MARÍA, SEDE DE LA SABIDURÍA

 

Sede de la sabiduría es uno de los titulos con que el pueblo cristiano honra a la madre de Dios. Los mismos formularios litúrgicos de las festividades marianas, de ayer y de hoy, han hecho uso de los textos sapienciales del AT con la intención de aplicarlos a la Virgen. Así hace el Leccionario del propio y común de Santos; la sección reservada al Común de santa María virgen también escoge Prov 8,22-31 y Si (LXX) 2412.5-7.12-16.26-30. Ambos pasos llevan el lema "María, trono de la sabiduría".

Pero he aquí el problema: ¿Ofrece la Escritura garantías válidas para este tipo de lectura? ¿Es licito traspasar a María cuanto se dice de la sabiduría veterotestamentaria? ¿En qué medida podemos ver en ella la ''Virgen sabia" de los tiempos nuevos? Intentaré responder a estos interrogantes desarrollando algunas perspectivas bíblicas y adelantando algunas propuestas.

1. Concepto bíblico de sabiduría

Hablar de la sabiduría de María a partir de la sagrada Escritura requiere contestar una cuestión preliminar: ¿qué (o quién) es la sabiduría para la biblia? La respuesta, reduciéndola a lo esencial, es ésta: en el AT la sabiduría encuentra su expresión privilegiada en la ley de Moisés (la Torah); para el NT es la persona de Cristo.

1. EL AT: SABlDURÍA Y LEY MOSAICA. Para los fines que en esta voz se persiguen, es suficiente estudiar la tradición veterotestamentaria, enlazando sobre todo con una corriente doctrinal del postexilio babilónico que se impone por el elevado número de citas en los escritos biblico-judaicos.

Según esta escuela de pensamiento, la sabiduría se identifica con la ley mosaica, donde está documentada la historia de Dios con su pueblo. Dice, p. ej., Si 24,32: "Todo esto [la sabiduría y la observancia de sus dictados: vv. 1-21] no es otra cosa que el libro de la alianza de Dios altísimo, ley que nos dio Moisés en heredad a la casa de Jacob". Y en Bar 4,1.4: "Ella [la sabiduría] es el libro de los mandamientos de Dios, la ley que permanece eternamente... Felices nosotros, Israel, pues lo que agrada al Señor nos ha sido revelado". También el traductor del Sirácida afirma que Israel es alabado como pueblo instruido y sabio gracias a las muchas y profundas enseñanzas transmitidas por la ley, por los profetas y en los escritos sucesivos (prólogo, 1-3). Este prefacio no sólo confirma la relación entre sabiduría y ley, sino que hace comprender que la "ley [de Moisés]" abraza en la práctica el conjunto de los libros sagrados del AT.

Avanzando, debemos establecer qué tipo de conocimiento transmite la sabiduría contenida en la sagrada Escritura. Procedamos por etapas. Hay afirmaciones que establecen la equivalencia entre lo que conoce la sabiduría y lo que conoce Dios. De la sabiduría, en efecto, se dice que "sabe las cosas pasadas y entrevé las venideras, conoce los artificios del lenguaje y las soluciones de los enigmas; conoce de antemano los signos y prodigios, y la sucesión de las estaciones y de los tiempos" (Sab 8,8).

Pero esta suma de conocimientos es atribuida igualmente a Dios, pues él "sondea las profundidades del abismo y del corazón y penetra todos sus secretos. El Altísimo conoce toda la ciencia y observa los signos de los tiempos, anunciando las cosas pasadas y las futuras, y descubre todas sus reconditeces (Si 42,18-19). De lo que se deduce que la sabiduría conoce el pensamiento y las cosas de Dios: simplemente, es lo que Dios piensa (Sab 9,9), su designio, su proyecto (Sab 9,17), concebido desde la eternidad (Prov 8,22-25; Si 24,9).

Pero, en segundo lugar, no se trata de un saber cualquiera, profano, sino religioso. La sabiduría, tal como está expresada en los libros sagrados, revela el pensamiento divino y sus proyectos, pero tal como se manifiesta en la historia de la salvación; es decir, todas las maravillas que Dios lleva a cabo en la creación (Si 42,21-43 33a, Sab 9,9) y en la vida de los hombres, desde Adán, con especial referencia a Abrahán y al pueblo que de él desciende (Si 44,1-50,24; Sab 9,18-19,22).

Por lo tanto, lo que se puede saber de la sabiduría bíblica es de naturaleza estrictamente religiosa. Ella nos instruye sobre lo que Dios piensa, quiere y obra en orden a nuestra salvación. De esta "economía salvífica" —que se efectúa en la creación y en las vicisitudes de la familia humana (señaladamente del pueblo de Israel)— nos hablan justamente los libros de las sagradas Escrituras.

2. EL NT: CRISTO,"SABIDURÍA" DE DIOS.
El NT nos suministra diversos testimonios referentes a Jesús-sabiduria. Viene espontáneamente a la mente el conocido pasaje de 1Co/01/24/30, en que el Apóstol afirma que Cristo es sabiduría de Dios. Algunos exegetas sacan la conclusión de que la figura de Jesús queda identificada con la sabiduría misma. Otros, para los cuales Cristo no es reducible a la sola categoría de la sabiduría veterotestamentaria, se limitan a reconocer una coloración sapiencial en el modo con que el NT anuncia la persona y la obra del Salvador.

