MARÍA EN EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN


El culto a María durante el adviento hunde sus raíces en las realidades teologales, en 
cuyo corazón se sitúa su vocación y su misión. La madre se integra perfectamente en la 
celebración del misterio del Hljo, confiriéndole una acentuada nota espiritual y contemplativa. 

De este hecho se deriva que el adviento —pero lo mismo habría que decir de todo el ciclo 
de Navidad— es el tiempo en el que, más que en todos los demás períodos del año litúrgico, 
se pone fuertemente de relieve la cooperación de la Virgen al misterio de la salvación. Y 
esto sucede no por superposición devocional o por exceso en el lenguaje, sino según el 
mismo desarrollo de la economía divina. 

1. LA VIRGEN QUE ESCUCHA. 
M/ESCUCHA: La Escritura nos ayuda a comprender el alcance del fiat de María. En el 
adviento la Virgen resalta como figura ejemplar en el pueblo de Dios que escucha la palabra 
del Señor y que reza en actitud de ofrenda. La atención a la palabra de Dios tiene la 
primacía sobre todo lo demás y es también el principio y el fundamento de la vida espiritual y 
de la santidad. María escucha plenamente, acoge y medita dentro de su corazón, para dar 
fruto. Esta palabra, que requiere fe, disponibilidad, humildad, prontitud, es aceptada tal 
como se deben acoger las cosas de Dios. En ella hemos de reconocer las palabras de 
Jesús: "Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11,27). De 
esta forma el Verbo no bajó de los cielos como un hombre ya hecho, con un cuerpo adulto 
formado directamente por Dios como Adán (cf Gén 2,7), sino que vino a este mundo "nacido 
de mujer"(Ga 4,4), para salvarlo desde dentro. Los evangelios de las genealogías de Jesús 
que se leen en este tiempo —el último eslabón es Maria— nos recuerdan el misterio de la 
asunción de la naturaleza humana y de la inmersión en lo humano por parte de Dios. 

La maternidad de María no es sólo ni principalmente un proceso biológico. Es ante todo el 
fruto de la adhesión a la palabra de Dios. Según el proyecto divino, ella acoge a Cristo y lo 
da al mundo en virtud de su consentimiento a la propuesta del ángel. Sin hacer del v. 38 
("Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según su palabra") el vértice de la 
anunciación, Lucas quiso poner de relieve la calidad excepcional del acto de fe de María. 
Este consentimiento se llama fe u obediencia de fe; ella, "llena de fe..., concibió la carne de 
Cristo mediante la fe", dice san Agustín (Sermo 215,4: PL 38,1074; Contra Faustum 24,4: P1 
42,490). La historia pasa a través de este momento histórico de gracia y de libertad. María 
es la mujer que sabe llevar a cabo su opción, con humilde y plena decisión, en base a la 
palabra resolutiva de Dios, tomando en sus manos no solamente su propio des tino, sino 
también el del mundo.

El asentimiento de María revela la enorme amplitud de su alcance cuando se le compara 
con la actitud de fe de Abrahán, el padre de todos , los creyentes. "Para Dios nada hay 
imposible", le había dicho el ángel a Gabriel (Lc 1,37), empleando las mismas palabras que 
Abrahán, ante la incredulidad de Sara, incapaz de tener hijos (Gén 18,13), había oído de 
Dios a propósito de la concepción de de Isaac (Gén 18,24). Estas palabras pasarán a ser a 
continuación, en las revelaciones de los profetas, una terminología técnica, una especie de 
estribillo. Abrahán creyó que Dios era capaz de vivificar la matriz estéril y ya muerta de 
Sara: "AI encontrarse con el Dios que da vida a los muertos —comenta san Pablo— y llama 
a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó" (Rm 4,17, cf Rom 19-21; Heb ll,ll). Ya no 
provoca ningún estupor el hecho de que, así como por la fe Dios hizo a Abrahán el padre 
de un pueblo tan numeroso como las arenas de las playas (Gén 13,16) —haciendo de él 
una bendición viva para todos los pueblos de la tierra (Gén 12,2-3)—, del mismo modo 
María, por la calidad incomparable de su fe, haya logrado una fecundidad supereminente 
respecto a la iglesia, tal como ha reconocido la tradición unánime. Ella, creyente, fiel y 
obediente, se ha convertido en la madre del nuevo Israel, que es la iglesia, es decir, en la 
madre universal de los creyentes. 

