MAGISTERIO DE LA IGLESIA
SAN
Pío X, 1903-1914
De
la Bienaventurada Virgen María, medianera de las gracias
[De
la Encíclica Ad diem, de 2 de febrero de 1904]
Por
esta comunión de dolores y de voluntad entre María y Cristo, “mereció”
ella “ser dignísimamente hecha reparadora del orbe perdido”, y por tanto
dispensadora de todos los dones que nos ganó Jesús con su muerte y su
sangre... Puesto que aventaja a todos en santidad y en unión con Cristo y fue
asociada por Cristo a la obra de la salvación humana, de congruo, como
dicen, nos merece lo que Cristo mereció de condigno y es la ministra
principal de la concesión de las gracias.
De
las “citas implícitas” en la Sagrada Escritura
[De
la Respuesta de la Comisión Bíblica, de 13 de febrero de 1905]
A
la duda:
Si
para resolver las dificultades que ocurren en algunos textos de la Sagrada
Escritura que parecen referir hechos históricos, es lícito afirmar al exegeta
católico tratarse en ellos de una cita tácita o implícita de un documento
escrito por autor no inspirado, cuyos asertos todos en modo alguno intenta
aprobar o hacer suyos el autor inspirado y que, por lo tanto, no pueden tenerse
por inmunes de error.
Se
respondió (con aprobación de Pío
X):
Negativamente,
excepto en el caso en que, salvo el sentido y juicio de la Iglesia, se pruebe
con sólidos argumentos:
1º
que el hagiógrafo cita realmente dichos o documentos de otro, y
2º
que ni los aprueba ni los hace suyos, de modo que con razón pueda pensarse que
no habla en su propio nombre.
Del
carácter histórico de la Sagrada Escritura
[De
la Respuesta de la Comisión Bíblica de 23 de junio de 1905]
A
la duda:
Si
puede admitirse como principio de la recta exégesis la sentencia según la cual
los libros de la Sagrada Escritura que se tienen por históricos, ora
totalmente, ora en parte, no narran a veces una historia propiamente dicha y
objetivamente verdadera, sino que presentan sólo una apariencia de historia
para dar a entender algo que es ajeno a la significación propiamente literal o
histórica de las palabras.
Se
respondió (con aprobación de Pío X):
Negativamente,
excepto, sin embargo, el caso, que no ha de admitirse fácil ni temerariamente,
en que, sin oponerse el sentido de la Iglesia y salvo su juicio, se pruebe con sólidos
argumentos que el hagiógrafo quiso dar no una historia verdadera y propiamente
dicha, sino proponer, bajo apariencia y forma de historia, una parábola, alegoría,
o algún sentido alejado de la significación propiamente literal o histórica
de las palabras.
De
la recepción diaria de la Santísima Eucaristía
[Del
Decreto de la congregación del Santo Concilio, aprobado por Pío X el 20 de
diciembre de 1905]
...
Mas el deseo de Jesucristo y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen
diariamente al sagrado convite, se cifra principalmente en que los fieles unidos
con Dios por medio del sacramento, tomen de ahí fuerza para reprimir la
concupiscencia, para borrar las culpas leves que diariamente ocurren y para
precaver los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta; pero no
principalmente para mirar por el honor y reverencia del Señor, ni para que ello
sea paga o premio de las virtudes de quienes comulgan. De ahí que el Santo
Concilio de Trento llama a la Eucaristía “antídoto con que nos libramos de
las culpas cotidianas y nos preservamos de los pecados mortales” [v. 875].
Al
invadir por doquiera la peste janseniana, se empezó a discutir sobre las
disposiciones con que había que acercarse a la comunión frecuente y cotidiana
y a porfía las exigieron mayores y más difíciles, como necesarias. Estas
discusiones lograron que muy pocos se tuvieran por dignos de recibir diariamente
la Santísima Eucaristía y sacar de este saludable sacramento más plenos
frutos, contentándose los demás de confortarse con él una vez al año o cada
mes o, a lo sumo, cada semana. Es más, se llegó a tal punto de severidad, que
se excluyó de la frecuentación de la mesa celestial a clases enteras, como la
de los mercaderes y de aquellos que estuviesen unidos por matrimonio.
...
La Santa Sede no faltó en esto a su propio deber [v. 1147 ss y 1313]... Sin
embargo, el veneno janseniano que, bajo apariencia del honor y reverencia debida
a la Eucaristía, había inficionado hasta los ánimos de los buenos, no se
desvaneció totalmente. La cuestión de las disputas sobre las disposiciones
para frecuentar recta y legítimamente la Eucaristía, sobrevivió a las
declaraciones de la Santa Sede, de lo que resultó que algunos teólogos, aun de
buen nombre, pensaron que sólo raras veces y con muchas cortapisas, se podía
permitir a los fieles la comunión diaria.
...
Pero Su Santidad, que lleva en el corazón que... el pueblo cristiano sea
invitado con la mayor frecuencia y hasta diariamente al sagrado convite,
encomendó a esta Sacra Congregación examinar y definir la cuestión predicha.
[Del
Decreto de la Congregación del Santo Concilio, 16 de diciembre de 1905]
1.
La Comunión frecuente y cotidiana... esté permitida a todos los fieles de
Cristo de cualquier orden y condición, de suerte que a nadie se le puede
impedir, con tal que esté en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa
con recta y piadosa intención.
2.
La recta intención consiste en que quien se acerca a la sagrada mesa no lo haga
por rutina, por vanidad o por respetos humanos, sino para cumplir la voluntad de
Dios, unirse más estrechamente con Él por la caridad y remediar las propias
flaquezas y defectos con esa divina medicina.
3.
Aun cuando conviene sobremanera que quienes reciben frecuente y hasta
diariamente la comunión estén libres de pecados veniales por lo menos de los
plenamente deliberados y de apego a ellos, basta sin embargo que no tengan
culpas mortales, con propósito de no pecar más en adelante...
4.
Ha de procurarse que a la sagrada comunión preceda una diligente preparación y
le siga la conveniente acción de gracias, según las fuerzas, condición y
deberes de cada uno.
5....
Debe pedirse consejo al confesor. Procuren, sin embargo, los confesores, no
apartar a nadie de la comunión frecuente o cotidiana, con tal que se halle en
estado de gracia y se acerque con rectitud de intención...
9.
Finalmente, después de la promulgación de este Decreto, absténganse todos los
escritores eclesiásticos de cualquier disputa y contienda acerca de las
disposiciones para la comunión frecuente y diaria...
De
la ley tridentina de clandestinidad
[Del
Decreto de Pío X Provida sapientique, de 18 de enero de 1906]
I.
Aun cuando el capítulo Tametsi del Concilio Tridentino [v. 990 ss], no
haya sido con certeza promulgado e introducido en varios lugares, ora por
expresa publicación, ora por legítima observancia; sin embargo, a partir de la
fiesta de Pascua (es decir, desde el 15 de abril) del presente año 1906, en
todo el actual imperio alemán, ha de obligar a todos los católicos, aun a los
que hasta ahora estaban exentos de guardar la forma tridentina, de suerte que no
podrán contraer entre sí matrimonio válido de otro modo que delante del párroco
y dos o tres testigos [cf. 2066 ss].
II.
Los matrimonios mixtos que se contraen por católicos con herejes o cismáticos,
están y siguen estando gravemente prohibidos, a no ser que con justa y grave
causa canónica, dadas íntegramente y en forma por ambas partes las cautelas
canónicas, fuere debidamente obtenida por la parte católica dispensa sobre el
impedimento de religión mixta. Estos matrimonios, aun después de obtenida la
dispensa, han de celebrarse absolutamente en faz de la Iglesia delante del párroco
y de dos o tres testigos; de suerte que pecan gravemente quienes contraen
delante del ministro acatólico o sólo ante el magistrado o de otro cualquier
modo clandestino. Es más, si algún católico pide o admite la cooperación del
ministro acatólico para la celebración de estos matrimonios mixtos, comete
otro delito y está sometido a las censuras canónicas.
Sin
embargo, todos los matrimonios mixtos que ya se han contraído o en adelante (lo
que Dios no permita) se contrajeren en cualesquiera provincias y lugares del
Imperio alemán, aun en aquellas que según las decisiones de las congregaciones
romanas han estado hasta ahora ciertamente sometidas a la fuerza dirimente del
capítulo Tametsi, queremos que sean tenidos absolutamente por válidos y
expresamente lo declaramos, definimos y decretamos, con tal que no obste ningún
otro impedimento canónico, ni hubiere sido dada legítimamente sentencia de
nulidad por impedimento de clandestinidad antes del día de Pascua de este ano y
durare hasta ese día el mutuo consentimiento de los cónyuges.
III.
Y para que los jueces eclesiásticos tengan una norma segura, esto mismo y bajo
las mismas condiciones y restricciones declaramos, estatuimos y decretamos de
los matrimonios de los acatólicos, ora herejes, ora cismáticos, que hasta
ahora se hayan contraído o en adelante se contraigan en esas regiones sin
guardar la forma tridentina; de suerte que si uno de los cónyuges, o los dos se
convirtieren a la fe católica o surgiere en el foro eclesiástico controversia
sobre la validez del matrimonio de dos acatólicos, relacionada con la cuestión
de validez del matrimonio contraído o por contraer por un acatólico, esos
matrimonios, ceterir paribus, han de ser tenidos igualmente por
absolutamente válidos...
De
la separación de la Iglesia y el Estado
[De
la Encíclica Vehementer nos al clero y pueblo de Francia, de 11 de
febrero de 1906]
...
Nos, por la suprema autoridad que de Dios tenemos, reprobamos y condenamos la
ley sancionada que separa de la Iglesia a la República Francesa, y ello por las
razones que hemos expuesto: porque con la mayor injuria ultraja a Dios, de quien
solemnemente reniega al declarar por principio a la República exenta de todo
culto religioso; porque viola el derecho natural y de gentes y la fe pública
debida a los pactos; porque se opone a la constitución divina, a la íntima
esencia y a la libertad de la Iglesia, porque destruye la justicia, conculcando
el derecho de propiedad legítimamente adquirido por muchos títulos y hasta por
mutuo acuerdo, porque ofende gravemente a la dignidad de la Sede Apostólica, a
nuestra persona, al orden de los obispos, al clero y a los católicos franceses.
Por lo tanto, protestamos con toda vehemencia contra la presentación, aprobación
y promulgación de tal ley y atestiguamos que nada hay en ella que tenga valor
para debilitar los derechos de la Iglesia, que no pueden cambiar por ninguna
fuerza ni atropello de los hombres.
De
la forma brevísima de la extremaunción
[Del
Decreto del santo Oficio, de 25 de abril de 1906]
Decretaron:
En caso de verdadera
necesidad, basta la forma: Por esta santa unción, perdónete el Señor
cuanto faltaste. Amén.
Sobre
la autenticidad mosaica del Pentateuco
[De
la Respuesta de la Comisión Bíblica de 27 de junio de 1906]
Duda
I: Si los argumentos,
acumulados por los críticos para combatir la autenticidad mosaica de los libros
sagrados que se designan con el nombre de Pentateuco son de tanto peso que, sin
tener en cuenta los muchos testimonios de uno y de otro Testamento considerados
en su conjunto, el perpetuo consentimiento del pueblo judío, la tradición
constante de la Iglesia, así como los indicios internos que se sacan del texto
mismo, den derecho a afirmar que tales libros no tienen a Moisés por autor,
sino que fueron compuestos de fuentes en su mayor parte posteriores a la época
mosaica.
Respuesta:
Negativamente.
Duda
II: Si la autenticidad
mosaica del Pentateuco exige necesariamente una redacción tal de toda la obra
que haya de pensarse en absoluto que Moisés lo escribió todo con todos sus
pormenores por su propia mano o lo dictó a sus amanuenses; o bien, puede
permitirse la hipótesis de los que opinan que Moisés encomendó la escritura
de la obra, por él concebida bajo la divina inspiración, a otro u otros; de
suerte, sin embargo, que expresaran fielmente sus pensamientos, nada escribieran
contra su voluntad, nada omitieran, y que finalmente, la obra así compuesta,
aprobada por Moisés su principal e inspirado autor, se publicara bajo su
nombre.
Respuesta:
Negativamente a la
primera parte; afirmativamente a la segunda.