Dentro de la visión mariana del tema, podemos ya plantear una primera pregunta: ¿Es legítimo referir a María pasos sapienciales del AT, como Prov 8 y Si 24? A mi entender es lícito, a condición de que se permanezca en los límites de un sentido acomodaticio. Me explicaré. Si la sabiduría es el pensamiento, el proyecto salvífico de Dios ideado desde la eternidad en Cristo, habrá que reconocer que en ese proyecto, existente en la mente del Padre antes de la fundación del mundo, estaba incluida también aquella que debía ser la madre de Cristo, el trono viviente de la sabiduría, que fijaría su tienda en Israel. Con motivo justamente de la misión única que sería llamada a desempeñar María, Dios pensó en ella de una manera muy particular, como también pensó en cada uno de nosotros antes de que viniéramos al mundo. Esta deducción es conforme a lo que escribe Pablo en Ef 1,4-5: "Nos eligió [Dios Padre] en él [Cristo] antes del comienzo del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante él, predestinándonos por amor a la adopción de hijos suyos por Jesucristo en él mismo, conforme al beneplácito de su voluntad". Debemos añadir que, en esta perspectiva del aspecto mariano de la literatura bíblica sapiencial, es de interés primario el evangelio de Lucas. La dimensión sapiencial de este primer escrito lucano es perceptible al menos en los siguientes lugares: Lc 2,40-51; 7,35; 8,19-21; 11,27-28; 12,12 (en relación con 21,15 y He 6,10.3). Volveremos en seguida a decir todo lo que ha influido la sabiduría veterotestamentaria en los términos y actitudes de Lc 8,19-21 y 11,27-28. Veamos, de momento, los restantes pasajes:

a) Jesús a los doce años en el templo (Lc 2,40-52). Es mérito, sobre todo, de R. Laurentin haber llamado la atención sobre el tenor sapiencial de esta perícopa. En primer lugar pone de relieve el origen sapiencial del vocabulario de estos versículos. Los libros homónimos del AT a menudo hacen uso de términos que aparecen en Lc 2,40-52. Tales son, p. ej., los sustantivos inteligencia (v. 47), maestros (v. 46), respuestas (v. 47), gracia (vv. 40.52); cf en especial el v. 52 con Prov 3,4; corazón (v. 51); los verbos "conocer-comprender" (vv. 43.49.50; cf el v. 44), y, sobre todo, el binomio "buscar-encontrar". Laurentin, después, se dedica a descubrir los contactos entre Si 24 y Lc 2,40-52. Comparando en dos columnas paralelas los respectivos textos, resultaría el siguiente cuadro:

Si 24

Lc 2, 40-52

(la sabiduría)

 (Jesús)

-ha salido de la boca
del Altísimo (v. 3):

-es hijo del Padre (v. 49), no de José (v. 48):

-tiene su morada en Israel (v. 8), en Jerusalén (v. 11), en Sion, en la tienda santa (v. 10);

-mora en Jerusalén (v. 43), en el templo (v. 46);

-ha echado sus raíces en medio de un pueblo glorioso, en la porción del Señor (v. 12);

-se sienta en medio de los doctores, entre muchos que le escuchan (vv. 46-47);

-por orden de su Creador se establece en la tienda santa, en Sión, la colina del templo (v. 10);

-"debe" estar en la casa de su Padre (v. 49);

-crece... (vv. 13-14).

 -crece en sabiduría (v. 52).

Atendiendo a estos paralelismos y a otros todavía más minuciosos entre Si 4,11-18 y Lc 2,43-51b, Laurentin concluye: "Es una misma cosa para Cristo ser sabiduría e Hijo del Padre, dado que la sabiduría ha salido de la boca de Dios... (Si 24,3)... [Las palabras] debo estar en la casa de mi Padre responderían a la orden que la sabiduría ha recibido de habitar en el templo".

b) Los "hijos de la sabiduría" (Lc 7,35) Este versículo contiene un aforismo que concluye un juicio expresado por Jesús delante de la muchedumbre a propósito de Juan Bautista: "Pero la sabiduría ha sido justificada por todos sus hijos" (cf el paralelo Mt 11,19). Esta "sabiduría" de que habla Jesús —considerando el contexto inmediato del pasaje— es el "designio de Dios" (v. 30). Los hijos de la sabiduría son, por tanto, todo el pueblo que ha escuchado, incluso los publicanos (v. 29); recibiendo el bautismo de Juan, todos éstos han reconocido la justicia de Dios, o sea, su voluntad salvífica (v. 29), tal como se expresa en Juan y en Jesús. En otras palabras: Jesús, precedido por Juan, nos revela el designio de la sabiduría divina.

c) "Espíritu" y "sabiduría" (Lc 12,12 y 21,5). El evangelista propone aquí, de nuevo, la imagen de Jesús-sabiduría, en cuanto que el Espíritu que promete es un espíritu "de sabiduría". La situación contemplada en estas dos perícopas es sustancialmente la misma, porque tanto en una como en otra Jesús habla de las persecuciones que encontrarán sus discípulos: "Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y a las autoridades, no paséis apuro por defenderos o por lo que habéis de decir, el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que habéis de decir" (12,12). "Pondrán sus manos en vosotros, os perseguirán, os llevarán a las sinagogas y a las cárceles y os harán comparecer ante los reyes y los gobernadores por causa de mi nombre. Esto os servirá para dar testimonio. No os preocupéis de vuestra defensa, que yo os daré un lenguaje y una sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios" (21,12- 15).

El binomio "lenguaje-sabiduría" de Lc 21,15 es una endíadis que equivale a "lengua sabia" o "palabras de sabiduría". Teniendo en cuenta el lugar paralelo de Lc 12,12, se concluye que será el magisterio del Espíritu Santo quien suministrará a los discípulos ese lenguaje de sabiduría para testimoniar a Cristo delante de los poderosos de este mundo.

En He 6,10 y 6,3 encontramos la contrapartida. Cuando Esteban discute con los que se le oponían de la sinagoga llamada de los "libertos", ninguno podía resistir "a la sabiduría y al Espíritu con que él hablaba" (/Hch/06/10). La sabiduría de Esteban era fruto del Espíritu. Era una sabiduría inspirada, gracias a la cual podía dar testimonio íntegro del misterio que se había cumplido en Jesús de Nazaret. Esteban era justamente uno "de los siete hombres de buena reputación, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría" (He 6,3).

