Todos ustedes son hermanos y hermanas

A propósito de la estructura fundamental trinitaria

de la vida consagrada.

Hermann SCHALUCK

"Padre", una palabra lastrada.

El credo cristiano comienza con la frase: "Creo en Dios, Padre todopoderoso". Se trata de una confesión difícil e importante a un tiempo: Importante porque resume la manera precisa todo el anuncio del Nuevo Testamento hecho por Jesús, es decir, la llegada del "Reino de Dios" a través de signos visibles y en medio de la historia humana. Difícil, y para algunos seguramente opresora, porque de acuerdo con nuestras experiencias humanas –hablo especialmente de la época contemporánea – la imagen del "padre" adornado con el epíteto de "todopoderoso" se encuentra lastrada.

El especialista en psicoanálisis, Albert Mistscherlich, siguiendo el magisterio de Freud, ha hablado con toda claridad de una "sociedad sin padre". H.Tellenbach llegó a acuñar la expresión "debacle del padre", para designar la situación de los últimos tiempos de la forma social patriarcal, presente en la configuración societaria industrial. Freud caracteriza el comportamiento ambivalente del hombre moderno respecto a su padre como "complejo del padre". Según Freud, se trata del origen de todas las neurosis. W. Kasper realiza el siguiente análisis:

"Cuando todo se edifica sobre la base de un rendimiento, que hace lo demás irrelevante; de una autosuficiencia sólo tendiente al ascenso y al progreso, a la emancipación y a la autorrealización, entonces no queda ya ningún lugar para la autoridad y la dignidad, ni siquiera para la autoridad de los mayores, ni para los propios orígenes. A ello corresponde una estructura determinada de familia, una cultura que reconfigura la autoridad del padre de forma revolucionaria en un proceso de disolución de la misma. Y es que no se trata únicamente del problema de la contestación y del rechazo del padre, sino de la renuncia de los padres, a su oficio responsable de tales y de su vinculante responsabilidad como autoridades".

El reciente movimiento en favor de los derechos de la mujer, así como la teología feminista, han aportado su critica a la figura del padre, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Su protesta contra las formas de pensamiento y de estructuración social de tipo patriarcal así como la preponderancia del hombre sobre la mujer, conducen a una critica muy radical de la imagen que nos hemos formado del Dios-Padre.

No son pocos los hombres y mujeres que desecha, como antievangélica, la sacralización y la preponderancia ideológica del rango del hombre. Son muchos los teólogos y teólogas que buscan superar la unilateralidad del modelo patriarcal, a base de una critica profética. Se valen de la imagen de "Padre" procedente de la Biblia. Esta fuerza profética cobra su energía a partir de un hecho: Dios es Padre de todos los hombre, sólo él es el Padre de todos (cf. Mt.23,9). Si esto es así, no es justo que exista ninguna opresión ejercida por algunos seres humanos sobre otros seres humanos. Más aún, todos son hermanas y hermanos de todos dependen igualmente del Padre del cielo.

Dios Padre de Jesucristo

En boca de Jesucristo, la palabra "Padre" designa a Dios, sin más. Los exégetas están de acuerdo en que esta forma de hablar, personal e intima, procede directamente del mismo Jesús, la palabra "Padre" expresa el ámbito y el horizonte tiene su anuncio: la llegada del Reino de Dios en gloria, en majestad, pero también en innumerables signos pequeños. La llegada del Reino de Dios no es, en modo alguno, producto del obrar de los hombres. De trata de una intervención de Dios que da lugar a posibilidades y configuraciones nuevas en la vida humana. No se puede acceder a ella a través de un comportamiento moral irreprochable, ni de una lucha política violenta. Sino que dice relación de un don, a una gracia (el por ejemplo Mt.21,43 Lc.1232. 22. 29). El Reino de Dios "advierte" en medio de muchas contradicciones, de sorprendentes contrastes con las esperanzas y planes de hombre. Los seres humanos no tienen la capacidad para construir el Reino de Dios aunque sí pueden rezar para que llegue. La petición es un punto central en la plegaria de Jesús (cf. Mt.6,10). El que de esta manera ora en la fe está ya recibiendo el Reino esperado (cf. Lc.11,9). Este comportamiento apunta a una "anticipación" de la soberanía divina.