Duda
III: Si puede concederse
sin perjuicio de la autenticidad mosaica del Pentateuco que Moisés, para
componer su obra, se valió de fuentes, es decir, de documentos escritos o de
tradiciones orales, de las que, según el peculiar fin que se había propuesto y
bajo el soplo de la inspiración divina, sacó algunas cosas y las insertó en
su obra, ora literalmente, ora resumidas o ampliadas en cuanto al sentido.
Respuesta:
Afirmativamente.
Duda
IV: Si puede admitirse,
salva la autenticidad mosaica esencial y la integridad del Pentateuco, que hayan
podido introducirse en él algunas modificaciones, en tan prolongado transcurso
de siglos, como: adiciones después de la muerte de Moisés, o apostillas de un
autor inspirado o glosas y explicaciones insertadas en el texto, ciertos
vocablos y formas de la lengua antigua trasladadas a lenguaje más moderno, en
fin, lecciones mendosas atribuíbles a defecto de los amanuenses, acerca de las
cuales es lícito discutir y juzgar de acuerdo con la crítica.
Respuesta:
Afirmativamente, salvo
el juicio de la Iglesia.
Errores
de los modernistas acerca de la Iglesia, la revelación, Cristo y los
sacramentos
[Del
Decreto del Santo Oficio Lamentabili, de 3 de julio de 1907]
1.
La ley eclesiástica que manda someter a previa censura los libros que tratan de
las Escrituras divinas, no se extiende a los cultivadores de la crítica o exégesis
científica de los Libros Sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento.
2,
La interpretación que la Iglesia hace de los Libros Sagrados no debe
ciertamente despreciarse; pero está sujeta al más exacto juicio y corrección
de los exegetas.
3.
De los juicios y censuras eclesiásticas dadas contra la exégesis libre y más
elevada, puede colegirse que la fe propuesta por la Iglesia contradice a la
historia, y que los dogmas católicos no pueden realmente conciliarse con los más
verídicos orígenes de la religión cristiana.
4.
El magisterio de la Iglesia no puede determinar el genuino sentido de las
Sagradas Escrituras, ni siquiera por medio de definiciones dogmáticas.
5.
Como quiera que en el depósito de la fe sólo se contienen las verdades
reveladas, no toca a la Iglesia bajo ningún respeto dar juicio sobre las
aserciones de las disciplinas humanas.
6.
En la definición de las verdades de tal modo colaboran la Iglesia discente y la
docente, que sólo le queda a la docente sancionar las opiniones comunes de la
discente.
7.
Al proscribir los errores, la Iglesia no puede exigir a los fieles asentimiento
interno alguno, con que abracen los juicios por ella pronunciados.
8.
Deben considerarse inmunes de toda culpa los que no estiman en nada las
reprobaciones de la Sagrada Congregación del Indice y demás Congregaciones
romanas.
9.
Excesiva simplicidad o ignorancia manifiestan los que creen que Dios es
verdaderamente autor de la Sagrada Escritura.
10.
La inspiración de los libros del Antiguo Testamento consiste en que los
escritores israelitas enseñaron las doctrinas religiosas bajo un peculiar
aspecto poco conocido o ignorado por los gentiles.
11.
La inspiración divina no se extiende a toda la Sagrada Escritura, de modo que
preserve de todo error a todas y cada una de sus partes.
12.
Si el exegeta quiere dedicarse con provecho a los estudios bíblicos, debe ante
todo dar de mano a toda opinión preconcebida sobre el origen sobrenatural de la
Escritura e interpretarla no de otro modo que los demás documentos puramente
humanos.
13.
Las parábolas evangélicas, las compusieron artificiosamente los mismos
evangelistas y los cristianos de la segunda y tercera generación, y de este
modo dieron razón del escaso fruto de la predicación de Cristo entre los judíos.
14.
En muchas narraciones, los evangelistas no tanto refirieron lo que es verdad,
cuanto lo que creyeron más provechoso para los lectores, aunque fuera falso.
15.
Los evangelios fueron aumentados con adiciones y correcciones continuas hasta
llegar a un canon definitivo y constituído; en ellos, por ende, no quedó sino
un tenue e incierto vestigio de la doctrina de Cristo.
16.
Las narraciones de Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística
del Evangelio; los discursos contenidos en su Evangelio son meditaciones teológicas,
acerca del misterio de la salud, destituidas de verdad histórica.
17.
El cuarto Evangelio exageró los milagros, no sólo para que aparecieran más
extraordinarios, sino también para que resultaran más aptos para significar la
obra y la gloria del Verbo Encarnado.
18.
Juan vindica para sí el carácter de testigo de Cristo; pero en realidad no es
sino testigo eximio de la vida cristiana, o sea, de la vida de Cristo en la
Iglesia al final del siglo I.
19.
Los exegetas heterodoxos han expresado el verdadero sentido de las Escrituras
con más fidelidad que los exegetas católicos.
20.
La revelación no pudo ser otra cosa que la conciencia adquirida por el hombre
de su relación para con Dios.
21.
La revelación que constituye el objeto de la fe católica, no quedó completa
con los Apóstoles.
22.
Los dogmas que la Iglesia presenta como revelados, no son verdades bajadas del
cielo, sino una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se
elaboró con trabajoso esfuerzo.
23.
Puede existir y de hecho existe oposición entre los hechos que se cuentan en la
Sagrada Escritura y los dogmas de la Iglesia que en ellos se apoyan; de suerte
que el crítico puede rechazar, como falsos, hechos que la Iglesia cree verdaderísimos
y certísimos.
24.
No se debe desaprobar al exegeta que establece premisas de las que se sigue que
los dogmas son históricamente falsos o dudosos, con tal que directamente no
niegue los dogmas mismos.
25.
El asentimiento de la fe estriba en último término en una suma de
probabilidades.
26.
Los dogmas de fe deben retenerse solamente según el sentido práctico, esto es,
como norma preceptiva del obrar, mas no como norma de fe.
27.
La divinidad de Jesucristo no se prueba por los Evangelios; sino que es un dogma
que la conciencia cristiana dedujo de la noción de Mesías.
28.
Al ejercer su ministerio, Jesús no hablaba con el fin de enseñar que Él era
el Mesías, ni sus milagros se enderezaban a demostrarlo.
29.
Es lícito conceder que el Cristo que presenta la historia es muy inferior al
Cristo que es objeto de la fe.
30.
En todos los textos del Evangelio, el nombre de Hijo de Dios equivale
solamente al nombre de Mesías; pero en modo alguno significa que Cristo sea
verdadero y natural hijo de Dios.
31.
La doctrina sobre Cristo que enseñan Pablo, Juan y los Concilios de Nicea, Éfeso
y Calcedonia, no es la que Jesús enseñó, sino la que sobre Jesús concibió
la conciencia cristiana.
32.
El sentido natural de los textos evangélicos no puede conciliarse con lo que
nuestros teólogos enseñan sobre la conciencia y ciencia infalible de
Jesucristo.
33.
Es evidente para cualquiera que no se deje llevar de opiniones preconcebidas que
o Jesús profesó el error sobre el próximo advenimiento mesiánico o que la
mayor parte de su doctrina contenida en los Evangelios sinópticos carece de
autenticidad.
34.
El crítico no puede conceder a Cristo una ciencia no circunscrita por limite
alguno, si no es sentando la hipótesis, que no puede concebirse históricamente
y que repugna al sentido moral, de que Cristo como hombre tuvo la ciencia de
Dios y que, sin embargo, no quiso comunicar con sus discípulos ni con la
posteridad el conocimiento de tantas cosas.
35.
Cristo no tuvo siempre conciencia de su dignidad mesiánica.
36.
La resurrección del Salvador no es propiamente un hecho de orden histórico,
sino un hecho de orden meramente sobrenatural, ni demostrado ni demostrable, que
la conciencia cristiana derivó paulatinamente de otros hechos.
37.
La fe en la resurrección de Cristo no versó al principio tanto sobre el hecho
mismo de la resurrección, cuanto sobre la vida inmortal de Cristo en Dios.
38.
La doctrina sobre la muerte expiatoria de Cristo no es evangélica, sino
solamente paulina.
39.
Las opiniones sobre el origen de los sacramentos de que estaban imbuidos los
Padres de Trento y que tuvieron sin duda influjo sobre sus cánones dogmáticos,
distan mucho de las que ahora dominan con razón entre quienes investigan históricamente
el cristianismo.
40.
Los sacramentos tuvieron su origen del hecho de que los Apóstoles y sus
sucesores, por persuadirles y moverles las circunstancias y acontecimientos,
interpretaron cierta idea e intención de Cristo.
41.
Los sacramentos no tienen otro fin que evocar en el alma del hombre la presencia
siempre benéfica del Creador.
42.
La comunidad cristiana introdujo la necesidad del bautismo, adoptándolo como
rito necesario y ligando a él las obligaciones de la profesión cristiana.
43.
La costumbre de conferir el bautismo a los niños fue una evolución disciplinar
y constituyó una de las causas por que este sacramento se dividió en dos: el
bautismo y la penitencia.
44.
Nada prueba que el rito del sacramento de la confirmación fuera usado por los
Apóstoles, y la distinción formal de dos sacramentos: bautismo y confirmación,
nada tiene que ver con la historia del cristianismo primitivo.
45.
No todo lo que Pablo cuenta sobre la institución de la Eucaristía [1 Cor. 11,
23-25], ha de tomarse históricamente.
46.
En la primitiva Iglesia no existió el concepto del cristiano pecador
reconciliado por autoridad de la Iglesia, sino que la Iglesia sólo muy
lentamente se fue acostumbrando a este concepto; es más, aún después que la
penitencia fue reconocida como institución de la Iglesia, no se llamaba con el
nombre de sacramento, porque era tenida por sacramento ignominioso.
47.
Las palabras de Cristo Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los
pecados, les son perdonados y a quienes se los retuviereis le son retenidos [Ioh.
2, 22-23] no se refieren al sacramento de la penitencia, sea lo que fuere de lo
que plugo afirmar a los Padres del Tridentino.
48.
Santiago, en su carta [Iac. 5, 14 ss] no intenta promulgar sacramento alguno de
Cristo, sino recomendar alguna piadosa costumbre, y si en esta costumbre ve tal
vez algún medio de gracia, no lo toma con aquel rigor con que lo tomaron los teólogos
que establecieron la noción y el número de los sacramentos.
49.
Cuando la cena cristiana fue tomando poco a poco carácter de acción litúrgica,
los que acostumbraban presidir la cena, adquirieron carácter sacerdotal.
50.
Los ancianos que en las reuniones de los cristianos desempeñaban el cargo de
vigilar, fueron instituidos por los Apóstoles presbíteros u obispos para
atender a la necesaria organización de las crecientes comunidades, pero no
propiamente para perpetuar la misión y potestad apostólica.
51.
En la Iglesia, el matrimonio no pudo convertirse en sacramento de la nueva ley
sino muy tardíamente. Efectivamente, para que el matrimonio fuera tenido por
sacramento, era necesario que precediera la plena explicación teológica de la
doctrina de los sacramentos y de la gracia.
52.
Fue ajeno a la mente de Cristo constituir la Iglesia como sociedad que había de
durar por una larga serie de siglos sobre la tierra; más bien, en la mente de
Cristo, el reino del cielo estaba a punto de llegar juntamente con el fin del
mundo.
53.
La constitución orgánica de la Iglesia no es inmutable, sino que la sociedad
cristiana, lo mismo que la sociedad humana, está sujeta a perpetua evolución.
54.
Los dogmas, los sacramentos y la jerarquía, tanto en su noción como en su
realidad, no son sino interpretaciones y desenvolvimientos de la inteligencia
cristiana que por externos acrecentamientos aumentaron y perfeccionaron el
exiguo germen oculto en el Evangelio.
55.
Simón Pedro ni sospechó siquiera jamás que le hubiera sido encomendado por
Cristo el primado de la Iglesia.
56.
La Iglesia Romana se convirtió en cabeza de todas las Iglesias no por ordenación
de la divina Providencia, sino por circunstancias meramente políticas.
57.
La Iglesia se muestra hostil al progreso de las ciencias naturales y teológicas.
58.
La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, pues se desenvuelve con él,
en él y por él.
59.