Resumamos. La figura de Cristo según el tercer evangelio, tiene tintas marcadamente sapienciales. Y desde el momento en que la madre de Jesús está descrita, sobre todo en este libro, como criatura atenta a las palabras del Hijo en lo que se refiere a su persona, se concluye que la actitud discipular de María tiene un reverbero también de naturaleza sapiencial: ella está a la escucha de la Sabiduría encarnada, es "hija de la sabiduría". "Vino el Hijo del Hombre que come y bebe y decís: Mirad un hombre glotón y bebedor... Pero la sabiduría ha sido justificada por todos sus hijos" (Lc 7,34.35).

II. Sabiduría y memorial-recuerdo de los hechos salvíficos

1. EL AT. SABIO/QUIEN-ES: Como hemos dicho, la ley mosaica es fuente de la sabiduría (Bar 3,12; Si 24,23.25); más aún: es la misma sabiduría. Por eso el sabio es aquel que lee, medita, estudia los libros sagrados (la Torah) para sacar de ellos reglas de vida. Ésta ya era la enseñanza del Deuteronomio por lo que mira a las leyes y normas (4,8) impartidas por Moisés a todo Israel. El gran profeta exhorta al pueblo a ponerlas en práctica, porque, decía, "ésa será vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, teniendo noticia de todas estas leyes, dirán: Esta gran nación es el único pueblo sabio e inteligente" (Dt 4,6).

Convencido de esto Jesús, hijo de Sirac, compuso el libro que lleva su nombre (el Sirácida), para dar a conocer algo de la sabiduría que obtuvo con la lectura prolongada de la sagrada Escritura: leyes, profetas y otros libros de los padres (prólogo 6-12). Y esto para que los amantes del saber "puedan avanzar siempre más en una conducta según la ley" (vv. 13- 14).

Efectivamente, la Escritura define como ejercicio sapiencial el de "recordar", "guardar en el corazón" las múltiples actuaciones con que el Señor ha intervenido para salvar a su pueblo en todo tiempo, y las orientaciones normativas que de ello se derivan. Tomemos el salmo 107. En él se hace el elenco, al comienzo, de los numerosos prodigios con que Yavé protegió a Israel en diversas circunstancias (vv. 142). Y al terminar —tomando un motivo de Os 14,10— llama "sabio" al que "guarda el recuerdo" de estos hechos de gracia que hacen comprender la bondad del Señor (v. 43). El Sirácida da pruebas de esta sabidurÍa. Recuerda luces y sombras de la historia de los padres de Israel desde Henoc hasta el sumo sacerdote Simón (44,1-50,21). Este recuerdo de los antepasados del pueblo elegido expresa aquella sabiduría del corazón que el Sirácida ha querido condensar en su libro y verterla como lluvia (50,27). Dichoso el que siguiendo tal ejemplo, medita estas cosas, fijándolas en su corazón, pues será "sabio" (50,28).

Judit es presentada como un modelo bien logrado de esta espiritualidad. Hablando a sus hermanos mientras Holofernes está a las puertas de la ciudad, ella les exhorta —entre otras cosas— a "recordar" las pruebas que el Señor hizo pasar a Abrahán, Isaac y Jacob (8,26). Y Ozias le responde: "Todo lo que has dicho lo has proferido con corazón recto y nadie podrá contradecir tus palabras. Porque no es hoy solamente cuando se ha hecho patente tu sabiduría, sino que desde el principio de tus días todo el pueblo conoce tu prudencia, así como el buen natural de tu corazón" (v. 29).

Así se revela también el escriba, el cual, estando siempre en contacto con los libros sagrados en virtud de su profesión, "medita la ley del Altísimo, indaga la sabiduría de todos los antiguos, se dedica al estudio de las profecías... y será colmado del espíritu de inteligencia, y como lluvia derramará palabras de sabiduría" (Si 39,1.6b-c).

El memorial a que debe aplicarse la contemplación de Israel, como pueblo sabio, comprende toda su historia: los días del tiempo antiguo (Dt 32,7a; 4,32a); los años lejanos (Dt 32,7b) los tiempos pasados desde el comienzo (Sal 78,2, Is 46,9) desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra (Dt 4,32b). Moisés amaestraba así a sus hermanos: "Pon atención, y no te olvides de cuanto has visto con tus ojos para no dejarlo escapar nunca de tu corazón. Antes bien, enséñaselo a tus hijos y a los hijos de tus hijos. Recuerda..., interroga a los tiempos antiguos... Guardaos de olvidar la alianza del Señor, vuestro Dios" (Dt 4,9-10.23.32).

Desde estos enunciados de conjunto los textos descienden a determinaciones más puntuales. Israel deberá custodiar en su corazón hechos como la alianza pactada con Abrahán, Isaac y Jacob (Sal 105,8-10); las peregrinaciones de los patriarcas (Sal 105,12-15); la historia de José (Sal 105,16-23); la esclavitud en Egipto (Sal 105,24-25; Dt 5,15; 15,15; 24,18.20c, en los LXX.22), la liberación del primer éxodo, el de Egipto con todas las maravillas que lo acompañaron (Sal 105,26-39; Dt 4,32-34; 5,15, 15,15, 24 18), la teofanía del Sinaí (Dt 4,10-i9.32.36), el itinerario desde Egipto a Palestina hasta la elección de David (Sal 78,12-72), los cuarenta años del desierto (Dt 8,2); las codornices, el maná, el agua (Sal 105,4042); el episodio de Beelfegor (Dt 4,3); los hechos de Balac, Balaán y los acaecidos desde Sitin a Guilgal (Miq 6,5); la instalación en Palestina (Sal 105,44-45; Dt 4,38); los pecados cometidos desde el día en que Israel dejó Egipto hasta la llegada a Palestina (Dt 9,7), y después aquellos que provocaron el exilio (Ez 20,43; 36 31, Bar 2,33).

Cada una de estas memorias tiene una finalidad actualizadora. "La fe en el futuro proviene de lo que se verificó en los tiempos pasados".

