I
La
Conferencia de Puebla no podía eludir el tema de los derechos humanos. Tenía
la grave obligación de proclamar, ante los hermanos de América
Latina, la dignidad que a todos, sin distinción alguna, les es propia: en
el católico Continente Americano la dignidad de la persona era conculcada reiteradamente
y en forma extrema (DP 316).
Recordemos
la década de los 70. Por un lado los regímenes militares empeñados en
defender la seguridad nacional. Por otro, los movimientos de liberación
nacional luchando por establecer otros modelos de seguridad en el continente.
Los proyectos y las utopías, las sociedades a defender o a construir,
legitimaban todos los atropellos a la vida y a la dignidad de las personas.
En
el fondo, unos y otros –con valoraciones distintas- veían que el mundo
estaba saturado de mal y el morbo hay que eliminarlo, sea como fuere. Los
mismos católicos legitimaban, justificaban, el desprecio y avasallamiento de
todas las libertades, tanto sociales como individuales. La estructura
religiosa católica era una base ideológica incuestionable que sustentaba el
derecho de los Estados a la prisión sin juicio y a la tortura.
Expongo
solo algunos ejemplos como constituyentes de una cultura católica común: el
Lateranense IV, San Bernardo en su elogio a los Templarios, el Concilio de
Trento, el Magisterio papal de la segunda mitad del siglo IXX.
La
cruzada contra los árabes, la lucha contra herejía y la reforma del clero
fueron los motivos impulsores para convocar el Concilio Ecuménico Lateranense
IV, en 1215
[1] . El Sínodo excomulga,
anatematiza y condena a todos los herejes, sin importar el nombre que tengan.
La punición implica: castigo apropiado por medio de la potestad secular;
degradación de los clérigos; confiscación de los bienes de los condenados;
entrega de los sospechosos al ejército; exclusión de los cargos o consejos públicos;
incapacidad de todo acto jurídico; obligación de denunciar a quien se
sospeche vive como hereje. Por último los
católicos que asuman el carácter de cruzados dedicándose al exterminio de
los herejes, gozarán de idénticas indulgencias
[2] , privilegios y subsidios de los que se dirigen a Tierra Santa
[3] .
Algunos años antes San Bernardo tejía un encendido elogio de los caballeros de Jesucristo que
combaten solamente por los
intereses de su Señor, sin temor alguno de incurrir en algún pecado por la
muerte de sus enemigos ni en peligro ninguno por la suya propia, porque la
muerte que se da o recibe por amor de Jesucristo, muy lejos de ser criminal,
es digna de mucha gloria.
Por una parte se hace una
ganancia para Jesucristo, por otra es Jesucristo mismo quien se adquiere;
porque éste recibe gustoso la muerte de su enemigo en desagravio suyo y se da
más gustoso todavía a su fiel soldado para su consuelo.
"Así el soldado de
Jesucristo mata seguro a su enemigo, y muere con mayor seguridad. Si muere se
hace el bien a sí mismo; si mata, lo hace a Jesucristo, porque no lleva en
vano a su lado la espada, pues es ministro de Dios para hacer la venganza
sobre los malos y defender la virtud de los buenos.
"Ciertamente, cuando mata a un malhechor no pasa por un homicida, antes bien, si me es permitido hablar así, por un malicida. Por el justo vengador de Jesucristo en la persona de pecadores, y por el legítimo defensor de los cristianos [4] .
Un católico está siempre en lucha para extirpar y eliminar el mal de la tierra [6] . En los años que corren el papa Juan Pablo II afirma que “la verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma, que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con vigor?” [7] , pero a mediados del siglo IXX, Gregorio XVI hubiera condenado esta actitud como pestífera fuente del indiferentismo. Para los católicos de entonces decir que la libertad de conciencia era un derecho inalienable de cada persona era una sentencia absurda y errónea, el Papa la califica como delirio... [8] .
A fines del siglo Pío IX abunda en el tema y aclara que la libertad de la conciencia es una idea totalmente falsa del régimen social. Los católicos de entonces, si eran fieles a la doctrina social de la Iglesia, no podían sostener que en toda sociedad bien constituida los ciudadanos tienen derecho a una omnímoda libertad, que no debe ser coartada por ninguna autoridad eclesiástica o civil, por lo que puedan manifestar y declarar a cara descubierta y públicamente cualesquiera conceptos suyos, de palabra o por escrito o de cualquier otra forma [9] .
Para
proclamar los derechos humanos, los obispos de Puebla se enfrentaban a una
tradición católica que suponía tres cosas:
1)
Que el sujeto de derecho era la verdad, no la persona.
2)
El mal que se apoderó de un mundo lleno de pecado,
3)
Hay que entablar una lucha sin cuartel contra el pecado sin importar
los medios, sin preocuparse demasiado de los pecadores que caigan en el
camino.
A
pesar de toda la tradición eclesiástica, los obispos de Puebla denuncian -
objetiva, valiente y evangélicamente - la violación de los derechos del
hombre, como una situación de pecado (DP 1269).
En los umbrales del 2000 ha cambiado mucho la conciencia católica: hoy la iglesia reconoce que tales situaciones de pecado [10] han pesado en su vida y en su actuar. Como los estados y como los ejércitos, regulares o no, también la iglesia ha empleado medios dudosos para conseguir fines buenos; ha sido aquiescente, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia y hasta de violencia en el servicio a la verdad”. La Iglesia no ha respetado las conciencias, y ha recurrido a formas de violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores [11] .
En
la década de los 70, Puebla tenía que encontrar muy buenos argumentos, para
ir en contra de esta mentalidad dominante y sustentar la dignidad inalienable
de cada ser humano en su individualidad irrepetible.
En
un primer esquema el grupo de trabajo trató de fundamentar los derechos de la
persona con argumentos de tipo filosófico-escolástico, recurriendo a las
categorías de naturaleza y análogas
[12] . Luego, en diálogo con otros grupos, cayó en la cuenta de
que la única legitimación indiscutible para una proclamación cristiana
de la dignidad del hombre es la revelación contenida en el mensaje
y en la persona misma de Jesucristo
[13] .
Algunos
años después Santo Domingo lo explicita claramente:
La
igualdad entre los seres humanos en su dignidad, por ser creados a imagen y
semejanza de Dios, se afianza y perfecciona en Cristo. Desde la Encarnación,
al asumir el Verbo nuestra naturaleza y sobre todo su acción redentora en la
cruz, muestra el valor de cada persona. Por lo mismo Cristo, Dios y hombre, es
la fuente más profunda que garantiza la dignidad de la persona y de sus
derechos. Toda violación de los derechos humanos contradice el Plan de Dios y
es pecado
[14] .