Cristo no enseñó un cuerpo determinado de doctrina aplicable a todos los
tiempos y a todos los hombres, sino que inició más bien cierto movimiento
religioso, adaptado o para adaptar a los diversos tiempos y lugares.
60.
La doctrina cristiana fue en sus comienzos judaica, y por sucesivos
desenvolvimientos se hizo primero paulina, luego joánica y finalmente helénica
y universal.
61.
Puede decirse sin paradoja que ningún capitulo de la Escritura, desde el
primero del Génesis, hasta el último del Apocalipsis, contiene doctrina
totalmente idéntica a la que sobre el mismo punto enseña la Iglesia; y por
ende ningún capitulo de la Escritura tiene el mismo sentido para el critico que
para el teólogo.
62.
Los principales artículos del Símbolo Apostólico no tenían para los
cristianos de los primeros tiempos la misma significación que tienen para los
cristianos de nuestro tiempo.
63.
La Iglesia se muestra incapaz de defender eficazmente la moral evangélica, pues
obstinadamente se apega a doctrinas inmutables que no pueden conciliarse con los
progresos modernos.
64.
El progreso de las ciencias demanda que se reformen los conceptos de la doctrina
cristiana sobre Dios, la creación, la revelación, la persona del Verbo
Encarnado y la redención.
65.
El catolicismo actual no puede conciliarse don la verdadera ciencia, si no se
transforma en un cristianismo no dogmático, es decir, en protestantismo amplio
y liberal.
Censura:
“Su Santidad aprobó y
confirmó el decreto de los Eminentísimos Padres y mandó que todas y cada una
de las proposiciones arriba enumeradas fueran por todos tenidas como reprobadas
y proscritas” (v. 2114).
De
los esponsales y del matrimonio
[Del
Decreto Ne temere de la Congregación del Santo Concilio, de 2 de agosto
de 1907]
De
los esponsales. I. Sólo
son tenidos por válidos y surten efectos canónicos aquellos esponsales que
fueren contraidos por medio de escritura firmada por las partes y por el párroco
o el Ordinario del lugar o, por lo menos, por dos testigos...
Del
matrimonio. III. Sólo
son válidos aquellos matrimonios que se contraen delante del párroco o del
Ordinario del lugar o sacerdote delegado por uno u otro y dos testigos por lo
menos.
VII.
Si hay inminente peligro de muerte, cuando no se pueda tener al párroco o al
Ordinario del lugar u otro sacerdote delegado por uno de ellos, para mirar por
la conciencia, y, si hubiere caso, por la legitimación de la prole, el
matrimonio puede válida y lícitamente contraerse delante de cualquier
sacerdote y dos testigos.
VIII.
Si sucediere que en alguna región no puede haberse ni párroco, ni Ordinario
del lugar, ni sacerdote por ellos delegado ante quien se pueda celebrar el
matrimonio, y esa situación se prolongare ya por un mes, el matrimonio puede lícita
y válidamente contraerse emitiendo los esposos el consentimiento formal delante
de dos testigos...
XI,
§ 1. A las leyes arriba establecidas están obligados todos los bautizados en
la Iglesia Católica y que a ella se hayan convertido de la herejía y del cisma
(aun cuando ora éstos ora aquéllos se hayan apartado posteriormente de ella),
siempre que entre si contraigan esponsales o matrimonios.
§
2. Vigen también para los mismos católicos de que se ha hablado arriba, si
contraen esponsales o matrimonios con acatólicos ora bautizados ora no
bautizados aun después de obtenida la dispensa del impedimento de religión
mixta o disparidad de culto; a no ser que para algún lugar o región particular
haya sido estatuido de otro modo por la Santa Sede.
§
3. Los acatólicos, bautizados o no bautizados, si contraen entre sí, no están
obligados en ninguna parte a guardar la forma católica de los esponsales y
matrimonios.
El
presente Decreto ha de tenerse por legítimamente publicado y promulgado por
medio de su transmisión a los ordinarios de lugar; y lo que en él se dispone
tendrá fuerza de ley en todas partes desde la fiesta de Pascua de resurrección
de N.S.J.C. (19 de abril) del próximo año de 1908.
De
las falsas doctrinas de los modernistas
[De
la Encíclica Pascendi dominici gregis, de 8 de septiembre de 1907]
Como
es táctica muy astuta de los modernistas (con este nombre se les llama con razón
vulgarmente) no proponer con orden metódico sus doctrinas ni formando un todo,
sino como esparcidas y separadas entre si, evidentemente para que se los tenga
por vacilantes y como indecisos, cuando por lo contrario son muy firmes y
constantes, es preferible, Venerables Hermanos, presentar aquí primeramente en
un solo cuadro esas doctrinas e indicar la unión con que entre si se enlazan,
para escudriñar luego las causas de los errores y prescribir los remedios para
apartar esa peste... Mas para proceder ordenadamente en materia tan abstrusa,
hay que notar ante todo que cualquier modernista representa y, como si dijéramos,
mezcla en si mismo varias personas: al filósofo [I], al creyente [II], al teólogo
[III], al historiador [IV], al critico [V], al apologista [VI] y al reformador
[VII]; todas ha de distinguirlas una por una el que quiera conocer debidamente
su sistema y ver a fondo los principios y consecuencias de sus doctrinas.
[I]
Pues ya, empezando por el filósofo, el fundamento de la filosofía religiosa lo
ponen los modernistas en la doctrina que vulgarmente llaman agnosticismo. Según
éste, la razón humana está absolutamente encerrada en los fenómenos, es
decir, en las cosas que aparecen y en la apariencia en que aparecen, sin que
tenga derecho ni poder para traspasar sus términos. Por tanto, ni es capaz de
levantarse hasta Dios ni puede conocer su existencia ni aun por las cosas que se
ven. De aquí se infiere que Dios no puede en modo alguno ser directamente
objeto de la ciencia; y por lo que a la historia se refiere, Dios no puede en
modo alguno ser considerado como sujeto histórico. Sentados estos principios,
cualquiera puede ver fácilmente qué queda de la teología natural, qué
de los motivos de credibilidad, qué de la revelación externa. Y
es que todo eso lo suprimen los modernistas y lo relegan al intelectualismo: sistema
—dicen— ridículo y de mucho tiempo muerto. Y no los detiene que semejantes
monstruos de errores los haya clarísimamente condenado la Iglesia, pues el
Concilio Vaticano definía así: Si alguno... [v. 1806 s y 1812].
Ahora,
por qué razón pasan los modernistas del agnosticismo, que consiste sólo en la
ignorancia, al ateísmo científico e histórico que, al contrario, se
cifra todo en la negación; por tanto, por qué derecho de raciocinio del hecho
de ignorar si Dios ha intervenido o no en la historia de las gentes humanas, se
da el salto a explicar la misma historia desdeñando totalmente a Dios, como si
realmente no interviniera, compréndalo quien pueda comprenderlo. No obstante,
los modernistas dan por cosa averiguada y firme que la ciencia debe ser atea y
lo mismo la historia, en cuyos dominios no puede haber lugar más que para los
fenómenos, desterrado totalmente Dios y todo lo divino. Qué se sigue de esta
doctrina absurdísima, qué haya de afirmarse sobre la persona santísima de
Cristo, sobre los misterios de su vida y muerte, su resurrección y ascensión a
los cielos, claramente lo veremos en seguida.
Sin
embargo, este agnosticismo, en la enseñanza de los modernistas, ha de tenerse sólo
como parte negativa; la positiva, según dicen, la constituye la inmanencia
vital. El paso de una a otra se realiza así:
La
religión, sea natural, sea sobrenatural, como otro hecho cualquiera, tiene que
tener una explicación. Pero borrada la teología natural, cerrado el paso a la
revelación por haber rechazado los argumentos de credibilidad, más aún,
suprimida de todo punto cualquier revelación externa, en vano se busca fuera
del hombre la explicación. Hay que buscarla, pues, dentro del hombre mismo, y
como la religión es cierta forma de vida, se ha de encontrar necesariamente en
la vida del hombre. De ahí la afirmación del principio de la inmanencia
religiosa. Ahora pues, el primer, como si dijéramos, movimiento de
cualquier fenómeno vital, cual ya hemos dicho que es la religión, hay que
derivarlo de alguna indigencia o impulso; y los orígenes, si hemos de hablar más
ceñidamente de la vida, hay que ponerlos en cierto movimiento del corazón que
se llama sentimiento. Por lo cual, como quiera que el objeto de la religión
es Dios, hay que concluir absolutamente que la fe, principio y fundamento de
toda religión, debe colocarse en cierto sentimiento íntimo que nace de la
indigencia de lo divino.
Ahora
bien, esta indigencia de lo divino, al no sentirse más que en determinados y
aptos complejos, no puede de suyo pertenecer al ámbito de la conciencia, y está
primeramente oculta por bajo de la conciencia o, como dicen con palabra tomada a
la moderna filosofía, en la subconciencia, donde está también su raíz
oculta e incomprendida. Alguien preguntará tal vez de qué modo finalmente se
convierte en religión esta indigencia de lo divino que el hombre percibe en si
mismo. A esto responden los modernistas: La ciencia y la historia están
limitadas por doble barrera: una externa, que es el mundo visible, y otra
interna, que es la conciencia. Apenas llegan a una u otra, no pueden pasar
adelante; pues más allá de estos limites está lo incognoscible. Ante
este incognoscible, ora esté fuera del hombre y más allá de la naturaleza
visible de las cosas, ora se oculte dentro, en la subconciencia, la indigencia
de lo divino excita un peculiar sentimiento en el alma inclinada a la
religión, sin que preceda juicio alguno de la mente según los principios del
fideísmo; este sentimiento implica en si mismo la realidad misma divina, ya
como objeto, ya como causa íntima de sí mismo, y une en cierto modo al hombre
con Dios. Ahora bien, este sentimiento es el que los modernistas llaman con el
nombre de fe y es para ellos el principio de la religión.
Pero
no termina aquí la filosofía o, mejor dicho, el delirio efectivamente, en tal
sentimiento, no hallan los modernistas solamente la fe sino con la fe y en la
misma fe, tal como ellos la entienden, afirman que tiene lugar la revelación. A
la verdad, ¿qué más hay que pedir para la revelación? ¿Acaso no llamaremos
revelación o por lo menos principio de revelación a ese mismo sentimiento
religioso que aparece en la conciencia y hasta en Dios mismo que, aunque
confusamente, se manifiesta a las almas en ese mismo sentimiento religioso? Añaden
sin embargo: Como Dios es a la vez objeto y causa de la fe, aquella revelación
juntamente versa sobre Dios y viene de Dios; es decir, que tiene a Dios a la vez
por revelante y revelado. De aquí, venerables Hermanos, la afirmación
sobremanera absurda de los modernistas, según la cual toda religión ha de ser
llamada según aspecto diverso al mismo tiempo natural y sobrenatural. De ahí
la confusa significación de conciencia y revelación. De ahí la ley por la que
la conciencia religiosa se erige en regla universal, que ha de
equipararse con la revelación, y a la que todos tienen que someterse, hasta la
suprema potestad de la Iglesia, ora enseñe, ora estatuya sobre culto y
disciplina.