Para aclarar mejor lo que quiere decir "Padre", en la experiencia de Jesús, es preciso tener en cuenta la predilección que muestran los textos sinópticos hacia los pecadores los que se hallan lejos de Dios y los que están perdidos. Considérese, ante todo, la parábola del hijo pródigo, de la cual se dice con toda razón, que se trata más bien de la parábola del Padre amoroso (cf. Lc.15,11-32). El núcleo de este texto no es, en modo alguno, "la emancipación" por la cual lucha el hijo menor, sino la ternura que le regala su Padre sin humillarlo, cuando regresa a casa. Esta parábola es la respuesta puntual de Jesús a la murmuración de los fariseos, molestos por su comportamiento con los pecadores (cf. Lc.15,2). Lo que quiere decir Jesús es los siguiente: "De igual manera que yo me porto con los pecadores, así se comporta Dios con su mundo ". Aunque Jesús tenga todavía que echar demonios, el Reino de Dios ya ha llegado (cf. Mt.12,28). A través de su comportamiento, Jesús nos habilita para que adquiramos una recta imagen de Dios. Lo que vengo diciendo de una luz verdadera pasaje de Mt.11,27: Me ha sido entregada toda potestad por mi Padre. Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo quiera revelárselo". He aquí el sentido de estas palabras: el mismo Jesús y sólo él nos indica quien es el Padre. Él nos muestra cómo hay que rezarle a este Padre, con qué profunda confianza hemos de entregarnos a Dios. La espiritualidad cristiana debe considerar que no estamos ante una doctrina sobre Dios, en la cual se exprese una verdad abstracta o filosófica. Se trata, más bien, de una verdad que se ha hecho manifiesta a través de una historia ligada al Hijo.

Por primera vez, a través de Jesús, de los que Él dice, de lo que Él hace, de cómo lo hace, se nos manifiesta que Dios es Padre. El Padre hace salir el sol sobre buenos y malos, hace llover sobre justos e injustos (cf. Mt.5,45). Él se muestra solícito por todos los hombres y por toda la creación (cf. Mt.6,26-32). En otras palabras, la revelación de quién es y de lo que es el Padre, tiene lugar en el comportamiento de concreto de Jesús, en su predilección por los pobres, en su capacidad de perdón de los pecadores, en el amor del cual no excluye absolutamente a nadie. No obstante, esta concreción tiene un carácter y un significado universal: Dios "Padre" es el origen de aquel amor al cual Jesús dio cuerpo.

En él se encuentra el sentido universal y el origen del ser, del tiempo y de la creación. Todo y todos están llamados a regresar a la casa del Padre.

Me gustaría hacer todavía una observación importante, sin la cual la relevancia de una teología renovada sobre el "Padre", referida a una práctica cristiana del seguimiento en nuestros días, presentaría cierta opacidad. Jesús habla al Padre de una manera muy personal e íntima. La palabra aramea "Abba" (cf. por ejemplo Gál.4,6; Rom.8,15), que Él usa, pertenece a la "ipsissima vox" de Jesús, tal como Joaquín Jeremías enseña. Y es ésta una característica propia de la relación con Dios. Se trata de una expresión que encierra un tal grado de confianza familiar, que llegó a parecer escandaloso a los judíos del tiempo.

En San Pablo se encuentra un eco fiel del mensaje de Jesús. La palabra "Padre" es usada por San Pablo casi como nombre propio. Se encuentra, de todas maneras, unida casi siempre a la denominación añadida de "Padre de nuestro Señor Jesucristo".