Desde el mensaje y la persona de Jesús es posible condenar, sin discusión, sin más justificativas o explicaciones, todo menosprecio, reducción o atropello de las personas y de sus derechos inalienables; todo atentado contra la vida humana, desde la oculta en el seno materno, hasta la que se juzga como inútil y la que se está agotando en la ancianidad; toda violación o degradación de la convivencia entre los individuos, los grupos sociales y las naciones [15] . Subrayo la adjetivación reiterada: todo, toda...
Los obispos consiguen elaborar una fórmula digna de ser adoptada como punto de partida por los manuales de antropología cristiana:
“Profesamos
que todo hombre y toda mujer, por más insignificante que parezcan tienen en sí
una nobleza inviolable que ellos mismos y los demás deben respetar y hacer
respetar sin condiciones, que toda vida humana merece por sí misma, en
cualquier circunstancia, su dignificación...”
(DP 317).
No me parece abusivo el aplicar lo que el Documento de Puebla dice de los derechos y la dignidad del hombre y de la mujer –el documento se cuida de explicitar el nivel género- a los derechos y dignidad de toda creatura. Toda la realidad participa de la bondad del Creador.
No
hay realidad que podamos exceptuar, por más insignificante que pueda
parecernos. Y la dignidad proviene de sus propias raíces, es buena en sí
y por sí misma: no son necesarios bautismos o consagraciones. La realidad
es sacrosanta por su misma naturaleza y además sin condiciones: no
cuentan metales preciosos y metales viles, no suman ni restan ideología o
religiones. Y no hay pretextos de guerras o de productividad: en cualquier
circunstancia la realidad total es sujeto de reverencia, en cuanto
obra de Dios.
La “Ruah” divina empolla el caos primordial, el Verbo pronunciado por la boca de Dios hace que toda la realidad sea “muy” buena [16] . Bueno es el sol, buena la luna, buenas las estrellas, buenos los animales, buenas las plantas, buenos los fenómenos aterradores de la naturaleza. Incluso cuando son usados -bajo la forma de ídolos- por los hombres como instrumentos del mal [17] . El hombre está hecho de la misma substancia de la tierra, del barro primordial brotan los vegetales y de barro son hechos también los animales partícipes también del aliento de vida divina y compañía y ayuda para el hombre [18] . Todos los seres participamos de idéntica dignidad, en sí y por sí mismos, sin condiciones y en cualquier circunstancia.
Recordemos las discusiones de la primera comunidad cristiana en torno a los animales puros e impuros [19] y los razonamientos paulinos acerca de la carne sacrificada a los ídolos [20] . A pesar de la corrupción de la sociedad de Corinto que hace decirse a los cristianos si no será mejor no casarse [21] , Pablo condena actitudes maniqueas frente al sexo [22] . Muchas preguntas fueron resueltas en base a la fe en la afirmación radical de la bondad de toda creatura. Porque el Hijo eterno del Padre se ha hecho realidad humana y mundana, y porque todo ha sido hecho por él, en él y para él [23] . Porque él ha derramado su Espíritu sobre todas las cosas a fin de santificar todo lo existente [24] , tanto que la materia es apta para convertirse en instrumentos de la gracia en los sacramentos.
Las potencias oscuras de este mundo están sujetas a los pies de Cristo, y por lo tanto, también a nosotros, sus miembros [25] . Nada puede asustar a los elegidos, ni lo alto, ni lo ancho, ni lo profundo, ni las potencias de este mundo, ni los poderes sobrenaturales [26] . Todo ha sido creado por el Padre, asumido por el Hijo, santificado por el Espíritu, vencido por el crucificado y regalado por Dios a los elegidos [27] . Gratuitamente para el servicio y el bien de los amados por Dios, que no hace acepción de personas [28] .
Algunos
presupuestos para confesar la bondad de las cosas, de todos los hombres, de la
entera creación, de cada una de las manifestaciones históricas del hombre
sobre la tierra:
1.
La bondad y dignidad de los seres –de todos y cada uno- no se conoce
por vía científica. sino por connatural y profunda actitud de amor hacia los
hombres, la historia, los pueblos, la naturaleza.
2.
Solamente por connatural capacidad de comprensión afectiva que da el
amor, se podrá conocer y discernir la bondad de las cosas y sentirse
solidarios con toda creatura
[29] .
3.
Si no queremos padecer una visión distorsionada hemos de establecer el
punto de partida de la reflexión sobre el pecado en Dios y no en el hombre.
Cada ser del universo es digno, bueno, respetable, porque es hechura de Dios,
más allá y más acá de lo que el hombre piense, haga o diga.
Para
ahondar el tema voy a distinguir diversos niveles en la bondad de los seres:
La
bondad esencial radica en el ser mismo de las cosas.
Llamo
“esencia” “substancia” a
aquello que hace que todo lo existente y todo lo posible de existir exista. Es
como la matriz, el proyecto, el plano de lo existente, independiente de su
existencia concreta. El plano de la casa, prescindiendo de que ésta haya sido
edificada o no.
La
“definición” (“proyecto”,
“idea”, “plano” de Dios) de
todas las cosas reales y posibles es buena “en
sí”, “por sí misma”.
La realidad es “buena”, digna y sujeto de dignificación, por definición. A causa de su origen, en virtud y desde su origen, porque Dios es la bondad original y originante de toda realidad, aún la más insignificante. La creación se atribuye [30] al Padre, quién es sólo bondad, solamente Bien, sin mezcla de mal alguno:
El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, decretó elevar a los hombres a la participación de la vida divina y, caídos por el pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles siempre su auxilio, en atención a Cristo Redentor, “que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura” (Col.1,15). A todos los elegidos desde toda la eternidad el Padre “los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que este sea el primogénito entre muchos hermanos” (Rom. 8,19) [31] .
Nos enseña la Sagrada Escritura que no somos nosotros, los hombres, quienes hemos amado primero; Dios es quien primero nos amó. Dios planeó y creó el mundo en Jesucristo, su propia imagen increada (Col. 1, 15-17). Al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo (Ef. 1,1-10) [32] .
San
Francisco define a Dios como el bien, el sumo y perfecto bien, de quien
procede todo bien
[33] . De él proceden todos los bienes, y a él hay que
restituirlos
[34] , es el sólo merecedor de la alabanza [35]
.
En
el terreno de las “definiciones”, de las “substancias”,
de las “naturalezas”, de aquello por lo cual las cosas son lo que
son... no podemos admitir ninguna afirmación que contenga la inclusión del
“mal”. Podría decirse que en terreno de la metafísica no hay
pecado ni mal.
Toda
la realidad, tal como ha sido proyectada por el Padre Dios es sola y únicamente
Bien, aunque bien participado y perfectible, y por lo tanto tan limitado como perfecto
en su orden. Bien a veces “defectuoso”, o sea con “carencias”.