La anámnesis permanente de los hechos salvíficos hace que el pueblo conozca mejor quién es su Dios, y en consecuencia que se convierta a sus mandamientos. Por ejemplo: en los acontecimientos ocurridos en los cuarenta años del desierto, Israel podrá, efectivamente, reconocer que Dios le corrige como un padre (Dt 8,2.5), cuya misericordia habrá que imitar. Así como el Señor ha sido compasivo con Israel rescatándolo de la esclavitud del faraón, así Israel deberá alimentar sentimientos benevolentes con el esclavo, el forastero el huérfano, la viuda (Dt 5,14-15, 15,12- 15; 24,17-22). Hasta el recuerdo de tantas infidelidades con el Señor podrá reavivar la fe en su don gratuito y proveniente: él amó primero, por pura gracia, y no por nuestros méritos (Dt 9,7.4-ó, Miq 6,3-4.5; Ez 20,4344, 36,31-32).

Israel, pues, es el pueblo que escucha, el pueblo que recuerda. Retener en el corazón los acontecimientos de la historia salvífica, escuchar-acoger los mandatos, las leyes y las normas que el Señor ha dado revelándose en aquellos hechos, es cuestión vital para Israel. AhÍ está su sabiduría.

2. ACTUALIZACIÓN CRISTOLÓGiCO-MARIANA. La que fue la reflexión sapiencial de todo Israel y de cada israelita constituye la herencia de María. Con el fiat de la anunciación María acepta servir al designio de Dios salvador. Desde aquel día la historia de Jesús es también su historia. Hechos y palabras de Jesús serán los motivos ahora de su contemplación sapiencial. Los acontecimientos que se relacionan con su Hijo son su hoy; las palabras que pronuncia, los gestos que realiza son la actualización de la Escritura. Para comprender, pues, quién es Jesús, para hacer exégesis de lo que dice y actúa en el momento presente, María deberá repetir dentro de sí el itinerario sapiencial que ya fue el itinerario del pueblo del que es hija. Deberá interpelar las Escrituras que hablan del pasado de Israel como pueblo de Dios, y del futuro hacia el que su Señor le dirigía en la penumbra de la fe.

La Virgen muestra haber asimilado esta fe de sus padres. También ella tiene una doble actitud frente a los acontecimientos y las palabras de Jesús, "sabiduría de Dios" (ICor 1,24.30). En efecto, por una parte, conserva su recuerdo (Lc 2,19a.51b); pero no de una manera estática, porque, por otra, intenta profundizar su inteligencia "meditándolas" (Lc 2,19b). Lucas, en este paso, usa el verbo symbállo, que significa "interpretar", "hacer la exégesis" "dar la explicación justa". Éste es el sentido técnico de symbállo, tal como se deduce de la lectura de la literatura griega, sobre todo de la de los oráculos. Pues cuando una respuesta de la divinidad contiene algo oscuro, ¿a quién corresponde esclarecerlo? Corresponde al cresmólogo, es decir, al intérprete de los oráculos. Su función es designada habitualmente en tal caso con el verbo symbállo.

He aquí, pues, la fase dinámica de la fe de María: recordar para profundizar, para actualizar, para interpretar. A medida que el Hijo crecía, se planteaban nuevas interrogantes en el ánimo de la madre. En este proceso de crecimiento es de suponer que María recordase el AT, que tenia bien asimilado, tal como demuestra en el cántico del Magnificat, himno en que María, a semejanza del escriba sabio, "hace llover palabras de sabiduría y alaba al Señor con su plegaria" (Si 39,ó).

Así la Virgen maduraba su fe en la palabra de Dios. No procediendo desde una afirmación a una negación ("creo"-"no creo"), sino desde un menos a un más, desde una luz menor a una luz mayor. Se trata de un progreso en la identidad. De los parientes de Jesús, Juan dice que ni ellos siquiera creían en Jesús (Jn 7,5). De la Virgen, en cambio, nunca se dice que no creyó. Se afirma una vez (en Lc 2,50) que no comprendió, y que superaba esta oscuridad de la fe mediante el recuerdo y la consideración asidua de lo que Jesús decía y obraba.

lll. Sabiduría y profundidad escondida de la revelación

1. EL AT. La sabiduría (que se expresa de modo singular en los libros sagrados, en la ley de Moisés) es don de Dios (Sab 8,21; 9,17; cf Sant 1,5). Teniendo su principio en Dios, es participe de la inagotable fecundidad de la fuente de que emana. Por eso el hombre no conseguirá jamás ahondar en todo su contenido integral: "De cada cosa he visto el límite; pero tu ley no tiene confines" (Sal 119,96). La religiosidad judía está plenamente empapada de esta verdad. De ese amplio coro de voces escogeremos algunos testimonios. Afirma Si 24,22-27: "Todo esto no es otra cosa que el libro de la alianza del Dios altísimo, la ley que nos dio Moisés en heredad a la casa de Jacob... Inunda de sabiduría como el Pisón, como el Tigris en los días de primavera. Hace desbordar la inteligencia como el Éufrates, y como el Jordán en los días de la mies. Que rebosa instrucción como el Nilo, y como el Geón en los días de la vendimia. No acabó el primero de conocerla, ni el último la agotó. Porque sus pensamientos son más profundos que el mar, y sus designios como el abismo".