En la teología paulina, el Hijo es quien nos hace hijos e hijas (cf. Rom.8,15; Gál.4,6). No obstante, el Padre sigue siendo el punto de partida y la meta de todo aquello que Jesús dice y hace. Del Padre proceden la bendición, la gracia, el consuelo, la misericordia, el gozo, el amor, el poder para resistir, la esperanza. Al Padre corresponde la alabanza, la acción de gracias y la impetración. Según San Pablo, tener a Dios por Padre significa, en fin, haber alcanzado la liberación de toda esclavitud así como la introducción en una situación en que los seres humanos se convierten en hijas e hijos adultos (cf. Gál.4; Rom. 8). La "mayoría de edad", de acuerdo con el pensamiento de San Pablo, significa, no obstante, aquella libertad que se demuestra en el amor, en la preocupación y en el servicio por los demás. En la literatura joánica, por su parte, se halla la conocida declaración de que Jesús es quien trae las noticias del Padre (cf. Jn.1,18). Todo culmina en la frase: "Dios es amor" (1Jn.4).

La vida consagrada como mediadora de la experiencia de Dios

Enfrentémonos, en este momento y de manera directa, con una cuestión central que se refiere a la "sequaela Christi". Hay algo que ha quedado claro en el difícil y tenso proceso de la renovación y de la refundación de nuestros Institutos: El sentido de la vida consagrada no depende de lo que en ella se hace, sino de lo que ella es, o tendría que ser -un lugar para la experiencia de Dios, "un signo de Dios en el mundo de hoy", una anticipación del Reino de Dios, si bien haya de ir aplazando su plenitud y conformándose con pequeños pasos- Esta misión fundamental y permanente de los Institutos religiosos y de las comunidades entregadas a la vida espiritual se halla ligada la misión general de la Iglesia. Esto significa que la misión de la vida consagrada no debe ser considerada como algo absoluto en si mismo. Debe ser tenida por instrumento y sacramento de la salvación inaugurada por Cristo.

Tal como el obispo W. Kasper lo formulara, durante el Sínodo de 1994, los Institutos religiosos son entidades cargadas de significado. Podrá decirse, incluso, que en ellas se da una densidad cuasisacramental, una transparencia profética de aquellos que la Iglesia es en si misma, de lo que significa vivir según las bienaventuranzas, de lo que es la vida en el Espíritu Santo, de lo que comporta una fe vivida radicalmente, capaz de entregarlo todo para ganarlo todo. La Iglesia, y cuanto ella realiza, están al servicio del Reino de Dios, de su justicia y de su paz, y anuncian con palabras y hechos al Dios que es la vida y que quiere dar vida a su creación, liberándola de la miseria y de la muerte.

Los Institutos de vida consagrada son un signo definitivo de la "Trascendencia", es decir, de quién y de qué es Dios y de aquello que Dios se propone hacer con la historia. A pesar de las limitaciones temporales, son signos "escatológicos". Se inscriben en el tiempo, pero, a la vez, lo superan. Traen a la memoria que, en definitiva, la historia de los hombre y del mundo son historias de salvación y liberación, que, aunque aún clamen por su plenitud, no contienen sólo elementos de tragedia y pecado, sino que comportan un perdón gratuitamente entregado, un horizonte nuevo, el cual hace referencia a una nueva encarnación del evangelio. ¿Quién ha de traer esta perspectiva a la memoria del hombre postmoderno, con su inclinación a una religiosidad a menudo ahistórica, exótica, "a la carta" ?.

Experiencia trinitaria de Dios dentro de la vida consagrada

En esta fase de su historia, la vida consagrada necesita una apertura decidida a la dinámica del Espíritu de Dios. Desde la Iglesia, es él quien sostiene al mundo, a toda la creación, al cosmos. Los transforma continuamente y los renueva, conduciéndolos hacia los nuevos tiempos. Una "corrección trinitaria y pneumatologica" se insinúa aquí.

Esto no tiene su único fundamento en una pura corrección teológica. Más bien, hay que decir que la vida consagrada está orientada y configurada de modo natural según el ejemplo del Jesús pobre, crucificado. En esta perspectiva, conviene mirar la cercanía de Jesús al Padre; su entrega a todos, especialmente a los pobres; su disponibilidad al servicio hasta la muerte, para que todos lleguen a tener vida, dignidad y futuro. Pero, desde el punto de vista personal y en la comunión de la Iglesia y de nuestros Institutos, nuestro seguimiento no es una simple reproducción.