Pero sólo bien.
Un piedra es perfectamente piedra como un árbol perfectamente árbol: no hay
mal ni imperfección alguna en que un zapallo no sea un ratón.
No existe el mal esencial ni un ser que sea malo por naturaleza. El ser que en la mitología teológica encarna el mal, el diablo, fue primero un ángel bueno hecho por Dios, su naturaleza fue obra de Dios. El magisterio del siglo VI se levanta contra las opiniones de Maniqueo y Prisciliano que parece sostenían que el diablo es el principio y la sustancia del mal. El diablo habría sido el responsable de la creación de algunas criaturas y es él el que por su propia autoridad sigue produciendo los truenos, los rayos, las tormentas y las sequías. Más, para esta opinión condenada, la plasmación del cuerpo humano es un invento del diablo y... las concepciones en el seno de las madres toman figura por obra del diablo... [36] .
El Concilio de Florencia cree, profesa y predica que Dios Trinidad es el único creador que creó libremente por su bondad todas las criaturas, buenas, ciertamente, por haber sido hechas por el sumo bien, pero mudables, porque fueron hechas de la nada; y afirma que no hay naturaleza alguna del mal, porque toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es buena [37] .
Nada
ni nadie es “mal” por definición, por origen, por esencia, en sí mismo:
el mal en sí no existe.
En Duns Escoto encontramos una doctrina a primera vista extraña: así como el Verbo asumió la naturaleza humana, así podría asumir no importa qué naturaleza. No he podido conferir la cita en los escritos escotistas, pero he leído que para él toda naturaleza podría haber sido asumida por el Hijo de Dios, inclusive la de la piedra.
Tendríamos que entrar en el análisis de su doctrina acerca de la univocidad del Ser [38] , desde la cual aparece claro que la naturaleza no intelectual no tiene en sí misma una entidad positiva que pueda oponerse que ser pueda ser asumida.
De todos modos, para Escoto, no sería conveniente que la piedra, o no importa qué creatura no racional, sea asumida por el Verbo: solamente la creatura en potencia al infinito puede ser elevada al infinito por participación, y, por lo tanto, a la participación de la naturaleza divina y de la bienaventuranza. Esta potencia al infinito no existe sino en la creatura racional: la bondad de Dios se participa de modo muy diverso en las diferentes creaturas.
Más allá de teorías de escuela, lo que importa es
ubicar a Cristo no solamente en relación al hombre y su historia, sino como
razón de ser del cosmos y de la evolución: porque proveniente del único
decreto eterno de Dios, llamado Jesús, la bondad de toda creatura se predica
unívocamente con la bondad de Dios. Lo que difiere no es el predicable sino
el ser existente. Dios no es la creatura, y las creaturas participan de modo
diferenciado de la única bondad que solo en Dios es plena.
Las
naturalezas, las esencias, las definiciones, no fueron de una vez para
siempre. Son proyecto de Dios, Misterio oculto desde los siglos
eternos que se va develando a lo largo
de los milenios
[39] .
Muchas
de las perspectivas habituales en teología tienen que ser corregidas a partir
de una cosmovisión evolutiva. El fijismo empobrece, inmovilizándolas, sólo
las esencias sino a Dios. Teilhard canta a la naturaleza viviente , la poderosa
Materia, Evolución irresistible, Realidad siempre naciente, la
que hace estallar constantemente nuestras certezas obligándonos a buscar
cada vez más lejos la Verdad.
El
bien de la creatura es Duración sin límites, Éter sin orillas... que
desbordando y disolviendo nuestras estrechas medidas nos revela las
dimensiones de Dios. La realidad está abierta al crecimiento sin
fronteras, está cargada de Poder Creador, es un Océano agitado por
el Espíritu, Arcilla amasada y animada por el Verbo encarnado...
Sin
ti, Materia, sin tus ataques, sin tus arranques, viviríamos inertes,
estancados, pueriles, ignorantes de nosotros mismos y de Díos. Tú que
castigas y, que curas, tú que resistes y que cedes, tú que trastruecas y que
construyes, tú que encadenas y que liberas, Savia de nuestras almas, Mano de
Dios, Carne de Cristo, Materia, yo te bendigo
[40] .
Para Teilhard hemos sido dominados por la ilusión pertinaz de que el fuego nace de las profundidades de la Tierra y que su lumbre se enciende progresivamente a lo largo del brillante andamiaje de la Vida. Hay que invertir esta visión:
Al principio existía la potencia inteligente, amante y activa. Al principio estaba el Verbo soberanamente capaz de consolidar y dar consistencia a toda la materia que iría luego a nacer. Al principio no había frío y tinieblas, estaba el Fuego... Nuestra noche no engendra gradualmente la luz, sino que por el contrario es la luz preexistente la que, paciente e infaliblemente, destierra nuestras sombras [41] .
Mi Comunión sería incompleta (simplemente no sería cristiana) si, con los progresos que me aporta esta nueva jornada, no recibiera en mi nombre y en nombre del Mundo, como la participación más directa a tí mismo, el trabajo, sordo o manifiesto, de desgaste, de vejez y de muerte que mina incesantemente el Universo, para su salvación o para su condenación.
Me abandono perdidamente, oh mi Dios, a las acciones impresionantes de disolución por las cuales hoy tu divina Presencia reemplazará, quiero creerlo ciegamente, mi estrecha personalidad.
Aquel que habrá amado
apasionadamente a Jesús escondido en las fuerzas que hacen madurar la Tierra,
a él la Tierra extenuada lo apretará en sus brazos gigantes y, junto a ella,
se despertará en el seno de Dios
[42] .
No
sólo la esencia abstracta de las realidades creaturales es buena. Con la
misma fuerza y sin ningún tipo de ambigüedad, sin dudas ni equívocos, hemos
de afirmar la bondad existencial de la creatura. Hablo de las cosas no en
abstracto sino en concreto, cuando la definición es hecha realidad y puesta
en la existencia.
Porque el primer existente es el mismo Hijo encarnado. La primera creatura del Padre es Jesús, el Cristo. En él se resume toda la bondad de la existencia. Las cosas no sólo son buenas por definición teórica, sino en cuanto vivientes, dadas, existentes.
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe [43] .
El es Primogénito de toda la creación... todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia. El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo... [44] . El Hijo no solo el principio, es también el heredero de todo, el que sostiene todo con su palabra poderosa... [45] .
Así
como la creación se atribuye al Padre, la existencia concreta de las cosas al
Verbo, que es modelo, imagen imaginada-imaginante, causa formal de todos los
seres, sin excepción. Es él la cabeza de todo lo creado, el primogénito de
toda creatura. El es el primer nacido entre todas las criaturas hermanas, e
inclusive es el primero entre los muertos. Cada parcela de la realidad compone
un maravilloso mosaico que representa el rostro del Cristo total.
