vida..., lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros..." (1Jn 1,1.3).
Éste es el anuncio que los fieles han oído y acogido de labios de los testigos del Verbo, "desde el principio", dice Juan hasta cuatro veces (IJn 2,7.24a-b; 3,11; 2Jn 6). Esta expresión adverbial de tiempo se refiere al día en que los apóstoles, por mandato del Señor resucitado, comenzaron a predicar abiertamente la palabra evangélica relativa al Verbo de vida. Y los fieles, si quieren conocer a Dios, deben escucharlos (IJn 4,6). Y como la acogida de la palabra de Dios, es decir, la fe en Cristo suscitada por el Espíritu, transforma a los hombres en hijos de Dios, la iglesia se convierte en madre. Al hacer resonar la palabra evangélica, ofrece a todos la posibilidad de convertirse en hijos de Dios, ejerciendo con ello una función maternal en el orden de la fe. El atributo de madre no aparece expresamente en Juan con referencia a la iglesia. Pero encontramos su equivalente. En efecto, el evangelista, dirigiéndose a una comunidad cristiana con el nombre simbólico de "Señora elegida", escribe: "Yo, el presbítero, a la Señora elegida y a sus hijos, que amo en la verdad..." (2Jn 1, cf también el v. 13: "Los hijos de tu hermana elegida"). Una denominación de este tipo ("a sus hijos") da a entender que en el seno de la iglesia está actuando siempre un misterio de fecundidad espiritual. Por la misma razón, Juan (que es miembro eminente de la iglesia en cuanto apóstol) considera a los discípulos por él evangelizados como hijos. En efecto, los llama "hijitos míos" (IJn 2,1); "hijitos" (IJn 2,12.18, 3,7.18; 4,4; 5,21), "hijos míos" (3Jn 4: tal es el presbítero Gayo).
I/MADRE/CIPRIANO: La iglesia, se concluye por tanto, al esparcir la semilla de la palabra (cf IJn 3,9) mediante el ministerio de los evangelizadores, colabora en el misterio de palingénesis espiritual por el cual los creyentes se convierten al mismo tiempo en "hijos de Dios" e "hijos de la iglesia". San Cipriano dirá luego felizmente: "No puede tener a Dios como padre el que no tiene a la iglesia como madre".
Y la maternidad espiritual de la iglesia encuentra su comienzo ejemplar en la maternidad de María para con los creyentes, proclamada por Jesús en el Calvario (Jn 19,25-27). La función materna de María, en efecto, está sellada por el Espíritu derramado por Jesús moribundo (Jn 19,30; cf 7,39); además, en la economía pascual del "tercer día" (cf Jn 2,1), que es la de la iglesia, la Virgen desarrolla su maternidad en particular exhortando a acoger la palabra de Cristo: "Haced cuanto él os diga" (Jn 2,5).
2) Mateo. El primer evangelista, que da un testimonio absolutamente transparente sobre la maternidad virginal de María, ofrece también algunas proposiciones esenciales acerca de la maternidad de la iglesia. Los puntos que podemos deducir de su evangelio son los siguientes:
- El mandato misionero de la iglesia. Cristo resucitado dejó esta consigna a los apóstoles: "Id..., enseñad [lit. haced mis discípulos] a todas las naciones, bautizándolas en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar cuanto os he mandado" (Mt 28, 19-20).
- Anuncio de la palabra y "maternidad" de la iglesia. Al predicar el evangelio, la iglesia (fundada sobre los apóstoles) ejerce una misión materna. En efecto, los hombres, al observar la palabra de Jesús predicada por la iglesia (Mt 28,20a), se convierten en sus discípulos (28,19a). Y de estos discípulos precisamente ha dicho Jesús: "He aquí mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,49-50; cf Mc 3,34-35; Lc 8,21). Luego al anunciar la palabra evangélica, la iglesia ofrece a los hombres la facultad de engendrar a Cristo, es decir, de convertirse en "madre de Jesús". Hay, pues, un misterio de generación materno-espiritual en la actividad evangelizadora de la iglesia.
- ¿Función del Espíritu en la maternidad de la iglesia? ¿Tiene el Espíritu Santo una función en todo esto? Mateo es explícito al poner de relieve la intervención del Espíritu en la maternidad de María (1,18.20). Respecto a la maternidad de la iglesia, tal como se realiza en el anuncio y la acogida de la palabra evangélica, se contenta con algunas alusiones. El bautismo, que sella la obediencia a la enseñanza del evangelio, es conferido también en nombre del Espíritu Santo (28,19). Juan Bautista había dicho: "Yo os bautizo con agua para la conversión; pero el que viene después de mí es más poderoso que yo..., él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (3,11). El Bautista quería decir que Jesús convertiría a su palabra derramando en los corazones el fuego del poder del Espíritu.
3) Lucas. La escena de la anunciación revela que María se convierte en madre del Hijo de Dios gracias al consentimiento que prestó a la palabra del Señor (Lc 1,38: "Fiat!") y gracias al vigor del Espíritu Santo, que la hizo fecunda (1,35). Ahora bien, la maternidad de María parece convertirse en prototipo de la maternidad de la iglesia también en la catequesis lucana.
- Escucha de la palabra y generación espiritual de Cristo. La iglesia (es decir, los discípulos de Jesús), a imitación de María, engendra a Cristo mediante una escucha activa de la palabra de Dios. Lo afirma Jesús: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica"(Lc 8,21).
- Espíritu Santo y acogida de la palabra de Dios. Como el Espíritu Santo dio vida a la carne del Hijo de Dios en el seno de María, así el mismo Espíritu actúa haciendo que el hombre acoja la palabra de Cristo esa palabra que le permite realizar en su propia persona la generación espiritual de Cristo.
De esta admirable interacción entre palabra de Dios y Espíritu Santo tenemos declaraciones abundantes en el libro de los Hechos, obra asimismo de Lucas. El testimonio que la iglesia da de Cristo en la evangelización es mantenido por la energía del Espíritu (He 1,8; cf Lc 24,48-49) enviado por Cristo (He 2,33, cf Lc 24,49) como don pascual que él ha recibido del Padre (He 2,33, 1,4 cf Lc 8,20; 15,8). Este bautismo en el Espíritu (cf He 1,5) de los apóstoles y de los discípulos (He 2,1-4) se extiende a cuantos acogen la palabra, judíos o paganos (He 10,45.47 11,15; 15,8; 19,6). De ese modo la palabra crecía y se multiplicaba (He 6,7; 12,24), crecía y se robustecía (He 19, 20).
Como epílogo de este sentido arcano de la maternidad virginal de María respecto al renacimiento espiritual de los creyentes, citamos un pasaje de Tertuliano y otro de san Máximo confesor, dos voces que sintetizan las numerosas intuiciones patrísticas sobre la materia.
Tertuliano (+ después del 220) escribía: "Ante todo hay que poner de relieve la razón por la cual el Hijo de Dios ha nacido de una virgen. Era preciso que naciese de modo nuevo el que había de convertirse en el autor de un nuevo nacimiento" (De carne Christi 17,2: CCL 2,904).
Y san Máximo (+ 662): "Cristo nace siempre místicamente en el alma tomando carne de aquellos que son salvados y haciendo del alma que le engendra una madre virgen" (Expositio orationis Dominicae: PG 90,889-890).
A. SERRA DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 1984-1999