Sin
embargo, en todo este proceso, de donde, según los modernistas, nacen la fe y
la revelación, hay que prestar suma atención a un punto de no escasa
importancia ciertamente, por las consecuencias histórico-criticas que ellos
sacan de ahí. Porque el incognoscible de que hablan no se presenta a la fe como
algo desnudo o singular, sino, al contrario, íntimamente unido a algún fenómeno
que, si bien pertenece al campo de la ciencia o de la historia, en cierto modo,
sin embargo, lo traspasa, ora sea este fenómeno un hecho de la naturaleza que
contiene en si algo misterioso, ora sea uno cualquiera de entre los hombres,
cuyo carácter, hechos, palabras, parecen no poder conciliarse con las leyes
ordinarias de la historia. Entonces la fe, atraída por lo incognoscible, que va
unido al fenómeno, abraza al fenómeno mismo entero y lo penetra en cierto modo
de su propia vida. Pero de aquí se siguen dos consecuencias. Primero, cierta trasfiguración
del fenómeno levantándote por encima de sus verdaderas condiciones, por lo
cual se haga materia más apta para revestirse de la forma de lo divino, que la
fe ha de introducir. Segundo, una desfiguración llamemósla así, del
mismo fenómeno, nacida de que la fe, después de despojarlo de las
circunstancias de lugar y tiempo, le atribuye lo que realmente no tiene; esto
sucede principalmente cuando se trata de fenómenos de tiempo pasado y, tanto más,
cuanto más antiguos son. De este doble capítulo sacan los modernistas otros
dos principios que, unidos al otro que el agnosticismo les ha proporcionado
constituyen los fundamentos de la critica histórica. Aclararemos lo expuesto
con un ejemplo y éste lo vamos a tomar de la persona de Cristo. En la persona
de Cristo —dicen— la ciencia y la historia no descubren más que a un
hombre. Luego, en virtud del primer principio deducido del agnosticismo, hay que
borrar de su historia todo lo que huele a divino. Ahora bien, en virtud de la
segunda regla, la persona histórica de Cristo ha sido trasfigurada por
la fe; luego hay que ir quitando de ella cuanto la levanta por encima de las
condiciones históricas. Por fin, en virtud de la tercera regla, la misma
persona de Cristo ha sido desfigurada por la fe; luego hay que apartar de
ella los discursos, hechos, cuanto, en una palabra, no responde en modo alguno a
su carácter, estado y educación y al lugar y tiempo en que vivió. Maravillosa
manera, por cierto, de raciocinar; pero tal es la crítica de los modernistas.
En
conclusión, el sentimiento religioso que por medio de la inmanencia vital brota
de los escondrijos de la subconciencia es el germen de toda la religión y
juntamente la razón de cuanto ha habido o habrá en cualquier religión. Rudo,
ciertamente, en sus principios y casi informe, ese sentimiento fue
paulatinamente creciendo bajo el influjo de aquel arcano principio de donde tuvo
origen, a par con el progreso de la vida humana, de la que, como hemos dicho, es
una de las formas. He aquí, pues, el origen de toda religión, aun de la
sobrenatural: son, efectivamente todas, mero desenvolvimiento del sentimiento
religioso. Y nadie piense que se va a exceptuar a la católica, sino que se la
pone absolutamente al nivel de las demás ¡ puesto que no nació de otro modo
que por el proceso de la inmanencia vital en la conciencia de Cristo, hombre de
naturaleza privilegiada, cual jamás le hubo ni le habrá...
[Luego
se alega el canon del Concilio Vaticano sobre la revelación: v. 1808].
Hasta
aquí, sin embargo, Venerables Hermanos, no hemos visto: Se dé cabida alguna a
la inteligencia. Pero también ésta tiene su parte, según la doctrina de los
modernistas, en el acto de fe. De qué manera, es conveniente advertirlo. En
aquel sentimiento —dicen— tantas veces nombrado, puesto que es sentimiento y
no conocimiento, Dios se presenta ciertamente al hombre, pero de modo tan
confuso y revuelto que apenas o en absoluto se distingue del sujeto creyente.
Es, por consiguiente, necesario ilustrar el mismo sentimiento con alguna luz
para que Dios surja de ahí totalmente y sea discernido. Tal función
corresponde al entendimiento a quien toca pensar y analizar y por quien el
hombre reduce primero a ideas los fenómenos vitales que en él surgen y los
expresa luego por palabras. De ahí la expresión corriente entre los
modernistas de que el hombre religioso tiene que pensar su fe. La
inteligencia, pues, sobreviniendo a aquel sentimiento, se inclina sobre él y en
él trabaja a la manera de un pintor que restaura el dibujo ya desfigurado, de
viejo, de un cuadro, para que resalte nítido: así en efecto, sobre poco más o
menos, explica el caso uno de los maestros del modernismo. Ahora bien, en asunto
de tal naturaleza, la inteligencia trabaja de dos maneras: primero, por un acto
natural y espontáneo, por el que expresa la cosa con cierta sentencia sencilla
y vulgar; segundo, reflexivamente y más a fondo o, como ellos dicen, elaborando
un pensamiento, y expresando lo pensado por medio de sentencias secundarias,
derivadas ciertamente de aquella primera concepción sencilla, pero más
limadas y distintas. Estas sentencias secundarias, si finalmente fueren
sancionadas por el supremo magisterio de la Iglesia, constituirán los dogmas.
De
este modo, pues, hemos llegado en la doctrina de los modernistas a un punto
principal, cual es el origen del dogma y la naturaleza misma del dogma. El
origen, en efecto, del dogma, lo ponen en aquellas fórmulas sencillas
primitivas que bajo cierto aspecto son necesarias a la fe; pues la revelación,
para que realmente lo sea, requiere en la conciencia algún conocimiento claro
de Dios. Sin embargo, el dogma mismo parecen afirmar que se contiene propiamente
en las fórmulas secundarias. Ahora, pues, para averiguar su naturaleza,
hay que averiguar ante todo qué relación existe entre las fórmulas religiosas
y el sentimiento religioso del alma. Y esto lo entenderá fácilmente
quien sepa que tales fórmulas no tienen otro fin que el de procurar al creyente
un modo de darse razón de su fe. Por eso son intermedias entre el creyente y su
fe: por lo que a la fe se refiere son notas inadecuadas de su objeto, que
vulgarmente se llaman símbolos; por lo que al creyente se refiere, son
meros instrumentos. De ahí que por ninguna razón se puede establecer
que contengan la verdad absolutamente; porque en cuanto símbolos, son imágenes
de la verdad y, por tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, tal como
este se refiere al hombre; en cuanto instrumentos, son vehículos de la
verdad y, por lo tanto, han de acomodarse a su vez al hombre, tal como éste se
refiere al sentimiento religioso. Ahora bien, el sentimiento religioso, como
quiera que está contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, de
los que ahora puede aparecer uno, luego otro. Por semejante manera, el hombre
creyente, puede hallarse en diversas situaciones. Luego también las fórmulas
que llamamos dogmas tienen que estar sujetas a las mismas vicisitudes y,
consiguientemente, sujetas a variación. Y así, a la verdad, queda expedito el
camino para la íntima evolución del dogma. Amontonamiento, por cierto,
infinito de sofismas, que arruinan y aniquilan toda religión.
Que
el dogma no sólo puede, sino que debe evolucionar y cambiar, no sólo lo
afirman en realidad desenfadadamente los modernistas, sino que es consecuencia
que se sigue evidentemente de sus principios. Porque entre los puntos
principales de la doctrina tienen ellos uno que deducen del principio de la
inmanencia vital y es que las fórmulas religiosas, para que sean realmente
religiosas y no puras elucubraciones del entendimiento, tienen que ser vitales y
vivir la vida misma del sentimiento religioso. Lo cual no ha de entenderse como
si estas fórmulas, sobre todo si son puramente imaginativas, hubieran sido
inventadas para el sentimiento mismo religioso, pues nada importa en absoluto de
su origen ni tampoco de su número o cualidad, sino en el sentido de que el
sentimiento religioso, aun imponiéndoles, si hace falta, alguna modificación,
se las asimile vitalmente. Es decir, para expresarlo de otro modo, es
menester que la fórmula primitiva sea aceptada por el corazón y que éste
la sancione; y que, igualmente bajo la dirección del corazón, se realice el
trabajo por el que se engendran las fórmulas secundarias. De ahí
resulta que, para que estas fórmulas sean vitales, tienen que ser y permanecer
acomodadas a la fe juntamente y al creyente. Consiguientemente, si por cualquier
causa cesa esta acomodación, pierden aquéllas sus primitivas nociones y
necesitan mudarse. Ahora bien, siendo inestable esta fuerza y fortuna de las fórmulas
dogmáticas, no es de maravillar que los modernistas las hagan objeto de tanto
escarnio y desprecio, mientras por lo contrario de nada hablan, nada exaltan
tanto como el sentimiento religioso y la vida religiosa. De ahí también que
ataquen con extrema audacia a la Iglesia de que anda por camino extraviado,
pues, dicen, no distingue para nada la fuerza moral y religiosa, de la
significación externa de las fórmulas y, adhiriéndose con vano trabajo y suma
tenacidad a fórmulas que carecen de sentido, deja que se diluya la religión
misma. Ciegos y guías de ciegos [Mt. 15, 14] que, hinchados con soberbio
nombre de ciencia, llegan a extremo tal de locura que pervierten la eterna noción
de la verdad y el genuino sentimiento de la religión, con la introducción de
un sistema nuevo en que, por temerario y desenfrenado afán de novedades, no
se busca la verdad donde realmente se halla y, desdeñadas las santas
tradiciones apostólicas, se invocan otras doctrinas vanas, fútiles e inciertas
y que la Iglesia no ha aprobado, sobre las que hombres de todo en todo vanos se
imaginan que se apoya y sostiene la verdad misma. Esto, Venerables Hermanos,
por lo que se refiere al modernista como filósofo.
[II]
Si pasando ahora al creyente, se quiere saber en qué se distingue éste del filósofo
en los modernistas, es menester advertir que, si bien el filósofo admite la
realidad de lo divino como objeto de la fe, esta realidad él no la encuentra más
que en el alma del creyente, en cuanto es objeto del sentimiento y de la
afirmación y, por lo tanto, no traspasa el ámbito de los fenómenos; ahora, si
esa realidad existe en sí misma fuera del sentimiento y de tal afirmación, es
cosa que el filósofo pasa por alto y la descuida. Por el contrario, para el
modernista creyente es cosa cierta y averiguada que la realidad de lo divino
existe realmente en sí misma y no depende en absoluto del creyente. Y si se les
pregunta en qué se funda finalmente esta afirmación del creyente, responderán:
En la experiencia particular de cada hombre. Afirmación por la que, si
es cierto que se apartan de los racionalistas, vienen por otra parte a dar en la
opinión de los protestantes y pseudomísticos [cf. 273].
Ellos
lo explican así: En el sentimiento religioso hay que reconocer cierta intuición
del corazón, por la que el hombre, sin intermedio alguno, alcanza la realidad
de Dios y adquiere tan grande persuasión de la existencia de Dios y de su acción
tanto dentro como fuera del hombre, que aventaja con mucho a toda persuasión
que pueda venir de la ciencia. Ponen, pues, una verdadera experiencia y ésta
superior a cualquier experiencia racional, y si algunos, como los racionalistas,
la niegan, es —afirman los modernistas— que no quieren ponerse en las
condiciones morales que se requieren para que surja aquella experiencia. Ahora
bien, esta experiencia, cuando uno la adquiere, es la que propia y
verdaderamente le hace creyente. ¡Cuán lejos estamos aquí de las enseñanzas
católicas!
Ya
vimos [v. 2072] cómo tales quimeras fueron condenadas por el Concilio Vaticano.
Más adelante indicaremos, cómo admitidos estos postulados junto con los demás
errores ya mencionados, queda abierta la puerta al ateísmo. Advirtamos por de
pronto que de esta doctrina de la experiencia, junto con la otra del simbolismo,
se sigue que toda religión, sin exceptuar el paganismo, ha de tenerse
por verdadera. ¿Por qué, en efecto, no han de darse experiencias semejantes en
cualquier religión? Más de uno afirma que se han dado. ¿Y con qué derecho
negarán los modernistas la verdad de la experiencia que afirma un turco y
reclamarán para solos los católicos las experiencias verdaderas? Pero, en
realidad, los modernistas no lo niegan, antes bien, unos más o menos
oscuramente, otros con toda claridad, pretenden que todas las religiones son
verdaderas. Y es, por otra parte, evidente que no pueden pensar de otra manera.
Pues ¿por qué capítulo habrá que atribuir falsedad a una religión
cualquiera según los principios modernistas? Ciertamente, o por engaño del
sentimiento religioso o por ser falsa la fórmula pronunciada por la
inteligencia. Ahora bien, el sentimiento religioso es siempre uno y el mismo,
aunque alguna vez quizá imperfecto, y para que la fórmula del entendimiento
sea verdadera basta que responda al sentimiento religioso v al hombre creyente,
sea lo que fuere de la perspicacia del ingenio de éste. Una cosa, a lo más,
podrían acaso sostener los modernistas, en el conflicto de las diversas
religiones y es que la católica por tener más vida, tiene más verdad, y que
merece mejor el nombre cristiano, por ser la que mejor responde a los orígenes
del cristianismo.