Si la fecundidad de Sara, como la de Ana y la de Isabel (que evoca Lucas), pueden 
presentarse ya como una especie de creación, es decir, como un paso de la nada a la 
existencia, por la fe todavía mayor de María la fecundidad que no conoció varón (cf Lc 1,34) 
es un milagro singular y único. Lo llevó a cabo un fiat que en el mismo evangelista hace 
eco al de Cristo en Getsemani (Lc 22,42). 

El paralelismo antitético entre el anuncio a Zacarías, a quien se le reprocha el "no haber 
creído" en la palabra del ángel (Lc 1,20), y el anuncio a María, que expresa un sí meditado 
pero comprometedor, tiene su comentario en la bendición inspirada de la persona más 
cualificada para establecer la confrontación, Isabel. Ella proclama en honor de la Virgen la 
primera bienaventuranza del NT: "¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho 
el Señor se cumplirá" (Lc I,45). Efectivamente, María pone un acto de fe en consonancia 
con el acontecimiento recapitulador que le ha sido anunciado. 

FE/CONVERSION: Ella creyó. La fe es ante todo conversión, o sea, entrar en el 
horizonte de Dios y de sus obras. Sin la conversión, que es siempre —como para Abrahán y 
para las tribus del Exodo— un abandonar la tierra propia (los propios proyectos, las 
evidencias de la razón y la satisfacción tranquilizante de la posesión física) para dejarse 
guiar únicamente por la voz y por la palabra de Dios, no es posible la realización del plan 
divino a lo largo de la historia. Ese es el motivo de que tanto la substancia de la predicación 
de Juan Bautista como el núcleo de la llamada del evangelio sea precisamente la metánoia. 
La fe es oscuridad, misterio, pero al mismo tiempo esperanza teologal; puede llevar 
consigo la vacilación y la duda, la tentación y la lucha, pero es también una esperanza que 
vislumbra ya en el futuro la seguridad del resultado.

2. SÍNTESIS VIVIENTE DE LA PREPARACIÓN MESIÁNICA. 
María es la mujer de la plenitud de los tiempos (cf Gál 4,4-7); con ella se cierra una época 
y se abre el futuro. 

La fuerza misericordiosa y fiel de Dios se había manifestado ya antes de ella para dar a 
las mujeres estériles hijos carismáticos, llamados a salvar al pueblo; así es como nacieron 
Isaac de Sara, Sansón de la mujer de Manoé, Samuel de Ana, Juan de Isabel. Lucas evoca 
estos precedentes (cf 1,7) para hacer que brille con mayor esplendor el incomparable 
carácter excepcional de la elección de María: ser madre no ya de un salvador cualquiera, 
sino del Salvador (LC 1,32-33). De esta manera la maternidad divina resalta como la 
expresión más espléndida del amor soberano de Dios "por nosotros, los hombres, y por 
nuestra salvación". Al querer rescatar hasta en sus profundidades más íntimas nuestra 
humanidad, Dios se hizo solidario con nosotros en todo, entrando en el linaje de Adán y 
pasando para ello a través de María. 

Por eso mismo la iglesia, desde el concilio de Éfeso (431), confiesa que la Virgen es la 
madre de Dios: se trata del realismo y de la concreción con que ella reconoce la 
humanidad del Verbo, en el que Dios bajó a tocar a cada uno de los hombres de la manera 
más profunda y más íntima, en donde cada uno de ellos se siente herido. 

3. VIRGINIDAD PROFÉTICA. 
María llevó a cabo la anticipación del celibato por el reino de los cielos. No se trata de la 
observancia de la pureza legal ni de una huida del mundo, como en el caso de los esenios, 
ni tampoco del espíritu de ascesis asiática. El sentido de la virginidad tiene que colocarse 
en el vértice del impulso y de la tensión escatológica del movimiento suscitado por el 
profetismo. María experimentó de este modo en primer lugar la libertad plena y abrió el 
camino a todos aquellos que renuncian a las cosas de este mundo teniendo como 
perspectiva el ciento por uno que, ya desde aquí abajo es posible encontrar en Dios (cf Mt 
19,29). Este "ciento por uno" son los bienes mesiánicos, es decir, el mismo Hijo de Dios, el 
Dios-con-nosotros, simbolizado ya en Yavé presente en el arca de la alianza. 

La anunciación y la encarnación son los elementos que determinan la vida de María 
imprimiendo en ella un carácter indeleble; son hechos que exigen de ella una virginidad 
absoluta, de la que es signo la integridad física. La virginidad de la madre de Dios supone 
un don radical y exclusivo de toda su persona a Dios, en una disponibilidad total, que 
permita al Espíritu plasmarla en el cuerpo y en el corazón. Convertida en pura capacidad, la 
Virgen puede ser templo de la nueva alianza, para arrojar nueva luz sobre el mundo y sobre 
la historia.