Cristo no es el regalo de Dios a los hombres: los hombres, y el cosmos entero con el hombre, son el maravilloso regalo que el Padre hizo a su Hijo bienamado. Dios no puede regalar a su Hijo sino cosas excelentes.
Por eso los fieles se reconocen miembros del grupo humano en que viven, no se aíslan de la vida cultural y social de sus pueblos; y en sus tradiciones nacionales y religiosas, descubren con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas laten [46] .
La
Iglesia acepta con gozo y respeto, purifica e incorpora al orden de la fe,
los diversos “elementos religiosos y humanos” que en las religiosidad
popular son “semillas del Verbo”
[47] ,
que, presentes en el hondo sentido religioso de las culturas precolombinas,
esperaban el fecundo rocío del Espíritu
[48] .
Los cristianos de América tienen que buscar ocasiones de diálogo con las religiones afroamericanas y de los pueblos indígenas, atentos a las semillas del Verbo [49] , ya presentes en los antepasados de los pueblos indígenas capaces de ir descubriendo la presencia del Creador en todas sus criaturas: el sol, la luna, la madre tierra. etc. [50] .
No
sólo es bueno el proyecto o los proyectos de Dios para el mundo y para el
hombre, la realidad en su existencia
concreta es buena, más aún
buena en grado sumo. Las concretizaciones temporales, las realizaciones
concretas del proyecto divino, las cosas realmente existentes, van revelando
su plan a través de sus realizaciones históricas
[51] .
En
Cristo, del cual son imagen y concreción, la realidad, las realidades
existentes, tal como existen, son “sobrexcelentes”. Todo ser existente es
solamente bien, bien históricamente existente, y sin mezcla de mal alguno.
Todas
las cosas son buenas y solamente bien. Dije que en cuanto a su naturaleza son participativamente
buenas, en cuanto imagen de su hacedor y del modelo en base al cual fueron
hechas. Doy un paso más: en cuanto existentes son históricamente buenas, buenas
en el tiempo y en el devenir.
El único existente “eternamente bueno” es Dios [52] . Fuera de Dios la bondad existencial es histórica, evolutiva, perfectible y por ende imperfecta... o mejor dicho, perfecta en sus coordenadas históricas.
Un
niño que aún no sabe hablar, que gatea, que tiene que usar pañales, es
perfectamente niño. No hay en él ni mal ni imperfección, sólo historia.
Una
humanidad que está aprendiendo a convivir, que garabatea sus diálogos con
otras personas y sociedades, que comete “errores”, es perfectamente
ubicable en el tiempo y en el espacio.
No
es erróneo que el Qohelet afirme que “haya un destino común para todos,
para el justo y para el malvado, el puro y el manchado, el que hace
sacrificios y el que no los hace, así el bueno como el pecador, el que jura
como el que se recata de jurar... mientras uno sigue unido a todos los
vivientes hay algo seguro, pues vale más perro vivo que león muerto...
los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no
hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria...
[53] . En su contexto histórico cultural no era un “error”
no creer en la “otra vida”.
Tampoco
existe el mal en el ámbito de la existencias, de las cosas tal cual son,
entre las enorme multitud de concretizaciones del proyecto de Dios. Existe, sí,
la historia, la contingencia, el aprendizaje, los tanteos, los actos
fallidos...
En
los millones de años de la evolución del Universo aparecen y desaparecen
estrellas, se crean galaxias, nacen planetas, alguno se llena de vida, las
especies surgen y mueren... Aquí no podemos hablar de “mal”, sino
de evolución.
Terremotos,
huracanes, sequías, inundaciones... no son “males”, son aspectos
de la evolución con los cuales aún no hemos aprendido a convivir pacíficamente.
Si hace unos 500 millones de años aparecieron los primeros vertebrados, hace 300 los primeros mamíferos, 60 millones los primates, 4 millones el australopitecus, 350 mil homo erectus, 60.000 años el hombre de neandertal,... 20 0 30 mil años el Cro-mañón... el homo sapiens... resulta que Cristo hace solamente 2 mil años que vivió apenas 33 en un lugar escondido del imperio romano, sin que su vida haya tenido incidencia mayor en los acontecimientos contemporáneos. Si pusiéramos estos datos en una línea dividida en 365 días, como si fuera un año, Cristo aparecería en los últimos segundos del 31 de diciembre... La comunidad de los discípulos de Cristo apenas está aprendiendo a balbucear las palabras del Padre.
No
me parece que pueda ser catalogada como
“mal” la desaparición de los dinosaurios, por citar a unos
desaparecidos que se hicieron notar en el planeta. Subráyese, por favor, que
la palabra “pecado”, aparecería recién en diciembre, con el
hombre, uno de esos últimos llegados de la evolución.
Recuerdo
haberme encontrado, en mis años de estudiante, con el concepto de “entropía”,
contradiciendo la idea común de que en física nada se pierde, todo se
convierte. Teillhard hablaba de un enorme crecimiento, de un derroche de energía
en el proceso evolutivo, de una especie de desperdicio, de energía sobrante
en la gran eclosión evolutiva.
...
La fracción de energía inutilizable, la “entropía”, crece
constantemente,... pero tiende a hallar su contrapartida en una corriente
inversa, positiva y constructiva...: la de una subida del Universo hacia
crecientes estados de improbabilidad y de personalidad. Entropía y vida. Atrás
y adelante.
Dos
expresiones complementarias de la flecha del tiempo. Para las necesidades de
nuestra acción, la Entropía está vacía de sentido. La vida, por el
contrario, comprendida como una interiorización creciente de la materia cósmica,
proporciona a nuestras libertades una línea precisa de orientación.
¡La marea descendente de
la entropía revestida y equilibrada por la marea ascendente de una Noogénesis!
...
En el sentido descendente
de la entropía, la materia se desata y se neutraliza la energía. Esto lo
sabemos desde hace mucho tiempo. Mas, ¿por qué no tener en cuenta el
movimiento cósmico que se efectúa en el otro sentido ‑hacia las síntesis
superiores‑ y que “salta a los ojos”?
Este
movimiento cósmico sólo encuentra sentido en Cristo:
Las
prodigiosas duraciones que preceden a la primera Navidad no están vacías de
Cristo, sino penetradas de su influjo poderoso. El bullir de su concepción es
el que remueve las masas cósmicas y dirige las primeras corrientes de la
biosfera. La preparación de su alumbramiento es la que acelera los progresos
del instinto y la eclosión del pensamiento sobre la Tierra.