Otro
punto hay en este capítulo de la doctrina, totalmente contrario a la verdad católica.
Porque esta teoría de la experiencia Se traslada también a la tradición que
la Iglesia ha afirmado hasta el presente, y totalmente la destruye.
Efectivamente, los modernistas entienden la tradición de modo que sea cierta
comunicación con otros de una experiencia original por medio de la
predicación y con ayuda de la fórmula intelectiva. Por eso, a esta fórmula,
aparte la virtud que llaman representativa, le atribuyen otra sugestiva,
ora para excitar en el que ya cree el sentido religioso tal vez entorpecido
y para restablecer la experiencia otrora habida, ora para producir en los que aún
no creen por vez primera el sentimiento religioso y la experiencia. De este modo
se propaga ampliamente la experiencia religiosa en los pueblos, no sólo en los
que ahora son, por medio de la predicación, sino también en los por venir, por
medio de libros y la trasmisión oral de unos a otros. Esta comunicación de la
experiencia, hay veces que echa raíces y florece; otra se marchita
inmediatamente y muere. Ahora bien, el florecimiento es para los modernistas
argumento de la verdad, como quiera que toman promiscuamente verdad y vida. De
lo que nuevamente será lícito inferir que todas las religiones que existen son
verdaderas, pues de lo contrario tampoco vivirían.
Llegados
aquí, Venerables Hermanos, tenemos sobrados elementos para conocer cabalmente
qué relaciones establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo cuyo
nombre comprenden también la historia. Y ante todo hay que pensar que el objeto
de la una es totalmente externo al de la otra y separado de ella. Porque la fe
mira únicamente a aquello que la ciencia declara serle incognoscible. De ahí,
la diversa tarea de cada una: la ciencia versa sobre los fenómenos en que no
hay lugar alguno para la fe; la fe, por su parte, versa sobre lo divino, que la
ciencia de todo punto ignora. De donde, finalmente, resulta que entre la fe y la
ciencia no puede darse jamás conflicto; pues, como cada una se mantenga en su
puesto, no podrán encontrarse jamás y por ende tampoco contradecirse. Si a
esto se objeta que hay en la naturaleza visible cosas que pertenecen también a
la fe, como la vida humana de Cristo, lo negarán. Porque si bien estas cosas se
cuentan entre los fenómenos; sin embargo, en cuanto están penetrados de la fe
y por la fe fueron trasfigurados y desfigurados del modo que arriba se dijo [v.
2076], han sido arrebatados del mundo sensible y trasladados a la materia de lo
divino. Por eso, si seguimos preguntando si Cristo realizó verdaderos milagros
y realmente presintió lo por venir, si realmente resucitó y subió a los
cielos, la ciencia agnóstica lo negará, la fe lo afirmará; pero de aquí no
se seguirá contradicción alguna entre una y otra. Porque uno lo negará como
filósofo que habla a filósofos, es decir, que ha contemplado a Cristo únicamente
según su realidad histórica; otro lo afirmará como creyente que habla con
creyentes, mirando la vida de Cristo en cuanto otra vez es vivida por la
fe y en la fe.
Mucho
se engañaría, sin embargo, quien pensara que podrá sacar de aquí la
consecuencia de que la fe y la ciencia no han de estar absolutamente sometidas
una a otra. De la ciencia, sí, podrá pensarlo recta y verdaderamente; pero no
de la fe que tiene que estar sometida la ciencia no ya por uno, sino por triple
motivo. Porque en primer lugar hay que advertir que en cualquier hecho
religioso, quitada la realidad divina y la experiencia que de ella tiene el
creyente, todo lo demás y particularmente las fórmulas religiosas no traspasa
en modo alguno el ámbito de los fenómenos y, por lo tanto, caen bajo el
dominio de la ciencia. Puede, si quiere, el creyente salirse de este mundo; pero
mientras viva en el mundo, no escapará jamas, quiera que no quiera, las leyes,
la observación y los juicios de la ciencia y de la historia. Además, si es
cierto que se ha dicho que Dios es sólo objeto de la fe, eso ha de concederse
de la realidad divina, pero no de la idea de Dios, pues ésta está sometida a
la ciencia, que, filosofando en el orden que llaman lógico, alcanza también
cuanto hay de absoluto e ideal. Por lo cual, la filosofía, esto es, la ciencia,
tiene derecho a conocer acerca de la idea de Dios, moderarla en su
desenvolvimiento y, si algo extraño se le mezclare, corregirlo. De ahí el
axioma de los modernistas de que la evolución religiosa debe conciliarse con la
moral e intelectual, es decir, como lo explica uno de sus maestros, debe
someterse a ellas. Allégase finalmente que el hombre no sufre en sí mismo la
dualidad, por lo que urge al creyente la necesidad íntima de conciliar su fe
con la ciencia de manera que no discrepe de la idea general que la ciencia
ofrece sobre el universo. De este modo, pues, se llega al resultado de que la
ciencia se sienta absolutamente libre de la fe; pero la fe, por mucho que se
pregone ser extraña a la ciencia, tiene que estar sujeta a ésta. Todo lo cual,
Venerables Hermanos, es contrario a lo que Pío IX antecesor nuestro, enseñaba
diciendo: “En las cosas que atañen a la religión, a la filosofía le toca
servir, no mandar; no prescribir lo que hay que creer, sino abrazarlo con
razonable deferencia; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios,
sino reverenciarla piadosa y humildemente”. Los modernistas vuelven la cosa al
revés y por eso puede aplicárseles lo que Gregorio IX, también antecesor
nuestro, escribía de ciertos teólogos de su tiempo: Algunos de vosotros,
hinchados como un odre por el espíritu de vanidad, se empeñan en traspasar con
profana novedad los límites puestos por los Padres, inclinando la inteligencia
de la página celeste... a la doctrina filosófica de la razón, para ostentación
de ciencia y no para provecho alguno de los oyentes... Ellos arrastrados por
doctrinas varias y peregrinas, reducen la cabeza a la cola y obligan a la reina
a servir a la esclava.
Esto
se pondrá más patentemente de manifiesto a quien observe la manera de obrar de
los modernistas, que responde de todo en todo a sus enseñanzas. Muchos de sus
escritos y dichos parecen, efectivamente, contradictorios, de suerte que fácilmente
se los podría tener por vacilantes y dudosos; sin embargo, eso lo hacen de propósito
y deliberadamente, es decir, de acuerdo con la idea que profesan sobre la mutua
separación de la fe y de la ciencia, De ahí que en sus libros tropezamos con
cosas que un católico puede aprobar punto por punto; y, pasando página, con
otras que diríanse dictadas por un racionalista. De ahí que escribiendo de
historia no mencionan para nada la divinidad de Jesucristo; predicando, empero,
en los templos, la profesan firmísimamente. Así también, si cuentan la
historia, no dan cabida alguna a los Padres y Concilios; pero si enseñan
catecismo, a unas y a otros los alegan con honor. De ahí también el separar la
exégesis teológica pastoral, de la científica e histórica. Igualmente,
partiendo del principio de que la ciencia no depende para nada de la fe, sin
horrorizarse de seguir las pisadas de Lutero [cf. 769], cuando disertan sobre
filosofía, historia y crítica manifiestan de mil modos su desdén por las enseñanzas
católicas por los Santos Padres, los Concilios ecuménicos y el magisterio de
la Iglesia; y si por ello se los reprende, se quejan de que se les quita la
libertad. Profesando, finalmente, la idea de que la fe ha de someterse a la
ciencia, a cada paso y a cara descubierta censuran a la Iglesia porque con la
mayor obstinación se niega a someter y acomodar sus dogmas a las opiniones de
la filosofía; ellos, por su parte, suprimida para este fin la antigua teología,
pretenden introducir otra nueva que siga dócilmente los delirios de los filósofos.
[III.]
Aquí tenemos ya, Venerables Hermanos, abierto el camino para contemplar a los
modernistas en la arena teológica. Tarea escabrosa, que hay que resumir
brevemente. Trátase ni más ni menos que de conciliar la fe con la ciencia, y
eso no de otro modo que sometiendo la una a la otra. En este terreno, el teólogo
modernista usa de los mismos principios que vimos usaba el filósofo y los
adapta al creyente: nos referimos a los principios de la inmanencia y del
simbolismo. La cosa se logra con la mayor expedición de la siguiente
manera: el filósofo enseña que el principio de la fe es inmanente; el
creyente añade que este principio es
Dios; el teólogo concluye: Luego Dios es inmanente en el hombre. De
ahí la inmanencia teológica. Por otra parte, para el filósofo es
cierto que las representaciones del objeto de la fe son sólo simbólicas; para
el creyente es igualmente cierto que el objeto de la fe es Dios en sí mismo;
el teólogo consiguientemente colige que las representaciones de la
realidad divina son simbólicas. De ahí el simbolismo teológico. Errores
ciertamente grandísimos, y cuán perniciosos sean uno y otro, se hará patente
examinando sus consecuencias. Porque, hablando ya del simbolismo, como quiera
que los símbolos son tales respecto del objeto, pero respecto del creyente son
instrumentos, el creyente ha de tener —dicen— ante todo buen cuidado de no
adherirse más de lo debido a la fórmula en cuanto fórmula, sino que ha de
usar de ella únicamente para unirse a la verdad absoluta que la fórmula
descubre y encubre juntamente y que se esfuerza en expresar sin conseguirlo jamás.
Añaden además que tales fórmulas ha de emplearlas el creyente, tanto cuanto
le ayuden, pues para su comodidad han sido dadas, no para su estorbo; eso sí,
sin tocar para nada al honor que por respeto social se debe a las fórmulas que
el público magisterio haya juzgado aptas para expresar la conciencia común,
mientras, se entiende, el mismo magisterio no mandare otra cosa. Por lo que a la
inmanencia se refiere, no es fácil indicar qué sientan realmente los
modernistas, pues no todos son de la misma opinión. Hay quienes la ponen en que
Dios, al obrar, está en el hombre más que el hombre en sí mismo, lo que, bien
entendido, no tiene motivo de reprensión. Otros en que la acción de Dios es
una con la acción de la naturaleza, y la de la causa primera una con la de ]a
causa segunda; lo cual en realidad destruye el orden sobrenatural. otros lo
explican de modo que ofrecen sospecha de sentido panteístico, cosa que responde
mejor al resto de sus doctrinas.
A
este postulado de la inmanencia se añade otro que podemos llamar de la permanencia
divina. Los dos se diferencian entre sí, sobre poco más o menos, como la
experiencia particular y la trasmitida por tradición. Un ejemplo lo aclarará,
y sea tomado de la Iglesia y de los sacramentos. Que la Iglesia —dicen— y
los sacramentos hayan sido instituídos por Cristo mismo, es cosa que no ha de
creerse en modo alguno. Lo prohibe el agnosticismo, el cual no ve en Cristo más
que a un hombre, cuya conciencia religiosa, como la de los otros hombres, se fue
formando poco a poco; lo prohibe la ley de la inmanencia, que rechaza las que
llaman aplicaciones externas; lo prohibe igualmente la ley de la evolución, que
pide, para que los gérmenes se desenvuelvan, tiempo y una serie de
circunstancias sucesivas; lo prohibe, en fin, la historia, que demuestra cómo
fue en realidad el curso de los hechos. Sin embargo, hay que mantener que la
Iglesia y los sacramentos fueron mediatamente instituídos por Cristo. ¿De
qué modo? Los modernistas afirman que todas las conciencias cristianas
estuvieron en cierto modo virtualmente incluídas en la conciencia de Cristo,
como la planta en la semilla; y como los gérmenes viven la vida de la semilla,
hay que decir que los cristianos todos viven la vida de Cristo. Ahora bien, la
vida de Cristo según la fe es divina; luego también lo es la vida de los
cristianos. Si, pues, esta vida en el decurso de las edades dio principio a la
Iglesia y a los sacramentos, con todo derecho se dirá que este principio viene
de Cristo y que es divino. De modo enteramente semejante establecen que son
divinas las Sagradas Escrituras y divinos los dogmas. A esto, poco más o menos,
se reduce la teología de los modernistas; pequeño caudal, sin duda, pero
sobreabundante para quien sostenga que hay que obedecer siempre a la ciencia, en
todo lo que mandare. La aplicación de todo esto a lo que vamos a decir,
cualquiera la verá fácilmente por sí mismo.