El autor del Apocalipsis de Baruc (14,8-9) ruega así: "Señor, ¿quién podrá penetrar tus juicios? ¿Quién podrá sondear tus caminos o medir la excelencia de tu sendero? ¿Quién logrará comprender tu pensamiento inaferrable? ¿Hay acaso alguien entre los hijos de mujer que llegue a descubrir el principio y el fin de tu sabiduría?" De la literatura rabínica, escuchemos la voz de R. Eliezer (b. Hyrkanos, h. 90) y R. Akiba (+ 135) a propósito de la riqueza inextinguible de la Torah. R. Eliezer decía: "Aunque todos los mares se transformasen en tinta y todas las cañas fuesen plumas de escribir; aunque el cielo y la tierra se convirtieran en códices y todos los hombres fuesen escribas, no serían suficientes para escribir la Torah que yo he aprendido. Y de ella yo sólo he adquirido lo que podría adquirir un hombre que mojase su pluma en el mar" (Ct Rabbah, 1, 3.1). R. Akiba escribe: "De ella (la Torah) yo he tomado no más que lo que toma aquel que huele un cedro: él goza, pero el cedro no pierde nada; o como aquel que llena el jarro en un río de agua, o el que enciende una lámpara con otra" (ib). Como la sabiduría divina es ilimitada, es obvio que el vocabulario sapiencial desarrolle una serie de conceptos que expresan de diversos modos el abismo que separa este atributo divino de la mente humana Se hablará así de cosas escondidas, de enigmas, de parábolas, de paroimiai...

a) Las "cosas escondidas" El de la sabiduría es también "un discurso oscuro" (Prov 1,6). Cuando un hombre entra en esta escuela, ella le conduce al principio por vías difíciles, lo somete a duras pruebas, pero después le alegra y le desvela "sus secretos (Si 4,16-18), "sus misterios" (Sab 6,22). Por eso es bienaventurado el que medita la sabiduría y considera sus caminos en el propio corazón; llegará a comprender sus "designios escondidos" (Si 14,1718.20-21; 39,3; 43,2; Sab 7,21).

b) Los enigmas. La raíz semántica de este término (nueve veces usado por los LXX y una vez en el NT) orienta, indudablemente, hacia una cosa oscura, incomprensible, que necesita ulteriores esclarecimientos para que se haga comprensible. Descifrar los enigmas es propio del sabio. Así, p. ej:, la sabiduría de Salomón se revela resolviendo los enigmas que le propone la reina de Saba (IRe 10,1-8; cf 2Crón 9,1-7); él —dirá Ben Sirac— desbordaba de sabiduría como un río (Si 47,14) y llenaba la tierra de sentencias de sentido escondido, no fáciles de comprender (v. 15b).

Cuando el autor del libro de los Proverbios publica su colección de máximas bajo el nombre de Salomón (Prov 1,I), lo hace con el fin de aprender la sabiduría (v. 2). Oyéndole, el sabio crecerá en virtud, y el inteligente adquirirá sagacidad (v. 5) para entender las sentencias oscuras, los dichos de los sabios y sus enigmas (v. 6). Por esto el escriba, que es sabio de verdad, "escruta el significado oculto de los proverbios y se ocupa del sentido escondido de las parábolas" (Si 39,3). Entre los dones esponsales con que la sabiduría enriquece a sus discípulos está la capacidad de penetrar los artificios de los discursos y encontrar la solución de los enigmas (Sab 8,8).

c) Las parábolas. PARA/QUE-ES: Para los autores de la sagrada Escritura, la "parábola" (47 veces en los LXX y 49 en el NT) es, fundamentalmente, una lección (cf Sal 78,2), una enseñanza sacada de la historia del pueblo elegido, con sentencias casi siempre rimadas y lapidarias. Este género de instrucción es impartido a veces mediante imágenes, visiones y semejanzas, que tienen por objeto la suerte del pueblo de Dios, del reino. Sin embargo, encierra algo oscuro, indescifrado. Este filón semántico de "parábola" cuenta con tres referencias en Ezequiel (17,2; 21,5, 24,3) una en Daniel (12,8) y muchísimas en los sinópticos con motivo de las parábolas de Jesús. Bajo esta perspectiva, la parábola es un tipo de enseñanza figurativa, en que la semejanza (el parangón) asumirá notable desarrollo, sobre todo en las parábolas evangélicas. Sin embargo, la doctrina contenida en ella no es explícita del todo, como aparece por los ejemplos de Ezequiel y Daniel (antes citados), y, sobre todo, por las parábolas de Jesús (Mt 13,1011.13.35; Mc 4,11-13; Lc 8,10). Es necesario, por tanto, explicar su significado en un segundo momento. Así hace Yavé con Ezequiel (17,12; 21,6, 24,9), y Jesús con sus discípulos (Mt 13,36; 15,15; Mc 4,11-13.34; 7,17, Lc 8,9-11). Probablemente es éste el motivo por el que el concepto de parábola se junta al de enigma o problema. P. ej., la prosperidad de los impíos desconcierta al israelita fiel (Sal 49,5); las épocas transcurridas del pueblo elegido encierran arcanos (Sal 78,2); los proverbios dictados por Salomón son densos de significado, no de claras evidencias (Si 47,15). El sabio se dedica entonces a la meditación de estas páginas oscuras de los libros sagrados para dilucidar su mensaje (Sal 49,45, Prov 1,6, Si 39,3) y crecer así en doctrina y discernimiento (Prov 1,5).

d) La "paroimia" En su acepción normal este término (once veces en los LXX y cuatro en el NT) significa proverbio, máxima, dicho sapiencial. Como la parábola, también la paroimia es obra del sabio. Tales son los "proverbios" (paroimiai) atribuidos a Salomón, que forman una colección aparte (Prov 1,1; 25,1; Si 47,17). Además, la paroimia encierra también enseñanzas profundas, ocultas. El escriba sabio se aplica a investigar su sentido (Si 39,3).

En el evangelio de Juan, la voz paroimia aparece cuatro veces precisamente en esta última variación de significado (Jn 10,6; 16,25.29). El discurso del buen pastor (Jn 10), desde el v. I al v. 5, es definido como una paroimia que los fariseos no comprendieron (v. 6). Jesús, entonces, propone claramente su sentido, aplicándose a si mismo (vv. 7-18) los términos oscuros de los vv. 1-5. Del discurso simbólico se pasa a la explicación explícita. Es el esquema de la revelación en dos tiempos, bastante frecuente en el cuarto evangelio. El mismo evangelista confirma con toda claridad que la paroimia es un lenguaje enigmático en 16,25.29: si hasta entonces Jesús ha hablado en paroimiais, ahora ha llegado el tiempo en que hablará "abiertamente" (vv. 25.29). La revelación prepascual permanece envuelta en la penumbra, pero con la glorificación de Jesús el Espíritu vendrá a iluminar la mente de los discípulos sobre toda la verdad evangélica (16,13-14). Entonces podremos conocer que Jesús no habla ya en términos velados, sino claramente (16,29).