Nuestra existencia no se define por un continuo mirar hacia atrás, sino por una "vida en el Espíritu", por una "vida espiritual", que hace que el mismo seguimiento sea fructuoso en el horizonte del presente y del futuro.

Todo esto apunta a que se trata de una existencia creativa. Ella solamente es auténtica cuando vive de la memoria, cuando esta memoria no queda reducida a un proceso puramente intelectual, cuando impulsa estructuras vitales que comportan un carácter celebrativo-sacramental, un encuentro diario con el fundamento de nuestra vida, que se hace experimentable en el amor de Dios.

Solamente una "memoria", de la cual es garante el Espíritu Santo, nos posibilita una lectura atenta e inteligente de los signos de los tiempos, nos impulsa a las iniciativas necesarias, creativas y novedosas, ocasiona en nosotros la necesidad de orientaciones nuevas y de profecía evangélica. En esta perspectiva, el "seguimiento" no es la última meta de la vida cristiana, sino el actor que todo lo penetra, que todo lo configura en Espíritu, que es siempre el Espíritu del Padre, o sea, el que propicia la creación incesante del mundo y del cosmos. Quisiera acentuar que esta experiencia no tiene que ver con un "calentón" espiritual. Más bien, estamos ante una confusión muy extendida en la teología occidental. No obstante, nuestra Iglesia católica-romana tiene un déficit de pneumatología, padece una verdadera "amnesia" del Espíritu".

Una acentuación vigorosa del "Espíritu" supone una teología trinitaria siempre renovada. Sólo ella puede brindar una eclesiología y una teología adecuadas de la vida consagrada y de su misión en el mundo de hoy. Una imagen de Iglesia atrinitaria y "cristomonistas" priva a la Iglesia de la acción de Cristo y la convierte en un ámbito de dominio estático, la hace un sistema cerrado en el que el principio monista prevalece, en el que el elemento patriarcal del pensamiento configura la vida. Justamente los consagrados han sufrido en sus carnes cuanto una imagen de estas características tenga de predominio de los principios jurídicos sobre la vida, de la letra sobre el Espíritu, de un modelo abstracto de "perfección" sobre el proceso dinámico de la conversión diaria a las bienaventuranzas, de la "autoridad" sobre el servicio, del color gris de la uniformidad sobre la policromada complejidad de la inculturación, de la testarudez temerosa sobre el envío que da coraje para llegar a los confines del mundo y de la Iglesia visible.

Por tanto, tiene un enorme significado que el documento Vita consecrata hable de igual manera de las fuentes cristológicas y trinitarias de la vida consagrada en su parte más importante. Esta proposición es alentadora. En efecto, en medio de los movimientos turbulentos, a pesar de las situaciones del último siglo, para muchos negativas, y teniendo en cuenta las numerosas incertidumbres que oscurecen nuestro presente y nuestro futuro, hay algo que no podemos olvidar: el Espíritu ha sido prometido para todos los tiempos, también para el nuestro.

Se trata de un Espíritu de vida y no de muerte. Algo nuevo surge ya. El futuro ya ha comenzado. Ya se encuentra presente en nosotros. No obstante, en muchas ocasiones, no somos capaces de reconocerlo (cf. Is.43,18-19). Tenemos dificultades en hacer que brote de nuestro interior y se haga presente en el mundo. Propiamente la vida espiritual no es otra cosa que una aguda sensibilidad para el presente del Espíritu de Dios, que está en nosotros y en todas las criaturas. Al mismo tiempo, es un compromiso que nos lleva a oponernos a tantos dioses falsos e ídolos, que continuamente pugnan por velar al Espíritu. Según mi punto de vista, como cristianos y consagrados, podremos entender y vivir los tiempos modernos, si somos capaces de poner el acento, junto con la cristología hoy reinante, en la fundamentación espiritual de nuestro camino. Este camino significa seguimiento, imitación de Jesús en el sentido en el que lo entendieron nuestros respectivos fundadores y fundadoras. De esta manera, se nos pide estar atentos a los aspectos trinitarios, y, muy particularmente, a los pneumatológicos de la eclesiología y de la teología de la vida consagrada. Y todo ello, porque el Espíritu es la realidad viviente de Dios en nosotros; la fuente de la que bebemos; el resplandor que ilumina nuestra andadura; la única instancia que nos lleva a toda verdad sobre nuestra vida, sobre nuestra historia y sobre nuestro Dios.