Hasta
aquí hemos tocado el origen y naturaleza de la fe. Mas como quiera que los
brotes de la fe son muchos, principalmente la Iglesia, el dogma, las cosas
sagradas y el culto, los Libros que llamamos santos, hay que examinar qué es lo
que los modernistas enseñan sobre estos puntos. Y empezando por el dogma, ya
quedó antes indicado cuál sea su origen y naturaleza [v. 2079 s]. El dogma
nace de cierto impulso o necesidad, por la que el creyente trabaja en sus
propios pensamientos, a fin de ilustrar más su conciencia y la de los otros.
Este trabajo se ordena todo a penetrar y pulir la primitiva fórmula de
la inteligencia, no ciertamente en sí misma según su desenvolvimiento lógico,
sino según sus circunstancias o, según ellos dicen con menos claridad, vitalmente.
De ahí resulta, como ya insinuamos [v. 2078], que en torno a la fórmula
primitiva se van formando poco a poco otras secundarias, que juntándose
en un cuerpo o construcción de doctrina, al ser aprobadas por el magisterio público,
como expresión de la conciencia común, se llaman dogmas. Del dogma hay que
separar cuidadosamente las especulaciones de los teólogos que, por otra parte,
si bien no viven la vida del dogma, no son, sin embargo, del todo inútiles, ora
para componer la religión con la ciencia y deshacer sus conflictos ora para
ilustrar desde fuera la religión y defenderla; otra utilidad quizá tengan
también para preparar la materia de un nuevo dogma futuro. Del culto no habría
mucho que decir, si no fuera porque bajo ese nombre se comprenden también los
sacramentos, acerca de los cuales versan los mayores errores de los modernistas.
Del culto afirman que tiene su origen en un doble impulso o necesidad; pues,
como vimos, todo en su sistema nos dicen que se engendra por íntimos impulsos o
necesidades. Una es la de dar alguna forma sensible a la religión; otra, la de
propagarla; lo que no sería posible sin cierta forma sensible y actos
santificantes, que llamamos sacramentos. Ahora bien, los sacramentos son para
los modernistas meros símbolos o signos, aunque no carentes de eficacia. Para
indicar esta eficacia sí valen del ejemplo de ciertas palabras que vulgarmente
se dice han hecho fortuna, pues tienen la virtud de propagar ciertas ideas
poderosas y que impresionan de modo extraordinario los ánimos. Como esas
palabras se ordenan a dichas ideas, así los sacramentos al sentimiento
religioso: nada más. Por cierto, hablarían más claro si dijeran que los
sacramentos han sido instituídos únicamente para alimentar la fe; pero esto lo
condenó el Concilio de Trento: “Si alguno dijere que estos sacramentos han
sido instituídos para el solo fin de alimentar la fe, sea anatema” [v. 848].
Algo
hemos indicado ya sobre la naturaleza y origen de los Libros Sagrados. Éstos,
conforme a los principios de los modernistas, pudieran muy bien definirse como
una colección de experiencias, no de las que a cualquiera le
ocurren a cada paso, sino de las extraordinarias e insignes, que se han dado en
toda religión. Así absolutamente lo enseñan los modernistas sobre nuestros
Libros lo mismo del Antiguo que del Nuevo Testamento. Con miras, sin embargo, a
sus opiniones notan con suma astucia: Aun cuando la experiencia se refiere al
presente, puede no obstante tomar su materia de lo pasado, lo mismo que de lo
por venir, en cuanto el creyente vuelve a vivir lo pasado al modo de lo presente
por medio del recuerdo, o lo por venir, por anticipación. Y esto explica por qué
entre los Libros Sagrados pueden contarse los históricos y los apocalípticos.
Así, pues, Dios habla ciertamente en estos libros por medio del creyente; pero,
como enseña la teología de los modernistas, sólo habla por la inmanencia y
la permanencia vital. Preguntaremos: ¿Qué se hace entonces de la inspiración?
Ésta —responden—si no es tal vez por su grado de vehemencia, no se
distingue en nada del impulso por el que el creyente se siente movido a
comunicar su fe de palabra o por escrito. Algo semejante tenemos en la inspiración
poética por lo que alguien dijo: “Está Dios en nosotros, y agitados por Él
nos encendemos”. De esta inspiración añaden los modernistas que nada hay
absolutamente en los Sagrados Libros que carezca de ella. Al afirmar esto,
pudiera creérselos más ortodoxos que otros modernos que limitan en parte la
inspiración, como por ejemplo, cuando introducen las que se llaman citas tácitas.
Pero aquéllos hablan así sólo de boca y simuladamente. Porque si juzgamos
la Biblia por los principios del agnosticismo, es decir, como obra humana
compuesta por hombres, aunque se le conceda al teólogo el derecho de
proclamarla divina por la inmanencia, ¿cómo puede, en definitiva, coartarse más
la inspiración? Los modernistas afirman realmente la inspiración universal de
los Libros Sagrados; pero en sentido católico, no admiten ninguna.
Más
abundante cosecha nos ofrece lo que la escuela de los modernistas imagina sobre
la Iglesia. Para empezar, sientan que la Iglesia tiene su origen en una doble
necesidad, una que se da en cualquier creyente, en aquel sobre todo que ha
alcanzado alguna experiencia primera y singular, la de comunicar con otros su
fe; otra, una vez que la fe se ha hecho común entre varios, en la colectividad,
para crecer en la sociedad, y conservar, aumentar y propagar el bien común.
¿Qué es, pues, la Iglesia? La Iglesia es el parto de la conciencia
colectiva, o reunión de las conciencias individuales, que, en virtud de la
permanencia vital, dependen de algún primer creyente, en caso de los católicos,
de Cristo. Ahora bien, toda sociedad necesita de una autoridad moderadora, cuyo
oficio es dirigir a todos los asociados a un fin común y conservar
prudentemente los elementos de cohesión, que en una asociación religiosa se
reducen a la doctrina y al culto. De aquí una triple autoridad en la Iglesia
Católica: disciplinar, dogmática y cultural. Ahora, la naturaleza de
esta autoridad hay que colegirla de su origen, y de su naturaleza han de
derivarse sus derechos y deberes. En las edades pretéritas, fue vulgar error
que la autoridad venía a la Iglesia desde fuera, es decir, inmediatamente de
Dios, por lo que con razón se la tenía por autocrática. Pero semejante
idea está hoy día envejecida. Al modo que la Iglesia se dice haber emanado de
la colectividad de las conciencias; por igual manera, la autoridad emana
vitalmente de la misma Iglesia. La autoridad, pues, como la Iglesia, nace de la
conciencia religiosa y, por ende, a ella está sujeta; si desprecia esta sujeción,
cae en la tiranía. Ahora bien, vivimos en una época en que el sentido de la
libertad ha alcanzado su más alta cima. En el Estado, la conciencia pública ha
introducido el régimen popular. Mas la conciencia, lo mismo que la vida, es una
en el hombre. Si, pues, no quiere levantar y fomentar en las conciencias de los
hombres una guerra intestina, la autoridad de la Iglesia tiene el deber de usar
de las formas democráticas, tanto más cuanto que, de no hacerlo, le amenaza la
ruina Porque tiene que ser ciertamente un loco quien imagine que puede jamás
darse vuelta atrás en el sentido de la libertad que hoy está en vigor. Forzado
y detenido violentamente, se derramaría con más ímpetu, arrasando juntamente
la Iglesia y la religión. Todo esto raciocinan los modernistas, cuyos esfuerzos
todos se dirigen a indagar los medios para conciliar la autoridad de la Iglesia
con la libertad de los creyentes.
Pero
no sólo dentro de sus domésticas paredes tiene la Iglesia gentes con quienes
es menester que se las entienda amigablemente, sino fuera también. Porque no es
ella sola la que habita el mundo; lo ocupan también otras asociaciones, con
quienes tiene por fuerza que mantener comunicación y trato. Consiguientemente,
hay que determinar también qué derechos, qué deberes tiene la Iglesia con las
sociedades civiles, y no de otro modo hay que determinarlo, sino por la
naturaleza de la Iglesia, tal, se entiende, como los modernistas nos la han
descrito. En este terreno, usan enteramente de las mismas reglas que arriba se
alegaron para las relaciones entre la ciencia y la fe. Allí se hablaba de objetos;
aquí de fines. Así, pues, a la manera que por razón de su objeto
vimos que la fe y la ciencia eran extrañas una a otra; así la Iglesia y el
Estado son extraños entre sí por razón de los fines que persiguen, temporal
éste, y espiritual aquélla. Pudo ciertamente otras veces someterse lo temporal
a lo espiritual; pudo hablarse de materias mixtas, en que la Iglesia
intervenía como reina y señora, pues se la tenía por instituída directamente
por Dios en cuanto es autor del orden sobrenatural. Pero todo esto se rechaza ya
por filósofos e historiadores. El Estado, consiguientemente, ha de separarse de
la Iglesia, lo mismo que el católico del ciudadano. Por lo tanto, cualquier católico,
por ser también ciudadano, tiene el derecho y el deber de llevar a cabo lo que
juzgue conviene a la autoridad del Estado, despreciando la autoridad de la
Iglesia, sin tener para nada en cuenta sus deseos, consejos y mandatos, y sin
hacer caso alguno de sus reprensiones. Señalar bajo cualquier pretexto a un
ciudadano la línea de conducta, es un abuso de la autoridad eclesiástica que
ha de rechazarse a todo trance. Los principios, Venerables Hermanos, de donde
todo esto dimana, son ciertamente los mismos que solemnemente condenó nuestro
predecesor Pío VI en la Constitución Apostólica Auctorem fidei [cf.
1502 s].
Pero
no le basta a la escuela modernista imponer el deber de la separación de la
Iglesia y del Estado. A la manera que la fe, en los elementos que llaman fenoménicos,
tiene que someterse a la ciencia, así, en los asuntos temporales, la Iglesia
tiene que depender del Estado. Esto quizá no lo digan aún ellos abiertamente;
pero la fuerza del razonamiento les fuerza a admitirlo. Efectivamente, sentado
que en lo temporal el único poder es el del Estado, si se da un creyente que,
no contento con los actos íntimos de la religión, quiere pasar a los externos,
por ejemplo, la administración o recepción de los sacramentos, fuerza será
que también éstos caigan bajo el poder del Estado. ¿Qué será entonces de la
autoridad eclesiástica? Como ésta no se desenvuelve sino por actos externos,
tendrá que estar toda entera sometida al Estado. Forzados por esta
consecuencia, muchos protestantes liberales suprimen todo culto religioso
externo y hasta toda asociación religiosa externa y se empeñan en introducir
la que llaman religión individual. Si los modernistas todavía no llegan
descubiertamente hasta tal extremo, piden entre tanto que la Iglesia espontáneamente
se incline hacia donde ellos la empujan y se adapte a las formas civiles. Esto
en cuanto a la autoridad disciplinar. Porque lo que sienten de la
potestad doctrinal y dogmática es mucho peor y más pernicioso. Sobre el
magisterio de la Iglesia fantasean de este modo. Una asociación religiosa no
puede en modo alguno tener unidad, si no hay una sola conciencia de los
asociados y una fórmula única de que se valgan. Ahora bien, una y otra unidad
exige una especie de inteligencia común, a quien toque hallar y determinar la fórmula
que más exactamente responda a la conciencia común, y esa inteligencia es
menester que tenga suficiente autoridad para imponer a la comunidad la fórmula
que hubiere estatuído. Pues bien, en esta conjunción y como fusión, tanto de
la inteligencia que elige la fórmula como de la potestad que la prescribe,
ponen los modernistas la noción del magisterio eclesiástico. Así, pues, como
en definitiva el magisterio nace de las conciencias individuales y tiene
encomendado su público deber para comodidad de las mismas conciencias, síguese
necesariamente que depende de esas conciencias y debe doblegarse a las formas
populares. Por tanto, prohibir a las conciencias de los individuos que profesen
pública y abiertamente los impulsos que sienten, así como cerrarle el camino a
la crítica para que impulse el dogma hacia sus necesarias evoluciones, no es
uso, sino abuso de una potestad que le fue encomendada para utilidad. De modo
semejante debe guardarse templanza en el uso mismo de la autoridad. Censurar y
prohibir un libro cualquiera sin conocimiento del autor, sin admitir explicación
ni discusión alguna, es ciertamente cosa que linda con la tiranía. Por lo cual
también aquí hay que hallar un camino medio, a fin de que queden intactos los
derechos juntamente de la autoridad y de la libertad. Entre tanto, el católico
ha de obrar de modo que públicamente se muestre obedientísimo a la autoridad,
pero no por eso deje de seguir su propio genio. En cuanto a la Iglesia en
general prescriben así: Puesto que el fin de la potestad eclesiástica se
dirige únicamente a lo espiritual, hay que quitar todo el aparato externo con
que se muestra adornada con demasiada magnificencia a los ojos de quienes la
contemplan. En lo cual olvidan seguramente una cosa, y es que la religión,
aunque se dirige a las almas, no se encierra únicamente en las almas, y que el
honor que a su potestad se tributa recae sobre Cristo su fundador.