Lo mismo que ocurrió con la Virgen, que quedó ya pura y santificada por el Espíritu Santo 
desde el momento de su concepción y colmada de bendición y de santificación por obra del 
mismo Espíritu al recibir el anuncio del ángel, de forma análoga tiene que ocurrir también 
con la iglesia y con los cristianos. La virginidad de MarÍa que refleja la existencia de Cristo, 
es el espejo en el que tienen que mirarse los creyentes a fin de conformar su vida a los 
impulsos del Espíritu de Dios. Efectivamente, a pesar de toda preparación posible que 
podamos ofrecer y de todas nuestras mejores disposiciones, la palabra-voluntad de Dios 
irrumpe siempre de una manera inesperada e insospechada, con exigencias imprevisibles 
que, de todos modos, esperan también respuestas inéditas. No es posible únicamente con 
la luz de la razón y con las fuerzas humanas tan sólo comprender y aceptar hasta las 
últimas consecuencias las realidades divinas. María con su fiat, después de la obediencia 
existencial de su hijo Jesús (cf Heb 10, 5ss), alcanzó las cimas más altas.

4. LA VIRGEN MADRE, TIPO DE LA IGLESIA. 
IMAGEN-DE-LA-I: En el cumplimiento de las esperanzas de los profetas —después 
del diálogo prolongado e intenso entre Dios y los hombres— se sitúa la fe de María, que 
acoge la palabra, que concibe al Verbo de Dios y que se convierte así en principio y en 
símbolo de los creyentes, en realidad y modelo de la iglesia. Cuando contempla las 
maravillas que Dios llevó a cabo en ella, la iglesia está escudriñando de alguna manera su 
propio ser y su propia historia. Si hay algún tiempo litúrgico en que la Virgen madre se 
manifiesta con toda claridad como tipo de la iglesia, es precisamente el ciclo de Navidad. 
Este tema se desarrollará sobre todo en el tiempo pascual y en las grandes festividades 
marianas. 

El evangelio de la infancia de Lucas se parece mucho al de la infancia de la iglesia, es 
decir, a los Hechos de los apóstoles. El Espíritu que da vida y cumplimiento al primer 
pentecostés sobre María (Lc 1,35) es el mismo que viene a posarse en el segundo 
pentecostés sobre los apóstoles (He 1,8; cf 2). María sale con prisas en ayuda de los 
demás (Lc 1,39), y los discípulos salen del cenáculo (en donde estaban reunidos por miedo 
a los judíos: Jn 20,16 y He 1,13) y comienzan inmediatamente a anunciar con parresía -con 
coraje y con franqueza- la palabra de Dios y la resurrección de Jesús de entre los muertos 
(no pueden callarse lo que han visto y oído: He 5,20; con gran energía dan testimonio de la 
resurrección del Señor Jesús: He 4,33). La visita de la Virgen a Isabel responde al impulso 
que se deriva de este protopentecostés: María es por consiguiente el modelo de la 
disponibilidad a la misión del Espíritu a los pobres por la causa del evangelio. El impulso 
que la anima es la base de aquel otro ímpetu fundamental del Hijo que entra en el mundo, 
como disponibilidad ante la vida y ante la muerte, precisamente porque se siente movido 
por el Espíritu (cf Lc 3,2; 4,1.14; etc.).

Del mismo modo los evangelios de la infancia ponen de relieve, a su modo, la obra del 
Espíritu. Encontramos sobre todo esta acción en relación con la virginidad fecunda de 
María. La Virgen que cree en las palabras del ángel y que concibe a Dios hecho hombre es 
ya el origen de la iglesia, incluso antes de pentecostés. Por eso mismo la virginidad se 
convierte en el signo característico de los tiempos nuevos, de los tiempos del Espíritu. Por 
consiguiente, desde el principio, a través de María, la iglesia recibe juntamente con la 
connotación de madre el calificativo de espiritual. 

(·ROSSO-S. _DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 58-61)
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2.