No
nos escandalicemos tontamente de las esperas interminables que nos ha impuesto
el Mesías.
Eran
necesarios nada menos que los trabajos tremendos y anónimos del hombre
primitivo, y la larga hermosura egipcia, y la espera inquieta de Israel, y el
perfume lentamente destilado de las místicas orientales, y la sabiduría cien
veces refinada de los griegos para que sobre el árbol de Jesé y de la
Humanidad pudiese brotar la Flor.
Todas
estas preparaciones eran cósmicamente, biológicamente, necesarias para que
Cristo hiciera su entrada en la escena humana. Y todo este trabajo estaba
maduro por el despertar activo y creador de su alma en cuanto este alma humana
había sido elegida para animar al Universo. Cuando Cristo apareció entre los
brazos de María, acababa de revolucionar el Mundo
[54] .
La
Vida pertenece tempóreo-espacialmente a la categoría de los objetos
inmensos. Pertenece a lo Inmenso. Si se mueve, se mueve, pues, como lo
Inmenso.
Queremos
saber, decidir, si la Vida y la Humanidad se mueven. Pues bien, no podremos
saberlo más que observándolas (como si fueran la manilla del reloj) sobre
una grandísima longitud de tiempo.
Podría
decirse que en este momento la Ciencia no progresa más que rompiendo una tras
otra, en el mundo, todas las envolventes de estabilidad, ya que el resultado
ha de ser que, bajo la inmovilidad de lo ínfimo, aparezcan movimientos
extra-rápidos; y, bajo la inmovilidad de lo inmenso, movimientos
extra-lentos.
Desde este punto de vista no podemos hablar -en sentido estricto- en categorías de Bien y de Mal, sino de diversidad e historia, de participación heterogénea en el ser y de procesos evolutivos. No estamos hablando, aún, de la existencia de un tipo de creaturas capaces de oponerse, libres y concientes, al proyecto de Dios.
Por último
llegamos a la bondad y maldad que damos en llamar moral. Nos introducimos en
el campo de los actos realizados por una especie de seres existentes capaces
de producir resultados que se nos aparecen como concretizaciones o negaciones
del plan de Dios en la historia.
Dejemos
de lado a otros seres inteligentes que pueden poblar el universo, llámense Ángeles
o Extraterrestres. Desde los actos humanos nos llegan interrogantes y
confusiones. Nos sentimos naufragados en un mundo lleno de maldad, de guerras,
hambre, miseria, explotaciones, vicios... e infinidad de etcéteras que no es
necesario elencar. La realidad “empecatada”
nos abruma.
Es
bien dura la lectura de la realidad que, por ejemplo, nos presentan los
obispos latinoamericanos en sus Sínodos, a pesar querer moderar su lenguaje y
de la voluntad de ser positivos y alentadores
[56] . Sin querer ser profetas de calamidades, nos ofrecen un
cuadro negro de una realidad, que por otra parte salta a los ojos. Pero, aun
manteniendo viva, aguzada, la más lúcida y crítica de las conciencias, no
podemos ignorar otro dato esencial de la fe cristiana: la imposibilidad de
eliminar la acción del Espíritu Santo en la historia personal y colectiva
de los seres humanos
[57] .
El
magistral plan de la Suma Teológica de Tomás de Aquino
[58] parte de la prueba de la existencia de Dios, Una vez ésta “probada”,
se pasa a analizar los “nombres de
Dios”, “Uno” y “Trino”.
Acabado el estudio de Dios “en sí”
se continúa con la reflexión sobre el “Dios
que obra hacia fuera de Dios”. Una vez determinada “la
naturaleza” de todas las cosas posibles y existentes, presentes y
futuras, Dios decide “elevar” al
hombre a un plano sobre-natural. Dios había hecho al hombre como en una
creatura naturalmente receptiva de la intervención divina. Y así culmina el
tratado sobre Dios y sobre las creaturas de Dios, cuyo destino es volver a
Dios de donde salieron.
Entonces
entra en la historia un acto del hombre que trastoca el proyecto de Dios. El
pecado del hombre es, en el plano de la Suma Teológica, el elemento central y
determinante de todo el devenir.
Aparecen,
nítidos, dos planes de Dios. Uno antes y otro después del pecado. Cristo es
el resultante del pecado del hombre que de alguna manera “obliga”
a Dios a tomar la decisión de la Encarnación del Verbo para salvar a la
humanidad caída
[59] .
Pero la de Tomás no es la única visión, por más que sea preponderante. El Dios encarnado por libérrima y gratuita voluntad de Dios está en el centro del proyecto de Dios y no puede ocupar jamás un lugar secundario. Quien lea desprejuiciadamente la escritura no puede negar ni la centralidad de Cristo ni la marginalidad del pecado en la realización histórica del designio de Dios.
La predestinación de Cristo, primer nacido de todas las criaturas [60] y el amor libre de Dios, es el principio de cada cosa, la explicación última del orden de la historia [61] . Toda antropología cristiana se basa en el Sí de Dios a los hombres, sí pronunciado, de una vez para siempre, en la predestinación eterna de Cristo.
El Sí de Dios y el proyecto de Dios están a la raíz, son la causa de todo lo existente, sin excepción. Nuestra bondad no es causa de la benignidad maternal de Dios, sino que sus entrañas maternas [62] han concebido y parido nuestra santidad. El Sí de Dios es fiel: Yahveh es “el Dios del Amén” [63] , y Cristo es el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios [64] .
Creo
que teológicamente hablando tendríamos que afirmar, gritar, llorar de alegría,
la confesión de fe de que todo hombre nace mecido por el amor de Dios, es
decir nace en gracia, porque el amor de Dios y no el pecado del hombre es
lo que teje la historia.
Ahondemos
ahora en el campo de la ética, el de los “actos humanos”.
Primero,
lo reitero, no
podemos confundir no-bondad con crecimiento, con evolución y
perfeccionamiento propio de la creatura a través de la historia.
No es un pecado que el niño aprenda a caminar, es propio de un proceso de maduración de la persona. Recordemos que la creatura-hombre es un recién llegado en el universo y que el cristianismo hace un instante que lucha por conformar el mundo a imagen de Cristo.
Porque
estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la
gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la
creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación,
en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que
la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción
para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre
dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las
primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando
el rescate de nuestro cuerpo
[65] .
Segundo,
siempre hablando el lenguaje de la apropiación de propiedades, en la Trinidad
Económica,
no podemos olvidar jamás que es del Espíritu de Dios de quien dependen todos
los actos humanos: él derrama su vida sobre todos los seres vivientes sea que
su acción sea aceptada o rechazada
[66] .