Algunas consecuencias

Si tuviera que anunciar, en unas pocas frases, las consecuencias ocasionadas por la presencia de la Trinidad en la praxis de la vida consagrada para el futuro , enumeraría los siguientes aspectos:

1- Podríamos llegar a experimentar la crisis de la vida consagrada como un "kairós", si en el centro de nuestra renovación colocáramos un nuevo impulso de la experiencia de Dios. No sería suficiente adecuarse sólo a las formas "posmodernas" de religiosidad. Tampoco tendría vigencia una renovación buscada exclusivamente en una "experiencia carismática" interior. Solamente podemos aspirar a dar futuro en aquella experiencia y adoración de Dios que, de forma histórica, nos fue brindada bajo la forma del "Padre de nuestros Señor Jesucristo". Como W. Kasper escribe, el magisterio sobre la Trinidad es la suma y la "gramática" de la historia universal de Dios en sus criaturas. Ello sirve también para la vida consagrada. La experiencia del Dios Trino es su estructura fundamental y básica. En todas sus formas, se trata de una proclividad del Padre hacia el mundo; de una "inculturación" de su amor en Jesús, que es el Cristo, dentro de la historia; de una presencia permanente y "transformadora", propia del Espíritu que procede del Padre y del Hijo.

2- En la refundación de la vida consagrada no debemos dejarnos subyugar por las opciones secundarias. Es preciso optar por el Dios de la vida con la fuerza del Espíritu Santo, tal como Él ha decidido entregarse en Jesucristo al mundo y a todo el cosmos. El Dios de la Trinidad ha decidido hacerse relación, principio de diálogo, convergencia de lo multiforme y multiformidad en la convergencia, realidad dinámica capaz de crear nuevas cosas hasta el fin de los tiempos.

3- La estructura que soporta la vida consagrada es el nombre de Jesús, que llega a nosotros a través de la escucha de la palabra, del compartir el pan, de la comunión de la asamblea de hermanas y hermanos, que, en nombre de Dios Padre, son radicalmente iguales en cuanto hermanos y hermanas entre sí. Pienso que, en el futuro, daremos de mano conscientemente a toda confusión y pecado patriarcal o matriarcal del pasado, otorgando cabida a una participación efectiva y a una comunidad abierta. Tenderemos a estructuras progresivamente más pequeñas, de modo que surjan mas "células de fe viva". Para nuestro camino hacia el futuro, tiene importancia vital que nuestras comunidades se conviertan en esas células vivas. Dentro de ellas, nos daremos unos a otros razón de la fe y de la esperanza que hay en nosotros. En ellas, tendremos oportunidad de experimentar la fe celebrativamente. Si esto no ocurriera, se daría el caso de que todos nuestros planes se fundamentarían sobre arena.

4- Estamos llamados a crear lugares de contemplación en medio de nuestro mundo secularizado, digitalizado, funcionalizado y globalizado. Aquí, entiendo por contemplación una actitud fundamental de la libertad ante los fines, una alegría por Dios en la oración, una liturgia creativa y no ritualizada.

Profundizar en la dimensión contemplativa no puede considerarse sólo como una ocasión entre muchas. Para la vida consagrada, tanto en el mundo como en el claustro, estamos ante una necesidad vital. ¿Somos "testigos" de Dios, con una visión "contemplativa" de la creación del mundo, para un hombre atenazado por grandes temores y alentado por inmensas esperanzas? Y es que sólo de la contemplación brotan la "compasión", la solidaridad, que no se agotan en un momento. Únicamente permaneciendo en la contemplación, encontramos el camino hacia los hombres y con los hombres, no sólo con aquellos que comparten un mismo hogar de fe con nosotros. Hemos sido llamados por Dios a recorrer un camino que nos lleva a los pobres y a los más débiles . En el mundo contemporáneo crece la demanda de que haya instrumentos de paz, de seres capaces de escuchar, de personas aptas para la reconciliación .