Con razón el lexicógrafo bizantino Suida (s. XI c.) definía así la paroimia: "Es un discurso secreto, interpretado por medio de otro de significado perfectamente claro".

2. ACTUALIZACIÓN CRISTOLÓGICO-MARIANA. Si meditamos en estos cánones de pensamiento elaborados por los sabios del AT, podremos intuir algo del modo con el que María se adentraba en la profundidad escondida de su Hijo, que crecía bajo su mirada. Nos referimos a la persona y la misión de Jesús en general, y, en particular, a su destino doliente.

a) Jesús, un "enigma" permanente. Muy pronto María y José advirtieron que se encontraban en presencia de fenómenos que superaban su capacidad de comprensión inmediata. Ellos "se admiraban" de las palabras proféticas de Simeón (/Lc/02/33); cuando encontraron a Jesús en el templo quedaron atónitos (Lc 2,48). Es elocuente, sobre todo, la pregunta de María, llena de humanidad: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2,48). Es un lamento, índice de un sufrimiento intenso. Pero tanto ella como José no comprendieron la respuesta de Jesús (v. 50).

Estos breves rasgos sobre la infancia de Jesús muestran suficientemente que la Virgen, igual que José, no podía entender de pronto todo sobre aquel niño. Su Hijo, su misión, su comportamiento, era más grande que su capacidad, no lograban abarcarlo. Un aura de misterio aletea a su alrededor. Entonces, a semejanza de los sabios que meditan sobre los enigmas de los libros sagrados, María conserva todas las cosas en su corazón, incluso las palabras que de momento le resultaban incomprensibles (Lc/02/50/51b).

SGTO/TENTACIONES: Para quien entra en la escuela de la sabiduría es cosa normal tropezar con zonas oscuras para la inteligencía humana. La sabiduría, en efecto proviene de Dios y, por tanto, lo mismo que Dios, es un océano sin confines: "Hijo —advierte Si 2,1—, si te aprestas a servir al Señor prepara tu alma para la tentación". En los comienzos de este discipulado, la sabiduría conduce a los suyos por vías tortuosas, los entrena con su disciplina, los somete a prueba con sus dictámenes, pero, finalmente, les manifiesta sus secretos (Si 4,17-18).

Según la tradición lucana, Jesús se reviste del semblante de la sabiduría. María aparece, respecto al Hijo, como discípula de la sabiduría encarnada; se entrega fielmente a su magisterio porque lo conserva todo en su corazón. Ni siquiera ella, que era su madre, estuvo exenta de las "tentaciones" a que la sabiduría somete a sus seguidores (cf Si 4,17). Si queda sorprendida y maravillada al oir al santo anciano del templo (Lc 2,33), si osa formular un "por qué", es legítimo concluir, como hace el Vat II, que ella también "avanzó en la peregrinación de la fe" (LG 58). En resumen: no es irreverente suponer que a veces incluso María, como Juan Bautista, y los apóstoles, tuvo que revisar su propia esperanza y sus propios esquemas sobre el mesías. Motivo no último de su bienaventuranza es el hecho de que ella no se escandalizó de su Hijo (cf Lc 7,23; Mt 11,ó).

b) El enigma de los enigmas: un mesías que sufre. María es la madre de un hijo sobre el que bien pronto descenderá la sombra de la cruz. De labios de Simeón le llega el primer anuncio de la misión dolorosa a que es llamado (Lc 2,34-35). El loguion mismo de Jesús a los doce años en el templo (Lc 2,49) es con mucha probabilidad a juicio de numerosos exegetas, una profecía anticipada sobre el misterio pascual. María y José no lo comprenden (v. 50). No obstante eso, María dirige su propia reflexión también sobre aquella palabra oscura (v. 51 b).

Más tarde, durante su predicación pública en Galilea, Jesús por tres veces preanuncia que deberá sufrir, morir y resucitar al tercer día (Lc 9,22.43-44; 18,31-33; cf 24,6-7.26-27. 44-46). Y Lucas, aunque de forma indirecta, nos hace saber que María es una atenta oyente de la palabra de Dios, anunciada por Jesús (Lc 8,19-21; 11,27-28). Al escuchar los oráculos de Jesús sobre la pasión-resurrección, es de presumir que ella como los discípulos, guardara aquellas palabras "preguntándose qué quiere decir resucitar de entre los muertos" (Mc 9,10). Al recordar aquellos anuncios, María observaría la misión dolorosa del Hijo con los recursos que le venían de la fe de sus padres.

En el AT, en efecto, sobre todo en los libros más tardíos, y en el judaismo contemporáneo del NT, encontramos numerosos pasos que documentan el modo con el que el pueblo elegido alimentaba su fe en los momentos de gran tribulación, individual o colectiva. En estas circunstancias, aparentemente sin salida, la fe de Israel se dirige al pasado para recordar las muchas liberaciones que Dios concedió a sus padres (Sal 22,5-6) en los tiempos antiguos (Sal 44,2; 77,6.12; 143,5; Is 63,11), en las generaciones pasadas, desde la eternidad (Si 2,10, 51,8, IMac 2,61).

En cabeza figura siempre el recuerdo del éxodo de Egipto, arquetipo de todas las sucesivas redenciones de Israel. Leamos bien Dt 7,1719: "Si se te ocurriera pensar: ¿Cómo voy yo a poder expulsar estas naciones que son más numerosas que yo? No las temas, acuérdate de cuanto Yavé, tu Dios, hizo con el faraón y con todo Egipto; recuerda las grandes pruebas que vieron tus ojos, los milagros y prodigios, la mano fuerte y el brazo tendido con los que Yavé tu Dios, te sacó. Así hará también Yavé, tu Dios, con todos los pueblos que temes".