Es
la imagen de la paloma que está como empollando la creación desde los orígenes
[67] . Es el que obra la encarnación
[68] , el que guía a Jesús en su vida pública
[69] , el que le dará el poder de juzgar a las naciones
[70] , el que hace hablar a Isabel
[71] , a Zacarías
[72] , a Simeón
[73] , a los discípulos
[74] , especialmente en momentos de prueba
[75] , a fin de ser sus testigos
[76] . Tanto Jesús
[77] , como los discípulos
[78] , son nacidos por el bautismo en el Espíritu, quien está
encargado de completar la enseñanza de Jesús
[79] . No
sigo... el Padre nos ha dado el Espíritu y en el Espíritu obra el hombre, aún
sin éste saberlo
[80] .
Por
lo cual si en los actos de Dios no hay maldad, análogamente podríamos
afirmar que el hombre es también moralmente sólo bondad, aunque bondad
participativa e histórica.
Pero,
de hecho, en el ámbito de la “bondad
moral” no sólo hemos de admitir carencias y perfectibilidades:
enfrentamos la realidad del pecado.
Frente
al hombre concreto y existente quedamos fascinados ante el misterio de una
creatura que es capaz de plantarse ante su hacedor y de llegar a frustrar para
él el proyecto de Dios
[81] .
Los fariseos y los legistas, al no aceptar el bautismo de él (de Juan), frustraron el plan de Dios sobre ellos [82] .
Pero
esa capacidad del hombre ¿supera el límite de lo personal? ¿Puede el hombre
frustrar el plan global de Dios?
Si algunos de ellos fueron infieles ¿frustrará, por ventura, su infidelidad la fidelidad de Dios? [83]
Aquí nos topamos con el misterio del mal que convive con el misterio del bien. Juan Pablo II [84] dice que el mysterium iniquitatis ha de entenderse desde el “mysterium pietatis”, por lo cual, objetivamente hablando, en el mundo de los actos humanos concretos, el bien “tiene que ser” mucho mayor que el mal.
El Concilio Vaticano II, especialmente en la Gaudium et Spes, es consciente de la ambivalencia del mundo y de la existencia del mal: el pecado no es un progreso “inacabado”, sino también degradación. El pecado es la única salida teológica para explicar el porqué el hombre se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador [85] . No es Dios el culpable, son individuos y colectividades que, mezclado el bien con el mal, hacen que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, y que el poder que ha logrado la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano [86] .
Sea
como fuera, de todos modos, recordemos el axioma escolático: el
hombre no puede no buscar el bien, aunque a veces lo haga a tientas y equivocándose.
Cuando el hombre hace el mal, lo hace “bajo alguna especie de bien”,
decía la filosofía que aprendimos en los manuales de escuela.
En
todo proceso humano encontramos bondad y gracia, maldad y pecado... No hay
acto humano que sea solo bondad, o sólo maldad, sin que podamos establecer
una línea divisoria que permita separar seres de seres, personas de personas,
grupos de grupos. Ni siquiera podemos soñar con una clave que nos posibilite
una división clara y legítima entre actos puramente buenos y actos solamente
malos de nuestro ser personal
[87] .
Eso hace que la GS sea optimista en su lectura de la realidad: El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos. La iglesia sabe que el hombre está atraído sin cesar por el Espíritu de Dios y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual [88] .
La idolatría, el gran pecado que subyace a todo pecado, no es fruto de la imperfección creatural humana. Porque un animal no puede creerse Dios. Menos aún una piedra. Sólo la admirable perfección de quien fuera hecho a imagen y semejanza de Dios, sólo aquel que lleva desde toda la eternidad la impronta del Verbo encarnado, por quien y para quien y en quien fue imaginado, sólo él puede sentir la tentación de ser Dios. La utopía final del hombre sólo puede ser el mismo Dios.
Configurado desde siempre en Cristo, sintiendo en sí la marca de la ilimitación divina, el hombre termina por admirarse en exceso. Se emborracha de su poder, de su sabiduría, y en acto narcisista se adora a sí mismo o a una imagen que lo representa. Adora sus ideas, sus estructuras, sus ciudades, todas sus hechuras. Las absolutiza [89] .
El
maniqueísmo ambiental está anclado en la conciencia plurisecular del hombre
que allí encuentra una manera fácil de explicar el misterio del bien y del
mal co-existentes. Es fácil y fascinantemente operativa la creación de un
cielo con dioses buenos y dioses malos, así como una película con vaqueros e
indios, con policías y ladrones, alemanes y norteamericanos, patriotas y
antipatrias... católicos y herejes. Porque así decidido el campo, es muy
simple la solución. Basta eliminar al contrario; matar a los comunistas y
fusilar a los capitalistas; exiliar a los malos patriotas; expulsar de la
Iglesia; amputar un brazo o quemar una casa...
Pero
la falsedad del juicio puede ser más sutil y conducirnos a negar la acción
del Espíritu que santifica todas las cosas. Si en cada introspección y en
cada extrospección encontramos que somos pecadores, también en cada una de
las realidades llevadas a nivel de conciencia hemos de encontrar, saber
discernir, la presencia y la acción del Espíritu que hace nuevas y buenas
muchas cosas.
Si
no logramos develar esta triple dimensión de la bondad creatural, incluso la
moral, las consecuencias son claras. O el arribismo: vivir lo mejor que se
pueda, aplastando a quien se me interponga en el camino de mi felicidad. O el
despotismo: eliminar por el medio que fuere, incluso con la más feroz de las
violencias, el mal de la tierra, mal que está siempre y por supuesto en los
demás. O el suicidio, habiendo reconocido el mal que está, inevitable, en el
interior de cada uno. O los infinitos modelos de escape y alienación de la
realidad: droga, alcohol, sexo, religión, y muchos etcéteras.
La aceptación de esta verdad de la naturaleza, de esta bondad de la realidad, exige reconocer que toda la realidad es sacramento de Dios, sumo bien. Como sacramento, la realidad es la progresiva topía de la utopía. Es el lugar donde se va realizando, en el tiempo, el Reino anunciado por Jesús. Podremos aceptar, con los correctivos necesarios, una postura religiosa que se limite a lo intramundano, a la intrarealidad. Pero es inaceptable desde el punto de vista cristiano -y humano- la posición de quienes, desde lo religioso, se quieren escapar de la realidad para relacionarse con Dios y alcanzar la “bondad”.