5- La vida consagrada del futuro tendría que superar la preponderancia del elemento clerical sobre el laical, de los hombres sobre las mujeres, legitimada por una cierta imagen del Padre. Una tal subordinación de clases resulta dañina para el testimonio de la vida consagrada en el mundo moderno y posmoderno. No tiene ya ninguna justificación en una teología de la vida consagrada renovada.

6- La forma especialmente "radical" de la "sequaela" en la vida consagrada comporta la búsqueda de la unión fraterna particularmente intensa con los pobres y necesitados.

El mensaje de Jesús sobre el Padre amoroso nos convoca a luchar por la liberación de los pobres, por la superación de todas las discriminaciones construidas por los hombres, provengan de raza, sexo, o estado social. No ocupa el último lugar la invitación a que toda la creación deje de ser considerada bajo el prisma de su "utilidad". Ha de ser tenida, más bien, como regalo del creador, como un signo de su proximidad, como una imagen de su hermosura.

7- La vida consagrada solamente tendrá futuro dentro de una espiritualidad integral, consecuencia de una opción primaria por Dios. En ella hay dos aspectos que pertenecen a la misma actitud de fe en el mismo sentido de la oración de Jesús y de su petición de glorificación del nombre de Dios y de llegada de su Reino. La vida consagrada tiene asegurado el futuro si es capaz de ligar, en estrecha unión, la "mística y la política", el servicio de Dios y la entrega al mundo. Habrá de superar el "espiritualismos" y el "fundamentalismo" no menos que las herejías "funcionalistas".

CONCLUSIÓN

Volvamos al comienzo de esta exposición. En un primer golpe de vista, parece de poca ayuda para la renovación de la vida consagrada recurrir a la idea del "Padre". Tanto la Iglesia como la teología, y también las diversas formas de vida consagrada, están hoy sometidas a las deformaciones de la imagen bíblica del Padre, propias del tiempo. Sin embargo, no hay otro camino para la conversión y para la renovación que el camino de la experiencia de fe de Jesús. Él encontró su libertad en la entrega a aquel Misterio que dio en nombrar "Padre". En su "obediencia" al Padre, a todos los hombres y a la creación en su conjunto, abrió el camino hacia la "libertad". El reconocimiento del "señorío de Dios" posibilita, en efecto, la libertad y nos libra de postrarnos ante falsos dioses y ante ídolos. La fe bíblica en Dios, tal como Jesús la vivió auténticamente, adquiere para el tiempo en el que vivimos una función profética y crítica de las ideologías. La vida consagrada necesita, para el futuro, de una gran libertad, a fin de poder encontrarse en el camino de una "fidelidad creativa". La vida consagrada está llamada a trazar su propio perfil dentro del marco más amplio de las ofertas religiosas que la rodean. Tiene que hablar de Dios como de una realidad personal, que ha llamado al mundo a su ser, que lo mantiene en sus manos, que lo conduce a buen término frente a los falsos dioses del mercado, frente a la arrogancia de los poderosos contra los débiles. Frente a la absolutización del individuo y de una religión privatizada, surge la oportunidad de una vida consagrada renovada.

He aquí su cometido: proclamar a los hombres, tanto casados como celibatarios, tanto clérigos como laicos, tanto hombres como mujeres, como irremplazable servicio a la vida: "A pesar de todas las fronteras y condicionamientos de la verdad tú eres un llamado. Tu vida no depende solamente de metas utilitarias, sino que posee un significado mucho más profundo y una finalidad mucho más alta. Sea el que sea el valor que otros te dan o que tú mismo te atribuyes, ante los ojos de Dios, tienes un valor: tu esencia consiste en ser amado".