LA MADRE DE DIOS

Durante miles de años, Dios contempló la Historia de los hombres. Aquella Historia de 
deslealtades y guerras, de buenas intenciones y fracasos, de muerte y sufrimiento, fue 
observada por el Creador con una atención especialísima. No es la atención de un simple 
espectador, que se limita a aprobar o reprobar desde el patio de butacas la interpretación 
de los actores, pero con quien, a fin de cuentas, no va nada de lo que sucede en el 
escenario. Tampoco se trataba de la mirada de un Dios frío, insensible, que se limita a 
entretener su eternidad ociosa dirigiendo la vista al gran teatro del mundo. Sé que la 
necedad humana, que no se recata ni cuando se trata de juzgar a su Hacedor, muchas 
veces lo ha entendido así. Pero basta leer la Sagrada Escritura para entender que ese 
juicio, como los demás juicios humanos, conlleva una enorme injusticia. 

La mirada de Dios sobre la Historia durante todos esos años fue una mirada apasionada. 
Como espectador, era incapaz de permanecer quieto en su butaca: se levantaba, lloraba y 
reía; incapaz de permanecer impasible, hacía estremecer el escenario: era capaz de 
abandonar el palco y esconderse detrás de una zarza para hablar con Moisés. Si su pueblo 
querido parecía estar a punto de perecer a manos de los egipcios, Dios soplaba desde su 
asiento y abría portentosamente el mar rojo en dos partes, para que sus elegidos pudiesen 
cruzar al otro lado. A través de los profetas, abucheaba a los actores, y otras veces les 
aplaudía a rabiar, haciendo temblar los corazones de aquellos hombres. Se ocultaba y se 
dejaba sentir... ¡Dios nervioso! Creador del escenario, autor del guión, incapaz por voluntad 
propia de controlar la voluntad de los actores, parece querer llevar la obra a su término por 
todos los medios a su alcance. Y, sin embargo, infidelidad tras infidelidad, el hombre se 
niega a dejarse dirigir.

No me resisto a situarme ante el misterio de la Encarnación sin pensar que Dios se ha 
cansado de ser Espectador, por activo que fuera. Su divina pasión no le permite 
permanecer por más tiempo en el patio de butacas, o dando vueltas al escenario, ni 
escondiéndose detrás de zarzas o del playback de los profetas: Dios ha decidido, al fin, 
irrumpir en la escena, descargar de una vez todos los sentimientos que aquella 
representación está produciendo en su divino Corazón: quiere leer su papel.

Sb 18, 14 Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la 
mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, 
desde el trono real.

Observando lo que fue su comportamiento hasta entonces, el de un espectador que no 
es capaz de permanecer quieto, y teniendo en cuenta que hablamos de Dios, cualquiera 
hubiera podido pensar que esta irrupción del Creador en la Historia de los hombres se 
llevaría a cabo estrepitosamente: Dios se ha cansado. Se acabó la chapuza. Paralizados 
los actores, boquiabierto y estremecido el público angélico. Yahweh quiere estar a la 
cabeza en los títulos de crédito, llenar la escena y desalojar a los chapuceros.

Y, sin embargo, cuando Dios decide entrar en la Historia de los hombres lo hace pidiendo 
permiso. Se arrodilla ante una hermosísima joven nazarena, y le pide su consentimiento. 
Nadie se entera. No tiembla es suelo ni se agitan las bambalinas. La joven dice sí, y el 
Autor está en su obra, aunque de incógnito. Se ha hecho pequeño como un embrión y se 
ha introducido a hurtadillas en el vientre de aquella mujer que ha pasado a ser el Cielo en la 
tierra, o, si lo preferimos, el trono real (‘sede de la Sabiduría’) desde el que saltará al mundo 
la Palabra de Dios, según el texto del libro de la Sabiduría citado arriba.

Y, tras un embarazo de nueve meses, como los demás, María de Nazaret tendrá en sus 
brazos a un niño como los demás. No sabe hablar, está indefenso ante el frío, el hambre y 
la enfermedad; y, como todo recién nacido, está necesitado especialmente de cariño. Sólo 
la fe le asegura, con una certeza indestructible, que es Dios.

Dios tiene la extraña virtud de desconcertar como nadie puede hacerlo, y si el hombre no 
se recupera pronto del desconcierto, acabará sumido en la más profunda confusión. Ante la 
multitud de nuestros pecados y el hastío que le provocaba nuestra desobediencia, la 
respuesta divina es deponer totalmente las armas, quemar las defensas que su 
omnipotencia le proporcionaba, y, haciéndose el más pequeño de los hombres, ponerse 
inerme en manos de su criatura. A un joven matrimonio nazareno les pedirá que le enseñen 
a hablar, que le vistan, le alimenten, y le cubran de cariño. Y, lo más grave de todo ello, es 
que ese comportamiento responde a un plan que redimirá la Historia. Es cierto que de 
manos de María y de José no recibió más que cariño, calor, protección, y todo el homenaje 
que una criatura puede rendir a su Creador; pero, con la misma indefensión, se puso en 
manos de Herodes y se pone cada día en las mías... Y, desde luego, la respuesta en este 
caso no ha sido precisamente la misma.