Del recuerdo de los hechos se pasa al recuerdo de los padres, es decir, de las personas que fueron protagonistas. El Señor los sometió a muchas pruebas, pero fueron salvados por él y glorificados, en premio a su constancia en la fe. Dice el Sal 22,56 (el salmo que Jesús rezó en la cruz): "En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste; a ti clamaron y escaparon salvos, en ti esperaron y no quedaron confundidos".

He aquí, pues, los nombres de Abel (4Mac [apócrifo] 18,11; Heb 11,4), Henoc y Noé (Heb 11,5-7), Abrahán (Jdt 8,26, I Mac 2,52; 4Mac 16,20; Heb 11,8-10.17-19), Sara (Heb 11,11- 12), Isaac (Jdt 8,26; 4Mac 16,20; 18,11; Heb 11,20), Jacob (Jdt 8,26; Heb 11,21), José (IMac 2,53, 4Mac 18,11, Heb 11,22), Moisés (Heb 11,23-28), Josué (IMac 2,25), Gedeón, Baruc, Sansón, Jefté, Samuel, los profetas (Heb 11,32), Caleb (I Mac 2,50), Pinjás (lMac 2,54 4Mac 18,12), Elías (IMac 2,58j, David (IMac 2,57; 4,30; Heb 11,32), Jonatán (IMac 4,30), Daniel ( I Mac 2,60; 4Mac 16,21; 18,13), Ananías, Azarías, Misael (IMac 2,59, 4 Mac 16,21). Con la meditación de estas páginas, Israel avivaba la llama de su propia esperanza en la salvación definitiva que Dios concedería en los "últimos tiempos". Las numerosas liberaciones obradas por Dios en el pasado eran la prenda de que visitaría y redimiría a su pueblo mediante el mesías. Este filón de la reflexión sapiencial de Israel preparaba lentamente la fe en la resurrección de Cristo, como la intervención decisiva del "Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres" (He 3,13; 5,30). Es decir: el Dios que estableció alianza con Abrahán, Isaac y Jacob, socorriéndoles de tantos modos, es el mismo Dios que ha librado del reino de los muertos a Jesús, su siervo, el Santo y Justo, crucificado por los impíos (He 2,22-24.27-28.3132; 3,14-15; 7,52; 10,38; 13,28.35.37).

Estas premisas sobre la fe de Israel pueden ayudarnos a comprender el modo con el que María reflexionaría sobre el destino doliente del Hijo. Como verdadera "hija de Sión", ella en verdad atesoraba los recursos de fe que le venían de sus padres.

EP-CRA/FUNDAMENTO: Cuando Israel, o el israelita particular, se sienten afligidos, se vuelven a su pasado para rasgar las tinieblas del momento presente que están viviendo. María, junto a la cruz, pensaría en los momentos oscuros de la historia de su pueblo y de sus padres; aquella historia se le había hecho familiar gracias a la catequesis doméstica (cf Dt 6,20-25; Est 4,17m; 2Tim 3,15 4Mac 18,18-19) y a la contemplación asidua de las Escrituras. Jesús en la cruz reza con el salmo 22, en el que se dice: "En ti esperaron nuestros padres, han esperado y tú los has librado..." También María había aprendido que Dios rompe las cadenas de los justos innumerables veces. El derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (Lc 1,52). La fe de María es la de Judit cuando exhorta a sus hermanos a esperar contra toda evidencia, acordándose de cuanto el Señor hizo con Abrahán, Isaac y Jacob (Jdt 8,25-26). Si Dios obró así en los tiempos pasados, también ahora puede dar cumplimiento a la promesa de que Cristo debe resucitar de entre los muertos (Mc 8,31; 9,30-31; 10,32-34 (cf 14,28; 16,7); Mt 16,21-23; 17,22-23; 20,17-19 (cf 28,6); Lc 9,22,4344; 18,31-33 (cf 24,6-7.26-27.44-46). Viendo al Hijo agonizar y morir, María revivirÍa en sí misma la fe de Abrahán, el cual creyó que "Dios es capaz también de dar la vida a los muertos" (Heb 11,19 cf Rom 4,17). Como la madre de los Macabeos, ella asiste a la muerte de su hijo sostenida por "la esperanza puesta en el Señor" (2Mac 7,20). M/SABADO: La Escritura no nos da noticia de una aparición de Jesús resucitado a su madre. María, sin embargo, realizó otro tipo de visión en la fe. Ella había aprendido a recorrer su itinerario de fe pascual ya desde el día en que Simeón le había preanunciado el destino doliente de su Hijo. Desde el "tercer día" del encuentro en el templo, hasta el "tercer día" de la resurrección, la Virgen iba cumpliendo su pascua. Desde el s. X el sábado está dedicado a María porque desde la tarde del viernes de pasión a la mañana de pascua la fe de la iglesia se concentró en ella.

IV. Custodia de la palabra y parentesco con la sabiduría

1. EL AT. El israelita piadoso que escucha la palabra de Dios, su ley, y la guarda en el corazón, es el verdadero sabio, contrae vínculos especialísimos con la sabiduría. Éste es un tema que abunda en paradojas. En efecto, el sabio se convierte en hermano, esposo, amigo, hijo de la sabiduría. Es obvio que en el plano de las realizaciones humanas, de la carne y de la sangre, las relaciones significadas con esas palabras no se armonizan entre sí: un hijo no puede ser hermano y esposo de la misma persona. Pero en la esfera de la relación con Dios —a la que se eleva la sabiduría— esta concomitancia es posible. Esos términos convergen para explicar la profundidad polivalente de las relaciones de Dios con el hombre y del hombre con Dios. A este ámbito de parentesco con la divinidad, decimos, nos traslada la sabiduría, adquirida con la escucha y la observancia de la palabra revelada. Veamos ahora con qué palabras la tradición del AT describe las relaciones estrechisimas que se instauran entre la sabiduría y sus cultivadores: a) En la sabiduría hay una belleza que seduce y enamora; por esto el sabio anhela tomarla como esposa (Sab 8,2) y compañera de su vida (Sab 8,9.16); ella, en respuesta, irá a su encuentro como la mujer en los años mozos (Si 15,2). b) En el parentesco con la sabiduría (Sab 8,17) está la inmortalidad y en su amistad el goce puro (Sab 8,18). c) Si uno dice a la sabiduría: "Tú eres mi hermana, y llama amiga a la inteligencia", no caerá en los lazos de los amores prohibidos de una mujer extraña (Prov 7,4-5). d) Con la fidelidad a la ley del Señor se obtiene la sabiduría (Si 15,1), y ésta saldrá al encuentro del sabio como una madre (Si 15,2) que exalta a sus "hijos" y cuida de cuantos la buscan (Si 4,11). e) Hay una progresión en este discurso sobre el parentesco con la Sabiduría: así como la sabiduría tiene su origen en Dios y viene de Dios (Si 24,3-4, Prov 8,22-30; Sab 9,4.9-10.17...), así la proximidad íntima con ella garantiza una comunión estrecha con Dios mismo.