Con el siguiente esquema concluyo esta parte de la reflexión.
|
El
Padre Dios es la bondad original y originante de toda realidad, aún
la más insignificante
|
La
primera creatura del Padre es Jesús, el Cristo. En él se resume
toda la bondad de la existencia.
|
El
Espíritu de Dios actúa en todo hombre, independientemente que su
acción sea aceptada o rechazada, derrama su vida sobre todos los
seres vivientes.
|
|
bondad
“esencial” |
bondad
“existencial” |
Bondad
“moral” |
|
La
realidad es “buena” por definición, por su origen, en virtud y
desde su origen. |
Las
cosas existentes son buenas. La cosas tal como existen son buenas. |
En
el ámbito de la actividad vital
de las realidades existentes encontramos también el mal. |
|
En
el terreno de las “definiciones”, de las “substancias”, de
las “naturalezas”, de aquello por lo cual las cosas son lo que
son... En la definición de la creatura no podemos admitir la
inclusión del “mal”. |
Las cosas no sólo son buenas por definición teórica, sino en cuanto vivientes, dadas, existentes. El
Verbo Encarnado es modelo, imagen imaginada-imaginante, causa formal
de todos los seres, sin excepción. |
El hombre es también fundamentalmente bondad en el campo de los actos humanos. El hombre sólo busca el bien, aunque se equivoque. El
Espíritu Santo es como la paloma que está empollando la creación
desde los orígenes |
|
Toda la realidad es sólo bien, aunque bien participado y perfectible, y por lo tanto limitado. Bien
perfecto en su orden.... con carencias en relación o otros seres
existentes o posibles. Pero sólo bien |
En el campo de la existencia concreta la realidad es buena, sumamente buena, sobreexcelente. Las
realidades tal como existen son solo bien, sin mezcla de mal alguno,
aunque históricamente buenas, dentro de un proceso de crecimiento
existencial. |
Históricamente buenas, porque el único existente “bueno” es Dios. No confundir no-bondad con crecimiento, con evolución y perfeccionamiento propio de la creatura a través de la historia. Pero
aquí también hay actos malos, opuestos al proyecto de Dios, que
contradicen el querer de Dios. |
|
Nada ni nadie es “mal” por definición, por origen, por esencia, en sí mismo. “El”
mal no existe. |
Fuera
de él bondad existencial participada, perfectible y por ende
imperfecta. Aquí tampoco existe el mal. |
En todo proceso humano encontramos bondad y maldad, gracia y pecado...
|
La
nueva buena de los cristianos se distingue por saber descubrir la bondad en el
interior de toda la realidad mundana y corporal.
En
el tiempo, el devenir y la historia, el cristiano reconoce visible y operante
la acción del Espíritu que va haciendo topía la utopía de Dios con
nosotros y nosotros con Dios
[90] .
El tema del pecado se ha convertido es una de los asuntos teológico-pastorales más difíciles de exponer de modo convincente. No veo cómo hacer una síntesis teológico-bíblica crítica e integradora de los aportes de la teología positiva de la última centuria, cómo plantear una propuesta ética fundamentada en Jesús y menos aún una presentación catequética plausible y satisfactoria -al menos para todos- acerca del pecado.
A nivel ético, están cayendo a pedazos los edificios culturales de valor y contravalor. Si pasamos al nivel teológico y hablamos del proyecto o ley de Dios, están en crisis todos los proyectos ideológicos que se esconden en los proyectos de Dios formulados por hombres que, por añadidura detentan el poder político y económico. Todos sabemos las dificultades para distinguir un sistema de valores de la cultura en la cual se legitima y más aún si pensamos que, de por sí, toda cultura es valedera y tiene que ser asumida por la buena nueva de Jesús. Se oscurece el panorama si somos críticos ante la posible deshumanización que esconden los proyectos que se suceden a ritmo de vértigo.
Se ha intentado ver el pecado como deshumanización, valorando sus diferentes vertientes: trascendiendo lo personal e individual, llegando a los niveles de lo interpersonal, social y estructural. Se ha introducido las categorías de opción fundamental, actitud y acto; se han formulado nuevas fórmulas y nuevos símbolos; se ha sido capaz de dialogar con la psicología, la antropología, la sociología... Si bien todos estos horizontes nos desdibujan el concepto clásico, no llegan a configurar una imagen clara y convincente de pecado.
El Catecismo de la Iglesia Católica [91] define el pecado (1849-1851) yuxtaponiendo afirmaciones: “El pecado es una ofensa... Se levanta contra... Es una desobediencia... Es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús...”, “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (1849).
El pecado es tanto una ruptura de la comunión con Dios como un atentado contra la comunión con la Iglesia, por lo cual entra en juego tanto el perdón de Dios como la reconciliación con la Iglesia (1440). El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. (1849). El pecado es una exaltación orgullosa del propio yo del hombre hasta llegar al límite del desprecio de Dios, es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús(1850). La raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre(1873). Sus especies y su gravedad se miden principalmente por su objeto (1873); “la cualidad de las personas lesionadas” aumenta la gravedad del pecado [92] (1858).
En sentido estricto (grave, mortal) se daría un pecado cuando alguien elige, formula y ejecuta deliberadamente, es decir, sabiéndolo y queriéndolo, “una palabra, un acto o un deseo”... una cosa, gravemente contraria a la ley divina y al fin último del hombre (1874), o sea en contradicción con la ley eterna (1849). En sentido lato (leve, venial) hablamos de pecado cuando tenemos un desorden moral reparable por la caridad, es decir por el acto humano de amor (1875). El pecado en sentido estricto implica materia grave, pleno conocimiento, entero consentimiento (1857-1860) y puede ser una elección libre y sin retorno del hombre (1861).
En definitiva el pecado es un acto personal, consciente, deliberado, libre, informado. Acto de un hombre que quiere oponerse a Dios y a su proyecto sobre el hombre y sobre el mundo en su devenir.
Preguntas:
El Catecismo introduce un planteamiento novedoso: el pecado estructural:
“... el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e institucionales contrarias a la bondad divina. Las estructuras de pecado son expresión y afecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un pecado social” (1869).
El catecismo conecta el pecado estructural con el teologúmeno del pecado original y con la concepción joannea del pecado del mundo (Jn 1,29). Este concepto proporciona a la moral una mayor sensibilidad social y da una perspectiva válida para analizar las situaciones sociales del mundo actual, que muchas veces se configuran en estructuras injustas (1887).
La encíclica Solicitudo rei socialis abunda en este tema:
Por tanto, hay que
destacar que un mundo dividido en bloques, presididos a su vez por ideologías
rígidas, donde en lugar de la interdependencia y la solidaridad, dominan
diferentes formas de imperialismo, no es más que un mundo sometido a
estructuras de pecado Si la situación actual hay que atribuirla a
dificultades de diversa índole, se debe hablar de “estructuras de
pecado”, las cuales --como ya he dicho en la Exhortación Apostólica
Reconciliatio et paenitentia-- se fundan en el pecado personal y, por
consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las
introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras
se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la
conducta de los hombres.
