¿Cuál fue el error en el "caso Galileo"?


Una vieja controversia

El caso Galileo ha sido durante más de tres siglos una incesante fuente de malentendidos y polémicas entre el mundo de la ciencia y la Iglesia católica. Por eso, cuando en 1992 Juan Pablo II reconoció públicamente los errores cometidos por el tribunal eclesiástico que juzgó las enseñanzas científicas de Galileo, se abrió un panorama fecundo para la relación entre ciencia y fe.

—¿Cómo se explica que se ha tardado tanto en reconocer el error?

El proceso a Galileo Galilei fue intencionadamente ensalzado por el pensamiento ilustrado, que quiso hacer de aquel asunto el paradigma del comportamiento de la Iglesia frente a la ciencia. Desde entonces hasta nuestros días, este caso se ha propuesto como símbolo de la supuesta oposición de la Iglesia al progreso científico. Esa idea se fue hinchando lentamente con el tiempo, hasta que se hizo patente la necesidad de que la Iglesia lo abordara de nuevo para clarificarlo a fondo.

Juan Pablo II constituyó una comisión que se ocupó de estudiar el caso durante once años, en todos sus aspectos teológicos, históricos y culturales. Esa comisión investigó exhaustivamente lo que ocurrió, cómo se produjo el conflicto y cómo se desarrollaron los hechos.

Después de más de tres siglos y medio, las circunstancias han cambiado mucho y a nosotros nos parece evidente el error que cometieron la mayoría de los jueces de aquel tribunal. Pero en aquel momento el horizonte cultural era muy distinto al nuestro. Había una situación de transición en el campo de los conocimientos astronómicos. Galileo defendía la teoría heliocéntrica de Copérnico (que situaba el Sol, no la Tierra, en el centro del Universo), una hipótesis que aún no había sido oficialmente reconocida por la comunidad científica de la época, por lo que Galileo no sólo se enfrentó a la Iglesia, sino también a la ciencia de su tiempo. Ciertos teólogos de aquella época, herederos de la concepción unitaria del mundo que se impuso por entonces, no supieron interpretar el significado profundo, no literal, de las Sagradas Escrituras cuando, en el libro del Génesis, se describe la estructura física del universo creado. Ese error les llevó a trasponer de forma indebida una cuestión de observación experimental al ámbito de la fe.

 

La verdad sobre la condena

—¿Y se ha reconocido el gran sufrimiento que padeció Galileo por parte de hombres e instituciones de Iglesia?

Juan Pablo II reconoció la grandeza de Galileo, y lamentó profundamente los errores de aquellos teólogos. Aunque, siendo objetivos, hay que decir que en torno a estos sufrimientos se ha creado un gran mito. Según una amplia encuesta realizada por el Consejo de Europa entre estudiantes de ciencias de todo el continente, casi el 30% tienen el convencimiento de que Galileo fue quemado vivo en la hoguera por la Iglesia; y el 97% están seguros de que fue sometido a torturas.

Durante tres siglos,
pintores, escritores y científicos
han descrito con todo lujo de detalles
las mazmorras y torturas sufridas por Galileo
a causa de la cerrazón de la Iglesia.
Y en eso no hay nada de verdad.

Es indudable que Galileo sufrió mucho, pero la verdad histórica es que fue condenado sólo a formalem carcerem, una especie de reclusión domiciliaria. No pasó ni un día en la cárcel, ni sufrió ningún tipo de maltrato físico. No hubo por tanto mazmorras, ni torturas, ni hoguera.

También es incuestionable
que varios jueces se negaron
a suscribir la sentencia,
y que el Papa tampoco la firmó.

Galileo pudo seguir trabajando en su ciencia, siguió recibiendo visitas y publicando sus obras. Murió pacíficamente nueve años después, el 8 de enero de 1642 en su casa de Arcetri, cerca de Florencia. Viviani, que le acompañó durante su enfermedad, testimonia que murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, en su cama, con indulgencia plenaria y la bendición del Papa.

Galileo vivió y murió
como un buen creyente.

—De todas formas, reconocer ahora ese error significa que el Magisterio de la Iglesia puede equivocarse...

Las resoluciones judiciales de un tribunal de esas características no comprometen el Magisterio de la Iglesia. Juan Pablo II, al término de los trabajos de la citada comisión, recordó la famosa frase de Baronio: "La intención del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo está estructurado el cielo".

La asistencia divina a la Iglesia
no se extiende a los problemas
de orden científico-positivo.

La infeliz condena de Galileo está ahí para recordárnoslo. Éste es su aspecto providencial.

Es cierto que se ha tardado quizá demasiado tiempo en abordar a fondo este asunto. Por eso la Iglesia ha deplorado en diversas ocasiones ciertas actitudes que a veces no han faltado entre los mismos cristianos, que no han entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia. De todos modos, hay que recordar que Galileo Galilei, como científico y como persona, ya estaba rehabilitado desde hacía mucho tiempo. De hecho, cuando en 1741 se alcanzó la prueba óptica del giro de la tierra alrededor del sol, Benedicto XIV mandó que el Santo Oficio concediera el imprimatur a la primera edición de las obras completas de Galileo. Y en 1822 hubo una reforma de la sentencia errónea de 1633, por decisión de Pío VII.

 

Diálogo entre ciencia y fe

Cerrando el caso de Galileo, Juan Pablo II hizo un llamamiento a todos los científicos y hombres de cultura para que presenten una antropología capaz de acoger todos los descubrimientos de las ciencias y que respete al mismo tiempo la singularidad irrepetible de la persona humana.

Las perspectivas del diálogo entre ciencia y fe son ahora más prometedoras, sin complejos ni desconfianzas mutuas, partiendo de la esperanza que da la clarificación de este triste caso.

El mito de la incompatibilidad entre la ciencia y fe empieza ya a declinar. Por otra parte, también la Iglesia se interroga hoy más que nunca sobre los fundamentos de su fe, sobre cómo dar razón de su esperanza al mundo de hoy. La ciencia es cada vez más consciente de sus propios límites y de su necesidad de fundamentación. Ciencia y fe están llamadas a una seria reflexión, y a tender puentes sólidos que garanticen la escucha y el enriquecimiento mutuos.

La fe ha constituido
a lo largo de la historia
una fuerza propulsora de la ciencia.

No puede olvidarse que la ciencia moderna se ha desarrollado precisamente en el occidente cristiano y con el aliento de la Iglesia.

 

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