El Señor, en efecto, no ama sino al que vive con sabiduría. Es ésta la que, entrando en las almas santas, forma a los amigos de Dios y a los profetas (Sab 7,27-28). La génesis de la sabiduría del hombre y el término hacia el que se encamina están felizmente descritos en el conocido sorites de Sab 6 17-20: "Su principio [de la sabiduria] es el sincerísimo anhelo de la instrucción. Querer instruirse es amarla. Y el amor es la observancia de sus leyes, y guardar las leyes asegura la incorrupción. Y la incorrupción nos acerca a Dios".

Un comentario de R. Samuel b. Nachman (h. 260) a Dt 30,14 ("esta palabra está muy cerca de ti") recoge felizmente esta conciencia sapiencial de Israel. Explica R. Samuel: "Dios les dijo [a los israelitas]: Hijos míos, si las palabras de la Torah están cerca de vosotros, yo también os llamaré cercanos. Porque así dice la Escritura: los hijos de Israel, pueblo a él cercano..." (Sal 148,14; cf Dt Rabbah 8,7 a 30,14).

2. ACTUALIZACIÓN CRISTOLÓGICO-MARIANA. El eco de los motivos delineados aflora en /Mc/03/31-35 y lugares paralelos: /Mt/12/46-50 y /Lc/08/19-21. Un día que Jesús hablaba a las muchedumbres, le dijeron: "He aquí que ahí fuera te buscan tu madre y tus hermanos y hermanas". Jesús, tomando ocasión de esta visita, declara: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor exclamó: "Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre".

Nótese que en la relación lucana el dicho de Jesús está directamente relacionado con la obediencia a la palabra evangélica. Lucas, en efecto, conecta este episodio con la parábola del sembrador, seguida de la explicación que parangona la semilla con la palabra de Dios (8,4-15) y con la similitud de la lámpara (vv. 1617), que culmina en el aviso: "Mirad bien, pues, cómo escucháis..." (v. 18).

La enseñanza, por tanto, es clara: el discípulo que escucha la palabra de Dios y la vive, entra en tal familiaridad con Dios que llega a ser "madre" y "hermano" (Lc 8,21), "hermano", "hermana" y "madre" (Mc 3,35; Mt 12,50). Así como el antiguo Israel gozaba de intimidad con su Señor no ya en virtud de un privilegio racial, sino en virtud de su obediencia a la Torah (Sab 7,27-28; 6,17-19...), así ahora, en relación a Cristo, el parentesco verdadero no deriva de la carne ni de la sangre, sino de la escucha comprometida de la palabra. Tal fue también la grandeza sapiencial de María. Corazón y seno fueron los receptáculos que esta creatura ofreció al Verbo. Fue bienaventurada por amamantar al Hijo de Dios, pero su bienaventuranza mayor estuvo en nutrirse ella de la leche saludable que era la palabra de Dios: "Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron", dijo una mujer entre la muchedumbre. Y Jesús respondió: "Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (/Lc/11/27-28) (De este paso de Lucas surge, como al trasluz, la equivalencia simbólica: "leche materna" = "palabra de Dios" (cf I Pe 1,25 y 2,2). Es familiar también al pensamiento judaico esta equivalencia: cf, p. ej. Targum Ct 8,1; Num Rabbah 4,20 a 4,16; Ct Rabbah 4,5.1).

V. Conclusión

María es sede de la sabiduría en un doble sentido: carnal-biológico, porque llevó en su seno al Hijo de Dios, que es la sabiduría encarnada; y ético-espiritual, porque acogió la palabra de Dios, haciéndola objeto de amorosa custodia en lo intimo de su corazón y tratando de penetrar sus contenidos que poco a poco se aclaraban, sobre todo en sus aspectos oscuros. Su bienaventuranza no consiste, según la enseñanza del mismo Cristo, en haber dado a luz a Jesús según la carne, sino en haber prestado fe a la palabra del Señor. Pues incluso la misma maternidad divina fue consecuencia del fiat, de su pronta obediencia al querer del Padre. Ella llevó a Jesús, como decía Agustín, antes en el corazón que en su seno.

Tal es también la vocación de toda la iglesia. También ella es llamada a escuchar y penetrar incensantemente el sentido de las Escrituras. Los signos de los tiempos, los acontecimientos del mundo en medio del cual vive y obra, especialmente cuando sopla la tempestad y todo parece naufragar; cada acontecimiento concreto, tanto en la historia de la iglesia y del mundo como en la pequeña historia de cada creyente, nos sirve para confrontarnos con la palabra profética de Jesús: "Yo estoy con vosotros siempre..." (Mt 28,20); "Os he dicho estas cosas antes de que sucedan para que... cuando llegue la hora os acordéis de que os lo tenia anunciado... y creáis" (Jn 14, 29; 16,4). Gracias precisamente a la apertura, a la sabia palabra de Cristo, cada uno de sus discípulos (a semejanza de María) se hace sede de la presencia divina: "Si alguno me ama, observará mi palabra, y el Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23).

A. SERRA DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 1756-1769)