Para
terminar toda esta materia acerca de la fe y de sus varios brotes, réstanos,
Venerables Hermanos, que oigamos en último lugar lo que los modernistas enseñan
acerca de su desenvolvimiento. El principio general aquí es: En una religión
que vive, nada hay que no sea variable y que, por ende, no deba variarse. De aquí
pasan a lo que en sus doctrinas es casi lo principal: la evolución: Consiguientemente,
el dogma, la Iglesia, el culto, los libros que veneramos como santos, y hasta la
fe misma, si no queremos que todo eso se cuente entre lo muerto, tiene que
someterse a las leyes de la evolución. Cosa que no puede parecer maravillosa a
quien tenga ante los ojos lo que de cada uno de esos puntos enseñan los
modernistas. Sentada, pues, la ley de la evolución, el modo como se cumple ésta
lo tenemos descrito por los mismos modernistas. Y, ante todo, en cuanto a la fe.
La primitiva forma de la fe —dicen— fue ruda y común a todos los hombres,
como quiera que nacía de la naturaleza y vida misma de los hombres. La evolución
vital trajo el progreso y éste no porque se agregaran nuevas formas desde
fuera, sino porque el sentimiento religioso fue invadiendo cada vez con más
fuerza la conciencia. Ahora bien, el progreso mismo se cumplió de doble modo,
primero, negativamente, eliminando todo elemento extraño, por ejemplo,
el que viniere de la familia o nación; luego, positivamente, por el
desarrollo intelectual y moral del hombre, que hizo que la noción de lo divino
se tornara más amplia y clara y el sentimiento religioso más exquisito.
Para el progreso de la fe, hay que alegar las mismas causas antes dichas para
explicar su origen; a ellas, no obstante, hay que añadir ciertos hombres
extraordinarios, a los que llamamos profetas, el más grande de los cuales es
Cristo.
Y
esto, no sólo porque mostraron en su vida y palabras algo misterioso que la fe
atribuía a la divinidad, sino porque alcanzaron nuevas y antes no habidas
experiencias que respondían a la indigencia religiosa de cada época. Pero la
evolución del dogma nace principalmente de la necesidad de superar los
impedimentos de la fe, de vencer a sus enemigos y de refutar las
contradicciones. Añádase a esto un empeño constante por penetrar mejor los
arcanos que la fe encierra. Así, dejando aparte los demás ejemplos, ha
sucedido con Cristo: lo que en él admitía la fe de divino —fuérase lo que
se fuere— de tal modo se fue paso a paso y gradualmente ampliando, que por fin
fue tenido por Dios. A la evolución del culto contribuye sobre todo la
necesidad de adaptarse a las costumbres y tradiciones de los pueblos, así como
la de gozar de la virtud que el uso o práctica ha prestado a determinados
actos. Finalmente, la causa de la evolución de la Iglesia nace de su necesidad
de adaptarse a las circunstancias históricas y a las formas de régimen civil públicamente
introducidas. Así ellos de cada cosa. Aquí, empero, antes de seguir adelante,
quisiéramos que se notara bien su doctrina de las necesidades o indigencias (italiano:
dei bisogni, como más expresivamente las llaman); porque, aparte de
cuanto hemos ya visto, es como la base y fundamento del famoso método que
llaman histórico.
Insistiendo
todavía en la doctrina de la evolución, debe advertirse además que, si bien
las necesidades o indigencias impelen a la evolución, ésta, por ellas únicamente
empujada, traspasarla fácilmente los límites de la tradición y, por ende,
arrancada del primitivo principio vital conduciría más bien a la ruina que al
progreso. De ahí que siguiendo más de lleno la mente de los modernistas,
diremos que la evolución surge del conflicto de dos fuerzas, de las que una
tira hacia el progreso, otra retrae hacia la conservación. La fuerza
conservadora reside en todo su vigor en la Iglesia y se contiene en la tradición;
la ejerce, empero, la autoridad religiosa, y eso, tanto de derecho, puesto que
entra en la naturaleza de la autoridad salvaguardar la tradición, como de
hecho, pues la autoridad, limitada por los cambios de la vida no se siente nada
o apenas nada urgida por los estímulos que impelen al progreso. Aquí vemos,
Venerables Hermanos, cómo levantó su cabeza una doctrina perniciosísima que
furtivamente introduce en la Iglesia a los laicos, como elementos de progreso.
De una especie de convenio y pacto entre estas dos fuerzas, la conservadora y la
progresiva, es decir, entre la autoridad y las conciencias individuales, nacen
los progresos y los cambios. Porque las conciencias de los individuos, o algunas
de ellas, obran sobre la conciencia colectiva, y ésta sobre los representantes
de la autoridad, obligándoles a pactar y atenerse a lo pactado. De aquí es fácil
entender cómo se maravillan tanto los modernistas, cuando saben que se los
reprende o castiga. Lo que se les echa en cara como pecado, ellos lo tienen por
deber de su conciencia. Nadie conoce mejor que ellos las necesidades de las
conciencias, pues llegan a ellas más de cerca que no la autoridad eclesiástica.
Ellos recogen en sí, pues, como si dijéramos, todas esas necesidades, y por
eso se sienten ligados por el deber de hablar y escribir públicamente. Repréndalos,
si quiere, la autoridad; ellos se apoyan en la conciencia de su deber y por íntima
experiencia saben que se les deben no reprensiones, sino alabanzas. No se les
oculta ciertamente que no se da progreso sin lucha, ni lucha sin víctimas;
sean, pues, ellos las víctimas como los profetas y Cristo. No por ser
maltratados, miran con malos ojos a la autoridad; de buena gana conceden que ésta
cumple con su deber. Sólo se quejan de que no se les oye para nada; pues de
este modo se retarda el curso de las almas; pero vendrá certísimamente la hora
de romper todas las trabas, pues las leyes de la evolución pueden reprimirse,
pero no totalmente infringirse. Ellos continúan el camino emprendido; ]o continúan
aun después de reprendidos y condenados, cubriendo una audacia increíble con
el velo de una sumisión fingida. Simulan doblar sus cervices; con la mano
empero y el alma prosiguen con más audacia la obra emprendida. Y así obran a
ciencia y conciencia, ora porque opinan que a la autoridad hay que estimularla,
no destruirla, ora porque necesitan permanecer dentro del recinto de la Iglesia
para cambiar insensiblemente la conciencia colectiva; mas al hablar así, no
caen en la cuenta que están confesando serles adversa la conciencia colectiva y
que, por tanto, no tienen derecho a venderse por sus intérpretes... [Alégase y
explícase seguidamente lo que se contiene en 1636, 1703 y 1800]. Pero después
que hemos examinado en los secuaces del modernismo al filósofo, al creyente y
al teólogo, réstanos ya ahora mirar igualmente al historiador, al crítico, al
apologista y al reformador.
[IV]
Algunos modernistas que se dedican a escribir historia parecen demostrar cuidado
extremo por que no se los tenga por filósofos, antes bien proclaman hallarse
totalmente ayunos de filosofía. Astucia suma, para que nadie piense que se
hallan imbuídos de prejuicios filosóficos y que no son, por ende, como dicen,
absolutamente objetivos. La verdad es, sin embargo, que su historia o su
crítica respira pura filosofía y que lo que ellos infieren, se deduce de sus
principios filosóficos, por exacto raciocinio, lo que fácilmente resultará
patente para quien reflexione. Las tres primeras reglas o cánones de tales
historiadores o críticos, como dijimos, son aquellos mismos principios que
arriba adujimos de los filósofos: el agnosticismo, el teorema de la trasfiguración
de las cosas por la fe, y otro que nos pareció podía llamarse de la desfiguración.
Señalemos ya las consecuencias de cada uno. En virtud del agnosticismo, la
historia, no de otro modo que la ciencia, únicamente se ocupa en los fenómenos.
Luego Dios, lo mismo que cualquier intervención divina en lo humano, deben
relegarse a la fe, como cosa que pertenece a ella sola. Por tanto, si se
presenta algo que consta de doble elemento, divino y humano, como son Cristo y
la Iglesia, los sacramentos y muchas otras cosas a este tenor, hay que partirlo
y distribuirlo de manera que lo humano se dé a la historia y lo divino a la fe.
De ahí la distinción corriente entre los modernistas del Cristo, histórico y
el Cristo de la fe, la Iglesia de la historia y la Iglesia de la fe, los
sacramentos de la historia y los sacramentos de la fe, y otras cosas semejantes
a cada paso. Luego, ese mismo elemento humano que vemos toma el historiador para
sí, tal como aparece en los monumentos, hay que decir que ha sido elevado por
la fe en fuerza de la trasfiguración más allá de las condiciones históricas.
Es menester, pues, separar nuevamente las adiciones hechas por la fe y
relegarlas a la fe misma y a la historia de la fe; así, tratándose de Cristo,
cuanto sobrepasa la condición de hombre, ora la natural, tal como la psicología
la presenta, ora la que resulta del lugar y tiempo en que vivió. Además, en
virtud del tercer principio de su filosofía, las cosas mismas que no exceden el
ámbito de la historia, las pasan como por una criba y relegan igualmente a la
fe todo lo que, a su juicio, no entra en la que llaman lógica de los
hechos o no se adapta a las personas. Así quieren que Cristo no dijera nada que
parezca sobrepasar la capacidad del vulgo que le oía. De aquí que de su
historia real borran y pasan a la fe todas las alegorías que ocurren en
sus discursos. Se preguntará tal vez en qué ley se funda tal discernimiento.
Se funda en el carácter del hombre, en ]a condición que ocupó en su patria,
en su educación, en el complejo de circunstancias de un hecho cualquiera: en
una palabra, si es que lo hemos comprendido bien, en una norma que, en
definitiva, viene a parar en puramente subjetiva. Es decir, que se
esfuerzan en tomar y casi representar ellos la figura de Cristo y, lo que ellos
hubieran hecho en circunstancias semejantes, eso todo se lo pasan a Cristo. Así,
pues, para concluir, a priori y llevados de determinados principios de
filosofía que ciertamente profesan, pero que afectan ignorar, en la historia
que llaman real afirman que Cristo no fue Dios ni hizo nada divino; como hombre,
empero, sólo hizo o dijo lo que ellos, en relación a los tiempos de Cristo, le
conceden hacer o decir.
[V]
Mas como la historia recibe sus conclusiones de la filosofía, así la crítica
las recibe de la historia. El crítico, en efecto, siguiendo los indicios que le
da el historiador divide los monumentos en dos grupos. Lo que queda después de
la triple desmembración ya dicha, lo asigna a la historia real; lo demás
lo relega a la historia de la fe o historia interna. Estas dos especies
de historia las distinguen cuidadosamente; y la historia de la fe —cosa que
queremos se note bien— la oponen a la historia real, en cuanto es real.
De ahí, como ya dijimos, un doble Cristo: uno real, otro que no existió jamás
realmente, sino que pertenece a la fe; uno que vivió en determinado lugar y en
determinada edad, otro que sólo se halla en las pías imaginaciones de la fe,
como es, por ejemplo, el que presenta el Evangelio de Juan, que ciertamente,
todo cuanto es, es especulación.