“Pecado” y
“estructuras de pecado”, son categorías que no se aplican frecuentemente
a la situación del mundo contemporáneo. Sin embargo, no se puede llegar fácilmente
a una comprensión profunda de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin
dar un nombre a la raíz de los males que nos aquejan.
Para el Papa no es suficiente hablar de “egoísmo” y de “estrechez de miras”, de “cálculos políticos errados” o de “decisiones económicas imprudentes”. Es necesario introducir en el análisis de la realidad categorías ético-morales. Un antropología seria no puede analizar la acciones y omisiones de las personas sin hacer de algún modo juicios o referencias de orden ético.
Un análisis socio-político quedaría trunco sin la referencia formal al “pecado” y a las “estructuras de pecado”....
Y como es obvio, no son solamente los individuos quienes pueden ser víctimas de estas dos actitudes de pecado, pueden serlo también las Naciones y los bloques. Y esto favorece mayormente la introducción de las “estructuras de pecado”, de las cuales he hablado antes. Si ciertas formas de “imperialismo” moderno se consideraran a la luz de estos criterios morales, se descubriría que bajo ciertas decisiones, aparentemente inspiradas solamente por la economía o la política, se ocultan verdaderas formas de idolatría: dinero, ideología, clase social y tecnología [93] .
Preguntas:
El tema del pecado original [95] traduce y exacerba la noción de pecado estructural y pecado social. En la visión antropocéntrica y hamartiocéntrica de la teología latina [96] la humanidad es definida como humanidad caída, unánime en su perversidad(57). Para el concilio de Trento [97] la teología del pecado original originante parte del supuesto de que Adán, el primer hombre, existió históricamente, que vivió geográficamente en un lugar, y que por su prevaricación ejecutada en el tiempo, perdió la santidad y justicia, fue castigado con la muerte y quedó bajo el cautiverio del demonio [98] . Este primer hombre realmente existente transmite por propagación genética su pecado y sus consecuencias a todos sus descendientes. El género humano heredó el pecado, la muerte y las penas corporales, hasta el límite que las almas de aquellos que mueren sólo con el pecado original, bajan inmediatamente al infierno [99] .
Para el catecismo, el pecado original es una verdad esencial de la fe (388), es, por así decirlo, “el reverso” de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos y no se puede menoscabar la doctrina del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo (389). Reasume ampliamente el relato fabuloso de los orígenes y “el hecho” del pecado de esa pareja mítica de sinántropos, que habría desencadenado tal cólera divina que, después de miles de siglos, los millones de descendientes suyos sufrirían todavía las consecuencias. Desde este primer pecado, una verdadera invasión de pecado inunda el mundo (401), y el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre(405).
Tengamos muy presente que el pecado original no puede ser llamado “pecado” sino de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto (404).
Preguntas:
· Podemos seguir teniendo la pretensión ridícula de que un acto de una creatura aparecida hace muy poco en el proceso evolutivo haya cambiado la faz del universo en evolución?
· ¿Podemos seguir sosteniendo que un acto humano modifica irreversiblemente el proyecto de Dios?.
· ¿Podemos seguir afirmando que el hombre nace fuera del amor de Dios, es decir en pecado, en desgracia, condenado al infierno si no aparece el gesto humano del bautismo?
1) Es necesario reelaborar teológicamente el tema del pecado dentro de una concepción histórico-evolutiva del devenir del hombre en el cosmos.
2) Hay que dibujar muy bien las fronteras entre pecado y límites.
3) Hay que aprender a distinguir entre mal y acontecer evolutivo: ¿es un mal la desaparición de especies enteras a lo largo de los milenios? No podemos seguir vinculando a la ligera las catástrofes naturales con el pecado del hombre, como si existieran entre ambos la relación de causa y efecto.
4) No es necesario hacer recurso al pecado para explicar los fenómenos del hambre, la guerra, el sufrimiento de los niños, etc. Menos aún recurso a un pecado original que no sabemos explicar.
5) Todo hombre –toda creatura- nace en gracia: somos consecuencia del proyecto eterno libre y amante de Dios, y no hay causa humana que pueda torcer el designio divino.
[1] Para ampliar el tema véase mi libro: Datos históricos para una eclesiología franciscana, Montevideo 1997.
[2]
La
indulgencia plenaria otorgada a quienes matan y mueren en la empresa del
crucificado, y a todos los que colaboran en dinero, armas o consejo a su éxito
implicaba el pleno perdón de todos los reatos de culpa y de pena por los
pecados, y además total garantía
de salvación eterna, asegurando la retribución de los justos a todos
los luchadores contra mal que se hubieren debidamente confesado.
[3] Concilio Lateranense IV, 1215, Capítulo 3 Sobre los herejes.
[4] San Bernardo: De la excelencia de la nueva milicia; Obras completas, B.A.C..
[5] DZ 869 Can. 14. Si alguno dijere que tales párvulos bautizados han de ser interrogados cuando hubieron crecido, si quieren ratificar lo que al ser bautizados prometieron en su nombre los padrinos, y si respondieron que no quieren, han de ser dejados a su arbitrio y que no debe entretanto obligárseles por ninguna otra pena a la vida cristiana, sino que se les aparte de la recepción de la Eucaristía y de los otros sacramentos, hasta que se arrepientan, sea anatema. PAULO III, 1534-1549 CONCILIO DE TRENTO, 1545-1563 XIX ecuménico Decreto sobre la justificación. Sesión VII (3 de marzo de 1547) Cánones sobre el sacramento del bautismo.
[6] El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento legítimamente reunido en el Espíritu Santo... para eliminar los errores y extirpar las herejías que en nuestro tiempo... PAULO III, 1534-1549 CONCILIO DE TRENTO, 1545-1563 XIX ecuménico Decreto sobre la justificación. Sesión VII (3 de marzo de 1547) Proemio.
[7] TMA 35; DH 1.
[8]
GREGORIO XVI,
1831-1846 Mirari vos arbitramur, de 15 de agosto de 1832)
[9] Pío IX, 1846-1878 Quanta cura, de 8 de diciembre de 1864).
[10] Véase el documento elaborado hace pocos meses por la Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación: la iglesia y las culpas del pasado.
[11] Cf Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación: la iglesia y las culpas del pasado,
[12] La crítica recibida en la dinámica de “rejas” fue devastadora. La dinámica, muy simple, consiste en que un grupo recibe la visita de delegados de otros grupos temáticos, a la vez que envía a éstos sus propios delegados. De ese modo se hacen unos mini plenarios que posibilitan una mejora notable en los esquemas de los grupos. Como el grupo temático estaba constituido por “la verdad” sobre Cristo, el Hombre y la Iglesia, el grupo de antropología recibió los aportes desde la cristología y la eclesiología.
[13] DP 316.