Y, de este modo, aquella joven nazarena a quien nadie conocía, se ha visto convertida en 
Madre de Dios, y nadie lo sabe más que su esposo. Tiene en sus brazos al Autor de la vida, 
y tendrá que defenderle de la muerte. Tiene en sus brazos al Verbo del Altísimo, y tendrá 
que enseñarle a hablar. Tiene en sus brazos a quien viste a los lirios del campo, y tendrá 
que cubrirle con pañales...

Al hacerse hombre, el Hijo de Dios asumió en Sí las leyes de la providencia divina 
ordinaria como cualquiera de nosotros. Esta providencia ordinaria se lleva a cabo 
normalmente a través de causas segundas: Dios nos sana sirviéndose de las manos del 
médico, nos alimenta cuando somos niños sirviéndose del cariño de nuestros padres, nos 
muestra su Amor a través del amor de otros hombres... Cualquiera de nosotros, si somos 
fieles, somos instrumentos de la Providencia. Pero, en el caso de María, su situación es 
muy especial. El flujo del Amor divino mana del Padre como de su origen y, a través del 
Hijo, se derrama sobre los hombres, que hemos de hacerlo correr con nuestra obediencia. 
Sin embargo, María de Nazaret, llena por anticipado del Espíritu Santo - que es el Amor 
divino - , será, de algún modo, mediadora entre Padre e Hijo. Cuando tiene al Niño en sus 
brazos, el Hijo está recibiendo el Amor del Padre a través de los brazos de una mujer, que 
ha sido elevada como no lo fue ni lo será jamás hombre o ángel alguno.

Y nadie lo sabe. Ni tiembla la tierra, ni se desploma el escenario. Los corazones habrán 
de irse rindiendo lentamente, lentamente... Y, tras José, e Isabel y Zacarías, vendrán 
aquellos pastores que, acostumbrados a no entender a la primera, conservan su capacidad 
de asombro. En su obediencia sin límites, y de una forma no consciente, la Santísima 
Virgen está cumpliendo una profecía muy antigua, pronunciada para ella: "Si no lo sabes, 
¡oh la más bella de las mujeres! sigue las huellas de las ovejas y lleva a pacer tus cabritas 
junto al jacal de los pastores" (Ct 1, 8). ¿A quién si no es a ella puede llamarse ‘la más bella 
de las mujeres’? Allí, buscando sin buscarla la compañía de los pastores, nos ha llevado a 
los hombres a pacer un Pasto que es el Pastor convertido en alimento. El profeta Jeremías, 
que también sin saberlo contempló la escena por anticipado, comparará a aquella mujer 
que tiene en brazos a su Hijo con una pradera a la que acuden los pastores para alimentar 
un ganado hambriento. La profecía, en este caso, es bellísima:

"¿Acaso a una deliciosa pradera te comparas, Hija de Sión? A ella vienen pastores con 
sus rebaños, han montado las tiendas, junto a ella en derredor, y apacienta cada cual su 
manada" (Jer 6, 2-3)

Y es que, como todo en esta historia, también sin saberlo, los pastores de ovejas se han 
convertido en pastores de hombres, pues nos han señalado a nosotros el camino que 
conduce a Pastos de vida eterna. Cuantos acudimos gozosos y cansados al establo de 
Belén, acudimos como ovejas guiados por aquellos hombres que llevaban tras de sí, por 
supuesto sin saberlo, a toda una Humanidad. Y sucedió, sin embargo, en silencio y de 
noche, porque ese Dios apasionado y nervioso es, sin embargo, sumamente recatado, y el 
pudor de aquella Virgen, el esplendor del varón casto, y la Luz que nace de lo alto, lo hacen 
"sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz" (Sal 18, 4).

Y así, en silencio, aquella jovencita de Nazaret se ha convertido en la Madre de Dios y en 
la dispensadora, para la Humanidad entera, del único alimento que puede saciar su hambre 
de eternidad. Como una fuente silenciosa, de sus brazos, como antes de su vientre, manará 
el agua de la Vida que un día habrá de derramarse sobre la tierra desde un costado abierto 
por una lanza. Y todo ello, en silencio, porque es tiempo de adorar... 
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