Pero
no termina aquí el dominio de la filosofía sobre la historia. Distribuídos,
como dijimos, en dos grupos los monumentos, se presenta nuevamente el filósofo
con su dogma de la inmanencia vital; y manda que todo lo que hay en la
historia de la Iglesia se ha de explicar por la emanación vital. Ahora
bien, la causa o condición de cualquier emanación vital hay que ponerla en la
necesidad o indigencia; luego también hay que concebir el hecho después de la
necesidad, e históricamente aquél es posterior a ésta. ¿Qué hace entonces
el historiador? Escudriñando de nuevo los monumentos, ora los que se contienen
en los Libros Sagrados, ora los que se traen de dondequiera, traza por ellos un
índice de las necesidades particulares, referentes ya al dogma, ya al culto o a
lo demás, que tuvieron unas tras otras lugar en la Iglesia. El índice
compuesto se lo entrega al crítico. Éste por su parte pone mano sobre los
monumentos que se destinan a la historia de la fe y los va disponiendo por cada
edad de la Iglesia de modo que cada uno responda al índice trazado, con el
precepto constantemente en la memoria que la necesidad antecede al hecho y el
hecho a la narración. A la verdad, puede darse alguna vez el caso, que ciertas
partes de la Biblia, por ejemplo, las Epístolas, son el hecho mismo creado por
la necesidad. Fuere, sin embargo, lo que fuere, es de ley que la edad de un
monumento cualquiera no ha de determinarse de otro modo que por la edad en que
cada una de las necesidades surgieron en la Iglesia. Hay que distinguir además
entre los comienzos de un hecho cualquiera y su desenvolvimiento; puesto que lo
que puede nacer en un día, sólo al correr del tiempo crece. Por esta razón,
los monumentos que ya están distribuídos por edades, tiene el crítico que
partirlos en dos otra vez, separando los que pertenecen a su desenvolvimiento, y
ordenarlos nuevamente por tiempos.
Entra
nuevamente el filósofo en escena y manda al historiador que lleve a cabo sus
estudios tal como prescriben los preceptos y leyes de la evolución. A esto,
vuelve el historiador a escudriñar los monumentos, inquiere curiosamente las
circunstancias y condiciones en que se ha encontrado la Iglesia en cada edad, su
fuerza conservadora, las necesidades tanto internas como externas que la
impulsaron al progreso, los impedimentos que se le opusieron, en una palabra,
todo lo que ayude a determinar de qué modo se cumplieron las leyes de la
evolución. Después de esto, finalmente, nos
traza como por rasgos extremos la historia de la evolución o desenvolvimiento.
Viene en ayuda el crítico y acomoda el resto de los documentos. Se pone manos a
la obra y la historia queda terminada. ¿A quién —preguntamos ahora— hay
que atribuir la historia? ¿Al historiador o al crítico? A ninguno de los dos,
ciertamente, sino al filósofo. Todo es aquí apriorismo, y apriorismo
por cierto que está chorreando herejías. Lástima dan, a la verdad, estos
hombres, de quienes diría el Apóstol: Se desvanecieron en sus
pensamientos... diciendo ser sabios, se hicieron necios [Rom. l, 21-22]; nos
irritan, sin embargo, cuando acusan a la Iglesia de que mezcla y dispone los
documentos de manera que hablen a su favor. Es decir, que achacan a la Iglesia
lo que sienten que su conciencia les reprocha a ellos con toda evidencia.
Ahora
bien, de esta distribución y repartición de los monumentos por edades, se
sigue espontáneamente que los Libros Sagrados no pueden atribuirse a los
autores cuyos nombres llevan realmente. Por lo cual, los modernistas no vacilan
en afirmar a cada paso que esos mismos libros, particularmente el Pentateuco y
los tres primeros Evangelios, de una breve narración primitiva, fueron
gradualmente acrecentándose con añadiduras, es decir, con interpolaciones a
modo de interpretación, ora teológica ora alegórica, o también con
inserciones destinadas sólo a unir entre sí las diversas partes. Sin duda,
para decirlo con mayor brevedad y claridad, hay que admitir una evolución
vital de los Libros Sagrados, que nace de la evolución de la fe y a ella
responde. Añaden por otra parte que los rastros de esta evolución son tan
manifiestos que casi puede escribirse su historia. Es más, la escriben
realmente con tanta seguridad, que creyérase han visto con sus ojos a cada uno
de los escritores que en cada edad han puesto mano en la amplificación de los
Libros Sagrados. Para confirmar todo esto, llaman en su auxilio a la que llaman crítica
textual y se empeñan en persuadirnos que este o el otro hecho o dicho no
está en su lugar, o traen otras razones por el estilo. Diríase realmente que
se han preestablecido unos como tipos de narraciones o discursos y de ahí
juzgan con absoluta certeza qué está en su lugar, qué en el ajeno. Cómo por
este método puedan ser aptos para discernirlo, júzguelo el que quiera. Sin
embargo, quien les oiga haciendo afirmaciones sobre sus trabajos acerca de los
Libros Sagrados, trabajos en que tantas incongruencias se pueden sorprender, tal
vez creerá que apenas hombre alguno hojeó esos libros antes que ellos, como si
no los hubiera investigado en todos sus sentidos una muchedumbre poco menos que
infinita de Doctores, muy superiores a ellos en ingenio, en erudición y en
santidad de vida. Estos Doctores sapientísimos tan lejos estuvieron de
reprender bajo ningún concepto las Escrituras Sagradas, que más bien, cuanto más
profundamente las penetraban, más gracias daban a la Divinidad que se hubiera
así dignado hablar con los hombres. Mas ¡ay! que nuestros Doctores no se
inclinaron sobre los Sagrados Libros con los mismos instrumentos o auxilios de
los modernistas, es decir, que no tuvieron por maestra y guía a una filosofía
que partiera de la negación de Dios ni tampoco se erigieron a sí mismos en
norma de juicio. Pensamos, pues, que queda ya patente cuál sea el método histórico
de los modernistas. Va delante el filósofo, a éste le sigue el historiador, y
por sus pasos contados viene luego la crítica tanto interna como textual. Y
pues compete a la primera causa comunicar su virtud a las siguientes, es
evidente que esta crítica no es una crítica cualquiera, sino que se llama con
razón, agnóstica, inmanentista, evolucionista, y, por tanto,
quien la sigue y de ella se vale, profesa los errores en ella implícitos y se
opone a la doctrina católica. Por eso, pudiera parecer en sumo grado
maravilloso que tal linaje de crítica tenga hoy día tanta autoridad entre católicos.
La cosa tiene doble causa: en primer lugar la alianza con que historiadores y críticos
de este jaez están entre si estrechísimamente ligados por encima de la
variedad de pueblos y diferencia de religiones; luego la audacia máxima con que
exaltan a una voz cuanto cualquiera de ellos fantasea, y lo atribuyen al
progreso científico. Y si alguno pretende examinar por si mismo el nuevo
portento, le acometen en cerrado escuadrón; si lo niega, le tachan de
ignorante; si lo abraza y defiende, le cubren de alabanzas. De ahí quedan engañados
no pocos que si consideraran más atentamente de qué se trata, se horrorizarían.
De este prepotente dominio de los que yerran, de este incauto asentimiento de
almas ligeras, se engendra una especie de corrupción del ambiente que por todas
partes penetra y difunde la peste.
[VI]
Pero pasemos al apologista. También éste depende doblemente del filósofo
entre los modernistas. Primero, indirectamente, tomando por materia la historia
escrita, como hemos visto, al dictado del filósofo; luego, directamente,
tomando de él sus dogmas y juicios. De ahí el precepto difundido en la escuela
de los modernistas sobre que la nueva apologética tiene que dirimir las
controversias sobre la religión por medio de investigaciones históricas y
psicológicas. Por eso, los apologistas modernistas acometen su obra,
advirtiendo a los racionalistas que ellos no defienden la religión por los
Libros Sagrados ni por las historias vulgarmente empleadas en la Iglesia,
escritas por el viejo método; sino por la historia real, compuesta de
acuerdo con los preceptos y método modernos. Y esto lo aseguran, no como si
argumentasen ad hominen, sino porque realmente piensan que sólo esta
historia enseña la verdad. Lo que no necesitan es afirmar su sinceridad al
escribirla: ya son conocidos entre los racionalistas, ya han sido alabados como
soldados que militan bajo la misma bandera; y de estas alabanzas, que un
verdadero católico rechazaría, se congratulan ellos y las oponen a las
reprensiones de la Iglesia. Pues veamos ya cómo cualquiera de ellos
compone la apología. El fin que se propone conseguir es éste: llevar al hombre
que carece todavía de fe a que alcance aquella experiencia de la fe católica
que, según los principios de los modernistas, es el único fundamento de la fe.
Doble camino se abre para ello: uno objetivo y otro subjetivo. El
primero procede del agnosticismo y se endereza a mostrar que en la religión y
particularmente en la católica, existe aquella fuerza vital que convence a
cualquier psicólogo, y también a cualquier historiador de buena fe, de que en
su historia ha de ocultarse necesariamente algo incógnito. Para esto es
menester demostrar que la religión católica, tal como hoy existe, es
absolutamente la misma que fundó Cristo, o sea, no otra cosa que el progresivo
desenvolvimiento del germen que Cristo sembró. Hay, pues, que determinar ante
todo de qué naturaleza sea ese germen. Es lo que quieren hacer ver con la
siguiente fórmula: Cristo anunció el advenimiento del reino de Dios que había
de establecerse muy en breve, y del que él sería el Mesías, es decir, su
autor y organizador dado por Dios. Después hay que demostrar de qué manera
este germen, siempre inmanente y permanente en la religión católica, se
fue desenvolviendo paso a paso y de acuerdo con la historia, y se adaptó a las
sucesivas circunstancias, tomando de ellas para sí vitalmente cuanto le
era útil de las formas doctrinales, culturales y eclesiásticas, superando
entre tanto los obstáculos que tal vez se le oponían, venciendo a sus
adversarios y sobreviviendo a cualesquiera persecuciones y luchas. Pero después
de haber demostrado que todo esto, es decir, los impedimentos, los adversarios,
las persecuciones, las luchas, y no menos la vida y fecundidad de la Iglesia
fueron tales que, si bien en la historia de la Iglesia aparecen incólumes las
leyes de la evolución, no bastan, en cambio, para explicar dicha historia
plenamente; subsistirá, sin embargo, lo incógnito y se ofrecerá
espontáneamente ante nosotros. Así ellos. Pero, en todo este razonamiento, una
cosa no advierten: que aquella determinación del germen primitivo se debe únicamente
al apriorismo del filósofo agnóstico y evolucionista, y que el germen
mismo está por ellos gratuitamente definido de modo que convenga con su tesis.
Sin embargo, mientras los apologistas de nuevo cuño trabajan por afirmar y persuadir la religión católica con los citados argumentos, conceden de buena gana que hay en ella muchas cosas que chocan a los ánimos. Es más, con mal disimulado placer van diciendo abiertamente que aun en materia dogmática hallan ellos errores y contradicciones; pero añaden a renglón seguido que ello no sólo admite excusa, sino que fue justa y legítimamente introducido: afirmación, a la verdad, maravillosa. Así también, según ellos, hay en los Libros Sagrados muchísimas cosas viciadas de error en materia histórica y científica. Pero no se trata allí —dicen— de ciencias o de historia, sino sólo de religión y moral. La ciencia y la historia son allí ciertas envolturas con que se cubren experiencias religiosas y morales, para que más fácilmente se propagaran entre el vulgo; como éste no había de entenderlo de otra manera, una ciencia o una historia más perfecta, no le hubiera servido de utilidad, sino de daño. Por lo demás —añaden— como los Libros Sagrados son por su naturaleza religiosos, viven necesariamente de la vida; ahora bien, la vida tiene también su verdad y su lógica, distinta ciertamente de la verdad y lógica racional y hasta de un orden totalmente distinto, es decir, la verdad de adaptación y proporción, ora al medio, como ellos dicen, en que se vive, ora al fin para que se vive. En fin, llegan al extremo de afirmar sin atenuante alguno, que lo que se desenvuelve por medio de la vida, es todo verdadero y legítimo. Nosotros, Venerables Hermanos, para quienes la verdad es una y única y que de los Libros Sagrados juzgamos que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor [v. 1787]; afirmamos que eso equivale a atribuir a Dios mismo una mentira oficiosa o de utilidad, y con palabras de Agustín decimos: Una vez admitida en cumbre tan alta de autoridad una